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Espejo de Artistas: Yolanda Velázquez

Palomas impresas en serigrafía sobre cartón 2024. "Asentamiento"

La plástica, el diseño, el teatro y la escritura entre otros medios me ha llevado a través de los años a conformar un cuerpo de trabajo diverso y libre para explorar la forma en que habito paisajes domésticos y urbanos en el contexto del Caribe. En años más recientes a partir del huracán María y la pandemia me ocupa la idea de registrar los múltiples desastres naturales y de país desde la comunidad donde he vivido por los últimos 20 años y mi hogar como documento del paso del tiempo. Con una formación autodidacta en las artes del grabado y del libro he desarrollado un interés entre la imagen y la palabra para conectar desde diversos ángulos dos lenguajes que se complementan y se multiplican visualmente. Ocupar un espacio vital y el derecho  a permanecer o desplazarme por el mundo sigue siendo una mirada constante en mis procesos creativos.

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Será otra cosa-La alquimia protofacha: notas de campo desde el mal

 

 

Especial para En Rojo

En los años noventa del siglo pasado, justo antes de cambiar la psicología por la antropología y embarcarme en los estudios doctorales de la segunda, leí un capítulo interesante y perturbador en el libro de Renato Rosaldo, «Culture and truth.» Rosaldo documenta su trabajo etnográfico con los Ilongot, un grupo indígena de las montañas Filipinas, conocidos por su práctica, previa a los 1970’s, de «cacería de cabezas». El ensayo ilustra el poder de la etnografía como género narrativo a la vez que expone y discute una frustración metodológica: ¿qué hacemos cuando la gente hace algo extraordinario, intrigante, difícil de explicar, pero no nos lo explican, llevados no por el deseo de mantener algo secreto sino por la naturaleza «self-evident» para ellos, de la acción que el etnógrafo no logra entender? Una detrás de otra, las (breves) razones que los Ilongot le daban al pobre Rosaldo iban más o menos así:

Antropólogo curioso: ¿Y por qué usted cazaba cabezas? Anciano Ilongot: Pues la pena (grief), claro. Uno siente ira y necesita un lugar para ponerla. Entonces ibas, cazabas un hombre, lo decapitabas, y desechabas la cabeza. Eso es todo.Antropólogo: [¿Pero por qué, cómo es eso, qué representa, qué significa?] ¿Un símbolo de intercambio (procede a resumir teorías antropológicas), quizás, o poner sobre aviso o balancear la relación con un grupo enemigo? Anciano: Significa lo que ya te dije. Pena, ira, decapitas, descartas. No tiene que ser un enemigo, podía ser un forastero o un hombre cualquiera que resultara conveniente.

El apoyo a una agenda autoritaria les resulta obvio (y hasta necesario, en el sentido filosófico de la palabra) a muchos estadounidenses, aunque esa agenda no les beneficie. Y como Rosaldo, me encuentro en la posición frustrante de la etnógrafa que busca entender algo que para otros resulta perfectamente evidente—una obviedad que se manifiesta en declaraciones inapelables («Pues obvio que es una socialista»), en explicaciones que no explican («Es que este país se ha convertido en una coladera»), en afirmaciones que se presentan como axiomas naturales. Es esa obviedad desconcertante pero insistente la que motiva estas notas: el intento de descifrar los entendidos culturales que permiten que lo que a mí me parece asombroso o repugnante se les presente a otros como necesidad y sentido común.

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Soy antropóloga de profesión, pero es la etnografía (y el vaivén que ella implica entre la descripción de lo cotidiano y la explicación teórica) la que mejor describe el arte y la práctica de mi oficio, un acercamiento hecho hábito que me convirtió, eventualmente, en escritora. Desde mis coordenadas norteñas, cada tanto me pellizca un extraño sentido de obligación, una suerte de impulso de corresponsalía. Llevo décadas tomando notas «de campo» o desde el sillón, mirando y escribiendo a modo de hábito, oficio y hasta autocuidado. Observar me sirve de un extraño consuelo, una oportunidad para mirar—y tal vez describir—el devenir de lo que viene.

Mi ubicación (geográfica, emocional) del 2010 a esta parte es más forastería, exilio o trashumancia que el traslado tradicional histórico boricua de la guagua aérea, los contratos de explotación para cortar caña en Hawai o cosechar fruta en Nueva Jersey, los paisajes del Barrio en Chicago o Nueva York en el siglo 20, o la masiva inmigración a Orlando de este siglo 21. He vivido en Washington DC, California, Nueva York y ahora, Arizona. Sólo en el tercero me conecté de manera significativa con gente y paisaje explícitamente identificados como «diáspora»—en los otros tres, la mía es por lo general una diáspora de uno, un pasearme por el cada vez más estridente imperio sin saber a ciencia cierta dónde me ubico (Latina, Hispana, o sencillamente extranjera) y (esto se vuelve más importante cada día) dónde otros me ubican a mí.

Y es que con mi piel manchadita de plátano, mi acento para muchos misterioso, mi inglés voluble (muy pasable en la mañana, se deteriora a medida que se acerca el fin de la tarde, se convierte en Spanglish a cualquier hora y sin aviso, como un ataque de Tourette’s) y una de esas caras que podrían aparecer, fácilmente, en artículos del National Geographic dedicados a Argelia, India, Líbano, Italia, Brasil o Las Canarias, mi otredad es evidente y a la vez, opaca.

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En mi escritorio norteño se van apilando las noticias y la teoría social: en mi libreta, fragmentos y personajes. La encantadora peluquera mexicana del aeropuerto, por ejemplo: Cuando cambiamos al español, su rostro se ilumina: compartimos la pequeña fiesta, la alegría genuina, de hablar, por un ratito, en nuestro idioma. Conversa conmigo de manera divertida y empática sobre temas como los hijos, los perros, las recetas de familia o la menopausia, quiere mucho a sus compatriotas, describe a Trump como «desagradable» pero de repente, sin mediar pregunta y con total naturalidad, dice: «Pero es que este país se ha convertido en una coladera, tienes que aceptar que eso es así.» Aparecen también el hombre joven que no quiere votar por Trump, pero lo hace, porque «no le queda de otra». Imagínate, me dice, no puedo permitir que Kamala gane, porque ‘esa mujer’ es radical. Cuando le pregunto, con curiosidad genuina, qué le parece exactamente “radical” en Kamala, me contesta: «Pues obvio que es una socialista, igual que Obama. Obvio.»

Una fuerte y asertiva sesentona me educa sobre la necesidad de defendernos de los hombres—su abuela tenía un shotgun, su madre tenía un shotgun, y ella misma un armario lleno de armas—pero aclara (sin que yo pregunte) que no es feminista, que en su familia las mujeres no dan sermones: se defienden. Un estudiante universitario se enreda ante el uso de los pronombres por parte de sus compañeros pero etiqueta su confusión e incomodidad como «opresión» y su deseo de censurar a los demás como “free speech”. Y un señor de ascendencia boricua me dice, en medio de una conversación sobre el problema de los school shootings, que éstos requieren una intervención inmediata contra “las gangas de jóvenes armados” en el «inner city». Cuando le señalo que los asesinatos de marras fueron mayormente perpetrados por adolescentes blancos, suburbanos, con armas legales, su demeanor cambia por completo. Se vuelve casi insultante. Porque su afirmación le parece obvia. Y  la mía, le parece woke.

Luego están las notas sueltas de segunda mano, como los cuentos de la periodista Stephanie McCrummen desde una carpa evangélica de la región, donde el ministro vocifera aseveraciones como We are going to prepare for war y I’m not on the Earth to be blessed; I’m on the Earth to be armed and dangerous para una audiencia repleta y febril que brinca de entusiasmo; o las interacciones cálidas, afectuosas incluso, entre Stephen Bannon y la audiencia de su podcast, donde la retórica de guerra civil se presenta con la intimidad de una charla familiar o una intervención terapéutica.

Mientras que el neoliberalismo autoritario sobre el cual nos hemos acostumbrado, mal que bien, a escribir y disertar (tipo tecnocracia, capitalismo del desastre, economía de la deuda, necro-colonialismo y tal) se esconde detrás de discursos técnicos y empresaristas (Yanis Varoufakis lo llama, acertadamente, «tecno feudalismo») desde abajo estamos viendo un mal que es no sólo político-económico sino ideológico, moral y cotidiano, y por ende, necesariamente apela a una variedad de entendidos y prácticas culturales. El mal se manifiesta pero rara vez se articula en forma de explicación, y cuando lo hace, va más allá aún que la banalidad tan bien descrita por Arendt: favorece la naturalización, no el protocolo, y produce explicaciones que–como el rostro de mi diáspora de una–se me presentan exóticas, y al mismo tiempo, opacas.

Si nombrar es parte de entender, ¿cómo nombrar una sopa cultural capaz de motivar, en paradójica y maligna armonía, a tanta gente, tantas y tan distintas subjetividades, a apoyar a un régimen que beneficia a sólo unos pocos? Algunos escritores y analistas acá en el norte evitan la palabra «fascismo», prefieren otras como «autoritarismo» «fragmentación» «nacionalismo» «neoconservadurismo»… Pero es justamente «protofascismo» lo que me viene no sólo a la mente sino al cuerpo completo, una etiqueta no tanto antropológica o teórica como ansiosa, visceral. Entre los muy reales desaparecidos, listas, propaganda, censura de libros, doublespeak, genocidio, y un «nacionalismo» agresivo que rompe, resta y separa en nombre de la unión, creo que tenemos más que suficiente para usarla en el ámbito político.

Pero el populacho que se aglutina en la nueva “base” republicana es una sustancia peculiar: está más unido en grito y acción que probablemente cualquier otra colectividad política en Estados Unidos, y a la vez contiene una diversidad pasmosa. Lo que estamos viendo no es tanto una suma de intereses como una alquimia de entendidos culturales—una reacción de elementos dispares que, al combinarse en la marmita de la cultura, produce algo distinto a sus componentes originales. De ahí mi prefijo: uso «proto» en el sentido que los científicos originalmente le dieron en «protón» y  “protozoa”: nuclear, originario, poderoso, se gesta en el micro del día a día y hace posible que el facismo político-económico se materialice. Como los alquimistas medievales que creían transformar metales viles en oro, aquí hay una transmutación de frustraciones, intereses y entendidos individuales en algo que se percibe como «valioso» o «puro»: MAGA como prerrequisito de lo necesario, o como restauración de lo perdido.

Allí militan hombres convencidos de que les han quitado algo que no pueden definir del todo, sólo sentirlo. Madres suburbanas hartas de verse reflejadas en las «Karens» de la imaginación internáutica, que culpan a la escuela (y a un “marxismo” que ni conocen ) por la fluidez de género de sus adolescentes. Cristianos radicalizados agrupados en “ejércitos», adorando a su deidad guerrera bajo amplias carpas. Mujeres «crunchy» airadas con el CDC. Esbeltas yoguis que cuestionan el derecho al cuidado médico de gente que «no se cuida». Ancianas que odian leer noticias y frecuentan los rallies de Trump porque allí nadie se burla cuando las ven “hablando con dios” sobre política.

Gente descontenta con la economía que culpa a los inmigrantes, no a las corporaciones. Gente de clase trabajadora que piensa que «elite» significa educación, no riqueza, y que sus verdugos son universitarios, no billonarios. Gente pobre que defiende su derecho no al alimento sino a soñar con mucho dinero. Santurrones que apoyan leyes que matan mujeres a cuenta de proteger la vida no nacida. Gente que intuye (correctamente) que el neoliberalismo tiene que ver con sus tribulaciones pero cree (incorrectamente) que los oligarcas del extremismo político no representan esa hegemonía. Gente que sospecha (correctamente) que el sistema de salud les ha fallado pero cree (incorrectamente) que el problema es la medicina, no el lucro desenfrenado. Gente que se piensa no-racista pero pierde la tabla y el apetito cada vez que Ocasio Cortez aparece en cámara.

¿Qué «interés común» los une? En términos racionales a la «homo economicus», ningún «interés» explica este Mal en su totalidad. Pero si miramos «interés» en una acepción menos racional y más cultural, aparecen de inmediato resentimientos, indignaciones, racismos, xenofobias. Quizás una forma particular de fe. Fe en que les han arrebatado algo. Fe en que su versión del país—homogéneo, jerárquico, previsible y, aunque no lo reconozcan, blanco—puede aún recuperarse. Fe en que hay enemigos dentro, y que señalarlos es un acto de virtud. Sobre todo, una fe peligrosa en la ilusión de que el odio es una brújula legítima. No cualquier odio, sino uno cuidadosamente dirigido: un odio que señala al ‘otro’–ya sea por origen nacional, color de piel, religión o identidad de género–como amenaza, como culpable por default. Un odio que se viste de moral, se justifica como defensa propia, y se reproduce con facilidad en discursos que parecen proteger pero sólo sirven para atacar.

Y al lado de esa fe ideológica, una aún más cotidiana y para mí, más misteriosa: la fe en el mercado. En el derecho a consumir sin culpa, a llenar tanques de gasolina baratos para carros gigantes, a comprar fast fashion mientras se denuncia el globalismo, a cultivar una marca personal online desde la supuesta disidencia. No sólo creen, también compran, venden y, crucialmente, se identifican con los billonarios y no con los oprimidos. Si bien muchos de estos actores se movilizan por valores, también lo hacen por oportunidad, en un tránsito fácil desde la glorificación patriótica del hustle a la naturalización individualista del scam. El rechazo a la ciencia y la desconfianza hacia el sistema de salud  conviven cómodamente con la venta de suplementos milagrosos, el emprendimiento dietético, el podcast de wellness, y el esquema piramidal de leggings coloridos o inversiones financieras infalibles.

La indignación se monetiza, la conspiración se convierte en negocio, y la opresión imaginada se imprime en camisetas irónicas como la que llevaba no hace mucho la secretaria de prensa de Trump en Instagram: saliendo del salón de belleza, sonriente, con una camiseta que decía «Make America Blonde Again».

No es sátira; es un statement cuidadosamente calibrado, una destilación peposa de la estética de la derecha y un dog whistle para racistas que ofrece, al mismo tiempo, plausible deniability. Porque si alguien señala la carga racial del mensaje, pueden decir que el crítico es un frágil snowflake de izquierda, que la vestimenta era broma, que era moda, que era ‘sólo una camiseta’. Pero no lo es: es un artefacto material del protofascismo cultural.

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Mientras tanto, en Puerto Rico, las alarmas suenan con otro tono, pero suenan. El protofascismo cultural en la colonia aparece en la insistencia de despotricar contra la «imposición» de un lenguaje inclusivo que nadie les ha impuesto, el racismo recrudecido de cara a las redadas de ICE, la apropiación de términos ‘woke’ para tildar de ‘gordo-fóbicos’ o sexistas a los críticos, la discriminación bajo el pretexto de ‘libertad religiosa’.

Contrario a las categorías estrechas de los «surveys» de los analistas políticos, la habilidad humana para tolerar, proteger y reproducir contradicciones define posturas y rumbos políticos justamente gracias a su cotidianidad. Sospecho que las notas continuarán acumulándose mientras persistan esos encuentros que ilustran la alquimia de los entendidos compartidos en su desconcertante, pero insistente, “obviedad”.

 

 

En Reserva-En favor de una concepción ecolingüística del lenguaje

 

 

Especial para En Rojo

Dice Saroj Chawla (1991) que existe una relación indivisible, tanto consciente como inconsciente, entre nuestros hábitos lingüísticos y la filosofía. Para Chawla, esta determina la forma en que manejamos y apreciamos la vida natural. A medida que la globalización avanza, el discurso dominante homogeniza esa concepción, borrando relaciones forjadas a través de miles de años entre los pueblos, sus lenguas y su entorno. Con esto en mente, la ecolingüística propone un acercamiento teórico desde el que abordar el aspecto sociológico del lenguaje en continuidad con el ecosistema.

El enfoque ecológico fue propuesto inicialmente por Einar Haugen, profesor de lingüística y dialectología de las universidades de Wisconsin-Madison y Harvard. En su libro The Ecology of Language (Stanford University Press, 1972), Haugen argumenta sobre cómo un entendimiento ecológico del lenguaje sería útil como herramienta de estudio a la lingüística pues contemplaría la relación entre hablantes y sus entornos de forma causal. Haugen explica la necesidad de expandir la actual concepción antropocéntrica de la sociolingüística, argumentando que las condiciones del ecosistema son fundamentales para explicar la variación por contacto lingüístico dentro de comunidades multilingües.

Para quienes suscriben a esta noción ecológica del lenguaje, la variedad de lenguas es un asunto de variedad biológica. Mark Abley (2003) explica que: “Los dialectos son para los idiomas lo que las subespecies son para las especies. Lo que significa la supervivencia de los idiomas amenazados, tal vez, es la resistencia de docenas, cientos, miles de nociones sutilmente diferentes de la verdad.” La concepción de Abley es paralela a la de los cognitivistas, en particular a la propuesta de metáfora encarnada de George Lakoff y Mark Johnson. Según estos, los hablantes crean esquemas y metaforizan a partir de su experiencia física y espacial. Por tanto, las cualidades de su entorno son parte inseparable de las estructuras y posibilidades léxico-semánticas de su lengua. Lo que en español, por ejemplo, representa el ochenta, como ocho decenas, es quatre-vingts en francés, es decir, cuatro ventenas. Aunque en la superficie supone meramente una lexificación distinta, el agrupamiento representa una percepción numeral diferente, con implicaciones y relaciones distintas entre ambos grupos de hablantes, aún cuando el resultado de una operación matemática sea el mismo. Abley expande esta idea y la resume al plantear lo siguiente:

“Con nuestros asombrosos poderes de tecnología, es fácil para nosotros en Occidente creer que tenemos todas las respuestas. Quizás las tenemos, pero solo a las preguntas que hemos formulado. Pero, ¿qué pasa si algunas preguntas eluden nuestra capacidad de preguntar? ¿Qué pasa si ciertas ideas no pueden articularse completamente en nuestras palabras?”

¿Pa qué la ecolingüística?

Por tratarse de una disciplina relativamente joven, aún existe debate sobre qué debe abarcar la ecolingüística y cuáles son sus límites de estudio. Para cooperar con la brevedad que obliga esta columna, les comparto la definición de la Asociación Internacional de Ecolingüística, la cual me parece mejor acomoda las dos principales concepciones que existen en la actualidad. Esta describe a la disciplina como una:

“que explora el papel del lenguaje en las interacciones de los seres humanos, otras especies y el entorno físico que sostiene la vida. Un primer objetivo de esta es desarrollar teorías lingüísticas que vean a los humanos no meramente como seres sociales, sino como parte de los ecosistemas que sustentan la vida. El segundo objetivo es mostrar cómo se puede utilizar la lingüística para abordar cuestiones ecológicas discursivas tales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la urgencia de justicia ambiental.”

De esta manera, la ecolingüística propone un cambio en la argumentación y abstracción teórica promulgada por los estructuralistas y generativistas, quienes conciben el lenguaje como un fenómeno aislado que surge de la actividad humana, para en cambio promover de en adelante un entendimiento biocéntrico que enfatice la forma en que el ecosistema afecta la vida y transformación de las lenguas.

En mi caso, la ecolingüística atiende una de mis inquietudes más grandes sobre la articulación de discurso y su rol en la concepción de políticas sociales, en particular aquellas que provocan problemas ambientales a partir de asuntos propagandísticos. Reconozco que esto puede parecer una abstracción académica, pero recordemos que recientemente Donald Trump ha declarado que Estados Unidos explotará “beautiful clean coal” (“carbón hermoso y limpio”). La imagen en sí es un asalto por su contrariedad. Carbón limpio me hace pensar en la escena en que Dick Van Dyke baila por los tejados junto a otros limpiachimeneas en Mary Poppins.

La política pública de Trump en su segundo término trata a los bosques y espacios naturales como meros materiales, promoviendo la tala indiscriminada y el retorno al uso de combustibles fósiles, alejándose significativamente de esfuerzos anteriores y de políticas globales que buscan diversificar la producción energética para dar con alternativas a la dependencia de petróleo. El discurso del presidente Trump no es meramente un posicionamiento de opinión, sino que desde su oficina y poderes tiene un efecto físico, medible y constatable sobre la realidad. Como explica Louis Jean Calvet (2006):

“El lenguaje es una práctica social dentro de la vida social, una práctica inseparable de su entorno. La idea básica es (…) que las prácticas que constituyen los idiomas y su entorno forman un sistema ecolingüístico en el que los idiomas se multiplican, se cruzan, varían, se influyen mutuamente, compiten o convergen. El sistema está en interrelación con el espacio. En todo momento, el lenguaje está sujeto a estímulos externos a los que se adapta como una respuesta al medio ambiente (…) variantes que, con el tiempo, conducen a la preferencia de ciertas formas y características. En otras palabras, hay una acción selectiva del medio ambiente en la evolución del idioma.”

La concepción del sector gubernamental y económico sobre la naturaleza como un espacio salvaje (untamed wilderness) o por desarrollarse (developable land) no es accidental, sino un posicionamiento que justifica la destrucción ambiental como ‘crecimiento’ y que produce políticas sociales sostenidas desde una concepción explotativa de la naturaleza, carentes por completo de concordancia con la realidad de los ecosistemas que sostienen la vida. Discursos políticos y mediáticos promueven el descuido del ambiente en favor de una concepción de la naturaleza como recurso, alineándose con las lógicas de mercado e invalidando de paso los aspectos de sustentabilidad y conservación.

¿Por qué ahora?

El lenguaje tiene impacto físico en el mundo a través de su rol en la implementación de gobernanza, la planificación lingüística, el paisajismo lingüístico (linguistic landscape), legislación ambiental, acuerdos comerciales, publicidad, regulaciones, así como el discurso adherido al lenguaje científico e institucional. En momentos en que la política pública estadounidense establece una desprotección y explotación mayor de sus áreas naturales y zonas protegidas de conservación, es importante comprender cómo el discurso mueve y manipula la opinión pública en favor de políticas que amenazan el bienestar ecológico en favor del extractivismo capitalista.

Picharle a la dimensión ecológica de las sociedades humanas es y seguirá siendo el principal responsable del cambio climático. La destrucción de ecosistemas y la degradación del mundo natural reducen la capacidad de la Tierra para renovarse y sostener las cadenas biológicas de las que depende la vida. Es nuestra obligación evaluar qué tipo de discursos promovemos al respaldar y difundir ciertas concepciones. La ecolingüística puede servirnos para revalorizar la experiencia de lengua como variedad biológica y ayudarnos a promover activamente la preservación y proliferación de variantes dialectales locales, y valorar dicha diversidad como una adecuación continua al entorno, y así defender la comprensión única de la realidad encarnada que representan, velando por reproducir solo aquellos discursos que responsablemente cuiden por la prosperidad de los sistemas que sustentan la vida.

Bibliografía

Abley, M. (2003). Spoken here: Travels among threatened languages. Houghton Mifflin.
Calvet, L. (2006). Towards an ecology of world languages (A. Liddell, Trans.). Polity Press.
Chawla, S. (1991). Linguistic and philosophical roots of our environmental crisis. Environmental Ethics, 13(3), 253–262.
Haugen, E. (1972). The ecology of language: Essays by Einar Haugen (A. S. Dil, Ed.). Stanford University Press.
International Ecolinguistics Association. (n.d.). What is ecolinguistics? Tomado de https://ecoling.net/what-is-ecolinguistics/

Lakoff, G., & Johnson, M. (1980). Metaphors we live by (2nd ed.). University of Chicago Press.

Cuando un maestro canta

Fabiola Brown Viqueira, Roy, Emil Brown Viqueira, tito Auger y Zoraida Santiago. Foto Johanna Emmanuelli

 

En Rojo

Se sientan. Se callan. Hay muchos mayores y hay muchos jóvenes. Más mayores, si los fueras a contar. Las luces se atenúan, se vuelven mortecinas y todo cobra ese gran aire de velada. Las bombillas cambian de colores, de blanquecinas y amarillentas a purpúreas y azuladas. El telón, como gran represa que sujeta este instante y lo vuelve ansiedad, se abre sin reparos y devela al Maestro. A los Maestros. El primero de los dos toca, con soltura y proeza, un preludio de piano que ambienta la noche: solemne y solidaria. El segundo, el más esperado, de pronto suelta un melifluo “Dime niña”. Y el aplauso es obligado.

Hace 55 años, en 1969, Roy Brown Ramírez lanzó un disco musical que, para siempre, marcó la canción social en Puerto Rico: Yo protesto. Un álbum propio de una época álgida, tumultuosa y represiva. De arrestos, asesinatos, de la «amnesia total» que trajo «el concreto con calma» y del poeta que atestiguó aquel momento con su voz, su pluma y su guitarra. Ahora, poco más de medio siglo después, el cantautor reúne aquellos himnos en un espectáculo sin par. Y mientras tanto, durante la primera melodía, uno se deja llevar por la ligereza de:

Dime niña, niña hermosa
que me quieres dame tu amor

Dame un beso, cariñosa,
que mi alma se torne en mar
y te abraza, bajo la sombra,
bajo la sombra de un bello cielo

 Aquí, además de celebrar Yo protesto, se vino a reconocer que su autor pronto, el 18 de julio, cumplirá 80 años. Seguido a los vítores de la primera pieza, Brown Ramírez estrena la jocosidad de la noche. Cita a Mark Twain y cuenta que “llegar a viejo” es un privilegio. Pero un privilegio que, por cuestiones de edad, implica ciertas equivocaciones. Como cuando camina temprano por las calles de Mayagüez y, habiendo tropezado, lo acusan de borracho matutino.

“Hace 55 años, El Nuevo Día publicó su primer periódico, su primer Nuevo Día, y hace 55 años que yo publiqué Yo protesto”, dice, “así que estamos en la pelea”, seguido por el fragoroso aplauso que le consintió todos los chistes y las anécdotas de la noche.

Junto al piano del maestro Carlos Tato Santiago, un bajo, una batería, congas, güiros, dos cuatros y una corista, el poeta prosiguió el evento con “Míster con macana”. Entonces, unas imágenes de estudiantes y policías en blanco y negro aparecieron en la pantalla de fondo. Según la imagen proyectada, el público aclamaba o abucheaba, no sin clara deferencia –casi reverencia– por la voz del cantante. Cantaban, en aquel coro acomodado en butacas, Juan Dalmau Ramírez, Idalia Pérez Garay y hasta René Monclova. Después Brown cantó “El negrito bonito”.

Lo cierto de la noche es que tuvo varias emboscadas emocionales. Todas en forma de vídeos dedicatorios; ninguna esperada por el protagonista del escenario. La primera grabación, de parte de la hija mayor de Roy, Lara, elogió el compromiso del poeta con la música, el país y la gente. Le confió, frente a cientos de personas, lo humilde y sencillo que siempre lo ha encontrado, y repasó algunas nostalgias que envolvieron al público. “¿Y ahora qué hago?”, bromeó el Maestro. Ahí cantó “No me sulfuro más”.

En realidad, mi amor
no me sulfuro más
Yo sé que hay que pagar
pa tener libertad

La quinta canción, Nubes, no es parte de Yo protesto. Sin embargo, supuso un momento importante para el concierto: Roy Brown tocaría la guitarra durante el arreglo. De pronto, el escenario raso sumó dos sillas a su perfil y acomodó al Maestro junto a su hijo, Emil. Para afinar, rasguearon las cuerdas del instrumento hasta oírlo calibrado. “Aquí me pongo un poco nervioso, ¿saben?”, confesó la voz de la noche, pero la audiencia y Emil lo reafirmaron en su rol insoslayable de cantor.

Luego, el respiro. Van cinco canciones, varios chistes y un vídeo entrañable de Lara Brown. Ahora, entretanto, le toca a Emil interpretar “Yo no sé cuál es la verdad”, y ahí nos habla de cómo «la vida es la barca que buscó a la isla de amor». Lo hace a su estilo, conservando el ritmo pausado de su padre, y este lo mira sonriente, con los brazos cruzados, desde la parte de atrás. Un abrazo de padre e hijo selló la sexta pieza, que fue seguida por Descarga #51. La octava, Antiguos baluartes, sonó al timbre de Fabiola Brown Viqueira, la tercera hija en aparecer en la tarima.

Las emboscadas se sumaban. “Esto se merece un palo”, admite el Maestro después de los agasajos y afectos. Por si fuera poco, la segunda hija del bonche, Yari, también comparte un vídeo en que las saudades y las canciones de cuna figuran como eje central. Finalizadas las dedicatorias sanguíneas, comenzaron las amistosas. Luis Perico Ortiz y José Nogueras envían sus felicitaciones al poeta, Cultura Profética le regala un elepé remasterizado de Yo protesto y, al rato, Tito Auger se une para darle ímpetu rockero a las canciones de Brown.

Roy y Tito Auger en Monón. Foto Johanna Emmanuelli

Teñido de rojo, el recinto teatral ajustó el ánimo para cantar “Monón”. Todos comenzaron a musitar, junto al Maestro, del señor don Jiménez y de cómo salió cuando “Monón” nació en el baño de un bar. Y fue cobrando coraje. Auger coreaba «eres hombre del destino, eres aquel que vino al mundo a salvar», mientras la gente esperaba por el momento preciso. Ese instante en que «le cantan a un mundo que yace gimiendo, pues el hombre del destino anda tirando bombas, cavando tumbas y buscando fuego» con los yanquis. Luego, el interludio.

Más amigos y más dedicatorias

 Las butacas chirrían y todos vuelven a sentarse. Esta vez, quizá por la hora, los tragos o la emoción, no se callan. Hablan de lo bien que ha ido todo, de “lo lindo que se ve Roy” y de recuerdos que solo un testigo de la historia puede relatar. El Maestro regresa y le avisan que hay otro regalo, probablemente el más grande. Ahí triunfó el silencio. Se trataba de un homenaje grabado en clave de Boricua en la Luna, compuesto por Fofé Abreu, Danny Rivera, José Nogueras, Gilberto Santa Rosa, Mikie Rivera, Tito Auger, Chabela Rodríguez, Andrea Cruz, Silvio Rodríguez, Zoraida Santiago Buitrago y muchísimos más.

Desde esa canción en adelante, ninguno dejó al Maestro solo en el escenario. Cantaron Ofelia, Árboles, La canción es una brújula y todas las que acopiaron los 23 éxitos de la velada. A partir de la decimonovena (19.a) canción, el protagonista de la noche se retiró. Regresó al final para agregar “Estoy muy emocionado, ¿saben?”, y dispara una última nota, alzada por una octava, que empieza en «El río de Corozal, el de la leyenda dorada». Encamina el cuerpo hacia la salida derecha y el público, para despedirse, se incorpora y alza un ejército de puños. Porque cuando un maestro canta, el pueblo entona con él.

CLARIDAD y su suplemento cultural En Rojo se unen a las voces por la total recuperación de Roy que ya esta en su casa en Mayagüez, donde será pronto su próxima presentación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jóvenes fotógrafas exhiben trabajos profesionales

Photo Finish Foto por Alina Luciano

En Rojo

Una galería plasmó las obras durante casi todo el mes de mayo

 En su exhibición anual “PhotoFinish 2025”, una variedad de estudiantes y egresados de la Universidad del Sagrado Corazón (USC) expusieron sus obras fotográficas en el Antiguo Arsenal de la Marina Española del Viejo San Juan. La galería, que duró desde el 8 hasta el 29 de mayo, reunió más de 100 trabajos de distintas técnicas y fue convocada por la Asociación de Estudiantes de Fotografía de la institución.

Con una instalación de fotos en cianotipos, 17 piezas negativas en blanco y negro, 72 fotografías digitales y 13 obras en vídeo, el foro destaca los trabajos de aproximadamente 45 participantes. Además, la exhibición cuenta con 22 libros compuestos por los propios fotógrafos donde recogen todas sus obras. Entre egresados, estudiantes y alumnos del Seminario Integrador, los temas exhibidos responden al ojo de cada autor.

De acuerdo con Nitza Luna, catedrática de la universidad y organizadora de las trece ediciones de esta exhibición, esa variedad temática comprende imágenes culturales, de bodas, animales, arquitectura y retratos de personas. “Básicamente, todos los géneros están representados”, contó Luna.

“Una cosa es ver las imágenes proyectadas o en el celular y otra es verlas debidamente impresas en un espacio que las honra con la iluminación adecuada. Es la manera de finalizar todo un proyecto de vida de los estudiantes. Digo que es un proyecto de vida porque, en Puerto Rico, desde que uno es chiquito, todo es ‘cuando vayas a la universidad’. Este es el momento cuando le damos cierre a todos estos años de expectativa”, describió Luna a este medio.

Asimismo, la experta en fotografía elaboró que esta es la primera edición de “PhotoFinish 2025” en que los participantes utilizan procesos antiguos de fotografía como el cianotipo y, también, la segunda que incluye imágenes en blanco y negro. En otros años, usualmente se exponían fotos digitales producidas solamente por estudiantes de tercer y cuarto año.

“Tenemos 17 fotografías análogas, y la mayor parte de estas fotos está hecha por estudiantes de primer año, de la primera clase de Fotografía. Las tomaron durante el semestre académico y se dio un trabajo muy bueno… Para que la gente viera cómo estos muchachos desarrollan estas habilidades, tan extraordinarias, en tan corto tiempo. Desde que empiezan a revelar la película a imprimir, eso es un período de dos meses”, expresó la catedrática.

Para Camila Coira Morales, estudiante de Cine con una segunda concentración en Fotografía, esta y otras experiencias le han servido para “enfocar el ojo” de formas que, tal vez, no podría desde el cine. Detalles visuales como los colores, las sombras, los efectos de la luz en el rostro de una persona pudieran pasar inadvertidos sin estos conocimientos. Pero con cinco años de carrera que le rendirán, este año, un bachillerato, la graduanda siente que proyectos como este le impulsan a “experiencias nuevas”.

“La fotografía ha mejorado mi trabajo. Ha mejorado mi persona, mi manera de ver las cosas. Ya no veo las cosas como ‘pues, sí, qué lindo’. No, no. Ya podemos investigar por qué las líneas son así, porque las luces le caen así, porque la persona decidió hacer esto (en una foto). Te da esa forma de buscar y rebuscar información, más allá de decir ‘qué lindo’”, agregó Coira Morales, quien ahora busca estudiar una Maestría en Cine.

La Sala Este del Arsenal lució, por el pasado mes, tapiada de cuadros coloridos y orgullosos, reales y solemnes, inclusive experimentales. Al menos esa impresión dejaba algunas de las fotografías de Valeria Salazar Martínez, quien admitió ser adepta a los retratos. Mientras señalaba y explicaba las minuciosidades detrás de Infinity eyes, una obra que fotografía, en blanco y negro, el rostro de una mujer, mencionó que este estilo le permite proyectar el humor y la personalidad de las personas.

“Mi estilo es mayormente ese. La belleza dentro de la moda y el mensaje que se transmite. Por ejemplo, Infinity eyes es una foto bien cruda. Se utilizó mucha agua, tiene el pelo mojado y también el ángulo ayuda en esa proyección de los ojos. Se nota cómo puedes conectar con esa persona aunque es una imagen, porque ella solo está mirando arriba en una foto de blanco y negro”, dijo, con modestia, Salazar Martínez sobre su estilo.

De hecho, la estudiante graduanda confesó haber ingresado a la universidad para estudiar Administración de Empresas. Sin experiencia previa, Salazar Martínez cobró interés por la fotografía cuando entró a la Sala de Comunicación de la USC. Allí, el arte y las comunicaciones le depararon el camino que ahora desembocó en tres piezas y su portafolio de obras exhibidos en “PhotoFinish 2025”.

Foto por Alina Luciano

Tal vez, por cuestión de moda o época, hubo una foto que sobresalió. Ancha, pintoresca, festiva y plagada de símbolos puertorriqueños, Yo soy como el coquí– de Naiara Cabezas Negrón– presentó magistralmente al personaje Concho, del cortometraje lanzado junto al álbum más reciente de Bad Bunny, DeBÍ TiRAR MáS FOToS. Posando unos animosos brazos abiertos justo debajo de una barra llamada Café con Ron, el batracio de la imagen aparece en medio del furor de las Fiestas de la Calle San Sebastián de este año.

“Es mi última exposición dentro de la universidad, así que es como un recap que une todos los conocimientos. Desde que estaba en primer año, cuando no sabía hacer nada, hasta ahora que estoy por graduarme, con una foto que no esperé que tuviera tanta fama… Todo esto se lo doy a la universidad, que nos ha dado clase de todo tipo: comercial, retratos, iluminación”, compartió Cabezas Negrón con este semanario.

De cara al futuro, coincidieron las estudiantes, esta participación enriquece el bagaje profesional dentro del campo. A pesar de no haberse habilitado a causa de la pandemia de COVID-19, la profesora Luna confía en que “PhotoFinish” continuará forjando el carácter artístico de los jóvenes para que sea proyectado.