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Un sentido adiós a Carmín Correa

 

Desde CLARIDAD nos unimos al duelo de la familia y amigos de Carmín, una extraordinaria profesional de la belleza y el maquillaje escénico, cuya larga y destacada trayectoria deja una huella profunda entre quienes tuvieron el privilegio de trabajar junto a ella.
Fue también una puertorriqueña comprometida con su Pais, y una amiga sensible y solidaria con las muchas causas que abrazó.
En CLARIDAD le agradeceremos siempre su desinteresada colaboración con muchos de nuestros proyectos e iniciativas, los cuales enriqueció con su creatividad, buen gusto y atención a los detalles. Será recordada siempre con cariño, respeto y gratitud.
Nos unimos en un apretado y solidario abrazo con su esposo, nuestro entrañable compañero y amigo, Carlos Garcia Guzmán, su hijo Miguel, su hermana Migdalia, y toda su numerosa familia  extendida.
Que descanse en paz.
Junta Directiva y Colectivo de Trabajo de Claridad
Periódico de la Nación Puertorriqueña 

Carlos Garcia Guzmán, «el Prieto»: vivo siempre entre nosotros 

Carlos y Carmín participan de una Cena Gala de CLARIDAD.

 

Dar el adiós final a un buen amigo es siempre doloroso. Pero, si ese amigo, además, ha compartido hombro con hombro y a nuestro lado el vivir intenso de más de 50 años de lucha por la independencia de Puerto Rico, el vacío que deja su partida física es enorme y profundo.

Así es para muchos de nosotros y nosotras el reciente fallecimiento del entrañable amigo y compañero, Carlos García Guzmán, » el prieto de Aguada» y miembro de honor del grupo de jóvenes patriotas que se formaron al calor del ejemplo del gran patriota aguadeño Evangelista González, y quienes luego forjaron su rumbo propio durante las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, y hasta nuestros días.

Carlos perteneció al liderato de la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI) en la Universidad de Puerto Rico durante los años álgidos de la lucha contra la guerra de Vietnam y el Servicio Militar Obligatorio de los jóvenes puertorriqueños en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, representadas en el campus universitario por el ROTC.

Graduado de las luchas universitarias «con honores», Carlos pasó a formar parte del MPI- PSP, donde gozó siempre de la mayor confianza del liderato y militantes de dicha organización, en la cual se destacó por su disposición a cumplir cualquier tarea que se le encomendara, incluso las más riesgosas, que requerían de disciplina y valentía a toda prueba.

En CLARIDAD recordaremos siempre sus tiempos de fotógrafo en nuestro periódico, donde sobresalió por sus fotos de alto contenido humanista y de denuncia de las injusticias. Su extraordinaria secuencia fotográfica sobre el Hospital de Psiquiatría y las deplorables condiciones de sus pacientes internados forma parte del libro Claridad tras el lente, una extraordinaria compilación de fotos de los archivos fotográficos de CLARIDAD que se publicó como parte de la celebración del 50 aniversario del semanario en el año 2009. Además, para todos y todas en CLARIDAD, Carlos fue siempre un amigo cercano con el que se podía contar en las buenas y en las malas.

Hoy, desde CLARIDAD, sus amigos, amigas y compañeros de siempre le decimos adiós con emoción y agradecimiento a Carlos Garcia Guzmán. Cada quien guarda de él un recuerdo o una anécdota cargada de la picardía y el sentido del humor que le caracterizaba. Pero también recordamos al patriota aguerrido, serio y concentrado, a quien todos y todas hubiésemos podido, sin pensarlo dos veces, confiarle nuestras vidas. Reciban su hijo Miguel y demás familiares, amigos y relacionados nuestro fuerte y solidario abrazo.

 

Junta Directiva y Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña 

 

 

Cierran secciones a diestra y siniestra en la Universidad de Puerto Rico

 

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

Como un elemento por diseño, ha descrito el presidente de la  Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU), Ángel Rodríguez Rivera, el cierre de más de 600 secciones en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR) en este segundo semestre.

Si se hace el cálculo de 600 sesiones a 25 estudiantes por sesión, eso quiere decir que, en teoría, 15 mil estudiantes se quedaron sin un curso, lo que en la práctica se puede considerar como un cierre de la Universidad, del llamado Primer Centro Docente del país.

En entrevista, Rodríguez Rivera resaltó que en las universidades privadas históricamente es normal, no en momentos de crisis, una reducción de estudiantes en  el segundo semestre.  Sin embargo, las cancelaciones de cursos que se han estado dando en todos los recintos, en particular en el recinto de Río Piedras,  no guardan proporción con lo que siempre pasa. Expuso que los cursos regularmente tienen un cupo máximo, no deben tener más de 30 a 25 estudiantes; pero como no tienen cupo mínimo, hay un ejercicio de arbitrariedad bien grande entre los administradores, y puede ser que aunque tenga un cupo de 30, decidan que si no tiene 22 estudiantes, que sería un 67 %, se cancela ese curso. O si  tiene 15 y se cancela, que si bien tiene menos cantidad de estudiantes, son 10, 15 o 20 estudiantes que se quedan sin el curso y un docente que se queda sin su carga académica. “Ahí  es donde se hace más complicado. Ciertamente podemos ver el número de estudiantes”.

 

Ante los cierres, el presidente de la APPU subrayó que el presupuesto de la Universidad  corre de año en año, no de semestre en semestre, lo que quiere decir que esas plazas, esos contratos ya están presupuestados. “Es un ahorro que no sabemos para qué va a correr porque no se utiliza para el servicio a los estudiantes o mejoras a la planta física. Me parece bastante mezquino el planteamiento de ahorro”.

Se supone que los procesos de cierre de sesiones sean determinaciones internas de los recintos, de las direcciones de los departamentos, decanatos y rectores. Dada la magnitud de cierres en el que es el primer recinto y el que tiene más estudiantes, Rodríguez Rivera expresó que le parece un elemento de diseño. Comparó que en el 1992 en el recinto había de 22 a 23 mil estudiantes y que en este semestre los estudiantes en el recinto de Río Piedras no llegan a 13 mil. Reparó en que este número no es un asunto estrictamente demográfico, porque la demografía no ha variado en esa misma proporción: “Así que me da la impresión de que hay un elemento de diseño con respecto a lo que pasa en Río Piedras”.

La medida  de la administración universitaria de cerrar sesiones, tanto en el recinto de Río Piedras como en el resto de los otros recintos, aunque no en la misma magnitud, representa una contradicción con su reciente campaña de reclutamiento de estudiantes. El reciente tercer fin de semana de enero un equipo de la UPR estuvo ofreciendo orientación sobre el proceso de admisión en del centro comercial de Plaza las Américas y hasta en las Fiestas de San Sebastián.

El profesor del recinto de Cayey expresó que eso es parte de lo que denuncia. Si la UPR tiene la necesidad de cancelar clases, de dejar gente sin trabajo para ahorrar dinero, “¿cómo quiere reclutar más estudiantes, cómo va a pagar esas clases, cómo va a dar esos cursos?”. Llama la atención que el nuevo director ejecutivo de la Junta de Control Fiscal (JCF), Robert F. Mujica, en su primera reunión pública (el viernes 20 de enero) “de manera cínica dice que la UPR es una prioridad; sin embargo, sigue hablando de la reducción presupuestaria”. Acotó  que  según la ley de presupuesto de la UPR, a la que  no se le hace caso aunque se supone que está vigente todavía,  el 9.6 % del promedio de los recaudos de los últimos dos años se destinen para el presupuesto. Eso sería cerca de $100 mil millones que se supone que lleguen a la UPR, pero ahora mismo el presupuesto está congelado en $500 millones. Recordó que la  JCF  desde su primer informe planteó que el presupuesto de la UPR no debe pasar de $200 millones.  “Así que por un lado decimos que queremos más estudiantes, cancelamos cursos por otro lado y seguimos planteando la reducción presupuestaria”, censuró.

El cierre de sesiones afecta directamente a los profesores sin plazas, ya que cada curso que se cierra conlleva que al docente con una plaza permanente se le asigne una carga completa de 12 créditos. El presidente de  la APPU denunció que incluso en Río Piedras los contratos de los docentes sin plazas todavía no se han procesados. Todos los recintos tienen profesores por contrato, aunque esto varía de recinto a recinto, pero en el caso de Río Piedras, el 50 % de su  profesorado es por contrato. Hay otros recintos que tienen 40 %. El recinto de Mayagüez es el que menos  tiene, pero en todo el sistema cerca del 47 % de los docentes está por contrato.

Para los estudiantes el cierre de sesiones puede representar retrasos en sus años de estudio, riesgo de pérdida de alguna beca y hasta contratiempos en sus empleos. Si el curso se cerró después de concluida la matrícula, no tiene oportunidad de matricularse en otro. El profesor Rodríguez Rivera señaló que se supone que la administración le pueda  proveer otras opciones; sin embargo, en la medida en que el perfil del cuerpo estudiantil cambia, hay estudiantes que ya no solo son estudiantes, sino que tienen que trabajar, por lo que en muchas ocasiones preparan su programa en días y horarios determinados  para poder trabajar.  También le crea un problema al estudiante que recibe ciertas becas, que tiene que tener una carga completa de 12 créditos. Si tiene menos, no cualifica.

La APPU advirtió de que el cierre de secciones en algunos de los recintos tiene el efecto de seguir achicando aun más la Universidad de Puerto Rico. En el proceso se pone en peligro la existencia de programas, departamentos, facultades y recintos.

“Conscientes de que es un servicio esencial, exigimos al presidente y las rectorías de todos los recintos del sistema que desistan inmediatamente de su intención antiestudiantil, antiuniversitaria, antidocente y antisociedad de cerrar secciones y destruir la Universidad de Puerto Rico. Recuerden que la educación es una inversión cuyo efecto es forjar una mejor sociedad.  Necesitaremos a esos estudiantes convertidos en profesionales y a esos docentes apoyando su formación y aportando desde sus investigaciones a resolver los problemas del país”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta semana en la historia

 

 

 26 de enero de 1898

Acorazado Maine entra a bahía de La Habana.

Otros documentos registran el día 25, pero coinciden en que su explosión del 15 de febrero le sirvió de pretexto a EUA, acusando de que fue bombardeado y para proteger a sus ciudadanos en Cuba, de intervenir en la guerra de Independencia que estaba ganando Cuba contra España. La evidencia prueba que el Maine explotó desde adentro, no fue bombardeado; pero EUA intervino y … todavía Puerto Rico sigue invadido por su sistema.

26 de enero de 1930

Declaran Independencia de la India

Desde el clandestinaje, el Congreso Nacional Indio, declara este día como P?rna Swarash (completa independencia). La logró en 1947.

27 de enero de 1945

El Ejército Rojo libera el campo de concentración

Tropas soviéticas liberan el horror del campo de concentración en Auschwitz (Polonia) por el fascismo nazi. Además de judíos, los nazis asesinaron sistemáticamente comunistas, polacos, romanos («gitanos») (encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/genocide-of-european-roma-gypsies-1939-1945).

27 de enero 2020

Refugio Baldorioty de Castro en Ponce. Foto Angeles Rodríguez

Miles viviendo en carpas

Al respecto, la ex-alcaldesa de Ponce, «Mayita» Meléndez, declaró: «A las personas les encanta vivir en las carpas, les encanta», en referencia a personas refugiadas tras los terremotos de enero.

28 de enero de 1909

Tropas yankis se retiran parcialmente

Tras invadir el país en 1898, los últimos soldados invasores abandonan Cuba, reteniendo la base de Guantánamo y manteniendo en vigor la Enmienda Platt, -donde los yankis forzaron en la constitución de Cuba derechos de intervención a los EUA- hasta 1934.

28 de enero de 1853

Nace José Martí, poeta y revolucionario

Tuvo una carrera destacadísima como escritor y periodista. Sus aportaciones a la renovación del español le merecen espacio en la historia.

Integra y dirige el Partido Revolucionario Cubano, que comandó la guerra de independencia de Cuba. El 29 de enero de 1895, firmó la orden de alzamiento y partió de inmediato de Nueva York a Montecristi, en República Dominicana, donde lo esperaba Máximo Gómez, con quien firmó el 25 de marzo de 1895 un documento conocido como “Manifiesto de Montecristi”, programa de la nueva guerra. Ambos líderes llegan a Cuba el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo, Baracoa.

El 15 de abril de 1895 los jefes militares confirieron a Martí el grado de Mayor General por sus méritos y servicios prestados. Murió el 19 de mayo de 1895, por disparos de tropa española.

28 de enero de 1869

Nace Virgilio Davila

Nació en Toa Baja, se dedicó a la poesía, al magisterio, al comercio y a la agricultura. Hizo el bachillerato en el Instituto Civil de Segunda Enseñanza, en 1855. Fue alcalde de Bayamón y un gran poeta. Su poesía representa lo jíbaro, lo costumbrista en la literatura puertorriqueña. Dejó textos como: “Patria”, “Viviendo y amando”, “Aromas del terruño”, “Pueblito de antes” y “Un libro para mis nietos”.

30 de enero de 1841

Mayagüez destruido por incendio.

Mayagüez: Hace 177 años, un voraz incendio destruyó gran parte de lo que hasta entonces era la “Villa de Mayagüez”, en lo que popularmente la historia conoce como “El Fuego Grande”.

Mayagüez tenía unas 700 casas y edificios y apenas 40 casas quedaron en pie y apenas la mitad de estas, estaba habitable.

El fuego comenzó al mediodía del 30 de enero y el fuerte viento hizo que las llamas se propagaran rápidamente.

31 de enero de 1876

Gobierno federal encierra habitantes originarios

Gobierno de EUA segrega a pueblos nativos forzándolos a vivir en reservaciones. El presidente Grant -acusado de corrupción en los “negocios” entre el gobierno federal y la población nativa- envía tropas a arrestar a rebeldes. En respuesta al crimen, en junio, tropas lakotas (sioux), cheyennes y arapajós derrotan al ejército yanki y ejecutan al genocida general G. A. Custer en la batalla de Greasy Grass.

31 de enero de 1908

Nace Atahualpa Yupanqui

Atahualpa Yupanqui (en quechua: “el que viene de lejanas tierras para decir algo”), es el seudónimo de Héctor Roberto Chavero Haram. Fue cantautor, guitarrista, poeta y escritor. Se le considera el más importante músico argentino de folclore.

31 de enero de 2019

Escuela es rescatada por la comunidad

Gracias a las luchas surgidas contra la política del gobierno de cerrar unas 400 escuelas en Puerto Rico, el Departamento de Educación entregó las llaves de la escuela que habían cerrado, Lorencita Ramírez de Arellano de Toa Baja, al grupo Al Rescate de mi escuela.

1 de febrero de 1968

Asesinato de Nguyen Van Lem

En la guerra de EUA contra Vietnam, el jefe de la policía survietnamita, general Nguyen Ngoc Loan asesina ante las cámaras de tv de la NBC al capitán norvietnamita, estando Van Lem arrestado y esposado. La imagen del crimen recorrió el planeta.

2 de febrero de 1973

Caamaño desembarca con guerrilla

En República Dominicana, tras la muerte de Trujillo y un intento constitucionalista, tropas yankis invaden el país en 1965, Francisco Caamaño organiza la defensa, es derrotado y deportado. Joaquín Balaguer llega a la presidencia y continúa los estilos dictatoriales y asesinos. Caamaño, ex-presidente constitucional, regresa con una guerrilla pero es derrotado, atrapado, asesinado y sus restos fueron escondidos.

 

Fuentes principales:
historia.nationalgeographic.com.es; www.hoyenlahistoria.com, facebook.com/dariow.ortizseda; Calendario nuestros mártires, 2020; efemerides20.com, telesur.net, historia.nationalgeographic.com; canalhistoria.es/hoy-en-la-historia; Calendario 2022 Latinoamérica y El Caribe; takemeback y otros calendarios consultados por José M. Escoda.

 

Jíbaros, criollos, puertorriqueños: identidad y raza

 

La identidad y un antecedente ficcional

Para contrastar las certidumbres del positivista Salvador Brau Asencio en “Así somos nosotros” (1883) voy a elaborar un contrapunto remoto que ratifica la liquidez o historicidad de la identidad. Me refiero a un texto de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), historiador y novelista de la Nueva España, quien aludió al San Juan Bautista del Puerto Rico de fines del siglo 17. En un sentido estricto, si se acepta el carácter moderno del discurso regional o nacional, aquel era un entorno pre identitario por lo que la concepción de yo colectivo debía elaborarse sobre la base de premisas distintas a las del siglo 19.

En Infortunios de Alonso Ramírez, publicada en 1690, el personaje afirma “mi patria (es) la ciudad de San Juan de Puerto Rico” (95). Alonso, el protagonista y voz narrativa indirecta de la narración de aventuras de tono picaresco, era un colono pobre con voluntad aventurera que, probablemente, poseía ancestros judíos. Había nacido en el Puerto Rico de San Juan Bautista que el Obispo Fray Damián López de Haro en una relación de 1644, había descrito como “muy pobre”, sin “una tienda donde poder enviar por nada” y donde los consumos básicos y “todo lo que es necesario para vestirse, viene por el mar, de Castilla o la Nueva España”.[1]  El marasmo era tal que la colonia todavía no se había recuperado de un innominado huracán ocurrido en 1642.[2] Aquel era un territorio del cual se justificaba emigrar a cualquier parte del mundo. Infortunios… narraba episodios que comenzaban hacía 1675.

La transcripción de Infortunios… que utilizo es la versión moderna de la Dra. Estelle Irizarry (1937-2017) publicada en 1990[3] con el respaldo de la Comisión Puertorriqueña para la Celebración de Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico. Mi relación con esa edición oculta una historia que atesoro. En 1989 me encontré casualmente con Estelle en San Juan Antiguo mientras miraba al Atlántico que servía de fondo al castillo de San Felipe. El “tótem” no estaba allí, la Plaza del Quinto Centenario aún no había sido inaugurada. Aquel día conversamos largo rato. Ella llevaba consigo el manuscrito de aquel volumen para discutir su publicación como parte de los actos de recordación.

Estelle, un ser extraordinario, compartió sus hallazgos y especulaciones conmigo como si hubiésemos sido viejos colegas y amigos. La condición histórica o ficcional de Alonso, la posible coautoría del persona(je) de la autobiografía novelada y su ascendencia judía eran los temas más candentes del diálogo. En 1990 el libro fue difundido, recibí un ejemplar en Hormigueros y no volví a conversar con la editora por años. El 6 de febrero de 2009, recuerdo la fecha porque ella la anotó en su dedicatoria en la hoja de bitácora, me la encontré en una actividad en la Universidad del Sagrado Corazón. Le traje a la memoria aquella conversación y volvimos sobre el tema con el mismo entusiasmo que en 1989.

El otro asunto que apasionaba a Estelle en 1989 era la condición nacional de Alonso y la conciencia que tuviese de ella. Su esfuerzo por puertorriqueñizar al personaje era intenso, actitud que debería comprenderse en el contexto de dos condiciones. La primera tenía cimientos en el pasado. Me refiero a la estrecha relación de dependencia que tuvo San Juan Bautista con la Nueva España durante tres siglos. La segunda tenía cimientos en el presente inmediato en el cual se emitía. La conmemoración de quinto centenario del encuentro de 1492 realizó un esfuerzo enorme por re hispanizar la cultura puertorriqueña y monetizar la relación de la identidad nacional con la hispanidad con la tesitura de una innovadora post hispanofilia mercadeable.

El capítulo primero de la novela,  “Motivos que tuvo para salir de su patria: Ocupaciones y viajes que hizo por la Nueva España: su asistencia en México hasta pasar a Filipinas” contiene dos detalles interesantes. El primero es una defensa del acto de narrar sobre la base de que ese ejercicio entretiene y moraliza (95); y el segundo es el uso del concepto  “patria” (95) para nominar su lugar origen. En la presentación se expone la impresión del personaje sobre su “patria”, su vinculación con la Nueva España y las razones para su huida de aquella en 1675 sin haber cumplido los 13 años (96), es decir siendo niño aún. Fíjese el lector que la “patria” es la ciudad de San Juan de Puerto Rico, llamada “Borriquen (sic) en la antigüedad” (95-96). Aquella era la tierra de su “padres”, sin duda, con el sentido pre moderno que se señaló en otra parte de esta reflexión. La razón para su salida fue la pobreza y el hambre (97).

El discurso no desdice al de López de Haro sino que lo reafirma: todo sugiere que la colonia era improductiva producto de la mala administración española. La alabanza de los pobladores por su “pundonor y fidelidad” (96) es un lugar común que se ha reiterado a lo largo de los siglos incluso en el citado texto de Brau Asencio. El hecho de que Ramírez se identificara como “español” en todo el resto del texto me parece significativo. También lo es que, una vez fuera del territorio, la novo hispanidad o mexicanidad de la narración, atribuible a Sigüenza y Góngora,  se confirmara. Un modelo de ello es el cálido elogio a Ciudad de México, hecho que contrasta con la parquedad de las observaciones sobre La Habana, Puebla e incluso Puerto Rico. El capítulo cierra con la salida, contra su voluntad y casi como castigo, hacia las Filipinas en 1682.

Los capítulos 2 “Sale de Acapulco para Filipinas…” y 3 “Pónense en compendio los robos y crueldades que cometieron estos piratas…”, relatan las aventuras de Alonso en el Pacífico e introducen el tema del espíritu anti sajón de los españoles (105, 107 ss.). La hispana es una cultura nacional que se forjó ante dos poderosos adversarios: Inglaterra durante los siglos 17 y 18, poder que penetró su imperio desde fines del siglo 16 con la bandera del Mare Liberum; y Francia a principios del siglo 19 que destruyó de forma temporera el poder de los borbones en 1808 por primera vez desde 1713 tras la invasión napoleónica.

La narración confirma que Alonso pensaba y sentía como un español e incluso se distinguía del sajón por sus afinidades con el catolicismo (128). La codificación de los ingleses como “piratas” (107, 119 entre otras)  y “herejes” (121), así como la documentación del maltrato sádico que sufrió en sus manos durante el cautiverio es muy valiosa a la hora de enjuiciar “la identidad de Ramírez”. El aventurero no vacilaba en afirmar su hispanidad. “Sabiendo de mí ser español” (128), dice cuando se topa con algunos franceses de vuelta ya en el Caribe. De hecho, a pesar de la desconfianza en todo aquel que no fuese español su opinión sobre los franceses, por católicos, era más llevadera que la que tenía de los ingleses (129).

Fuera de una mención casual de San Juan de Puerto Rico, la percepción de aquella localidad como “patria” se ha disuelto.  Un último detalle. En su viaje por las Antillas la nave de Ramírez evade San Juan de Puerto Rico a pesar de que lógicamente tenía que bojearlo para transitar hacia La Española y Jamaica. Las razones para ello no están claras pero no son difíciles de imaginar: no deseaba regresar. Ser de Puerto Rico y ser puertorriqueño son asuntos semánticamente distintos.

Criollos en el siglo 18: la imaginación social de Abad y Lasierra

¿Y qué papel le adjudicaban los insulares, criollos o puertorriqueños a la cuestión racial? ¿Cuánto debía el imaginario racial a la hispanidad que se cultivaba con tanto respeto? El tema de la raza y el color de piel poseía un pasado problemático inseparable del de la identidad. Agustín Iñigo Abbad y Lasierra, uno de los primeros en reconocer la existencia de un discurso diferenciador entre los insulares secos o de la banda de acá, y los peninsulares mojados o de la banda de allá, no dejó lugar a dudas al respecto. El fraile benedictino, considerado modelo del historiador regional por la intelectualidad criolla o puertorriqueña durante la segunda parte del siglo 19[4], nada tenía que perder con sus comentarios. Después de todo era peninsular por lo que sus observaciones sobre la identidad emergente y las tonalidades de la piel en Puerto Rico poseen un valor particular. La relación entre ambas esferas no se discutía de manera directa pero su argumentación dejaba abiertas varias puertas.

En su volumen de 1788, sin confesarse con los criollos blancos,  incluía bajo aquel concepto a los negros y mulatos descendientes de bozales africanos. Criollo era un código inclusivo que definía a quien nacía en este suelo y tenía a Puerto Rico por “patria” como en el caso de Alonso. El rechazo universal del español al criollo blanco poseía otro rostro ominoso relacionado con las tensas relaciones interraciales dentro de la emergente puertorriqueñidad. Todo sugiere que, para los criollos puertorriqueños blancos, los pardos, como se denominaba a los no blancos desde fines del siglo 18, no merecían el título de criollos. Abbad decía que para quien no era negro o mulato (pardo) en Puerto Rico: “no ha(bía) cosa mas afrentosa en esta Isla que el ser negro, ó descendiente de ellos”[5]. Una “afrenta” no es otra cosa que una vergüenza o deshonor como la que se siente tras haber cometido una falta o delito. Ser negro o mulato era equivalente a un error o una carencia en este caso de honra, dignidad o decoro.

La presunción racista de los insulares criollos se reafirmaba con actos. El insulto de los blancos y “su vara de tiranos”  era la nota dominante ante los negros y mulatos y, aunque ciertas excepciones había que los trataban con “sobrada estimación y cariño” (270), ello no impedía que otros blancos los vejaran y maltrataran. Esto sugiere que la batalla por la validación de la condición criolla y la emergente puertorriqueñidad estuvo llena de crueldades, violencia y exclusiones. En ese aspecto, valga la ironía, el insular, criollo o puertorriqueño blanco debía mucho a las glorias de la hispanidad católica racista.

La actitud discriminatoria no dejaba de ser paradójica. La llevada y traída “escasez de indios” de la que se quejaban los colonos desde 1510 y la exigua inmigración blanca a la isla, producto de la pobreza y las pocas posibilidades de crecimiento económico en un mercado que la relegó hasta el siglo 19, no dejaban dudas respecto a que la mayor parte de los insulares debían ser negros o descendientes de aquellos. La criollidad y la puertorriqueñidad, bases de la identidad moderna, se derivaban del rechazo y la invalidación de los grupos subalternos sobre la base de cuya explotación aquellos habían construido su poder. Lo cierto es que el punzante rechazo al “otro” por su color de piel debería ser considerado uno de los componentes de la emergente identidad regional, nacional o puertorriqueña.

Los historiadores del siglo 20, tradicionales y nuevos, acabaron por afirmar que modernizar a Puerto Rico, es decir, el escenario apropiado para una identidad nacional, tuvo un componente social y un componente racial básicos. El primero fue la transformación de los hateros libertarios, agrestes y adictos a la ilegalidad, en agricultores sumisos y fieles bajo el control de la legalidad, los comerciantes y los prestamistas.  El otro fue el supuesto “blanqueamiento” de la sociedad y de la producción cultural y la imaginación del “qué somos nosotros” claro está, como sucedáneo de la inmigración de gente blanca con capital entre 1815 y 1845 y de la inserción de la economía colonial en el mercado internacional. El crecimiento de las relaciones con Estados Unidos por medio del mercado azucarero no debe ser pasado por alto.

El ambiguo “blanqueamiento” no fue cuantitativo sino cualitativo. Las elites blancas hispanas, extranjeras y puertorriqueñas crecieron, se visibilizaron y politizaron con voluntad hegemónica, vacilando entre el liberalismo y el conservadurismo líquido propio de los criollos y sus aspiraciones a la igualdad con España. La premisa básica de aquellos era “todo por España y con España”. Separarse para la independencia o la anexión a otro país como Gran Colombia o estado Unidos, no era propio de criollos o puertorriqueños, argumento que se sigue utilizando en el presente como un fetiche para defender causas análogas.  Pero a pesar de la inmigración blanca las poblaciones negras y mulatas (pardas) consideradas inferiores, siempre fueron significativas en el país. Todavía recuerdo con extrañeza una valoración de Puerto Rico que se repetía entre historiadores tradicionales de principios de los 1980: “Puerto Rico es la más blanca de la Antillas”. Yo recordaba a las gentes de mi barrio y de la bajura de Hormigueros y el asunto me causaba extrañeza.

Claro que aquellas opiniones de Abbad y Lasierra sobre el racismo de criollos y puertorriqueños eran difíciles de sostener públicamente a mediados del siglo 19 tanto o más como lo son hoy en el siglo 21. Los liberales reformistas, separatistas independentistas y anexionistas de tendencia abolicionista que penetraron la opinión en España y Puerto Rico durante la década de 1860, si aspiraban a la credibilidad, debían ser cuidadosos a la hora de referirse a los negros y mulatos, esclavos o libres, y a los pardos en general. Los argumentos éticos, jurídicos, políticos y económicos, tan bien resumidos en el abortado proyecto de abolición de Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta y Calbo y Francisco Mariano Quiñones en 1867, no ofrecían ninguna pista concreta sobre el problema del racismo.[6] Sólo elaboraban el problema de la institución de la esclavitud y sus choques con los fundamentos del mercado libre, el derecho liberal y la ética en general.

Los jíbaros españoles a fines del siglo 19: la imaginación liberal reformista

Una forma de enfrentar el espinoso dilema de la raza por los criollos y puertorriqueños de tendencias liberales fue suavizar el conflicto por medio del humor reflexivo o la comicidad evasiva. Ejemplo de ello es un texto periodístico de 1876 titulado “Jíbaro, una definición” firmado por “Un Jíbaro”. He tomado el mismo de la recopilación de José Pablo Morales (1828-1882), periodista liberal reformista y autonomista moderado de Toa Alta, titulada Misceláneas históricas publicada en San Juan en 1924.[7] El tema del jíbaro había estado allí desde mediados del siglo 19. La lectura de El Gíbaro de Manuel Alonso Pacheco publicado en 1849, traduce bien la voluntad de las elites de ilustrar y modernizar a ese sector social censurando algunas costumbres, tales como la lidia de gallos, que el “Gíbaro de Caguas” consideraba pocos edificantes[8].

El artículo de Morales es una demostración de la forma en que se discutió la cuestión jíbara en la última parte del siglo 19 en Puerto Rico. Partiendo de la octava edición del Diccionario de la Real Academia (1846), el autor establecía en tono joco-serio el hecho de que el vocabulario indo-antillano de la era de la colonización y conquista era incomprendido por los lingüistas europeos. El ejemplo de las palabras jíbaro y totumo, le servían para documentar el hecho. La definición oficial de jíbaro, que es la que me interesa, concordaba con la de John Layfield en el testimonio de 1598 publicado en 1625: “Se dice (…) de los animales domésticos que se hacen montaraces y particularmente de los perros. En sentido figurado agreste, grosero”.

Morales, molesto con la definición, alegaba con sorna sexista que si los autores del disparate “hubieran visto esta jibarita de talle gentil, ojos negros y pelo de ala de cuervo, leída y escribida, de seguro que confesarían, si vivos estuviesen, que jíbaro en Puerto Rico no quiere decir agreste ni montaraz.” En el artículo responsabilizaba al adicionador o editor Vicente Salvá (1786-1849) y a su asesor el venezolano Domingo M. del Monte y Aponte (1804-1853) por el desatino. La definición de jíbaro, por cierto, cambió el tono en la edición de 1884: “Campesino, silvestre. Dícese de las personas, los animales, las costumbres, las prendas de vestir y de algunas otras cosas”.

La definición alternativa del jíbaro propuesta por Morales se elabora mediante un procedimiento basado en la tesis del origen trinitario de la que somos, perspectiva que Brau Asencio también compartía y uno de los prejuicios intelectuales más permanentes que conozco. El “glorioso descubrimiento” de 1492, según le llama, había posibilitado la integración de tres razas presumidas puras: la blanca, la india y la negra. La negación de la heterogeneidad y complejidad de cada uno de esos conjuntos ha sido común a lo largo del tiempo.

De aquella mixtura salieron unas 16 castas “inferiores a las razas primitivas”: el mestizaje era interpretado como una desventaja biocultural.  La diversidad, sin embargo, no había desembocado en el apartheid o segregación voluntaria ni en la endogamia sino todo lo contrario. Morales suavizaba las relaciones interraciales, en efecto tensas, a fin de que el colectivo imaginado concordara con el perfil de la “gran familia puertorriqueña” que los criollos de ideas liberales cultivaban para fines políticos, económicos y sociales concretos.

La clasificación, que el autor achacaba al lenguaje de las Leyes de Indias, no deja ser una curiosidad por lo que la reproduzco en su totalidad:

  • Español con india, sale mestizo.
  • Mestizo con española, sale castizo.
  • Castizo con española, sale español.
  • Español con negro, sale mulato.
  • Mulato con española, sale morisco.
  • Morisco con española, sale salta-atrás.
  • Salta-atrás con india, sale chino.
  • Chino con mulata, sale lobo.
  • Lobo con mulata sale jíbaro.
  • Jíbaro con india, sale albarrazado.
  • Albarrazado con negra, sale cambujo.
  • Cambujo con india, sale sambaigo.
  • Sambaigo con mulata, sale calpan-mulato.
  • Calpan-mulato con sambaigo, sale tente en el aire.
  • Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo.
  • No te entiendo con india, sale ahí estás.

Su matemática racial le conducía a elaborar una fórmula cultural joco-seria para comprender cuantitativamente al jíbaro y, a la vez, criticar el lenguaje de los españoles respecto al asunto. Aunque la lógica de Morales lo define como distante de la pureza racial ideal, le salva y le acepta. Dado que  “el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio”, representaba la síntesis más lograda de cuatro siglos de relación colonial con España.

El juicio moral y social del jíbaro es por demás interesante. Ese es el “principal núcleo de la población de nuestros campos”. Lo más importante del documento es su conclusión de que “hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección: ciudadanos españoles por todos cuatro costados, a pesar de los matices de este u otro color físico o político”. La condición criolla del pardo que imponía Abbad y Lasierra a pesar del reconocido racismo de los insulares blancos, se había consagrado en la retórica de Morales.

Recuerden que escribe en 1876. Los logros de la Revolución Gloriosa de 1868 y de la República de 1873 a 1874 estaban muy vivos en la memoria de los intelectuales puertorriqueños liberales de aquel momento. El jíbaro ya no se proyectaba como un potencial rebelde según lo imaginó el lenguaje de la Insurrección de Lares de 1868, sino como un buen español acorde con el mito de la siempre fiel isla de Puerto Rico. Ahora habría que preguntarse ¿dónde quedó ese discurso tras la invasión de 1898? ¿Cómo interpretaron los observadores estadounidenses el fenómeno del puertorriqueño y el jíbaro? Esa será materia de otra reflexión.

 

 

[1] Mario R. Cancel Sepúlveda, notas (24 de junio de 2009) “Documento y comentario: Carta de Fray Damián López de Haro, a Juan Diez de la Calle…(1644)” en Puerto Rico su transformación en el tiempo. URL: http://historiapr.wordpress.com/2009/06/24/documento-y-comentario-damian-lopez-de-haro/
[2] Sobre este y otro huracán de 1615 refiero a Pío Medrano Herrero (2002) “Angustia, destrucción, pobreza y muerte: los huracanes de 1615 y 1642 en Puerto Rico” en Focus 7.1: 19-32.
[3] Estelle, nacida en Patterson, New Jersey, fue Profesora Emérita de literatura hispánica en la Universidad de Georgetown, autora de numerosos libros sobre la textualidad colonial y la literatura hispanoamericana y una adelantada en la aplicación de las tecnologías y la computación al estudio de la literatura. La obra a que me refiero es Estelle Irizarry, ed. (1990) Carlos Sigüenza y Góngora, Infortunios de Alonso Ramírez (San Juan: Comisión Puertorriqueña para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico). La citas de la novela aparecerán dentro del texto entre paréntesis.
[4] Manuel Elzaburu Vizcarrondo (1971) “Una relación de la historia con la literatura” en Prosas, poemas y conferencias. Luis Hernández Aquino, ed. (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña):
[5] Abbad y Lasierra (1788) Historia geográfica, civil y política de la Isla de S. Juan Bautista de Puerto Rico. Madrid: Imprenta de Antonio de Espinosa p. 269
[6] Refiero al lector a Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta y Calbo y Francisco Mariano Quiñones (1867) “Capítulo VII” en Proyecto para la abolición de la esclavitud (Madrid: Establecimiento Tipográfico de B. Vicente).URL:  https://documentaliablog.files.wordpress.com/2016/05/ruiz-belvis-segundo-proyecto-de-abolicic3b3n-1867.pdf
[7] José Pablo Morales (1924) Misceláneas históricas (San Juan: Tipografía de «La Correspondencia de Puerto Rico») . Versión digital en Mario R. Cancel Sepúlveda, notas (27 de febrero de 2010) “José Pablo Morales. Documento y comentario: jíbaro, una definición» en Puerto Rico su transformación en el tiempo. URL: https://historiapr.wordpress.com/2010/02/27/jibaro-una-definicion/
[8] Manuel A. Pacheco (1848) El Gíbaro (Barcelona: D. Juan Oliveras, Impresor de S.M.): 87.