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“Periodismo cultural es lo que está bien escrito”.

Rafael Acevedo, director de En Rojo. Foto por Christian Rosado Medina Especial para CLARIDAD

 

Entrevista a Rafael Acevedo

Especial para en Rojo

Ante la otorgación a Rafael Acevedo del Premio Bolívar Pagán de Periodismo, que otorga el Instituto de Literatura Puertorriqueña, surgió el interés de entrevistar al autor sobre el periodismo y su obra.

Llegué al punto de encuentro temprano, para repasar mis notas para la entrevista. Cuando llegó Rafael Acevedo, mientras se acercaba y se reclinaba en el asiento, casi de manera espontánea, empezó la entrevista sin que el entrevistador hiciera una pregunta. Dijo: “El periodismo inició el primero de diciembre del 1900 con la publicación de Iskra, de Vladimir Lenin”. Ese pie forzado dio para iniciar la conversación.

¿Cómo llegas al periodismo?

Yo relajo con lo de Iskra de Lenin del primero de diciembre del 1900 porque a mí me parece que esa narrativa, esa leyenda que yo hago en mi cabeza de Lenin haciendo una revista con una función revolucionaria me marcó, y marca lo que hago, salvando las distinciones enormes entre ambos contextos y las figuras.

Mi interés por el periodismo surge precisamente de la lucha por la independencia. Ver, en televisión, lo relacionado con la muerte de Antonia Martínez, los motines en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras en el 1971, en el 1973, ver todo esto me causó el interés de estar allí, en la noticia. Yo me preguntaba, ¿por qué está pasando esto? Era cierta intuición de periodista, estar presente y preguntar por qué.

Cuando yo me criaba, la idea de luchar por la independencia era más arriesgada que ahora. Como no tengo buena vista, no veo bien de noche, pensé que mi lucha tendría que ser a través de la escritura. Siempre quise ser periodista, y, de hecho, entré a la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras con la intención de estudiar periodismo en lo que antes se llamaba Comunicación Pública. Era el espacio en que pensé que podía yo luchar contra el sistema. Mi idea de hacer periodismo siempre estuvo vinculada con la lucha por la independencia. Si eso funciona o no, no viene al caso ahora.

No me gustó el ambiente en Comunicación Pública, porque estaba más enfocada en lo espectacular del periodismo, en la televisión, en el periodismo de farándula. Eso no me interesó. Las clases de literatura, sin embargo, me entusiasmaron, y por ese camino me fui. A mí siempre me había interesado la literatura, gracias a que el viejo mío tenía una biblioteca pequeña pero con una selección muy curada (cosa que no sabía en el momento). Leí literatura rusa, por ejemplo – Dostoievski, Solzhenytzin – en esa colección.

Entré al Departamento de Estudios Hispánicos y desde entonces estudié literatura. Nunca se me volvió a ocurrir tomar cursos en Comunicación Pública. De hecho, nunca tomé cursos en periodismo. El periodismo lo he aprendido leyendo periódicos y hablando con periodistas. Si es que algo he aprendido del periodismo.

El periodismo siempre lo vinculé con la lucha por la independencia. Y, por supuesto, yo no sabía quién era Lenin, pero con el tiempo resulta evidente que un movimiento de liberación, un movimiento socialista, necesita una comunicación, un periódico. Y en Puerto Rico, el que existió en ese momento y existe hoy es Claridad. 

¿Hubo una pausa en tu interés hacia el periodismo, cuando cambiaste de carrera?

Empecé publicando poemarios en los 1980, cuando era estudiante. Después hicimos una revista de poesía, Filo de juego. Terminé de estudiar en el 1988, completé la tesis dos años después. Me ofrecieron irme a Santa Bárbara, California, pero no me interesaba, quería regresar a Puerto Rico.

Quince años luego de entrar a la universidad originalmente pensando estudiar periodismo, se presentó la oportunida de trabajar en Claridad, gracias a Graciela Rodríguez. Desde entonces, soy colaborador de En Rojo.

Yo no conocía a Graciela, ni sé por qué se interesó en invitarme a colaborar. Empecé escribiendo regularmente, luego hicimos una sección en En Rojo dedicada a la poesía de jóvenes. Creo que en el 1997 entré a dirigir el En Rojo, en momentos compartido con Héctor Iván Monclova. Luego de un periodo fuera de la dirección, hace como seis o siete años volví como editor. Pero siempre colaboré con la escritura.

Hubo un espacio de dos años en los que también colaboré con El Nuevo Día, en la sección “Buscapié”. La diferencia fundamental entre escribir para En Rojo y escribir para el Buscapié es que el Buscapié son 350 palabras. El espacio del periódico corporativo siempre está medido por los anuncios. Hay un compromiso con el mercado. Por eso el espacio de la escritura es tan estricto. Al momento de iniciar se hace difícil. Sin embargo, en la práctica, uno se sienta a escribir y cuando entiende que ha terminado, se tienen casi exactamente 350 palabras. Era un ejercicio maravilloso de síntesis. Pero la otra diferencia en esa experiencia era la censura, que usualmente se escondía detrás de sugerencias de cambios de temas o de párrafos. Ha sido el único lugar en el que me han pedido que cambie temas o enfoques. Interesantemente, en el periódico CLARIDAD el periódico “ideológico”, nunca he tenido problemas de esa naturaleza.

Algunos amigos me cuestionaban por qué publicaba en El Nuevo Día. Yo pienso que, igual, si te ofrecen un espacio en el New York Times, hay que usarlo. De hecho, la razón por la que empecé a colaborar con El Nuevo Día es porque me invitaron a colaborar, y me invitó un amigo, Félix Jiménez. Ni antes ni después había buscado publicar en el periódico. Y nunca dejé de escribir en el periódico Claridad durante mi participación en el Buscapié. No recuerdo exactamente cuál fue mi última columna en El Nuevo Día, pero eventualmente me dijeron que ya no tenía que volver a publicar en la sección.

Como escritor, ¿dónde ubicas tu trabajo periodístico dentro de tu obra literaria?

Yo colaboro con En Rojo desde la década del 1990. Colaboré por alrededor de dos años con el periódico de la burguesía puertorriqueña. Eso significa escribir periodismo todas las semanas, o, en su defecto, asumir otras tareas del periodismo todas las semanas. En ese sentido, en términos de cantidad, es prácticamente lo mismo lo que le he dedicado al periodismo que al trabajo literario.

El ejercicio de escritura en el periodismo es muy similar al de la escritura literaria. Veo al periodismo muy cercano a la literatura. El proceso de escritura, dependiendo del género, tiene diferentes intensidades. Por género, de manera distinta, va cobrando forma un pensamiento. Yo pienso que, cuando se hace periodismo, se piensa en cierta estructura y cierta musicalidad que son muy similares a las que uno piensa cuando va a escribir una novela o un poema. Obviamente, el interés del género periodismo requiere claridad, requiere ser directo, pero eso también me puede suceder al escribir una novela.

En el periodismo, tengo una idea de que se debe ser claro, preciso y directo, de que las opiniones deben ser, dentro de todo, justas y razonables, mientras que en la literatura no pienso nunca en un público. Escribo para mí.

Como dije, para mí el periodismo siempre estuvo vinculado a una lucha política. Escribo “poemitas” desde muy niño. Llevo toda mi vida escribiendo. Nunca pensé en la literatura como algo relacionado específicamente con luchas sociales. Creo en la total autonomía de la literatura. Por supuesto, como sabes, las codificaciones de la realidad se explayan en lo que escribimos. Una carta a la novia puede tener algo de esa realidad. Pero no se hace con esa intención, como sí ocurre para el periodismo.

En el periodismo también se pudiera hablar del tema de la objetividad, pero la objetividad no tiene nada que ver con desvincularse con ninguna postura ideológica o política.

¿Tú trabajo ensayístico es casi todo periodístico?

Yo tengo un libro sobre ciencia ficción en Puerto Rico, desde sus orígenes hasta el 2026. Tengo un libro de ensayos sobre literatura puertorriqueña en el siglo XIX. Tengo cuatro o cinco libros de ensayos. Pero nunca he publicado esos libros. Y rara vez publico en revistas académicas. Las razones no las sé.

Esa es una escritura totalmente distinta a la periodística, es una escritura académica, siguiendo las reglas del MLA del 1992, que fueron las que aprendí. Pero mi escritura periodística es de otra naturaleza

Ahora que leo textos periodísticos que escribí hace 20 o 30 años, veo que era muy críptico, más cercano a la academia, con reflexiones filosóficas o muy relacionadas con la teoría literaria, sobre todo cuando escribía reseñas. Ahí se veía la imprompta de la academia, pero no era la intención. Me salía natural por el oficio. No era algo consciente.

Cuando te iniciaste como colaborador de En Rojo, ¿cuáles eran tus referentes de escritura en el periodismo? ¿Tenías presente la tradición de escritura del periódico, como la columna rotativa Relevo?

Yo sabía que había un peso literario en el En Rojo, como tal, que desde sus inicios había contado con la participación de los escritores puertorriqueños más conocidos. Quizás también eran los más conocidos por estar vinculados con la lucha por la independencia. En todo caso, aquí hay una coincidencia entre los más conocidos y los mejores escritores, coincidencia que no siempre se da. Pero nunca lo pensé como algo que había que continuar porque, a fin de cuentas, los escritores nuevos tenían ya su espacio en En Rojo.

Si empiezo a mencionar los escritores que hoy día son reconocidos y que comenzaron a publicar en En Rojo, deberían ser como 10 o 15, quizás más. Sobre todo poetas, mujeres, que comenzaron a publicar en En Rojo. Y también, escritores que no necesariamente están vinculados con lucha de ninguna índole. Pedro Cabiya, Juan Carlos Quiñones… Escritores académicos también. Yo creo que En Rojo, desde su fundación, era un espacio importante para escritores jóvenes. Muchos tuvieron sus primeras publicaciones aquí.

Con respecto a mis referencias literarias, hay varios que no necesariamente veo como modelos de escritura, pero sí que me gustaba leer. Lenin sería uno, además que era ejemplo con respecto a la importancia de trabajar en el periódico y escribir en él.

Hay escritores de periodismo deportivo que a mí me resultaban fascinantes. Rafael Pont Flores, por ejemplo.

También, los periodistas que escribían en El Vocero. Tomás de Jesús Mangual era uno. Escribía narraciones que eran cuentos en los que no sobraba ni una palabra. Después supe que Tomás de Jesús Mangual no escribía sus artículos, que los escribía Francisco Velázquez, para mí el mejor escritor de literatura policiaca que hay en el Caribe.

Me gustaba mucho leer a Nemesio Canales. Los textos de Gabriel García Márquez. Alfonso Reyes. No como modelos para escribir, nuevamente, sino como referencia de grandes escritores de artículos periodísticos.

Yo no escribo tan claro. Soy más lezamiano.

Otro escritor importante para mí es Joserramón Ché Meléndes. Ahora pensándolo bien, puedo decir que Joserramón Meléndes es un modelo de escritura de ensayo periodístico. Ché tiene la capacidad de escribir un artículo que no es necesariamente lineal pero con fragmentos lúcidos: el poder escribir de manera fragmentaria y tener el efecto deseado.

Cuando recibiste el Premio Bolívar Pagán, se celebró en CLARIDAD, pero no solo porque eres colaborador regular del periódico, sino porque también, como se ha dicho, has sido y eres el editor de En Rojo. ¿Dónde cae tu labor como editor en este proceso?

Todos los periodistas tienen que ser editores de su propia obra. Pero trabajar en un periódico presupone toda una división del trabajo: editores, correctores, redactores, etc. Los periódicos independientes muchas veces no tienen la fortaleza económica de los periódicos corporativos, así que quienes laboran en estos espacios tendrán que ser editores, correctores, redactores, etc. No es que yo deseara ser editor, es que es una de las funciones que he asumido como parte de mi trabajo en Claridad.

A mí, en lo personal, no me gusta “editar”, en el sentido de modificar lo que alguien escribió, o por lo menos nada que incida en el contenido. No me gusta hacerlo ni tan siquiera en los exámenes que recibo de mis estudiantes.

Lo más que yo he apreciado del trabajo como editor es hacer entrevistas. Haber entrevistado a Elena Poniatowska, Sergio Ramírez, que es fan del beisbol, Silvio Rodríguez… En ese otro sentido, el de las entrevistas, es bien grato conversar con personas que uno admira.

No sé, a mí me parece el mejor empleo que uno pudiera tener, el de periodista.

¿Sabes qué es curioso? Uno de los primeros libros que yo leí fue Historia de los partidos políticos puertorriqueños (1898-1956) de Bolívar Pagán, porque formaba parte de la colección de mi viejo. Una cantera de información. Después fue que supe que era un periodista vinculado con el Partido Socialista. Fue una gran lectura para mi formación.

Pero fíjate que quien me entrega el premio es el Instituto de Literatura Puertorriqueña, no el Overseas Press Club ni la Asociación de Periodistas de Puerto Rico. Es un instituto de literatura cuyo fin es premiar el periodismo desde una perspectiva más hacia la literatura que otra cosa. Me parece que está más relacionado con el periodismo cultural.

¿Cómo definirías periodismo cultural?

La cultura es transformación de la naturaleza. En términos generales, pues, el término cultura es vasto. Pero desde esta visión, “periodismo cultural” es quizás demasiado amplio.

Nosotros asociamos el periodismo cultural al arte, al teatro, pero yo creo que el periodismo cultural es lo que se escribe en un medio y que tiene belleza. Puedes estar escribiendo de economía, pero puede haber belleza en eso. Tú lo sabes, hay pasajes de El capital que son inmamables, pero hay otros que son literatura. Yo creo que se puede hacer periodismo cultural desde el periodismo deportivo. Para mí, unos de los mejores textos periodísticos que yo he leído son los de Rafael Pont Flores, y son simplemente reseñas de beisbol, reseñas deportivas, de una belleza literaria. José Martí hacía periodismo cultural. No coincido con él en su perspectiva del beisbol, pero todo lo demás que escribió, eso es literatura, eso es periodismo cultural. El Manifiesto de Montecristi es de una belleza intensa, pero también es una estrategia de combate. “El puente de Brooklyn”, ¿es periodismo cultural? Por supuesto. No sé si se llamaba así entonces.

Yo creo que “periodismo cultural” es lo que está bien escrito. Eso no existe en el periodismo corporativo. Son textos breves, concisos, sin reflexión.

De hecho, Claridad es el único periódico con un espacio para la cultura. El Nuevo Día a veces, pero es una página, dos páginas. Son reseñas, que se solicita que sean de libros de editoriales “importantes” – lo sé por gente que trabaja ahí. No van a encontrar reseñas de libros de Luscinia, de Gnomo, de Pulpo, de esas editoriales que piensan que son “pequeñitas”.

Hoy, el periodismo en Puerto Rico, quizás en el mundo, prescinde de lo cultural

¿Hay algo que quieras decir de la tradición del periodismo cultural en Puerto Rico?

Qué importante han sido las revistas en Puerto Rico. La revista La Azucena de Alejandro Tapia y Rivera… Esa revista tenía artículos de filosofía, de ciencia, de literatura, tenía novelas por entrega. Es incalculable el valor cultural de esa revista. Puerto Rico Ilustrado es una revista magnífica. Igual, literatura, ciencia, creación… Nada más hay que leerse el libro Historia del periodismo de Antonio S. Pedreira para enterarse de esa riqueza.

Tapia, para mí, es el fundador del periodismo cultural en Puerto Rico. No sé si lo que estoy diciendo es correcto, habría que ver. Pero me parece que es quien le da pertinencia y volumen al periodismo cultural.

¿A veces te piensas como parte de esta tradición?

Never. Never. No.

Yo pienso que la aportación individual ya no tiene mucho sentido. Digo que Tapia es el fundador del periodismo cultural, pero esas figuras no existen en el mundo contemporáneo. Las cosas se han colectivizado, por no decir democratizado. Si acaso, formo parte de esta tradición porque dirijo un suplemento cultural. Pero el suplemento cultural no existiría sin el periódico, y el periódico no hubiese existido sin la organización política. Una organización política, además, con la idea de que se necesitaba un periódico y un suplemento cultural porque la lucha cultural era parte de la lucha por la independencia.

¿Qué aportación individual uno puede hacer en esto? Sí, los individuos están ahí, pero son trabajos colectivos. ¿Si nadie colabora con el En Rojo, cuál es la importancia de un individuo que trabaja ahí?

Salir (o casi)

Especial para En Rojo

“El acto más pequeño en las circunstancias más limitadas lleva la simiente de la misma ilimitación, ya que un acto, y a veces una palabra, bastan para cambiar cualquier constelación.”

Hannah Arendt

 Hoy fue el día de salida. Desocupo mi oficina.

Retirarme. El vocablo implica salirse del campo de juego. Quitarse. Renunciar. Irse. Abandonar. Moverse por voluntad propia. Nadie me ha pedido que me vaya, es cierto. He decidido hacerlo, aunque aún soy joven. Joven es un decir, pero el promedio de edad de retiro de los profesores está entre los 65 a los 68 años. Renunciar a mi plaza me ha provocado miedo, mucho, muchísimo.

Me ha llegado el momento. Hablo desde el absoluto privilegio de poder tener miedo a retirarme. Sé que muchos no pueden ni soñar dejar de trabajar. Legiones de gente no tendrán retiro. Incluso, ¿quién me asegura que tendré retiro en un par de años, aunque me acoja a él? Se sabe que el estado del Sistema de Retiro de la Universidad de Puerto Rico está en peligro porque en las últimas dos décadas apenas han contratado docentes con plaza, quienes pagarían mi/nuestro retiro, y por la constante amenaza de la Junta de Control Fiscal a los fondos del Sistema de Retiro. Si bien reconozco mi lugar de privilegio, también señalo que reconocer ese privilegio no debería ser de ninguna manera claudicar al derecho de toda ciudadana a poder vivir una última etapa de su vida de otra forma. Ese derecho, como el de tener comida, techo y asistencia médica cuando se pasa de los 60 debería estar asegurado para todos en este país. Rectifico, el bienestar debería ser para todos a cualquier edad. La culpa siempre toca a mi puerta. Sentirla por el buenvivir común es una pasión. Si se piensa bien, la culpa está muy lejos de ser postura política. No deberíamos sentirla por obtener un derecho laboral, derecho que hemos pagado con nuestro trabajo, además. Hacernos sentir culpables por los derechos recibidos es una trampa del capitalismo. De las peores. Un tapabocas. Un amarrarte las manos. Un hacerte sentir privilegiada por recibir lo que debería corresponder a todos. Exigirlo es la postura política. Siempre. Me consuela mi estudiante Luis: “Vilches, tiene el deber de aprovechar y disfrutar el derecho que nosotros no tendremos”.

Pensaba que desalojar mi oficina en el 345 de Domingo Marrero Navarro sería terrible, pero no lo fue. Bueno, casi.  Vacié mi escritorio, mi credencia, el modesto librero de la oficina. Boté exámenes viejos, fotocopias ya inservibles para mí, papeles que no sé por qué aún guardaba.  Recogí todos los imanes/mementos que con cariño la gente me fue regalando durante mis 35 años. Introduje en las cajas de mudanza los mensajes de agradecimiento de los estudiantes: pócima para curar la nostalgia; la colección de animalitos que adornaba mi escritorio; los útiles escolares que ya no volveré a usar; las fotos de mi familia que me animaron tantas veces. Recogí los carteles de las paredes: el mapa del subway de NYC, el afiche con la cita de Hitchcock, “There is no terror in the Bang, only in the anticipation of it”-moto de mi escritura-, el cartel con “Mi Viejo San Juan” de Pietri y el anuncio de mis libros. Lo guardé todo con rapidez, casi con prisa. Son formas de contener la tristeza y sus lágrimas. No se despachan 35 años tan fácilmente.

Contradictoriamente, retirarse da júbilo y tristeza. Nombro los miedos para alejarlos. Pensamiento mágico, pensarán. El primero es el más fuerte, una especie de miedo troncal del cual brotan los otros como ramas de un árbol centenario: la caducidad autoimpuesta. El aterrador miedo a volverme vieja de repente. Ser anciana no en la acepción de la decrepitud corporal-con sus inevitables canas, dolores, arrugas, achaques y la cercanía a la muerte-sino en el sentido social, la idea de que se llega a una edad en la que una se vuelve aún más invisible. Temo mi borradura como sujeto social. Si desaparezco del escenario universitario, ¿quién me va a procurar? Si me retiro del salón de clase, ¿tendré público con quien rumiar mis lecturas, mis ideas, mis escritos, mis ilusiones, esperanzas y proyectos? ¿Será una invisibilidad autoimpuesta? ¿Será una caída dentro del orden social? Eso nos dicta un mundo donde nuestro valor está estrechamente atado a cierto tipo de productividad que relacionamos con la fortaleza de la propia carrera y la iniciativa individual (Jenny Odell). Me niego a limitar el concepto de productividad al trabajo-salario. Otra trampa del capital. La creatividad no paga, por ejemplo, es una hermosa forma de productividad.

 ¿Y qué si esa invisibilidad esconde en su centro transparente una gran libertad?

 El miedo del que hablo es a ser dispensable, a perder un lugar que ha costado ocupar. Este terror se fundamenta en que he construido gran parte de mi identidad en la Universidad de Puerto Rico. La torre Franklin Delano Roosevelt ha ocupado el lugar de mi columna vertebral. Desde que tengo 13 años he estado ligada a ella. Llegué a la Secundaria de la Universidad a los trece años y desde entonces no he salido de la UPR, con excepción de los cinco años de escuela graduada. Me reintegré orgullosamente como profesora a tiempo parcial en el 1990, dando algún curso en Literatura Comparada y el Departamento de Español, mientras enseñaba como profesora a tiempo parcial en algunas de las universidades privadas del país. Fueron años de ocho cursos semestrales. De explotación ilusionada en una posible plaza futura. Finalmente, en 1992, me incorporé a la plantilla docente del Departamento de Español de la Facultad de Estudios Generales y ya no salí del recinto. Me ufano de mi vida universitaria, del amor a un espacio, a los estudiantes y a un proyecto que considero el más importante del país, aún hoy, a pesar de su legión de detractores. Me ufano de honrar a mi abuela materna que firmaba con una X, pero, aun así, logró que dos de sus hijos varones fueran a la universidad; y a mi madre y a mi padre quienes, a pesar de su inteligencia, nunca llegaron a ella, pero nos criaron con el deseo de estudiar para “no depender de ningún hombre”.

 Al renunciar a mi plaza docente, ¿dejo de ser?

Me auxilia la palabra jubilarse: reconozco y celebro la oportunidad y la responsabilidad de poder ser otra yo, de prestar atención a cosas diferentes, “de imaginar una vida, una identidad y una fuente de sentido que se sitúe más allá del mundo del trabajo y del beneficio económico” (J. Odell, Cómo no hacer nada; resistir la economía de atención).

Escogí gran parte de los libros y los deposité en el librero comunal del edificio. Los coloqué con cuidado como cuerpos que se amaron. Me motivó la esperanza de que algún estudiante atento los recogiera. Entre ellos había varias copias de El psicoanálisis una experiencia por venir. Agradecí haber participado en ese proyecto con mi querida Wanda Ramos Baquero. También dejé, con algo de reticencia, Escribir la ciudad. Quería honrar la estupenda invitación de Maribel Ortiz Márquez, hermana y colega, así como el trabajo de tantos años fruto de ese convite: conferencias, intercambios culturales nacionales e internacionales, libro, curso.

¿Perderé las relaciones afectivas e intelectuales que se vinculan al espacio universitario? ¿Se desatará el lazo que me une a tanta gente querida? ¿Dejar el espacio y dejarlos de ver cotidianamente significará que se disolverán esos vínculos? Pero de qué hablo, si desde hace años he dejado de ver cotidianamente a mis colegas amigues. ¿Cuáles son los espacios de reunión? Bien decía Walter Quinteros, cuando planteaba que al cerrarse el Centro de la Facultad, la Universidad daba su primera gran estocada al cuerpo docente.  Eso ocurrió hace décadas atrás. Y es cierto; cada vez me encuentro menos con mis colegas. Cada vez más, el café se toma en soledad.

Lo reconozco, es difícil entender que el tiempo, así como cualquier momento crítico, contiene la incertidumbre del futuro, pero por qué no, la incertidumbre también puede estar poblada de esperanza. Puedo elegir el tono de mi presente: escoger entre la nostalgia y la gratitud. Reafirmo mi voluntad de agencia amparada en la gratitud por lo vivido.

Apagué la luz y cerré la puerta. Fui la mujer de mi cuento “En el vano”. Como ella, sentí la soledad del Recinto. Como ella, me pregunté: “¿A dónde han ido todos?”. Una pena que la testadura reinita del cuento no me acompañara hoy.

Me dirigí al carro. Guardé las cajas en el baúl. Noté que en el estacionamiento había una especie de huerto. ¿Qué estudiantes esperanzadas en el futuro lo habrán sembrado? Sin pensarlo demasiado, arranqué unas lechugas, algunas hojas de albahaca y de recao.

Casi yéndome, volví al huerto improvisado, quise llevarme algo que creciera. Arranqué de raíz una matita de recao. Algo nacerá. Estoy segura.

 

 

Palabra de Mujer

 

Especial para En Rojo

Cada año, el 8 de marzo, la humanidad celebra el Día Internacional de la Mujer  Trabajadora y constata que, en la sociedad, la condición femenina aún no ha cambiado radicalmente. En América Latina y el Caribe, todos los días se producen actos de violencia contra mujeres. En este momento, con decenas de guerras en diversos continentes, mujeres y niños son las principales víctimas.

Lamentablemente, las religiones, que deberían ser instrumentos de humanización y justicia, casi todas siguen siendo injustas con las mujeres. Desarrollan una visión patriarcal de Dios y de la fe. Hacen una lectura fundamentalista de textos sagrados, escritos en antiguas culturas patriarcales. Por eso, muchas religiones sostienen que el hombre debe ser el jefe de familia y discriminan a la mujer en el acceso a ministerios eclesiales. En el judaísmo, solo en corrientes más abiertas, mujeres pueden ser rabinas y pocas lo consiguen. En la Biblia, los primeros textos proféticos procedían de mujeres y estaban redactados en forma de poemas y canciones atribuidas a Miriam(Ex. 15, 20-21); Débora (Jz 5) y Ana, madre de Samuel (1 Sm 2). También en el Nuevo Testamento, según el evangelio, las primeras manifestaciones proféticas tuvieron lugar en el encuentro entre María, madre de Jesús, e Isabel, madre de Juan Bautista (Lc 1, 39-47). Entonces, la profecía bíblica nació femenina.

En el Islam, los imanes son hombres. En el hinduismo no hay mujeres reconocidas como lamas (gurús). En el Cristianismo, las Iglesias Orientales y la Católica no aceptan el sacerdocio femenino. Las iglesias evangélicas lo aceptan, pero en un modelo de ministerio que sigue basándose en el masculino y dentro de una Iglesia aún patriarcal.

A pesar de la marginación injusta que las mujeres sufren por parte de la mayoría de las religiones, en las diversas tradiciones espirituales, ellas constituyen la mayoría de las comunidades y asumen responsabilidades en ellas.

Las religiones de origen africano son casi las únicas en las que las mujeres siempre han tenido un papel importante. Varios templos del Candomblé y Santería están coordinados por Yalorixás, o Madres de Santo, reconocidas como sacerdotisas y guardianas de culturas afrodescendientes.

Entre todos los grandes cambios sociales que caracterizaron el siglo XX, el feminismo fue la mayor revolución pacífica de nuestra historia reciente. Nació fuera de las religiones, transformó la democracia y los derechos humanos individuales y colectivos. Incluyó a las mujeres como protagonistas de la historia y de la liberación de la humanidad y de la Madre Tierra. Surgió en la sociedad civil, pero acabó contagiando el camino de las comunidades de las principales tradiciones espirituales.

Desde 1970, el Ecofeminismo es una corriente del feminismo que vincula la explotación de la naturaleza con las opresiones que sufren las mujeres. Son opresiones, todas ellas, resultantes de la cultura patriarcal y capitalista. La dominación masculina y patriarcal sobre la naturaleza y sobre el cuerpo femenino tiene la misma lógica. Por eso, el ecofeminismo propone la justicia socioambiental, que valora el cuidado de las personas, la sostenibilidad ecosocial y ya no la maximización de las ganancias[1].

En las últimas décadas, en diversas religiones y, especialmente, en las iglesias, se han desarrollado teologías feministas que reescriben la historia de las religiones desde la perspectiva de género y dan voz y protagonismo a las mujeres. La teología ecofeminista vincula la lucha por la liberación de la mujer a la opresión que la tierra y la naturaleza  sufren[2].

En la década de 1960, en varios países de América Latina surgió la Teología de la Liberación, a partir de las experiencias de participación de cristianos y cristianas en movimientos de liberación social y política. Esta corriente teológica nació en iglesias de cultura patriarcal y en un mundo en el que incluso grupos considerados de izquierda eran machistas. Por eso, lamentablemente, los teólogos que han iniciado la Teología de la Liberación plantearon la cuestión de las clases y opresiones sociales, pero solo tomaron conciencia de la iniquidad que es el patriarcado y todas sus consecuencias, a partir del momento en que abrieron el estudio de la teología a las mujeres y estas pasaron a liderar organismos teológicos. Por eso, en nuestro continente, con toda razón, algunas de las primeras teólogas feministas acusaron a la Teología de la Liberación de ser una construcción aún patriarcal y de no prestar suficiente atención a las cuestiones de género.

Las teólogas feministas latinoamericanas han convertido a sus hermanos de la Teología de la Liberación y han revelado que la causa de la igualdad de género y la defensa de la mujer es tarea de mujeres y hombres que, juntos, aprenden la vida y la teología. Los enfoques pueden ser diversos, pero la causa es la misma. Actualmente, las teologías de la liberación se expresan en varias corrientes, como ecoteología, las teologías negras, indígenas, feministas y otras. Si un teólogo (hombre) no asume las causas de la teología feminista como propias, ese teólogo puede investigar sobre teología de la liberación, pero no es un teólogo de la liberación.

Una anécdota judía cuenta que, al principio, Dios había creado a la mujer. Como ella se sentía sola, le pidió a Dios un compañero y este dudó y respondió: – Sabes que, por naturaleza, el hombre (macho) es arrogante. Siempre tiene la sensación de ser el primero. Quiere ser el más importante de todos. No se conformará con ser el segundo.

La mujer insistió:

  • Entonces, que sea un secreto entre nosotros. Y para que yo pueda vivir tranquila, es mejor que él piense que fue el primero en ser creado.

Dios aceptó:

– Está bien. Guardemos entonces ese secreto y dejemos que el hombre piense que fue el primero a ser creado.

La mujer quiso asegurarse:

– Entonces, Dios, ¿prometes mantener este secreto? ¿Me das tu palabra de que lo guardará solo para nosotros?

Dios respondió:

– Lo prometo. ¡Palabra de mujer!

 

El autor es monje brasileño, teólogo feminista de la liberación y asesor de movimientos populares y comunidades eclesiales de base.

 

[1] CF. D’EAUBORNNE, Françoise. Feminismo ou Morte. Editora Bazar do Tempo, 2025.
[2] – Cf. GEBARA, Ivone. Teologia Ecofeminista. São Paulo: Editora Olho d’Água, 2008.

El último poema

Parnia Abassi

 

En Rojo

En el verano del año pasado (2025) un ataque israelí destruyó el complejo residencial Orkideh, en Teherán, capital de Irán.  Para las fuerzas de defensa de Israel se trató de un suceso importante. Según esa fuente, en el ataque murió Abdolhamid Minouchehr, director de la facultad de ingeniería nuclear de la Universidad Shahid Behesti. Se especializaba en reactores nucleares y en diseño para la eficiencia y seguridad de plantas de energía nuclear. Cerca de media docena de científicos como él murieron en el ataque.

Entre lo que el ejército israelí llamó daños colaterales se encontraban decenas de civiles. Entre ellos se encontraba una joven poeta que se había convertido en una figura ascendente en la literatura contemporánea de Irán: Parnia Abassi. Apenas tenía 23 años al morir en su hogar en Orkideh. Su último poema que aquí publicamos es una profecía.

Hoy, luego de que Israel y EEUU realizaran otro ataque contra Irán que nos mantiene en vilo, recordamos. No es con bombas que se alcanza la paz.

Lloré por ambos
por ti
y por mí

soplas a las estrellas, mis lágrimas
en tu mundo
la libertad de la luz
en el mío

la persecución de las sombras
tú y yo llegaremos a su fin
en algún lugar
el poema más hermoso del mundo
se acalla

empiezas
en algún lugar
a llorar el
murmullo de la vida

pero yo terminaré
ardo
seré esa estrella extinguida
en tu cielo
como humo

 tú y yo llegaremos a su fin

 

El bidet

 

Para mami y tía Toti, con amor

 A Bariloche llegaron en guagua. Muchas horas de carretera y caminos de tierra, una rueda pinchada y el atasco en una zona fangosa. Maribel se sentía como en un cuento. Todo le parecía bello: el hotel de madera, las montañas de ese tamaño, los glaciares, los abrigos que por fin se podía poner, la gente con sus idiomas que no entendía… Nada que ver con la ciudad “sucia y ruidosa” que hace unas horas habían dejado atrás.

Eduardo decidió volver a Argentina cuando otros se estaban yendo.

“¿Y si aprovechamos en Navidad?”, le propuso a Maribel. “Había pensado que hiciéramos Buenos Aires-Bariloche-Concepción. Así matamos dos pájaros de un tiro.” Entonces planificaron su luna de miel para que coincidiera con el verano del sur y las vacaciones de la universidad. La idea era aprovechar el viaje para visitar la familia de Eduardo, que no veía hacía ocho años.

Maribel aceptó el plan. Lo importante era tener su luna de miel aunque fuera casi dos años después, “total, algún día tenía que conocer a los suegros.”

En Buenos Aires se quedaron con la hermana de Eduardo. El viaje había sido muy largo, casi un día viajando entre escala y escala desde que salieron de San Juan. Y para colmo a Maribel le había bajado la regla. Lo único que quería era darse una ducha caliente y recostarse un rato.

“¡Eduardo!”, gritó Maribel en voz baja.

“Che, ¿tenés papel de inodoro?”, le preguntó Eduardo a su hermana luego de atender el llamado de Maribel. Ella le confirmó lo que ya sabía y le explicó cómo llegar al supermercado que estaba a “unas cuadras nomás”.

Maribel estaba horrorizada. En el baño del departamento, en un edificio muy parisino del Barrio Norte, lo que había era papel de periódico para limpiarse. Un par de hojas de la sección de deportes. Solo le faltó levantar las losetas por si de la nada aparecía el papel. Derrotada, no le quedó otra que llamar a Eduardo, a quien ella -le recuerda siempre que puede- salvó de relegar la higiene hasta el límite de lo insospechado.

“Usá el bidet”, le recomendó Eduardo desde el otro lado de la puerta.

Maribel y Eduardo tuvieron una discusión discreta. Después de la ducha, Maribel se quedó dormida y Eduardo se fue a buscar el papel.

De camino al supermercado, la ciudad lo fue devolviendo a los días en los que su vida respondía a un plan perfectamente trazado: el seminario, Roma, la ordenación… Hasta que se hizo adulto a palos y todo se fue a la mierda. “Y que no se me olvide el papel”, se dijo, cuando ya llevaba una bolsa llena de frutas y halvah para que Maribel lo probara.

La llave del portal que le había dado su hermana se le perdió en alguno de sus bolsillos. Soltó la bolsa para buscarla y se fijó en el carro estacionado en la acera de al frente. Lo había visto al llegar. Adentro había dos hombres que fumaban atentos.

Eduardo subió al departamento y se lo contó a su hermana. Hablaron un poco, se indignaron y siguieron conversando sobre otros temas, el profesorado, mamá, la neurosis, los bebés que no llegan…hasta que el sueño lo venció y se fue a acostar al lado de Maribel.

Por la mañana salieron al Registro Civil. Eduardo tenía que renovar su cédula de identidad. Frente a la entrada, dos militares empuñaban cada uno un fusil. De dónde vienen, para qué vienen, enséñeme su pasaporte, y el suyo también, venimos de luna de miel, vivimos en Puerto Rico, mi señora es puertorriqueña, oficial… Y los dejaron pasar.

“A mí no me traigas más”, le susurró Maribel a Eduardo. Lo más cerca que había estado ella de un susto así fue cuando la persiguió un hombre volviendo de la escuela por el cañaveral.

Eduardo retrataba todo con su Pentax y Maribel era su modelo.  “Ahí…Quiero que salga el nombre del cerro”. A veces también hacían el amor y comían lo típico de Río Negro. El 1977 los encontró rodeados de parejas desconocidas que eran la estampa viva de la felicidad. La música animaba a Maribel, que indistintamente bailaba con Abba y se desmelenaba con Sandro. Eduardo no; él prefería la música clásica y, además, no sabía bailar. “¡No seas aburrido!”, le reclamó Maribel cuando después de las doce prefirió quedarse sentado.

A los cinco días, Maribel añoraba “unos guanimos con bacalao”.

“Tú nunca estás conforme, ¿eh?”, le dijo Eduardo antes de meterse a la boca un pedazo de entraña.

Al día siguiente volvieron a Buenos Aires, y de allí se fueron en guagua a Concepción.

Maribel no paraba de hablar. Le preocupaba caerle bien a sus suegros y a sus cuñados. Ella no tenía el pedigrí europeo de su familia, ni sabía alemán o tocar el piano. “¿Allí es más tranquilo? ¿Es más limpio que Buenos Aires…?” Eduardo miraba por la ventana y pretendía escucharla. Cuántos años habían pasado desde la última vez que cruzó el Paraná. A esa hora solo deseaba llegar a su casa.

Los acomodaron en el cuarto matrimonial. Allí dormirían bajo la mirada de la abuela María cuyo retrato, sobre el espaldar de la cama, parecía amonestarlos. Maribel, que posaba sentada en la cama, se reía como una niña traviesa señalando a la vieja. La misma vieja que se hizo cargo de Eduardo cuando tocó repartir hijos porque no daba el pan y le pedía que le arreglara las cuentas gastadas de sus rosarios.

Las comidas las presidía el viejo y a él se le servía primero. La madre no se sentaba hasta que todos tuviesen su plato. Eduardo lo escuchaba atento, como si quisiera congelar el momento, o retroceder en el tiempo y poder decidir quedarse en su casa con su madre y con él.

En aquel barullo de voces y recuerdos ajenos, la madre entendió de inmediato los silencios de Maribel. “Vení. Ayudame con el postre.” Por lo menos con su suegra compartía el lenguaje de la cocina y los cuidados a un marido que, al igual que su suegro, demandaba más atención que un niño. A Maribel no le sorprendió que durmieran en cuartos distintos. Después de once hijos, ¿a quién tenían que convencer? Aunque puede que los ronquidos tuviesen algo que ver. Si no, que le pregunten a Maribel, que muchas noches se desveló azorada porque el viejo roncaba como un motor ahogado.

La tarde que volvieron a Buenos Aires para volar a San Juan, su hermana los esperaba. Salieron a dar un paseo para comer un helado cuando vieron bajarse a dos hombres de un carro y llevarse a la fuerza a un muchacho y a una muchacha. Maribel no entendió nada, “si iban tan tranquilos de la mano.” Eduardo y su hermana se indignaron. El carro desapareció y los gritos con él.

Mami y papi se ven felices en las fotos de Bariloche. En las de Concepción, mis tíos fuman y hablan, se ríen y comen. El abuelo siempre sale mostrando algo: un árbol, un edificio, un cuadro. Y la abuela, callada, con la mirada serena, no como mami, que cuando sale con ellos, parece perdida, como cuando uno no sabe qué decir o hacer. Ese mismo año papi instaló en la casa su primer bidet.