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La erótica de Alexis Aguirre

Especial para En Rojo

Las obras Crónicas chichables (2019), Grindr/ano Tomo 1: Anuncios engañosos (2023), Grindr/ano Tomo 2: Como gaveta que no cierra (2023) y Grindr/ano Tomo 3: Estoy más solo que un perro (2023) de Alexis Aguirre son cuatro cuadernos narrativos que abordan la sexualidad de un joven universitario que busca amor y placer a través de aplicaciones de ligue como Grindr (para chat y encuentros gais) y Growlr (para osos, machos velludos o corpulentos). Tanto las Crónicas chichables como los tres tomos de Grindr/ano cuentan aventuras eróticas que exploran una detallada forma de amar y hacer el amor, que a la vez describe toda una educación sentimental. Alex, el personaje narrador, nos cuenta de cada uno de los hombres con los que incursiona en la cama, con quienes busca establecer una relación tanto física como afectiva. A lo largo de la narración habla de las clases sociales de los personajes, de las zonas erógenas de una ciudad llamada San Juan en contraste con el pueblo de la isla de donde procede.

Hay una concatenación especial entre todas las historias, que acompañadas de ilustraciones sugerentes, de posiciones sexuales entre dos hombres, refuerzan la erótica de Alex Aguirre, quien estudió cine y creación literaria en el Colegio de Cinematografía, Artes y Televisión (CCAT) y en la Universidad de Sagrado Corazón (USC). La ilustración y el diseño de los cuatro cuadernos son también del autor, quien elabora pegatinas eróticas, arte erótico, separadores de libros, penecitos de hule, etc., disponibles en Pomarrosa Tienda, Amazon, Facebook, Tik Tok y Youtube donde se encuentra su mercancía, revistas y podcasts.

El lenguaje que usa Aguirre en su literatura erótica es directo y claro sin eufemismos poéticos: “Me senté en la cama para besarlo en la boca. Le chupé la lengua, algo que siempre me excitaba antes de que me lo metieran. Me senté sobre su pelvis dándole la espalda. Poco a poco me penetró con su longaniza de casi ocho pulgadas suavemente para ir acostumbrándome”(“Crónica chichable 9: Sin leche”, Crónicas chichables, 131).

En este pasaje, podemos apreciar la bellaquera deslumbrante de los personajes y las artes amatorias de uno y otro mientras el narrador nos indica con precisión lo que pasa y confiesa sus fantasías, como chuparle la lengua al otro antes de que lo penetre a la vez que nos enseña las tácticas de relajamiento necesarias para una buena penetración satisfactoria y masaje de próstata, signo del orgasmo masculino completo. Y así, a lo largo de los cuatro cuadernos asistimos a un performance educativo de cómo se aprende y se ejerce el sexo gay, con o sin satisfacción, en el proceso de negociación del placer que narran estas historias breves. En Crónicas chichables, cada crónica abre con el pasaje más candente como un avance del relato antes de dar paso a la narración. Esto podría ser parte de una forma de narrar más allá de la página de una manera visual tomando en cuenta el entrenamiento cinematográfico del narrador.

Una de las líneas de abordaje de lo que se cuenta es la búsqueda del amor a través del sexo o viceversa, cómo el amor puede llegar de otro que se enamora de Alex y a él no le interesa. La falta de luz eléctrica en ocasiones lleva a Alex a buscar sexo en una travesía de cuerpos marcados por el trauma del desastre. Entre flaquitos, gorditos, universitarios, profesionales, blanquitos, nenes ricos y toda la tecnología del porno digital vía teléfonos celulares y computadoras, o vídeos caseros grabados para erotizarse, y notificaciones, esta literatura de la segunda década del siglo XXI en Puerto Rico da fe de la necesidad de amor y de conexión (real o no) que busca esta generación. Las ilustraciones refuerzan esta idea y sugieren más que muestran lo que está pasando en cada narración. Recuerda el periplo de la literatura gay boricua desde obras como La mirada (1975) de René Marqués, el emblemático cuento “Vida ejemplar del esclavo y el señor” (1975) de Manuel Ramos Otero o “Borinquen Restaurant” (1992) de Edgardo Sanabria Santaliz, hasta llegar a La patografía (1998) de Ángel Lozada y los cuentos de Moisés Agosto Rosario (como Nocturnos y otros desamparos de 2007) y Eïrïc R. Durändal Stormcrow (como Cielos negros de 2014 publicados bajo el nombre de David Caleb Acevedo). En este “continuum” podemos insertar la narrativa de Alexis Aguirre, quien se considera discípulo de Durändal Stormcrow.

En ediciones de autor de Amazon, del sello Pomarrosa, con ciertas limitaciones de edición de los textos y corrección de ortografía, se lee fácilmente sin ser una literatura fácil. Todo lo contrario, porque entre “anuncios engañosos”, “como gaveta que no cierra” y “estoy más solo que un perro” se denuncia la falta de solidaridad familiar para un joven gay nacido en una familia tradicional que rechaza su naturaleza sexual y debe desplazarse a la metrópoli para poder vivir su verdad sin violencia ni desprecio buscando también un proceso de sanación ante tanta agresión y abuso del núcleo familiar. Y en este sentido, esta es una literatura necesaria que hay que leer con los cinco sentidos alertas, no sólo para degustar con placer sino también para hacernos conscientes de un serio problema de un dogmatismo religioso visceral en la sociedad puertorriqueña que, como un cáncer, reprime y violenta a todas aquellas personas que atentamos contra esas ideas pasatistas que rechazan la modernidad del género que dicta una mayor apertura a nuestros apetitos sexuales sin censuras. La erótica de Alexis Aguirre es, pues, una celebración de quiénes somos y quiénes podemos ser si aceptamos todas nuestras diferencias con respeto y dignidad.

Un lugar llamado Santurce

Especial para En Rojo

Es viernes: se avecinan las seis de la noche en Santurce. Muy pronto descenderá el telón liliáceo del cielo sobre nosotros; jamás negro, jamás aterciopelado, sobre todo no en los predios de la calle Cerra entre el retumbar de los altoparlantes, los tragos desmesurados y las luces sempiternas del Walmart de la Parada 18. A veces el telón cae al son de altavoces más potentes que los del Hiram Bithorn. Los religiosos de la esquina gritan y cantan con fuerza y algún gallito en la voz: «Dios es mi pastor», «Jesús me salvó», «Arrepiéntete, siervo». Justo después, a dos esquinas de donde ahora vocifera una sierva a todo pulmón, suena desde el Watusi: «Joda, que se joda; joda, que se joda» de la Banda Algarete. Ambas voces de disuelven en una para deleitarnos con una nueva y única melodía que oscila entre el desenfreno y los brazos ya ahuecados de un palestino que nos ama a pesar de todos nuestros pecados.

Como quien escucha la radio, me acomodo discretamente en el balcón. Desde mi nido sobrevuelo el barrio de moda en la intersección entre la autenticidad y los lugares de losas de estampado negro que comienzan a propagarse por el área. Sé a ciencia cierta con qué tipo de lugar me encontraré dentro, sobre todo si el negocio remata el asunto con letreros de luces de neón. Estos signos no me desalientan: a cuatro años de mi regreso a la isla tras once años fuera, entro y observo con atenta curiosidad. Aún no conozco en profundidad el pasado de Santurce: lo atisbo por las calles paralelas, como me sucede con la casa abandonada de la calle Estado. Logro entreverla, congelada en el tiempo, entre los árboles que la custodian cuando paseo, como quien ve sin querer a alguien semidesnudo en un probador.

Escucho atenta a quienes me cuentan sobre ella, sobre el pasado de Santurce ―la percibo mujer―, sobre todo cuando me siento a tomar café o almuerzo en los predios en mi vecindario de adultez. Mis coetáneos treintañeros y yo intentamos trazar esta cartografía, esta nueva novela coral santurcina. A menudo me identifico, no sin incomodidad, con esta ola de seres que remolcan el tejido de la población de Santurce. Una no meramente observa: mover el cuerpo en estos espacios influye. Creo fielmente que estar y vivir en cualquier barrio altera y da significado. Se nota que pertenezco a la nueva cepa de recién llegados al área, aunque a leguas de los deforestadores de barrio. Sobre esa línea finísima, bajo esa sombra periférica me encuentro al comienzo de Santurce es Ley (SEL), festival de arte urbano del Instituto de Subcultura que recorre ya su noveno año de pintadas de murales, mercados artísticos, quioscos culinarios y conciertos por la calle Cerra y rincones aledaños. Me dispongo bajar de mi nido a observar y participar los tres días de festejo, sola y acompañada.

La esquina del Watusi y el lugar previamente conocido como Guararé aún no están llenos del todo, pero empieza a recibir a su variopinta clientela, tanto la habitual como la agringada: los cocolos guapos de ojos lustrosos; el hombre que acompaña el reggeatón con su güiro para la diversión y extrañeza de todos; las guaguas de extranjeros que llegan, sobre todo en esta época, a despedir su soltería con bombas y centellas; las guaynabitas ―algunas llegaron a las cuatro de la tarde― con sus anillos y floripondias blusas; gente recién llegada del trabajo hablando alto, fuerte, gritándose con y por la música, comentando lo último del mercado y chismes entre colegas; atraviesan, también, los que recién llegan a comenzar su turno con ansias del primer shot de Fernet. Los autóctonos santurcinos prefieren las calles contiguas a la esquina del elítico triunvirato de blanquitos: Watusi, Patria (exGuararé) y Alturas Rooftop.

[Mapa mental: por aquí hay tres calles Cerra: a esta la denomino «la Cerra Menor» (Ernesto Cerra) junto con «la Cerra Mayor» y la «Otra Cerra», la Elisa Cerra, o pasaje al Watusi. A lo largo de la Cerra Menor, dos otros negocios crecidos y estrenados de la noche a la mañana.]

Durante la primera noche de Santurce Es Ley 9, las calles están mucho menos concurridas que el año pasado. Me dirijo a uno de los principales bares de moda, a Machete, a saludar y observar los predios. A la espera de mi Barrilito tónica con la espalda contra la pared y una sonrisa sin dientes bajo la luz dorada, dos mujeres me pegan las mejillas con sus coletas de camino al baño. En este como en tantas otras barras, la clientela es diversa: de trajes ajustados, de brillo y anillos vistosos en hombres, a pantalones cortos, tenis, camisetas, vestido de negro de pies a cabezas: de todo un poco, unidos por el sudor y la sensación de pringado de cervezas y tragos derramados sin querer en el trayecto.

Sobre los locales pintados por diferentes artistas antes, durante y después de la SEL9 se yerguen monumentos a Medallas cuales Colosos de Rodas, advirtiendo que nos adentramos si bien no la cuna de la civilización occidental, al hormigón de puertorriqueños que habitan y nutren la sociedad actual. Hay talentosos artesanos en cada esquina y a lo largo de las aceras acompañando las entradas; aguantan el fogoso calor con sonrisas y ansiedad. No hay un solo momento de silencio; con cada paso, una nueva melodía, nuevo estímulo: obras, personas, cócteles, perros, instrumentos, humareda de cerezas de varios vapes, humareda de hot dogs, humareda de garets que elevan el estado de etílica ensoñación.

La noche siguiente, sábado, sentada sobre una baranda durante la animadísima velada, le comento a un amigo poeta que quisiera, como santa Lucía, hundir y extirparme los ojos y colocarlos en una bandeja para pasear por todas las calles, observando todo lo que ocurre. Alcanzar la omnipresencia; sentir cada conversación a pesar de apenas escucharnos cortesía de las bocinas simultáneas. Desafortunada o afortunadamente, me conformo con observar a unos que se engatusan a lo lejos como pájaros en pleno baile de seducción con Tego Calderón de fondo. Todos a mi alrededor bailan, ríen, se pierden entre el oleaje de personas. Un nuevo areito alumbrado y desordenado que tanto incita como reprende.

Al tercer y último día de SEL, Santurce amanece. La calma desciende y los pájaros cantan alrededor del «avión estrellado», arte instalado en el parque El Gandul. A la hora del almuerzo, cruzo la Cerra Mayor y, al voltearme, veo a una mujer que transporta un pedazo de pizza en su cochecito, abanico incluido. Siento un amor patrio inexplicable y río: Santurce burbujea y acoge a todo tipo de individuo. De hecho, esa misma mañana, una vecina en el ascensor preguntó: «¿Te enteraste del avión que se estrelló aquí cerca?» (instalación de la artista colombiana Ledania). Sonreí y asentí con la cabeza. Para la columna, limaré la realidad para que no parezca ficción, pensé.

Al son de la música tecno, se me ocurre que Santurce es un juego de cuerdas. Andamos entretejidos, algunos nos rozamos, pero otros pasamos en paralelo sin tocarnos. Un paso en falso y el juego termina con los cordeles deshechos, o cayendo del todo en una suerte de nudos. Un paso acertado y se logra una figura distinta; cada jugador forma parte de su destino y forma, o derrota, final. Como la pintura de Osiris Delgado («Gianina, la niña de la cuerda», 1965), me encuentro moviendo los dedos, tensando la boca, aguantando la cuerda, pensando mi próxima movida ante todas estas calles santurcinas que se explayan ante mí. Atenta, además, a la movida de otros.

El domingo ante un lunes feriado, Santurce quiere partirse en dos entre el estruendo de la música que emana de cada negocio, la habladuría, los gritos y las ventas que se dan entre artesanos, clientes y espectadores que quieren más, más, más joda que se joda, joda que se joda adentrada en la madrugada. Me detengo en el bullicio entre la gomera y el Carey ante el mural fotográfico en protesta de la gentrificación del barrio, «Santuraleza» (Salvi Colom y Manuel González). Santurce está cambiando, como cambio yo, pero mantenemos la misma esencia bajo toda esta chapa y pintura y cuerpos que nos recorren a altas horas de la noche. Allá, a lo lejos, desde la tierra vislumbro las lucecillas de mi balcón. Me invitan a volver a casa cual faro: este lugar me espera, hoy por hoy, en un lugar llamado Santurce.

Poesía de Roque Raquel Salas Rivera

Especial para En Rojo

analysis of the rose as sentimental despair

desde cy twombly

te besé patamente en el tren
y nos miraron.

en su mirada, tuve otra vida:
las playas sobre las piedras
y el agua.

en el beso, tuvimos esta vida:
las piedras en el mar
y la arena. 

el tiempo es una máquina del tiempo

antes de los americanos,
los españoles eran los americanos,
colón era los americanos
y, con sus barcos de americanos,
llegó a americanizarnos.

las cruces de mcdonalds,
los frailes que eran soldados,
la fe secular de la iglesia tragaoro,
el bacardí de ricos españoles
que americanizaron la nueva américa,
argumentan que américa es más que los gringos,
como si américo vespucio no fuese americano,
como si los americanos no hubieran
aprendido a acribillar eras
con los cañones dirigidos hacia el mar.

es un secreto a voces, este continente,
y el baúl donde escondió sus tesoros:
el caribe.

después de que terminen,
todos seremos americanos.
todo el planeta, bien pero bien americano.
orgulloso de su nada devastadora,
extendiéndose por todos los rincones
de la tierra plana.

con televisores y novelas,
marte será americanamente rojo,
y, si sobrevivimos la americanización de la galaxia
e inventamos una máquina del tiempo,
los americanos del futuro llegarán al pasado
a americanizar el comienzo del universo
con una banderita llena de estrellas,
todas del mismo tamaño,
ni enanas, ni explosivas,
ni en expansión, ni colapsando,
estáticamente ordenadas en filas militares,
cantando, “¡ay, agraciada nación,
de la cual salieron todas las partículas subatómicas,
agringuemos el ahora con nuestro canto!”

airbnb

trabajé en johnny rockets, guau,
y me pagaron con acoso en hoboken
los borrachos. atrás, en español, decían
de dónde eres, entonces, trabajé
en empire coffee, ea, por port authority,
que significa autoridad portuaria (vaya ironía).
muchos me hablaron ese año de miss universo,
de jlo, de que si yo era judía, de que si era mezclá
y como buen nene no contesté directo.

me vine en la boca de ni novio, diablou,
y se vino en la mía. corrí con vista espectaculaaaar
de arrestos, asaltos y desplazamientos al por mayor.
nuebayol fue horrible, pero hice mis cosas y volví
con ganas de terminar deprimido.

nadie te dice que diáspora es pasarla mal
hasta que te cansas y vuelves pelao,
ni que a veces no vuelves.

la semana pasada abrieron un negocio de tirar hachas
con papitas gourmet. todo el mundo se anuncia en english
pa que los gringos se alojen en sus casas y ¿quién culpa
al que puede por tener que aguantarles la billetera?

piensan que puerto rico, como times square, tendrá palmas y sombrillas.
escribí, en un poemario, que vendían el yunque y antier lo anunciaron.
si fuera que sé presagiar ¡poético!, pero es simplemente economía.
nos venden. ajá. más hoy que ayer, más ayer que antier.

en johnny rockets teníamos que bailar cada hora.
en puerto rico ahora dan clases de salsa para los turistas permanentes.
es humillante tener que mentarles la madre en cualquier idioma.
estamos en casa, sal de nuestra sala alquilada.

Un libro sobre la talla de santos en San Germán: acotaciones

A la memoria de José Vélez Dejardín quien, si viviera, 

de seguro estaría esta tarde en el público

y habría venido a saludarme…

Presentación del libro de Juan E. Hernández Cruz, ed. (2024) La imaginería (talla de santos) en San Germán a través del tiempo. San Germán: Fundación Puertorriqueña para las Humanidades / National Endowment for the Humanities. 107 pp. Illus.

Quisiera agradecer la oportunidad de conversar sobre este libro. Hernández Cruz, es sociólogo por formación, historiador y activista cultural por oficio y un intelectual genuina y sanamente obsesionado con el problema de la identidad, sus fracturas y sus expresiones culturales. Mi relación profesional y creativa con Hernández Cruz comenzó hace mucho tiempo, en 1994, cuando me invitó a reflexionar sobre la obra historiográfica del colega Arturo Morales Carrión. Eso significa que por estos días se cumplen 30 años de colaboración esporádica. Nuestra historia común es, sin embargo, más remota: ya le conocía como profesor de sociología de la Universidad Interamericana de San Germán, donde tuve mi primera experiencia docente, en 1989.

Durante todos esos años hemos compartido varias cosas. El interés por los escenarios socioculturales del siglo 19, por las figuras notables y las letras de la comunidad sangermeña y cierta ansiedad por explicar su emborronamiento en el llamado canon nacional. Nos han llamado la atención la participación de esta comunidad en el discurso de la identidad puertorriqueña, así como algunos nudos históricos polémicos como la Carta Autonómica de 1897 a cuyo centenario me estimuló a participar en 1997. Creo que compartimos la idea de que San Germán es algo así como “otro Puerto Rico” que siempre necesita ser revisitado.

A ese conjunto de intereses añade Hernández Cruz con este libro que organiza las artes populares, su papel en el regionalismo sangermeño y la figuración de la identidad nacional. No es una pasión nueva. En el 2000 cooperé con el amigo en un valioso volumen sobre el mueble puertorriqueño que, desde mi punto de vista, es un importante antecedente del que ahora me ocupo. Para un estudioso como yo, ambos libros deben ser leídos como la expresión de un discurso único.

Puestos a un lado los asuntos académicos, Hernández Cruz me ha privilegiado de diversos modos. Me hizo lector de sus memorias publicadas en 2012 y 2023 y, a su vez, ha sido lector y comentarista de algunos de mis libros. La situación es complicada. Yo que nací en Mayagüez y me reclaman de Hormigueros, he sido transformado en sangermeño por adopción por cuenta Hernández Cruz. Como nota al calce, él sabe que es un amigo insustituible. Yo espero ser algo parecido a eso para él.

El libro La imaginería (talla de santos) en San Germán a través del tiempo es una obra valiosa y polifónica. Desde mi punto de vista, es un proemio conciso y eficaz a la experiencia de la imaginería o talla de santos como factor identitario imprescindible. La otra virtud que posee es que la mirada sobre el tema se elabora desde una variedad de posicionamientos en apariencia distantes, pero con una extraordinaria voluntad para dialogar. La diversidad del conjunto traduce bien las complejidades del tema bajo evaluación. El núcleo del libro son cuatro ensayos sintéticos capaces de ofrecer un panorama comprensible de la imaginería o talla de santos accesible incluso para los legos como yo.

El profesor Jorge A. Rodríguez Acevedo, maestro y estudiante graduado de Estudios Culturales de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, nos deja el excelente estudio académico “Trasfondo histórico de la imaginería en Puerto Rico con énfasis en San Germán”. El autor se propone sintetizar los parámetros para una historización de la talla de santos, uno de los índices identitarios nacionales, desde el crisol de San Germán, ese “otro Puerto Rico” que antes nominé. El tránsito del artista anónimo al conocido, la emancipación relativa de esta expresión artística de las estructuras del culto religioso y la forma en que ambas esferas sobreviven y se reformulan desde fines del siglo 18 hasta el presente, así como el reto que significó el 1898 para esta práctica creativa, son apuntados con cuidado. El ensayo articula las generalidades del lenguaje justo para enfrentar el problema de la historicidad de esta expresión -talla erudita colonial, talla primitiva, talla autóctona o tradicional-; las historiza y coloca en una ajustada línea del tiempo. Y, claro está, documenta la emergencia de la figura del santero como artista o autor, un evento, desde mi punto de vista, fundamental para entender el fenómeno. A través de estas páginas el lector toma conciencia del papel de ciertos linajes -los Espada, los Millán- en la evolución del arte.

Alexandra Ruiz Pesante, maestra y talladora, ofrece en “Mi trayectoria como talladora: retos y logros”, un hermoso y bien articulado testimonio de lo que para ella fue desde niña una pasión. Es un texto cargado de la rica y poética emocionalidad del artista que intenta documentar su fervor por la gubia y la madera. Esta intrahistoria o autobiografía dialoga con la propuesta general del volumen desde el otro extremo. La voluntad macroscópica y regionalista del proyecto no hubiese estado completa sin la presencia de un texto de esta naturaleza. El testimonio de la autora, un “yo” afirmativo poderoso, llama la atención en torno a cuan jalda arriba puede ser para un aprendiz convertirse en tallador en Puerto Rico.

El asunto es más complejo: el texto ofrece apuntes en torno a cuánto le cuesta serlo a una mujer en un entorno que se ufana de su modernidad. Como se sabe, por una diversidad de consideraciones históricas, sociales y culturales, la talla de santos ha sido una experiencia masculina y patriarcal. La herencia católica, tan masculinista y patriarcal incluso en un orden mariano como el hispano-puertorriqueño, y el hecho de que las destrezas artesanales que requería el oficio estaban socialmente vinculadas a los hombres, resultan cruciales para comprender este dilema. En general, el solo hecho de que sea una voz femenina la que hable es un valor añadido. El potencial femenino y matriarcal de la talla de santos es una apuesta que celebro y, me parece, debe trabajarse como problema intelectual con más empeño.

Este texto de Ruiz Pesante es un semillero de posibilidades. Este tipo de reflexión coloca al lector en la situación de un actor más del relato. El discurso de la autora llena de humanidad un oficio que el lenguaje técnico o académico suele podar de subjetividad. Cualquier explicación racionalista, social o estético-filosófica de un proceso creativo estaría incompleto si faltase un manifestación de esta naturaleza. Felicito a los organizadores y a la autora por este texto.

José M. Millán Álvarez, tallador escultórico con formación en arte e ilustrador digital, aporta una reflexión original y pertinente titulada “Sobre la talla de santos en Puerto Rico: un acercamiento a la tecnología moderna y el regreso a la iconología”. El autor muestra otros rostros de la praxis de este arte que nos orientan sobre su nueva complejidad en el presente. Si Ruiz Pesante nos ilumina en torno la humanidad de este empresa estética, Millán Álvarez nos ilustra sobre la evolución y el impacto de entorno tecnológico mecánico y cibernético en las labores de la imaginería.

No solo eso. El autor, como cuando desde la historiografía decimos que el pasado siempre debe ser re-observado y reescrito, insiste en la necesidad de profundizar la interpretación iconológica en el seno de un arte dinámico que se ajusta y desarrolla a facetas nuevas que retan su dinamismo. Este texto nos advierte que experimentar y reformular la imaginería no lastima la tradición. Por el contrario, ese atrevimiento asegura su supervivencia en circunstancias inéditas en los cuales el consumo de la imagen se rige por principios distintos. La historicidad de la imaginería tiene en este ensayo su explicación más acabada. Que quien hable de este modo sea un tallador de prestigio es un detalle que no puede pasarse por alto.

Este es un artículo académico, denso, bien construido y retador para cualquier lector. Elabora una mirada de la talla de santos fuertemente sociopolítica que dialoga con la mirada histórica y personal que le impusieron las reflexiones que le anteceden en el volumen. Su peculiar apropiación del problema permite comprender las formas en que una expresión estética genuina y arraigada en un pasado remoto se transforma, adopta recursos tecnológicos y procedimientos (technes) innovadores y los pone al servicio de una tradición que solo es sostenible en la medida en que haga ajustes porque, de otro modo, desaparecería. Este ensayo es una demostración de cómo la tradición y la modernidad se suman e integran. El comentario del autor sobre su ubicación generacional es tan valioso como el de la artista que lo precede.

Por último, el trabajo de David Nazario Ramírez, activista cultural con formación en arte y logística empresarial, aborda el tema del lugar de la imaginería desde la perspectiva empresarial en el contexto de un mercado que en el siglo 21 está muy lejos de parecerse al escenario de consumo de los siglos 18, 19 y buena parte del 20. “La importancia de los certámenes en el desarrollo de la imaginería: criterio y selección de jueces” es una reflexión atinada respecto a los entornos de competencia que promueven la reproducción del arte. El certamen aparece aquí como una empresa compleja cuya organización requiere habilidades particulares. El problema se articula alrededor de otro asunto crucial: la selección de un jurado competente. El ensayo incluye un breve acercamiento al tema en el contexto de San Germán, y otro en torno a los repositorios clericales y seculares de imaginería a lo largo del tiempo, pasando por los santuarios, los museos estatales y privados y las colecciones particulares, otro asunto que valdría la pena evaluar en el futuro. En cada uno de esos espacios de apropiación, posesión, exposición y mercadeo, la imaginería posee sentidos y valores distintos que nunca son excluyentes.

Los cuatro posicionamientos, el académico, el que apela a la subjetividad estética y la praxis, el que llama la atención en torno a las conexiones de la praxis con el mundo de la tecnología y el empresarial, ratifican la riqueza del campo estético de la imaginería o talla de santos a través del tiempo y nos instruyen sobre su pertinencia y actualidad.

Un último comentario sobre el valor documental e informativo de este volumen. La inclusión de un registro de biografías o perfiles de talladores de la localidad, elaborada por Rodríguez Acevedo y Hernández Cruz, recurso que incluye desde los modelos del tránsito del siglo 18 al 19 a los más recientes, permite imaginar al artista concreto, su poiesis y ratifican la continuidad de este arte popular. Vuelvo a llamar la atención en torno al registro de mujeres talladoras y la subsecuente transformación de la imaginería de un campo masculinista a uno más abierto. La Bibliografía, elaborada por Rodríguez Acevedo orienta académicamente bien al estudioso que se aproxima al tema. De igual modo, el Anejo I: “La talla de santos como motivo artístico en el cartel serigráfico de San Germán” firmada por Hernández Cruz, habla de los encadenamientos entre este arte y la serigrafía, un medio de tanta riqueza en el país. El inventario de carteles, impresos y electrónicos, que usan el motivo de la talla y las biografías en torno a los creadores es una aportación valiosa. El Anejo II: “Árboles madereros puertorriqueños más comunes utilizados en la talla de santos” de Hernández Cruz, que el autor había incluido en su volumen sobre el mueble en el año 2000, nos remite a esa materia prima que muchos desconocen: el árbol maderero apropiado para la labor. El Inserto con una muestra de tallas en colores, completa un libro rico en posibilidades interpretativas e investigativas.

Los felicito a todos por este producto y los insto a continuar una tarea que, como todas, tiene que ser reiniciada una y otra vez.

El conejo en el maravilloso mundo de la serpiente en Fiesta en la madriguera

Especial para En Rojo

En la novela corta El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, el autor idealiza la visión de un niño a través de su mirada de adulto. El Piloto (un personaje que representa al mismo de Saint-Exupéry, que murió meses después que se publicara la novela en un accidente aéreo) se estrelló en el desierto del Sahara. En medio de su soledad y enfrentando la muerte, conoce al Principito, un niño que llegó de otro planeta en una bandada de pájaros. Ambos personajes establecen un diálogo en el cual discuten la mejor manera de proteger una rosa, los viajes del Principito a través de la galaxia y la manera en la que el niño volverá a su planeta.

A pesar de los bellísimos dibujos del mismo escritor, no hay nada más maravilloso que ver ciertas representaciones de estos personajes en el cine en la sentimental adaptación, The Little Prince (dir. Stanley Donen, EE. UU. y Reino Unido, 1974). Dos de los momentos más valiosos son el número musical del Zorro, encarnado por Gene Wilder, y el de la Serpiente, actuada por Bob Fosse. La zorra de Wilder viste un traje de lana color caramelo y lleva una salvaje cabellera rubia que se llena de hojas secas cuando se arrastra por el piso. Su coreografía frenética imita los movimientos rápidos de un zorro. Por otro lado, la Serpiente de Fosse viste un traje negro, lleva un bombín, gafas y un cigarrillo en la boca. Su alucinante coreografía imita el deslizar de una serpiente mientras su canción le explica al Principito que su mordida lo regresará a su planeta. Aunque la película no es perfecta, estas dos fantásticas secuencias representan de maneras únicas y brillantes el mundo del niño interior del mismo Piloto. Esas construcciones son precisamente lo que me fascina en la excelente película mexicana, Fiesta en la madriguera (dir. Manolo Caro, Mexico, 2024).

Fiesta en la madriguera es la adaptación fílmica de la novela corta homónima escrita por Juan Pablo Villalobos. En esta, Tochtli (Miguel Valverde) es un niño que vive en un mundo de fantasías dentro de una mansión amurallada. Su padre, Yolcaut (Manuel García-Rulfo), es el poderoso capo de un cartel en Sinaloa. Yolcaut es violento y cruel, pero sumamente cariñoso y paternal con su hijo. Su amor por Tochtli lo ha llevado a construir un ambiente donde su hijo es libre para explorar su imaginación y su intelecto, principalmente guiado por su maestro, Mazatzin (Raúl Briones). Mazatzin y Yolcaut se tornan en polos opuestos que le brindan a Tochtli una visión compleja y contradictoria de la realidad. En su mundo aislado, Tochtli usa sombreros para asumir diversos roles durante la historia, que van desde un samurai y un explorador hasta un detective y un príncipe.

La película tiene mucho de la novela El principito en que el niño vive dentro de una interpretación única de la realidad. Los personajes con los cuales interactúa por momentos (un niño que le regala un juguete, un político corrupto que colabora con el cartel, la sirvienta de la casa, los hombres de Yolcaut) se tornan en arquetipos tanto como los personajes secundarios en la novela de Saint- Exupéry. Inclusive, sus nombres son animales en náhuatl: Tochtli es conejo, Yolcaut es serpiente cascabel y Mazatzin es venado. La maravilla de la madriguera, donde Tochtli vive junto a la serpiente y bajo la educación del venado, es que nos permite disfrutar de la alegoría del mundo del niño anclado en las peligrosas vivencias dentro del cartel.

En la película The Little Prince, el sentimentalismo que fuerza la lágrima le resta a la potencia de la muerte del Principito en los brazos del Piloto (Richard Kiley). Los sollozos musicales del número final (“When you came, my day was done / And then your laugh turned on the sun”) le restan a la fantasía gloriosa tan evidente en las intervenciones de la Zorra y la Serpiente. De hecho, en la escena en la que el Zorro revela su secreto al Principito como despedida, Gene Wilder mira fijamente a la cámara y declara la línea sin emoción alguna. Su cara libre de expresión esconde un extenso espacio emocional interno.

No estoy dañando el final de Fiesta en la madriguera al decir que la fantasía de Tochtli concluirá. Aunque no entraré en detalle, confieso que tuve ciertos problemas con el final porque me parece que la fantasía continúa sin interrupción. Pero mientras más lo pienso, más concuerdo con las palabras de mi amiga, Beatriz E. Ramírez Betances, que asegura que nada se compara con el país de las maravillas dentro de la madriguera de Tochtli y Yolcaut.

Fiesta en la madriguera está disponible en Netflix.