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A las criollas no les gustan los besos a la francesa, reporta Monsieur de Saint-Méry

Andaba por ahí buscando información sobre las enfermedades en el Santo Domingo de la época colonial, y allí, en el estante, paradita, estaba la Descripción de la isla de Santo Domingo, de Monsieur Mederic Louis Élie Moreau de Saint-Méry (1796-1798).

Lo conocía de antes, ya que es un documento fundamental en la historia colonial nuestra. Cubre descripción (topográfica, física, civil, política e histórica) de ambos lados de la isla. Pero no creo que lo había leído con atención. Al igual que “La idea del valor de la isla española” de Sánchez Valverde, y probablemente por los mismos motivos, el volumen de Saint-Méry contiene sobre todo mucha geografía. Las historias sobre los duelos entre los corsarios y los colonos del lado español resultan de mayor interés, ya que completan la narrativa del sismo que dividió la isla en dos. En nuestra media isla, solo se escucha la mitad de la historia.

Sobre las enfermedades de la época en el Santo Domingo español, no había mucho. Según Saint-Méry, eran pocos los males circulantes, y esto se debía a la sobriedad general de la gente. Apunta como las enfermedades más corrientes las fiebres malignas y las pleuresías, y cuenta que, como no se practicaba la inoculación, las viruelas malas hacían verdaderos estragos. También apunta que había lepra, y que los españoles, en despliegue de apabullante ahistoricidad, la atribuían a América.

Hay que señalar que Moreau de Saint-Méry era, además de francés, caribeño. Proveniente de familia martiniquense de medianos medios, se casó bien y logró convertir una pequeña herencia familiar en una carrera legal y política espectacular en París. Llevaba sus simpatías por la ilustración en la mano derecha, y en la izquierda, profundo desdén hacia los derechos naturales del hombre. Como abogado, arguyó que el código francés estaba bien para Francia, pero no era aplicable a las realidades de las colonias y al contexto de la esclavitud, y ciertamente, nada aplicable a los esclavos que su familia poseía. Se posicionó como miembro del parlamento francés, eventualmente fue nombrado presidente del Museo de París. Viajaba mucho entre Francia y el Caribe, hasta que le tocó salir huyendo durante la revolución francesa. A su regreso a Francia, entró como historiador del ejército. Napoleón lo nombró administrador en la campaña de Parma, pero lo despidió por una revuelta mal manejada, y solo cierto parentesco con Josefina le protegió el pescuezo. En una ocasión, Napoleón regañó a Saint-Méry con aspereza, mientras trataba de argumentar que otros lo habían hecho quedar mal por su excesiva rectitud: “Sire, no pido que se recompense mi rectitud; sólo suplico que sea tolerada”. Cuentan que Napoleón le contestó que se despreocupara: “Esa enfermedad no es contagiosa”.

Una sale a buscar una cosa, y se encuentra con otra

En el tomo sobre la parte francesa de la isla, Monsieur Mederic Louis Elie, fiel a su postura legal sobre la esclavitud, se dedica a fundamentar la llamada aristocracia de la epidermis, proponiendo ciento veinte y ocho divisiones raciales de mestizaje, incluyendo la distinción, hoy en día olvidada, entre un grifo y un sacatrá. No le interesaban ni la igualdad, ni las semejanzas. Solo las diferencias. El tomo sobre la parte española de la isla está enfocado en contrastar el Santo Domingo español con el Saint Domingue Français.

Encuentra la parte francesa superior en todo rubro, incluyendo la vivienda, los caminos, la moda, la comida, el empleo de los días, y el que las leyes sobre la esclavitud estuvieran muy descuidadas en la parte española. A los criollos españoles los juzga religiosos, pero concluye que solo por hipocresía, y declara que su hábito de siesta es “costumbre favorita de una nación perezosa”. Saint-Méry rechaza tajantemente la idea de que los criollos de pelo lacio tuvieran sangre indígena, ya que, como se sabe, esa raza desapareció por completo de la isla.

Lo más notable, notorio y espectacularmente trasnochado de la crítica de Saint-Méry al Santo Domingo español es su descripción de las mujeres criollas. Comienza por contar que en Santo Domingo las mujeres no vivían recluidas, como en España, y solo usaban velo o mantilla cuando iban a misa. Si las mujeres eran distinguidas comme il faut, es decir, como dios manda, la mantilla era de estameña negra y seda. Luego se dispara: “Las criollas españolas no deben sus encantos sino a la naturaleza, que parece ser avara con ellos, como si temiera prodigarlas inútilmente. Todo lo que la sociedad de las mujeres amables tiene de delicioso, es cosa ignorada por los criollos de Santo Domingo. El amor solo aproxima allá a los dos sexos, pero no ese dote o amor delicado que es herencia de otro pueblo”. Traducido al dominicano, dice que las criollas son feas, sin gracia, y que solo sirven para la cama. Fiel a su interés en las ciencias naturales, pasa a la descripción física: “son generalmente muy gruesas […] la elegancia y la esbeltez del talle es una gracia que ellas ignoran, así como los del tocador”. Se escandaliza con su hábito de mascar tabaco, que amarillea la blancura de los dientes: “Las criollas españolas pretenden que esa costumbre les evita contraer el escorbuto”. Para Saint-Méry, habían dos clases de mujeres, las deliciosas, y las otras, no deliciosas ni delicadas.

Aun dentro del tono general del texto, me sorprende la vehemencia de su crítica a nuestras criollas. No soy hombre, y poco entiendo la lógica de la mirada masculina, pero mis hijos, cuando los llevaba a Santo Domingo de chiquitos, me preguntaban que por qué las mujeres allá eran tan bonitas. ¿Qué mosca le habrá picado a Mederic Louis Elie?

Sigo leyendo y me encuentro con la siguiente línea: “Las criollas españolas no se dejan ni besar ni abrazar a la francesa, y encuentran que nuestra costumbre es poco delicada.” ¡Qué personaje este, Moreau de St. Méry! Lo busco en Wikipedia, y veo que tenía una cara de sapo blancucho y los pelos en retirada, y una panza que le amenazaba los botones de la chaqueta. Mi método carece del celo empírico y la modestia interpretativa del historiador. Yo indago por la ruta de la curiosidad y la imaginación. El instinto telenovelesco se dispara, y visualizo en technicolor y sensurround full una escena de seducción fallida: Saint-Méry acercándose a una criolla del campo, vestida de amarillo y sin corset, de piel canela clara y sin velo, hermosa y sin afeites, que no se impresiona con su pedigrí de funcionario, ni le acepta besos a la francesa. La descripción entera de una media isla, flotando en un archipiélago alucinante, hecha por un escritor alucinado, se ilumina con el áspero relámpago del rechazo de una mujer que no era una de las damas comme il faut.

Representaciones de Estados Unidos en el siglo 19 puertorriqueño: caminos del 1868

La discursividad respecto a Estados Unidos y los usos de su imagen por los proponentes del Informe sobre la abolición inmediata de la esclavitud en la isla de Puerto Rico de 1867 presenta problemas interpretativos. Una alianza entre los abolicionistas radicales procedentes del separatismo y los del liberalismo reformista gradualista no podía ser duradera. La Junta Informativa había sido convocada para, en lo social, discutir la situación laboral y no la abolición. Desde mi punto de vista había algo de maniobra en el reclamo común. Es posible que los representantes imaginaran que exigiendo lo máximo podrían conseguir lo mínimo. En realidad, la proposición esperaba colocar al esclavismo español y a su institucionalidad contra la pared a sabiendas de que su objetivo no se cumpliría.

Fragilidades: ¿Cómo alcanzamos la modernidad?

La alianza entre los liberales reformistas y los separatistas planteaba una serie de contradicciones. Utilizaban a Estados Unidos como modelo modernizador a la vez que lo esgrimían como un arma para chantajear a España al mostrarlo como una amenaza a la permanencia de aquella en el hemisferio. Suponer que al abolir la esclavitud en Puerto Rico se evitaría la intervención de aquel país en los asuntos españoles no era creíble. No fue la única ocasión que se recurrió a ese argumento trivial. La situación recuerda la de 1897 cuando muchos autonomistas y conservadores imaginaban que, imponiendo a toda costa y sin el debido proceso parlamentario una carta de derechos, una ley electoral y una autonomía colonial moderada, se evitaría la intervención de aquel país en el conflicto cubano.

La alianza táctica de 1867 era tan quebradiza como las bases en las cuale se sostenía. El afán modernidad de unos y otros era el mismo. Los abolicionistas liberales reformistas o especialistas confiaban en alcanzarla al lado de la España liberal monárquica o republicana, y en que esta nueva entidad, una vez consolidada, reconocería la igualdad con la que aquel sector ideológico fantaseaba.

Los abolicionistas separatistas independentistas sostenían que, al lado de España, monárquica o republicana, nunca seríamos modernos y por eso confluían en invocar la amenaza estadounidense para espolear el cambio. No empece, reconocían al menos dos cosas. Por un lado, que la abolición no era todo el contenido de lo “moderno”; y, por otro lado, que esa y cualquier otra reforma sería más accesible fuera del control de España.

La representación que cada sector se había elaborado sobre España estaba en los extremos opuestos. El contraste entre españolizar (asimilar) o desespañolizar (separar) era el núcleo del diferendo y un dilema sin solución.

Betances Alacán apostaba a la “desespañolización”, una metáfora razonablemente parecida a la “descolonización”, como respuesta a la incapacidad de España de adelantar el progreso de Puerto Rico [1]. En cierto modo, la “desespañolización” material y espiritual, ante el fracaso de los proyectos rebeldes de 1868 en Lares y Yara, acabó por vincularse a la confederación antillana, un proyecto compartido por separatistas independentistas y anexionistas que apenas germinaba en 1867. Para los independentistas, aquella meta se garantizaría intensificando las relaciones con la Europa avanzada. Para los anexionistas, intensificando las relaciones con Estados Unidos. La representación de aquel país en uno y otro territorio era disímil.

Rupturas de un proyecto de liberación

La convergencia ideológica entre reformistas liberales y separatistas terminó poco después del fin de la Junta Informativa de Reformas por cuestiones que no se circunscribían a la cuestión de la esclavitud y su abolición. Las porfías tuvieron que ver con un desacuerdo en cuanto a la táctica y la estrategia a seguir a la hora de adelantar ese y otros cambios. En cuanto al asunto de la esclavitud, los separatistas acabaron por asumir que la abolición solo sería posible de la mano de la independencia. En cuanto al cambio político, se consideró que, para concretar el rompimiento con España, habría que recurrir a la lucha armada. Como era de suponerse, usaron el fracaso de la Junta para estimular, sin éxito, la radicalización de los liberales reformistas. Aquel era un sector resiliente que confiaba en la España liberal y cuyos postulantes no estaban dispuestos a confrontarla fuera del marco de la legalidad. La mítica reunión en la finca “El Cacao”, propiedad de Luis Gustavo, hermano de José Julián Acosta en el verano de 1867, fue el escenario de una ruptura que dejó a los separatistas aislados de un importante segmento de los liberales [2].

La vigilancia sobre los firmantes del Informe… y el hecho de que Ruiz Belvis tomase la decisión de evadirse del país a fin de articular con Betances Alacán una conjura separatista independentista, opción de la que hicieron depender la abolición radical de la esclavitud en adelante, abrió un abismo entre ambos sectores. El nacionalismo político de la década de 1920 y 1930, ante el imperialismo estadounidense, trató sin éxito de subsanar aquella fisura.

Tras el rompimiento, cuando los separatistas llamaban la atención sobre la esclavitud, lo hacían con el propósito de adelantar la independencia y, de paso, confirmar la distancia que los separaba de los liberales reformistas. Ese sector acabó por rechazar cualquier colaboración con los separatistas por su disposición a apelar a la violencia y no porque estuviesen menos comprometidos con la abolición.

En cierto modo, la abolición de la esclavitud en 1873 desmintió a los separatistas al demostrar que una abolición gradual y conservadora era posible. El acto estimuló la reanimación de la fe en la España liberal y su capacidad para conducir a la colonia por la ruta del progreso y los moderó aún más, redirigiéndolos del asimilismo al autonomismo. La diferencia de estas tendencias en el seno del liberalismo no eran muchas. Una y otra asegurarían que Puerto Rico seguiría siendo español y mantendría una distancia segura de Estados Unidos, considerado un excelente socio económico del cual había que mantener cierta distancia política. El “autonomismo asimilista”, que fue lo que se impuso en 1897, fue una expresión política más del integrismo de buena fe que caracterizó al liberalismo en general [3].

El hecho de que el Informe… de 1867 se hiciera público en 1870 en Madrid en un impreso del Establecimiento Tipográfico de R. Vicente y que circulara entre el exilio antillano confirma su transformación en una pieza de carácter propagandístico [4]. El volumen, que fue producido por un editor respetable, demuestra que la abolición radical era un eje fundamental para la cohesión del separatismo en general, fuese este defensor de la independencia o de la anexión. La presencia de dos voces liberales reformistas en la portada solo servía para recordar que la alianza con aquellos había terminado.

Otro punto de disenso entre los abolicionistas liberales reformistas y separatistas entre el 1867 y el 1873 fue el asunto de la indemnización. Dentro del lenguaje liberal, la “indemnización” no era otra cosa que una compensación por la pérdida de una propiedad reconocida como “legítima” por un orden que procedería a “ilegitimarla”. Desde la perspectiva del derecho, la abolición no era más que una expropiación forzosa. Dado que se asumía que la retribución por la pérdida de un bien de capital (el esclavo) se reinvertiría en la modernización de la industria para hacerla más competitiva en un mercado en el cual los azucareros iban en retroceso, el estado debía estar dispuesto a concederla y los ex-esclavistas dispuestos a recibirla. Es probable que, incluso los abolicionistas más convencidos de que la emancipación era un acto humanitario o filantrópico, estuviesen tan ansiosos por obtenerla como los conservadores. Pero la “indemnización” equivalía a aceptar que el esclavo era una res o cosa, un bien de capital más. La compensación serviría para comprar tecnología, adelantar la centralización de la producción cambiando las condiciones del mercado y mitigar los costos de la mano de obra en el marco del trabajo libre, plazas que habrían de ocupar los libertos, un nuevo jugador en el entramado de la sociedad puertorriqueña.

Al recorrer aquel proceso, dos asuntos han sido pasados por alto una y otra vez. Primero, la tendencia de los liberales reformistas y separatistas en 1867 a idealizar la mano de obra libre como signo de progreso de carácter igualador y benefactor. Segundo, la propensión a edulcorar las condiciones de vida social de los trabajadores libres en el contexto de Estados Unidos, así como a celebrar su vida económica y social. En cierto modo, daban crédito a un tipo de “sueño americano” propio de su tiempo.

Este no es el lugar para discutir la situación de la clase obrera en aquel país en el último tercio del siglo 19. Solo haré un par de observaciones al respecto. En un valioso estudio sobre la historia del terrorismo, el historiador alemán Walter Laqueur (1921-2018), al comentar la evolución de la violencia y su relación con el anarcosindicalismo y los conflictos laborales en aquel país, no vacilaba en afirmar que “casi desde sus inicios, las disputas laborales en Estados Unidos fueron más violentas que en Europa” [5]. El apunte se hacía a la luz de la experiencia de los Molly Maguires irlandeses en la década de 1870 vinculados a la industria minera y la bomba de Haymarket en 1886 en Chicago. De otra parte, la movilización de las fuerzas armadas contra trabajadores en huelga era común. Ya se sabe la tarea que en ese ámbito cumplió el General Nelson A. Miles (1839-1925) entre mayo y junio de 1894, en medio de un conflicto en la industria ferroviaria Pulmann a las afueras de Illinois que tanto afectó el tráfico ferroviario en el medio oeste de Estados Unidos [6]. En general, la utopía moderna, en lo que al trabajo y los trabajadores se refería, poseía dos rostros.

Notas:
[1] Adriana María Arpini (2008-2009). “Abolición, independencia y confederación. Los escritos de Ramón Emeterio Betances, El Antillano” en Cuyo. Anuario de Filosofía Argentina y Americana 25-26: 189. He discutido el tema de la desespañolización en Mario R. Cancel-Sepúlveda (2023), “Otros Betances: intersecciones y fronteras”, en Puerto Rico entre siglos. URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2023/06/15/otros-betances-intersecciones-y-fronteras/.
[2] Germán Delgado Pasapera (1984) Puerto Rico sus luchas emancipadoras (Río Piedras: Cultural): 118.
[3] Sobre este asunto puede consultarse Manuel Elzaburu Vizcarrondo (1971), Prosas, poemas y conferencias (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña): 7, 274-306. Aquí, “autonomía” y “armonía”, en el sentido que le adjudicó Auguste Comte (1798-1857) a ese concepto, son considerados sinónimos.
[4] Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta y Francisco M. Quiñones (1870) Informe sobre la abolición inmediata de la esclavitud en la isla de Puerto Rico (Madrid: Establecimiento Tipográfico de R. Vicente).
[5] Walter Laqueur (2003) Una historia del terrorismo (Barcelona: Paidós): 48, 96-98.
[6] Remito al interesado al breve relato de Nieve de los Ángeles Vázquez (2023) El Jefe: populismo y corrupción en el Puerto Rico de 1898 (Edición de la autora): 67-68.

La literatura LGBTQ+ en Puerto Rico

Especial para En Rojo

La literatura LGBTQ+ ha sido un vehículo poderoso para la expresión y la visibilidad de las comunidades en Puerto Rico, reflejando tanto los avances como los desafíos en la aceptación social. A lo largo de las décadas, la literatura ha servido como un espejo de la sociedad puertorriqueña, capturando las tensiones entre la tradición y el cambio. En los años 50 y 60, los escritores LGBTQ+ enfrentaron discriminación y censura por parte de la academia y editoriales, pero persistieron en su lucha por la expresión auténtica desde la diáspora forzada. El cuento “¡Jum!”, del autor Luis Rafael Sánchez, publicado en 1966, constituye un emblemático ejemplo de la homofobia y la violencia antihomosexual colectiva previas a los movimientos de liberación. Con el tiempo, la literatura LGBTQ+ en Puerto Rico ha ganado prominencia y aceptación, como se evidencia en la antología pionera «Los Otros Cuerpos» (2009), la reedición y estudio de la obra de figuras literarias como Manuel Ramos Otero y Abniel Marat, y la visibilidad local y en el exterior de importantes autoras y autores queer en diferentes géneros literarios.

La censura y la reacción pública a esta literatura siempre han sido complejas en nuestra sociedad colonial. La literatura LGBTQ+ puertorriqueña no solo se enfrenta al rechazo de los lectores conservadores, sino que también le afectan los problemas sociales adyacentes al colonialismo, como el elitismo académico y literario, el clasismo, el machismo y el eurocentrismo que han predominado en el ambiente literario creando un canon constituido por escritores de género masculino, cristiano, blanco, de alcurnia, que gira alrededor de un imaginario patriótico y nostálgico que dejó poco espacio para otros sectores como las mujeres, afrodescendientes, la clase obrera y otras marginalidades.

Ya para la década de los setenta hay voces muy fuertes que simplemente no pueden ser ahogadas. “Concierto de metal para un recuerdo y otras orgías de soledad” (1971) de Manuel Ramos Otero abre un periodo fundacional que continúa hasta los años noventa: “Las mujeres no hablan así” (1981) de Nemir Matos Cintrón; “Las voces del asedio” (1988) de Armindo Núñez Miranda; “Poemas de lógica inmune” (1991) de Joey Pons y Moisés Agosto Rosario; “Cabronerías: historia de tres cuerpos” (1995) de Daniel Torres; “La patografía” (1996) de Ángel Lozada; “Sirena Serena vestida de pena” (2000) de Mayra Santos Febres y “De buena tinta” (2000) de Osvaldo Luis Cintrón.

El “Boom” de la literatura LGBTQ+ puertorriqueña se dio tardío, si lo comparamos con el resto de Hispanoamérica, en la segunda década del siglo veintiuno, como consecuencia de la publicación de la antología “Los otros cuerpos” (2009), el proceso de liberación de la literatura fuera de los círculos literarios riopiedrenses con la creación de la Maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón y el auge de las redes sociales. Un junte de nuevas voces lideradas por los veteranos Abniel Marat, Daniel Torres y Aixa Ardín Pauneto crean el colectivo literario Homoerótica y toman por asalto la actividad literaria en la capital. Autoras como Yolanda Arroyo Pizarro, Ana María Fuster Lavín, Luis Negrón, Eirïc R Durandal Stonecrow, Carlos Vázquez Cruz, Max Chárriez y Xavier Valcárcel son un ejemplo de este movimiento que todavía sigue activo en el quehacer literario 10 años después. Como consecuencia surgen nuevas marcas editoriales y una gestión cultural sin precedente.

En términos de recepción, la literatura LGBTQ+ ha provocado una variedad de respuestas. Por un lado, hay una aceptación creciente y un reconocimiento de la riqueza cultural que aporta esta literatura. Por otro lado, persisten las actitudes conservadoras y la resistencia, en especial de la academia. En Puerto Rico, la literatura LGBTQ+ no solo es un reflejo de la lucha por la igualdad y la aceptación, sino también un catalizador para el diálogo y el cambio social, político y económico.

El panorama actual en Puerto Rico muestra una dualidad: un movimiento LGBTQ+ imparable y una sociedad que aún está aprendiendo a abrazar plenamente la diversidad. La literatura LGBTQ+ sigue siendo un campo de batalla simbólico y real para los derechos y la representación, y su evolución continuará siendo un barómetro crítico del progreso social en la isla.

Puerto Rico para todes 

 

Especial para En Rojo

En el año 1970, a la edad de 15 años, ante mi comunidad escolar, asumí mi identidad de género como hombre transmasculino. Entonces fui referido a la clínica de psiquiatría que el Departamento De Instrucción Pública mantenía en Río Piedras. Durante tres años fui sometido a tratamientos de terapias (torturas) de conversión dirigidas a suprimir mi identidad de género, consistentes en psicoterapia, narcóticos farmacológicos y exámenes físicos. A los 18 años me independicé de mi núcleo familiar y a motu proprio opté por salir de dicho tratamiento. Esto me marcó, y las secuelas del daño ocasionado a aquel niño que fui aún siguen vigentes. No obstante, soy un sobreviviente.

En el año 1989 me encontraba de vacaciones en el Estado de N.Y. Coincidió con el evento de la parada de orgullo gay a la cual asistí. Llamó mi atención ver a muchos de los presentes, desfilar con uniformes o atuendos propios de su profesión. Policías, bomberos y bomberas, profesionales de la salud y profesionales del derecho que vestían sus togas, entre otras y otros. Pero lo que más me impresionó fue notar que cuando los y las policías desfilaban, los asignados a prestar servicio de seguridad al evento intencionalmente se viraban, dándole la espalda a sus compañeros y compañeras, gais y lesbianas.  Una mezcla de dolor e indignación se apoderó de mí. Ese día también me marcó y desde entonces, decidí que desde mi humilde trinchera combatiría la discriminación, el abuso, la injusticia, y los prejuicios que derivan en desigualdad e inequidad hacia sectores en vulnerabilidad, con mayor énfasis en la comunidad LGBTTQI+ a la cual pertenezco.
Nuestra patria y la humanidad en general tiene una deuda de reparación para con los millones de personas pertenecientes a la disidencia sexual, víctimas de una violencia sistemática e institucional desde el patriarcado. Sistema diseñado para privilegiar al género masculino sobre el género femenino e invisibiliza la existencia de otros. Además, privilegia a las personas desde el constructo cis-heteronormativo.

Desde la revuelta de Stonewall el 28 de junio de 1969, cuando, cansados de redadas violentas, los gais, lesbianas y transexuales, se levantaron y decidieron combatir el abuso policial, hemos pagado con sangre, vida y libertad los avances en derechos humanos.

Es imperativo mantenernos alertas y combativos desde la resistencia, pues los derechos conquistados no están escritos en piedra y dependen del vaivén político oportunista. Hoy redirigido hacia la derecha opresora, que pretende regresarnos al Medioevo. La impunidad de los discursos tóxicos y agendas de odio desde espacios religiosos y de una política neoliberal y fascista promueven, patrocinan y menoscaban nuestro derecho a ser y existir en paz. Las redes sociales y la prensa comercial se hacen eco y cómplice de ello al sucumbir al morbo y diseminación de tales agendas discriminatorias.

En la legislatura de Puerto Rico hay políticos canallas legislando en contra de los derechos básicos de las personas de identidad Trans puertorriqueñas. Ello ha contribuido al discrimen en espacios de salud, (profesionales negando servicios a personas Trans y no-binarias), vivienda, educación y cupo laboral, lanzando a mujeres trans a la calle para dedicarse a la prestación del sexo servicio y poder sobrevivir para llevar el pan a su casa, desprovistas de leyes que protejan su vida o seguridad. En los últimos 4 años han asesinado alrededor de una docena de personas de la comunidad LGBTTQI+ y a la mayoría aún no se le ha hecho justicia. La Policía de Puerto Rico constantemente viola sus propios protocolos cuando se trata de víctimas de identidad Trans, provocando su revictimización y el desasosiego en un colectivo de por sí en estado de vulnerabilidad y riesgo.

Las leyes y políticas públicas dirigidas a facilitar y respetar el derecho de todo ciudadano independientemente de su identidad de género u orientación sexual son urgentes y necesarias en nuestra patria. Algunos de los derechos adquiridos, entre ellos el matrimonio igualitario y el cambio en el encasillado de genero de las personas Trans, han sido reconocidos a través del imperio colonizador, los cuales abrazamos desde la supervivencia y la vergüenza ajena debido a la cobardía de políticos elegidos por el pueblo.

Por otro lado, no importa quién sea ni de donde venga, no se pueden reconocer como luchadores de la libertad y los derechos humanos, a aquellos o aquellas que se expresan u ocupan espacios hostiles y de prejuicio en contra de la diversidad sexual, la misoginia, xenofobia o se proclaman trans-exclusionarias desde su privilegio cis. Por el contrario, son enemigos de la libertad.

El autor es activista por los derechos humanos.

Filmes flotantes 5: Wicked Little Letters, Scoop y Truth

 

En Rojo

 

Como me encantan las asociaciones que hace Juan Ramón Recondo con filmes del pasado reciente y remoto con estrenos del año en curso, intento en esta serie de ‘filmes flotantes’ comentar lo visto y experimentado en las salas de cine, el streaming continuo al que tengo acceso y un segundo vistazo a algo escrito en el pasado. Wicked Little Letters estuvo en Fine Arts por muy poco tiempo y se consigue ahora en Prime, Scoop pertenece al ofrecimiento de Netflix y el rescate del pasado de Truth complementa el tema periodístico de Scoop.

 

Wicked Little Letters
Directora: Thea Sharrock; autor: Jonny Sweet; cinematógrafo: Ben Davis; elenco: Olivia Colman, Jessie Buckley, Timothy Spall, Gemma Jones, Malachi Kirby, Alisha Weir, Anjana Vasan, Hugh Skinner.

No lo llamamos “cine minimalista” como los proyectos latinoamericanos que logran contar una historia en un mínimo de espacio, tiempo y diálogo, pero en el caso del Reino Unido, es un cine que enfoca en lo pequeño de un pueblo, una situación familiar o comunal con historias muy domésticas. Es algo que se rige por el espacio creado en un escenario teatral. Todo esto lo presento para situar esta comedia muy seria de cartas ofensivas a miembrxs “decentes” de la comunidad por alguien que todxs sospechan. Con actores tan versátiles como Olivia Colman en el personaje de Edith Swan, la solterona religiosa convertida en la eterna hija ejemplar de Edward (Timothy Spall) y Victoria (Gemma Jones), y Jessie Buckley como Rose Gooding, la joven irlandesa como madre soltera que no se queda callada y enfrenta cualquier desagravio con una retahíla de insultos, el filme se engrandece a pesar de su pequeñez. Es 1920 en Littlehampton y el escándalo recurrente es que Edith ha recibido 19 cartas ofensivas a su moralidad de mujer casta. Al recibirlas, Edith las lee en voz alta a su padre y madre con gran énfasis en cada palabra que alude a su sexualidad y a lo que debe hacer con ella.

Como Rose habla precisamente como las cartas recibidas por Edith, es arrestada, aunque no haya ninguna prueba, ni siquiera de que es su letra. Los veladores de la justicia y la moral arrestan a Rose y poco les importa que su hija, Nancy, quede a la deriva mientras está en la cárcel por no poder pagar fianza. Aquí entra en juego una mujer policía, Gladys Moss (Anjana Vasan), recién nombrada a un puesto que se han visto obligados a aceptar por ley (todavía la mujer no ejercía el voto-será ley en 1928, pero algunas leyes le abrían puertas después de su gran trabajo durante la 1era guerra mundial, 1914-18). Será ella, desafiando las órdenes de sus superiores, la que investigará y exonerará a Rose. Es una comedia pícara que, como nos dice Manuel Martínez Maldonado en 80 Grados, no debemos perder.

Scoop
Director: Philip Martin; guionistas: Peter Moffat y Geoff Bussetil; autora: Samantha McAlister; cinematógrafa Nanu Segal; elenco Rufus Sewell, Gillian Anderson, Keeley Hawes, Billie Piper, Romola Garai

Porque tengo un interés muy particular en cómo el periodismo se presenta en el cine, y aunque Scoop es muy británica en la importancia que le da a todo lo concerniente a la realeza, es un excelente episodio de cómo se logra encontrar evidencia suficiente para confrontar a alguien para revelar la verdad. El caso central es el historial y el arresto en julio 2019 en Nueva York de Jeffrey Epstein, seguido por su aparente suicidio un mes después. La conexión que busca la BBC es con el segundo hijo de la Reina Isabel, el príncipe Andrew. Y aunque la prensa amarilla de Gran Bretaña vive de los chismes de palacio, ellos mismos se ponen sus límites para evitar el rechazo oficial de la realeza. Como sabemos, esto no aplica a Meghan Markel, ya que ella es considerada una intrusa (estadounidense, divorciada, actora, “plebeya”, negra) y no hay barreras para sus ataques. La BBC tiene todavía mas que perder porque es una corporación que depende de sus subscriptores en su producción de noticiarios y programas, aunque siga siendo muy prestigiosa por la calidad de sus producciones y su equipo creativo e investigativo. Así que el desafío no es solamente encontrar un vínculo directo entre Epstein y Andrew, sino conseguir una entrevista con él donde admita ese enlace.

El equipo lo componen Sam McAlister (Billie Piper) como la joven investigadora que quiere acelerar todo, no importa el riesgo; Emily Maitlis (Gillian Anderson), la veterana periodista que estará a cargo de la entrevista a base de la evidencia que McAlister ha suministrado y Esme Wren (Romola Garai), quien intenta mantener el balance y a la misma vez llegar a una confesión pública de Andrew. Amanda Thirsk (Keeley Hawes), como la secretaria personal de Andrew es clave para que la entrevista se logre sin manchar demasiado la imagen del príncipe. Todxs lxs actorxs son maravillosos y se lucen en este escenario público y tras bastidores. Rufus Sewell, como Andrew, es irreconocible por lo bien que se transforma en este papel creado para el público y la realeza.

Rescate del pasado (2016)

Truth
Director y guionista: James Vanderbilt; autora: Mary Mapes; cinematógrafo: Mandy Walker; elenco: Cate Blanchett, Robert Redford, Topher Grace, Dennis Quaid, Elisabeth Moss, Bruce Greenwood, Stacy Keach, Dermot Mulroney, Noni Hazlehurst, John Benjamin Hickey.

Sin duda el caso que investiga 60 Minutes II en Truth es más directamente político porque es 2004, año de elecciones, y su tema es el récord militar del entonces presidente, George Bush, durante los años en que estuvo en la Guardia Nacional de Texas. Lo que se rumoraba y se convirtió en chiste es que Bush consiguió, por la influencia de su padre, no tener que ir a Vietnam al ser aceptado en la Guardia Nacional Aérea. Una vez ahí, iba y venía según le parecía, sin cumplir con los pocos requisitos que le exigían. Mary Mapes propone hacer un segmento de este programa, que se transmitía los miércoles (los domingos estaba reservado para 60 Minutes original), para exponer la verdad detrás de la retórica ‘patriótica’ de un presidente que llevó a los Estados Unidos a guerras interminables en Irak y Afganistán. Ya la agresiva campaña para reelegir a Bush revelaba, sin datos, la supuesta no heroicidad en Vietnam de John Kerry, el candidato demócrata. Hay que recordar que Mapes tenía a su haber una investigación de las detenciones y torturas en la prisión de Abu Ghraib por la que había ganado un premio Peabody y había trabajado con CBS desde 1989 en Texas y luego con 60 Minutes y el periodista y ancla de noticias, Dan Rather.

Su grupo de trabajo incluía a Mike Smith (Topher Grace), el teniente coronel Roger Charles (Dennis Quaid) y la ex reportera y profesora de comunicaciones Lucy Scott (Elisabeth Moss). Son ellos los que consiguen los documentos, testigos dispuestos a dar sus nombres y aparecer frente a las cámaras. Es Mapes la encargada de verificar todas las fuentes para asegurarse que la información que usan no puede ser atacada como falsa. Dan Rather recibe el producto final para revisarlo, aclarar dudas y poner las partes juntas. Somos testigos de todo ese procedimiento, pero también de las llamadas no contestadas, de conversaciones a medio decir y de versiones diferentes del mismo tema por la misma persona. Aún más importante, el apuro por tener el segmento listo para llevarlo al aire en fechas adelantadas, porque otros miércoles ya estaban llenos o porque tendrían entonces que esperar hasta después de las elecciones. Las noticias en la televisión nunca pueden ser como en el periódico, porque no hay espacio ni tiempo para ello. En un segmento de 10, 15 o 30 minutos 60 Minutes tiene que incluir todo el material de manera que amenice al televidente. No tiene la ventaja de la palabra escrita.

Los que inmediatamente responden al programa sobre Bush son los manejadores y blogueros del Internet donde se puede hacer cualquier acusación sin pruebas: decir que los documentos usados son falsos porque un signo que aparece en una carta no era parte del teclado de esa época solamente se puede refutar después de haber hecho nuevamente otra investigación y responder… ¿dónde?. Tanto aquí como en Spotlight, las presiones políticas o de grupos o instituciones poderosas se hace sentir y, en el caso de CBS, todavía más seriamente.

Nuevamente, las actuaciones son excelentes (Cate Blanchett convertida en Mary Mapes) y la ambientación de la presión para producir algo de impacto para la TV reflejan ese mundo de noticias que intentan revelar información importante, pero usando estrategias que atraigan a un grupo amplio poco interesado en el contenido.