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Expulsiones y boicots deportivos

Especial para CLARIDAD

La expulsión de Rusia de la FIFA y de la UEFA como consecuencia de la invasión a Ucrania no es una novedad, ya se ha hecho anteriormente con resultados mixtos. Aún así, aunque no sea la primera vez que se hace, no deja de crear un impacto no solo en el mundo deportivo ruso sino mundialmente. Hay una distinción entre boicots y expulsiones. Aquí una mirada histórica a estas medidas y una cercana al caso actual ruso.

 Suráfrica

De todos los boicots deportivos el más famoso y más exitoso ha sido el que se le hiciera a Suráfrica durante el Apartheid. A Suráfrica se le fue excluyendo poco a poco de todos los eventos y cuando no se le excluía, los países africanos comenzaban a poner presión de que se iban a ausentar en bonche, y ahí se excluía a Suráfrica. Los primeros Juegos Olímpicos en los que se le expulsó fueron en Tokio, Japón en el 1964 y estuvieron suspendidos por 30 años. En el 1964 el Comité Olímpico Internacional (COI) retiró su invitación a Sudáfrica cuando el ministro del Interior, Jan de Klerk, insistió en que el equipo no se integraría racialmente, que era la petición que se había hecho. En 1968, el COI iba a readmitir a Sudáfrica después de que se habían dicho que enviarían una delegación multirracial, pero una amenaza de boicot por parte de las naciones africanas y otras lo impidió. Sudáfrica fue expulsada formalmente del COI en 1970. En 1976, los países africanos exigieron que el COI suspendiera a Nueva Zelanda por los contactos continuos con Sudáfrica, incluida la famosa gira de la selección nacional de rugby de Nueva Zelanda. Cuando el COI se negó, los equipos africanos se retiraron de los juegos de Montreal. El COI adoptó una declaración contra el «apartheid en el deporte» el 21 de junio de 1988, para el aislamiento total del deporte del apartheid. Luego de la transición democrática y el fin del Apartheid, Suráfrica fue readmitida en el 1991 a la mayoría de los organismos deportivos internacionales. Pero el momento que muchos recuerdan es el 1995 cuando Suráfrica fue la sede de la Copa Mundial de Rugby, la cual ganó. La imagen de Mandela vistiendo la camisa del equipo nacional y entregando la copa al capitán surafricano, es una de las más famosas de la era post Apartheid.

En 1980, las Naciones Unidas comenzaron a recopilar un «Registro de contactos deportivos con Sudáfrica». Esta era una lista de deportistas y funcionarios que habían participado en eventos dentro de Sudáfrica y aunque no necesariamente el estar en ella resultaba en ningún castigo, pero sí se consideraba como una presión moral sobre los atletas. E incluso algunos organismos deportivos sancionaban a los atletas según el registro. Para borrar los nombres los atletas tenían que comprometerse por escrito a no regresar a la Sudáfrica del apartheid para competir. Luego la Asamblea General de la ONU adoptó la Convención Internacional contra el Apartheid en los Deportes el 10 de diciembre de 1985. Para muchos esta manera oficial y esquemática ayudó a poner presión a Suráfrica.

 Otros ejemplos

El olimpismo no solo se detuvo durante el curso de la Primera y Segunda Guerra Mundial, sino que también hubo expulsiones de los países perdedores cuando se reanudaron los Juegos. En el 1920 después del fin del conflicto, cinco países (Austria, Hungría, Alemania, Turquía y Bulgaria) no fueron invitados a los Juegos de 1920 en Amberes, Bélgica. Y en el 1948 Alemania y Japón no fueron invitados a los Juegos de 1948 en Londres.

En el 1972, lo que se conocía como Rhodesia, también fue prohibida de los Juegos Olímpicos de 1972 en Munich, ya que se formó como un gobierno solo para blancos, lo cual llevó a su prohibición de parte del COI.. Más tarde, el país se disolvió y se reformó como Zimbabue antes de que tuvieran la oportunidad de competir nuevamente.

En el 2000: Afganistán fue excluido de los Juegos de Sydney debido a su discriminación contra las mujeres bajo el régimen talibán, así como a su prohibición a que participen en cualquier actividad deportiva.

El Comité Olímpico de Kuwait había sido suspendido desde octubre de 2015 debido a la interferencia del gobierno en materias deportivas. También fueron suspendidos en 2010, pero la suspensión se levantó antes del inicio de los Juegos Olímpicos de 2012. Posteriormente, un total de nueve atletas kuwaitíes compitieron bajo la bandera olímpica.

Algo similar ha ocurrido con Rusia previo al conflicto actual con Ucrania. Que por motivos de dopaje en los últimos Juegos Olímpicos, tanto los de invierno como los de verano, los y las atletas rusos han tenido que participar bajo la bandera olímpica, ya que su Comité Olímpico estaba suspendido.

 Sanciones actuales a Rusia

Con la invasión a Ucrania el mundo deportivo ha sido contundente con Rusia, pues han ido más allá y las expulsiones han sido unánimes. No solo afectando a los equipos y atletas rusos, sino a eventos que se darían allí, a productos rusos que son auspiciadores de eventos deportivos e incluso, yendo más allá y suspendiendo a atletas rusos de los Juegos Paralímpicos de Invierno, sin ni siquiera darles la opción de competir bajo la bandera paralímpica, que había sido la decisión original. Pero después, alegando presiones de otros comités paralímpicos y que la situación en la Villa Olímpica era insostenible, los expulsaron.

La FIFA y la UEFA, que es el cuerpo que rige el fútbol en Europa, también suspendieron no solo los equipos nacionales rusos en todas las categorías, sino que la los clubes profesionales también. Aquí está en juego, por ejemplo, la clasificación para el próximo Mundial. El próximo juego de Rusia estaba pautado para el 24 de marzo contra Polonia.

En conclusión, las expulsiones y los boicots deportivos no son nuevos y son una medida de la comunidad internacional junto con medidas económicas para ejercer presión. Su efectividad es difícil de medir ya que hay muchos otros factores en juego, sobre todo económicos.

La persecución de los intelectuales puertorriqueños en la década del 50

Especial para en Rojo

El arte al servicio de o como denuncia a la política no es un aspecto nuevo, sino que, según apunta el historiador del arte Toby Clark, tiene vigencia desde el siglo XVII, en el barroco,1 aunque su presencia más visible se da a partir de la Primera Guerra Mundial.2 Los estados que reconocieron el potencial de este medio lo utilizaron como propaganda para difundir un nuevo concepto de nación después de la guerra. Una forma de implantar este recurso fue a través de la educación, ya que el gobierno la consideraba como un vehículo efectivo para reformas de los códigos ciudadanos. Un ejemplo de ello fue la Unión Soviética que utilizó lo audiovisual—dos innovadores métodos fueron: el documental y el cine- como método para inculcar los nuevos significados de la nación, el deber ciudadano y la identidad. En el hemisferio americano, México y Puerto Rico también promulgaron sus conceptos renovados por medio de la pedagogía. En este último, los intelectuales que se reunieron en la década de los 50 tuvieron la tarea de educar a la sociedad campesina. A pesar de no estar de acuerdo con la ideología y políticas del Gobierno Insular. Es por ello que muchos fueron perseguidos por la infame Ley de la Mordaza de 1948.

Los intelectuales destacados de los 50, en su mayoría, participaron en la enseñanza por medio de la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO). La institución fue creada por el recién electo gobernador Luis Muñoz Marín en 1949. El cometido de este grupo era educar al ciudadano mientras que se modernizaba el país. La dinámica que desarrolló la producción pedagógica dependió del trabajo en conjunto. En la que se introdujeron diversas discusiones latentes en el periodo, ¿qué es el puertorriqueño? y ¿qué conforma el mismo?, un tema importante, pero en este periodo se vuelve central. El arte se convirtió en un espacio donde se creo una discusión de la realidad del momento y las nociones de identidad nacional que estos artsitas intentaban definir. Esto puso la mira del gobierno, la policía y el Buró Federal de Investigaciones (FBI) sobre ciertos artistas que abiertamente no coincidían con las políticas del estado.

El artista Carlos Raquel Rivera arrestado en una manifestación solitaria en el Morro. Archivo CLARIDAD

Los años de mediados del siglo XX estuvieron marcados por dos medidas de escrutinio: el carpeteo y la Ley de Mordaza. La primera, fue iniciativa creada durante los años30 por el FBI junto a la Policía de Puerto Rico. La misma consistía en generar archivos para monitorear a todo el que se consideraba una amenaza comunista para Estados Unidos y el gobierno puertorriqueño. Lo segundo, que fue una ley aprobada el 21 de mayo de 1948 en la que se consideraba políticamente controvertible para el gobierno insular debido a sus afiliaciones y actividades.

Las víctimas de la Ley de la Mordaza incluía innumerables personalidades, entre los que se encontraban artistas jóvenes. Al indagar en los documentos y realizar entrevistas para mi investigación sobre redes transnacionales de los artistas relacionados con la DIVEDCO entre 1950 y 1959, he identificado la vigilancia policiaca de este grupo como un denominador común en sus historias.

En la tesina titulada Los rojos de la DIVEDCO 1949-1951 de Jorge A. Arroryo investigó la forma en que Edwin Rosskam y Jack Delano—dos de las personalidades más relevantes para la concepción del proyecto- fueron perseguidos por el FBI por tener posibles asociaciones comunistas. Arroyo comenta que muchas de las órdenes para indagar asuntos de las personas fueron iniciativas comisionadas por La Fortaleza.3 Esto es solo uno de los ejemplos de persecución y carpeteo de un sin número de puertorriqueños.

Los hijos de esta generación fueron testigos de las persecuciones de sus respectivos padres. De hecho, algunos de ellos fueron víctimas de este tipo de represión. En una declaración de un entrevistado relató que su padre fue cuestionado por sus relaciones con Cuba. Su hijo le pidió acompañarlo a su viaje al país caribeño, pero este se negó debido a su temor de que sucediera algo.4 Por otro lado, Luis Maisonet hijo recordó el modo en que fue hostigado por la policía en innumerables ocasiones. Una de está fue cuando trataron de evitar que realizaran carteles en apoyo a las huelgas estudiantiles de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Su familia estuvo envuelta en el conflicto ya que había sido amenazada por las actividades en las que Maisonet había participado.5 Por último, el hijo de Amílcar Tirado comentó que la película de su padre, titulada El gallo pelón (1961), implicaba una critica al gobierno y el resultado fue que su exhibición tuvo una corta duración en la pantalla grande debido a que esta producción sufrió de censura.6

Los artistas que aportaron a la educación estuvieron bajo el escrutinio de la policía y controlados por medio de la censura por las discrepancias ideológicas con el gobierno. A pesar de las diferencias entre el gobierno de turno y los intelectuales no significaban que no reconocieran su capacidad creativa y el hecho de querían trabajar para la sociedad puertorriqueña. Lo que querían era poder crear una vía de comunicación a través del trabajo que realizaban para el pueblo.

En ciertas piezas se pueden apreciar la forma en que insertaron temáticas que de gran relevancia en el periodo y donde el ciudadano tenía un rol central. Por ejemplo, en las imágenes de los Libros para el Pueblo trataron aspectos sociales y políticos. Eran libros estilo folletos que se repartían para proveer información que complementaba el tema de la película.

A pesar de no coincidir con el populismo muñocista, los artistas consideraban que la DIVEDCO podía ser una conexión entre el artista y la sociedad. Insertaron elementos de discusión, pero no como una manera de convencer, sino de educar sobre la realidad que se estaba tratando de pasar por alto. Aquel momento fue un campo de batalla político e ideológico que se enfrentó el populismo y el nacionalismo. Los artistas, solo abrieron el espacio para reflexionar sobre la manera en que afectaba el significado de lo que era ser puertorriqueño. El arte, fue su forma de denunciar las políticas culturales que estaban emergiendo.

La censura, fue una de las constantes del periodo que duraría hasta finales de siglo XX. Toda la producción pasaba por estrictas revisiones para ser aprobada y en algunos casos las películas que habían sido completadas se engavetaron y no llegaron a ser presentadas. Todo movimiento estaba bajo la mira del Gobierno Insular que no toleró lo que consideraba inadecuado por diferencias ideológicas que luchaban por ser escuchadas ante el atropello policiaco y político. La institucionalización de la cultura fue el inicio para sentar unas bases sociales y culturales que transmitieron los códigos que componían la nación y la identidad puertorriqueña según la visión gubernamental. Los proyectos que aportaban al crecimiento artísticos pasaron al Instituto de Cultura Puertorriqueña y los otros programas—como la DIVEDCO- quedaron relegados hasta que cerraron después los 50. Tales entidades aportaron a propulsar las artes gráficas, el cine y la televisión, pero los problemas económicos de la isla fueron calando cada vez más hasta el punto en el que se disminuyeron los espacios donde las artes se podían continuar desarrollando.

La autora hace su doctorado en historia.

1El arte se convirtió en un espacio en el que se ha podido discutir la inserción que tiene la política de transformar una sociedad y su cultura, ya sea en apoyo o en denuncia.

2Toby Clark, “Introducción,” in Arte y Propaganda En El Siglo XX: La Imagen Política En La Era de La Cultura de Masas (Madrid: Ediciones Akal S.A., 2000), 17–46.

3Jorge A. Arroyo, “Los Rojos de la DIVEDCO 1949-1951” (Tesina, San Juan, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, 2014), https://www.academia.edu/2401975/Los_Rojos_de_la_DivEdCo_1949_1951.

4Pablo Tufiño, Entrevista sobre la vida y obra de Rafael Tufiño, vídeo, February 21, 2021.

5Luis Maisonet, Entrevista sobre la vida y trabajo del cineasta Luis A. Maisonet, vídeo, de diciembre de 2020.

6Amílcar Tirado, Entrevista sobre la vida y trabajo del cineasta Amílcar Tirado, vídeo, de diciembre de 2020.

Cataoçibo o las rebeldías de un indio alzado en Puerto Rico, 1524-1528

 

Durante los últimos años de la década de 1520 un indio se dio a la tarea de mortificar a los españoles en un intento de recuperar su antigua libertad. Esta es la historia. El licenciado Rodrigo de Figueroa fue nombrado en 1519 juez de residencia de la isla Española. Ese mismo año, en Barcelona, el rey nombró al licenciado Antonio de la Gama juez de residencia de la isla de Puerto Rico, quien recibió sus instrucciones para tomarle la residencia al gobernador Sancho Velázquez, pero en la solución acerca de la libertad de los indios, asunto que venía discutiéndose, quedaba supeditado a lo que se decidiese en La Española. Ambos licenciados se embarcaron en España juntos en la nao San Antonio, maestre Juan Bautista. Llegaron a la isla de Puerto Rico a fines de la primera quincena de julio de 1519. Poco tiempo después, el licenciado Figueroa decidió en La Española que los indios eran seres libres y había que ponerles en entera libertad y a tono con esto se envió al licenciado De la Gama la real cédula del 12 de julio de 1520 con las instrucciones para el trato de los indios declarados libres. (1)

En ese mismo año de 1520, el Consejo de Castilla confirmó el gobierno de las Indias (17 mayo 1520) a don Diego Colón. Éste se presentó en la isla de Puerto Rico y entre otras cosas, tomó la decisión de suprimir los visitadores de indios y ordenó que sus justicias conociesen y juzgasen las causas de indios. Esta orden originó el recurso del licenciado De la Gama a los gobernadores de Castilla, que le nombraron el 15 de diciembre de 1521 como juez de comisión con autoridad independiente de las otras justicias en las causas de indios. (2)

Unos años más adelante, el 1 de diciembre de 1525, fray Antonio Montesinos, viceprovincial de la Orden de Predicadores y residente en la Isla, recibe el encargo de poner en libertad a los indios vacos o que vacaren, “en aquella libertad y manera de vivir que vos viereis que de justicia y razón deben tener…”. (3) Pero, a pesar de estas medidas encaminadas a procurar la entera libertad de los indios, se siguieron otorgando encomiendas a personas particulares durante toda la década de 1520. Esto, en definitiva, en nada contribuyó al bienestar de los indios ni mucho menos a calmar y aquietar a aquellos indios que, desde 1508, no soportaban el yugo español. Sabemos bastante de intentos indígenas por sacar a los españoles de su tierra, siendo la más conocida la guazábara de 1511. Pero muy poco sabemos de intentos individuales y con un matiz más personal.

Durante los últimos años de la década de 1520 un indio se dio a la tarea de mortificar a los españoles en un intento de recuperar su antigua libertad. Cataoçibo, indio borincano, se rebelará y alzará por los montes cercanos a la villa de San Germán y se convertirá en el terror de estancieros y demás pobladores de la villa.

El jueves 21 de marzo de 1527, Benito Caramao denuncia a un indio llamado Cataoçibo, “que andaba alzado y ha robado a indios y cristianos y ha dado muerte a algunos”. Según la denuncia de Caramao, Cataoçibo en encontraba en la estancia de Pedro de Aranda y pide al alcalde ordinario Martín Garcés que haga justicia. (4) Inmediatamente, el alcalde procede a hacer una información al respecto y, como parte de las diligencias, Benito Caramao presenta tres testigos.

El primer testigo presentado por Caramao fue Leonor, una india naboría que le pertenecía. Ella refiere al alcalde lo mismo que Caramao le había ya dicho, aunque al parecer fue testigo de cómo el indio Cataoçibo le robó una india a Caramao. Su declaración fue tomada mediante intérprete. (5)

El segundo testigo presentado por Benito Caramao para la información que realizaba el alcalde Martín Garcés fue más elocuente. Se trató de Sebastián de la Gama, importante e influyente vecino de la villa de San Germán, que declara el 21 de marzo de 1527. Éste manifiesta haber conocido al indio Cataoçibo. Dijo que llevaba tres o cuatro años alzado en el monte (o sea, alzado desde por lo menos 1524) y que ha robado y matado a indios, en especial a los de Antón de San Miguel; que también mató a un indio de Gonzalo Caxco, porquero de Garcí Troche, lo que le oyó a decir a Francisco Gómez, porquero del obispo; y que además mató a un indio del obispo. Finalmente, concluye diciendo que Cataoçibo le había robado a Francisco Gómez en su bohío llevándole la cacona y que éste quería hacer una compañia de cristianos para ir en busca y captura del indio alzado. (6)

El tercer y último testigo presentado por Caramao para la información sobre el indio Cataoçibo fue Alonso Rodríguez Minaya, que declara el martes 26 de marzo de 1527. En su declaración, Rodríguez Minaya dijo que “oyo desir a un indio que se dice Cataoçibo, naboría que fue de Juan de Carrizales, preguntándole Francisco Pinelo que por qué había muerto al caribe naboría Demabo el Grande, dixo que lo mató porque había muerto a Miquero, indio naboría de Guaçio, e que sabe que anda alzado mucho tiempo ha, e que oyo desir que mató el dicho indio a otro indio de Garcí Troche”. (7) Luego, el 1 de abril de 1527, el alcalde Alonso de Vargas, una vez vista la información hecha a petición de Benito Caramao, dio orden al alguacil mayor Francisco Manuel de Lando para que apresara al indio Cataoçibo (8), pero el alguacil no pudo encontrar al indio y no pudo prenderle.

Ahora bien, durante el juicio de residencia a los oficiales en la villa de San Germán en 1528-1529, sale a relucir porque no pudo ser prendido el indio alzado y rebelde Cataoçibo. En su declaración a la sétima pregunta del interrogatorio de la pesquisa secreta, donde se pregunta si “los dichos alcaldes an tenido parcialidad o confederaçion con algunos cavalleros o Regidores o mercaderes o otras personas e sy por Razon de tal parçialidad an dejado de faser justiçia”, Benito Caramao dice que: «puede aver un año poco más o menos que seyendo alcalde Alonso de Vargas este deponiente quexo de un yndio que tenía Pedro de Aranda que se llamaba Cataoçibo porque le avya traydo una india hurtada e avía muerto ciertos cristianos e yndios e este deponiente vio que no le prendieron estando publicamente e sirviendo en la estancia del dicho Aranda e que cree este testigo que por ser su amigo del dicho alguacil Francisco Gómez el dicho Pedro de Aranda por no le hacer enojo no le prendieron e asy se quedó syn castigo e se tornó a alzar e llevó consigo a otros indios e que el proceso desto pasó ante Cervantes escribano e este dicho testigo a oydo decir que por donde el dicho indio anda agora ausentado an hallado un negro muerto que tenía cortadas las manos e pies e cabeza e otros indios e que esto sabe». (9)

Hay que señalar varias cosas. Cataoçibo se rebela y decide alzarse al monte desde donde hará sus correrías. Hemos visto que, aparte de causar males a los españoles robándoles y hasta dándoles muerte, también el indio rebelde dirigirá sus ataques contra otros indios y negros. Es posible que Cataoçibo viese en esos indios y negros a colaboradores de los españoles, a traidores de la causa, a negadores de sus raíces. No es extraño encontrar en la histriografía colonial española en el Caribe casos concretos de alzamientos indígenas o de personas esclavizadas que arremetieron contra otros indígenas o esclavizados que fueron considerados colaboracionistas del régimen español.

Los españoles al quejarse de que Cataoçibo les ha matado algún indio, es porque éste les está matando valiosa mano de obra. Cataoçibo queda libre, sus actos impunes a vista de Benito Caramao, pero ello se debió a los intereses que unían más a unos españoles que a la habilidad de Cataoçibo para escaparse. Otros indios se unieron a Cataoçibo en su rebeldía, quizá porque encontraron en él una fuente de inspiración y vislumbrasen que sus vidas podían ser diferentes, quizá ya no como antes de la llegada de los españoles, pero al menos podrían sentirse libres alzándose a los montes.

Rebeldías, esas manías que le dan a una persona para no querer estar sujeto a otra persona o a un sistema u orden social y político dominantes. La rebeldía que mueve a Cataoçibo para querer ser libre en los montes era legítima, aunque a los ojos de Benito Caramao y de otros, este indio no era más que eso, un mero indio que tenía la obligación de servir a sus superiores españoles.

Por último, creo conveniente anotar la similitud que existe entre Cataoçibo, indio alzado en los montes de la isla de Puerto Rico y rebelde ante lo español, y Enriquillo, cacique indígena que se rebeló en contra de sus opresores españoles en La Española. Ambos indios alzados son contemporáneos. Mientras Cataoçibo vive sus correrías alrededor del año 1528, ya Enriquillo era el terror de los españoles de la vecina isla Española desde 1520, año en que se alza junto a otros indígenas que le siguen, al no soportar más los maltratos y vejaciones de su último amo, Andrés de Valenzuela, y por denegársele la justicia por parte de las autoridades españolas. Así, Enriquillo será el promotor de la rebelión que, durante 13 años, recorrió La Española en contra los abusos de las encomiendas y los repartimientos practicados por los españoles. No fue sino hasta el 4 de agosto de 1533 cuando pactó con el capitán Francisco de Barrionuevo (enviado por el rey) un acuerdo de paz gracias a la intervención del padre Las Casas. Su libertad y la de los sublevados fue garantizada mediante el pacto firmado por el propio emperador Carlos V. (10)

Catoçibo y Enriquillo: dos indios alzados; un mismo opresor: el español; dos formas de lucha: una individual y otra colectiva; un mismo fin: la libertad.

Referencias:
(1) Vicente Murga Sanz, Cedulario puertorriqueño II (1518-1525), cédula 142, pp. 174-177. “Al lic. De la Gama, juez de residencia de la isla de San Juan, con las instrucciones para el trato de los indios declarados libres”. Ver, además, cédula 43, pp. 56-66; cédula 45, pp. 66-68; cédula 153, pp. 194-196; cédula 154, pp. 196-197; cédula 167, pp. 214-216; y cédula 175, 224-226; sobre el mismo asunto.
(2) Íbid., cédula 172, pp. 221-222. “A las justicias de la isla de San Juan para que no se entremetan en nada de los indios porque están bajo la jurisdicción exclusiva del licenciado De la Gama”. Ver, además, cédula 153, pp. 194-196; cédula 154, pp. 196-197; cédula 167, pp. 214-216; y cédula 175, pp. 224-226; sobre el mismo asunto.
(3) Íbid., cédula 310, pp. 403-405. “A fray Antonio de Montesinos con el poder para que ponga en libertad a los indios que están vacos o vacaren en adelante, con el parecer primeramente del obispo de don Alonso Manso”.
(4) AGI, Justicia 51, núm. 2, fols. 77-77v. “Acumulación de la información realizada por Martín Garcés a raíz de una denuncia de Benito Caramao contra el indio alzado Cataoçibo, jueves 21 marzo 1527”.
(5) AGI, Justicia 51, núm. 2, fol. 78.
(6) AGI, Justicia 51, núm. 2, fols. 78-79.
(7) AGI, Justicia 51, núm. 2, fol. 79.
(8) AGI, Justicia 51, núm. 2, fol. 79-79v.
(9) AGI, Justicia 51, núm. 2, fols. 37-37v. “Declaración de Benito Caramao a la sétima pregunta del interrogatorio, 30 de diciembre de 1528”.
(10) Véase: Manuel de J. Galván, Enriquillo: Leyenda histórica dominicana (1503-1533). Madrid, España: Ediciones de Cultura Hispánica, 1996; y Pedro Mir, Tres leyendas de colores (Ensayo de interpretación de las tres primeras revoluciones de Nuevo Mundo). Santo Domingo, R.D.: Editora Taller, 1984, pp. 119-168 (Segunda Parte – Enriquillo).

Nota: Lo anterior es una reflexión a partir de varios documentos provenientes del Archivo General de Indias de Sevilla localizados en formato de micropelícula en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

 

El autor es Asociado en Investigaciones y Paléografo del Centro de Investigaciones Históricas – UPR Río Piedras.

 

Será Otra Cosa: Anubis

 

Especial para En Rojo

Hemos vivido en cuatro ciudades distintas en una docena de años. Yo carezco, muy a mi pesar, de espíritu aventurero, de modo que acostumbrarme y aprender a apreciar cada hábitat fue (y es) un asunto bastante lento, parsimonioso, un proceso que siempre empieza por el patio.

Al decir “patio” me refiero al paisaje inmediato, no necesariamente a un pedazo de mi propiedad: de hecho ningún “patio” en Estados Unidos fue nuestro antes de éste desde donde escribo ahora, e incluso en éste, mi noción de “patio” se expande más allá de lo que, según la ley, me pertenece. La parte de atrás de la casa colinda con un bosque, una reserva natural poblada de enormes pinos. Y los pinos, además de llenar con su recia belleza este paisaje que hoy exploro, tímida, palmo a palmo casi, me van ayudando a habituarme, comienzan a susurrar estás en casa, tranquila, estás en casa. Creo que su talento para inspirar calma tiene que ver más con su color que con su tamaño, porque contrario a, digamos, las magnolias del Bronx, los cerezos de Washington D.C., los ginkgos de California o los arces de Manhattan (donde el “patio” era una manzana citadina conformada por cuatro esquinas), estos pinos del norte de Arizona no solo son inmensos, sino que nunca se deshojan: están siempre verdes, sin importar la estación. Escribo sobre ellos y me viene a la mente ese juego de niños en donde “tocar palo” era una declaración de haber llegado, de seguridad, de invulnerabilidad.

Los árboles en cada una de esos hogares nuestros en lo que llamamos a veces “la diáspora” han sido una parte importante del paisaje que poco a poco llegué a explorar y, si bien mínimamente, a conocer. Pero la parte más importante de mis incursiones cotidianas no es tanto la flora como la fauna. Algunos animalitos, como las ardillas, son al parecer omnipresentes, y se nos acercaron, sin miedo, en ambas costas. Su forma cambia un poco, según la ubicación: las ardillas del norte de Arizona, por ejemplo, son mucho más orejudas que las de Nueva York y Virginia. Pero son igual de grises, y parecerían estar todo el tiempo en todas partes.  Me recuerdan a nuestros changos boricuas: son tan comunes que, de tanto verlas saltando por ahí, una tiende a olvidarlas un poco, al cabo de un tiempo, a pesar de lo mucho que se mueven. Eso de ‘saltando” no me satisface, no es un verbo muy preciso: las ardillas se mueven de una forma tan peculiar que les ha ganado, en inglés, su propio verbo, “squirreling”, una forma verbal de “ardilla” (squirrel) que no existe en nuestro idioma y que sirve para describir un movimiento rápido y nervioso pero también la tendencia a esconder pequeños objetos (nueces, piñas de pino, el ocasional figurín o botón escapado de algún bolsillo humano) en escondites a los que luego regresan a hurgar, comer, descansar y protegerse del frío. Son cómicamente oportunistas, las ardillas: desplazan, por ejemplo, regularmente a los pájaros que alegremente se bañan en una suerte de fuentecilla de cemento (o mármol, en los patios finos) que se llama, literalmente, “baño para pájaros” y que suele adornar los patios en la costa este, y son muy capaces de  robar, las muy traviesas, si les das acceso a cosas interesantes pero lo suficientemente pequeñas y livianas para poderlas cargar en sus codiciosas manitas.

Cada estado trajo consigo algún animalito más especial, algún “descubrimiento” de fauna, a veces fotografiado y compartido de prisa en las cadenas de “chat” de texto que conservo con mis amigas de Puerto Rico. En Virginia y DC, creo que fue un mapache (una criatura encantadora, enmascarada como El Zorro, con un rabo gris, peludo y adornado de anillos blancos) que aparentemente visitaba nuestro zafacón en medio de la noche, y con quien tuve contacto visual cuando me escurrí (y, ahora que lo pienso, me escurrí casi como una ardilla) fuera de casa para fumarme un cigarrillo (no, lector, ya no fumo, hace mucho que logré romper el hábito) fuera de casa y allí estaba mi amigo el mapache, que igual era hembra, pero siempre se quedó “amigo” en mi memoria. Me miró fijamente durante algunos segundos y, al ver que yo no parecía tener intenciones de acercarme a él, siguió en lo suyo: hurgar en el zafacón. Era una criatura encantadora, un peluche vivo que pude observar a cierta distancia por varios minutos. Uno o dos meses más tarde me encontré una zarigüeya dentro del mismo bote, aunque no pude observarla mucho porque del susto, lo tapé de prisa, aunque a medias, para proporcionarle una vía de escape al animalito, y me metí en la casa, convencida de que había tenido suficientes aventuras en la jungla de mi patio para un miércoles, y que temprano al día siguiente me esperaba mi usual travesía mañanera en metro y a pie hasta llegar a mi cubículo blanco en la calle H.

Allí en Virginia y D.C. (y más adelante, en Nueva York) me acostumbré además a ciertos pájaros, para mis vecinos muy comunes, pero para mí casi mágicos. El petirrojo, por ejemplo, que anuncia la llegada de la primavera. El azulejo, que le sigue algunas semanas más tarde y que es de un color intenso, imposible. No sé si para ustedes sea igual, pero a mí el azul en los animales siempre me agarra por sorpresa, de buena manera: azul es magia, una suerte de magia diminuta, absurda y bella.

Me faltó mencionar los también siempre presentes finches, que en mis patios, todos, se comportan como si cualquier arbusto, hasta el más vulgar, fuera un gran condominio, es más, una tremenda metrópolis. Como los cangrejos, “bubis” y otras criaturas que pueblan los mangles de mi tierra, de esa tierra mía que es también mar, estos finches continentales me recuerdan a diario que el mundo es un fractal y que de cualquier malla puede desprenderse un universo.

Se me ha puesto el ánimo un poco azul, como el azulejo neoyorkino –y también, quizá, ay, como el del Anubis–pero me estoy adelantando, por culpa de la irrupción de ese color de maravilla, a los eventos. Estábamos hablando de los pájaros y de algunos de los animalitos que marcaron cada estadía, cada hogar, cada modesta aventura de patio, en este extraño continente que hoy habito, lejos de mis islas, y aún me quedan por describir (¿descubrir?) un par de personajes importantes en las paradas anteriores.

En Virginia/DC, el encuentro más significativo fue el del mapache con afición a la basura. En California fue, probablemente, el coyote suburbano, a quien espié con especial fascinación hasta que supe, por una vecina, que se había llevado en la boca, literalmente, al perrito de otro vecino, y a quien continué espiando con más miedo que fascinación, y con esa desazón que nos provoca saber (o más bien aprender, una y otra y otra vez) que la intervención del mundo animal en nuestros espacios no es tal, sino que se trata del producto inevitable de la expansión del mundo humano y nuestro metimiento en los hábitats del resto de este planeta que, gracias a nosotros mismos, ha dejado de ser, cabalmente, natural.

En Nueva York, luego de conocer a las enormes ratas del tren subterráneo (que son verdaderamente enormes, créanle a los neoyorkinos cuando les cuenten, les juro, lectoras, que son del tamaño de un gato), y superar la obsesión por los petirrojos y azulejos que competían con las ardillas por su baño de pájaros, conocí a Flor.

Flor, por supuesto, es el nombre que le asigné al zorrillo del Bronx. Si esto de ponerle por nombre “Flor” a un zorrillo no le parece obvio, usted es bastante más joven, viejo o despistado que yo, porque “Flor” es un personaje de la película “Bambi”, un filme que es una de las fuentes de las que casi todos nosotros, boomers y gen-exers isleños, obtuvimos imágenes para amarrar a sustantivos como “zorrillo” que no existían en nuestro paisaje material pero sí en nuestra imaginación caribeña. Es curioso: al mapache lo dejé sin nombre, pero le digo “amigo”, mientras al zorrillo lo identifiqué como zorrilla y la llamé “Flor”, sin evidencia, por puro antojo.  Pero no importa. Lo que importa es que era una criatura adorable y nocturna, y mis (bastante numerosos) encuentros con ella fueron lo suficientemente cercanos como para poder observarla bien, pero lo suficientemente distantes como para protegerme de lo que todas, norteñas o no, aun sin pasar por la experiencia, ya sabemos: si un zorrillo se siente amenazado, rocía una sustancia apestosa que, además de atormentar a quien tenga la desgracia de estar cerca, deja un rastro inconfundible que puede muy bien extenderse por cientos de metros y alcanzar uno o más kilómetros.

Flor era más pequeña de lo que yo esperaba de un zorrillo. La verdad es que mientras más rebusco, más descubro lo mucho que mi imaginario zoológico está atado a las caricaturas y películas que nos llegaban con retraso desde el imperio. Las pocas representaciones visuales que mi cabeza boricua tenía disponible para asignarle a la palabra “zorrillo” eran 1)Flor, la amiga de Bambi el venado y 2)Pepe Le Pew, el zorrillo de Looney Tunes de nuestra infancia, a quien francamente prefiero no mencionar porque–y esto es en serio–estoy convencida de que con su constante acoso de la pobre gata, ese personaje contribuyó a la normalización de la macharranería tóxica en más de una generación y en más de un país. La “Flor” de mi barrio no se parecía ni a Pepe Le Pew ni al personaje de Bambi. Era menuda, más bien paticorta, y tenía una especie de sombrero blanco coronando la cabeza de su casi completamente negro cuerpecito. La ví, en la primera de unas cinco ocasiones, de noche, mientras paseaba a mi perra, y estábamos a unos veinte pies cuando nos detuvimos. Así estuvimos un rato (mirándonos, creía yo), hasta que, casi al mismo tiempo, cada cual tomó un camino distinto. Ella en línea recta, nosotras hacia mi casa.

Al día siguiente, leyendo sobre zorrillos en internet entre una tarea y otra, supe que Flor era, como casi todos los de su especie, prácticamente ciega. Por eso parecen rociar tan indiscriminadamente, porque cualquier cercanía puede ser una amenaza. Me enterneció saber que era cieguita. Mi ternura se redujo un tanto, cuando cerca del fin del invierno descubrimos que se había mudado, con sus bebés, a nuestro garaje. No hubo que echarla: se fue poco después, cuando el clima calentó un poco, dejando atrás solo un dejo de ese inconfundible olor a zorrillo.

Esto de conocer fauna norteña es interesante. Yo maravillada, hablando animadamente de un ave o mamífero común, y mis vecinos maravillados ante mi maravilla, porque para ellos, mi emoción, me imagino, es parecida a la que sentiría en Puerto Rico, digamos, un gringo ante la presencia de, digamos, un chango. What a beautiful bird, dirían. Such shiny plumage!, mientras el “beautiful bird” les roba una papa frita y sale volando.

Ahora en Arizona, tenemos como vecinos a una pareja de abogados retirados muy simpáticos y amables. Uno de ellos me envió por texto, de broma, la foto que encabeza esta columna: la clásica imagen de un personaje de Disney en el bosque arquetípico de una mañana cualquiera, rodeada de animalitos. Y es que sí, se parece a mis mañanas, al menos durante dos o tres cuartas partes del año. Salgo afuera un miércoles cualquiera y me encuentro con un pájaro carpintero que me ve y no se inmuta: se detiene por un momento y luego continúa picoteando mi pared, como si nada.  Realmente, si de ver animalitos continentales se trata, aquí en una meseta a 7,000 pies de altura, siempre 20 o 30 grados más fría que, digamos, Phoenix, estoy hecha toda una Blancanieves (con treinta años más encima, un poco de miedo a la nieve, y más marrón que blanca, pero ustedes me entienden).  Casi todos los días, nos visitan venados, a veces dos, a veces diez, en una memorable ocasión más de veinte. No hay azulejos pero hay unos pájaros que se les parecen mucho, si bien un poco más barrigones y gritones; hay ya no sé cuántas especies de finches; hay innumerables ardillas, muy parecidas a las neoyorkinas excepto por las orejas; hay muchos cuervos y algunos halcones; hay marmotas, y son regordetas, peludas y mironas, tan encantadoras como su nombre.

Anubis fue otra cosa. Creo que era martes en la mañana, julio o agosto, cuando el mismo vecino me dijo que estuviera pendiente, porque había visto una familia de zorros ubicarse en un extremo de mi patio. Así que me quedé ilusionada con la idea de ver zorros de cerca. Al día siguiente, cuando salí al patio trasero con mi perrita, ví un animal muy bello, parecido a un perro, sentadito sobre una piedra, a unos veinte pies de mí, pero en nuestro lado de la cerca. Era más grande de lo que yo esperaba, según mis referentes: Disney y El Principito. Nos observaba tranquilamente. Yo lo miraba y él me miraba de vuelta. Su pelaje combinaba blanco, gris, rojo, y algo azul,  una suerte de fantasmagoría azul flotante sobre el lomo, o acaso emanando de él. Era caretón. Cabezón, de hecho. Tan calmo era, que no me pasó por la mente temerle. Le tomé una foto con mi teléfono celular. Al cabo de, no sé, diez o quince minutos, se fue.

Entré en la casa. Le envié la fotografía de inmediato (como tantos otros animalitos norteños, o tantas otras gallinas o turpiales cuando estoy en las islas) a mis amigas. De inmediato, una de ellas contestó:

  • Es un lobo.

No, dije yo, mujer de mundo, es un zorro, fíjate. Me lo dijo el vecino, que es de aquí y sabe. 

  • Pues a mí me parece un lobo, creo que dijo mi amiga, y la imaginé encogiéndose de hombros.
  • Nah, zorro, contesté, y ahí lo dejamos.

Pero tenía razón, mi amiga. Dos semanas más tarde, lo vimos en las noticias. ¿No es ese tu zorro?, preguntó mi esposo. Comparamos las fotos: se trataba exactamente de la misma criatura. Mi “zorro” resultó ser no solamente un lobo, sino un lobo muy particular, único en el área, un lobo gris mexicano (canis lupus baileyi) de nombre M2520 pero conocido por muchos como “Anubis”. Al parecer había cruzado una de esas fronteras arbitrarias que tiene muy poco que ver con ecología y mucho con el capricho humano, y se había instalado en los bosques de Flagstaff, refugiado por los mismos pinos que tan bondadosamente me han acogido a mí. Su especie, por cierto, está en peligro de extinción, de ahí su presencia frecuente en las noticias.  Su captura y/o muerte conlleva multa y pena de cárcel.

Por supuesto, le texteé las fotos y el cuento a mis amigas: Pues sí, tenía razón M, era lobo, no zorro. Se llama Anubis.

Los lobos de esa especie, indicó una bióloga experta en los periódicos, no entienden de fronteras: entienden de hábitat. Cruzan la carretera #44 porque tiene sentido hacerlo, porque el lado opuesto es habitable, y porque el acto mismo de cruzar, de aventurar, de buscar lugares para asentarse, está en su naturaleza. Lo había hecho el año anterior, en octubre, y un equipo de expertos lo había regresado en auto a México, por su propia seguridad. Pero Anubis regresó el verano siguiente, y en esta ocasión el equipo a cargo de conservación de pesca y vida silvestre en Arizona, en lugar de devolverlo a “su lugar” , decidió anunciar su presencia al público, ponerle un collar electrónico visible, de color rosa, y monitorear de cerca sus movimientos. Poco después de visitar mi patio, Anubis aparecía en los periódicos con regularidad. Nunca se le conoció comportamiento agresivo. Muchos celebrábamos su presencia. Pensábamos que encontraría pareja, que nuestra ciudad y nuestro bosque, Coconino, serían el escenario para que Anubis fuera feliz y una especie a punto de extinguirse comenzara a recuperarse.

Viajé a Puerto Rico, y allí pasé las navidades con otra flora y otra fauna, tan distintas, fotografiando gallinas, cabras, iguanas, reinitas, turpiales, pelícanos, mangles…Regresé a Arizona el primer día de enero.

Dos días más tarde, supe que habían matado a Anubis. ¿Quién? Un cazador. ¿Cuándo? El día dos de enero. ¿Por qué?

Por qué. La verdad, no tengo idea. Se supone que la curiosidad y cierta capacidad para la empatía sean dos de mis pocas destrezas. Pero no, no entiendo al individuo del rifle que decidió dispararle a Anubis. No lo entiendo a él, ni a la gente como él.

A Anubis lo mataron (ilegalmente) mientras caminaba por un bosque. Tal vez se detuvo a mirar con curiosidad a su asesino a los ojos. Su falla no fue agredir, o robar gallinas: su pecado, al parecer, fue sencillamente ser y estar: ser un Mexican gray wolf, y estar en Arizona. Estar allí con su collar rosa, con su pelaje que de algún modo emitía ese mágico azul, y con esa vocación o impulso de movimiento que mi familia y yo tan bien entendemos, y que lo llevó a cruzar una línea que para él no podía existir, una de esas líneas que llamamos “borde” y que son fronteras producto de la imaginación imperial, un “borde” que, sin existir realmente, mata.

 

 

El romance que sobrevive al caos: Licorice Pizza

Especial para En Rojo

 

“Something that two people who are in love create together against impossible odds can hold them together forever.”  Julius, A Little Romance

En A Little Romance (George Roy Hill, Francia/EEUU, 1979), un par de jóvenes de trece años con el ingenio y la creatividad de los adolescentes de las películas de Wes Anderson (Rushmore 1998 y Moonrise Kingdom 2012) se enamoran en París. Lauren (Diane Lane) es amante de los libros y proviene de una familia de mucho dinero. Daniel (Thelonious Bernard) es un cinéfilo e hijo de un taxista. Inspirados por una leyenda que les cuenta Julius, un carismático ladrón actuado deliciosamente por Laurence Olivier, los jóvenes amantes deciden escapar a Venecia. Según Julius, si Lauren y Daniel logran besarse bajo el puente de los Suspiros justo cuando se pone el sol, su amor será eterno. Perseguidos por sus padres y la ley, Lauren y Daniel emprenden una de las aventuras más románticas del cine forjando así un amor que, como Julius expresa en el epígrafe, será eterno (o memorable, que no es lo mismo, pero es igual) por los obstáculos que enfrentaron. Este amor se hace más bello por el mundo que los rodea, un París que brilla por su devoción al cine y una Venecia de campanarios que anuncian el principio de un pequeño romance que puede contra todo. La inocencia que refleja el amor tan puro entre Lauren y Daniel se repite en la relación entre Alana (Alana Haim) y Gary (Cooper Hoffman) en Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson, 2021).

La nueva película de Anderson se enfoca en Gary, un carismático joven de quince años con un talento impresionante para los negocios. Mientras hace fila en la escuela para tomarse una foto, Gary conoce a Alana, una joven de veinticinco años de la cual se enamora. Aunque ella lo ve como un niño, Alana comienza a conocer a Gary por las diferentes oportunidades de trabajo que este le ofrece. A través de una serie de viñetas que develan el mundo surreal de California durante el principio de 1970, Alana y Gary se encuentran constantemente corriendo el uno hacia el otro. Su viaje es marcado por innumerables obstáculos que incluyen la diferencia de edad; la escasez de petróleo durante los 70; y los diversos intereses que nacen a través del camino que amenazan con separar a Gary de Alana. Su diferencia de edad es un elemento interesante que evoca otra gran película, Harold and Maude (Hal Ashby, 1971), donde Maude (Ruth Gordon), una mujer de setenta y nueve años hambrienta de experiencia, tiene una relación con Harold (Bud Cort), un joven de diecinueve años obsesionado con la muerte. Ambas películas exploran romances entre personas de diferentes edades evadiendo la fascinación sexual con menores. Estas películas funcionan de maneras muy diferentes a Manhattan (Woody Allen, 1979), donde el personaje de Tracy (Mariel Hemingway) de diecisiete años seduce al personaje de Isaac (Woody Allen), que tiene cuarenta y dos. A pesar de que Tracy tiene cierta agencia en la película, su rol existe en función del personaje de Allen. Ella es solo una etapa en la que Isaac descubre algo de sí mismo, marginando a Tracy a una aventura sexual en la tergiversada visión del director. Sin embargo, al igual que Licorice Pizza, Harold and Maude presenta dos personajes con sus propias peculiaridades que se encuentran para que Maude se despida del mundo y para que Harold recupere su pasión por la vida. En Licorice Pizza, Gary es un joven con actitudes de adolescente cuyo carisma y devoción por Alana lo enaltecen como personaje. Al mismo tiempo, Alana demuestra actitudes inocentes que la acercan más a la mentalidad de Gary, como cuando ella le saca la lengua para molestarlo. Como director y libretista, Anderson logra construir una relación entre dos personajes complejos cuya madurez se devela en el amor que cada uno tiene por el otro. El deseo sexual es inevitable, pero no reemplaza la manera en que ambos se van descubriendo en las particularidades del otro.

Algo que Anderson logra en su película es hacer de California a principios de 1970 un espacio lleno de aventura y romance. Licorice Pizza no localiza la acción en lugares tradicionalmente románticos como lo son el París y la Venecia de A Little Romance o hasta la campiña italiana con bellísimas esculturas grecorromanas que emanan del mar en Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017). Anderson retrata un lugar de calles empinadas, salas de juegos de pinball y tiendas de camas de agua. Estos lugares coexisten con la mansión de Barbra Streisand y Jon Peters (que Bradley Cooper actúa maravillosamente con energía de periquero) y restaurantes oscuros donde comparten las estrellas de Hollywood. Cada viñeta en la película es una pieza visual que revela otro aspecto de California en un momento en particular, así como Anderson también lo logra en su película Boogie Nights (1997). Diferente a Boogie Nights, donde Anderson expresa la nostalgia por la pérdida de la industria del cine porno y de la libertad sexual de los 70; Licorice Pizza retrata un lugar en un momento en el tiempo donde dos jóvenes se tocan las manos mientras gozan del vaivén de una cama de agua escondidos del caos de California.

En A Little Romance, el director idealiza el romance de dos adolescentes convirtiéndolo en un poema que refleja una realidad alterna. Pero en Licorice Pizza, Anderson nos brinda un romance donde un adolescente con espinillas en la cara y barriga protuberante se enamora de una chica con dientes imperfectos que muchas veces juega con los sentimientos del joven. En las manos de Anderson, estas supuestas imperfecciones son elementos únicos que hacen de la relación entre Alana y Gary tan memorable como ese beso bajo el puente de los Suspiros justo al ponerse el sol. Aunque no he visto todo lo que ha salido en el 2021 y en lo que va del 2022, Licorice Pizza es una de mis experiencias favoritas en el cine este año.