Venezuela: geopolítica energética e imperialismo contemporáneo

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Especial para CLARIDAD

Venezuela constituye un caso paradigmático de contradicción estructural en el sistema internacional contemporáneo y de relevancia para la economía política. Por un lado, impulsa un proyecto político que se autodefine como socialista; por otro, dicho proyecto se desarrolla dentro de una economía capitalista donde operan corporaciones transnacionales como Burger King, Coca-Cola y otras empresas privadas. Esta coexistencia revela tensiones propias de un modelo híbrido que no rompe completamente con las lógicas del mercado global, pero que intenta transformarlas desde adentro. En el país operan empresas transnacionales privadas, al tiempo que se promueven iniciativas de organización social y económica alternativas, como las comunas. Esta combinación refleja las tensiones propias de un modelo híbrido que busca introducir transformaciones sociales sin desvincularse completamente de la economía global.

En este sentido, las experiencias de organización social y económica impulsadas en Venezuela no pueden analizarse de manera aislada de su contexto internacional. Los intentos por redefinir el uso del presupuesto público, fortalecer formas de participación comunitaria y promover alternativas al modelo económico tradicional se desarrollan en un entorno global marcado por profundas asimetrías de poder. Estas iniciativas internas interactúan con intereses externos vinculados a la posición estratégica del país en la economía mundial, particularmente en el sector energético, lo que sitúa a Venezuela en el centro de disputas geopolíticas más amplias y condiciona tanto el alcance como la viabilidad de sus proyectos de transformación socioeconómica, donde la gente es importante.

La agresión política y económica contra Venezuela por parte de Estados Unidos debe analizarse dentro de una lógica geopolítica más amplia, de los recursos naturales, la economía política internacional y el reto a estas nuevas formas de organización social. El objetivo central ha sido el control de recursos estratégicos —petróleo, gas, minerales críticos y tierras raras— en lo que puede interpretarse como un acto desesperado de un imperio en declive ante la posible desintegración del sistema del petrodólar. Venezuela posee importantes reservas de petróleo, gas y otros minerales estratégicos, lo que la convierte en un actor relevante en el mercado energético global. Desde una perspectiva crítica, esta estrategia responde a una tradición histórica de dominación en América Latina, enmarcada en doctrinas como la Doctrina Monroe (hoy redefinida con Doctrina Donroe, de Donald Trump), que ha legitimado la hegemonía estadounidense en la región. Desde esta óptica, las políticas estadounidenses hacia Venezuela se interpretan como parte de una estrategia orientada a preservar su influencia económica y energética en la región, en un contexto de competencia geopolítica y reconfiguración del orden internacional, control e imperialismo económico. En esta visión la gente no importa sólo importa las ganancias que tendrán los capitalistas, por eso el discurso es imperialista.

Desde esta perspectiva, la intención de apropiarse de la industria petrolera venezolana constituye una forma contemporánea de colonialismo e imperialismo, orientada a convertir al país en una neocolonia. Las declaraciones de líderes políticos estadounidenses, como Donald Trump, al afirmar que Estados Unidos “gobernaría” Venezuela, evidencian una visión abiertamente intervencionista que prioriza los intereses económicos corporativos sobre el bienestar de la población.

El debate sobre el control de la industria petrolera venezolana suele enmarcarse en discusiones más amplias sobre soberanía, donde el control y la gestión de la industria petrolera venezolana ocupan un lugar central en el debate sobre soberanía económica. Algunos analistas interpretan las declaraciones de líderes políticos estadounidenses y las sanciones económicas como expresiones de una lógica intervencionista y como instrumentos de política exterior destinados a influir en el comportamiento del Estado venezolano. Estas dinámicas reflejan la centralidad del sector energético en las relaciones bilaterales, que ilustra las tensiones entre autonomía nacional y vulnerabilidad externa características de muchas economías latinoamericanas.

El discurso colonial se refuerza cuando se plantea que Venezuela solo puede comercializar su petróleo si ello beneficia los intereses de Estados Unidos, que controlaran el dinero de las ventas, o que debe utilizar los ingresos petroleros para adquirir exclusivamente productos estadounidenses. Estas posturas de EE.UU. son contrarias a lo que predican de capitalismo de libre empresa y comercio internacional.

Esta lógica se ve amenazada por la creciente presencia de China, catalogada por Washington como una “influencia externa perjudicial”. China no solo compra petróleo venezolano, sino que financia infraestructura clave para su extracción, refinación y transporte mediante acuerdos de intercambio de recursos por infraestructura. Estos acuerdos difieren sustancialmente de los préstamos tradicionales, ya que incluyen la construcción de carreteras, puertos, refinerías y sistemas de telecomunicaciones a cambio de suministros garantizados de petróleo. Un elemento relevante en este escenario es el fortalecimiento de los vínculos con China en Venezuela y en América Latina. China se ha convertido en un socio comercial y financiero importante, participando en proyectos de infraestructura, ofreciendo financiamiento e inversión, vinculados al sector energético y a otras áreas estratégicas. Este tipo de acuerdos difiere de los mecanismos tradicionales de endeudamiento, ya que vincula directamente el acceso a recursos naturales con proyectos de desarrollo físico y logístico. Lo que difiere de los mecanismos tradicionales de financiamiento internacional. Este modelo ha sido interpretado tanto como una oportunidad de diversificación económica para los países latinoamericanos como una nueva forma de dependencia, lo que genera un debate abierto en la literatura especializada.

Lo que resulta particularmente inquietante para Estados Unidos es que este modelo rompe con el esquema histórico de extracción neocolonial que ha caracterizado sus relaciones con América Latina. Además, muchas de estas transacciones se realizan en yuanes u otras monedas, desafiando la centralidad del dólar. Desde el punto de vista de la economía política internacional, el creciente uso de monedas distintas al dólar en el comercio energético se vincula con procesos de diversificación monetaria y con el cuestionamiento gradual del sistema financiero internacional centrado en los petrodólares, vigente desde la década de 1970. La expansión de relaciones comerciales y financieras fuera del dólar estadounidense se relaciona con procesos más amplios de transformación del sistema monetario internacional.

Este proceso se vincula directamente con la llamada guerra económica y con la erosión del sistema del petrodólar, que ha sido la base del poder financiero global estadounidense. Sin embargo, el aumento de transacciones en monedas alternativas, como el yuan, así como el fortalecimiento de mecanismos de cooperación entre países del bloque BRICS y otros socios, sugiere una tendencia gradual hacia la diversificación monetaria, aunque su impacto estructural a largo plazo aún es incierto. El sistema del petrodólar permitió a Estados Unidos sostener déficits comerciales elevados, financiar su deuda creciente y mantener su gasto militar mediante la emisión constante de dólares respaldados por la demanda global de energía. Sin embargo, la progresiva desdolarización del comercio internacional, especialmente en el sector energético, reduce esa capacidad. A medida que disminuye la demanda global de dólares, se debilita la posibilidad de sostener una economía basada en endeudamiento permanente y expansión militar.

En el contexto latinoamericano, la competencia entre Estados Unidos y China por influencia económica se manifiesta en modelos diferenciados de cooperación. Mientras Estados Unidos ha privilegiado históricamente estrategias basadas en liberalización comercial, condicionamientos financieros y presión militar, China ha enfatizado inversiones en infraestructura, energías, energías renovables, tecnología y comercio a largo plazo. Estas diferencias han generado debates en la región sobre los costos, beneficios y sostenibilidad de cada modelo de inserción internacional. En este escenario, Estados Unidos carece de la capacidad económica para competir con China en América Latina. Mientras China ofrece inversiones, Estados Unidos responde principalmente con sanciones económicas y amenazas militares. Estas diferencias de enfoque reflejan modelos distintos de inserción internacional y de ejercicio del poder. Paralelamente, el narcotráfico y el comercio de armas continúan siendo sectores altamente lucrativos vinculados a intereses estadounidenses. Aunque Washington pueda instalar gobiernos afines, no puede revertir la realidad de que China se ha convertido en el principal socio comercial de la región.

La llamada guerra energética se traslada así a los mercados financieros globales, donde países como Venezuela, Rusia, China e Irán avanzan hacia sistemas de comercio energético que evitan el uso del dólar y del sistema bancario occidental. Plataformas de liquidación en yuanes y el comercio en monedas nacionales entre países del bloque BRICS Plus evidencian una reorganización del orden económico internacional.

Finalmente, este reordenamiento global plantea una reflexión más amplia sobre la democracia, la soberanía, la autonomía política en el sistema internacional y los cambios en las relaciones de poder entre Estados, sin que exista un consenso definitivo sobre el alcance y las consecuencias de estos procesos.

El imperialismo contemporáneo es un sistema complejo y cambiante, adaptado a la era digital y globalizada, que busca mantener la hegemonía de los centros capitalistas y controlar el acceso a los recursos y mercados del Sur Global.  Se manifiesta en el siglo XXI mediante la influencia económica, financiera, tecnológica y cultural, no solo por la fuerza militar directa, buscando controlar recursos, mercados y la geopolítica mundial, sino por el control financiero.

El dominio de élites económicas —empresarios digitales y del complejo militar-industrial— sobre las decisiones políticas sugiere una crisis profunda de la democracia representativa. Su influencia en la toma de decisiones gubernamentales es un tema ampliamente discutido en la teoría política contemporánea. Así como la persistencia de relaciones asimétricas entre economías centrales y periféricas, continúan siendo temas centrales en los estudios latinoamericanos. En el caso de territorios no soberanos como Puerto Rico, el debate sobre autonomía, representación política y dependencia económica evidencia la persistencia de estructuras coloniales en el orden internacional actual. Puerto Rico ejemplifican la persistencia del colonialismo: poseen “importancia estratégica” para la seguridad nacional estadounidense, pero carecen de autonomía política real. La colonia se reduce a un socio comercial subordinado, sin soberanía efectiva.

Así, el imperialismo no solo se manifiesta en la explotación económica, sino también en la colonización discursiva. Las palabras importan, porque reproducen relaciones de poder y normalizan la subordinación y el colonialismo. En conjunto, el caso venezolano ofrece un marco analítico relevante para comprender las transformaciones en la economía política latinoamericana, las disputas por recursos estratégicos y los desafíos asociados a la construcción de modelos de desarrollo más autónomos en un sistema internacional en proceso de reconfiguración. Además de la batalla cultural económica entre el capitalismo depredador y la construcción de alternativas de desarrollo social y solidario endógeno (comunas). Entre la concentración de riqueza y explotación de recursos y el bienestar colectivo, la autogestión, la equidad y la sostenibilidad, donde la gente importa. Entre el imperialismo extractivista y el desarrollo autónomo y soberano. Entre ser neo colonia de Estados Unidos o ser un pueblo libre, soberano e independiente. Mientras persistan estas estructuras imperiales, la libertad continuará siendo una promesa incumplida.