Reseña de la exposición
Especial para En Rojo
Es el 22 de noviembre. La sala está llena. Son las 7:49p.m. Se ha ido la luz pero nadie se ha movido. Nadie ha caminado hacia la puerta. Se enciende la linterna de un celular. Luego otra. En un instante, la luz tenue desde las manos de algunos se mueve por el espacio. Marea, la exposición de la escultora Cristina Córdova, no es solo la muestra, sino la prueba de la trascendencia del arte sobre el entorno, sobre la situación misma.
En el segundo piso de la 202 Cristo en el Viejo San Juan, la exposición de Córdova carga un imaginario que se mueve entre la figuración, la expresión y la marea; entrelazando seres, la sugestión y el dominio profundo del medio de la cerámica. Al entrar, a la izquierda, la iluminación superior caía sobre Ninfa escrita (2025) y la sombra se mezclaba con la oscuridad del rostro, la cual apuntaba hacia abajo como la punta de un lápiz y balancea el peso, como un malabarista, a ambos extremos. Pero ahora, alguien pasa y la alumbra indirectamente, y se resalta a su vez la profundidad en la cuenca vacua de sus ojos. Es una sombra que también es suya.
Cristina Córdova nace en 1976 a padres puertorriqueños en Boston, Massachusetts, y llega a Puerto Rico a los seis meses de edad. Sus padres, reconociendo la posibilidad de canalizar la energía de su hija, la llevan a Casa Candina, donde se expone por primera vez a la cerámica de la mano de Susana Espinoza, Bernardo Hogan, Toni Hambleton y Jaime Suarez. Pero no es hasta sus años universitarios que, a raíz de una clase de verano que Suarez ofrece en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez, se encuentra completamente identificada con el medio. Hoy, heredera de la tradición ceramista Candina, es profesora en Penland School of Crafts, en Carolina del Norte, donde reside y tiene su taller.
A su lado, Veo el mar (2025) nos muestra una mujer tras las rejas de un balcón, sentada sobre un almohadón. El elemento de las rejas, familiar y cotidiano, ejerce un papel de encubrimiento, a través del que se revela la terminación de la figura central: la tonalidad y lustre de la cerámica como bronce. La reja, el elemento arquitectónico (que cuenta como participe en la tendencia del construccionismo criollo) a su vez se ve en Ritual de agua y piedra (2025). La obra mural, de gran formato y dividida en 45 segmentos para llevar a cabo su proceso de quemado, plasma una escalinata adoquinada, sobre la que el mar, la marea, va subiendo, y ha llegado hasta sus pies.
Pero se ha ido la luz, y nadie se ha ido. Flota sobre la oscuridad, a la derecha, una barca, De orilla a orilla (2025). Su tripulación, emigrante, va cansada. Su tez y superficie recuerda el fósil de coral, que ha soportado el vaivén de las olas, incrustada por el brillo nacarado de la calcificación en su superficie. Sobre ella, como otro remanente traído por el mar, una concha de mar que la artista ha modelado con sus manos. Parece erosionada por las olas, demostrando la maestría técnica de Córdova; en el proceso de quemado final de la pieza, ha aplicado elementos que reaccionarían contra esta, agujerándola como el mar.
Al fondo de la sala, se extiende sobre la pared Madre (2025). Recuerdo haberla visto en su taller en Penland. La trabajaba en el suelo, modelando las formas alrededor de la figura de su hija. Acababa de perder a su madre, y había comenzado a irrumpir en un hito de deconstrucción en el que busca respuestas, como buscando el significado de un panteón de figuras en su interior.

Son las 7:57pm. Ha vuelto la luz. Las sombras han vuelto a su lugar. La marea ha llevado y traído el cambio en el vaivén de sus olas.



