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Contrarreloj: los relatos breves de Amarilis Vázquez Rivera

 

 

“El silencio no está desnudo”
Guillermo Samperio

 El tiempo y el silencio son dos conceptos que van unidos de manos en la microficción. La brevedad que impone el género obliga a la selección atenta de las palabras a utilizar. Cada signo escrito deberá aportar a su vez los espacios vacíos que provoquen una reacción cómplice del lector. La lectura de los relatos breves no debe ser superficial ni a la ligera; más bien debe crear en el lector la sensación de que lo que realmente se dijo hay que buscarlo en las relecturas del texto, en los “destiempos” entre las palabras.

Lo que Francisca Noguerol llama “el hueco como signo” exige un lector involucrado cuya función primordial es trabajar con la elipsis y consumar una lectura plena que exceda los límites del texto. El hueco es el silencio; pero este no significa ausencia, sino más bien lo contrario: el pleno sentido del microrrelato se logra con la lectura comprensiva de lo que no se dice. Así, “… el silencio se configura como negativo necesario para reconocer el texto breve en toda su extensión”. Esta preeminencia de lo no dicho parte de la afirmación del silencio como signo.

Para Raúl Brasca, microficcionista y teórico del género, el silencio se amarra al final de los relatos. Brasca cita a Dolores Koch, quien establece una distinción entre el cuento muy breve y el microrrelato; mientras en el cuento corto se mantiene la estructura clásica, en los microrrelatos se prescinde del desenlace y le toca al lector elaborarlo.

Según Brasca, el uso principalmente del recurso de la ironía permite crear los finales ambiguos cuyo efecto es provocar en el lector esa sensación de vacío que provoque la relectura como medio para alcanzar un sentido de la lectura. Aunque está claro que, en ocasiones, ese silencio sin resolver resulta en sí mismo el mejor efecto literario. El mutismo del texto, concluye Brasca, hermana al microrrelato con la poesía e incluso con el chiste, géneros que se amparan en la ambigüedad como medio de expresión.

Aristóteles dijo alguna vez que si consideramos que el tiempo está compuesto de dos partes (y no tres, pues el presente no es una parte) resultaría evidente que el tiempo solo existe de manera relativa. Pues el futuro será, pero aún no es, y el pasado en algún momento fue, pero ya no. En vistas de esta situación resultaría dudoso hablar de la existencia del tiempo, puesto que aquello que se compone de partes inexistentes difícilmente podría considerarse como algo que participa del ser.

En Tiempos y destiempos: relatos breves para no llegar tarde (Editorial Areté Boricua, 2022), segunda colección de microrrelatos de Amarilis Vázquez Rivera, esta desarrolla un total de 33 relatos breves que utilizan los recursos inherentes a la llamada microficción: la intertextualidad, la ironía y la elipsis. Con la presencia del tiempo como telón de fondo, Vázquez Rivera plantea su visión de la vida como aquella que entiende la inutilidad y el esfuerzo vano de los humanos en aferrarse a una realidad que se nos escurre entre los dedos. Micro tras micro se entreteje el concepto unificador del tiempo y se plantea que la existencia, aquello que pensamos como la realidad, no es más que un rumor sin aliento, una seducción autoinducida, porque nos creemos el centro del universo, como la luciérnaga del micro “Alucinaciones” quien, por negar “…su naturaleza de seguir la luz se cubrió los ojos y se dejó llevar.”

Así, la vida y la muerte se trabajan en los primeros micros desde variadas perspectivas: la de los vivos y también la de los muertos; la muerte en el entorno familiar; la muerte como escape y también como liberación. A partir del micro número 10, las narraciones comienzan a presentar un giro temático hacia un discurso feminista, con la idea, así lo veo yo, de empoderar a las mujeres (protagonistas de casi todas las historia). En estos relatos el hombre siempre queda mal parado. El varón es el que muestra un amor enfermizo, es el que mata con alevosía y que, irónicamente, proyecta en la mujer todas sus carencias. La mujer de estos micros es fuerte, decidida, pero también frágil. Cada relectura abona a configurar una visión de mundo de la autora, que proyecta su ansia de revelar el poder y la fortaleza real de las féminas, tal como puede observarse en el que considero el más logrado de sus relatos: La Vie en rose. En este, como en todos los demás, los epígrafes referentes a melodías musicales actúan como contrapunto para enriquecer semánticamente cada relato.

Vázquez Rivera escribe microcuentos y el microrrelatos. En ambos, pero particularmente en el segundo, el lector avezado reconocerá personajes y situaciones bíblicas, literarias, mitológicas y procurará la relectura que, le aseguro, multiplicará su goce estético. La lectura lo inducirá a rellenar los huecos y, casi sin percatarse, estará creando una historia más allá de las palabras impresas.

Con Tiempos y destiempos, Amarilis Vázquez Rivera crea su espacio en la literatura puertorriqueña y junto a otras microficcionista isleñas aporta hacia el desarrollo del nuevo género en nuestro País. ¡Enhorabuena!

 

 

El Santo Domingo de Miguel D. Mena

Especial para En Rojo

 

A la ciudad le hace falta su teoría, su historia, sus cronistas.

MDM

No creo que la cultura puertorriqueña haya impactado a la dominicana como esta nos ha impactado a nosotros.  Por supuesto, cuando hago tal aseveración pienso sobre todo en el diario vivir de los dominicanos en Puerto Rico, en su música, en su comida, en su vitalidad contagiosa. Eso ocurre en la cultura popular; sorprendentemente no ocurre lo mismo con la llamada alta cultura, especialmente con nuestras letras.  Somos vecinos cercanos pero no conocemos lo que el otro escribe.  Vaya usted a una librería en Puerto Rico y verá que probablemente y sólo con buena suerte lo único de literatura canónica dominicana (recalco: canónica) que consiga será una antología de cuentos de Juan Bosch o de poemas de Pedro Mir.  Por el contrario, es cierto que en algunas ocasiones he quedado felizmente sorprendido al toparme en nuestras librerías con un libro de algún novel escritor dominicano: Frank  Báez, Rita Indiana Hernández, Rey Andújar son buenos ejemplos de esas agradables sorpresas.  Y aunque hay al menos una editorial puertorriqueña que publica con alguna frecuencia libros de autores dominicanos, es más probable que hallemos en nuestras librería textos de Junot Díaz, Julia Álvarez o Loida María Pérez, escritores que escriben en inglés, que de sus contemporáneos de la Media Isla.  A su vez, las posibilidades de hallar textos de escritores puertorriqueños en librerías dominicanas es aún mucho más improbable.  He hecho el experimentos y tengo que llegar a la una dolorosa conclusión: poco conocemos los unos y los otros de nuestras respectivas letras.

Por años he tratado de remediar ese mal a nivel personal.  Por ello no dejo pasar la oportunidad de adquirir y leer libros dominicanos que me caen a mano.  Así fue que por una larga cadena de casualidades llegué a la obra de Miguel D. Mena (1961), poeta, ensayista y sociólogo dominicano que ha hecho una labor editorial digna de aplausos.  Tras varias aventuras editoriales pasajeras, Mena creó en 1985 Ediciones Cielonaranja, editorial que ha puesto en manos de los lectores dominicanos obras agotadas de sus propios clásicos y ha publicado a noveles escritores nacionales.  Quizás su proyecto más ambicioso ha sido la publicación de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña, proyecto todavía inconcluso.  Era increíble que la totalidad de la obra de este gran humanista dominicano no se hubiese recopilado y que en muchos casos sólo circularan textos suyos publicados en México, Cuba o Argentina.  Mena también reeditó la obra de Aida Cartagena Portalatín, de René del Risco Bermúdez, de Norberto James y de Juan Sánchez Lamouth, entre otros, todas figuras de importancia en las letras dominicana y cuya obra era de difícil acceso.  En la colección de su editorial que lleva el título de “Archivo” Mena recoge en volúmenes individuales textos críticos sobre escritores relevantes de su país.  Entre los volúmenes de esta colección se destacan los dedicados a Henríquez Ureña, a Mir, a Cartagena Portalatín y a Junot Díaz.  En mero hecho de distinguir con la publicación de un volumen de “Archivo” a Díaz representó una redefinición de las letras dominicanas ya que así se canonizaba a un autor que escribe en inglés, redefinición que no dejó de crear conflictos.  La labor de Mena como editor es, sin duda, de gran importancia.  Pero hoy más que al editor o al poeta quiero prestar atención al sociólogo y cronista.

Miguel D. Mena es sociólogo por profesión.  Tiene títulos académicos en este campo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y la Universidad Libre de Berlín, donde se doctoró.  Ha sido profesor de sociología en varias universidades dominicanas.  Sus estudios en Alemania lo llevaron a Walter Benjamin, filósofo y estudioso de la cultura popular.  Este ha marcado la obra de Mena quien también se ha nutrido de las ideas de otros pensadores contemporáneos, especialmente de Michel Foucault.  La lectura de sus textos evidencian el gran impacto de estos importantes pensadores en su acercamiento crítico.  Pero Mena intenta comunicarse con sus lectores y, por ello, nunca nos asfixia con oscuras referencias ni con terminología críptica.  Siempre es un placer leer sus textos porque combinan muy bien la erudición innovadora con el deseo fundamental de comunicarse con sus lectores.

Para ofrecer un ejemplo de ese estilo abierto y de esa capacidad comunicativa propongo el comentario de un reciente libro suyo, Poética de Santo Domino (Santo Domingo, Ediciones Cielonaranja, 2022).  El libro está compuesto por setenta textos de diferentes longitud, acercamientos y temática, aunque todos, excepto uno, tienen que ver con la ciudad de Santo Domingo.  Como el mismo Mena advierte en la primera página del libro, este reúne tres ya publicados respectivamente en 2000, 2003 y 2006.  Este hecho es problemático pues no contribuye a la organización del nuevo texto, texto que repite ideas y salta de temas.  Pero, a pesar de ello tenemos a mano un importante libro que nos ofrece una imagen de la capital dominicana y que rompe con muchas ideas establecidas y aceptadas sobre la construcción de la identidad nacional.  Este libro nos pueden servir para reexaminar nuestras propias concepciones de esta importante problemática.  ¿Qué es ser dominicano? Ese es el tema central de Poéticas de Santo Domingo.

Mena nunca explica el concepto de poética que emplea en el título de su libro.  Pero su lectura nos lleva a intuir que el término va más allá de la acepción tradicional del mismo: principios estético que subyace y fundamentan una obra de arte.  El empleo de este término de las artes en un contexto sociológico e histórico apunta ya a la visión de la cultura que apoya el autor.  Para este el arte – la literatura y la arquitectura especialmente – sirve de base o de clave para entender la sociedad.  De la misma forma que una poética nos sirve para entender la obra de un escritor, el arte y la cultura en general – recordemos el impacto de Benjamin que lleva a Mena a definir cultura en términos amplios, casi antropológicos – sirven para entender y definir el país.

Pero lo más importante de este voluminoso libro – tiene 498 páginas – es que a través de medios no tradicionales ofrece una definición de la nación.  Su definición va en contra de la que tradicional y persistentemente se ha ofrecido, defendido y hasta institucionalizado.  Para entender este importante punto hay que recordar el inmenso, conflictivo y deformador impacto que tuvo el positivismo en la República Dominicana.  Allí este movimiento filosófico decimonónico se identifica con Eugenio María de Hostos quien ejerció una magna influencia entre la intelectualidad dominicana y estructuró su sistema educativo.  Pero la herencia hostosiana en Santo Domingo fue alterada, hasta deformada, en el siglo XX.  En uno de los mejores ensayos de Poética de Santo Domingo, “Dominicanidad moderna”, Mena parte de la aceptación de que hay “rasgos conservadores del positivismo que emprendieran Eugenio María de Hostos y Pedro Henríquez Ureña” (247), pero que en el siglo XX “Joaquín Balaguer [es] testigo y hacedor de todo aquel proyecto anti-hostosiano [que] ayudó a derrumbar estas líneas de pensamiento y actuación al apoyar la vuelta de la religión a las escuelas” (247).  Aunque reconoce su importancia para la cultura dominicana – “… comenzamos a modernizarnos, a secularizarnos, gracias a Eugenio María de Hostos.” (362) –, Mena es crítico con este pensador y sus ideas.  Pero por ello no deja de reconocer la importancia que este tuvo y tiene en la República Dominicana, “país donde todavía no se salda esa inmensa deuda que se tiene con su enseñanza y su amor al concepto de ser humano” (281).  Esta flexibilidad de pensamiento – ser crítico con Hostos, pero aceptar y valorar su influencia e importancia – caracteriza la agilidad y honestidad intelectual de Mena.

Su intento de desprenderse de las trabas del positivismo decimonónico, sin negar su importancia y su utilidad aún en nuestros días, y, sobre todo, su aceptación de ideas marxistas no ortodoxas – su aceptación del pensamiento y la metodología de Benjamin – lo llevan a proponer una nueva definición de lo dominicano.  Ya no ve la identidad nacional como una esencia dada y fija, casi como una idea platónica, sino que para él “la dominicanidad es una construcción.  […]  Hay tantas dominicanidades como dominicanos hay, en esta Isla o afuera.  Quienes se afanan en buscarnos un perfil único, son aquellos que nos quieren encerrar en la prisión de sus esterilidades.” (244)  Además para Mena “[l]a dominicanidad, como toda identidad nacional, se cristaliza en el contraste con el Otro.” (248)  Y ese Otro en este caso es el haitiano.  Desafortunadamente Mena no explora este importante problema.

Lo que sí explora en detalle, como buen discípulo de Benjamín, es cómo la cultura en general, desde la más cotidiana a la más elitista, sirve para ver y definir lo nacional.  Mena emplea como herramienta para su exploración la literatura y la pintura, aquella más que esta.  Pero, como sociólogo y urbanista, centra su atención en la construcción de la ciudad, en su historia y su planificación.  Las mejores páginas de este libro son las que dedica a explorar la transformación de la calles y los barrio de Santo Domingo para obtener de esa investigación claves para entender el país y para explicar cómo se ha ido creando el mito de la identidad nacional.  Por ejemplo, un pequeño elemento arquitectónico, los balcones – su aparición en la arquitectura citadina y su consecuente desaparición – le sirve para entender mejor el proceso de modernización que se vivió en Santo Domingo.  El empleo de fotos, antiguas y contemporáneas, es de importancia para apoyar su argumentación.

Estos comentarios sobre los cambios en la capital del país – sólo hay un ensayo sobre otra ciudad: Santiago de los Caballeros – quedan siempre enmarcados en un contexto histórico y político.  Por ello Trujillo y Balaguer, quienes a veces se convierten en una unidad o en una secuencia sin fisuras, son temas centrales del libro.  Recordemos que fue la reconstrucción de la capital tras la devastación producida por el huracán San Zenón (3 de septiembre de 1930) lo que le dio empuje y solidificó el Trujillato.  Recordemos cómo el dictador se identifica con la ciudad hasta el punto que permite el cambio de nombre de la misma, la que se convierte con gesto de tonos narcisistas en Ciudad Trujillo.  Mena también dedica muchas páginas a estudiar los cambios en la ciudad efectuados durante el gobierno de Balaguer.  Tanto el uno como el otro – y recalco: a veces se ven como uno y el mismo – modelaron la ciudad a su gusto y esos cambios le sirven a Mena para estudiar el concepto de lo nacional.

No me cabe duda de que Poética de Santo Domingo es un libro importante en el contexto de la cultura dominicana y que es un ejemplo que nos servirá si lo aplicamos a nuestra propia realidad.  Su lectura me hace pensar en lo que ha hecho con San Juan Luis Rafael Sánchez en su reciente ensayo, El corazón frente al mar (2021).  Pero el texto de Sánchez es mucho más poético y mucho menos sociológico que el de Mena.  Por ello y por el contrario, muchas de las páginas de Poética de Santo Domingo me hicieron pensar en los ensayos de Carlos Monsiváis sobre su Ciudad de México.  Eso sí, en sus textos el escritor mexicano se aprovecha mucho más efectivamente que Mena de la cultura popular de su país.  Mena se enfoca casi exclusivamente en la arquitectura y la planificación urbana, aunque no deja de introducir atisbos sobre otras expresiones artísticas y sobre la realidad cotidiana.  En cambio, Monsiváis se zambulle de cuerpo entero en la cultura, la de las élites y, sobre todo, la del pueblo.

Para mí una falla del libro de Mena es su organización o, mejor, su falta de organización.  Sí, hay que tener en mente que este libro es la fusión de tres.  Pero Mena debió organizar más orgánicamente estos textos.  Los mismos son de muy diversos acercamientos y dimensiones.  Los hay de corte histórico, de análisis político, de investigación filosófica, de recuento de experiencias personales y de memorias colectivas, cortos o más extensos.  Pero el lector tiene que dar saltos al leer el libro por esa diversidad de acercamientos y de temas.  Este hubiera sido más efectivo si los ensayos incluidos se hubiesen ordenados de forma más coherente, más orgánica, o se hubieran dividido en secciones.  A pesar de que a veces se repiten ideas, no sugiero que se eliminen textos sino que se organicen de forma que la secuencia de los mismos sirva de guía para el lector.  De esta forma hubiera sido un libro más efectivo.  También hubiera sido aconsejable el trabajo de un corrector de pruebas porque son frecuentes las erratas, algunas de las cuales resultan cómicas.  Por ejemplo, hay una de tono involuntariamente cortaciano: “el Monumento tendría 365 escalones, tantas [sic] como años tiene el día” (464).  No todas son tan divertidas como esta que resulta hasta surrealista.

Pero no me cabe duda de que Poética de Santo Domingo es un libro de interés e importancia.  La lectura de sus 498 páginas me dejó con el deseo, con la ilusión de que algún día Miguel D. Mena será el lazarillo que me muestre y me explique su ciudad.  Pero al leer su excelente libro ya sentía que era mi guía.  Por ello y por su deslumbrante inteligencia le estoy muy agradecido.

 

Cariño han cambiado

 

Cualquiera que tenga dos dedos de frente notará que Shakira se burla de Noemí porque compuso las cien canciones que interpreta Ian todavía con Saga, entre ellas la que narra mi condición asmática y la subestimación que por ella Nayda, que iba a ser mi novia, enfatizó cuando prefirió casarse con un librero gallego. María no es un misterio que siempre me ha querido aunque sea mi prima y que la canción más importante de las cien que hizo para Saga, coloca a Efraín Lugo en la incómoda posición de llamarle la atención a su hija sobre mí. Para el papá de Nayda, como saben propietario de Punto y Raya, la que luego fue Universitas regentada por la circunspecta Teresa, mi condición asmática no debía llamarla a engaño, aunque en la canción Noemí lo coloca hablando a larga distancia con la nena, como sin mucha fe de que le hiciera caso, y como desde lejos despidiendose de su hija para siempre igual que mi padre que se esfumó en el 1975.

Claro, alrededor de 1983, Noemí compuso Don´t be late y ahí es que oyendo su canción cantada por el canadiense, caí en cuenta de que sentía algún cariño por mí y conocimiento más que abrumador de mi predicamento con una gallega que no acababa de reconocer que yo no era maricón. Noemí, al parecer, por ser escritora de canciones, tenía el mismo problema, aunque se insinuaba que era pata más bien su hermana mayor ya que Noemí se había casado con el intérprete de sus canciones en 1978. Shakira se burla de la prolífica pluma de María en una canción que interpretó y compuso ella, con fúnebre aliento, la famosa Antología.

Yo tenía más bien contratada una tarea histórica. Los siquiatras de San Juan no tenían claro el protocolo que empleó Clemencio Batista, siquiatra de nacionalidad cubana y práctica privada en Caparra Terrace, que según se sabe curó al plenero Canario de su enfermedad mental. La que tenía interés en los detalles de ese protocolo médico era María, la compositora de Saga, para lo que me abordó con una bien plantada terapista que usaba su nombre de pila. Asistida por una ayudante de nacionalidad filipina, prometían acompañarme el tiempo justo que me tomara recordar el protocolo médico del Dr. Batista. La terapista o su asistente técnica, no estaba claro cual de las dos, producía gametos que podían dar positivo en la Avenida, cosa que le permitiría a la otra ser mi compañera y dar a luz un retoño que podría estudiar en una institución univesitaria cuando llegara a la mayoría de edad. Pero el prometido evento de amor, sólo si le confiaba los detalles protocolares del galeno cubano a un intermediario editorial apropiadamente lejos de la compositora de Saga.

Es curioso que la dama filipina también estableció desde el principio sus condiciones para integrarse al consorcio. No era nada difícil de llevar a cabo. Nos exigía rehabilitar a un viejo K-9 que estaba enjaulado en el laboratorio del edificio Facundo Bueso. Yo acepté enseguida y alguien abrió la jaula donde estaba el K-9, que era una hembra bull terrier exactamente igual a la que Darwin cuidó hasta la muerte, antes de que la reina Isabel lo condecorara por servicios ofrecidos a la Corona de Inglaterra, que fue la crianza de una bull terrier que le echaron encima a Thomas de Quincey y que permitió sacarlo de la adicción al opio. El interés de la reina en la rehabilitación del autor llegó tan lejos como para pedirle a Darwin que se quedara con la perra que lo ubicó drogado siguiéndolo, como se sabe, por el refinado olfato de los bull terriers sobre todo cuando son hembras y están en celo.

El protocolo del Dr. Batista para recuperar a Canario se sospechaba no era el mismo que se usó con Thomas de Quincey. No era tan cruel. Canario no fue perseguido por una perra en celo, como el notable autor de las Confesiones, pero los métodos que empleó para detectar y atender su adicción eran objeto de severas reconvenciones en la comunidad científica de los años 30, que se inclinaba más bien por la Medicina Tropical que por la siquiatría. Se sabe que Tomás Blanco, en su rasgada libreta de apuntes, no veía con buenos ojos el protocolo del doctor cubano, pero sus reparos y el método en cuestión se mantuvieron en la más extricta reserva, aunque se sabe que la compositora sabía algo del asunto por su parentesco con el médico que albergaba dudas por la humanidad del procedimiento que se empleó en esa ocasión.

Anotarme en un consorcio con mi terapista y su asistente, aunque yo no fuera adicto aunque sí fumador, le garantizaba a María que no iba a emprenderla con ella cuando supiera que estaba emparentada con el amargado doctor Blanco. Bastaba que yo le hiciera saber con un cuento de mi pluma, escrito con una atrasada maquinilla Remington, hospedado en la casa de un profesor también bajo tratamiento siquiátrico aunque con otro método de recuperación, que conocía el crudo procedimiento que usó el cubano para curar a Canario de espanto. Apostar dos agentes federales gemelas idénticas en el correo de Puerta de Tierra, que tenían encargado ubicar al adicto y caerle como pillo de película, si Batista lo descubría tratando de reconciliarse con su primera novia, la que perdió para siempre el plenero y que explicaba su pena y presente adicción. Como sabe, en el gemelismo hay un dato que no se puede desestimar, que una de las hermanas produce gametos que pueden dar positivo a un embarazo y que es la otra, que es un receptaculo como el griego crotón, la que puede dar a luz un hijo que no de la impresión de que el novio escojido está casado con dos bien plantadas hembras idénticas. El reparo del Dr. Blanco es que a un músico tan humilde como Canario se le escojiera para una cura con gemelas y no fuera por ello posible detectar que había estado loco por la pérdida de su novia original. Que yo expresara conocer el caso de Canario, aunque no era objeto de un privilegio como el que ese músico disfrutó, ya que mi terapista y su asistente no eran hermanas ni gemelas y en mi caso se iba a notar que alguna novia perdí en el pasado. Mi pena no me llevó a la adicción, y lo que la compositora quería es que declarara públicamente lo bien que los siquiatras cubanos se portaron con Canario y de paso aceptara que mi prima, la compositora,  me quería mucho y lo hiciera saber igualmente, aunque acabara casado con la terapista que usaba su nombre y de compañero de la hermosa mujer filipina que es hoy madre de José Manuel.

 

Laika

(Ilustración de Aida Guzmán) *

The more time passes, the more I’m sorry about it … (w)e shouldn’t have done it. We did not learn enough from the mission to justify the death of the dog.

— Oleg Gazenko

 

Cinco meses más tarde

la cápsula en la que viajaste

se desintegra

en el regreso.

Durante siete horas

un enjambre de científicos

monitorea sin cesar

cómo respondes

a la cero gravedad.

El exacto momento y razón

de tu último latido

se mantuvo en secreto

en nombre de la misión cumplida,

y el progreso.

En la víspera del lanzamiento

uno de estos científicos,

en un arranque de piedad,

te lleva a su casa

para que jugaras

con sus niños.

Me pregunto si

algunas noches

este hombre, sentado

en el patio de su hogar

con cigarillo y vaso de vodka

en la mano, silba a su can

y este se acerca

para recostarse a un palmo

de su diestra,

si en esas noches este hombre

alza la vista hacia el espacio

y por un breve instante

suplique no imaginar más

el terror y confusión absolutos

que debiste sentir,

orbitando el vasto espacio

dentro de una lata

sobrecalentada

y con poco oxígeno,

si lograse olvidar

el puro mirar

de una perrita de tres años,

moviendo el rabo

tímido y receloso al dedo

que la escoge,

estrella fugaz

entre realengos pululando

un poco de comida y cariño

por las calles de Moscú.

*La ilustración que acompaña el poema es de la autoría de Aida Tata Guzmán. Guzmán es artista del diseño y editora. Sus trabajos, collages, han sido presentados en la Galería Guatibirí, entre otros espacios. Ha sido colaboradora de En Rojo y Claridad por muchos años. La queremos y respetamos por su sensibilidad artística y por su solidaridad valiente por las causas de trabajadoras y trabajadores, la igualdad y la permanencia de la belleza.

 

 

Los míticos conflictos entre amigos y naciones: The Banshees of Inisherin y Black Panther: Wakanda Forever

 

 

Especial para En Rojo          

En Marriage Story (dir. Noah Baumbach, EEUU y Reino Unido, 2019), el amor y la comprensión de una pareja, magistralmente actuada por Scarlett Johansson y Adam Driver, no nace de una empalagosa armonía, sino a través de sus problemas y su separación. Sus dolorosas traiciones y riñas develan el amor entre ellos y cuán difícil es continuar juntos independientemente de las experiencias compartidas. En medio de una de las discusiones claves para la ruptura de la pareja, ella lo enfrenta a su infidelidad y él la acusa de presionarlo a casarse a pesar de sus dudas. El encontronazo culmina con él confesando que le desea la muerte. Él se desploma en llanto por lo que ha dicho y ella se acerca para poner su mano sobre su hombro. El gesto de la esposa refleja lástima y no algún intento de reconciliación. Aunque él le pide disculpas y ella siente su desesperación, hay expresiones que dejan su mancha. La manifestación de lo maravilloso, tanto en esta película como en las que reseñaré, radica en la aceptación de que nuevas alianzas inevitablemente surgen de los conflictos entre dos personas o bandos que nunca podrán estar juntos. Un beso o un abrazo ya no son suficientes. La promesa de cortarse un dedo y la invasión de un reino se tornan en urgentes gritos de reconocimiento de un amor que solo perdura en la lejanía. The Banshees of Inisherin (dir. Martin McDonagh; Irlanda, Reino Unido y EEUU, 2022) y Black Panther: Wakanda Forever (dir. Ryan Coogler, EEUU, 2022) son historias que representan relaciones fracturadas por diferencias intelectuales y dinámicas geopolíticas. Sus personajes enfrentan estas rupturas de maneras únicas demostrando cómo la amistad puede concluir en la autodestrucción o la venganza puede desembocar en la reconciliación.

En The Banshees of Inisherin, el director y guionista, Martin McDonagh, se enfoca en la relación entre dos personajes, Colm (Brendan Gleeson) y Pádraic (Colin Farrell). Colm, un culto compositor de música tradicional irlandesa, decide acabar su amistad con Pádraic, un hombre muy simple que vive el momento y que le interesan tan solo sus animales. Pádraic no entiende el porqué de esta decisión y persigue a Colm para que le dé una explicación. Pádraic tiene la intención de salvar su amistad, pero Colm está tan decidido que le promete que se cortará un dedo de la mano cada vez que Pádraic le dirija la palabra. Esta promesa mantiene la tensión a través de la película pues Colm es violinista y sus dedos son esenciales para su instrumento. Esta batalla de voluntades está rodeada por personajes como la fuerte e independiente hermana de Pádraic, Siobhan (Kerry Condon), y Dominic (Barry Keoghan), un joven algo lento que es víctima de abuso. Estos personajes se encuentran atrapados en el conflicto. En su teatro, McDonagh utiliza regiones de Irlanda para marcar los conflictos dentro de su país. Mientras que en su obra The Lieutenant of Inishmore, un veterano del Ejército Republicano Irlandés lucha con sus instintos violentos al regresar a su pequeño pueblo de Inishmore; en The Beauty Queen of Leenane, una madre sabotea cualquier intento de independencia de su hija por sus propios miedos de perderla. En su obra, McDonagh escudriña su cultura irlandesa para considerar cómo la política, los prejuicios y la violencia afectan las relaciones humanas. En la película, Inisherin es una isla ficticia que mantiene una distancia de la guerra civil que lucha en Irlanda y que constantemente se escucha a lo lejos. A pesar de que Inisherin no se ve afectada por este conflicto, la ruptura sangrienta y cruel entre Colm y Pádraic refleja el horror de la guerra que se vive en la lejanía. Ambos amigos se tornan en figuras míticas cuyas acciones decidirán el futuro de algunos de los habitantes de la isla. De hecho, la cinematografía, dirigida por Ben Davis, nos lleva desde los paisajes verdes que asociamos con Pádraic a los grises de la costa que apuntan al aislamiento que Colm tanto desea. Estos ambientes definen la inocencia, lo impetuoso y lo destructivo de cada personaje. Pero Gleeson y Farrell tornan a estos gigantes en personas de carne y hueso que se mantienen férreos a sus ideas. Similar a The Banshees of Inisherin, los personajes de Wakanda Forever son monarcas con poderes sobrehumanos cuya humanidad se devela en las relaciones que establecen con otras naciones.

En la secuela tan esperada de Black Panther (dir. Ryan Coogler, EEUU, 2018), el rey T’Challa ha muerto. La pérdida refleja la del mismo Chadwick Boseman, el excelente actor que bordó a T’Challa y que nadie podrá reemplazar. Wakanda Forever es definida por su tono elegíaco ya que comienza con la muerte y las exequias nacionales en honor al monarca. La majestuosidad del luto en honor al rey caído se ve en el blanco de las vestimentas, los bailes, las procesiones y hasta en las actuaciones de cada uno de los actores. Angela Bassett, como Ramonda, la reina madre, expresa una potente dignidad que se origina en su tragedia. Asimismo, los silencios de la brillante Shuri (Letitia Wright) y hasta las miradas tristes de la invencible Okoye (Danai Gurira) nos recuerdan constantemente el dolor de toda una nación. Por otro lado, la nación submarina de Talokan fue construida sobre el resentimiento por la colonización de las civilizaciones indígenas en las Américas. Cuando un joven Kukulkan (Tenoch Huerta), el dios monarca de Talokan, regresa del mar para enterrar a su madre, el ejército español se encuentra en plena conquista. Las fuerzas de Kukulkan se retiran y resurgen siglos después con una propuesta para Ramonda y Shuri, las representantes de la familia real de Wakanda. La película sigue el modelo de otras producciones del universo cinematográfico de Marvel, como Captain America: The Winter Soldier (dirs. Anthony y Joe Russo, EEUU, 2014) y Captain America: Civil War (dirs. Anthony y Joe Russo, EEUU, 2016), ya que explora las tensiones políticas internacionales del mundo de Marvel. Wakanda y Talokan han sentido la pérdida y, como resultado, se han mantenido aisladas. Wakanda Forever tiene un primer acto impresionante y una resolución que demuestra la sabiduría y empatía de Shuri. Sin embargo, la película sufre de las misiones cansadas de las películas de súper héroes donde los personajes tienen que buscar a una persona o a algún objeto para evitar una catástrofe mayor. Wakanda Forever tiene sus imperfecciones, pero Ryan Coogler imagina de manera efectiva cómo dos naciones forman alianzas complejas en reacción a las políticas coloniales primermundistas. Esto la hace única en el universo cinematográfico de Marvel.