Cuando la fe y la religión se enfrentan

 

Especial para En Rojo

En la concepción judeocristiana, vivir la fe significa asumir un modo de vida que traduce el proyecto divino para el mundo. Esto implica conversión progresiva de la propia persona y compromiso con la transformación del mundo. No hay que confundir fe y creencia. Se puede ser muy crédulo y no tener la fe como opción de vida y de misión.

Hoy en día es común pensar en la fe como algo privado que sólo concierne a la intimidad de cada persona. De hecho, la naturaleza humana es social. La fe solo puede vivirse en comunidad. Reducida a la privacidad de cada uno, es propuesta del individualismo capitalista. Por eso, en la historia, han surgido tantas religiones, cada una con su originalidad. La religión sistematiza la experiencia comunitaria de la fe, sin confundirse con ella. Tampoco agota en sí misma la riqueza de la espiritualidad. Existen espiritualidades no vinculadas a una religión concreta.

Por su carácter institucional, la religión se basa en tradiciones y tiende a ser más conservadora. A menudo, a lo largo de la historia, las religiones han contribuido, no a la paz y a la justicia, sino al mantenimiento de prejuicios que dividen a la humanidad en puros e impuros, santos y pecadores. No pocas veces, en nombre de Dios, han sembrado odio y violencia, contribuyendo así a las guerras y conflictos.

En América Latina, el cristianismo llegó con los conquistadores. En nombre de Dios, legitimó la colonización. Hasta hoy, hay sacerdotes y pastores, grupos católicos y evangélicos que apoyan políticas que sostienen injusticias estructurales de la sociedad. Jesús sólo puede sentirse ofendido al ver su nombre instrumentalizado por políticas que favorecen apartheids sociales y económicos, así como racismos y discriminaciones de géneros.

En todas las religiones, o incluso fuera de ellas, profetas son personas que insisten en que las Iglesias vuelvan a la Palabra liberadora de Dios y retomen el proyecto divino de Amor y Solidaridad como Justicia. En diferentes religiones, siempre hay profetas. Fue desde la espiritualidad del hinduismo, que, en la India de la primera mitad del siglo XX, el Mahatma Gandhi luchó contra el colonialismo, mediante la no violencia activa. Desde la fe cristiana, en los Estados Unidos, el pastor Martin Luther King lideró la lucha pacífica por los derechos civiles de la población negra. En América Latina, el arzobispo Oscar Romero y miles de hombres y mujeres dieron su vida para dar testimonio de que Dios es Amor y, como dijo el profeta Jeremías: “Su nombre es Justicia” (Jer 23,6). El Evangelio es fuerza de liberación moral y espiritual, pero también social y política.

El Consejo Mundial de Iglesias, que reúne a 349 iglesias cristianas, celebrará su 11ª Asamblea General en este mes de agosto en Alemania, bajo el lema “El amor de Cristo conduce al mundo a la reconciliación y la unidad”. Que, en nuestros países, creyentes de las diversas confesiones cristianas sean testigos de esta buena noticia.

 

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