Inicio Blog Página 642

Jayuya: monólogo de un historiador

 

La transición hacia el Estado Libre Asociado y su cuestionable legitimación internacional por la Organización de Naciones Unidas (1946-1953), fue objeto de la crítica jurídica de figuras que estuvieron estrechamente vinculados a la figura de Luis Muñoz Marín y el Partido Popular Democrático. La opinión de Vicente Géigel Polanco[1], quien abandonó esa organización en 1951, el juicio de José Trías Monge [2] en sus memorias, y los comentarios al Congreso de Estados Unidos firmados por el diplomático estadounidense Jack K. McFall, son un ejemplo de ello.[3] Las tres fuentes convergían en que el proceso constitucional no era sino una farsa jurídica o un juego diplomático vacío para mejorarla imagen internacional de Estados Unidos. Las interpretaciones provenían de un militante popular que abrazó el independentismo, un popular que era una autoridad en derecho que comprendía el problema de la soberanía y que sirvió al ELA desde su Tribunal Supremo, y uno de los agentes políticos que manufacturó el entramado del presunto proceso de descolonización en Washington.

Pero la crítica jurídica no fue la única reacción en aquel momento y, en general, fue desoída. El proceso que a la larga condujo a la consolidación del ELA en 1952, combinado con otras circunstancias particulares, estimuló al Partido Nacionalista a tomar otra vez, como lo había hecho en la coyuntura de 1930, el camino de la “acción inmediata” por medio de la protesta armada. Lo cierto es que desde diciembre de 1947, una vez Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico desde la ciudad de Nueva York, la militancia nacionalista atravesó por un proceso de reavivamiento notable. Otros sectores del independentismo de nuevo cuño que no compartían el pasado del Partido Nacionalista, a pesar de las notables diferencias ideológicas que podía haber entre ellos, también vieron en el retorno del líder al cual denominaban el “Maestro”, una oportunidad histórica que no podían dejar pasar por alto.

En diciembre de 1947, un grupo de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, a pesar de la resistencia de las autoridades universitarias, izó la bandera puertorriqueña que había servido de signo del nacionalismo político desde la década de 1930. Con ello ejecutaban un gesto de “saludo a Albizu Campos” y un reto a la estabilidad del régimen colonial. La emblemática torre universitaria había sido bautizada con el nombre del presidente Franklyn Delano Roosevelt en 1939 como reconocimiento al novotratismo y su papel en la recuperación económica del territorio en medio de la Gran Depresión por lo que tenía un valor simbólico extraordinario. Albizu Campos había sido un crítico exacerbado de aquel presidente y su política del Nuevo Trato siempre.[4] El Rector Jaime Benítez, otro icono de la historia de la institución, ordenó la expulsión sumaria de los jóvenes que habían organizado la protesta: Jorge Luis Landing, Pelegrín García, José Gil de Lamadrid, Antonio Gregory y Juan Mari Brás. El castigo funcionaba como una censura de la expresión y la opinión, por lo que desató una huelga estudiantil de un fuerte contenido político.

La huelga estalló en abril de 1948 y, entre mayo y junio, ya se estaban aprobando en la legislatura local la Ley 53 o Ley de la Mordaza que convertía en delito punible la expresión y el activismo independentista, nacionalista o socialista en el país. El lenguaje fundamentalista y autoritario de la ley sigue siendo impresionante: predicar, organizar, publicar, difundir o vender información que fomentara el derrocamiento del régimen estadounidense eran actos equiparados ante la ley y tratados como una acción delincuente. En última instancia, “pensar” era un acto tan peligroso como “hacer”. Las figuras detrás de la aprobación, hay que decirlo con propiedad, fueron el entonces Senador Muñoz Marín y el citado jurista Trías Monge. La calentura del Guerra Fría, la presión del discurso anticomunista, la amenaza a la hegemonía estadounidense en Europa en la segunda posguerra, había contaminado a la clase política local controlada por el Partido Popular Democrático.

Esta es una historia que se repite por lo que a nadie debe sorprender el giro a la derecha que esporádicamente domina a un segmento significativo de la dirección de los populares en el presente: la necesidad de afirmarse en el poder aliándose a los sectores moderados, presumiblemente mayoritarios, los domina. La Ley 53 era un acto de sumisión al Congreso de Estados Unidos. No era sino la expresión local de Ley Smith de aquel país redactada a la orden de la Doctrina Truman y el anticomunismo. En aquel país numerosos dirigentes sindicalistas, socialistas, comunistas, anarquistas o demasiado liberales, fueron objeto de vigilancia, persecución y represión. La Ley Smith estimuló la creación de “listas negras” en Estados Unidos y de “carpetas de subversivos” en Puerto Rico.

La huelga universitaria de 1948 representaba una amenaza a la tesis de Benítez de que la universidad debía ser un centro aséptico e ideológicamente inmune a la militancia. La tesis de la “Casa de Estudios” negaba siglos de tradición intelectual en la cual la crítica y el reto ideológico se reconocían como unos cimientos respetables de la tradición occidental moderna y, acaso, fundamento de aquella. Para Benítez, ser occidental en Puerto Rico en tiempos de la Guerra Fría, significaba todo lo contrario a lo que había sido desde la Revolución Francesa de 1789. La universidad era un espacio para el estudio y no para la participación ciudadana por lo que los estudiantes no poseían medios para la coordinación de sus reclamos tales como los Consejos de Estudiantes ni se debían organizar en grupos de opinión. En cierto modo, la participación y la política, estaban limitados a los administradores del poder.

Pensar que aquellas decisiones se tomaron por cuenta del regreso de Albizu Campos y las protestas de los estudiantes universitarios rebeldes, sería reducir el fenómeno a la eventualidad local. Lo cierto es que Puerto Rico estaba entrando a la Guerra Fría como un personaje de relevancia reproduciendo las ideologías dominantes en Estados Unidos. El efecto que aquella ley represiva e irracional pudiera tener en frenar la “ola revolucionaria” que se temía era cuestionable. Albizu Campos lo demostró de inmediato cuando, en junio de 1948, retó la censura de la Ley 53 en un discurso público en el pueblo de Manatí[5]. Las consecuencias de ello fueron las esperadas. La vigilancia sobre las actividades nacionalistas por parte de la policía aumentó. Albizu Campos tenía asignado un agente taquígrafo de nombre  Carmelo Gloró, quien llevaba récord de sus discursos con el fin de recuperar prueba para, en el futuro, establecer el acto delictivo. Bajo aquellas condiciones la violencia parecía una salida inevitable y justificada.

El proyecto insurreccional

La Insurrección Nacionalista de octubre de 1950 fue, entre otras cosas, una respuesta bien articulada a los retos políticos impuestos por la Guerra Fría, el proceso de descolonización que condujo a la fundación del Estado Libre Asociado y la actitud colaboracionista y sumisa del liderato del Partido Popular Democrático con las autoridades de Estados Unidos con el fin de asegurar las reformas que se les ofrecían. La acción protestó además contra la Ley 53 o La Mordaza de 1948, contra la Ley 600 y contra la Asamblea Constituyente que por aquel entonces se planificaba. Pero sobre todo fue un arriesgado acto de propaganda que se elaboró con el propósito de llamar la atención internacional sobre el caso colonial de Puerto Rico y confirmar las posibilidades de la resistencia armada en el territorio caribeño. En un sentido simbólico representó la reinvención de la situación que produjo, con efectos análogos, la Insurrección de Lares en septiembre de 1868. La retórica nacionalista de aquel entonces realizó un esfuerzo ingente por demostrar la continuidad espiritual, cultural y política entre el 1868 y el 1950.

El centro militar de la conjura fue el barrio Coabey de Jayuya. La finca de la militante Blanca Canales (1906-1996) sirvió como centro de entrenamiento y de mando, así como de depósito de armas para los rebeldes. Fue allí donde se proclamó la República y se izó la bandera de la Nación, muy parecida a la que en 1952 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico oficializara como signo del nuevo orden político. Allí se fundó, como en Lares, la Nación Simbólica y se sacralizó mediante la palabra su soberanía política.

El plan de los rebeldes era, una vez tomada la municipalidad de Jayuya, resistir el tiempo que fuese necesario hasta que la comunidad internacional reconociera la beligerancia puertorriqueña y legitimara su voluntad soberana. Algunos veteranos del ejército me comentaron en Jayuya en el 2008 que la selección de la localidad se había hecho sobre la base del notable potencial agrario de la región montañosa y sus posibilidades de sobrevivir en caso de que la insurrección no fuese efectiva en otras partes del país.  El Puerto Rico agrario que Operación Manos a la Obra dejaría atrás pesaba mucho en la cultura revolucionaria de una parte significativa del liderato, asunto que habría que indagar con más detenimiento en el futuro. Las fuerzas nacionalistas de aquella localidad estaban al mando de Carlos Irizarry, militante que era además, veterano de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia militar en las fuerzas armadas estadounidenses o en conflictos internacionales como la Guerra Civil Española era valorada por la organización militar nacionalista.

El centro político o público fue, desde luego, San Juan donde se encontraba la casa del Partido Nacionalista y vivía su líder Albizu Campos. La voz de la nación era aquel abogado. La prensa puertorriqueña, estadounidense e internacional, miraría hacia donde él estuviese y los actos que se ejecutaran contra su persona con el fin de arrestarlo, servirían para proyectar el hecho de que en Puerto Rico se luchaba a favor de la descolonización por un camino alterno al que había marcado la Ley 600. Los centros rebeldes mejor preparados para los combates parecen haber sido los de Utuado, Mayagüez y Naranjito, aunque los combates en cada una de esas localidades fueron desiguales. Sin embargo la presencia de comandos nacionalistas era visible en una parte significativa del país.

Las acciones de Jayuya se combinaron con dos atentados que demostraban los riesgos que era capaz de tomar la militancia nacionalista. El primero fue encabezado por el militante y también veterano de guerra, Raimundo Díaz Pacheco (1906-1950) y tuvo por objetivo la residencia oficial del gobernador Muñoz Marín, es decir, La Fortaleza. Se trataba de un atrevimiento histórico que recordaba las conjuras militares del siglo 19 que siempre tenía por objetivo la toma de la casa de gobierno y la proclamación de la república. El otro estuvo compuesto por los militantes Griselio Torresola (1925-1950) y Oscar Collazo (1914-1994), quienes atacaron la Casa Blair, residencia temporera del presidente Truman en Washington.[6] Ninguno de los dos magnicidios consiguió su objetivo pero el impacto propagandístico de ambos fue enorme.

Antecedentes inmediatos

La Insurrección Nacionalista estalló el 30 de octubre de 1950. Todo parece indicar que los días previos fueron de intensa preparación para una situación que Albizu Campos había planeado con mucha calma desde su salida de la cárcel de Atlanta en 1943.  Los registros del taquígrafo de récord y funcionario de la Policía Insular Carmelo Gloró, documentan que el 26 de octubre, cuando se conmemoraba el día del natalicio del General Antonio Valero de Bernabé en Fajardo, Albizu Campos adoptó un tono marcial que inevitablemente resultaba en un llamado al combate inminente. Para quienes conocen el calendario patriótico del Partido Nacionalista, la relevancia de Valero de Bernabé y su vinculación con el mito bolivariano, explican por qué aquella fecha  resultaba idónea para informar a la militancia sobre la necesidad de una movilización.

El día 27 de octubre, un grupo de nacionalistas fueron detenidos por las autoridades mientras transitaban por el Puente Martín Peña en la capital. Durante la intervención  se les ocuparon dos pistolas  calibre  37, una subametralladora, cinco explosivos de bajo y mediano poder que incluían los clásicos cócteles molotov, algunas bombas tipo niple y varias cajas de balas. Todo parece indicar que aquel acontecimiento fue crucial para que se tomara la decisión de que la Insurrección sería el día 30 dado que se llegó a temer que aquellos arrestos fuesen la primera de una serie de intervenciones policiacas que pondrían en peligro el objetivo de los rebeldes.

El 28 de octubre estalló un motín en la Penitenciaría Estatal de San Juan bajo el liderato del presidiario Pedro Benejám Álvarez. El mismo desembocó en un escape masivo de presos. Benejám era también veterano de guerra y había sido traficante de armas robadas al ejército de Estados Unidos. Por aquel entonces se alegó que el motín estaba conectado con la conjura nacionalista y se aseguraba que Benejám estaba comprometido a suplir armas y hombres a la revuelta.

Durante los días 28 y 29 de octubre, las tropas nacionalistas se movilizaron y se reconcentraron en el Barrio Macaná de Peñuelas. La residencia de militante Melitón Muñiz Santos, fue usada como centro de distribución de armas y tareas para el evento que se acercaba.

Objetivos militares y el plan de combate

La meta principal de los Comandos Nacionalistas, cuerpo con entrenamiento militar que en 1934 se habían identificado como los Cadetes de la República, fue la toma de los cuarteles de la Policía, prioridad que parece demostrar la necesidad de armas que caracterizaba al movimiento rebelde. Aquel objetivo militar se unía a un plan concertado para ocupar las oficinas de teléfono y telégrafo locales con el fin de incomunicar las localidades una vez fuesen tomadas. Un segundo objetivo de los Comandos Nacionalistas fue ocupar las alcaldías, centro que representaban el poder colonial concreto cercano a la gente y ratificaban el colaboracionismo de los populares con las autoridades estadounidenses.

El tercer objetivo fueron las dependencias del Gobierno Federal en Puerto Rico tales como los correos y las oficinas del Servicio Selectivo de las Fuerzas Armadas. El Partido Nacionalista había conducido una campaña muy persistente en contra de la participación de los puertorriqueños en el ejército estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.  Debo llamar la atención sobre otro elemento que me parece crucial. La Guerra de Corea, la primera confrontación violenta de la Guerra Fría, había iniciado en junio de aquel año y, como se sabe, ya en las primeras semanas de octubre la tropas de la Organización de la Naciones Unidas al mando del General estadounidense Douglas MacArthur, habían sido movilizadas contra los ejércitos de Corea del Norte y la República de China.  El mundo estuvo al borde de una conflagración atómica en aquel contexto por lo que la Insurrección Nacionalista de octubre de 1950, se iniciaba en un momento muy complejo en que la fiebre anticomunista dominaba el lenguaje político internacional.

La táctica utilizada fue la de las guerrillas urbanas. Se trataba de bandas o grupos pequeños que se tomaban enormes riesgos militares hasta el punto de que algunos de ellos funcionaban más bien como comandos suicidas. Los soldados nacionalistas más experimentados contaban, como se sabe, con formación militar en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y, todo parece indicar, que los nacionalistas constituyeron un cuerpo disciplinado y dispuesto a cumplir con las órdenes de sus superiores. Los logros militares más notables de aquel esfuerzo se redujeron al hecho de que Jayuya, el centro de la conjura, permaneció en poder de los Nacionalistas hasta el 1ro. de noviembre, pero la movilización de la Guardia Nacional, cuerpo militar que contaba con armas de repetición, morteros, artillería ligera y aviones de combate, forzó la rendición de la plaza con el fin, según algunos, de evitar la devastación del barrio. En aquel momento la desventaja en capacidad de fuego de los rebeldes se hizo patente.

Un juicio tentativo

La impresión que deja aquella situación es que, igual que en el caso de la Insurrección de Lares de 1868, la Insurrección de Jayuya de 1950 parece haber sido producto de la precipitación y la prisa. Los defensores de Jayuya no contaban con armamentos capaces de enfrentar vehículos blindados, ni con artefactos bélicos antiaéreos. Entre los pertrechos ocupados a los rebeldes había pocos explosivos de alto poder: las bombas tipo niple y los explosivos a base flúor o cloro parecen haber sido el límite de su capacidad explosiva.

El gobernador Muñoz Marín, la Policía y la Guardia Nacional manejaron el asunto de una manera muy diplomática con el fin de evitar el golpe de propaganda que podría producir a nivel internacional un acto de rebelión y represión masiva contra los rebeldes. El prestigio de Albizu Campos y su proyección internacional debieron pesar mucho en aquel momento. Ejemplo de aquella actitud cuidadosa fue el hecho de que nunca se declaró un “estado de emergencia” o “ley marcial” y que, con el fin de disminuir el efecto negativo que aquel acto podía tener sobre su imagen, Muñoz Marín pidió disculpas a Estados Unidos en nombre Puerto Rico y proyectó la Insurrección como un acto aislado y de poca relevancia.

Albizu Campos, arrestado en su casa tras una intensa resistencia, fue condenado a 53 años de prisión. Su destino parecía ser morir en la cárcel. Sin embargo, la presión de una campaña humanitaria internacional a favor de su excarcelación, provocó que el líder rebelde fuese indultado por Muñoz Marín en 1953.  Como dato curioso, el indulto se ordenó el 30 de septiembre de aquel año y Albizu Campos lo rechazó. Las autoridades carcelarias tuvieron que expulsarlo de la penitenciaria a pesar de su oposición.

Albizu Campos era un mito político muy poderoso, una figura que estaba, por decirlo de algún modo, más allá de la política cotidiana y de la domesticidad. Su proyección internacional como un mártir de la independencia era incuestionable. Reducirlo a las pequeñeces de la política local en tiempos de la Guerra Fría requeriría un esfuerzo monumental. Lo cierto es que figuras como la de Albizu Campos representaban una contradicción en aquella década del 1950 en la cual el realismo, el cálculo y el pragmatismo se imponían en la vida política local. Albizu Campos era demasiado irreal para una generación política que había decidido someterse y ajustarse a la corriente que provenía de Washington.

 

[1] Mario R. Cancel Sepúlveda, notas a “Vicente Géigel Polanco y la Ley Pública 600” (1972) “Ni constitución ni convenio” (Fragmento). Publicado en El Mundo, a 19 de mayo de 1951. Tomado de (1972) La farsa del Estado Libre Asociado (Río Piedras: Edil):  21-24.URL: http://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2009/11/15/vicente-geigel-polanco-y-la-ley-600/
[2]Mario R. Cancel Sepúlveda, notas a “José Trías Monge y el ELA” tomado de (2007) “Capítulo 8. En la Secretaría de Justicia” (Fragmento) Cómo fue. Memorias (San Juan: EDUPR): 200-201.URL: http://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2009/11/15/jose-trias-monge-y-el-ela/
[3]“The Origin of the Commonwealth Label” (April 20, 2011) Puerto Rico Report. URL : https://www.puertoricoreport.com/the-origin-of-the-commonwealth-label/#.Y161xXbMKUk
[4] Refiero a los interesados a Mario R. Cancel Sepúlveda (2010) “El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)” en Puerto Rico entre siglos URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/08/09/partido-nacionalista-obreros-mayaguez-1934/
[5] Los mejores recursos para comprender el fenómeno siguen siendo Ivonne Acosta Lespier (1989) La Mordaza. Puerto Rico 1948-1957 (Río Piedras: Edil) e Ivonne Acosta Lespier (2000) La palabra como delito (San Juan: Cultural)
[6] Un relato detallado del acto puede leerse en Ramón Medina Ramírez (2016) El movimiento libertador en la historia de Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto) reproducidos en redacción (25 de octubre de 2022) “CLARIDADES- 1 de noviembre de 1950” URL: https://claridadpuertorico.com/claridades-1-de-noviembre-de-1950/

Será Otra Cosa: Affect, Archive, Archipelago: una lectura

 

 

Columnista invitada

 

Gracias a Beatriz Llenín Figueroa por este libro palpitante. El soporte es rectangular, pero el metamórfico escapa, se fuga, se escurre, de sus límites acartonados y los transforma. Según la autora, le toca muy de cerca a una persona que comparte mi nombre y mi cuerpo, diría yo que lo usurpa. En casa la dejé.

Beatriz me ha pedido que hable sobre su libro, Affect, Archive, Archipelago: Puerto Rico’s Sovereign Caribbean Lives (Rowman & Littlefield, 2022), y eso haré. Tratándose de un libro tan rico en sentidos, desde el título mismo, y, siguiendo los pasos de la autora, comienzo por el archivo Édouard Glissant. La primera edición en francés de su influyente Discurso antillano se publicó en forma de libro en 1981, en los umbrales del período presidencial de Ronald Reagan, una gestión bárbara que pasó del claroscuro de la guerra fría al claroscuro de la globalización e impulsó de manera brutal los desastres del neoliberalismo capitalista. Un solo mundo de grandes fortunas privadas, desigual, despiadado, conectado y desconectado por redes oscuras que se apoyaron en la privatización de la internet. Un modelo social fundamentado en la exaltación de la figura del varón guerrerista, del libertarismo de derechas y del extractivismo entre países e individuos. El estado nación debilitado servía los intereses de esa versión “American Psycho” de los robber barons del fin de siglo anterior. La demolición del muro de Berlín devino en figura alegórica de un capitalismo desbordado, sostén de las mitologías del individualismo libertario de derechas. En el portal de entrada de la nueva era socioeconómica global, los tratados de libre comercio que no lo son empujaban al colapso las economías de los países que entonces se llamaban periféricos bajo la embestida pareja de globalización y endeudamiento.

El contexto tan retrospectivo como visionario de la base teórica de los escritos de Glissant iba a contrapelo del júbilo casi universal del nuevo orden universal. Porque desde los márgenes nunca sabemos dónde caerán las cosas cuando el mundo se estremece, pero se sospecha que no será a favor nuestro. Y las alegrías universales no han sido liberadoras para los alrededores de palacio. Uno de los móviles del Discurso antillano fue el deseo de evadir la forma rígida de la asimilación y el desprecio: “los horrores de la despersonalización y la asimilación afectan tanto a Puerto Rico (asociado con los Estados Unidos) como a Martinica (departamento de Francia)”. Una vía de escape está en las submarinas raíces invisibles: “en flotar libremente, sin posicionarse fijamente en un lugar primordial, sino extendiéndose hacia todas las direcciones de nuestro mundo, ramificándonos”.

En este archipiélago la lucha ideológica se libró entre el post mortem del ELA, la isla continente de Rosselló y el derrumbe del panteón de afectos independentistas que había sido uno de los pilares de las luchas de izquierda.  Se emprende la carrera de la privatización de bienes públicos y el endeudamiento en proyectos faraónicos encubridores del robo, casi al ritmo que caían las fórmulas políticas del medio siglo. Sin embargo, no pierde el paso la actividad artística y literaria, como si del vaso astillado de las instituciones escaparan multiplicándose sus manifestaciones y réplicas en el arte experimental de comienzos de este siglo.

Ese es el estado del tiempo de este libro. Pero no se trata de un libro más con ínfulas de planteamiento teórico ni de una compilación de estudios de caso. El libro es una réplica de los temas que toca, tan extendido en sus redes de asociaciones, complicidades y relatos performativos como las organizaciones y personas cercanas al mar y a la representación y la performance que son sus personajes. De cara al desamparo de los desastres, provoca un encuentro, no sólo entre cuerpos, sino de cuerpos aplastados contra la muralla, y lo hace con el cuchillo afilado de la crítica entre los dientes.

En los cuarenta años desde la publicación de Discurso antillano, el peso político de los afectos vino a suavizar las feroces deconstrucciones, o al menos las reglas de representación de los sistemas y archivos clausurados del estado nación en las metrópolis y sus colonias. Porque hubo tantísimos desastres antes de 2016, de 2018, de 2020, de 2021 y de 2022. Desde esos desastres se fue armando aquel año maravilloso de 2011. En los alrededores de ese año se multiplicaron los enfrentamientos contra el sistema capitalista global, que encontraron un pozo de indignación en el desplome de la banca en el año 2008, prendieron en el 15 de mayo madrileño, y siguieron multiplicándose en el Occupy Wall Street, en las denuncias de Assange y Snowden, en la llamada revolución egipcia, con réplicas hasta el verano boricua de 2019. Creo que llegó a comprenderse que los afectos, además de la razón y acaso más, determinan el comportamiento de las llamadas masas. Y no es poca la fuerza de cuerpos concentrados en torno a una potente pluralidad de afectos felices.

Esos movimientos, como la rapidísima sucesión de tendencias en estos años (antes, los estilos culturales se archivaban por generaciones, después por décadas, ahora son tendencias cuya cronología quizás pueda asociarse con eventos como la puesta en el mercado de una nueva versión del iPhone o el ascenso de algún influencer), quedan en el registro de la memoria como erupciones replicables y en estado latente, pero poderoso, como en la reciente experiencia que produjo un documento casi amorfo, por abarcador, que podría llegar a ser de referencia, aunque no tenga fuerza de ley: la nueva constitución chilena. Entre tanto, los intereses del capitalismo libertario multiplicaron su perversidad mimética, intentando comprar, asimilar o replicar con sesgo de competencia individualista los actos transformadores. Y se apropiaron de la lógica cristalina del 99%, e incluso la monetizaron.

Pero si los clamores de justicia se dejan seducir, no así otros mensajes, los más contagiosos y comprobables en la realidad cotidiana, los mensajes de odio. Estos se multiplican en “verdades alternativas”, en invasiones guerreristas, en destrucción de pueblos, de tierras y de vidas, en enormes migraciones y, en este territorio incalificable, que pertenece a, pero no forma parte de Estados Unidos, en la deuda ilegal, la junta dictatorial, la desnudez del poder imperial y la demolición de las instituciones educativas, culturales, de salud pública, de infraestructura, que fueron obras de todo un pueblo y que permitieron ciertos espacios contestatarios y de producción cultural. Y a todo esto, haciéndonos creer que es inevitable alguna injusticia en el régimen de los conectados, y que elles no son responsables, ya que sólo el dios algoritmo es grande y omnipotente. Raras veces se descubre la mano oculta que diseña, perfecciona y pone en circulación esas fórmulas necrófilas.

Ese es el espacio creador de este libro que tanto se parece a los cuerpos solidarios, potentes, constantes e independientes que irradian sus archivos conectados como un archipiélago de islas pequeñas, que no se entienden sino en sus contagios. El lugar desde el cual se escribe, el lugar donde se escribe, o se expresa, cobra cuerpo. Se escribe desde la expulsión no ya del “commons”, sino del “undercommons”, que ha sido o fue la universidad para los profesores sin plazas permanentes. Es decir, se sostiene en la pasión del pensar riguroso que la universidad representó, pero también se desprende de sus rigideces, deterioros y estructuras inoperantes, que la dejaron a la merced de un simple tijeretazo del presupuesto. Porque las instituciones son más vulnerables al ataque de sus enemigos cuanto más permiten la corrupción desde adentro.

Una persona que siempre estuvo ligada a la universidad escribe no ya desde el claustro, aunque tampoco en soledad, y yendo más lejos que los aristotélicos, que andaban para pensar mejor, se hizo de un método diferente: nadar y andar. Y la metodología más que subterránea, necrológica, luctuosa, apocalíptica, de buena parte del “undercommons” se abre, indignada, retadora, marina y submarina, al escenario a una comunicación ecolocalizante: la práctica de recibir y responder contra el aislamiento, desde allá, sin dejar de tener los pies y las aletas aquí; la descentralización del yo que potencia repercusiones.

Es como si los espíritus no tuvieran que ser invocados por personas con facultades mediúmnicas para dejar al descubierto los lugares del individualismo jerárquico, solitario, impotente. Por extensión de lectura y puesto que la lectura es una de las estaciones de recepción y relevo de este libro, lo veo afín a la metamorfosis constante que, se dice, caracteriza a todos los seres vivos; el don de aprestar el cuerpo para que no se cierre a lo que podría acontecer es quizás un efecto de las artes, mientras que la circulación de revelaciones que se resistan a la impotencia anima el terreno político.

Esos afectos unitivos tienen que ver con los amplios márgenes vitales que la razón colonialista no alcanza. Repercuten, en cierto sentido, en el pensamiento de un filósofo místico llamado  Emanuele Coccia, quien explica en el libro Metamorfosis: “No tenemos necesidad de remover todo el planeta para sentir el mundo, para verlo, para experimentarlo en toda su infinidad. Todo lo que tenemos que hacer es explotar la memoria material y espiritual de nuestro cuerpo. Cada uno de nosotros es la historia de la tierra, una visión de la misma, un desenlace posible… Como fuerza metamórfica toda vida es un atlas desplegándose: no habita un territorio sino que es un territorio en su propia carne. Haber nacido significa esto: no ser puros, tener en sí mismo algo que viene de otra parte, algo extraño que nos impulsa a la vez a devenir extraños a nosotros mismos… todas las especies son gemelas: humanos, hormigas, robles, cianobacterias y virus” y habría que añadir a los delfines y al San Pedrito, claro. Se trata de una propuesta animista, me parece. Es la relación de continuidad entre vida y muerte entre especies. No es el crujir de dientes de un individualismo paralizado o acariciado por el terror.

Querer, condenar, repeler es, por razón de nuestros cuerpos, estar en el mundo. Esos afectos forman la base del acercamiento de la autora a figuras históricas que parecerían cancelables desde los mandamientos de la corrección retórica y política, pero que en el horizonte de sus conocedores actuales se quieren justamente por su valor y por sus desacuerdos con la ética de los sectores biocidas de sus tiempos. La autora se centra en Betances, en Luisa Capetillo y en Pedro Albizu Campos. Había que mirarlos muy de cerca, con alguna dureza, sin pretender juicios bárbaros como que su conciencia pesara menos que una pluma, para validarlos en una memoria. De hecho, contrario a lo que parecería lógico, han sido objeto de la curiosidad y trabajo recientes de cineastas y activistas jóvenes.

Aproximarse a estas figuras con el método del “animal fiero y tierno” que anda y nada es realmente un interrogatorio que piensa la lucha cultural no como un movimiento de “slash and burn”, sino como la cautelosa ecolocalización de otros archivos, conocimientos y respuestas. Parte de la subjetividad que recoge mensajes, porque ser receptor de mensajes es una potestad del cuerpo, pero no recibe mensajes de antenas invasoras, sino que registra de otra manera, en otras frecuencias, y para ello lee y entrevista y conversa y se apasiona y piensa, en algo así como una hiperestesia de los sentidos, en un estado unitivo, de disponibilidad, donde todo tiempo es contemporáneo. La empatía con Betances como promotor de la confederación antillana, una confederación del amor, según Khalila Chaar, es tan clara como la costa que se ve después de un huracán. Y un reconocimiento, además, de la remotas raíces de la memoria. Hay que hablar sobre la fuerza de la memoria. Huidiza, mitificadora, potenciadora, engañosa y necesaria. Habría que hablar de la inutilidad de liquidar archivos que dejaron trazos revolucionarios, y que por eso ya antes fueron censurados y tachados. Habría que hablar de la inutilidad de sustituir las memorias con vacíos, “place holders” o “cajas de herramientas” amnésicas. También se habla desde las pequeñas crónicas, cuentos, visiones y relatos que la autora enlaza con los capítulos de su libro, así como en la presentación de agravios, propuestas de reparaciones y de las experiencias de algunos grupos y tendencias, sobre todo en el campo del teatro y la performance.

Los afectos, además de la razón y acaso más, determinan el comportamiento de las llamadas masas. Y no es poca la fuerza creadora de cuerpos concentrados en torno a un potente afecto. Yo, y la Marta que se menciona en este libro, hemos sentido esa lucidez liberadora en pocas ocasiones. Una de ellas fue la actividad tras la excarcelación de Oscar López Rivera. Otra, cuando nos unimos al movimiento Occupy Wall Street Paco, su hermano y yo, tres viejos con pancartas de protesta y denuncia, frente a la sucursal del Banco Popular en Cayey.

En los modelos geográficos se hablaba de lugares centrales. Eran lugares dominantes en una región a su vez dependiente de un lugar metropolitano. Así se estudiaba la geografía económica. Así se concebía el orden de las culturas: unos lugares centrales con sus réplicas en ciertas visiones antropológicas. Ante esa geografía dominante en campos tan diversos y tan antiguos, el comportamiento de unos cuerpos que llamamos países pequeños pide y va encontrando otros acercamientos: evasivos, mas no escapistas. Allá en la antigüedad de 1981 Glissant escribía: “Nos muestran las ventajas de las grandes agrupaciones, y yo todavía creo en el futuro de los países pequeños”.

La lectura de Llenín Figueroa es rigurosa, y va de los archivos de los muertos a los movimientos de organizaciones relacionadas con una conciencia oceánica y archipelágica: Agua, Sol y Sereno, Amigxs del MAR, Comuna Caribe, Mujeres que Abrazan la Mar y Coalición 8M. Son organizaciones de largo historial de trabajo constante. Las entrevistas se centran en una densa y diversa relación entre los cuerpos y el mar. A propósito de Tito Kayak, de Amigxs del MAR, creo que se equivocó Corretjer cuando hablaba del poblador originario como último puertorriqueño libre. O Tito no estaba al tanto, puesto que a lo largo de un tiempo considerable, sus performances se han sustentado en la convicción de que es libre y desobediente de represiones. Su viaje en kayak, allí donde hubiera una auténtica soberanía, debió servir para germinar semilleros de ideas. Por lo que sabemos, su cuerpo hizo la ruta que otres soñamos y ni siquiera alcanzó el reconocimiento que la gesta merecía. Entonces también hay que pensar que el pensamiento de un Glissant se hizo en un largo proceso de anexión de su país como departamento de ultramar. Entenderlo es casi una tragedia, porque mientras se independizaban las colonias africanas, acá se experimentaba con el inestable e inferior estatus de departamento. Es como si el pensamiento caribeñista más fértil hubiera cuajado desde la muerte y el silencio y la tachadura. En fin, escribir como si fuéramos libres, conscientes de que todavía no lo somos.

Parece inconcebible al interior de ciertos marcos teóricos que existan colonias que no sean estados soberanos. Quizás algunos conglomerados menores, en guerra y perseguidos, pero colonias silenciadas, donde no se puede elegir a los gobernantes, son inconcebibles, y por lo tanto no forman parte de la larga lista de afrentas colonialistas. Supongo que algunos teóricos de las decolonialidades no piensan la independencia porque es impensable que haya países privados del derecho a gobernarse.

Me ecolocalizo a una distancia respetuosa sobre el papel de la soberanía política y la independencia. El concepto nación estado es equívoco, antiguo y admite más de una definición. Los grandes imperios del siglo 19 y 20 son casi “place holders” para nombrar una autoridad que se ha ido internacionalizando y privatizando. Si esos imperios fueran a pagar las reparaciones que deben seguirse exigiendo, tendrían que vender Balmoral, el museo de la revolución francesa y los llamados parques nacionales del país líder del mundo libre. Sin dejar de exigir reparaciones, hay medios más inmediatos, en primer lugar las cancelaciones de las deudas, como mencionó el presidente colombiano Petro, de Colombia, en un discurso ante las Naciones Unidas.

En todo caso, parecería que el concepto nación estado sólo se sigue usando sin escandalizar a nadie cuando se habla del país líder del mundo libre. Ellos se llevaron todos los sentidos de “The Nation”. Tampoco me interesa conservarlos. Sí me aferro a la necesidad de la independencia, a la liberación de Puerto Rico como territorio humillado del líder del mundo libre. Entre tanto, vivir la independencia hasta que rebotemos contra los barrotes de la isla experimental y los forcemos para seguir nadando y andando.

En fin, no veo cómo puede separarse la independencia política de algo que la autora describe como “una reorganización política sísmica, imaginativa y emancipadora”. En ese horizonte estará el país abierto sin determinaciones exteriores sobre el tránsito de barcazas. Y esperemos que no hagan tanta falta las barcazas de diesel. Cierto que la imaginación debe marcar el rumbo. ¿Qué más nos queda? Las bombas y los misiles y las tropas y las cercas y las fronteras controladas…

Una etimología de archivo es principio, origen. Los orígenes sugieren fechas poderosas. La biblioteca histórica del grupo recolector de documentos a mediados del siglo XIX remontó el comienzo de su archivo a las cartas de los cronistas. Aquel archivo es también un archipiélago. La precariedad no significa la muerte y esa es la alegría de la teoría. En cercanía con la gente también se generan, se recuerdan, se fundan archivos, como la memoria histórica de los grupos y personas entrevistadas en este libro. Aquellos personajes de Fahrenheit 451 también incorporaban archivos.

El último capítulo de Affect, Archive, Archipelago se centra en la artista Teresa Hernández. Ese es el nombre de una persona, pero en el plano que se usa aquí, es el nombre de un cuerpo de personas. Su constancia, su fuerza en tiempos de desquiciamiento, es una zona ecolocalizada y ecolocalizante, una estación receptora y transmisora de mensajes que provienen del rastro de otras intervenciones, de la incapacidad expresiva de las palabras o del caos multiforme de las palabras de una muchedumbre, de una masa desamparada que es legión. Porque ese cuerpo recibe y devuelve las presencias invisibles de lugares que nunca están vacíos, aunque lo parezca, por todos los pasos y las palabras que allí fueron.

El pensamiento de Beatriz Llenín Figueroa invita a construir libertades desde y con las artes y la literatura, aunque incluso estas prácticas emancipadoras, si dependieran exclusivamente de la generosidad filantrópica de los extraños, obrarían precariamente. Pero el libro existe, leamos. Y es abierto, generoso, flexible, sin temor al caos, pero feroz y ágil como aquellos versos memorables: “entre la rosa y la ferocidad de a diario”. No podemos darnos el lujo de la desesperanza.

 

Texto leído en ocasión de la presentación del libro Affect, Archive, Archipelago: Puerto Rico’s Sovereign Caribbean Lives, de Beatriz Llenín Figueroa, en La Comuna, en Río Piedras, el 14 de octubre de 2022.

 

 

En Reserva: Ejércitos y alianzas

 

Especial para En Rpojo

Para David y Nik

Llevó unos días pensando en el matrimonio, su historia, transformaciones y su razón de ser (o razones de ser) históricas. He aquí algunos de mis hallazgos.

Arguye la historiadora Stephanie Coontz en Marriage, a history (2006) que el matrimonio como lo conocemos hoy día –entiéndase, por libre elección y comúnmente por amor, por ejemplo–, es un invento ‘occidental’ y una práctica tan radical como reciente que data del siglo XVIII tardío.

A pesar de ello, Coontz insiste en que absolutamente todos arreglos matrimoniales y/o sexuales que se consideran modernos o recientes han sido explorados, vividos o tratados antes.

Para la psicoterapeuta Esther Perel el matrimonio es un conjunto de narraciones: “you pick a partner, you pick a story”.

Históricamente las parejas se han unido por motivos económicos y de supervivencia. Por una parte, para afianzar la mano de obra con sus cónyuges y crías (así como la conservación de la especie), y por otra, para aunar, legitimar y adquirir poder a través de transacciones económicas y, dependiendo del caso, políticas. El amor y el deseo, que siempre han existido, aduce la historiadora, comúnmente se conjugaban en otras estructuras, fuera del acuerdo matrimonial.

“For centuries, marriage did much of the work that markets and governments do today”, explica. “It organized the production and distribution of goods and people”, añade, y “it set up political, economic, and military alliances”. Y aun más, instituía la distribución del trabajo, según género y edad, por ejemplo.

Demás queda decir que históricamente también el matrimonio ha sido terrible y opresivo para las mujeres. El matrimonio, sentencia Coontz, “orchestrated people’s personal rights and obligations in everything from sexual relations to the inheritance of property”. (Todavía muchisimas convivencias y relaciones consensuales carecen de derechos y protecciones de ley).

En la Antigüedad se reconocían las convivencias sin necesidad de un documento oficial que diera fe del vínculo de los cónyuges. En el matrimonio romano los invitados a la boda se tomaban por testigos, en caso de que hubiera una petición de divorcio de uno de los contrayentes. Interesantemente, “el divorcio”, apunta Angulo y Carvalajal, se peticionó con muchísima frecuencia (12).

No es hasta la Edad Media que la Iglesia cobra centralidad casamentera. Ni entonces, ni nunca han dejado de existir los amancebamientos –en el medievo conocido como el matrimonio a yuras o clandestinos, sin sacerdotes o testigos (gracias RAE)–.  Más adelante, en el siglo XVI, el Concilio de Trento, que entre otras cosas condenó la Reforma protestante y reafirmó la existencia del purgatorio, estableció el matrimonio como un sacramento y con ello la supresión del concubinato (sin muchísimo éxito).

Marriage, A History, traza el cambio, a finales del siglo XVIII, luego de que una serie de cambios económicos, políticos y culturales erosionaran, en Europa y Norteamérica, la ubicuidad de los matrimonios ‘pragmáticos’. Pero a más de 150 años del matrimonio ‘moderno’, con sus transformaciones –a veces involutivas–, nos enfrentamos a nuevos retos. Esther Perel nos dice que we come to one person, and we basically are asking them to give us what once an entire village used to provide.

Yo que cumplí hace unas semanas tres años de matrimonio (pero 8 a yuras), llevo a modo de mantra y hasta sentencia que hacemos un amoroso frente, un ‘ejército de dos’. Sin dejar de ser económica, la decisión de escogerse y quererse es una faena de día a día.

Mi amigo David, cuya boda fue el mes pasado, me hablaba de la importancia de celebrar el amor. Su definición fue sucinta y certera. Comentaba con mucha ilusión que lo suyo era “alianza”. Me pareció una mejor definición, un tanto menos belicosa que la mía.

Vuelvo a Esther Perel y al matrimonio como literatura, con narraciones cambiantes, en el mejor de los casos, conscientes de sí mismas y a fines o llevaderas en lo que importa. Y regreso a mi enciclopedia personal, a aquello que pensó, escribió y por fortuna se ha editado de Juan Ramón Jiménez (yo como Lefevre también tengo monomanías).

En el exilio Juan Ramón, escribió en Ideolojía, su libro de aforismos, sobre el amor como “universo de dos”. Décadas antes, en su viaje de recién casado, ya intuía a su unión (y sus preferencias de convivencia), como una órbita cerrada.  En su viaje de bodas y mirando su anillo de desposado, escribía: “Mi corazón entero pasa, río/ vehemente y noble, bajo el suave/ anillo que, por contenerlo, en círculos/ infinitos de amor se abre”.

Y termino mi brevísima y limitada revisión matrimonial con un saldo de ejércitos, alianzas o andarines de órbita (de cuantos integrantes se quiera y dure lo que dure); estrategias de supervivencia o de poder, frente al Estado o la Iglesia o ninguna… Porque ante la vida, escribía, Jiménez (¿quién más?) “en dónde está el amor, allí está el mundo” (Ideolojía 122) y la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Breve sobre Lumbre

 

En Rojo

0.Lumbre, como en un fuego que se incendia voluntariamente. Fue lo primero que pensé porque me gustan las palabras. Esa particularmente es una que pronuncio como si fuera un sabor en la boca.

Riel, una editorial que distingo por sus publicaciones de riesgo y el cuidado en el diseño, publicó un poemario de Daisy M. Sánchez titulado de esa luz. Lo de riesgo lo digo con admiración. Publicar buena literatura puede resultar en un contratiempo cuando la ausencia de rigor es ley.

  1. Lumbre acoge poco más de treinta poemas. Las isotopías silencio, ruido, estallido, otra vez silencio, silbido y sombra, le dan unidad al texto. Amo los poemarios que tienen unidad de sentido.

Por otro lado, hay una conciencia del material que es el lenguaje poético que también llama (claro, algo de fuego) mi atención:

He perdido la práctica de algún lenguaje

que no me fue dado.

Leo en este libro el trabajo de la forma, breve, del referente al mensaje mismo; la transgresión hermosa de cualquier tipo de esquema discursivo; la virtud de la intensidad; y alguno lo negará pero la disposición de los signos en la página ocupando el espacio para acentuar el espacio también son parte de una lectura asombrada.

  1. El asombro es una disposición que se tiene al conocimiento y al reconocimiento. Antecede al deseo de conocer y lo posibilita. Eso supone la relación que se establece entre lector y poema(s). Cuando digo asombro me refiero a una lumbre que me permite referirme a sombras,. Las mías o las de las heridas como árboles de palabras. Entonces, leer un buen poemario es un momento de contemplación del fuego. Lumbre y silencio en un solo espacio, como un incidente, un accidente, una afección, un efecto. Hacer silencio mientras se lee es casi regresar al estado primigenio donde el asombro cambia el modo de mirar. La poesía es la lumbre silenciosa donde el sentido y la significación asombran.
  2. EXISTE

De todos los fuegos,

El que se reúne en la mano

Y se estampa en el silencio

Y arde en la noche

Sin nadie para apagarlo,

Ese por siempre

Para ser buscado

Fuera de la mano,

Es.

Sin título

Por Edder González Palacios

 Soy en el fondo una cuestión de luz

-Seferis

Lumbre, de Daisy Sánchez es una unidad poética aguda, ágil, de palabra afilada. Es poesía cargada de muchísima experiencia lectora y madurez de lenguaje. Un libro que muestra que palabra y luz no siempre conviven separadas, que hay ocasiones, que son una sola materia, una misma pulsión.

Dicha adherencia (luz, palabra) nos dice la poeta es: “recorrido de un pensamiento”. Una especie de jornada a la luz, a través de un cauce que brota de una total interioridad cuyo origen está radicado en el espíritu. Como decía el amado Juan Ramón, poeta enteramente nuestro “todo se ve con la luz de dentro, todo es dentro”.

 Es de esa interioridad de donde nacen estos versos, médula de fuego, como individuales chispas de amor, terneza, hermandad, dulzura en comunión con el desasosiego, la angustia, la muerte y la desesperanza. Amalgama que pertenece al misterio poético en su estado puro, revelador y a modo de triada (oscuridad, fuego, ceniza) centro para nacer y morir.

Hablemos de la forma. Treinta y cuatro poemas conforman este libro, treinta y tres en su estructura libre, y un soneto solitario titulado “La Forma”, riñe su lugar como una bandera o una luminaria ante el resto que le cerca como un aro de fulgor. Dice la poeta:

Solo poseo unas manos pretendiendo el fuego que les quema y la figuración de un mito que nada va resistiendo.

Ya descubro a mis hermanos abriendo hambrientos sus bocas a la contestación. La forma no ve. Escúchala, blandiendo.

Se nos queda ese último verso. “La forma no ve. Escúchala, blandiendo” como una testificación de ese pugnar de pureza, un constatar de que la poesía en su materia y en su ubicuidad existe aún y es luz. Esta pieza también sienta las bases del fuego, cuya crecida habría sido detenida en el poema Fénix, cuatro piezas más arriba, erradicado (el fuego) para ser revivido.

No sería justo continuar sin antes definir qué es esta grandiosa ave. Veamos cómo la define el maestro Cirlot en su obra magna, el Diccionario de los símbolos.

Fénix

Ave mítica del tamaño del águila, adornada con ciertos rasgos del faisán. La leyenda dice que cuando veía cercano su fin, formaba un nido de maderas y resinas aromáticas, que exponía a los rayos del sol para que ardieran y en cuyas llamas se consumía. De la medula de sus huesos nacía otra ave fénix (S). En la tradición turca se le da el nombre de Kerkés. Los relatos persas le dan el nombre de Simorgh. Igual que en otros aspectos, simboliza la periódica destrucción y recreación (38). Wirtz da un sentido psicológico a este ser fabuloso al decir que todos poseemos en nosotros un fénix que nos permite sobrevivir a cada instante y vencer a cada una de las muertes parciales que llamamos sueño (59) o cambio. En China, el Fénix es el emperador de las aves y simboliza al sol (5). En el Occidente cristiano, sígnica el triunfo de la vida eterna sobre la muerte (20). En la alquimia, corresponde al color rojo, a la regeneración de la vida universal (57) y a la finalización de la obra.

 Dice entonces la poeta:

Del milagro sé bien esta vez y aquella vez

que todo ceniza, sé

que pasará las veces que son todas la herida,

que se asoma un destello y nos avisa,

que sangramos juntos y es bella

esa luz.

 Todo esto es acumulación para un retoñar “Ese fuego que busca lo oscuro”, que describía Trakl, y encender poemas dentro de un libro que ya se te está quemando, para que veamos la flora del poema devenir ceniza, desde la visión, a la materia, y finalmente reposar (impresa) en el papel, que es también una última forma de ceniza.

A través de esta mítica ave, de las sucesiones de su vida y de su muerte, se revela, como en el miniaturismo medieval, el renacimiento del poema. La “palabra” que Cirlot llamaría, mucho antes, la imagen del mundo.

Sin más, digo, que en estos tiempos donde la luz natural ha sido sustituida por artificialismos, este libro es como un ensalmo que ayuda a contemplar la privada lumbre que cargamos. Me despido y me sumerjo entre ustedes para escuchar por fin a Daisy. Y, como dijo Borges, “que la luz de una lámpara se encienda, aunque nadie la vea”… que así se encienda para nosotros este libro, que con mucha honra hoy figura en la Colección de Poesía de Riel.

Honrado estoy por esta gran dicha. Les invito a leerlo. Muchísimas gracias.

Texto leído en la presentación del libro.

 

Claro de Poesía: Arriba el ave

En Versión del viaje (2018), el extraordinario primer libro de Claudia Becerra, sobresale un lenguaje de singular plasticidad y hondura filosófica que hace que su obra sea perfectamente reconocible entre la de por sí notable producción poética del Puerto Rico del siglo XXI. En la poesía de Becerra el milenario motivo del viaje en la literatura se representa en el desplazamiento del sujeto por los territorios ilegibles del afecto y la experiencia, así como en el viaje de la metáfora, que en sus textos es un auténtico festín. Con todo, es un viaje que no apunta a la redención. Esta particularidad desmarca la escritura de Becerra de la tendencia a la proyección de la esperanza evidente en el acento de sus contemporáneos. Ciertamente, la añoranza, esa “nostalgia vuelta al revés” según Cioran, se manifiesta en Versión del viaje más allá de cualquier sentido de finalidad o acabamiento. Es una poesía que remarca la certidumbre de que lo fundamental para que la añoranza “pase a ser cobijo” estriba en lograr que el viaje garantice la necesaria aparición del asombro.

1

No alcanzaste la sabia adivinación de los embarques.

Como ellos, no aprendiste la lección de la cumbre

y del leve hundir de la proa entre oleajes.

Tampoco la rápida adaptación de los mástiles,

el sano juicio y la trabajada ojera haciendo guardia

a la noche desprendida. Oyes crujir la madera

como una fractura de huesos en desuso.

Arriba la estrella. El ojo en su submundo.

Presientes que no impedirás el naufragio.

2

Sin orillas.

Habría que ver qué le ocurre al tiempo

cuando el mar discurre sin continente.

Practicante del balance, eres el condenado

al borde del tablón: talones firmes,

los ojos apresados, la voluntad maniatada

y, al fondo, el temor del no-más-mundo.

Sólo entonces puede que el horizonte no sea

aquella aflicción y pase a ser cobijo. Un pronóstico

de tormenta que detrás de todas las impresiones

-de nube densa, de furia gris- de pronto

te alcanza la frente a modo de brisa breve.

Sea la sorpresa tu nuevo confín.

Estés a salvo, como si dijeras

tierra firme.

3

El mar a mansalva. Gritas a lo ancho,

a lo breve, tu pelo al viento.

Arriba el ave que te nombra deriva,

y, sobre todo, tu albedrío lo contradice.

Te recuerda la sentencia:

no gozarás jamás el diseño del ala.

Nada aquí te devuelve aunque te observes

en el agua. Descubres que sola,

la mirada solamente funda.

Así, vas sembrando imágenes como si

cada cosa fuera una especie ligada

a tu pequeño huerto de tallos y ocios.

Mira allá, tu estropeada plenitud de alga,

restos de algún fondo inasible,

desfloración incauta, inservible trozo

con el cual entretener la mirada.

Está a lo lejos. Te prohíbe el tacto.

Te inicia en la sed.

De Versión del viaje (Folium, 2018)