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Mirada al País: Movimientos y partidos: una discusión urgente

Especial para CLARIDAD

En Puerto Rico existe una amplia gama de movimientos sociales. Con ese término me refiero a las organizaciones sindicales, de mujeres, ambientales, comunitarias, estudiantiles, de apoyo mutuo, agrícolas, de estudio y elaboración de propuestas, de derechos civiles y otras que luchan por la justicia social. Tienen un rol fundamental en la vida del país. Son esenciales para que Puerto Rico tenga un futuro distinto al presente de crisis que vivimos. Sin embargo, estos movimientos están atrapados en una contradicción. Es una contradicción que debemos superar. Mientras no la superemos, nuestros esfuerzos enfrentarán grandes limitaciones.

Por un lado, en estos movimientos predomina el rechazo a los dos partidos dominantes de la política puertorriqueña, el PNP y el PPD. Es normal escuchar la denuncia de estos partidos como corruptos, ineptos, patronales, politiqueros y vendidos a grandes intereses o incapaces de enfrentarse a ellos (y, más recientemente, a la Junta de Control Fiscal). Esta es una apreciación correcta y merecida. Sin embargo, los movimientos no toman acción para crear un vehículo político propio, es decir, un partido propio. En muchos casos también se rechaza tomar posición ante los procesos electorales, apoyando partidos o candidatos. Esto quiere decir, que, en la práctica, se acepta que los partidos que se rechazan y denuncian sigan gobernando. O, lo que es igual, se acepta que los movimientos siempre se reducirán a ser la oposición o resistencia a esos partidos. Se acepta, en la práctica, a pesar de todas las denuncias al PNP y el PPD, una especie de división del trabajo en la que esos partidos gobiernan y nosotros y nosotras, desde los movimientos protestamos, resistimos y presionamos, en la calle o cabildeando. Esa es la contradicción: se sabe que esos partidos no responden a los objetivos de los movimientos, pero se acepta, en la práctica, que esos partidos, por más que se les denuncie, sigan gobernando.

Para salir de esta contradicción los movimientos necesitan crear su propio vehículo o vehículos políticos, su propio partido o partidos. De otro modo serán la oposición permanente y nunca fuerza dirigente. Se limitarán a contrarrestar los daños hechos por el PNP y el PPD y el actual sistema económico y social, sin poder encaminar un proceso de verdadera reconstrucción económica y social. He participado en infinidad de reuniones en los que se discuten y acuerdan actividades de protesta o propuesta ante las acciones del gobierno y el PNP y el PPD. Es una tarea esencial. Hay que seguir haciéndola. Pero la reflexión que tenemos que añadir es: ¿hasta cuándo nos resignaremos a presionar a esos partidos? Para cambiar esa situación tenemos que tomar el toro por los cuernos: para deshacernos del gobierno de esos partidos corruptos, patronales y vendidos necesitamos nuestro propio partido. Un partido distinto, pero un partido aún así. Repito: si el asco ante esos partidos y su política, perfectamente justificado, se traduce en una renuncia o renuencia a la creación de nuestro propio proyecto político, el resultado práctico es la resignación al monopolio político de esos partidos que rechazamos.

Se dirá que la presencia en la legislatura no es suficiente para lograr el cambio social que necesitamos. Es cierto. Sin embargo, todos o prácticamente todos los movimientos sociales acuden constantemente a la legislatura, sea a piquetear o cabildear, a favor o en contra de alguna medida. Siguen con detenimiento las votaciones o los nombramientos. Es decir, se reconoce, en la práctica, que las acciones de la legislatura afectan directamente la situación de la gente y el avance o retraso de los movimientos. Los movimientos, por tanto, no pueden ser indiferentes a la composición de esos organismos. Sin embargo, muchas veces se rechaza la intervención en las elecciones, a pesar de que el resultado de las elecciones determinará el contexto en que las luchas se desarrollarán. Hay una contradicción entre intervenir constantemente en la legislatura, exigiendo, protestando, proponiendo o cabildeando, y no tomar acción para afectar la composición de esa legislatura, cuya importancia se reconoce en la práctica.

Por supuesto, la acción electoral y el trabajo legislativo no son suficientes para quienes aspiramos a una transformación radical de nuestro sistema económico y social. Aspiramos a que las fuentes de riqueza se conviertan en propiedad del pueblo para que puedan ser administradas democráticamente, con el doble objetivo de garantizar el bienestar social y de reparar nuestra relación con el resto de la naturaleza. En lugar de la presente democracia recortada y mercantilizada queremos colocar una democracia que sea un verdadero mecanismo de autogobierno de todo el pueblo. Pero, como explicó Lenin tantas veces, mientras no podamos disolver las instituciones de las clases gobernantes y reemplazarlas por las nuestras, estamos obligados a usar las primeras para acercar esa transformación a que aspiramos.

Conocemos el argumento de que la participación electoral supone aceptar o legitimar el régimen colonial. Como indicamos, los mejores argumentos a favor de la participación electoral se encuentran en Lenin, quien no pensaba que eso era aceptar o legitimar el estado capitalista. Supongo que nadie le negará a Lenin sus credenciales revolucionarias. Para dar un ejemplo: los sindicalistas socialistas negocian constantemente con las empresas y firman convenios y contratos con ellas. Sería absurdo decir que al firmar esos convenios reconocen el derecho de los patronos a explotar a los trabajadores o legitiman la propiedad privada de las fuentes de riqueza o el capitalismo. Sencillamente se reconoce que mientras no podamos convertir las empresas en propiedad el pueblo será necesario negociar y firmar convenios con sus propietarios actuales. Lo importante es dar la lucha por esos convenios de manera tal que se acerque el día en que logremos el cambio radical a que aspiramos. Lo mismo aplica a la lucha electoral.

Sin duda, en los movimientos, por ejemplo, en los sindicatos, hay personas que pertenecen a distintos partidos. Pero sabemos que los trabajadores y trabajadoras no deben seguir votando por partidos que no representan sus intereses. Lo que estamos planteando no puede hacerse de un día para otro. Pero hay que iniciar y desarrollar esa discusión en las matrículas.

A menos que los movimientos sociales quieren limitarse a ser la oposición perpetua a los gobiernos del PNP y PPD, tienen que plantearse la creación de su propia alternativa política o apoyar alguna de las alternativas a esos partidos que ya existen. Nosotros militamos en el MVC, que está comprometido con las luchas y movimientos sociales. El PIP tiene igual compromiso. Muchos apoyamos una Alianza de País que agrupe a esas y otras fuerzas. Quizás algunos activistas y movimientos consideran que esos no son los vehículos políticos que necesitan. Es una posición legítima. Pero entonces necesitan construir otra alternativa política. En nuestro caso, buscaremos un acuerdo o alianza con esas iniciativas. Lo importantes desafiar el monopolio político del PNP y el PPD, construyendo una alternativa política propia o una alianza de tales alternativas. El momento es propicio: el desprestigio del PNP y el PPD avanza día a día. Sectores cada vez más amplios del país están dispuestos a considerar nuevas opciones.

Es una oportunidad que no podemos desaprovechar.

 

Elecciones EE. UU. “ La política de Biden se verá estancada”

 

 

CLARIDAD

ccotto@clarridadpuertorico.com

Ante los resultados de las elecciones de medio término en Estados Unidos, los políticos de Puerto Rico y otras fuerzas tendrán que aprender y usar un nuevo lenguaje para comunicar su mensaje en el Congreso, según lo plantea en su análisis el Centro para una Nueva Economía (CNE).

 

El director de Política Pública del CNE, Sergio Marxuach,  plantea que los resultados  en la Cámara de Representantes, aunque por una leve mayoría dominada por el Partido Republicano, presentan una nueva y compleja dinámica política en Washington DC, incluso para la misma agenda política del presidente Biden.  En el Senado domina también por leve mayoría el Partido Demócrata.

Según el CNE, la política de Biden se verá estancada y las oportunidades para legislar sobre asuntos importantes serán escasas y distantes, “si es que hay alguna”. Los nombramientos seguirán, pero con negociaciones en torno a los plazos para la legislación y aprobación obligatoria para mantener el Gobierno abierto o aumentar el límite de la deuda de Estados Unidos, la cual se espera alcance su límite en algún momento del próximo año.

Mientras, para Puerto Rico las prioridades inmediatas en cuanto a legislación federal antes de que termine este año 2022 deberán ser: uno, lograr la participación federal en el financiamiento del programa de Medicaid y, dos, el financiamiento para asistencia de desastres por el huracán Fiona. En el caso del Medicaid, está programado que el financiamiento disminuya del 76 %, que es ahora al 55 %, tan pronto como el16 de diciembre. En cuanto al financiamiento por desastre, la administración de Pedro Pierluisi ha presentado  un estimado preliminar de $10,000 millones en daños causados por el huracán Fiona.  Este dinero tendría que ser asignado por el Congreso, a través de la ley suplementaria de asignaciones de emergencia, y su discusión tiene que ser retomada durante la sesión del Congreso saliente.

En implicaciones más abarcadoras, dice el CNE que debido al nuevo balance de fuerzas en Washington, “la estrategia de Puerto Rico en Washington, D.C. tendrá que pasar de buscar la paridad en el financiamiento federal de programas como Medicare y la Seguridad de Ingreso Suplementario a defender lo que ya hemos ganado”. Por ejemplo, se espera que la representante Cathy McMorris Rodgers (WA), quien tiene la principal jurisdicción sobre Medicaid y ya ha manifestado su oposición a una interpretación de los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS) sobre la legislación de 2020 y el año fiscal  2021, se convierta en la presidenta del Comité de Energía y Comercio de la Cámara de Representantes.

El otro asunto que trae a la atención es que se espera que el Congreso atienda en algún momento de la primavera del 2023 un  proyecto de asuntos agrícolas de cinco años de duración que abarcará desde los subsidios a los agricultores hasta la asistencia nutricional. Marxuach repara en que el principal objetivo de la política respecto a la Ley Agrícola del Gobierno de Puerto Rico y de muchas ONG de la isla es buscar una transición del actual Programa de Asistencia Nutricional al Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, de ámbito nacional, conocido como SNAP. La transición al SNAP implicaría un mayor financiamiento de asistencia nutricional, así como otros beneficios para Puerto Rico.

“El éxito político bajo el nuevo balance de poder en Washington, D.C. también implicará aprender y usar un nuevo lenguaje para comunicar  nuestro mensaje en el Capitolio”, expresa Marxuach.

A esos efectos, el analista señala que el  hecho de que el 55 % de los votantes puertorriqueños en Florida hayan votado por el gobernador De Santis indica que la comunidad puertorriqueña en el estado se ha diversificado ideológicamente y no es reflexivamente liberal o progresista, cambio que dijo puede ser  muy útil a la hora de acercarse a los senadores Rubio y Scott o a los miembros de la delegación de Florida en la Cámara.

Será Otra Cosa: Zambullirse en las páginas de un libro todo mar.

Especial para En Rojo

Decir que Affect, Archive, Archipelago de Beatriz Llenín-Figueroa (Rowman & Littlefield, 2022) es un libro marítimo, es inexacto. Más bien, tendría que extender la metáfora y caracterizarlo como lo que es: un libro submarino. Me gusta leer frente a la playa porque el vaivén de las olas, la caricia de la brisa y el olor a salitre apaciguan mi mente, pero lo que pide este libro es un adentrarse a las profundidades del mar. Como si fuera poco, la escritora me propone que lea caminando a nado (“a walk-swim of a book”), ¿una nadata? Y cuando lo abro, y muevo su cubierta azulverde,  casi escucho el sonido agudo del pito de esta escritora, pensadora archipielágica, columnista y amiga, Beatriz Llenín-Figueroa, Bea, a quien imagino con sus goggles y chapaletas, adminículos indispensables para su ruta-lectura, invitándonos con entusiasmo a “to walk-swim with you, and you, and you, and innumerable Puerto Rican and Caribbean dreamers of liberation”. No tengo escafandra, pero, por suerte, nado mi poquito y,  aunque más que delfín o pez soy tortuga marina, me sumerjo en un texto que es puro movimiento y obliga a zambullirse en el mar para leer, a fundir la fibra de papel que al contacto con siglos de agua se hace móvil y líquida. Las oraciones se vuelven estelas de palabras que no pueden pescarse desde la costa, sino que exigen que la lectora que soy, la nadadora lenta, la que no respira del todo bien debajo del agua, se una al caminar-nadar de la escritora-estofona que, obstinada en la lucha por la descolonización de Puerto Rico y animada por el reconocimiento de la escala pequeña con voluntad de futuro que es nuestro archipiélago, pretende reformular o, mejor, reabrir un Archivo Caribe de siglos, lleno de afectos, documentos, pensamientos, escritos filosóficos, literarios y políticos, poemas, performances, acciones políticas y piezas de arte vivo. La escritora, fuera de los confines de la academia, reconecta toda esa materia marina para montar su coreografía subacuática, casi imperceptible a los ojos de quienes no reconocen que en el principio, era el agua, la del Mar Caribe.

Este es un libro indisciplinado, asegura quien cita profusamente, quien lee y conecta, reflexiona y diseña una ruta submarina que inicia con Édouard Glissant y Marta Aponte Alsina, se ahonda en Betances, Capetillo y Albizu, y culmina en los accionares políticos, artísticos y comunitarios de  grupos y creadores que se piensan hoy desde y con el mar: Agua, Sol y Sereno, Amigxs del MAR, Comuna Caribe, Mujeres que Abrazan la Mar, Coalición 8M y Teresa Hernández, entre otros. Es un libro indisciplinado como quien dice desobediente, contestatario, desafiante al archivo oficial, aquel montado sobre una ideología insularista, que por siglos ha visto como defecto la pequeñez, y que entiende la geografía insular como limitación, escasez y carencia. Llenín-Figueroa, igual que en textos anteriores, examina aquí la insularidad caribeña como espacio experimental para la consolidación y expansión de todas las fases del capital-colonial-patriarcal. Su archivar alternativo se ecolocaliza, es decir, se orienta por los sonidos y las huellas de los materiales marinos que traza y recoge en su ruta para reafirmar, sobre todo, que pensar futuro requiere de reconocernos criaturas del Mar Caribe-animales de pequeña y concentrada escala- y, luego, enlazarnos con todas esas otras islas del archipiélago que también surgieron de erupciones volcánicas hace millones de años. La integración caribeña, la mirada archipielágica, que se entronca con los sueños de la Confederación de las Antillas y el West Indies Federation, es el punto de salida de la ruta de este libro que reanima el concepto de Relación de Glissant y la metáfora de la patria líquida de Aponte Alsina como poéticas indispensables para repensar vías políticas en nuestro reclamo de autonomía y agencia.  Porque esa relación negada con el resto del Caribe ha existido y existe, y nos toca imaginar en un sentido fructífero formas de reestablecer los puntos de esa red submarina que subsiste, pero que no se suele o no se quiere ver.

Siento un calambre en la pierna derecha, pero no quiero dejar la nadata. Me reanima el entusiasmo de su consigna: “Let us remind ourselves of a future we have always been shaping”. Bea lo dice a todo pulmón (no usa tanque de buceo) cuando examina nuestro presente, el ahora mismo, en el que muchas comunidades y grupos de activistas y organizaciones exigen demandas civiles, salubristas, educativas, ecológicas, legales, económicas, alimentarias, que fortalecen y desarrollan nuevas formas de democracia participativa; ese “ahora mismo” en el que tantos gestores y colectivos culturales crean arte independiente y alternativo. Todas esas son formas de agencia, de movimiento, de lo que Bea llama soberanías opacas, comunitarias-artísticas-corporales. Y sí, existen esas soberanías, insiste.

“But what do I mean when I say we lay claim to sovereignties? How are these different from the sovereignty that “defers genocide”[…] How are they other sovereignties from the nation-state kind, built by the “transparent” regime with cages and walls, blood and tears, whips and chains? Puerto Rico’s are-oh, yes, indeed-opaque sovereignties. That is, a myriad of economic, political, cultural, and bodily ways in which, submarinely, beyond the regime of intelligibility of institutions, political parties, the mainstream press, and empire, we-humans and nonhumans- claim, in wild flights of “intuition and imagination,” our archipelagic “here” all at once, all together, the dead and the living, who are never altogether dead or alive.”(27)

Aunque totalmente extenuada de tanto nadar, casi tentada a la quietud, la alegría del ahora archipielágico, que este libro marino me regala, me impulsa a continuar.  Pienso en Mackandal, y, de pronto, me veo tinglar en la enormidad de su cuerpo de reptil, con sus patas en forma de aletas, nadando con fuerza hacia la orilla para dejar mis deseos de soberanía como huevos enterrados en la arena. Soy una tortuga marina segura de la eclosión, expectante del momento cuando esos sueños/deseos/neonatos de tinglar se cuelen por las fisuras del nido de arena que he formado hasta llegar a la orilla y, sin temer a la amenaza de los pájaros marinos, de los cangrejos o de los humanos, se zambullan al mar, que en su eterno movimiento de espiral los devolverá años después a la orilla del Caribe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Contrarreloj: los relatos breves de Amarilis Vázquez Rivera

 

 

“El silencio no está desnudo”
Guillermo Samperio

 El tiempo y el silencio son dos conceptos que van unidos de manos en la microficción. La brevedad que impone el género obliga a la selección atenta de las palabras a utilizar. Cada signo escrito deberá aportar a su vez los espacios vacíos que provoquen una reacción cómplice del lector. La lectura de los relatos breves no debe ser superficial ni a la ligera; más bien debe crear en el lector la sensación de que lo que realmente se dijo hay que buscarlo en las relecturas del texto, en los “destiempos” entre las palabras.

Lo que Francisca Noguerol llama “el hueco como signo” exige un lector involucrado cuya función primordial es trabajar con la elipsis y consumar una lectura plena que exceda los límites del texto. El hueco es el silencio; pero este no significa ausencia, sino más bien lo contrario: el pleno sentido del microrrelato se logra con la lectura comprensiva de lo que no se dice. Así, “… el silencio se configura como negativo necesario para reconocer el texto breve en toda su extensión”. Esta preeminencia de lo no dicho parte de la afirmación del silencio como signo.

Para Raúl Brasca, microficcionista y teórico del género, el silencio se amarra al final de los relatos. Brasca cita a Dolores Koch, quien establece una distinción entre el cuento muy breve y el microrrelato; mientras en el cuento corto se mantiene la estructura clásica, en los microrrelatos se prescinde del desenlace y le toca al lector elaborarlo.

Según Brasca, el uso principalmente del recurso de la ironía permite crear los finales ambiguos cuyo efecto es provocar en el lector esa sensación de vacío que provoque la relectura como medio para alcanzar un sentido de la lectura. Aunque está claro que, en ocasiones, ese silencio sin resolver resulta en sí mismo el mejor efecto literario. El mutismo del texto, concluye Brasca, hermana al microrrelato con la poesía e incluso con el chiste, géneros que se amparan en la ambigüedad como medio de expresión.

Aristóteles dijo alguna vez que si consideramos que el tiempo está compuesto de dos partes (y no tres, pues el presente no es una parte) resultaría evidente que el tiempo solo existe de manera relativa. Pues el futuro será, pero aún no es, y el pasado en algún momento fue, pero ya no. En vistas de esta situación resultaría dudoso hablar de la existencia del tiempo, puesto que aquello que se compone de partes inexistentes difícilmente podría considerarse como algo que participa del ser.

En Tiempos y destiempos: relatos breves para no llegar tarde (Editorial Areté Boricua, 2022), segunda colección de microrrelatos de Amarilis Vázquez Rivera, esta desarrolla un total de 33 relatos breves que utilizan los recursos inherentes a la llamada microficción: la intertextualidad, la ironía y la elipsis. Con la presencia del tiempo como telón de fondo, Vázquez Rivera plantea su visión de la vida como aquella que entiende la inutilidad y el esfuerzo vano de los humanos en aferrarse a una realidad que se nos escurre entre los dedos. Micro tras micro se entreteje el concepto unificador del tiempo y se plantea que la existencia, aquello que pensamos como la realidad, no es más que un rumor sin aliento, una seducción autoinducida, porque nos creemos el centro del universo, como la luciérnaga del micro “Alucinaciones” quien, por negar “…su naturaleza de seguir la luz se cubrió los ojos y se dejó llevar.”

Así, la vida y la muerte se trabajan en los primeros micros desde variadas perspectivas: la de los vivos y también la de los muertos; la muerte en el entorno familiar; la muerte como escape y también como liberación. A partir del micro número 10, las narraciones comienzan a presentar un giro temático hacia un discurso feminista, con la idea, así lo veo yo, de empoderar a las mujeres (protagonistas de casi todas las historia). En estos relatos el hombre siempre queda mal parado. El varón es el que muestra un amor enfermizo, es el que mata con alevosía y que, irónicamente, proyecta en la mujer todas sus carencias. La mujer de estos micros es fuerte, decidida, pero también frágil. Cada relectura abona a configurar una visión de mundo de la autora, que proyecta su ansia de revelar el poder y la fortaleza real de las féminas, tal como puede observarse en el que considero el más logrado de sus relatos: La Vie en rose. En este, como en todos los demás, los epígrafes referentes a melodías musicales actúan como contrapunto para enriquecer semánticamente cada relato.

Vázquez Rivera escribe microcuentos y el microrrelatos. En ambos, pero particularmente en el segundo, el lector avezado reconocerá personajes y situaciones bíblicas, literarias, mitológicas y procurará la relectura que, le aseguro, multiplicará su goce estético. La lectura lo inducirá a rellenar los huecos y, casi sin percatarse, estará creando una historia más allá de las palabras impresas.

Con Tiempos y destiempos, Amarilis Vázquez Rivera crea su espacio en la literatura puertorriqueña y junto a otras microficcionista isleñas aporta hacia el desarrollo del nuevo género en nuestro País. ¡Enhorabuena!

 

 

El Santo Domingo de Miguel D. Mena

Especial para En Rojo

 

A la ciudad le hace falta su teoría, su historia, sus cronistas.

MDM

No creo que la cultura puertorriqueña haya impactado a la dominicana como esta nos ha impactado a nosotros.  Por supuesto, cuando hago tal aseveración pienso sobre todo en el diario vivir de los dominicanos en Puerto Rico, en su música, en su comida, en su vitalidad contagiosa. Eso ocurre en la cultura popular; sorprendentemente no ocurre lo mismo con la llamada alta cultura, especialmente con nuestras letras.  Somos vecinos cercanos pero no conocemos lo que el otro escribe.  Vaya usted a una librería en Puerto Rico y verá que probablemente y sólo con buena suerte lo único de literatura canónica dominicana (recalco: canónica) que consiga será una antología de cuentos de Juan Bosch o de poemas de Pedro Mir.  Por el contrario, es cierto que en algunas ocasiones he quedado felizmente sorprendido al toparme en nuestras librerías con un libro de algún novel escritor dominicano: Frank  Báez, Rita Indiana Hernández, Rey Andújar son buenos ejemplos de esas agradables sorpresas.  Y aunque hay al menos una editorial puertorriqueña que publica con alguna frecuencia libros de autores dominicanos, es más probable que hallemos en nuestras librería textos de Junot Díaz, Julia Álvarez o Loida María Pérez, escritores que escriben en inglés, que de sus contemporáneos de la Media Isla.  A su vez, las posibilidades de hallar textos de escritores puertorriqueños en librerías dominicanas es aún mucho más improbable.  He hecho el experimentos y tengo que llegar a la una dolorosa conclusión: poco conocemos los unos y los otros de nuestras respectivas letras.

Por años he tratado de remediar ese mal a nivel personal.  Por ello no dejo pasar la oportunidad de adquirir y leer libros dominicanos que me caen a mano.  Así fue que por una larga cadena de casualidades llegué a la obra de Miguel D. Mena (1961), poeta, ensayista y sociólogo dominicano que ha hecho una labor editorial digna de aplausos.  Tras varias aventuras editoriales pasajeras, Mena creó en 1985 Ediciones Cielonaranja, editorial que ha puesto en manos de los lectores dominicanos obras agotadas de sus propios clásicos y ha publicado a noveles escritores nacionales.  Quizás su proyecto más ambicioso ha sido la publicación de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña, proyecto todavía inconcluso.  Era increíble que la totalidad de la obra de este gran humanista dominicano no se hubiese recopilado y que en muchos casos sólo circularan textos suyos publicados en México, Cuba o Argentina.  Mena también reeditó la obra de Aida Cartagena Portalatín, de René del Risco Bermúdez, de Norberto James y de Juan Sánchez Lamouth, entre otros, todas figuras de importancia en las letras dominicana y cuya obra era de difícil acceso.  En la colección de su editorial que lleva el título de “Archivo” Mena recoge en volúmenes individuales textos críticos sobre escritores relevantes de su país.  Entre los volúmenes de esta colección se destacan los dedicados a Henríquez Ureña, a Mir, a Cartagena Portalatín y a Junot Díaz.  En mero hecho de distinguir con la publicación de un volumen de “Archivo” a Díaz representó una redefinición de las letras dominicanas ya que así se canonizaba a un autor que escribe en inglés, redefinición que no dejó de crear conflictos.  La labor de Mena como editor es, sin duda, de gran importancia.  Pero hoy más que al editor o al poeta quiero prestar atención al sociólogo y cronista.

Miguel D. Mena es sociólogo por profesión.  Tiene títulos académicos en este campo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y la Universidad Libre de Berlín, donde se doctoró.  Ha sido profesor de sociología en varias universidades dominicanas.  Sus estudios en Alemania lo llevaron a Walter Benjamin, filósofo y estudioso de la cultura popular.  Este ha marcado la obra de Mena quien también se ha nutrido de las ideas de otros pensadores contemporáneos, especialmente de Michel Foucault.  La lectura de sus textos evidencian el gran impacto de estos importantes pensadores en su acercamiento crítico.  Pero Mena intenta comunicarse con sus lectores y, por ello, nunca nos asfixia con oscuras referencias ni con terminología críptica.  Siempre es un placer leer sus textos porque combinan muy bien la erudición innovadora con el deseo fundamental de comunicarse con sus lectores.

Para ofrecer un ejemplo de ese estilo abierto y de esa capacidad comunicativa propongo el comentario de un reciente libro suyo, Poética de Santo Domino (Santo Domingo, Ediciones Cielonaranja, 2022).  El libro está compuesto por setenta textos de diferentes longitud, acercamientos y temática, aunque todos, excepto uno, tienen que ver con la ciudad de Santo Domingo.  Como el mismo Mena advierte en la primera página del libro, este reúne tres ya publicados respectivamente en 2000, 2003 y 2006.  Este hecho es problemático pues no contribuye a la organización del nuevo texto, texto que repite ideas y salta de temas.  Pero, a pesar de ello tenemos a mano un importante libro que nos ofrece una imagen de la capital dominicana y que rompe con muchas ideas establecidas y aceptadas sobre la construcción de la identidad nacional.  Este libro nos pueden servir para reexaminar nuestras propias concepciones de esta importante problemática.  ¿Qué es ser dominicano? Ese es el tema central de Poéticas de Santo Domingo.

Mena nunca explica el concepto de poética que emplea en el título de su libro.  Pero su lectura nos lleva a intuir que el término va más allá de la acepción tradicional del mismo: principios estético que subyace y fundamentan una obra de arte.  El empleo de este término de las artes en un contexto sociológico e histórico apunta ya a la visión de la cultura que apoya el autor.  Para este el arte – la literatura y la arquitectura especialmente – sirve de base o de clave para entender la sociedad.  De la misma forma que una poética nos sirve para entender la obra de un escritor, el arte y la cultura en general – recordemos el impacto de Benjamin que lleva a Mena a definir cultura en términos amplios, casi antropológicos – sirven para entender y definir el país.

Pero lo más importante de este voluminoso libro – tiene 498 páginas – es que a través de medios no tradicionales ofrece una definición de la nación.  Su definición va en contra de la que tradicional y persistentemente se ha ofrecido, defendido y hasta institucionalizado.  Para entender este importante punto hay que recordar el inmenso, conflictivo y deformador impacto que tuvo el positivismo en la República Dominicana.  Allí este movimiento filosófico decimonónico se identifica con Eugenio María de Hostos quien ejerció una magna influencia entre la intelectualidad dominicana y estructuró su sistema educativo.  Pero la herencia hostosiana en Santo Domingo fue alterada, hasta deformada, en el siglo XX.  En uno de los mejores ensayos de Poética de Santo Domingo, “Dominicanidad moderna”, Mena parte de la aceptación de que hay “rasgos conservadores del positivismo que emprendieran Eugenio María de Hostos y Pedro Henríquez Ureña” (247), pero que en el siglo XX “Joaquín Balaguer [es] testigo y hacedor de todo aquel proyecto anti-hostosiano [que] ayudó a derrumbar estas líneas de pensamiento y actuación al apoyar la vuelta de la religión a las escuelas” (247).  Aunque reconoce su importancia para la cultura dominicana – “… comenzamos a modernizarnos, a secularizarnos, gracias a Eugenio María de Hostos.” (362) –, Mena es crítico con este pensador y sus ideas.  Pero por ello no deja de reconocer la importancia que este tuvo y tiene en la República Dominicana, “país donde todavía no se salda esa inmensa deuda que se tiene con su enseñanza y su amor al concepto de ser humano” (281).  Esta flexibilidad de pensamiento – ser crítico con Hostos, pero aceptar y valorar su influencia e importancia – caracteriza la agilidad y honestidad intelectual de Mena.

Su intento de desprenderse de las trabas del positivismo decimonónico, sin negar su importancia y su utilidad aún en nuestros días, y, sobre todo, su aceptación de ideas marxistas no ortodoxas – su aceptación del pensamiento y la metodología de Benjamin – lo llevan a proponer una nueva definición de lo dominicano.  Ya no ve la identidad nacional como una esencia dada y fija, casi como una idea platónica, sino que para él “la dominicanidad es una construcción.  […]  Hay tantas dominicanidades como dominicanos hay, en esta Isla o afuera.  Quienes se afanan en buscarnos un perfil único, son aquellos que nos quieren encerrar en la prisión de sus esterilidades.” (244)  Además para Mena “[l]a dominicanidad, como toda identidad nacional, se cristaliza en el contraste con el Otro.” (248)  Y ese Otro en este caso es el haitiano.  Desafortunadamente Mena no explora este importante problema.

Lo que sí explora en detalle, como buen discípulo de Benjamín, es cómo la cultura en general, desde la más cotidiana a la más elitista, sirve para ver y definir lo nacional.  Mena emplea como herramienta para su exploración la literatura y la pintura, aquella más que esta.  Pero, como sociólogo y urbanista, centra su atención en la construcción de la ciudad, en su historia y su planificación.  Las mejores páginas de este libro son las que dedica a explorar la transformación de la calles y los barrio de Santo Domingo para obtener de esa investigación claves para entender el país y para explicar cómo se ha ido creando el mito de la identidad nacional.  Por ejemplo, un pequeño elemento arquitectónico, los balcones – su aparición en la arquitectura citadina y su consecuente desaparición – le sirve para entender mejor el proceso de modernización que se vivió en Santo Domingo.  El empleo de fotos, antiguas y contemporáneas, es de importancia para apoyar su argumentación.

Estos comentarios sobre los cambios en la capital del país – sólo hay un ensayo sobre otra ciudad: Santiago de los Caballeros – quedan siempre enmarcados en un contexto histórico y político.  Por ello Trujillo y Balaguer, quienes a veces se convierten en una unidad o en una secuencia sin fisuras, son temas centrales del libro.  Recordemos que fue la reconstrucción de la capital tras la devastación producida por el huracán San Zenón (3 de septiembre de 1930) lo que le dio empuje y solidificó el Trujillato.  Recordemos cómo el dictador se identifica con la ciudad hasta el punto que permite el cambio de nombre de la misma, la que se convierte con gesto de tonos narcisistas en Ciudad Trujillo.  Mena también dedica muchas páginas a estudiar los cambios en la ciudad efectuados durante el gobierno de Balaguer.  Tanto el uno como el otro – y recalco: a veces se ven como uno y el mismo – modelaron la ciudad a su gusto y esos cambios le sirven a Mena para estudiar el concepto de lo nacional.

No me cabe duda de que Poética de Santo Domingo es un libro importante en el contexto de la cultura dominicana y que es un ejemplo que nos servirá si lo aplicamos a nuestra propia realidad.  Su lectura me hace pensar en lo que ha hecho con San Juan Luis Rafael Sánchez en su reciente ensayo, El corazón frente al mar (2021).  Pero el texto de Sánchez es mucho más poético y mucho menos sociológico que el de Mena.  Por ello y por el contrario, muchas de las páginas de Poética de Santo Domingo me hicieron pensar en los ensayos de Carlos Monsiváis sobre su Ciudad de México.  Eso sí, en sus textos el escritor mexicano se aprovecha mucho más efectivamente que Mena de la cultura popular de su país.  Mena se enfoca casi exclusivamente en la arquitectura y la planificación urbana, aunque no deja de introducir atisbos sobre otras expresiones artísticas y sobre la realidad cotidiana.  En cambio, Monsiváis se zambulle de cuerpo entero en la cultura, la de las élites y, sobre todo, la del pueblo.

Para mí una falla del libro de Mena es su organización o, mejor, su falta de organización.  Sí, hay que tener en mente que este libro es la fusión de tres.  Pero Mena debió organizar más orgánicamente estos textos.  Los mismos son de muy diversos acercamientos y dimensiones.  Los hay de corte histórico, de análisis político, de investigación filosófica, de recuento de experiencias personales y de memorias colectivas, cortos o más extensos.  Pero el lector tiene que dar saltos al leer el libro por esa diversidad de acercamientos y de temas.  Este hubiera sido más efectivo si los ensayos incluidos se hubiesen ordenados de forma más coherente, más orgánica, o se hubieran dividido en secciones.  A pesar de que a veces se repiten ideas, no sugiero que se eliminen textos sino que se organicen de forma que la secuencia de los mismos sirva de guía para el lector.  De esta forma hubiera sido un libro más efectivo.  También hubiera sido aconsejable el trabajo de un corrector de pruebas porque son frecuentes las erratas, algunas de las cuales resultan cómicas.  Por ejemplo, hay una de tono involuntariamente cortaciano: “el Monumento tendría 365 escalones, tantas [sic] como años tiene el día” (464).  No todas son tan divertidas como esta que resulta hasta surrealista.

Pero no me cabe duda de que Poética de Santo Domingo es un libro de interés e importancia.  La lectura de sus 498 páginas me dejó con el deseo, con la ilusión de que algún día Miguel D. Mena será el lazarillo que me muestre y me explique su ciudad.  Pero al leer su excelente libro ya sentía que era mi guía.  Por ello y por su deslumbrante inteligencia le estoy muy agradecido.