Especial para En Rojo
Hace poco me invitaron a hablar sobre la presencia de la comunidad china en Puerto Rico. La audiencia, compuesta en su mayoría por guías turísticos, quería algo más que fechas: buscaba entender las raíces históricas de un país lleno de silencios y estereotipos. Al trabajar el tema del racismo y la xenofobia hacia la comunidad china en la Isla, abordé la célebre canción “Ojos Chinos”, interpretada por El Gran Combo de Puerto Rico. Inmediatamente, escuché interpelar a uno de los participantes, asegurando que esa canción no contiene nada discriminatorio ni racista. Incluso, comenzó muy entusiasta a cantarla de memoria como prueba de su inocencia.
Mi reacción no fue improvisada. Crecí entre las décadas de 1980 y 1990, y recuerdo con claridad la frecuencia con que se escuchaba “Ojos Chinos”. También recuerdo las burlas que recibíamos mi padre y yo al llegar a un lugar donde, casi de inmediato, alguien nos decía: “El chinito quele aloz flito, bien flito de Puelto Lico”. No solo nos reducían a un estribillo, sino que reproducían una ridícula caricatura del habla china en español. Les confieso: en mi casa casi nunca se comía arroz frito y rara vez vi a mi padre comerlo. Curiosamente, hoy soy yo quien lo consume más que en mi infancia. La ironía refuerza el punto: el chiste no tenía que ver con la realidad, sino con un estereotipo.
“Ojos Chinos” fue lanzada en 1964, dos años después de la formación de El Gran Combo. La compuso Kito Vélez, trompetista de la orquesta, y fue grabada en ritmo de pachanga por Andy Montañez y Pellín Rodríguez. Luego se incluyó en la producción “Ojos Chinos – Jala Jala”, bajo el sello Gema. Musicalmente pegajosa, rítmicamente alegre, se convirtió temprano en un éxito del grupo, que aún hoy se canta. Además, refleja el romanticismo tropical propio de la época, donde la exaltación amorosa y el deseo se revestían de melodías bailables. Pero la pregunta esencial no es si gustaba al oído, sino qué transmite en términos culturales y sociales.
La canción abre con la frase: “El chinito quele aloz flito, bien flito de Puelto Lico”. Este enunciado está escrito imitando un supuesto “acento chino”: sustituyendo la “r” por la “l”. Esa caricaturización no refleja el habla real de inmigrantes chinos, sino un estereotipo burlesco que circula a través de la cultura popular para ridiculizar. El efecto es claro: mofarse del “otro” por su manera de hablar, reduciendo una identidad compleja a un simple rasgo fonético inventado. Esta frase no es neutral ni inocente: es racista porque convierte a una comunidad en objeto de burla; xenofóbica porque marca al extranjero como ridiculizable; discriminatoria porque trivializa la diferencia; y burlona porque lo hace en clave de chiste musical. Moralmente, hoy resulta inaceptable si se repite sin contexto crítico.
A lo largo de la letra, aparecen etiquetas raciales y étnicas (“chinito”, “chinita”, “la china del oriente”) acompañadas de descripciones exotizantes (“ojitos”, “cuerpito lindo”). No hay insultos violentos, pero sí orientalismo y objetificación romántico-sexual que hoy reconocemos como formas de racialización y sexismo. Reiterar diminutivos como “chinito”, “ojitos” y “cuerpito” es condescendiente, infantiliza y enmarca a la mujer como objeto pasivo de deseo. La narración amorosa se sostiene en una desigualdad simbólica: la mujer no es sujeto de voz, sino exotismo que se contempla, desea y consume.
Desde la óptica de valores contemporáneos —respeto a la dignidad, rechazo a estereotipos raciales, crítica a la sexualización reductiva— la canción es moralmente cuestionable. Como bien planteó Edward Said en su libro Orientalism (1978), estas representaciones fabrican una mirada occidental que fantasea con lo “exótico” y lo convierte en mercancía cultural. Aquí, el “amor” por la “chinita” no disuelve la diferencia, sino que la reafirma.
En el Puerto Rico de las décadas de 1960 y 1970 —como en gran parte del Caribe, América Latina e incluso Estados Unidos— la migración china era percibida desde el exotismo y la estigmatización cultural. La música popular reflejó y reforzó esa mentalidad. Lo que para muchos era simple humor o folclore, desde un análisis crítico se asume como racismo cultural normalizado. El éxito de “Ojos Chinos” se debió, en parte, al auge de los ritmos caribeños de la época —pachanga, son, jala jala— en un momento de transición musical, pero también a la normalización de estereotipos que no se cuestionaban. En su contexto histórico pudo haber pasado como chiste inofensivo. Hoy, sin embargo, la aceptabilidad histórica no exime el problema: sigue siendo racista y burlona.
Más de seis décadas después de su lanzamiento, corresponde mirarla con otros ojos. La canción, contagiosa y enérgica, es al mismo tiempo una burla y una exotización de la comunidad china, particularmente a la mujer. Tal vez los compositores y cantantes no tuvieron la intención consciente de ofender, pero lo cierto es que la intención no cancela el efecto social. La canción no deja de añadir un tono humorístico y ligero, ni de tocar temas de amor y devoción —al punto de declarar la imposibilidad de vivir sin la “chinita”. Ese dramatismo amoroso, típico del romanticismo tropical, convive con un lenguaje que simultáneamente exotiza, racializa y prejuicia.
No se trata de atacar al Gran Combo de Puerto Rico, ni a los compositores, ni de censurar la canción. Sino de invitar a la reflexión sobre cómo el pasado cultural debe ser leído críticamente. “Ojos Chinos” refleja una sensibilidad de época, pero también reproduce estereotipos raciales y de género que no deben pasar desapercibidos ni repetirse. Para algunos, seguirá siendo una canción inofensiva; sin embargo, lo que revela es precisamente lo contrario: que el racismo institucional y cultural pudo disfrazarse de humor y música bailable. Y ese racismo, aún normalizado, sigue siendo racismo.
Cada generación tiene el deber de analizar lo que se escribió, se cantó o se representó. No todo pasado siempre fue mejor. “Ojos Chinos” es, al mismo tiempo, un documento cultural y un recordatorio: la música puede alegrar, pero también lastimar y perpetuar desigualdades, cante quien la cante. No se puede ignorar que la canción transmite implicaciones racistas, xenofóbicas y burlonas contra la comunidad china. El reto hoy es claro: reconocerlo, estudiarlo, cuestionarlo y, sobre todo, evitar repetirlo. Asumir estas tensiones en nuestra música no resta valor a su historia, sino que la enriquece. Nos recuerda que el Caribe no solo baila: también piensa, se cuestiona y se reinventa con cada generación.
El autor es Profesor de Historia – UPR Mayagüez
Comentarios a:


