A finales del siglo XX me leí con fascinación morbosa un libro de Ilya Zbarsky titulado Lenin’s Embalmers. El autor es hijo de Boris Zbarsky, quien embalsamó el cadáver de Lenin en un proceso que culminó dos meses después de éste haber fallecido. El libro narra la historia de esta familia dedicada a tan particular labor. Ilya, un bioquímico, “heredó” el trabajo de su padre. De este modo, líderes del mundo socialista fueron embalsados por él como si de una colección de un museo de cera se tratara. El último capítulo de ese libro es un recuento delirante de cómo a la caída de la URSS y el bloque soviético, Zbarsky se dedicó a realizar su trabajo con una miríada de nuevos ricos rusos -mafiosos o ex funcionarios que vendieron propiedad pública a precio de pescado a punto de podrirse- cuyos cuerpos y lápidas se convirtieron en símbolos de ostentación.
Pensaba en esto mientras leía El muerto parao. Velorios, marginalidad y performance en el Puerto Rico contemporáneo. (Flamboyán, San Juan. 2025). Luis Javier Cintrón Gutiérrez, su autor, es un joven sociólogo, catedrático auxiliar en la Universidad del Sagrado Corazón. Ha publicado varios artículos relacionados con la marginalidad urbana y las representaciones de la violencia en Puerto Rico. Este es su primer libro. En él nos hace un recuento histórico bien documentado y mejor narrado. Aunque se rata de un ensayo académico que muestra el rigor del investigador, Cintrón nos entrega un libro divertido que va desde la mirada a El velorio de Oller hasta los velorios exóticos que se han convertido en parte de nuestra cultura popular.
Se nos ofrece una definición del velorio -ese ritual-, se nos habla de la muerte como texto y objeto cultural, del ritual como último performance, vitrina de la violencia y exclusión o como espacios de marginalidad urbana. Si bien los medios y la cultura pop pueden asociar los velorios exóticos con la narcocultura, Cintrón apunta, más bien, a la fiesta de comunidad que muestra su aprecio y respeto a través de la música y otros elementos asociados a la identidad colectiva. Es el modo de conectarse con el fallecido, con el barrio y el caserío. Como lector, pude colocarme además en la perspectiva crítica del libro, para entender la muerte como otro objeto de consumo con estética gore.
Cerca de una veintena de imágenes complementan el texto, breve, enjundioso, esclarecedor.
Un buen libro este de Luis Javier. Le agradezco este trabajo que me leí el último fin de semana del 2025. Digamos, si se me perdona, que este es otro en la lista de mejores libros del año.


