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Hábitat para la Humanidad- Puerto Rico

ENTREVISTA A AMANDA SILVA ADAIR, DIRECTORA EJECUTIVA DE HÁBITAT PARA LA HUMANIDAD-PUERTO RICO

En una especie de rescate del concepto del programa de construcción de vivienda de Ayuda Mutua y Esfuerzo Propio, del gobierno de Puerto Rico de  los años ’60 del siglo pasado, la organización  Hábitat para la Humanidad de Puerto Rico, (HH-PR) es una de las pocas organizaciones no gubernamentales que procura atender el problema de acceso a vivienda a familias de bajos ingresos en el país.

En entrevista con este semanario, la directora ejecutiva de HH-PR, Amanda Silva Adair,  indicó que en Puerto Rico, Hábitat para la Humanidad es una  afiliada de la organización internacional Habitat for Humanity International con sede en Atlanta, Georgia y fundada en 1976, de la cual hay una afiliada en cada uno de los estados de Estados Unidos,  y en sobre 70 otros países, con el objetivo de proveer una oportunidad a las personas de ser dueños de su propia vivienda.

En el caso de Puerto Rico, la filial surgió en el 1996 cuando  un grupo de personas bajo el liderato de la planificadora Lucilla Fuller  Marvel analizaban el modelo desarrollado en Puerto Rico de Ayuda Mutua y Esfuerzo Propio.. El análisis reveló la cercanía del modelo de  HH  a aquel proyecto novel de política pública, donde el gobierno no contaba con todo el dinero para la construcción. Silva Adair piensa que el modelo novel de Puerto Rico pudo haber sido  exportado, puesto que al fundador de Habitat for Humanity,  Millard Fuller, le surgió la   idea del programa luego de un viaje a África. A su regreso, en los años ’70, adoptó el modelo en un momento donde la segregación racial en el Sur de Estados Unidos atraía un gran interés público y mediático.

Hábitat para la Humanidad (HH) funciona bajo el principio de que toda persona necesita un hogar digno donde vivir. Y de que una casa es mucho que un techo y cuatro paredes, sino un lugar donde la familia puede desarrollar su futuro. La organización tiene un modelo de trabajo colaborativo. La familia que recibe la vivienda contribuye con su trabajo y paga una hipoteca sin interés. Silva Adair destacó que   trabajan con familias de pocos recursos y el pago de la hipoteca es una manera de ellas sentirse bien y también ayudar a otras familias.  “Es una forma de dar  empoderamiento con ese pago sin interés, pero también es requerido que trabajen en la construcción de su casas, tal y como se hacía en el proyecto de Ayuda Mutua”.

La oficial de HH-PR apuntó que son una organización pequeña para atender un problema bien grande de escasez de vivienda asequible en Puerto Rico, aunque reparó que  a nivel internacional, y en la medida en que aumentan los niveles de desigualdad económica y social, se abre cada vez más la brecha para quienes procuran acceder a ese hogar seguro. “Tenemos que ser los dueños de la propiedad para poder ofrecer el  beneficio”. Es decir la organización adquiere  o recibe donaciones de propiedades, o en ocasiones hacen nueva construcción. Explicó que  Hábitat para la Humanidad no llegó a Puerto Rico después del huracán María, pero sí el huracán hizo más visible  la falta de vivienda, lo cual ayudó a darle más visibilidad y reconocimiento a la organización.

Según estadísticas utilizadas por HH-PR (del Informe HSOAC, Modermizing Puerto Rico Housing Sector Following Huricanes Irma and María),  más de 715 mil hogares reportaron daños a la propiedad luego de los huracanes. Antes de los huracanes había más de 32,000 mil familias en listas de espera para vivienda pública o vales de Sección 8.

Silva Adair describió que HH PR tiene un enfoque holístico para atender  el problema de la vivienda. Y para ello cuenta con varios programas. Hay un programa que ofrece la oportunidad de ser dueños de su vivienda a familias de escasos recursos, y hay un programa de reparación de viviendas.  “En nuestro  vocabulario una reparación es trabajo para ayudar en una casa en la que la persona ya es dueña, pero no tiene los medios para mantenerla en condiciones seguras,¨ señaló Silva.  Un tercer programa, ofrece  destrezas hábiles en construcción Habitat Builds Puerto Rico con  el propósito de que las personas adquieran destrezas básicas de construcción. El objetivo es ayudar a las  familias,  no solo a tener vivienda, sino a la posibilidad de obtener un empleo y aportar a la reconstrucción de Puerto Rico. A esto se le añade el factor de que, aunque haya dinero para la construcción de viviendas, la crisis económica y la emigración hace que escasee la mano de obra diestra de personas capacitadas para poder hacer una reconstrucción bien hecha.

Por otro lado, dijo que el programa para convertirse en dueño conlleva un proceso más  largo y difícil, porque la misión del mismo es ofrecer una mejor calidad de vida a las personas. Para ello es necesario, identificar propiedades idóneas y que no estén en riesgo, que tengan acceso a transporte público, a escuela, hospitales, empleos y otros requerimientos para que las familias se puedan desarrollar al máximo y tengan una mejor calidad de vida.  En estos momentos, por ejemplo, desarrollan dos proyectos en el área de Santurce, uno en la avenida Ponce de León y otro en la calle Del Carmen. La directora ejecutiva de Hábitat para la Humanidad explica que el acompañamiento de la entidad a las personas procura proveerles paso a paso la capacitación para que adquieran y puedan mantener en buenas condiciones la propiedad, que la misma sea segura, y que se pueda prevenir situaciones, como problemas legales o de otra índole que puedan surgir con el tiempo.

QUÉ ES UNA VIVIENDA ASEQUIBLE 

De acuerdo a Silva Adair, en la compra y rehabilitación de una vivienda que se considera asequible en Puerto Rico, la inversión es de alrededor de $173,00 mil, lo que no es asequible para una familia de escasos recursos. Las familias de escasos recursos por lo general cualifican, como máximo, para comprar una vivienda entre  $80 o $90 mil, por lo que hay que subsidiarle la diferencia, que puede alcanzar sobre $ 90 mil por unidad.

“En el caso de lo que se considera vivienda asequible en Puerto Rico, el problema es que los costos de construcción están por encima del valor asignado a la propiedad y de lo que las familias pueden pagar. Este es un tema de país que hay que atender”. Explicó que la compra de una propiedad conlleva previamente un estudio legal, contributivo, hacer  pruebas de asbestos y plomo, un estudio de la estructura, todo ello para determinar si la rehabilitación de una propiedad es razonable, y no cuesta más  que construir una propiedad nueva.

Para HH-PR, su norte es conjugar sus tres programas para poder minimizar los obstáculos y riesgos, y completar el círculo que permita atender con efectividad  la falta de vivienda. “Sabemos que no lo vamos a atender solos”. Como ejemplo, mencionó que acaban de cerrar tres hipotecas con un banco de manera gratuita, colaboración que, dijo, hay que reconocer.  Compartió que en  los procesos de cierre de hipotecas en los últimos años se está viendo un cambio hacia un entorno más pequeño, como por ejemplo, familias de  madre y un hijo, o de varios hermanos, o de  padres presentes compartiendo la custodia de un menor, o   padres y madres con hijos con diversidad funcional.

Silva Adair recalcó que el modelo de Hábitat para la Humanidad es uno de empoderamiento. Por eso, recomienda que la política pública debe ir dirigida a la conceptualización de un plan completo de vivienda para Puerto Rico.  “Debe ser un plan visto desde nosotros como país, de las metas que tenemos, que no considere solamente las fuentes de  financiamiento que se den sino a base de necesidades y del apoyo que las personas deben recibir. Tiene que haber un  plan abarcador que no sea de una sola solución, sino flexible y con diferentes perspectivas. Si se quiere un país con calidad de  vida, se requiere que las personas tengan  un lugar seguro donde vivir. Si se quiere desarrollo económico, y salud, si importan los niños, entonces un factor  determinante es que tengan un lugar seguro donde vivir porque una vez se tiene un hogar seguro, se puede pensar en otras cosas”.

Un sentido adiós para doña Celina

Doña Celina Rodríguez, amada madre del cantante y amigo Andy Montañez y de nuestra querida compañera de labores por tantos años, María Montañez, fue el pilar sólido de una numerosa familia de dieciocho hijos que construyó, en el corazón de Santurce, junto a su esposo, Don Andrés Montañez. Su centenaria vida fue un testimonio permanente de fe, trabajo esforzado, amor a su familia, a su comunidad y a su país, y solidaridad consecuente con todo el que la necesitó.

Doña Celina fue uno de esos árboles centenarios que nunca dejan de dar frutos. Mujer vivaracha, alegre y de una fuerte convicción religiosa, transmitió a sus hijos e hijas su gran ejemplo de amor, disciplina y entereza ante las adversidades. Hoy, ha partido de este mundo a los 103 años de vida plena,  agradecida de haber cosechado el fruto de su buena semilla.

Desde CLARIDAD, le damos un sentido adiós a doña Celina, y nos unimos a su querida familia de hijos, nietos y bisnietos,  en especial a nuestros entrañables Andy y María Montañez, en un apretado y solidario abrazo.

Junta Directiva, Colectivo de Trabajo y Comité del Festival de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña

Me gustas cuando callas

Salto de una lectura a otra, ansiosa, indecisa, incrédula. No me concentro. Voy de lo denso a lo ligero buscando engancharme. La verdad es que necesito algo fuerte, que esté a la altura de lo que siento. Busco una voz que le hable a mis entrañas, que me llegue al tuétano, que cante conmigo la rabia.

Tomo un libro, tomo otro. Trago hondo. Con una lagrimita disimulada, una sola, como la que supuestamente echó Nerón por la muerte de su amigo Petronio, me susurro el párrafo de un cuento que no me dice nada. Después, el de una crónica, la historia de una mujer que mató a sus hijos; una terrible y pobre Medea de Uruguay que les lleva flores a la tumba. Me detengo y pienso en la venganza. Dicen que es un plato que se sirve frío. Cavilo. Si doy con algo que me ayude a pasar la noche, sé que llego a mañana, y después de mañana habrá pasado un día. Entonces, ya quizá… Pero no, me retracto, no es eso lo que busco. Esa no soy yo. Dejo de frotarme las manos y, avergonzada, escondo el colmillo que comenzaba a asomárseme por la comisura. Continúo. Respiro: exhalo tres, cuatro versos, una estrofa de ese famoso poema que empieza diciendo «Me gustas cuando callas». Pero me entra risa y no puedo seguir. Me río de mí, de las trampas que me juega el azar, que de los trescientos poemas que tiene la antología de la que leo, me lleva a este poema de Neruda. Mas, del desconcierto, paso a la comprensión. Con el poema se me aclara algo. Es eso, me digo, lo que me tiene así; eso que nos ha pasado tantas veces, eso de sentirse amordazada, reprimida, silenciada; eso de que sea el otro el que cuente la historia, eso de que calladita se vea una más bonita y se le quiera más. Acaso no lo dice clarito también aquella canción que José José hizo famosa, «La almohada»: // Tú duermes conmigo toditas las noches. / Te quedas callada sin ningún reproche. / Por eso te quiero, por eso te adoro //.   Y también un poema de José Gautier Benítez: // Tú fuiste un bello poema / mientras guardaste silencio… //.  Así perdura en nuestro imaginario cultural el arquetipo de la mujer como un ser callado, afable, que a todo asiente sin cuestionar. Es esa nuestra virtud, y nuestro valor está condicionado a ello. Serás buena mientras te hagas la muerta, porque ¿qué somos sin la palabra, sin el derecho a la palabra?

Nos han querido pasar nuestro condicionamiento, el del silenciamiento y la sumisión, como virtudes intrínsecas de nuestro género. Pobrecitas de nosotras. Eso que no se dice se acumula, se enquista y se transforma en ira, en rabia que supura el jugo putrefacto que unas veces nos marchita, otras nos inflama, hace estallar y mata. Nos mata.

Se sabe que la cultura patriarcal no tolera a las incendiarias, que las reprende, las humilla, las chantajea para apaciguarlas y someterlas, para hacerlas callar.  Por eso, desde niñas, las más desobedientes o atrevidas supongo, hemos tenido que aprender a ser cada día más astutas, a emprender sigilosas nuestras pequeñas grandes batallas para exigir y reclamar respeto, justicia, igualdad, derechos. También, lo cierto es que si bien muchas veces hemos tenido que hacer silencios peligrosos, incómodos y dolorosos; silencios impuestos bajo amenaza de muerte, o de los que se guardan por pudor porque nos enseñaron que «los trapos sucios se lavan en casa», igualmente hemos aprendido del silencio elocuente, del que dice más que mil palabras, y del que usamos estratégicamente. Esos nos ayudan también a sobrevivir. Sin embargo, no sabría yo cuál de todos es más difícil de sostener. La verdad es que, para estar a la altura de ciertos conflictos, a veces lo justo es callar, entrenarse en el arte del silencio sin padecerlo demasiado, ser discretas y saber esperar el momento justo para meter el caballo dentro de Troya. Pero eso de la discreción no olvidemos que es una moneda de dos caras, que entra en las reglas básicas que la cultura patriarcal nos ha impuesto a las mujeres junto a la de ser siempre complaciente, sonreír y estar alegre, porque la amargura y el carácter son cosas de hombres, así es como se dan a respetar, imponiendo el tono y los límites, dictando las pautas que nosotras hemos de acatar. Es desde ahí, desde el poder y el derecho del macho a ser y a hacer lo que le da la gana, que opinan de nosotras y nos recomiendan para enfrentar lo injusto, abusivo, indigno y violento, que vayamos a terapia, que hagamos meditación, Yoga, o que trotemos. Esto si contamos con la suerte de que el que opine sea de los señores más modernitos, de lo contrario, nos mandará a buscar de Dios. Abrir la boca para objetar, para reprocharles, exigirles o responderles no es una opción. ¿No fue por eso por lo que en el 2019 Jensen Medina mató a Arellys Mercado?: «por guapetona», decían los comentarios de un sector del pueblo lector en el periódico, «por picúa», «por creerse macho».

Porque el mal carácter existe y hace daño, le he pedido a las once mil vírgenes que me suavicen. En Yoga me he aprendido las posturas de la Cobra, la del gato, la de la montaña, para que se me alinee el ser, la ira no me ciegue y el silencio estratégico por el que he optado tantas veces, no me envenene. He llevado un diario y he ido a terapia. Pero no podemos confundir la gimnasia con la magnesia. No he conseguido hacerme indiferente al chantaje del patriarcado, al te quiero si te callas. Es necesario hablar para exigir, reclamar y denunciar, para defender nuestra autonomía, para que no invaliden nuestras emociones y sentimientos, para que existamos más allá de lo que nos está permitido como mujeres.

No hay nada como el poder liberador de las palabras, paradójicamente, tampoco algo tan comprometedor.  Yo sé del peso que tiene la cultura sobre nosotras, sé lo difícil que puede ser desobedecer, sé que no todas estamos dispuestas a pagar el alto precio… Pero ¡qué caro nos sale, de todas formas, hacer buche!

Una visión vana de Napoleón

Cuando pienso en un periodo histórico reconstruido en el cine, me interesa ver una interpretación interesante y única de ese momento. Busco maravillarme con la construcción de las modas del momento, las acciones que mantuvieron el incidente histórico en la memoria colectiva y los escenarios donde posiblemente se llevaron a cabo los hechos. Pero, tan importante como esto, es la experiencia de cómo el director y su comunidad de artistas y técnicos exploran esa vivencia pasada. Así también logran comentar sobre el presente. Si es ficción histórica o no, me importa muy poco. No cuestiono si La historia oficial (dir. Luis Puenzo, Argentina, 1985) es basada en un suceso real. Está basada en muchas desgracias que ocurrieron en Argentina bajo la dictadura militar. La primera vez que la vi, me aterró tanto como el descenso al infierno de Jack Torrance (Jack Nicholson) en The Shining (dir. Stanley Kubrick, EEUU y Reino Unido, 1980). El entorno donde respiran los personajes de La historia oficial revive el terror del pueblo argentino durante los 1970 y principios de los 80. Esto es precisamente lo que busco en una película. Los creadores de un largometraje interpretan esos silencios que persisten entre los fragmentos escondidos en alguna colección polvorienta y olvidada. La investigación que hizo Kubrick para dirigir su versión de Napoleón, que nunca pudo lograr, es tan fascinante como el texto de C.L.R. James, The Black Jacobins, donde el escritor explora el diálogo entre la revolución francesa y las ideas de Toussaint L’Ouverture. La experiencia de la Francia de Napoleón en manos de Kubrick y de su equipo es un silencio que la más reciente Napoleon (dir. Ridley Scott, EEUU y Reino Unido, 2023) no puede llenar.

En Napoleon, Scott sigue la carrera de Napoleón Bonaparte (Joaquin Phoenix), su lucha con los políticos, su tempestuosa relación con Josephine (Vanessa Kirby), las batallas que hacen evidente sus geniales estrategias, su rol como emperador y su destierro a la isla de Santa Helena. Toda una vida de logros, abusos y amor obsesivo reducida a dos horas y media. Aunque su duración intimida, la película se siente como una carrera a través de la vida de Napoleón. La película brilla por las batallas ya que Scott sabe cómo montar secuencias de acción. El director de fotografía, Dariusz Wolski, balancea efectivamente la suciedad sangrienta de los campos de batalla sin perder de vista la belleza romántica del Paris de finales del siglo 18 y principios del 19. El caos del golpe de estado dirigido por Napoleón contra el Directorio francés se torna en un eco de la batalla de Austerlitz.

Scott sabe montar un espectáculo, pero la película se siente vacía. El conflicto humano es olvidado por completo. En una película como The Last Duel (EEUU y Reino Unido, 2021), Scott presenta unas impresionantes escenas de pelea sin perder de vista los conflictos humanos que llevan a estas. Sin embargo, en su mas reciente película, la relación entre Napoleón y Josephine se reduce a unos vistazos interesantes pero que no llevan a nada. Con todo y eso, es inevitable notar la excelente actuación de Vanessa Kirby, que encarna una Josephine atormentada por sus circunstancias pero que mantiene al Napoleón de Phoenix bajo su control. Phoenix interpreta un Napoleón vulgar, brusco y malcriado, semejante al Mozart de Tom Hulce en Amadeus (dir. Milos Forman, EEUU y Francia, 1984). Napoleon pierde potencia por la falta de exploración de los juegos políticos que llevan a las grandes batallas y por haberle restado importancia a la relación de Bonaparte y Josephine.

A pesar de que la vida es muy corta para escribir sobre películas que no me gustan, todavía me queda esperanza por Napoleon. Se espera que cuando la película pase a la plataforma de Apple TV en enero de 2024, esta será de una duración de cuatro horas. Existe la posibilidad de que Napoleon brille si se exploran las interesantes relaciones humanas que promete. Pero la película que se exhibe en la pantalla grande carece de esos elementos que le inyectarían vida al espectáculo vacuo.

Los cuentos de la historia

La historia es un cuento. Un cuento que se cuenta, quiero decir. Un cuento que cuenta dos o tres, (cien o mil) cosas. Pero el cuento que cuenta la historia no es, o no debería ser, para creer o ser creído, sino para comprender, al menos para tratar de comprender algo que pasó, o creemos que pasó, si me permiten la confusión. Lo que no debería ser la historia es ser un cuento para creer (o seguir creyendo) algo que creíamos, o nos han hecho creer.

Algo así como que los taínos creían que los españoles eran dioses. Pues los españoles no eran dioses ni mucho menos, vamos que ni españoles eran (castellanos, extremeños o andaluces, en todo caso). Pero tampoco los taínos eran taínos, aunque no sabemos cómo se llamaban ellos a ellos mismos. Es más, esos que no eran taínos, no eran unos seres primitivos, estáticos que apenas sembraban yuca y confeccionaban el casabe. Tampoco eran indios porque no eran de la India. Más bien, una amalgama de pueblos de diferentes procedencias, del Orinoco, de los Andes, de Yucatán y de variados troncos lingüísticos, que transitaban ese mar, luego llamado Caribe, por diversas rutas. Estos variados grupos humanos coincidieron en estas islas, a veces comerciaban entre sí y otras peleaban, y es posible que se reunieran para compartir sus areitos en los bateyes de Caguana o Tibes, por lo menos.

Y si seguimos con los cuentos que nos han hecho creer, habría que descreer el cuento de un tal Diego Salcedo, pues no aparece su nombre en ningún registro que atestigüe su existencia. Entonces es posible que los indios, que no eran de la India o los taínos que ya sabemos que no se llamaban a sí mismos taínos, no ahogaron a un español que no era español (pero como no hay registros de su existencia tampoco sabemos si era castellano o aragonés) en las aguas del río Guaorabo, luego llamado Añasco. Sabemos que si esto ocurrió no fue porque pensaran que eran dioses inmortales pues es muy poco probable que los aborígenes no hubiesen atestiguado la muerte de alguno de los invasores luego de casi 20 años de coexistencia. Pero me gustaría pensar que sí lo ahogaron sin importar cual fuera su nombre, ya no para comprobar inmortalidades, si no para comenzar rebeliones.

 

Tal vez no hubo un Salcedo ahogado, pero sabemos que sí hubo un Juan Ponce que dicen que por pacificar al Higüey, lo premiaron con la posibilidad de continuar pacificando a Boriquén (Borinquén, Buruquen, según el cronista escuchó, o recordó escuchar o le contaron, por eso del cuento), y la oportunidad de administrar la extracción de las riquezas de esta Isla que les dio con llamar San Juan Bautista. Entonces, si tuvo que pacificar a esos que ni eran indios, ni taínos, tampoco borinqueños o boricuas, es porque no eran tan pacíficos como nos contaron el cuento.

También nos contaron que dejaron de existir, que sólo nos dejaron algunos artefactos primitivos y las fantásticas y acomodaticias historias contadas por los cronistas, que por mucho tiempo hemos creído porque nos las han hecho creer. Pero no todos fueron aniquilados por las enfermedades o murieron exhaustos y abusados por las encomiendas. También murieron en los constantes ataques a los invasores europeos, porque no solo se rebelaron una vez, en 1511, si no que hasta finales del siglo XVI estuvieron dando la batalla. Cuentan que se unieron a los indios (que no eran de la India) y que los españoles llamaron caribes, dizque por caníbales. Pero eso era parte del cuento para esclavizarlos sin las inconveniencias de las encomiendas.

Es probable que también haya habido una integración a la nueva sociedad que se fue conformando en esta Isla del mar que se terminó llamando Caribe. Una vez vestidos y cristianizados como los invasores dejaron de ser indios, y finalmente absorbidos genéticamente nos dicen los vestigios mitocondriales de muchos, pero que les dieron a los españoles las herramientas culturales para adaptarse al medioambiente tropical: técnicas de cultivo y preparación de alimentos, o del algodón, conocer a los vientos y saber cuándo y cuánto iba a llover o refugiarse contra las inclemencias huracanadas. Mas ese es el principio de un cuento que apenas empezamos a contar para dejar de creernos el cuento de los buenos y pacíficos taínos que recibieron a, ¿cómo se llamaba?, Cristóbal Colón, o Cristóforo Colombo, ese marino perdido en el medio del mar buscando llegar al lugar de los cuentos de Marco Polo.

En fin, la historia es un cuento que nos cuentan para que nos creamos ese cuento. Pero también es un cuento que se puede contar para ayudarnos a dejar de creer en los cuentos que nos contaron. Yo prefiero los cuentos que nos ayudan a entender por qué nos contaron esos cuentos; y que nos pueden dar las herramientas para no creernos tanto cuento y advenir al conocimiento.