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La bandera puertorriqueña más grande del mundo

 

Suplemento Especial

Andar a pie en este barrio es hermoso y peligroso. Estas calles alquiladas donde nos reconocemos ya huelen a Puerto Rico tras medio siglo de asuntos migrantes. Aquí se cruzan las mismas miradas mulatas que transitan por Santurce y por la plaza de cualquier municipio puertorriqueño que usted quiera nombrar; el mismo meneo de andar boricua, aunque vestido con otras ropas y animado por palabras que se dicen en inglés. Lo que pasa es que estas calles también huelen a disparos.

Dicen que estar vivo es un peligro, así en general. Estar vivo en Chicago y ser boricua migrante es una doble peligrosidad, un gran riesgo cotidiano. Aquí, en este tramo de mundo llamado Division Street, se encuentran el baile y el golpe, el saludo y el arresto.

Eche conmigo un vistazo por mi áspera vecindad. Aquí hay que luchar por todo, hasta por andar a pie. Mírese la ropa que lleva puesta. Si su atuendo es una combinación de negro con otro color entero y es ropa común y actual, lo más probable es que usted representa, inadvertidamente, los colores de una ganga. Peligro. Si esos colores no son negro y azul, se trata del uniforme de una ganga enemiga cuya presencia en este vecindario es una abierta provocación a los temibles Disciples, los que se identifican con un tridente y dominan esta zona. Yo sentí este peligro en la cara una noche que andaba solo por calle oscura vestido de verde y negro y representando, sin querer, la hostil presencia de un Cobra. Los colores son asuntos de luz, así que cuando alguien me llamó y miré, me estaba alumbrando con un revólver.

A pesar de lo anterior, esta es la parte de la ciudad donde camino tranquilo: aquí vive la gente que me saluda en la calle. En esta esquina de la Division y Western está la escuela Roberto Clemente, lugar fronterizo. Aquí estudian puertorriqueños, afroamericanos y vietnamitas, por mencionar el contraste de colores de la piel. Al otro lado de la escuela dominan los Latin Kings, ganga de negro-amarillo. A buen entendedor, pocos colores bastan.

Claro, usted no escucha mis advertencias porque su mirada de chiringa al viento se alza maravillada hacia la imponente altura del monumento a la bandera puertorriqueña más grande del mundo, cuyo triángulo de quince toneladas es todo azul celeste y nada azul marino. El color es territorio: en una ciudad de edificios de ladrillos de muchos tonos marrón, nuestro azul anuncia la historia de migración de una isla.

El color es desconfianza. Apenas llevamos un rato andando a pie en esta calle y ya nos han observado -varias veces y seguido- desde los ágiles carros de la policía, blancos con su línea azul, más peligrosos que reconfortantes. Yo me entretengo observando carros de gente común que exhiben banderas monoestrelladas colgadas en el espejo. Para los puertorriqueños de Chicago, esto es costumbre de verse bien y de adornar el orgullo, aunque conlleva el peligro de provocar represalias de policías racistas que quieren ser más estrictos con these fucking Puertorricans. En esta ciudad racista, la afirmación puertorriqueña es un riesgo de tres colores.

Estamos en mayo y reverdecen los árboles a cada lado de la Division. Estos árboles, por ser delgados y jóvenes, son inmunes al enredo de graffiti que se apodera sin tregua de todas las superficies que colindan con la acera: paredes, puertas, vitrinas, rótulos, postes, buzones, y cabinas telefónicas. Estos escritos vueltos sobre sí mismos, trazados unos encima de otros, son las palabras, firmas y números del ghetto: hilos petrificados de rebeldía delictiva, anudados y entretejidos a fuerza de chorros multicolores con sonido de aerosol.

Los rótulos comerciales, de llamativos colores que son de metal o plástico, reúnen los logos corporativos -Pepsi, Budweiser, McDonald’s- con la insistente especificidad del nombramiento de los lugares puertorriqueños: Jayuya Hair Stylist, Mi Coquí Flower Shop, Borikén Bakery, Lares Second Hand, La Buruquena Restaurant, El Último Vacilón Bar. En la botánica La Mano Poderosa las imágenes, collares y estampas organizan la fe en otros colores estrictos y ritualizados: colores de santos que son orishas, de bendiciones y maleficios, de aceites y esencias, de rosarios y escapularios. Mientras tanto, en el KFC todo es muy rojo y blanco. Mientras tanto, en las iglesias pentecostales los colores se apagan en el recato y la devoción. Mientras tanto, en el Latin American Motorcycle Club los colores ennegrecen. 

Ya nos va a coger la noche. En los postes de alumbrado los bombillos son faroles amarillos. A esta hora, el cielo declara la contradicción del día y la noche, desvistiéndose en anaranjado y vistiéndose en azul. Quizás usted se siente muy inspirado pero la noche puede traer detonaciones armadas, sirenas en emergencias y resplandores intermitentes de camiones de bomberos, patrullas de policías y ambulancias de paramédicos. Las secuencias de los semáforos dirigen ritmos reglamentados. 

Los puertorriqueños escuchan salsa y telenovela. O venden drogas en las esquinas. O entonan himnos dentro del templo. O deciden viajes aéreos. O planifican ritos de lucha anticolonial.

Yo me despido de usted pero me quedo en la calle. Camino pendiente al peligro. El cielo quiere ser gris pero se torna violeta. Los edificios me miran en parpadeo de ventanas. Enumero postes verdes y examino hidrantes rojos para tejerlos después. Alguien grita. Quiero mirar quiero ver. La di-visión of the light.

Los cimarrones migrantes

Se puede hablar de visitantes y residentes puertorriqueños en la ciudad de Chicago desde fines del siglo 19 pero el nacimiento de una comunidad puertorriqueña que entró a ser parte activa de la historia de la ciudad cuajó a mediados de la década del 40.

Esta vez no se trató de los hijos de las familias isleñas de bien que llegaban a realizar estudios universitarios. En realidad, se contrató una muestra de los hijos sobrantes de la Operación Manos a la Obra y se les trajo a Chicago en condiciones  de migración incierta. Los primeros fundadores de la colonia boricua en la ciudad de los vientos no trajeron a sus familias consigo.

Puerto Rico vivía los eficaces tiempos de su industrialización. Una mano de obra abundante y barata estaba disponible para que los inversionistas norteamericanos de la posguerra la empleara en sus empresas. El país construía edificios nuevos que se llamaban fábricas. Los americanos, dueños de las fábricas y del gobierno, estaban dispuestos a traer a la isla el progreso de la industria, la urbanización del paisaje, el salario estricto por hora y el placer del consumerismo. Garantizaban el éxito del experimento siempre y cuando los puertorriqueños evitaran procrear en cantidades grandes y a la vez consiguieron emigrar en grandes cantidades. En otras palabras, la industrialización dependiente del capital extranjero exigía el control de la natalidad y el fomento de la despoblación.

Eran los últimos tiempos del viaje tan lento en barco y eran los primeros tiempos del veloz viaje en avión. Los puertorriqueños utilizaban el término “embarcarse” para referirse al viaje, fuera por mar o por aire. A la misma vez, “embarcar” tenía otro sentido: engañar gracias a la ignorancia del perjudicado. “Fulano me embarcó” significaba “Fulano me cogió de tonto”. El Departamento del Trabajo de Puerto Rico embarcaba obreros por contrato hacia el territorio de Estados Unidos. Fuera por barco o por avión, los “embarcaba”.

En 1946, unas gentes desposeídas comenzaron a ocupar los lugares más míseros y despreciables de Chicago. Eran puertorriqueños que, después de conocer en carne propia la realidad de la emigración gracias a contratos de trabajo promovidos por el gobierno, escapaban de sus empleos. Habían sido “embarcados” con promesas de progreso pero en vez de gozar bienestar sufrían una semi-esclavitud. Escaparon de los cartuchos donde los encerraban los patronos y se tiraron a la calle. Gracias a sus pioneras luchas de supervivencia existe hoy una importante comunidad puertorriqueña en Chicago.

Unos eran campesinos enviados a trabajar en la recolección de frutas y vegetales. Escapaban del frío de la finca, de los barracones verjados, de la deuda del pasaje de ida y vuelta, del aplastante discrimen racista y de las enfermedades del hambre.

Otras eran muchachas domésticas que llegaban de pueblos pequeños a través de una agencia de empleos que tenía tratos con el gobierno insular. Escapaban de ser las domésticas peor pagadas de la ciudad, de las jornadas de trabajo de hasta 15 horas diarias, de los traslados sin aviso de un empleo a otro y también de la deuda del pasaje.

Otros eran obreros industriales en una fundición de acero. Vivían en unos viejos vagones de tren, propiedad de la empresa siderúrgica. Escapaban de la falta de calefacción, la escasez de ropa y la comida aborrecible. También escapaban de esta espantosa contabilidad: A standard paycheck would be as follows: Gross Pay for 40 hours, $35.40. Deductions: Federal Old Age Benefits Tax $.35; payments toward transportation from Puerto Rico and agencies fees, $5.00; payment toward return trip $2.00; board $9.45; lodging $3.50; payments to the worker’s family in Puerto Rico $8.85 (25% of wages); Balance, $6.25. From this $6.25 is deducted the withholding tax, which varies with the size of the worker’s family, and payments for the clothes bought from the company. Many workers have received less than $1.00 in cash for a week’s work.

La comunidad puertorriqueña en Chicago se fundó sobre los contratos rotos de aquellos que se cansaron de trabajar en estas condiciones esclavizantes. Nuestros fundadores fueron cimarrones que decidieron violar la ley, escapar del patrono y quedarse en la ciudad. Los demás puertorriqueños fueron llegando después, atraídos por una ciudad poderosa, productiva y en pleno crecimiento. Muchos lograron mejorar su condición, otros regresaron decepcionados a Puerto Rico, muchos más siguieron llegando. Eventualmente, se organizaron en grupos de ayuda mutua, festejaron sus tradiciones, se mudaron de residencia y se congregaron en áreas accesibles como la calle Division. 

Esa historia es muy grande para incluirla aquí. Contiene devociones católicas y protestantes, arrestos por asar un lechón en el parque, clandestinas jugadas de gallos, entusiastas coronaciones de reinas, inviernos sin calefacción, bodegas llenas de alimentos y conversaciones, humillaciones racistas, visitas de Doña Fela, campeonatos de béisbol, jugadas a la bolita, misas de segunda clase en los sótanos de las iglesias, navidades nostálgicas, veranos amotinados, luchas por educación bilingüe, ataques de gangas y policías, desfiles puertorriqueños en downtown, puntos calientes, Younglords, periódicos de corta vida, bombas de las FALN, candidatos a puestos públicos, canciones de vellonera y banderas monoestrelladas: cientos de miles de banderas que han ondeado sus colores durante medio siglo de vida boricua en Chicago.

Una de esas banderas la colgó un adolescente en lo alto de un poste de alumbrado el 4 de junio de 1997, en medio de un motín contra la policía en la calle Division. Un policía bajó la bandera y la escupió. Eso no se olvida. De hecho, se conmemora en 1995 con esta bandera de 40 toneladas que sembramos hondo en la misma calle, porque esta calle es parte de Puerto Rico.

Y lo mejor viene ahora, al final. NO SE TRATA DE UNA BANDERA PUERTORRIQUEÑA DE 80, 000 LIBRAS SINO DE DOS, LEALO BIEN, DE DOS BANDERAS IDÉNTICAS, UNA EN CADA EXTREMO DEL PASEO BORICUA DE LA CALLE DIVISION EN CHICAGO. El territorio que delimitan ambas banderas es nuestro punto de encuentro, el lugar que marca nuestra presencia vital.

Un paseo entre dos banderas

Dentro de unos meses, cuando los frescos calores de junio reúnan a decenas de miles de puertorriqueños en desfiles y caravanas, la calle Division se verá distinta. Tan pronto se sienta en el aire el agite de la Semana Puertorriqueña y las calles cercanas a Humboldt Park se congestionen de gente boricua con ganas de festejar su cultura, habrá una multiplicación de banderas enormes y diminutas… y la calle Division se verá distinta. Cuando las camisetas digan Puerto Rico y los puertorros anuncien el nombre de sus municipios de origen en los cristales de los automóviles, la calle Division será el orgullo principal porque será un punto de encuentro con nombre y apellido: Paseo Boricua.

Paseo Boricua es una transformación de la calle. Se trata de un esfuerzo comunitario para reafirmar esta calle como eje y territorio de la comunidad puertorriqueña, lugar de convocatoria y celebración. 

El proyecto surgió de una preocupación alarmante. En la calle Division se notan ciertos indicios de dispersión de la comunidad: edificios vacíos, falta de negocios abundantes, deterioro de la convivencia y las propiedades. Estos síntomas de incipiente decadencia urbana resultan muy atractivos para los negociantes blancos que tienen mucho dinero. Compran edificios baratos, ahuyentan a los residentes de los vecindarios y se quedan con el territorio, convirtiéndolo en traqueteo de especuladores y esparcimiento de «yuppies». Este proceso lo conocemos bien, lo llamamos «gentrification» y es la fuerza que ha despojado a los latinos y afroamericanos de sus comunidades a través de Estados Unidos.

La novedad es que ciertos grupos puertorriqueños se han propuesto evitar que la calle Division siga esa ruta de disolución socio-cultural. El Paseo Boricua es una apropiación del territorio y una resistencia frente al poder arrollador de los blancos ricos.

El Paseo Boricua consiste en juntar esfuerzos de grupos e instituciones como la Cámara de Comercio Puertorriqueña, La Asociación de Desarrollo de la Calle Division, el Comité del Desfile Puertorriqueño y el Centro Cultural Juan Antonio Corretjer, entre otros. Esta gente quiere envolver a la comunidad y al gobierno de la ciudad para hacer de la calle Division un lugar próspero y acogedor.

Afortunadamente, ya la comunidad cuenta con líderes comprometidos sinceramente con el mejoramiento comunitario, como el congresista Luis Gutiérrez y el concejal Billy Ocasio. Este último fue el principal responsable de que el Paseo Boricua traspasara la etapa de las discusiones y los planes para hacerse realidad. Billy Ocasio consiguió el compromiso del gobierno de la ciudad de Chicago con la realización del proyecto y sigue trabajando afanosamente por mejorar las condiciones de vida de un vecindario que está fuera de su distrito electoral, es decir, que no le provee votos en las elecciones.

Foto suministrada.

El Paseo Boricua en la calle Division incluye la remodelación de edificios, instalación de mesas y asientos al aire libre, colocación de emblemas puertorriqueños en los postes de alumbrado ( vejigantes, Reyes Magos, petroglifos taínos, instrumentos musicales), disponibilidad de zafacones, siembra de árboles y, sobre todo, ofrecimiento de facilidades de financiamiento para los pequeños negocios del área.

Lo que sucede, claro, es que hay un ingrediente espectacular del Paseo Boricua que llama la atención por encima de los demás: ese monumento a la bandera que cruza la calle a una altura de 56 pies y que afinca sus 40 toneladas de peso penetrando el suelo hasta los 37 pies de profundidad. Aquí presentamos un resumen de la creación e instalación del mayor monumento a la bandera boricua que se conoce hasta ahora.

El concepto inicial de la bandera surgió de la colaboración de dos firmas de arquitectos: Rodríguez & Associates y DeStefano & Partners. Estos últimos fueron responsables de tomar la imagen deseada -una bandera bailarina en pleno movimiento- y transformarla en un proyecto artístico y arquitectónico realizable en un lugar público y transitado como la calle Division. Es difícil describir la meticulosidad y complejidad de estos trabajos de diseño, computarizados hasta el mínimo detalle, que aseguran la estabilidad, durabilidad, resistencia al viento y, sobre todo, la seductora gracia monumental de una escultura que logra lo que se busca en todo buen arte: una pasmosa capacidad de síntesis que combina el enorme esfuerzo con la sorprendente agilidad del producto.

La empresa Chicago Ornamental Iron se encargó de la construcción de la bandera. Ellos nunca han tenido en sus manos un proyecto tan exigente y complicado, a pesar de que han realizado numerosos trabajos monumentales. Nuestra bandera acaparó todo el espacio de sus talleres con un apremiante ajoro de mediciones, soldaduras, doblajes y ensamblajes que les provocó una insistente mezcla de preocupación y maravilla.

El transporte de las piezas de la fábrica hasta la calle Division fue todo un espectáculo. Se hizo de madrugada para poder ocupar los carriles de las avenidas sin riesgos de accidentes. Para instalar la bandera hubo que cerrar la calle y trabajar día y noche en tiempo de frío, viento y nieve. Las bajas temperaturas retrasaron las soldaduras y la bandera se inauguró mientras los obreros todavía trabajaban en sus andamios.

Mientras estas labores se realizaban, la comunidad se preparaba para recibir la bandera como regalo de los Reyes Magos. Las emisoras de radio transmitieron los anuncios, la gente los pasó palante, se corrió la voz y llegó el Día de Reyes de 1995.

Llegaron cientos de niños de las escuelas vecinas. Llegaron los curiosos y los organizadores, los arquitectos y los políticos, los incrédulos y los convencidos, y todos miraban al cielo porque la bandera es muy alta. Llegaron también los Reyes Magos, a caballo y en persona, y llegó la nevada de enero pero nadie le hizo mucho caso. Tras los actos de inauguración, los Reyes encabezaron una procesión por la calle, seguidos por los niños y los vecinos, hasta llegar a la Casa del Desfile Puertorriqueño donde repartieron regalos y animaron la fiesta.

Esta crónica no puede terminar aquí porque hay algo muy importante por decir y para pensar.

La belleza de la bandera es mucho más que su logro arquitectónico. Su valor más imperecedero es que recoge en su objeto monumental una vital experiencia puertorriqueña. Los primeros fundadores de la comunidad puertorriqueña en Chicago trabajaron en una fundición de acero. El padre de Billy Ocasio, el concejal promotor del Paseo Boricua, crió a su familia mientras trabajaba en una fábrica de tubos de acero. La bandera boricua de la calle Division se construyó precisamente de láminas y tubos de acero. Esta bandera recoge, de la manera más simbólica y a la vez más literal, el transcurso de una historia de obreros migrantes que lograron un monumento para ellos mismos, porque ellos viven en nosotros.

https://youtu.be/4tkKvoOE4Ww?si=Sdd0b3L9vE2TNsle

Obras del Alumno: El proyecto colonial en la escuela pública 1898–1903

Obras del Alumno: El proyecto colonial en la escuela pública 1898–1903 examina los mecanismos de americanización implantados en las escuelas públicas de Puerto Rico tras la invasión estadounidense de 1898. A través del caso de Jaime Mas, un estudiante de 13 años que en 1902–1903 redactó una tarea escolar sobre el Palacio de Santa Catalina, el texto ilustra las dificultades lingüísticas y pedagógicas de un sistema en transformación. Su composición, plagada de errores gramaticales y ortográficos, evidencia el choque entre el sistema educativo heredado y el nuevo régimen colonial. En 1904, bajo el comisionado Falkner, el inglés se impuso como lengua principal de enseñanza en todas las materias excepto español, representando la punta de lanza de un proyecto más amplio de sustitución cultural e ideológica. Esta reconfiguración educativa se inscribe en debates aún vigentes sobre la identidad, la lengua y la cultura puertorriqueña.

El texto aborda también la colección Obras del Alumno, conjunto de trabajos estudiantiles recogidos durante la administración del comisionado M.G. Brumbaugh (1900–1901). Aunque la mayoría se ha perdido, nueve tomos fueron rescatados por un bibliotecario que los encontró entre materiales desechados. Estos volúmenes, con cientos de tareas escolares, ofrecen una ventana fragmentaria pero valiosa hacia las prácticas educativas y los objetivos ideológicos de la época. A pesar de su desorden, los temas recurrentes permiten suponer que son representativos del conjunto original. Las tareas reflejan un esfuerzo sistemático por inculcar valores y símbolos culturales estadounidenses, frecuentemente a costa de las tradiciones e identidades locales.

Por último, el ensayo explora las implicaciones más amplias del proyecto de americanización, centrado en convertir a los “nativos” puertorriqueños en ciudadanos estadounidenses. Las escuelas públicas —pequeñas y con escasa cobertura— se convirtieron en escenarios clave de esta transformación. El currículo privilegiaba el inglés y los símbolos patrios estadounidenses, relegando la historia y cultura puertorriqueñas a un plano secundario. Los maestros, muchos provenientes del sistema español, enfrentaban presiones para adoptar un modelo pedagógico ajeno, incluyendo la imposición obligatoria del inglés. Esta visión autoritaria de la educación revelaba tanto las dinámicas coloniales de poder como las actitudes imperiales del momento, dejando una huella duradera en la identidad cultural puertorriqueña.

Las muchas formas de una bandera

Hace casi diez años, en el barrio boricua de Chicago, apareció una nueva forma de producir y exhibir la bandera puertorriqueña. Fue a fines de mayo, cuando los vendedores callejeros de artículos de adorno corporal con tema puertorriqueño –camisetas, sombreros, collares, llaveros, etc.– añadieron a sus inventarios unos collares hechos de cuentas plásticas con pendientes rectangulares de las mismas cuentas, tejidas según el diseño de la bandera monoestrellada. La nueva mercancía tuvo gran aceptación pues no sólo servía para colgar del cuello como anuncio público de la puertorriqueñidad durante las Fiestas y el Desfile de junio, sino que, transcurridas las celebraciones, se colgaba del espejo interior de los automóviles y así ocupaba un espacio de exhibición permanente.

La bandera de cuentas tejidas con hilo de pescar se convirtió en una moda arrolladora. No se sabe quién hizo la primera y, hasta el día de hoy, sigue siendo una artesanía de procedencia anónima, producida en los espacios domésticos de la comunidad y vendida en tiendas y puestos callejeros por los mismos productores o por intermediarios que las compran por docenas y las revenden con una margen de ganancia. Los precios fluctúan entre $5 y $10.

Hombres, mujeres y niños tejieron banderas como manera de conseguir ingresos temporeros para sus familias. Algunos montaron pequeños e intermitentes negocios comprando las cuentas por libras y proveyéndoselas a los tejedores que  producían a cambio de un por ciento del precio de venta. A veces, una familia montaba su puesto de ventas –que siempre incluía otros artículos de procedencia industrial junto a manualidades domésticas– y mientras unos vendían, otros tejían en el automóvil o la camioneta de la familia. Junto a la silla, el tendedero de camisetas y adornos, la mesa de mostrador y las cajas de mercancías, siempre estaba la bolsa de comida hecha en casa para sostener a los trabajadores de la calle.

La técnica artesanal es sencilla. Se trata de unos pasos de enhebrado de cuentas que nos llegan desde la milenaria antigüedad egipcia y que se han difundido por el mundo entero. En Chicago, la familiaridad con esos procedimientos tiene varias procedencias: los tradicionales rosarios católicos, los collares de santería, las artesanías nativo-americanas y las manualidades de revistas. Sin duda, un pueblo boricua acostumbrado a sus rosarios, collares santeros y la infinidad de collares industriales y artesanales que forman parte del adorno corporal cotidiano, no tuvo problemas en encontrarle el gusto a su bandera nacional convertida en collar de cuentas.

Desde el principio, la gente aceptó la bandera de cuentas como suya, a pesar de que la técnica artesanal no permite la creación de la estrella y hay que conformarse con diamantes y otras formas simplificadas que toman su lugar. Las franjas rojas se tejieron con cuentas rojas pero las blancas se tejieron más con cuentas transparentes que con blancas. Con el triángulo pasó lo de siempre: aparecieron en todos los azules que el mercado provee.

La semilla artesanal que se sembró el primer año rindió frutos abundantes e insospechados en los años subsiguientes. Aquí no tenemos espacio para dar cuenta de todas las sutilezas del proceso pero podemos apuntar sus tendencias prominentes. La bandera rectangular adquirió una variedad de formas que atrajeron los distintos gustos de la gente. Unas banderas de cuentas grandes y pesadas se hicieron favoritas de motociclistas y gangueros que encontraron en el tamaño exagerado del collar una manera de exhibir su machismo. Otras banderas en miniatura, tejidas con cuentas pequeñitas, sirvieron para la gente discreta y para confeccionar pantallas que le gustaron a las mujeres. Los rectángulos multiplicaron sus proporciones. Algunos collares tenían muchas banderitas en vez de un sólo pendiente. Pronto, alguien produjo una bandera en forma de corazón y los demás le siguieron hasta conseguir corazones de muchos tamaños. Alguien produjo entonces un collar con abanderados corazones gemelos, muy apropiada para enamorados.

La bandera de cuentas se convirtió en la moda del momento. Su  palpitante representatividad cultural se hizo cada vez más visible y si uno se paraba en una esquina del barrio a ver los carros pasar, la proporción de carros con banderas de cuentas en los espejos era asombrosa, aunque su público despliegue hacía a sus ocupantes más vulnerables a las reacciones racistas de los blancos, especialmente los policías de tránsito.

La cosa no paró ahí. En años subsiguientes, el proceso artesanal se diversificó más. Aparecieron collares cortos que no se podían usar en el cuello porque estaban diseñados especialmente para los espejos de los automóviles. La bandera de Lares hizo su aparición espontánea, iluminando el sentido de historia, identidad y patriotismo de la gente común. Entonces, los tejedores se dedicaron a tejer todo un modo de vida en formas de la bandera. Así, hubo bandera con forma de cuatro, banderas gemelas y cúbicas en forma de topos colgantes, banderas con flecos, banderas ondeantes en vez de rígidas, banderas formando cristianas cruces, banderas en forma de mapa de Puerto Rico, banderas hechas butaca-mesa-sofá y, en un alarde de empecinada conquista, apareció una bandera tejida según el difícil diseño de las monumentales banderas del Paseo Boricua. También apareció un pendiente tricolor con el acrónimo P. R., el pi-ar del spanglish compartido.

La cosa siguió. Los colores de la bandera invadieron el diseño de unos rosarios entretejidos y novedosos y así el proceso volvió a una de sus fuentes de origen. A la misma vez, el proceso traspasó las fronteras puertorriqueñas e impuso sus colores al logo del entonces invencible equipo de baloncesto de los Bulls de Chicago. Así el proceso entró en contacto con la sociedad más amplia de la ciudad. Luego sucedió algo fascinante. Aparecieron diseños distintos de lo que era una bandera méxico-boricua. Así la gente reconocía su convivencia con el grupo latino más numeroso de Chicago y creaba  banderas para los hijos mestizos de los emparejamientos interétnicos. Además, aparecieron banderas cubano-boricuas y  dominico-boricuas, expresando la evidente cercanía cultural-caribeña de las Antillas.

Aquí hay que abordar un nuevo ángulo. Aguijoneados por la cautivadora moda puertorriqueña, las demás comunidades latinas de Chicago empezaron a tejer sus propias banderas de cuentas: primero los mexicanos y luego los demás pueblos centroamericanos, caribeños y suramericanos. Pronto los puestos y tiendas ofrecieron banderas de varios países y, en las comunidades no-puertorriqueñas, se esparció la camaleónica tradición recién inventada. Ahora se consiguen en Chicago banderas de cuentas tejidas de amplio espectro latinoamericano. En este año 2001, aparecieron banderas mestizas en todas las combinaciones que permite la demografía latina de la ciudad. Sin embargo, se venden mucho menos porque representan unos grupos incipientes que todavía no han crecido. Por otro lado, todas estas banderas de cuentas tejidas se han trasladado a las principales ciudades latinas de Estados Unidos y allí compiten con la hemorrágica ventas de adornos étnicos de producción masiva e industrial.

Es muy significativo que, en una ciudad tan multiétnica como Chicago, estas banderas de cuentas tejidas se han mantenido como asunto de puertorriqueños y latinos. Los afroamericanos, nativoamericanos, y asia-americanos no tienen sus propias banderas de cuentas tejidas, ni tampoco los grupos de origen europeo, mediteráneo o árabe. No es una adaptación a una moda impuesta por la cultura comercial corporativa sino una iniciativa popular que se enfrenta al mainstream asimilista con una respuesta afirmativa de la diversidad latina. Tampoco es una tradición folclórica de la tierra natal, sino una innovación que surge de la migración misma y que identifica a la comunidad migrante como productora cultural con su propia idiosincrasia.

Mención aparte merece el aislado intento de una mujer boricua dueña de tienda que fue más allá y produjo una colección de banderas de cuentas tejidas con los diseños de las banderas municipales de Puerto Rico. El proyecto no prosperó porque no hay suficientes clientes para 78 banderas distintas. Además, gran parte de la gente boricua desconoce su bandera municipal.

Lo anterior es muy importante. El éxito cultural de las banderas de cuentas tejidas estriba en el reconocimiento compartido de un ícono que provoca tanto orgullo que se exhibe con una energía y abundancia tales que los sectores intelectuales y dirigistas de la cultura se preocupan y rechazan esa contagiosa afición como falta de respeto a los “símbolos patrios” o como “charrería” del populacho. Lo que nos enseña esta ocurrencia de nuestra gente común de Chicago es que solo una imagen reconocida por todos puede servir de vehículo para esparcir orgullo comunitario. Además, el pueblo se apropia de los símbolos nacionales a su manera y, a diferencia de las élites dirigentes, no los coloca en la lejanía de las astas y los monumentos y espacios especiales e inaccesibles que el pueblo no controla, sino en el centro de la cotidianidad misma, especialmente en el cuerpo personal que es el territorio más libre para la expresión simbólica.

Lo que sorprende del proceso de las banderas de cuentas tejidas es su grande y rica expresividad: aquí tenemos una prueba de la enorme capacidad de la gente común para hablar consigo misma y frente al público espectador elaborando un lenguaje simbólico que recoge, transforma y anuncia los aspectos fundamentales de la cultura. No exagero. Vuelva usted a revisar la multiplicación de formas de la bandera y encontrará la presencia del patriotismo, la historia, la espiritualidad, el amor, la música, la suerte, el idioma, la etnicidad, lo doméstico, lo femenino-masculino, la migración, lo latinoamericano-caribeño, el deporte, la comercialización, el racismo y, sobretodo, el pueblo mismo como protagonista de la gestión cultural propia.

Las muchas formas de la bandera –en combinación con otros recursos de información visual– son un medio excelente de ilustrar la exuberante complejidad de la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos. La constante metamorfosis de su presencia es un mapa especial de las relaciones sociales que se entretejen para dar sentido a una manera de entender y hacer la vida social de una población en diáspora que se niega a perder su identidad y, por el contrario, la reproduce y transforma con el orgullo de la fortaleza cultural compartida.

Puntos de encuentro de allá y acá

Van Gogh. Foto suministrada

Suplemento Especial

Acá y allá son los extremos de una distancia migratoria que divide a la gente puertorriqueña. Esa diáspora es una migración masiva que mantiene a casi la mitad de los boricuas fuera de su país. La raíz histórica de esa migración es el colonialismo, una forma de vivir casi desaparecida en el mundo de hoy que sobrevive entre los puertorriqueños disfrazada de un falso orgullo chauvinista: ser únicos y mejores respecto a los demás pueblos oprimidos de esta época. En Puerto Rico, la gente no se muere de hambre, la participación electoral es de 80%, abundan las estrellas de deporte-música-belleza, se multiplican las autopistas y los centros comerciales. Somos de aquí como el coquí.  Así, se pierde de vista la identidad netamente caribeña de nuestro modo de vida y se ignora o disimula la violencia, endeudamiento, contaminación, militarización y enajenación mental de la sociedad colonial.

En Estados Unidos, la gente puertorriqueña vive la expresión diaspórica de ese colonialismo –recargado de racismo, abuso policiaco, desplazamiento, violencia y pobreza– pero también ha encontrado motivos para fundar un sentimiento de superioridad respecto a las demás minorías con las que comparte el atraso y el discrimen. Así, los boricuas se consideran más listos y bonitos que los negros y menos miserables que toda esa variedad de migrantes ilegales –caribeños y latinos– que no saben hablar inglés. Muchos puertorriqueños  no aceptan el término “migrante” y lo asocian con indocumentados o “mojados”. La gente de Puerto Rico tiene ciudadanía de Estados Unidos y su pasaporte les permite ir y venir entre la isla y el continente. Esta legalidad fomenta  una ilusión de libertad –estoy aquí porque me conviene y puedo irme cuando quiera– a pesar de la poca movilidad socioeconómica de cuatro generaciones de una gente que no acaba de salir de la marginalidad y la pobreza.

La realidad histórico-cultural que vivimos en ambas orillas contradice esta mitología de la libertad especial. En la isla, la gente ha tenido que concentrar su energía en construir nuevas formas de consenso para resistir el abuso y la violación de los derechos humanos. El chauvinismo ingenuo se transforma en nacionalismo de resistencia y se manifiesta en asuntos de debate público como el idioma, la represión política, el militarismo y la degradación ambiental. Los puertorriqueños encuentran que no son tan libres como quieren y que el precio de ser reyes de la moda es ser siervos del poder. Entonces, ser únicos en el mundo equivale a estar solos en el mundo y, consecuentemente, la gente se percata de la urgencia de la solidaridad y la importancia de la comunidad. Así se desarrolla –escabrosamente– una mentalidad descolonizadora.

Encontrar lo que tenemos

En la otra orilla de la diáspora, estos procesos también tienen vigencia. La gente puertorriqueña de Estados Unidos vive conectada a las incidencias de la vida en la Isla y se siente partícipe de las mismas. Sin embargo, hay una cultura de la distancia y ni los instantáneos servicios telefónicos –junto a la cobertura de la televisión y la digitalización de las carta personal convertida en email– son suficientes para eliminar el sentimiento de que no es lo mismo estar acá que allá.

Los puertorriqueños sí son migrantes y la migración –más que un aparente  mejoramiento de la situación económica– es un desbaratamiento de relaciones sociales básicas que desarticula la protección de la familia y la ubicación en la comunidad. Si en la Isla la soledad del colonialismo busca consuelo en la ansiedad consumista, en las ciudades de Estados Unidos los boricuas buscan llenar sus imaginaciones de presencias puertorriqueñas que alivien la soledad de la migración… y, como siempre sucede cuando una sociedad ajena no llena la necesidad de compañía, es la comunidad la encargada de proveer puntos de encuentro para restablecer las solidaridades desintegradas y –a la vez– crear solidaridades nuevas. En este texto examinamos algunos puntos de encuentro que construyen los boricuas de la diáspora para sobrellevar el desmembramiento emocional de vivir en una sociedad de minorías enfrentadas y ajenas, sometidas a un mismo poder dominante.

La cultura popular –que recoge y expresa la vivencia comunitaria con la mayor fluidez– es un fresco y siempre renovado inventario de comportamientos que fomentan la solidaridad. Por eso los procesos de unificación nacional siempre encuentran en la vida de la gente común los símbolos más atrayentes y accesibles para envolver a toda la población en la construcción de mitos y proyectos de identidad compartida. Los puntos de encuentro son precisamente los ámbitos en que nacen y se desarrollan los símbolos populares con capacidad de convertirse en símbolos nacionales.

En esencia, los puntos de encuentro no son lugares, aunque se localizan y expresan en espacios determinados. Los puntos de encuentro son relaciones sociales voluntariamente compartidas que, más allá de su beneficio material, proveen compañía y aseguran la pertenencia a una gente que define un “nosotros” vital y necesario. A diferencia del chauvinismo de la superioridad ilusoria, los puntos de encuentro ofrecen la oportunidad de que la gente se reconozca  en una solidaridad genuina y culturalmente alimenticia.

Quizás este viaje por las palabras de la teoría es demasiado enredado y resbaloso, así que mejor nos vamos a pie por las calles de los barrios boricuas de las ciudades de Estados Unidos a ver de qué se trata todo esto. Puede ser en la 116 de Nueva York, el Bloque de Oro de Filadelfia, el Paseo Boricua de Chicago o en cualquier otro barrio de calles florecidas de banderas monoestrelladas.

Llevar puesto lo que encontramos

Los boricuas dicen que llevan a Puerto Rico en el corazón y debe ser cierto, aunque es difícil visitar y fotografiar sus corazones. Es más fácil ver cómo llevan a Puerto Rico por fuera en el pecho, así que vamos a sentarnos en esta esquina –cada cual sobre un cajón de leche– para observar la solidaridad compartida en los cuerpos que se encuentran y reconocen en sus camisetas que son Puerto Rican T-Shirts. En esta calle suenan con frecuencia los disparos, las sirenas y las alarmas de los automóviles, así que el peligro y la desconfianza son parte de la vida cotidiana. Además, la amenaza constante del desplazamiento-gentrification atenta contra el sentido de territorio y pertenencia. Por eso en estos vecindarios hay que saber quién es quién y a los boricuas les gusta mostrar su procedencia.

Las camisetas facilitan el reconocimiento y su visualidad de imagen-palabra anuncia la identidad. Por ahí viene un chamaco de paso resuelto y frente fruncida y su camiseta tiene un perro de rostro temible y atuendo hip-hop que dice “Don’t Mess With Puerto Ricans” y encima de la palabra “Mess” está sobreimpuesta la palabra “Jodas”. Esta agresividad para los extraños es a la vez un apaciguamiento para los compatriotas. La muchacha que viene ahora  anuncia en su camiseta  que ella es “100% Boricua” y lo demuestra con una imagen de Betty Boop vestida con traje de bandera puertorriqueña. Es común ver otros abanderados personajes del mundo de los cómics declarando su irreductible puertorriqueñidad a pesar de su estirpe de caricaturas norteamericanas.

En este desfile de movimiento constante en ambas direcciones del tránsito, es más común ver gente boricua anunciando su identificación nacional en camisetas que gente de otras etnias anunciando la suya, de la misma manera que los boricuas colocan su bandera en más lugares visibles –el cuerpo, el automóvil, los muros, los edificios– que cualquier otra población. Si de camisetas se trata, la variedad es impresionante. Hay congas, panderos, güiros, cuatros y guitarras para decir Boricua en temas musicales. Los pechos se arropan con idílicos paisajes campestres de orgullo jíbaro y tórridos paisajes costeros de disfrute marino. Los tiempos ancestrales taínos y los tiempos mulatos afro-caribeños también reclaman espacio. Los triunfos deportivos del béisbol y el boxeo y las luchas políticas de los viequenses y los nacionalistas agitan sus consignas, mientras en otras camisetas se conmemoran eventos históricos o festividades culturales. Las imágenes juegan con las palabras y convocan ingenio, humor, devoción y protesta.

Todos los asuntos importantes en la vida diaria de la gente se colocan en el pecho a la vista de todos y eso incluye la espiritualidad, la sexualidad, la inocencia infantil y la astucia comercial. La puertorriqueñidad que se exhibe en tantas camisetas es, por lo tanto diversa y plural, vibrante y contradictoria, pero se ajusta a un universo de imágenes y palabras compartidas y reconocidas que aportan a una convocatoria del orgullo. Algunos temas como la bandera tienen vigencia permanente. Otros como la farándula siguen el vaivén de la moda. Esta apetencia por imprimir y mostrar señales puertorriqueñas tiene tanta fuerza que años atrás –cuando el misterio del chupacabras era un asunto de gran impacto– hubo una sucesión de más de 30 camisetas en la que el monstruo se transformó de salvaje, desconocido y amenazante a doméstico, reconocido y simpático: un embajador nacional partícipe de todas las experiencias cotidianas de la gente común.

En el mundo dividido de la diáspora, las camisetas son vistosas tarjetas de identificación y contraseñas de pertenencia. La imagen reconocida en el pecho de una persona desconocida abre la puerta al saludo y la conversación –¿dónde conseguiste esa camiseta?– y da acceso a otros puntos de encuentro.

Encontrar el sabor del pueblo

Si de tanto mirar gente ya se le abrió el apetito, no tendrá que andar muy lejos para encontrar bodega-restorán-cafetería con una vitrina especial adentro. Esa vitrina de bombillas grandes y grandes bandejas tiene ahí a la venta las meriendas más necesarias para matar el hambre a fuerza de sabor boricua. Ahí están las alcapurrias, bacalaitos, morcillas, tostones, pasteles, cuajito, piononos, pollo frito, carne frita, guineos sancochados, sorullos de maíz y demás golosinas que, a pesar de su controversial valor nutritivo, tienen cierto poder de salvación y restitución de unos olores y sabores que transportan la isla al continente. Ese gastronómico punto de encuentro es tan poderoso, atrayente y resistente que en estos barrios migrantes –en los que la gente más joven pierde la pronunciación correcta del idioma español– son niños y jóvenes los más entusiastas clientes de estas vitrinas llenas de sabor de Puerto Rico.

La vitrina de frituras es un espacio de encuentro de tradiciones culinarias de distintas regiones de la isla que aquí en el barrio migrante se juntan y multiplican. Es un comeivete con su propio espacio y vigencia y cabe en restaurantes, panaderías, bodegas y guaguas rodantes, pero no se confunde con el sándwich o la mixta porque las frituras son las comidas festivas de la cultura popular, cuya importancia tiene que ver menos con la nutrición y más con la sabrosura y el disfrute. Hablé con el bodeguero sobre los consumidores que hacen fila frente a la vitrina llena de olorosa calentura y obtendrá una lista sorprendente: viejos-adultos-niños, ricos-pobres-deambulantes, santeros-católicos-pentecostales y verá que todo el mundo viene, menos los vegetarianos y naturistas. Esta es la tentación de romper la dieta y la irresistible atracción que invita a los afroamericanos a acercarse a los boricuas.

En la Escuela Albizu Campos de Chicago enseñan historia de Puerto Rico preparando alcapurrias en la cocina y todos aprenden bien. Los Cocineros Unidos de Humboldt Park hacen una fiesta anual para agradecer el patrocinio de su gente a las guaguas de frituras estacionadas en el parque. En la Cafetería Borinquen inventaron el Jibarito: un sándwich de carne con ensalada y aderezos servido entre dos tostones grandotes en vez de pan. De allí se lo fueron copiando y ahora se consigue en muchos lugares. La comida es un punto de encuentro vital, especialmente cuando nos permite olvidar el frío del invierno con algún calorcito bien condimentado en el estómago.

Para los boricuas, la música es un sabor de la imaginación y el sonido. Por eso la más lograda musicalidad de la diáspora se llama salsa. Los tambores siempre son los mensajeros de los diversos puntos de encuentro de la música puertorriqueña. El ventetú de la calle –congas, palitos y cencerros– ya no es tan frecuente pues su presencia es desafío del orden público según la lógica policiaca. Pero cuando hay fiesta en el building o la yarda el ventetú recupera su espacio. En los templos pentecostales el culto se alza en cantos y ritmos y allí hay timbales, güiros y congas que se entremezclan en la alabanza con bajos y baterías, guitarras y panderetas. Son percusiones tiznadas las que sostienen el rap y el reggae que a los muchachos les inunda los oídos. La bombayplena ha ganado cada vez mayor terreno, especialmente entre grupos de acción cultural directa, sea rescate cultural o militancia política. La salsa está dondequiera, hija predilecta de la migración boricua. En las Navidades, hay menos parrandas que antes, pero las hay y son buenas para reventar el encerramiento de casas y apartamentos. En todos estos ambientes la gente suena su ritmo en espacios que son suyos y no de la moda comercial o la industria discográfica. El tambor es el corazón de la cultura popular boricua: el ritmo del cuero es el pálpito de la gente.

Encuentros de vida y muerte

Todos estos gozos de encuentro solidario nos brindan la fuerza de sostener la vida pero en estos barrios hay otras cosas que nos la quitan: el comercio de las drogas, las destrucciones gangueras, los accidentes de tránsito, las enfermedades mortales. La muerte siempre está cerca y prefiere a los más jóvenes. Cuando mueren o los matan, la ciudad acelerada los menciona en periódicos y noticieros que olvidan al día siguiente la gente que se nos pierde en la violencia del barrio. Por eso la gente viva organiza la memoria para recordar a los muertos según sus lealtades comunitarias. En las aceras cercanas a los puntos de la muerte aparecen altares humildes y transitorios hechos con cajas, velas, botellas, flores, fotografías y notas de despedida.

En ciertos barrios las familias, vecinos y amistades se juntan y hacen colectas para pagarle a un artista que sabe pintar paredes por un mural de recuerdo de un ser querido que ha muerto. Vale la pena detenerse ante este arte netamente popular que, en gran medida, es de origen boricua y latino.

Antes de estos murales, los espacios callejeros de los barrios eran el ámbito del graffiti, la arrolladora visualidad hip-hop. Arte popular para unos y vandalismo para otros, el graffiti arropó las ciudades con su voraz y clandestino apetito por ocupar todo espacio disponible con la presencia de sus autores que habían trastocado la lógica institucional del arte al eliminar la “obra” y dedicar todo el esfuerzo creativo a la firma del autor. Así, la glorificación del artista –o la cuadrilla de artistas– tomó por asalto los muros y las paredes y culminó con maravillosas y arriesgadas pinturas que cubrían los trenes urbanos. El gobierno reaccionó de la manera más represiva y los artistas respondieron con más riesgo y astucia. Luego, las galerías de arte de vanguardia descubrieron el graffiti y sedujeron a los artistas de la calle a colocar sus desafíos de aerosol en canvas y ofrecerlos al mercado de los coleccionistas de arte. Tras un éxito fugaz como la moda artística del momento, la sensación artística se apagó mientras en las calles la creatividad ilegal fue abatida por la intervención policiaca.

Algunos artistas del graffiti se hicieron profesionales del arte. Otros se quedaron en sus comunidades haciendo anuncios para tiendas y negocios. Otros más abandonaron aquella rebeldía de su juventud. Lo que nos importa es que algunos recibieron encargos de familias o gangueros para dejar memorias visuales de jóvenes muertos en la violencia que siempre está acechando en calles y esquinas. Este arte de ofrenda funeral creció y desarrolló su propia estética.

En los espacios difíciles de los barrios –rodeados de canchas, bodegas, cafeterías, talleres, laundromats, billboards, teléfonos, car-wash, billares y tiendas– el arte floreció junto a la basura sin recoger y la sangre sin olvidar. El racismo, la drogadicción, la pobreza, las gangas y la doctrina de la violencia de los medios de comunicación garantizaron una clientela: la muerte de la gente joven es cosa de todos los días. Los artistas tuvieron que redefinir su arte para atender la necesidad de mantener una clara memoria de los muertos y clara significa legible y reconocible. Así, los enredos espectaculares del graffiti dejaron lugar a un repertorio de imágenes de la muerte y la salvación: corazones encendidos, velas, pergaminos, cruces, palomas, fechas, banderas, luces, estrellas, ángeles, tumbas, biblias, caricaturas, cristos, calaveras, flores, nubes, manos en oración, cintas enlazadas, cielos nocturnos, edificios urbanos, rótulos de tránsito, mensajes religiosos, listas de deudos y muy discretas firmas de artistas.

Mediante una iconografía cristiana, urbana y celestial, los murales de los muertos recogen el dolor en puntos de encuentro que prometen la salvación de los muertos y el recuerdo de los vivos y un deseo de paz. Utilizando la imagen fotográfica, las posesiones más preciadas del difunto, los gustos personales o los sitios donde los jóvenes encontraron la muerte, los murales ofrecen consuelo mientras rescatan a los muertos del anonimato y los devuelven al recuerdo de lo mejor de su vida y personalidad según el gusto de la gente que vivió con ellos. A diferencia del graffiti, los murales de los muertos no se consideran vandalismo sino embellecimiento de los vecindarios. Son los puntos de encuentro de la humanidad de los vivos y la solidaridad de la comunidad.

Junto a estos murales, o en ausencia de ellos, la gente levanta altares perecederos en los lugares exactos donde alguien encuentra la muerte: aceras, esquinas, parques y callejones. Ahí se dan cita los amigos del joven muerto -los que van a la misma escuela o pertenecen a la misma ganga- y colocan flores, velas, bebidas y notas de despedida. El viento apaga las velas, la lluvia disuelve las palabras y el altar despedazado va a caer a la basura.

El encuentro espiritual y los encuentros mundanos

En el mundo de los vivos, es común la perdición, la pérdida de rumbo y el agobio de los problemas de salud, dinero y amor. Cuando los problemas crecen fuera de proporciones manejables, mucha gente puertorriqueña sale en busca de un centro espiritista y allí consigue un equilibrio restablecido. Las fuerzas del mundo espiritual –los espíritus y las almas de los muertos– pueden ser maléficas o beneficiosas, y para encontrar las protecciones necesarias y eficaces hay que entrar a esa dimensión con la ayuda y guía de un buen negociador o negociadora que sepa cómo apaciguar, convencer y reclutar estos entes espirituales para el servicio de los vivos necesitados o que logre alejar y mantener a raya las fuerzas negativas del atraso y la confusión. En cualquier caso, los centros espiritistas resultan más eficaces que los consultorios psiquiátricos y, por supuesto, más accesibles.

En una barbería de abundante clientela, los barberos son expertos en dibujos y diseños con rasuradora que adornan las cortas cabelleras de los jóvenes boricuas con rayas, espirales y figuras precisas y detalladas. Un muchachito vino con su madre para que le hicieran el diseño que su amigo anda luciendo en la escuela: una bandera boricua flotándole en la cabeza. Otros clientes vienen por lo que mejor les cuadra: cerquillos frecuentes para mantener un recorte que no cambia, cuidadosos ajustes en bigotes y patillas, muy dedicados esfuerzos para ocultar la calvicie y otras tantas preferencias  del buen acicalamiento. La barbería tiene una mesa de billar por si la espera es muy larga o por si uno quiere estar con los panas en vez de recortarse. Hay un equipo de sonido e instrumentos musicales. Los dueños son dos hermanos  muy jíbaros de Jayuya y forman parte de un grupo de la trova campesina. Uno de ellos tiene otro pasatiempo que levanta admiraciones y provoca admiraciones: en unos tiestos muy atendidos pone a crecer un arbolito de café, otro de aguacate, una mata de guineo, muchas plantas de recao, también de orégano brujo y hasta logró mantener viva por bastante tiempo una linda mata de moriviví. La gente que llega y observa la siembra tiene que hablar del asunto y de sus tiempos allá en el campo o de su abuelo o de aquel barrio de la niñez. Así la gente encuentra otra vez su memoria, la reinventa y la comparte.

En otra ciudad hay una panadería de pan de agua y de manteca, y allí las paredes lucen decoraciones traídas de la isla para enlazar las familias que la migración descompone y allí hay tertulia de historia, de política y noticia. Al lado queda una iglesia pentecostal con sus musicalizados cultos y cerca queda una tienda de discos, y frente a esa misma tienda unos vecinos nostálgicos acompañan con dos congas las grabaciones de Fania que están tocando en la tienda. Hay muchachas reunidas en un salón de arreglo de uñas y ahí se habla de empleos y amores mientras se cultiva el arte de pintar una exuberante variedad de motivos y diseños en miniatura sobre las uñas alargadas y muy cuidadas. También por allí hay un árbol, y, bajo el árbol, la mesa del dominó que reúne otro corillo boricua que comparte la jugada cautelosa, el chiste brusco y la cerveza fría. Las uñas se pueden pintar en inglés pero el dominó siempre se juega en español.

El lector sabe que esta lista se alarga y sabe cómo alargarla. Lo importante es que hay espacios para encuentros de la gente y así la comunidad atiende su cultura maltratada por las separaciones y las complejas distancias de la diáspora puertorriqueña. La complejidades de estas experiencias se desdoblan en maneras de ser y vivir en búsqueda de un sentido compartido. Algunos de esos esfuerzos aparecen detallados en las próximas páginas.

Poesía en zapatos de arco-iris

Suplemento Especial

Eduardo Arocho nació y creció en Humboldt Park, envuelto en una puertorriqueñidad tan evidente que no le causaba curiosidades ni cuestionamientos. Sus padres hablaban español todo el tiempo y el español se hablaba en el barrio, la iglesia y la escuela. Su vecindario –puertorriqueño y afroamericano- era un universo de apariencia coherente. Su padre era a la vez anexionista y orgulloso de su pueblo isleño de Moca. Eduardo llegó a la escuela secundaria Roberto Clemente convencido de que Puerto Rico era parte de Estados Unidos. No sentía necesidad de saber más de lo que sabía e ignoraba que su gente tenía historia propia y cultura profunda. Con esa conciencia, fue parte del ROTC y la banda de acero de la escuela, y al salir estaba listo para ingresar en la Marina.

Cambió de planes cuando la Northeastern University lo admitió como estudiante y allí entró en contacto con activistas y poetas afroamericanos. Se sintió atraído por la política radical. Aún no sentía inquietudes de afirmación puertorriqueña.

Un día leyó en el periódico una carta de una mujer puertorriqueña que expresaba su oposición a la colocación de una estatua de Albizu Campos en Humboldt Park. Esa líder anexionista se expresaba en forma tan insultante de su barrio que Arocho quiso enterarse del trasfondo de la controversia que tanto agitaba el ambiente. Por su cuenta buscó y leyó el libro Albizu Campos el revolucionario de Federico Ribes Tovar. Las primeras palabras del libro se le grabaron en la memoria: “Yo vengo del huracán”…dijo una vez el Maestro. Del huracán, fenómeno meteorológico autóctono provenía él y con empuje similar barre Borinquen, arrasando, destruyendo y purificando el aire mefítico creado por el coloniaje en Puerto Rico.

Eduardo Arocho, que desde los veinte años se había puesto a escribir poemas de amores, gangas y otros asuntos, que había conocido la poesía negra de protesta y que ya recitaba en tarima, produjo entonces un  poema que fue un descubrimiento de su puertorriqueñidad y que –en un cementerio cerca de la universidad- le permitió una larga mirada, como la que tuvo Corretjer en la Torre de Ciales.

He came from the hurricane
“El Maestro” said,
as he stood overlooking
the children in the dirt
with a calm
and peaceful eye
and when he opened
his mouth
to sing their names
a truthful hurricane
of words came
storming and destroying
the lies created by the palace white
purifying with tropical rains
the colonized minds
of the Colorful Children of Borinquen.

Así comenzó el traspaso y el viaje desde y hacia la Isla. Arocho encontró un lenguaje todo suyo y no prestado, y le colocó a las palabras los sonidos y colores de la gente de su barrio. El poema siguió ganando altura y con Albizu llegó el cielo, el sol y el mar, la plena y el arco-iris. Era más difícil que les llegara su historia desaparecida de los libros, periódicos y televisores, pero Albizu vino y la controversia de la estatua sirvió de vasija para que la gente la llenara con conocimientos nunca antes compartidos y hubo mucho aprendizaje de Historia de Puerto Rico. Al final, los niños de Humboldt Park siguen solos esperando que Albizu de bronce los acompañe en su barrio tan lleno de colores de gente boricua.

Eduardo no sabía de su propio orgullo por su barrio hasta ese momento. Comenzó a declamar el poema en público, alzando la voz y gritando duro para que todos oyeran lo que muchos no veían. Gritando doble, porque no hay muchos poetas públicos puertorriqueños en Chicago.

Desde el principio fue un performer. Una vez, un poeta amigo le dijo que recitar de memoria ayuda al espíritu a expresarse mejor. Desde ese tiempo, when I go to perform tengo muchos de mis poemas ya memorizados.

El poema de Albizu lo encontró en un cruce de caminos. Estaba en la universidad estudiando literatura, tomó su primer curso de poesía y sacó F -lo mismo que en otros cursos-; y a la vez que encontraba su vocación poética, era expulsado de la universidad; y a la vez encontraba un poeta que hacía poemas de Shakespeare en blues y con esa inspiración Eduardo estudió a Blake y otros poetas clásicos; y hasta montó poemas de Blake en rap. 

Their spirits soared
So high
That they coalesced
Into beautiful rainbows
El Maestro said, these are
The colorful children

Of Borinquen.

Era una nueva mirada a la misma gente colorida que desde niño veía desde la ventana de su casa, porque no lo dejaban salir por miedo a que se juntara con el peligro de las pandillas, mientras dentro de la casa lo perseguía el peligro de un padre alcohólico que llegaba furioso y destruía toda la casa.

Yo vivía en una casa en la Potomac y Washtenaw donde al cruzar la calle había un mural gigantesco de los Disciples y ellos venían y hacían un corazón grandote con unos cuernos y cosas así. Esto fue en los setenta –seventies- y así bien grande y lindo y cuando terminan viene la policía y le tira pintura encima pero yo no sé por qué esperaban hasta que terminaran porque eso le cogía dos o tres días. Desde la ventana del cuarto de nosotros el mural estaba ahí siempre. 

Había ese miedo a las pandillas y yo empecé a escribir sobre eso pero no quería estar stereotyped, tú sabes, as a gang-ghetto poet y después encontré  ésto. Hice el poema de Albizu. Antes del poema de Albizu yo encontré la palabra poet-opera y empecé a escribir algo sobre eso con diseño como un journey y eso me ha mantenido enfocado porque hay veces que yo no escribo por meses pero puedo regresar a ese mismo enfoque, a ese mismo journey, y regresar al rumbo que llevaba. Empecé a añadir poemas que había escrito y a decir bueno esto es parte de esta ópera aunque no he estudiado ópera ni he visto otro poet-opera pero siempre me encantaba ir a los plays. En muchas formas he estado cerca del arte. Mi papá cantaba en el coro de la iglesia y yo estaba en dramas de la iglesia y estuve en steel bands. Siempre iba a los musicals yo solo. I would go to see Cabaret y, tú sabes, los musicales populares. Phantom of the Opera.

Una vida cerca del arte. Una identificación con la gente del barrio. Un deseo de no limitarse ni encasillarse en los rótulos restrictivos. Una memoria de sonido y color. En vísperas de su encuentro con la historia puertorriqueña, ya sabía que su poesía era un viaje de toda la vida en el que los episodios –convertidos en poemas- se enlazan en un poema mayor, un poet-opera que es un mapa de dirección; una estructura general que acomoda las partes de la vida en un todo que es una vida más amplia y que se resuelve en la poesía. 

Antes de la revolución armada de Albizu, había vivido los tiroteos del barrio.

It was
A summer afternoon
And it was
the sun that lit our view
And it was/ a day to spend with friends.

And there was
sunlight
Camera eyes
And action
From a hand gun.

And it was
At the corner store
And he laid
On the cement floor
And it was the neighbors
That gathered to see
He that was/ Fourteen.

And it was his cheeks
Stuck on the street
And he had
three bullets in his back
and he was alone
with no mother to cry/ goodbye.

And it was
The police that came
And it was one cop
That smiled and said,
“this is better/ than the movies”.

Arocho es un performer que recita poesía sin leer y desde la tarima provoca ruidosas reacciones de la audiencia. Su estética personal consiste en trabajar, editar, corregir, alterar y rebuscar tanto cada palabra que cuando el poema está terminado a la vez queda memorizado. Una vez conseguido y comprobado su método, quiso ir más allá y establecer su estilo como un alejamiento del estilo de los poetas nuyoricans, de los cuáles considera a Pedro Pietri como el más innovador.

The others sound the same: el mismo uso del spanglish, el mismo ritmo musical. There is this gigantic depression that they carry. And I wanted something hopeful, tú sabes, I wanted hope and I wanted a different music, you know. Lo mismo con los afroamericanos. They have their style and it’s part of their culture. But you can always identify it and it sounds to me like the same thing. Quería alejarme de esos estilos y esas influencias y crear algo más diferente. Y por eso me he rompido la cabeza mucho con algunos de estos poemas porque I saw it over there visually: yo lo he visto. I’ve seen the whole poem. I’ve seen everything, the color y de todo. Y trabajar esa música.

Eduardo Arocho ve y oye poemas y luego pasa trabajo en el esfuerzo de convertirlos en palabras que salen de su mente al papel y, después del forcejeo de la escritura, regresan a su mente convertidos en textos memorizados para el público. Son poemas para leer y poemas para recitar. Cuando la lucha del arte cuaja, el éxito es resonante porque es ovación y aplauso. Un ejemplo de poema logrado según esta estrategia es They Wear Zapatos de Arco-Iris (Rainbow Shoes) to the Epiphany.

Marching down
an impasse street
seen parading on TV
the children of the colony
are dancing proudly
exiled with the flag
they inherited from history.

Ahora que el poeta está esclarecido y sabe viajar por su vida y por la historia de su gente, el lenguaje se hace firme y se mueve sin sombras ni faltas, centrándose en la imagen de la parada/desfile: el encuentro de la gente consigo misma y del poeta con su gente y la unión de ambos en el viaje de la historia reconquistada. Es el 6 de enero en Humboldt Park y la parada celebra la inauguración de las banderas puertorriqueñas más grandes del mundo en el Paseo Boricua. Pero el poema había nacido antes: este momento es una de esas añadiduras que caen en su sitio porque la poesía de Arocho es un journey integrador de experiencias dispares pero de significado común. 

Mientras tanto, los Reyes Magos están en Borikén,

Where the Jíbaro-Santero
has carved them
and calls them in prayer
asking please bring gifts
to the poor niños y niñas
of this estrella.

Los Reyes cumplen su cometido en la Isla pero, desde Humboldt Park,

A new star shines in the sky
Seen by the middle saint divine
Melchor is his name
Africa’s negro Rey.
He says to the wise,
“look there on the street,
deep in a city canyon
a beckoning light
and hidden among the shadows
are niños y niñas heirs to this estrella”.

Melchor insiste en ir a visitar esos niños boricuas que viven al norte, pero los otros reyes le advierten que ya no tienen regalos, que todos los han repartido en la Isla.

So the wise Melchor
on his white horse
contemplated and prayed
and then he said to the wise
“bring them history and song
bring them zapatos the arco-iris
so they may walk
to the future with dignity”.

Y los Reyes llegan a la calle Division guiados por la otra estrella y llaman a los niños:

“ven, ven little Boricuas!
Look at what we brought you
History, song and zapatos de arco-iris
for the Reyes y Reinas de La Bandera”.

Mientras tanto, fuera del poema, los niños despiertan y salen a recibir sus regalos sin importarles la nieve ni el frío, y la imaginación y la realidad se confunden en el mismo gozo pues, tras inaugurar las banderas, tres vecinos del barrio son los Reyes Magos que, montados a caballo, dirigen el desfile por el Paseo Boricua. Al terminar, reparten juguetes a todos los niños gracias al esfuerzo de las organizaciones comunitarias. Pero el poeta, claro, escribe su crónica localizado en otro nivel del evento: la magia que deja un rastro perdurable y hermosamente inexplicable.

A trail of shackles remain on the street
a phenomenon never seen on t.v.
as they wear zapatos de arco-iris.

Realizado el milagro, los niños que en otro poema deseaban la llegada de un Albizu de bronce, han recibido un regalo mucho más grande.

History they live and make
on Division street renamed
and, they wear zapatos de arco-iris.

El poema es mucho más que la transformación de una leyenda. Es también el triunfo de una lucha íntima y personal del poeta que fue víctima de abuso sexual en su niñez. Yo quería journey, ir para atrás y salvar ese pequeño, darle algo que le ayudara para que venga al futuro sin esos peligros y esas cosas que estaban pasando. So, ese fue un poema bien difícil para mí porque era bien personal. Cuando uno lo lee no sabe que ese es el tema. Es algo de orgullo y hope, esperanza. Es el conocimiento de la historia y la cultura: zapatos de arco-iris.

Ese regalo es el fruto de la búsqueda de la paz y la libertad. La imagen procede de la vida misma de Eduardo. Cuando yo era joven vestía bien loco. Tenía un rabo así bien grande y me vestía de negro con muchos botones bien feos. Tenía unos All Stars con los thick shoelaces rainbow. Ok? I guess it was to get attention, ¿verdad? Todo el mundo me miraba. Donde único no recibí atención fue cuando llegué a Nueva York y everybody thought I was normal. Eso fue en el Bronx.

El niño abusado se convierte en todos los niños puertorriqueños. Este no es mi cuento. Es el cuento de todos nosotros aquí. 

Los zapatos de arco-iris son por lo tanto parte del poet-opera, una imagen que cuaja al ubicarse en el tema de las paradas y las marchas. Algo consistente con este pueblo: they are always in motion, always marching and their history comes with them. ¿Cómo es que los zapatos de arco-iris expresan esa unidad en la historia y la cultura? En los seventies las gangas usaban All Stars con big thick shoelaces pero black and yellow or black and blue y yo quería un zapato que me dejara andar por cualquier sitio sin perjudicación de las gangas porque en cada sitio tú ibas y tenían un diferente color y eso es algo que yo siempre he estado bien consciente de las gangas y los sitios que yo iba.

Por lo tanto, la imagen se enriquece con lo biográfico y se engrandece con lo mágico. Los zapatos de arco-iris permiten andar con libertad, libertad que se logra gracias a la unidad, fruto de la historia y la cultura compartidas. Sólo faltaba el toque final, la imagen que redondea el poema y lo lleva a su más alto nivel de experiencia colectiva. El poeta -que para este tiempo estaba en el mismo medio del activismo comunitario- recibió una carta del preso político puertorriqueño Oscar López Rivera en la que entre otras cosas le decía que nació un 6 de enero y por tanto es “un hijo de la epifanía”. Arocho nunca había oído la palabra y yo no sabía esa palabra hasta que él me dijo y yo lo researched y encontré que esa palabra cabía ahí. I was stuck until I found that word. Así pude terminar el poema.

Terminar el poema lo dejó afectado y al borde de volverse loco y tuvo que guardarlo. La epifanía fue un encuentro y descubrimiento tan completo que no le cabía por dentro todo a la vez. Luego pudo recobrarse y llevó el poema a la gente y el público lo aclamó y le pidió muchos poemas nuevos que dijeran el sentir de la gente con la magia de la poesía. Y Arocho usó el poema para provocar poesía en sus estudiantes y lo logró. Se comprometió más con su método de investigación y creación. I’m very careful. Cuando escribo I always try to be responsible. Do research, get as much information as possible, talk to the people who know para no dejar nada, cause I wanted to create a new mythology that represents everybody.

Envuelto en su journey, poet-opera, cultura y mitología, sigue escribiendo su puertorriqueñidad y su conexión con lo no-puertorriqueño que también le rodea. I’ll always perform cause I love performing. I love the stage. Specially when you have a new poem. Its not ready until you give this poem away by reciting it. Para que un poema esté terminado hay que llevarlo al público y decirlo de memoria y hacerle cambios según la reacción de la gente que lo hace mejor. 

Para terminar, la sincronicidad. En el año 98, Arocho comenzó un poema que no está listo todavía y que será su poet-opera. De ese año es un fragmento que dice:

Negrito detects a demon in the crowd
that stalks him with sins of colonia
It beats him hard with historia
for forgetting ancestors que lloran
with shame no maturation to parade

Elegua is witness to that scene
disguised as el niño de Atocha
y dijo Negrito your not a child
your ancient like Bomba Victoria.

Ode to your past Negrito
El niño de Atocha dijo
Put on your mask and disguise
y baila la bomba victoria.

Eduardo Arocho preguntaba y leía sobre vejigantes. Ayudó a montar una exposición de vejigantes conmigo y a la estatua de Albizu –colocada en una sala porque nunca permitieron que se pusiera en el parque- la vestí yo de exhuberante vejigante amarillo, congregando desde el centro del espacio a todos los demás disfraces. Arocho se mandó a hacer su propio atuendo de vejigante y se lo puso en el Desfile del Pueblo  en Humboldt Park y se lo puso para ir a protestar a Washington por la excarcelación de los presos políticos. El poeta se hizo artesano y comenzó a producir mascaritas de vejigante pintadas sobre cascos de nueces. Avejigantó toda su vida y luego, para completar, se allegó a la Santería y ahí descubrió -tres años después de escribir el fragmento de arriba- un secreto estremecedor. Cuando lo llevaron a la adivinación de Orula, resultó ser hijo de Eleguá. No en balde tanto journey, viaje y cruce de caminos. Ahora el poet-opera se ve más claro.