Puerto Rico atraviesa una crisis estructural polifacética que combina varios factores que impiden el crecimiento económico. Esta crisis se manifiesta simultáneamente en vertientes financiera, productiva, ecológica y de legitimidad política, generando inestabilidad social sistémica, desempleo y aumento de la pobreza. Llevamos dos décadas de bajo crecimiento y productividad estancada, dependiendo de los fondos federales como motor de la economía. La “salvación”, según el gobierno, es la inversión en el militarismo: fondos que llegan en el contexto de conflictos internacionales. Nuevamente volvemos a ser un enclave-plataforma militar, y nada más.
No es un problema reciente ni coyuntural, es una trayectoria larga en la que la corrupción, la improvisación y un gobierno más pendiente de la imagen que de resolver lo básico se imponen. Es un país donde se anuncia, se improvisa, se protege a los de adentro y los servicios básicos fallan; donde no se planifica y se asume como normal la ineficiencia y la mediocridad política y económica. A esto se suman la emigración continua y la consiguiente disminución de la mano de obra, así como el alto costo de importar bienes y energía. También se añaden una profunda crisis sanitaria, inestabilidad en la educación superior, una gobernanza cuestionada y la privatización y venta de activos físicos y ambientales. Somos una base militar en el Caribe; somos prescindibles, mercancía ante los ojos externos, que pueden callar y tranquilizar con fondos federales.
El problema en Puerto Rico es la ausencia de una estrategia y de políticos dispuestos a dar la milla extra por el bien del país. Puerto Rico se ha acostumbrado a una economía estancada, donde los fondos federales ofrecen estabilidad sin transformación. Estos fondos generan una sensación de tranquilidad y pasividad que facilita los abusos políticos y la corrupción. Funcionan como una especie de sedante que permite que el gobierno colonial continúe su saqueo y destrucción, auspiciado por Estados Unidos.
Esa inercia no permite observar que afuera hay un mundo cambiando con rapidez, donde las cadenas productivas se reorganizan, la competencia tecnológica se intensifica y la geopolítica vuelve a ser determinante, mientras nosotros permanecemos estancados en una colonia dependiente de fondos federales y ahora una base militar o “un puesto avanzado colonial y una pieza clave para la proyección del poder estadounidense en el extranjero” (Reyes, 2022).
En estos momentos, los países con soberanía y autonomía se reposicionan, mientras nosotros quedamos rezagados como base militar. Aquí no hay dirección, solo imposición desde Washington, que nos ve como algo de lo que puede disponer a su antojo. La política económica carece de articulación, se anuncian inversiones (industriales y militares) que no se conectan, se corrigen decisiones sobre la marcha y se responde al corto plazo sin una visión clara de hacia dónde ir. La incertidumbre ha aumentado y ya afecta la inversión y el crecimiento, mientras el crimen continúa posicionándose como otra economía. Esto no es casualidad, es el resultado de la carencia de un plan de país y de objetivos claros. Es el agotamiento del modelo de desarrollo colonial, que obliga a una reconfiguración de las relaciones sociales y económicas.
A esto se suma un problema más profundo, la incapacidad del equipo encargado de conducir la política económica, la Junta de Control Fiscal y el Gobierno colonial. Se obedece lo que dicta Estados Unidos y se impone sin cuestionamiento. No se piensa en el futuro; se administra el día a día. No se analiza el entorno, falta capacidad para traducir diagnósticos en decisiones y políticas públicas, y lo poco que se hace carece de consistencia para sostenerse.
Así no se construye una trayectoria ni un futuro sostenible; así no se construye una economía que se sostenga. Esto se refleja en la relación con Estados Unidos, somos dependientes, somos colonia, somos una base militar y eso es todo. Organizamos la economía alrededor de ese vínculo de dependencia y ahora nuevamente como enclave militar, no para crecer y ser prósperos, sino para sostener ese rol de base militar en el Caribe. Ya no somos vitrina; ahora somos una colonia pobre que hay que controlar y someter. Los fondos federales funcionan momentáneamente, pero restringen lo que se puede hacer. No hay iniciativa, y el rol de enclave militar limita el margen de maniobra, haciendo la economía vulnerable a decisiones externas. Se habla de diversificar y fortalecer la economía local, pero no se hace. Y no se hace porque no es solo un problema económico, sino político, la colonia no puede actuar, recibe órdenes. La colonia es el problema estructural que hay que cuestionar.
También se plantea nuevamente la llamada “guerra contra las drogas”, que desde la década de 1970 ha contribuido más a expandir ese mercado que a reducirlo. Detrás de esto hay intereses económicos que trascienden el control del narcotráfico y se relacionan con la intervención en otros países y el control de recursos. Puerto Rico funciona como base militar para esas intervenciones y como ruta de tránsito de la droga. La relación entre imperialismo, drogas y economía neoliberal forma parte de ese esquema. La “Guerra contra las Drogas” se vincula con la Doctrina Monroe, es a su vez el Gringocentrismo que se refleja en el modo de intervención imperialista-capitalista neoliberal, con un enfoque geopolítico centrado en Estados Unidos. Este enfoque se refleja en políticas de seguridad militarizadas cuyos resultados han sido ampliamente cuestionados, pero se obedece lo que digan. La relación entre la guerra infinita (contra las drogas) y la continuidad del capitalismo y el neoliberalismo por otros medios es parte de ese esquema. La prioridad militar es la defensa de la hegemonía de EE.UU.
El gringocentrismo, también implica dependencia: hacer lo que dicta Estados Unidos, sostener un modelo donde la autonomía es limitada y donde se priorizan intereses externos. En este contexto, no se permite que Puerto Rico desarrolle plenamente una política industrial y comercial orientada a la prosperidad ni que establezca relaciones estratégicas con otras potencias. El modelo dominante (el gringocentrismo) es el de dependencia y subordinación. A nivel interno, el gobierno colonial y la Junta de Control Fiscal no están dispuestos a asumir el costo de una mayor autonomía ni a impulsar modelos alternativos. Se evita tensionar la relación colonial y, al mismo tiempo, se evita transformar la estructura económica. Así, la restricción externa y la falta de decisión interna se refuerzan mutuamente, manteniendo la dependencia. Sin estrategia propia, la política económica y exterior se reducen a la adaptación de lo que se define externamente, es gringocentrismo. No hay conducción, hay ajuste; no hay dirección, hay sometimiento y miedo.
Puerto Rico Libre, sería perder su plataforma militar en el Caribe, darle alas para que creamos en nosotros y que se puede ser libre, ese no es el modelo gringocentrista. El modelo de Estados Unidos (gringocentrista) es el de dependencia, el coloniaje (o neocolonialismo), tal como quiere aplicar a otros países. La economía estancada, dependiente de fondos externos, profundiza el rezago y reduce las posibilidades futuras de desarrollo, ofrece de alternativa ser una base militar (el Gibraltar del Caribe o el Hawaii -colonial- del Caribe). Este modelo gringocentrico genera más pobreza, desigualdad y vulnerabilidad, además de dependencia. Así, la restricción externa y la falta de decisión interna se refuerzan mutuamente en la colonia y se mantiene la sumisión y dominio, donde el miedo prevalece y no se permite un modelo de desarrollo y crecimiento alternativo.
¿Qué hará la administración colonial ante posibles cambios en las políticas federales —como la reducción del Estado de bienestar? Surge una interrogante crucial, ¿cómo sostener una economía que depende de esos recursos (fondos federales)? Un recorte significativo podría desencadenar una crisis social sistémica, caracterizada por la fragilidad institucional, polarización económica y fallas en cadena en distintos sectores. Trump propone que cada territorio (y también los estados) tengan que asumir la responsabilidad exclusiva para proveer bienestar social. Pero si la colonia vive de las ayudas que proveen esos fondos federales, y ahora cómo administrar una colonia en crisis estructural polifacética, que produce desajuste profundo y prolongado del sistema económico, social y político, donde los modos de producción y regulación actuales se agotan. Esto generará una crisis social sistémica creada con la intensión de que seamos una colonia en la versión hawaiana de albergar una gran e importante concentración de bases militares, donde la presencia militar es fundamental para la economía, además del turismo. Esto podría manifestarse en el deterioro del tejido social, con expresiones de violencia directa, cultural y estructural. En ese escenario, se pondría en evidencia el agotamiento del modelo económico y social vigente. Puerto Rico sin puertorriqueños, colonia militar y de turismo.
Puerto Rico colonial puede optar por conformarse con estabilidad sin crecimiento, diagnóstico sin estrategia y subordinación permanente, ser plataforma militar sin puertorriqueños o puede replantearse su futuro. Recordemos que, sin proyecto de país, sin planificación y sin dirección, el rezago y la crisis se profundiza.
La alternativa, desde esta perspectiva, implica cuestionar el modelo actual y explorar transformaciones estructurales. Se requiere colaboración entre todos los actores —empresas, gobierno, sociedad civil, ciudadanía y academia— para co-crear nuevas estructuras de desarrollo económico y social sostenibles.
El pueblo debe perder el miedo, es hora de una ruptura con la colonia y entender que la alternativa está en la independencia y plena soberanía para superar esta crisis estructural y construir otra economía y sociedad justa y equitativa que nos represente. Hay que lograr cambios estructurales y de paradigma para conseguir transformaciones radicales, ver los síntomas y transformarlos, necesitamos cambiar el sistema colonial y construir ese futuro donde estemos incluidos. Pero no se trata de hacer que un proyecto funcione, sino de que cambie el entorno en el que todos operamos, romper con la colonia.
El cambio y la transformación es un proceso colectivo, dinámico y abierto, orientado a construir un modelo más justo, equitativo y sostenible. En Plan B Independencia se analiza este escenario y se propone la transición hacia una economía prospera y nuestra. Existen otras propuestas en Puerto Rico para transformar a Puerto Rico en un país libre, soberano y exitoso. En el libro Seremos Libres en la Independencia estaremos mejor (MINH) se presenta un análisis y exposición sobre el potencial que tiene nuestra nación puertorriqueña para desarrollar una sociedad próspera y equitativa una vez nos sacudamos de encima el yugo colonial. Podemos ser libres, la ruta está trazada, pero debemos asumir el cambio y comenzar a construirlo.



