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La poesía que nace entre sollozos en Un poeta

Especial para En Rojo

Heme aquí, un hombre.
Anticuado dinosaurio,
portador de agravios,
merecedor de condenas,
frágil soñador.
Mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir un poema feliz.

Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), Un poeta

 

Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025) retrata el mundo decadente de un escritor melancólico en Colombia cuando la energía y la esperanza de su juventud han desaparecido. Ahora tan solo quedan el cinismo y el malestar de la realidad. Estos últimos siempre son parte de la experiencia de un artista (o de toda la humanidad), pero la inocencia de pensar que la literatura y el arte en general cambiarán el mundo, ya se esfumó en el protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos). Da la casualidad de que vi esta película justo cuando estoy leyendo Los detectives salvajes, la novela del escritor chileno/mexicano, Roberto Bolaño. Aunque no es una autobiografía per se, Bolaño revisita el mundo literario de su juventud en México. Siguiendo los pasos de los dos líderes carismáticos de un grupo de poetas (los real visceralistas), Arturo Belano y Ulises Lima, frecuentamos las calles del DF (y más allá) casi siempre en la noche, las barras, los apartamentitos de poetas pobres que sobreviven leyendo y escribiendo con poco de comer, pero con mucho para fumar y beber. Los escritores reales latinoamericanos se entremezclan con escritores jóvenes ficticios (aunque parecen sacados del pasado de Bolaño) develando un extenso panorama literario enfocado en la década del 1970. Corremos de un baño de la universidad, donde una estudiante se esconde durante la masacre de Tlatelolco en el 1968, a las librerías donde los poetas jóvenes roban libros. Y vamos desde una barra, donde una mesera solicita un poema, hasta la casa cómoda de un viejo loco que sirve de mecenas para sus hijas poetas y otros escritores.

El universo literario de Bolaño refleja cada espacio donde artistas jóvenes reinventan un futuro. Es el Río Piedras de la UPR que viví en la década de los 1990 con brillantes libreros-poetas como Eddie; poetas que apostaban al soneto clásico como Victoria Eugenia; pintores que volaban cabezas como Ángel; performeros que transformaban sus cuerpos como Ivette. Nos convocábamos en barras oscuras para crear y dispararle al mundo fragmentos creativos, como en la Subterránea de poesía en Tito Fortuna; nos encontrábamos en la catedral para conocedores del cine, Video Place; emulábamos maestros de literatura como Rafa Acevedo, Mayra Santos y Luce López Baralt; hablábamos de maestros de cine como Diane Accaria, Rodolfo Popelnik y María Cristina Rodríguez; comentábamos la fotografía de Guy Paizy; y nos emocionábamos con los montajes de Rosa Luisa Márquez. Frecuentábamos timadores carismáticos cuyas mentiras nos inspiraban; poetas arrogantes que sentían que volaban y que, sin ellos saberlo, nos daban muchísima risa; y actores jóvenes que contaban lo que veían cuando dormían escondidos por las noches en el teatro de la universidad. Todavía pienso en los riesgos, los descubrimientos, las decepciones y los ensueños que viví ya hace casi 30 años en ese Río Piedras universitario. Un poeta representa el episodio futuro, quizás el último capítulo, de esta explosión de juventud e imaginación que vivimos muchos de los enamorados del arte. Ahora, los que no hemos muerto, llevamos vidas marcadas por esa crianza riopedrense. Óscar Restrepo es uno más de esos jóvenes poetas que apostó al arte, pero que a sus cincuenta años tan solo le quedan sus demonios, una pobreza paralizante y las ganas de haberse muerto a los 30.

En Un poeta, Restrepo no tiene trabajo, es alcohólico, tiene una hija adolescente a la que casi nunca ve, y vive con su madre por no tener dónde ir. Óscar explora en su poesía la melancolía que domina su vida. Pero Restrepo ha sido olvidado y sus colegas lo tratan como un fracasado mediocre. El espectador siente cada golpe que recibe Restrepo porque el actor, Ubeimar Ríos, enfrenta cada cantazo con resignación cuando está sobrio e indignación cuando está borracho. Su expresión eternamente arresmillada, con ojos que parecen estar al borde de las lágrimas y labios gruesos, recuerdan la emotividad de Takashi Shimura. En la famosa escena de Ikiru (dir. Akira Kurosawa, Japón, 1956), Shimura, que interpreta al protagonista, Kanji Watanabe, se mece en un columpio bajo la nieve a la espera de la muerte. Sus ojos llenos de lágrimas enseñan el triunfo que siente por haber construido un parque para los niños de la comunidad. Ambos actores llevan expresiones como máscaras que revelan el conflicto interno de sus personajes. El director de fotografía, Juan Sarmiento G., que también estuvo a cargo de la cinematografía de la poderosa The Voice of Hind Rajab (dir. Kaouther Ben Hania; Tunes, Francia y el Territorio Palestino Ocupado, entre otros; 2025), utiliza el primer plano constantemente para recalcar la tristeza que Restrepo lleva grabada en la mirada.

Restrepo comienza a ver más allá de su melancolía cuando conoce a Yurlady (Rebeca Andrade). Ella es una adolescente que viene de una comunidad muy pobre en Colombia. Yurlady escribe poesía para procesar lo que vive. Su trabajo habla de un rayo de sol que entra por accidente en su cuarto y que transforma los colores de su realidad. Ella escribe sobre las pequeñas maravillas con las que se topa en su vida difícil. Yurlady toma a todos por sorpresa con la inocencia y el poder de su escritura. Pero ¿podrá Yurlady formar parte de un mundo que ella no entiende tanto como ellos no la entienden? Mientras que Restrepo quiere que ella desarrolle su gran talento, a Yurlady le interesan sus uñas, una libreta con destellos que encontró y las responsabilidades con su familia. Escribe inspirada en la obra de Alejandra Pizarnik, la única poeta que ha leído. Aunque esto es suficiente para ella, Restrepo ve las posibilidades y oportunidades en el futuro de la joven.

En una discusión sobre poesía en la película, algunos debaten si la genialidad poética puede salir de la pobreza. La pregunta dominante entre conocedores y escritores es: ¿se puede escribir cuando la preocupación mayor es no tener con qué comer? Sin embargo, la inocente Yurlady desafía esta pregunta, que se origina en el privilegio, con su necesidad de crear para documentar ese momento cuando el viento hace bailar una cortina en su ventana. No descarto que el arte tiene el potencial de crear mundos. Pero también nos permite notar la fuerza delicada de un atardecer desde un banco en la plaza Antonia Martínez de la facultad de Humanidades en la UPR.

 Un poeta espera por ustedes en Prime Video.

 

Las hojas que no se leen

 

Especial para En Rojo

Sábado en la mañana cuando decido dedicar unos minutos a la lectura me topo con el recién publicado artículo del profesor Jeffrey Herlihy-Mera. Algo no encaja; una gota de sudor empaña mis lentes y tengo que levantar la cabeza para enfocar otra vez. Las gotas me bajan por la frente y el gallo marrueco del vecino canta tan fuerte que me tiemblan los tímpanos. La foto del artículo está tomada desde una ventana que da al norte, pero yo vivo en el patio de atrás. El autor, profesor en la UPR de Mayagüez, nació en Massachusetts y escribe en inglés para una revista de Los Ángeles; desde ahí, y en ese idioma, denuncia que el norte no contrata doctores de la UPR. Ese artículo, para llegar a Puerto Rico, tuvo que ser traducido.

El diploma de mi doctorado en Historia de la UPR-RP descansa al lado de la caja de herramientas, sin encuadernar en cartón rojo, con el sello dorado que a veces no se refleja por el polvo. El patio en Utuado me espera con los guantes puestos, pero el cartón del diploma pesa más que la cortadora de grama. En el departamento de historia, los horarios están pegados como siempre al lado de la puerta, en el tablón de edictos protegido por el cristal. Los nombres no me eran ajenos: no por sus publicaciones —aunque algunas son buenas—, sino por sus apellidos, los mismos que aparecen en las listas de recomendados. He visto graduados de universidades prestigiosas entrar sin tropiezos porque alguien los mencionó en una reunión. No hace falta que el apellido sea viejo; basta con que pertenezca. En el departamento de Historia, en los últimos quince años, ¿cuántos de los que decidieron quién entra y quién se queda fuera hicieron su doctorado en esta misma universidad? Después de hacer la pregunta, recuerdo el silencio del pasillo, ese que se queda pegado a la puerta cerca del tablón. No me refiero a los eméritos.

El argumento de Herlihy-Mera funciona como un espejo que alguien ha girado hacia el norte. Si lo giraran hacia la isla, la imagen se invertiría, pero el marco sería el mismo. No fue el inglés lo que me cerró las puertas. No estuve en la reunión de pares donde se repartieron las horas de docencia sin plaza. No tuve un padrino que hablara de descolonización desde el podio mientras, en la oficina colindante, se tejían los nombres en el registro de elegibles. El profesorado progresista del que habla, ese que supuestamente se opone a la exclusión, ha tejido una red que atrapa el talento local antes de que pueda siquiera llegar al aeropuerto. La red no se ve. Se siente cuando envías el resumé y la bandeja de entrada permanece inmóvil, como si el mensaje hubiera caído en un pozo.

La UPR es como un solar privado. Herlihy-Mera ve la tela metálica que lo separa del norte. Yo estoy al otro lado del portón, con la escoba en la mano, y los que tienen la llave deciden quién pasa y quién se queda en la acera. El mismo discurso que denuncia el imperialismo académico se convierte, en las juntas de departamento, en un dialecto de compadrazgo. Se habla de justicia epistémica mientras se firman contratos temporales para los mismos de siempre. Mi expediente no fue rechazado: lo apartaron sin decir nada, como si el apellido que lo encabezaba activara un protocolo de decomiso.

El autor cita a Rubén Gaztambide-Fernández y Adam Howard: los académicos marginados que lograron entrar a instituciones de prestigio terminan condicionados, moldeados por el idioma del centro. Pero, ¿y los que nos quedamos? ¿Qué clase de condicionamiento es este? El mío no es lingüístico, es existencial. El artículo habla de descolonización. Pero la descolonización, en ese texto, es un proyecto que se planifica desde una oficina con aire acondicionado. Yo no tengo oficina. Tengo un patio donde la grama crece entre las grietas del cemento. La zona del no ser no es una teoría que se discute en seminario. Es el lugar desde donde leo este artículo, con el sudor bajándome por la frente y el gallo del vecino cantando en mi oído. El que escribe sobre la exclusión no está en la zona del no ser. Está en la zona del ser, hablando por los que no pueden hablar.

Mi tesis está ahí, en el repositorio digital, con las páginas amarillentas por la humedad. Con notas al calce que citan a Picó y a Gervacio García. La escribí en español, con archivos de la Sala de Investigaciones Históricas y Colección Puertorriqueña. Nadie la ha visto. No porque sea mala, sino porque para que sea buena, alguien tiene que reconocerla. Y ese alguien, aquí, prefiere mirar hacia el norte para no ver hacia el lado.

Herlihy-Mera termina su ensayo diciendo que el profesorado de la UPR “escribe, enseña, dialoga y espera con dignidad a ser escuchado”. Pero la dignidad no alcanza para vivir de cortar la grama desde las siete de la mañana. No quita el olor a gasolina de las manos. No paga el recibo de la luz. La espera de la que habla es un lujo de quien tiene un contrato renovable. Mi espera es otra: el ruido del motor, el sudor que empapa la camisa mientras pienso en las fechas de la Junta de Gobierno, en las resoluciones que recortan plazas mientras los que las ocupan hablan de resistencia.

Una pregunta me persigue: “¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso al Norte?”. Yo la volteo en mi cabeza: ¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso a la UPR? El filtro no está en Cambridge. Está en la avenida Universidad. El que lo administra no es un decano de Harvard, es el catedrático que me conoce, que me dio clase, y que firmó la lista donde mi nombre no aparece.

Esa gente, los que ocupan las plazas que yo podría ocupar, no son malas personas. Firmaron manifiestos, citan a Fanon, se oponen a la Junta. Pero su solidaridad se agota en el umbral del salón de profesores. Allí, el colonialismo se reproduce con otra máscara: el mérito que se hereda y el rigor que se conoce. La inclusividad, al final, termina seleccionando a los suyos.

El revisor anónimo que Herlihy-Mera critica pidió “dos o tres ejemplos tangibles”. Mientras leo esa frase, arranco un matojo de grama que crece y empuja una grieta en el cemento. La saco de cuajo entre los dedos y me corta la circulación. Herlihy-Mera lo encuentra humillante. Yo también. Pero la humillación de él es la de quien tiene plaza. La mía es la de quien nunca llegó a la mesa donde se piden las cualificaciones mínimas. La diferencia es que el revisor del norte al menos es honesto en su exigencia. Los de aquí te sonríen, te dicen “tu trabajo es excelente”, si es que lo dicen, y luego cierran la puerta.

Herlihy-Mera propone construir ecosistemas intelectuales en los márgenes. Yo estoy al otro lado del portón, con el rastrillo en la mano. Cuando los que tienen poder en la UPR hablan de “construir desde abajo”, no se refieren a mí. Se refieren a sus estudiantes de posgrado, a los que heredarán sus cátedras. Si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico (HIST 3241), la resistencia es para quienes se quedan adentro. El título, para mí, no alcanza ni para eso.

El conocimiento que generé en siete años de doctorado: las horas en la hemeroteca, el archivo desempolvado. También las clases que me dieron, las lecturas que devoré. Todo eso pesa igual que el recogedor lleno de hojas secas. En el norte no hablo el idioma que me piden. En el sur no conozco a la gente que decide. Me quedé en el medio, con las manos oliendo a gasolina y las notas al calce intactas en la tesis.

Esa tradición del imperativo inclusivo tiene una puerta en la PR-25 de Río Piedras. Cada vez que abren una convocatoria cada cincuenta años, los requisitos son los mismos: título, publicaciones y, por supuesto, una experiencia que nunca termina de ser suficiente. Cumplo con todo pero el último filtro no se escribe. Es el apretón de manos que decide el voto en la asamblea y el favor que se devuelve sin factura. En una isla pequeña, si no eres parte del corillo te quedas fuera.

Que otros sean mejores no es la queja. El asunto es el criterio, y lo que pasa es que no funciona con conocimiento, sino con pertenencia. Y la pertenencia, en una isla pequeña, es un grupito de sillas que siempre están ocupadas por los mismos. Los que entran, entran para siempre. Los que salimos, como yo, nos quedamos en el patio, viendo cómo el sol quema las hojas secas que acabo de barrer.

El artículo de Herlihy-Mera termina con una invitación: imaginar otra versión de los Estudios Puertorriqueños. Yo me imagino una donde el doctorado en Historia de la UPR-RP no sea un certificado de exilio, donde los comités no necesiten mirar hacia el norte para encontrar excelencia. Donde quedarse no signifique que algo falló. Pero mientras tanto, aquí estoy, con el diploma lleno de polvo anclado en el escritorio y el olor a grama recién cortada en la ropa.

El autor pregunta si deberíamos lanzar un nuevo programa doctoral en Humanidades y Estudios Culturales. Uno ya fue aprobado, dice. Pero yo le pregunto a él y a los que aprueban esos programas: si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico, ¿para quién es la resistencia?

Apoyo el pie sobre el diploma. No tiene marco. Ni siquiera me molesté en enmarcarlo. Sospechaba que terminaría siendo el soporte de una pata de la mesa. El cartón tiene la marca de mis pies descalzos cada vez que me siento a leer.

Los que se fueron a Rutgers, a Harvard, y que cuando vuelven ocupan un lugar que nunca estuvo vacío.

La UPR también posee vicios que su crítica no nombra: los comités que deliberan sin actas y los pasillos donde se resuelven los nombramientos, mientras los expedientes se quedan sellados. Herlihy-Mera dice que la universidad tiene cualidades más allá de lo que los procesos convencionales pueden medir. Yo coincido. Pero esos vicios también están más allá de lo que su artículo puede nombrar. Y ese silencio, en su ensayo, suena como el aire acondicionado del segundo piso: constante, ahogando lo que pasa al otro lado de la puerta. No me refiero a los ceros de la tabla. Me refiero a los que no se contaron porque nunca estuvieron en la tabla: los que tenemos el título y nunca seremos colegas. El archivo está ahí, en los estantes de la Sala de Investigaciones. Pero el que lo conoce no tiene una silla en la sala de lectura.

El vecino cambia la canción. Bad Bunny ya no canta sobre la añoranza. Yo apoyo la escoba contra la pared. Quedan algunas hojas sueltas en el cemento. El diploma sigue sosteniendo la mesa de madera, con el sello dorado reflejando la luz de las cinco que entra por la ventana. No sé si mañana volveré a leer el artículo de Herlihy-Mera. El patio seguirá ahí. La grama siempre crece. Las hojas que no se leen se pudren en el patio de atrás.

 

¿Hablar del goce es lo mismo que hablar del deseo?

 

 

Especial para En Rojo

En el espacio cotidiano versus ciberespacial, por lo general, siempre se tiende a percibir desmesurada como generalizadamente al deseo como fuente central del principio de placer. Sin embargo, el concepto del goce desde el lenguaje psicoanalítico lacaniano se concibe como la satisfacción pulsional de la vivencia analítica del significante. Queda evidentemente claro, que hablar de goce envuelve desde la mirada de Jacques Lacan (1976) e inclusive al psicoanálisis como una producción, es decir, que es un resultado que conlleva valores gananciales como de pérdidas. Así que, la búsqueda de este sentimiento más allá de tener un intrínseco vínculo con el objeto @[1] y/o cosa, jamás logra del todo saciar nuestras apetencias, frustraciones, idealizaciones, fetiches, etc. Esto es debido a que el goce y displacer están trenzados como bien nos indica el psicoanalista Alejandro Tolosa (2015) dado que impulsa al ecosistema de la culpa e incluso anímico en general, la cuestión de la angustia. Ha sido aquello que pone en circulación a nuestro deseo lo que le dará relieve a ese objeto @ para hacer de ese estado de satisfacción uno consistente y sobre todo, imparable, tipo efecto vórtice.

Desde el ámbito del deseo, el ser social de antemano acepta y conoce que no existe objeto de deseo per se. Mediante este estado de reconocimiento es que debe hacerse la salvedad que el deseo lo que persigue es seguir deseando, por lo que es siempre revolucionario como presenta Gilles Deleuze (1990) porque quiere más conexiones y agenciamientos. Por tal razón, es que el deseo antecede al goce, puesto que es elemento integral que dinamita a todo lo que tenga interrelacionar para cumplir con único propósito, el mantenerse vivo y reiterante. (Lacan, 1976).

Adentrándose al análisis deleuzeano & guattariano (1972) se aborda al deseo como una realidad intensiva e incluso molecular la cual trabaja bajo una transición entre captura y fluidez debido a las composiciones molares que efectúan y caracterizan a las sociedades capitalistas contemporáneas (Torres Ornelas, 2018). Así que, el deseo ostenta tener una capacidad transversalista/transformista cuyo proceso de registro o codificación nada resulta ser culminado y determinado. Esto es debido aquí no existe represión, sino más bien cancelación de la representatividad, precisamente porque es un afecto y no un sentimiento como el goce. Es en ese sentido que, acontece el síntoma como engendro del malestar en la cultura, hecho que reviste la interminable lucha entre sentimiento de abundancia versus carencia.

Por tal razón, al deseo no se le puede graduar y/o calibrar como sucede con el sentimiento de goce, puesto que como bien expone Deleuze (1990) está en búsqueda de líneas de fuga, mientras que el goce es un determinante-fantasmático de sujeción. Slavoj Zizek (2011) nos dice “que el deseo y el goce son intrínsecamente antagónicos e, incluso, se excluyen entre sí: la razón del deseo no es alcanzar su objetivo para lograr satisfacción plena, sino de seguirse reproduciendo como deseo”. (p.51). Es decir, que, que el deseo podría concebirse como un proceso inacabado el cual está en constante devenir, mientras que el goce fluye por medio de faltas, rezagos, vacíos, etc. Cabe destacar, que el deseo al no requerir de un objeto, la identificación y registro del mismo hacen posible la codificación del objeto de deseo lacaniano el cual a su vez es capaz de no solo darle vida a las cosas, sino más bien, propiciar los modos de subjetivación necesarios para generar sus pulsiones de vida y/o muerte.

Es bajo esa dirección, que en la sociedad actual a la que nos situamos, se ha ido desarrollando por medio de nuevas tecnologías u otros tipos de gadgets científicos hasta inclusive psicofármacos diseños remediales curativos y alternativos para llegar a ese inalcanzable pansexualismo orgiástico que la misma cultura reprime. Así que, a partir de la rampante atmósfera del miedo que ha implantado el sistema neoliberal sociopolíticamente hablando, encontramos que, silenciosa, pero ruidosamente se ha trasquilado un efecto mandatorio tipo placebo de ser feliz, totalizado, curado, empoderado, gratificado y hasta anestesiado contra cualquier malestar psicosocial que estemos confrontando. De aquí es que descansa toda esa batería de artefactos paliativos para complacer la insatisfacción, miedos, fobias, fantasías y falsos imaginarios sociales para ser “feliz” o “normal” aparentemente.

Y es precisamente ahí hacia donde focalizamos esta breve reflexión teórica, intentando explorar/describir acerca de las diversas capas que atraviesa la fábrica de deseos humana dentro del complejo mundo cibercultural que vivimos. De este modo ponemos de manifiesto el análisis psicopolítico[2] que propicia el régimen autogestionario de la cultura digital el cual se apoya en la propia autodestrucción y mutilación sutilmente vía lo técnico- práctico. Es por ello, que para tener una mejor lectura de la práctica asidua que recurre y consume el ser social moderno- tardío, sea en el plano inmaterial intersubjetivamente hablando como cibernético, se necesita antes que todo del perfilar e incluso minar descentralizadamente al deseo vía el desarrollo transmutacional del capitalismo de las emociones (likes, emojis, views, seguidores, pokes, etc.). Asi vamos atajando e interpretando un poco más el inenarrable movimiento de las máquinas deseantes.

 

 

  Referencias
  Chul-Han, B. (2014). La Agonía de Eros. Madrid, España. Herder.
  Chul-Han, B. (2015). Psicopolítica. Madrid, España. Herder.
  Deleuze, G. & Guattari, F. (1972). El Anti-Edipo. Vol. I: Esquizofrenia y Capitalismo. Buenos Aires, Argentina. Paidos.
  Illouz, E. & Kaplan, D. (2020). El Capital Sexual en la Modernidad Tardía. Madrid, España.    Herder.
  Lacan, J. (1976). El Seminario IV: La Relación de Objeto. Paidos. Argentina.
  Zizek, S. (1994). La metástasis del goce: Seis Ensayos Sobre La Mujer y La Causalidad. Paidos. Argentina.

Zizek, S. (2003). El Sublime Objeto de la Ideología. Paidos. Argentina.

Zizek, S. (2020). Pandemia: La Covid 19 Estremece al Mundo. Paidos. Argentina.

Notas

[1]   El objeto @ según nos dice el psicoanalista lacaniano Zizek no es lo que nosotros deseamos, ni mucho menos tratamos de obtener, sino más bien de eso que pone movimiento circular a nuestro deseo. (p.51)
[2] Cuando me baso en el término psicopolítica me estoy basando en el enfoque presentado por el filósofo norcoreano Byung Chul-Han (2015) el cual señala que en esta etapa de la digitalización y autocontrol social ya el disciplinamiento no tiene el mismo régimen que en la época moderna del siglo XVIII, sino más bien uno flexible y multiforme.

Legado de Antonio J. González

 

Especial para En Rojo

La “resaca del toñismo” fue una diatriba del presidente del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Rubén Berríos, al entonces también líder independentista, Antonio J, González, quien se separó del PIP. partido político del cual fue uno de sus fundadores, para instaurar el Partido Unión Puertorriqueña, en una lucha ideológica efervescente de un independentismo pipiolo decantado por el socialismo.

El doctor en economía y abogado, Toño González, creía en una independencia en estrecha colaboración con Estados Unidos y con un sistema económico capitalista. Se aleja del socialismo de la época y defiende los principios de una economía de mercado. Contrario a la social-democracia postulada por Rubén Berríos, él abogaba por la doctrina social-cristiana que lideraba un sector de la Iglesia Católica.

Su propuesta de independencia estaba centrada en probar con datos económicos fehacientes la bondad de la independencia para Puerto Rico como salida a la atadura económica y política del colonialismo, sin tener que recurrir a la alternativa del socialismo. Su manera educativa y sin diatribas hirientes contra los adversarios en su desempeño político dirigido a persuadir a los puertorriqueños en pro de la independencia fue lo que lo distinguió y que debe servir de ejemplo.

Por medio del social-cristianismo que defendía, Toño González se decantaba por enfocar las acciones políticas a favor de la justicia social y contra los males sociales que aquejaban a Puerto Rico entonces y siguen aquejándolo al presente, pese al espectro tan amplio, diverso y tan lleno de contradicciones de la ideología social-cristiana.

Vindicar históricamente a Toño González, aun cuando se pueda diferir de sus propuestas políticas de independencia, es un deber patriótico de independentistas y no independentistas, por tratarse de un puertorriqueño que colocó a Puerto Rico en el centro de su vida, de sus pensamientos, de sus ideas y de su labor profesional como abogado, economista y profesor universitario. Su perseverancia permitió a Toño González vencer obstáculos que no lo amedrentaron.

Nacido en Manatí, pero criado en el barrio Frontón de Ciales, su legado político forma ya parte de la historia de Puerto Rico. Su vida como académico debe servir de ejemplo en el principal centro docente universitario de Puerto Rico, la Universidad de Puerto Rico (UPR), donde fue un distinguido profesor por muchos años y aportó significativamente a la enseñanza de economía con sus libros: “Economía Política de Puerto Rico” (1967): publicado por la Editorial Cordillera, es una de sus obras más citadas. Analiza de manera crítica el desarrollo y las estructuras económicas de la isla bajo su modelo político-social. Otro libro suyo fue “Tratado moderno de economía general” (1976), coescrito junto al célebre economista venezolano Domingo Felipe Maza Zavala. Este libro es un manual de referencia académica y ampliamente utilizado como libro de texto universitario en Latinoamérica.

Estando o no ideológicamente de acuerdo con él acerca de su visión sobre la independencia que concebía para Puerto Rico, no puede negarse su honestidad intelectual, la relevancia que tuvo en la política puertorriqueña la profundidad y enseñanzas de sus discursos, tanto como lo trascendente de su fe cristiana con su proyecto político de independencia.

El talante político de Antonio J. González debe servir de ejemplo a los políticos puertorriqueños de hoy, sin importar sus ideologías políticas y al partido al que pertenezcan. Hacen falta al presente políticos como Toño González.

En medio de la crisis que vive Puerto Rico en el presente, su ejemplo puede significar el aporte al cambio en el quehacer político que la nación puertorriqueña necesita para afrontar el futuro con esperanza y dignidad. Porque si algo necesita Puerto Rico es un cambio en el desempeño político. Un cambio en el que Puerto Rico ocupe el primer lugar siempre en todo lo que se pretenda hacer, como ha sido el legado de Antonio J. González.

 

Pronunciamiento de REDES sobre el Megaproyecto Esencia

Manifestación 14 de junio contra el proyecto Esencia.Foto por Christopher Powers Guimond/Esepcial para CLARIDAD

NOTA:Damos paso al pronunciamiento de la organización Red de Esperanza y Solidaridad  de la Diocésis de Caguas en relación al proyecto Esencia.

La organización sin fines de lucro Red de Esperanza y Solidaridad expresa su oposición al Megaproyecto Esencia que quieren construir en el pueblo de Cabo Rojo, Puerto Rico. Consideramos que este proyecto no está acorde a las necesidades del país. Este proyecto atenta contra los recursos naturales sobre todo, nuestras costas. Si se construye este proyecto tendremos:

  • Impacto a la Reserva Natural del Bosque Estatal de Boquerón, especialmente el daño al hábitat de especies protegidas.
  • Aumento en la demanda de agua para las instalaciones turísticas y de entretenimiento, como campos de golf. En el caso de los campos de golf además del uso de agua que require, se utilizan yerbicidas que llegarían a los cuerpos de agua. En cuanto a la disponibilidad del agua, ahora mismo en Puerto Rico hay una crisis con este servicio esencial. Este uso considerable afectaría a las comunidades y a los comerciantes.
  • Destrucción del Patrimonio
  • Se propone la ubicación de residencias para sectores pudientes. Esto encarecerá el costo de vida y de las viviendas cercanas. Además, resultaría en un desplazamiento de los/as residentes.
  • En proyectos como Esencia, algunos sectores que favorecen este tipo de construcción afirman que es beneficioso pues generaría muchos empleos, sin embargo esto no es cierto. Si bien se generan empleos principalmente en la etapa de construcción no son empleos permanentes. Una vez el proyecto está en operación los trabajos que se generan para la comunidad son de servicios comunes. No se quiere afirmar con esto, que estos trabajos no sean dignos, pero, por lo general son los menos remunerados.
  • El megaproyecto afectaría las actividades pesqueras y limitaría el uso del litoral
  • En el área se han identificado yacimientos arqueológicos importantes, que se afectarían con las actividades que conlleva un megaproyecto como Esencia.
  • El Megaproyecto pretende hacer uso de incentivos contributivos que a la larga los tiene que pagar el pueblo.

Como nos recordó el papa Francisco en audiencia pública en el año 2014: “Salvaguarda la Creación…

¡Porque si destruimos la Creación, la Creación nos destruirá! ¡Nunca olvides esto!”.

RED DE ESPERANZA Y SOLIDARIDAD – REDES DIÓCESIS DE CAGUAS, INC. (Guerra Contra el Hambre)

inforedes@redesperanza.org