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Llamado a Pierluisi a firmar el proyecto del código electoral

 

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

De el gobernador, Pedro Pierluisi, no firmar los  proyectos PC 004, PC 114 y PS 909,  que introducen enmiendas al Código Electoral del 2020, prevalecerían los elementos antidemocráticos y discriminatorios que contiene el CE aprobado en el 2020; entre ellos, el que un solo partido, el de gobierno, sea quien controle de manera absoluta la administración del proceso electoral.

Así lo advirtió a CLARIDAD el secretario general del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), licenciado Juan Dalmau Ramírez, candidato a la gobernación en las pasadas elecciones.

Los proyectos de enmiendas al CE del 2020 fueron aprobados el pasado viernes, 30 de junio, al cierre de la sesión Legislativa. La aprobación contó con el aval del PIP, del Movimiento Victoria Ciudadana, los legisladores independientes,  el Proyecto Dignidad y, por supuesto, de la delegación del Partido Popular Democrático.

Por su parte, la delegación del Partido Nuevo Progresista (PNP) no apoyó las medidas y, según adujo,  no fueron consultados. Ante esta queja, en declaraciones a la prensa, el gobernador Pierluisi dijo que tomaría en consideración la falta de apoyo de su partido a las enmiendas y que para él “era muy importante” que las enmiendas provinieran del consenso. Hay que recordar que el CE del 2020 fue aprobado por una Legislatura controlada por el PNP y no contó con consenso del resto de los partidos.

 

El secretario general del PIP señaló que aunque las enmiendas aprobadas no recogen  todas las aspiraciones de lo que debió haber sido una reforma mucho más profunda, no hay duda de que al evaluar lo sustantivo de cada una de ellas se llega a la conclusión de que hay mayor fiscalización y participación de los actores electorales de lo que existió en la elección pasada.“El peligro de que prevalezca el lenguaje de las enmiendas del 2020 es que un solo partido, que es el partido  de gobierno, controla absolutamente la administración del proceso electoral”.

Sobre la inclinación que aparenta el gobernador a no firmar la medida, destacó que el PNP el  es heredero de aquel que planteó que la política pública se guía por el “banquete total”, así que Pierluisi, si no endosa este proyecto, endosa la teoría del banquete total, cosa que en este caso no aplica, particularmente, en un gobernador que fue electo solamente con el 33 % de los votos”.

Le estaría haciendo  un flaco servicio al país

 También entrevistado, el comisionado electoral del PIP, licenciado Roberto Aponte Berríos, ofreció un breve recuento de cómo en este momento se llegó a consenso con el PPD para lograr cambios al código.

Repasó que desde el mismo escrutinio del 2020, con el resultado de las elecciones, el objetivo principal del PIP era que los partidos se sentaran a la mesa a discutir el CE. Por estos pasados dos años eso no fue posible debido a que el PPD estuvo “cogido de la mano con el PNP”. Con el cambio en la presidencia en el PPD y el regreso de Gerardo Cruz como comisionado electoral, se abrió la intención de diálogo. Berríos Aponte confirmó que en la reunión del pasado viernes se discutieron los cambios y los partidos y sus comisionados presentaron sus sugerencias y recomendaciones.

“Eso no quiere decir que es un proyecto 100 % que uno esté de acuerdo. No lo es. Pero por otro lado, hubo disposición al diálogo entre todas las partes. Es un proyecto que es mucho mejor al que hay. Actualmente estamos en espera de qué pase con el Gobernador, cuando cuatro partidos inscritos y legisladores independientes estuvieron dispuestos a llegar a unos consensos mínimos”, reconoció Aponte Berríos.

Añadió que es importante señalar que no hay duda de que el PPD ha estado en una posición de debilidad y es por eso estuvo dispuesto al final del camino a sentarse. Por otro lado, en estos momentos el gobernador está en una posición de debilidad, no solo porque cuatro partidos llegaron a un consenso, sino porque está débil ante el país. “Vamos a ver cómo responde a esa coyuntura que está habiendo en el país, cercano a unas potenciales primarias, a la radicación de candidaturas en su partido”.

Ante las alegaciones del PNP de que no fueron consultados, afirmó que ese partido  no ha estado dispuesto a sentarse con los cinco partidos a discutir el tema del CEE y que incluso así estuvo el PPD hasta que quedó poco tiempo para el cierre de la sesión.

Sobre la posibilidad de que el gobernador no firme el proyecto expresó: “si no lo firma, le haría un flaco servicio al país. Por otro lado, yo no me atrevo predecir qué va a ocurrir. En los próximos meses estarían  las cosas en el aire”.  Se refiere a  la  misma presidencia de la Comisión Estatal de Elecciones (CEE). Se supone que el término del licenciado Francisco Rosado Colomer como presidente de la CEE venza el 1.0 de diciembre, que es cuando vence a su vez su término como juez superior, por lo que no se sabe qué va a pasar de ahora a esa fecha.

Mientras, debido a que  la Asamblea Legislativa se fue de receso, el  gobernador tiene 30 días para firmar la medida desde el momento de la notificación. Si no la firma en ese periodo, se entiende  entonces que la medida no fue aprobada. Contrario a lo que aplica cuando hay sesión, que tiene 10 días para la firma, si no lo hace, se entiende que la  medida fue aprobada y tendría que hacer un voto expreso.

Hacen llamado al gobernador a que firme el proyecto

Por su parte, el presidente del PPD, Jesús Manuel Ortiz, dio a conocer que le envió una carta al gobernador Pierluisi, instándolo a firmar los proyectos.  La carta con fecha del 3 de julio incluye los cambios introducidos al actual Código Electoral, confirma la participación de los cuatro partidos y los legisladores independientes. “Como Presidente del Partido Popular Democrático, y con el respeto y la claridad con que me dirijo siempre, le solicito al gobernador que firme la medida en cuestión. De esa forma, damos ejemplo de convergencia, diálogo democrático y capacidad de colocar los intereses de Puerto Rico por encima de cualquier otro interés. No hacerlo colocaría a Pierluisi y a su partido nuevamente en contra de todo el país representado en la coalición política que avaló estos importantes cambios”, declaró Ortiz González.

Nota de última hora

En la tarde del lunes, 3 de julio, se anunció que  Rosado Colomer renunció a  la presidencia de la CEE para regresar a su puesto de juez superior tan pronto como el próximo 11 de julio.

 

 

A 20 años de ‘Vieques en el espejo de Panamá’

Foto suministrada por el autor.

Especial para CLARIDAD

El documental Vieques en el espejo de Panamá cumple veinte años de haberse estrenado. Un proyecto ambicioso que procuraba ampliar la perspectiva sobre el conflicto local que representaba el abuso de la Marina de Estados Unidos en Vieques y elevarlo a un contexto internacional. ¿Cómo hacerlo en cincuenta minutos? ¿Cómo ampliar el número de los actores de estas investigaciones y la exposición de estos temas?

El concepto se desarrolló en una propuesta que conllevaba una investigación puntual y exhaustiva en dos escenarios políticos y culturales parecidos, pero separados por millas de distancia. Por un lado, Vieques, por otro Panamá, dos regiones de nuestro Caribe intervenido por Estados Unidos con sus historias paralelas de colonialismo moderno. Allá con territorios expropiados para prácticas militares y experimentaciones, al mismo tiempo que se instalaba un centro de vigilancia y control geopolítico de valor estratégico para Estados Unidos. Acá, en nuestro archipiélago y con Vieques de epicentro, lo mismo. Una presencia militar hasta cierto punto descabellada, desproporcionada, producto de una aritmética política deshumanizante, tras lo cual ambas poblaciones sufren innumerables episodios de dolor y graves consecuencias a la salud, al tejido social y al bienestar general.

El concepto maduró y se adoptó como un proyecto del grupo de producción de documentales de WIPR conocido como Zona Franca.

Luego vino la idea de juntar esfuerzos con El Nuevo Día de modo que pudieran garantizarse más recursos para la investigación y una mayor exposición del mismo documental. Ello implicaba también comprometer de un modo más significativo los recursos de la televisión pública en un proyecto de comunicación de largo alcance en la lucha contra la presencia de la Marina, y por la descontaminación y la recuperación saludable de sus tierras y sus entornos. Todo esto fue viable luego de un proceso de tanteo y conversaciones en las que prevaleció la buena voluntad de todas las partes.

Aprovecho esta columna para compartir una vez más ese documental que vio su luz en el 2003. Tuve entonces la oportunidad de coordinar este proyecto como parte de mis funciones en WIPR y gracias al respaldo de Linda Hernández, entonces presidenta de la corporación pública de radio y televisión.

Fueron semanas largas e intensas de trabajo. Me permito aquí solo dos valoraciones puntuales de su resultado final:

* El trabajo de Eduardo Aguiar como director es monumental. Un tema denso, complejo, se trabajó sin concesiones a soluciones fáciles, pero eso sí, con buen gusto, ritmo y vuelo artístico. Ello incluye un cuidadoso trabajo de edición al que hay que sumarle también la musicalización de la mano diestra de Eduardo.

** El despliegue de valores informativos en esta pieza es extraordinario. Mención aparte merecen Ramón Bosque como investigador principal y Marcos Pérez como guionista. La colaboración de Benjamín Torres Gotay fue también muy valiosa en el tramo de Panamá.

Cada cual podrá cotejarlo a su gusto, pero lo cierto es que las fuentes de información son múltiples y variadas. El documental hace uso de archivos históricos de aquí, Panamá y de Washington D.C., la Biblioteca Carter en Atlanta, y también de colecciones privadas o personales. Las entrevistas cubren una gran gama de personas con muy distintos perfiles: expertos en historia militar y política, un exalmirante de la Armada estadounidense, varios importantes investigadores de los efectos de la contaminación y los experimentos militares, periodistas, ciudadanos corrientes, activistas… Los escenarios contrastan: el canal de Panamá, zonas de tiro de tiro en Vieques, un bosque en Massachusetts, desfiles artísticos, protestas y manifestaciones modestas o multitudinarias, además de recortes fílmicos de los experimentos militares con seres humanos. Se incluyen poemas y una exquisita música de fondo en su introducción y en el cierre. El eje fundamental, claro está, se constituye a partir de un buen conjunto de entrevistas.

¿Una mirada comparada de Vieques y Panamá? En alguna medida se trataba de colocar a Puerto Rico en el mundo y el mundo en Puerto Rico.

Los invito a examinar este documental veinte años más tarde, no sin antes consignar una vez más el respaldo que tuvimos de la presidenta de WIPR y de su personal, así como el apoyo que recibimos para el viaje a Panamá de parte del doctor Willie Ruiz y Médicos de PR con una Misión.

ENLACE AL DOCUMENTAL: “Vieques en el espejo de Panamá” https://vimeo.com/63843955

CRÉDITOS:
«Vieques en el espejo de Panamá» (enero 2003) 59 min
Dirección: Eduardo Aguiar
Producción Ejecutiva: Luis Fernando Coss, WIPR-TUTV (con una participación parcial de El Nuevo Día)
Investigación: Ramón Bosque Pérez
Narración: Gerardo Ortiz
Guión: Marcos Pérez Ramírez
Periodista: Benjamín Torres Gotay
Cámara y sonido: Carlos Navarro, Juan R Nieves, Iván Corraliza y Alberto García
Asistente Edición: Luis Corps
Asistentes de Producción: Kike Cubero y Marcos Pérez
Coordinadora de Producción: Yeidee de la Torre Semidey
Productor en Panamá: Guillermo Ledezma Bradley
Asistente en Panamá: César Martínez Lazo

Un enorme empujón hacia el pasado

 

Especial para CLARIDAD

La política neoliberal de privatización en Puerto Rico ha dado un paso decisivo con la privatización de las plantas de generación de energía eléctrica. Con el tiempo se podrá establecer el alcance de este crimen social. Algo, sin embargo, no puede olvidarse. La agresión al país se cobijó bajo la sombra pestilente de una dictadura que desmanteló de forma directa y descarnada toda simulación de autonomía local, construida por el dominio imperial. Representantes de la prensa han destacado, sin sonrojarse y sin aparente vergüenza, que la situación de la AEE fue devuelta al estado previo de la existencia de la Autoridad de las Fuentes Fluviales, organizada como corporación pública en 1941. Se ha hablado, pues, de un retroceso histórico significativo.

El enorme empujón de lanzamiento al pasado, en medio de una severa crisis económica, lo ha capitaneado un partido que dice ser estadista, desconectado del país, cuyo nombre afirma ser nuevo cuando lleva las entrañas podridas de corrupción. Mientras tanto, la otra pieza del bipartidismo, aletargado e insensible ante el desmantelamiento de su prestigioso proyecto histórico, ha dividido su atención entre un asentimiento vergonzoso e irresponsable o un silencio que emana cierto hedor a cementerio. Albizu Campos, a comienzos de la década del treinta, se refirió a la repetición de la vulgaridad como una manifestación de la experiencia colonial. Hoy podemos oír sus palabras y reconocer la vigencia de su fuerza. “El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia.” Es difícil negar una realidad que golpea la vulgaridad de la experiencia colonial: la privatización de la AEE se llevó a cabo bajo la dictadura  del Congreso de Estados Unidos mediante la utilización de su instrumento, la Junta de Control Fiscal. El golpe de agresión ocurrió después de liquidar en la conciencia pública todo el falso andamiaje de la simulación del gobierno propio con el objetivo de engañar al mundo. Y lo que es mucho más vergonzoso, con la aprobación y aplauso de los grandes intereses empresariales del país.

El retorno al pensamiento de Albizu Campos no es casual. En el interior de la aguda crisis económica y social de la década del treinta, el dirigente nacionalista hizo unas observaciones hoy más pertinentes que ayer: “Los que creen que van a conseguir la conversión de Puerto Rico en provincia norteamericana, ‘estado’, por medio de la adulación y del sometimiento están muy equivocados. Para llegar a esa finalidad, aunque suicida, los defensores de la estadidad tienen que dedicarse desde ahora mismo en la forma más agria y violenta a combatir todos los intereses norteamericanos establecidos en Puerto Rico. Esos intereses no han de renunciar a su condición privilegiada actual y no permitirán ponerla en peligro alguno por ningún cambio político. Toda cooperación con ellos refuerza su presente monopolio y estabiliza el régimen irresponsable que impera.” Albizu se refirió precisamente a la petición de estadidad del territorio de Arkansas. Con este objetivo, su legislatura aprobó un “Enabling Act” y propuso la celebración de una convención constituyente para transformar el territorio en un estado. Al ser denegada la solicitud por el Congreso, celebraron la convención constituyente y eligieron los representantes y senadores enviándolos al Congreso. “Ante la crisis política planteada, el congreso, entonces, tuvo que facilitar los trámites para el reconocimiento de Arkansas como provincia ‘estado’”.

La entrega de la riqueza nacional, o si se quiere, territorial, no es un camino hacia la estadidad ni un camino hacia la descolonización. El viejo bipartidismo, PPD-PNP, que se allanó desde hace décadas al fundamentalismo de mercado neoliberal, lejos de fortalecer la autonomía o de moverse hacia la estadidad, ha profundizado la relación colonial de subordinación y desigualdad. No es una casualidad que ambos partidos, empantanados en procesos de corrupción que han acentuado su separación de los intereses de grandes sectores de la población, estén inmersos en una crisis histórica sin precedentes. Si el enunciado albizuista no resuena como una acusación en sus oídos es por una razón principal: no hay en el bipartidismo ni vocación por la autonomía ni vocación por la estadidad. Ambas organizaciones son semejantes, aunque una es mucho más eficiente que la otra, por su inclinación a convertir la política en un negocio lucrativo. El afán no es mejorar las condiciones del país, elevar los niveles de vida de la población, sino el enriquecimiento por el carril de mayor velocidad, de una minoría social. Por eso incurren en continuas violaciones a las leyes que aprueban. Por eso su política colonial neoliberal tiene una característica que brilla sobre todas las demás: la hipocresía.

Veamos este aspecto con detenimiento. El neoliberalismo puertorriqueño, su especie colonial, se ha caracterizado por decir y repetir hasta el cansancio, a través de su gran prensa, que el objetivo de la privatización era: 1) introducir el mercado en el gobierno para atraer capital privado debido a la carencia de recursos del sector público; 2) aumentar la efectividad y eficiencia en la provisión de servicios esenciales, disminuyendo el gigantismo gubernamental ; 3) abaratar los costos de los servicios provistos para el bien de la población y la ampliación de la base económica del país; 4) superar la ineficiencia inherente al monopolio público. Todos estos aspectos han sido desmentidos por la privatización de la AEE. La privatización consumada bajo la dualidad LUMA-GENERA no ha aportado ningún capital al gobierno ni ha eliminado la situación de monopolio. Lo que ha hecho es substituir un monopolio público, cuyo objetivo no es el motivo de la ganancia, por otro monopolio privado, motivado por la ganancia privada. Lejos de abaratar la producción de energía eléctrica lo que ha hecho es encarecerla escandalosamente. Difícilmente se puede argumentar a favor de la eficiencia o de la mayor productividad. Por el contrario, la corrupción bipartidista parece haber emigrado a la empresa privatizada.

Pero la mayor expresión de hipocresía consiste en la reiterada retórica de la superioridad de la empresa privada sobre la corporación pública. Los medios masivos de comunicación y los políticos del gobierno y de la empresa privada han repetido esta vulgaridad de forma sistemática e incansable. Sin embargo, en el caso de la AEE se ha puesto al descubierto el verdadero significado de la supuesta superioridad privada. Todas las empresas involucradas en la privatización están a la caza de fondos públicos. Pero no son fondos públicos locales, sino federales. Lo que mueve a Luma y a Genera es la cantidad enorme de fondos federales asignados a la reconstrucción del sistema eléctrico. No son fondos aportados por las empresas privadas. Son fondos públicos que las grandes empresas privadas extranjeras vienen a pescar en el río revuelto creado por la vergonzosa dictadura de la Junta de Control Fiscal. El enunciado albizuista brilla hoy con mayor esplendor que en la atribulada década del treinta del pasado siglo. “El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia.”

Mientras tanto los políticos coloniales aplauden sin pudor la entrega del país. Claro, la corrupción, con la sonrisa del colonizador, ha permitido montar una brillosa fogata de diversión que tiene atolondrado al partido de gobierno. Hay una cualidad innegable en la cúpula de ese partido. Allí se ha atrincherado una claque económica poderosa en torno a la figura del gobernador que pretende derrotar cualquier intento de primarias en el partido. Si la Comisionada Residente quiere lanzar su reto, tendrá que enfrentar esa claque que ya tiene el hedor de una mafia. Claro, no podemos negar que estos caballeros van bien vestidos. Tienen hermosas chaquetas y corbatas brillosas. Nosotros, sin embargo sabemos, que la honradez rara vez va de compañía con el dinero.

 

 

 

 

 

Las viejas canciones del Viejo Bob

Respuesta a Jorge Lefevre

Especial para En Rojo

Querido y apreciado Jorge:

Nunca pensé que un mensaje de WhatsApp iba a generar un escrito tan contundente y emotivo, con la excusa de darme una respuesta. Y sé que probablemente no esperabas una respuesta a tu respuesta, pero, en las próximas líneas trataré de articular algo parecido.

Como bien sabes, Jorge, en julio del 2021, anunciaron que Bob Dylan- por entonces con 80 años recién cumplidos- iba a unirse a la corriente de músicos y artistas que presentaban “lives” en la pandemia, es decir: conciertos transmitidos vía streaming, para compensar en algo la ausencia de conciertos en vivo. La verdad que el anuncio fue algo sorprendente y sorpresivo. Ya los conciertos en streaming estaban disminuyendo a medida que se retomaban poco a poco las presentaciones en vivo. El viejo Bob, si acaso, llegaba tarde a la “moda”. El parte de prensa leía que sería una presentación de algunas de sus canciones más antiguas, de las décadas de los 60 y 70, con nuevos arreglos. Cosa rara también, y ambigua en el mejor sentido dylaniano, primero porque su repertorio es tan amplio que una selección de canciones antiguas podía significar cualquier cosa. Segundo, Dylan no es conocido por mirar atrás, y en décadas recientes ha hecho hasta lo imposible por disfrazar su antiguo repertorio con arreglos musicales que lo hagan irreconocible. Aun así, me imagino que el prospecto posible de sus fanáticos de verlo cantar “hits” como “Blowin in the Wind”, “Like a Rolling Stone” o “Mr. Tambourine Man” al fin, era uno de alta expectativa. El disco que me motivó a escribirte salió el pasado 2 de junio y se trata de la banda sonora de dicho “concierto”. Me senté ese mismo viernes al mediodía frente a la playa a escucharlo y rápido al terminarlo te escribí.

Jorge, ya que no viste el especial filmado, te cuento un poco de lo que recuerdo fue esa experiencia de verlo: Cuando llega el esperado concierto Shadow Kingdom y nos plantamos un grupo de amistades a presenciarlo frente al televisor, colectivamente pensamos: “nos la hizo otra vez”. El tal concierto no era un concierto como tal, si no una presentación filmada, en blanco y negro-dirigida por la cineasta israelí/estadounidense Alma Ha’rel-, con una atmosfera representativa de una especie de club de vaudeville sureño estadounidense, de la primera mitad del siglo 20. La instrumentación también rudimentaria y acústica (formato que Dylan ha desechado en pasadas décadas): varias guitarras, bajo, mandolina, un prominente acordeón, harmónica y una ausencia total de percusión. Los músicos, enmascarados, como para enfatizar quién estaba al centro del asunto. Un Dylan relajado y confidente, tocando la guitarra en “público” por primera vez en décadas y quién sabe si por última vez. Pasada ya la sorpresa del formato, quedaba la “incógnita” del “viejo repertorio” que ,como nos tiene acostumbrado, se caracterizó por una ausencia total de “éxitos”-aunque dos canciones que fueron interpretadas allí, “Forever Young” e “It’s All Over Now Baby Blue”, podría argumentarse que lo son- y por un auténtico quebradero de cabeza en cuanto a las posibles razones por las que el bardo de Dulluth decidió interpretar tal o cual canción en particular.

Canciones menos conocidas o “marginadas” de sus discos mas famosos y celebrados fueron rescatadas: “Queen Jane Aproximately”, “Just Like Thom Thumbs Blues” y “Tombstone Blues” de Highway 61 Revisited (1965), las tres en versiones soberbias que superan las originales- si tuviera que quedarme con una sola canción del trabajo, sin duda sería esta revisión de “Tombstone Blues”, lejos de la frenética y jovial versión original, interpretada por un zorro viejo bluesero de forma reflexiva y aparente quietud. De Blonde on Blonde (1966) encontramos “Most Likely You Go Your Way and I’ll Go Mine” en una fenomenal versión y una bluesera y tierna “Pledging my Time”. El repertorio privilegia su discografía de la segunda mitad de la década del 1960: además de los mencionados discos, Dylan recupera dos canciones de John Wesley Harding (1968) (“I’ll be Your Baby Tonight” y “The Wicked Messenger”), dos de Nashville Skyline (1969) (“To be Alone With You” y “Tonight I’ll be Staying Here With You”), además de la magistral “When I Paint my Masterpiece” del malogrado Self Portrait (1970) y una canción que nunca fue incluida en ningún disco oficial: “Watching the River Flow”, una de las mas divertidas de todo su cancionero.

Con esta arbitraria selección, Dylan como siempre nos deja con más interrogantes que clarificaciones. En “To Be Alone With You”, sustituye el original “just you and me” por el más gramaticalmente correcto “just you and I”, y parecería que estuvo más de medio siglo queriendo enmendar dicho error. Ni un apasionado defensor del subvalorado John Wesley Harding como yo puede entender la inclusión de “The Wicked Messenger” aquí, cuando ese álbum tiene composiciones que se me antojan eminentemente superiores-“I Dreamed I Saw St Augustine”, por dar un ejemplo. Las alusiones bíblicas de la canción tienen para su creador un peso en una búsqueda espiritual que aparentemente no ha cesado. Cuando escucho “What Was It You Wanted” de Oh Mercy (1989), también me pregunto qué carajo hace Bob. Obviamente, a él menos que nadie le importa la etiqueta de “canciones tempranas” que se impuso para el proyecto. Aunque, como bien dices Jorge, a la luz de sus 80, probablemente una canción de sus 48 años le parece temprana.

Jorge, no voy a entrar en el análisis de Rough and Rowdy Ways porque coincido rabiosamente con el tuyo. Te confieso que es de los discos de Dylan que menos revisito, debido a su densidad poético/literaria, pero sí apunto a que, como dices, si es un disco en el que Dylan parece preparar su despedida, Shadow Kingdom se antoja como un ajuste de cuentas con su pasado y legado, pero en sus propios términos, permitiéndose divertirse y disfrutar de estas canciones sin que dicha revisión implique necesariamente tener que estar a la altura de ese sello de “voz de su generación” que sabemos tanto detesta.

Quizás, mi querido Lefevre, lo que me queda con esta especie de respuesta es darte las gracias por hacerme partícipe de tu pasión dylaniana, la cual comparto, pero tu fervor y mirada hace que siempre aprenda, reaprenda y redescubra tantos aspectos de nuestro amado “bardo judío de Minnesota”, como lo llama Caetano Veloso, así como de esas aspiraciones utópicas de tu párrafo final: el siempre poder aspirar a un mundo en donde el disfrute no sea visto como ocio o perdida, si no como ganancia y alimento para el intelecto y el espíritu. Se dice con frecuencia que el arte es bálsamo, y lo es, pero también debería de ser–y es- vida, y parte integral de la vida. Artistas como Dylan han hecho de su producción artística entera un reflejo de esto, y agradezco que entre el ajetreo y la dificultad que representa vivir en esta colonia que vivimos, ratos para que tengamos intercambios como estos sean posibles, y, como tú dices, deberían ser más, que menos.

Un abrazo,

Chemi González

En Reserva-De la mezcla racial y cultural: una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad

Especial para EN ROJO

En las recurrentes discusiones en las redes sociales sobre cuestiones de raza en Puerto Rico, se esgrimen argumentos de representación, de visibilidad, de la intensidad del racismo al interior de la sociedad puertorriqueña. Es inevitable que en esas discusiones se llegue al asunto de la mezcla racial, que transita entre los extremos del acrítico “el que no tiene de dinga tiene de mandinga” hasta quien reclama que el discurso de la mezcla racial es un subterfugio para solapar el racismo al interior de nuestra sociedad y no bregar con él. Ambos tienen razón, pero eso significa también que nadie la tenga del todo.

Hablar de mezcla racial no se limita a la cuestión genética y de la transmisión de innumerables rasgos físicos, que combinados y recombinados a través del tiempo producen los variados fenotipos de quienes poblamos este mundo. También se refiere a las culturas que produjeron las sociedades de los pueblos mezclados de tal o cual “raza”. (A propósito, no me agrada mucho el término raza para referirme a los diversos grupos humanos, pues inevitablemente remite a una esencia que se piensa genética y no históricamente construida. El discurso de las esencias no es otra cosa que un recurso retórico que funciona para validar, sobre todo, a las posturas racistas.) Estas culturas mestizas o “mulatas” son producto de las inevitables interacciones – pacíficas, violentas y todos los matices intermedios – entre los diversos grupos humanos a lo largo de la historia. La cuestión del mestizaje se expresa en una evidente dimensión genética y fenotípica: cómo nos vemos los cuerpos mulatos en su infinidad de gradaciones de color de piel e innumerable variedad de combinaciones de rasgos (tamaño y formas de nariz, labios, ojos y pelo); pero también en su dimensión cultural, con la multiplicidad de combinaciones de prácticas que las sociedades necesitan para adaptarse al medioambiente físico y social en el que se encuentran. No se trata, entonces, de afirmar o negar si pertenecemos o no a una cultura mulata, si no de qué formas se manifiestan esas hibridaciones y cuáles las consecuencias que producen.

No ha sido un asunto fácil de medir, si pensamos en la cantidad de conceptos que se han desarrollado para estudiar las mezclas culturales: deculturación, aculturación, transculturación, sincretismo, hibridez, mestizaje o mulataje cultural. No es mi intención en este momento perderme en el laberinto teórico de la precisión de estos conceptos epistemológicos, aunque confieso que me gusta la metáfora gastronómica del ajiaco (sancocho en boricua) que utiliza el cubano Fernando Ortiz para explicar su visión de la transculturación. Con ella describe a las sociedades caribeñas como un caldero en constante ebullición a la que se van integrando nuevos elementos, y los que llevan más tiempo al calor se van descomponiendo en una masa en la que las fuerzas culturales se van trasformando sin desaparecer del todo, pero que, en la lejanía del tiempo, son difíciles de distinguir en sus particularidades.

También me resulta interesante la postura de Serge Gruzinski en El pensamiento mestizo, quien ve al mestizaje desde su dimensión caótica, que “supone que toda realidad entraña, por un lado, una parte irreconocible y, por otro, una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad”. Con esto, trata de enfrentar la dificultad de cómo dar cuenta de todos los cambios culturales, tan impredecibles como inexplicables, al interior de una sociedad. Nos parecen aleatorios e inciertos porque no somos capaces de dar cuenta de la cantidad de elementos que inciden en la dinámica del cambio que se da en la mezcla cultural y las manifestaciones que cobran.

Sin embargo, esa aleatoriedad tiene un contexto. El escenario principal de este fenómeno en el Caribe fue la Plantación, la que Antonio Benítez Rojo describe como una “matriz socioeconómica”, y que introdujo la extraña lógica del Capital en las Antillas. Para asegurarse que la mano de obra fuera rentable para la producción de azúcar, los inversionistas de esta industria de la modernidad temprana en la región entendieron como “necesaria” la esclavitud. Por razones históricas que no puedo profundizar aquí ahora, la fuente donde se buscó esta indispensable materia prima fueron las tierras al sur del desierto del Sahara ,poblada por personas de piel oscura. Fue a partir de entonces que el color de la piel se vinculó a la esclavitud. Y tras ese vínculo surgieron los discursos para validar, justificar y convencer de la razón de esas prácticas.

De la relación entre amos y esclavizados derivó un sistema económico, racial y social que se fundamentó en la contradicción de considerar a otros seres humanos como parte del capital invertido en un negocio. Esa humanidad negada en la ecuación productiva fue contradicha en múltiples instancias, como lo fueron las relaciones sexuales, forzadas las más de las veces o consentidas cuando lo hayan sido, y la inevitable procreación de niños mezclados racialmente que fomentaron otro tipo de comunicación que iba en reconocimiento, o aceptación a regañadientes, de la humanidad del otro esclavizado (en una amplísima y muy complicada gama de niveles, vale decir). Sin embargo, sus influencias y secuelas han trascendido el periodo esclavista al dividir tajantemente la población al establecer legal y socialmente la superioridad de unos sobre otros, determinando las acciones y actitudes de éstos y de aquéllos. Esta importantísima diferencia establecida por el color de la piel pasó a ser un valor social, moral y estético que todavía tiene efectos en nuestra sociedad y se reflejan en las formas culturales que se reflejan aun hoy.

Con el desarrollo de una modernidad criolla y el surgimiento de los proyectos nacionales caribeños, los discursos de la mezcla racial fueron un intento incómodo de conciliar este proceso en el desarrollo e imposición de una comunidad nacional. En ésta, la escala de la valoración social, moral y cultural quedó de mejor (“lo blanco”) a peor (“lo negro”); y, en mismo sentido, se estableció, a la fuerza vale decir, Occidente, “lo europeo”, como referente de esa supuesta superioridad cultural y moral, mientras que “lo africano” y su (poco comprendido en nuestro entorno y muy folklorizado) legado cultural como señales de atraso cultural e inmoralidad. Esta conciliación se hizo desde la idea de que el fundamento cultural de las naciones del Caribe hispano es la occidentalidad hispana, en claro menosprecio de las formas culturales indígenas y “africanas”. Recordemos que para Antonio S. Pedreira el legado de las culturas no occidentales, la “taína” y la “africana”, constituían piedras de atraso en el camino para la manifestación de la versión hispano-puertorriqueña de la llamada civilización occidental. Mientras, Arturo Morales Carrión y Eugenio Fernández Méndez, intelectuales afines al proyecto nacional del Estado Libre Asociado, intentaron narrar un pasado idealizado de una sociedad criolla que produjo a los líderes autonomistas de la segunda mitad del Siglo XIX. Fueron criados por nanas negras en medio de una esclavitud supuestamente benévola que integró a los pueblos “africanos” y sus aportaciones culturales al poderoso tronco de la hispanidad puertorriqueña. Este discurso de la “democracia racial” puertorriqueña todavía es dominante en la sociedad puertorriqueña.

Lo constitutivo en Puerto Rico y el resto del Caribe es esta particular interacción humana, violenta y desigual en todos sus aspectos, iniciada al interior del régimen de la plantación, y que Benítez Rojo califica épicamente como un choque de razas y culturas. Llámese mulataje, sincretismo, transculturación o mestizaje, en el enfrentamiento entre Europa y África, ocurrió un inevitable proceso de socialización del que derivaron nuestras sociedades. Entender este proceso fundamental de mezcla racial y cultural en su complejidad es vital para construir una sociedad más justa y equitativa para quienes aquí vivimos.