Especial para CLARIDAD
Las ciudades, como los cuerpos, como las vidas, no muestran todo lo que son a simple vista. Se nutren del misterio, de la sorpresa, de la diversidad de rostros, de la diversidad de vidas de la diversidad de maneras de caminar, de marcar y reclamar territorios.
Vienen a mi mente sobre todo los sin casa, los que caminan las calles de su ciudad en el trópico caliente buscando resarcir las necesidades de su vida inclemente. Solos, con su vida y sus escasas pertenencias a cuestas o escondidas en algún lugar abandonado, en complicidad con la invisibilidad y el silencio. De día josean lugares donde comer, donde asearse, donde descansar, acaso donde no ser vistos. Su vida es un eterno donde. A partir de ese conocimiento descifran la ciudad que es solo de ellos y dibujan mapas en la mente. De esto depende su subsistencia.
Muchas veces perseguidos, habitan las mismas ciudades que los demás pero no de la misma manera. De noche penetran las grietas que deja el abandono a su paso, espacios de laberinto, indescifrables para los ajenos, lugares donde el sol sinuoso y viajero a veces no llega. Allí posan sus cuerpos cansados de deambular y escudriñar. Otros, los más atrevidos ocupan vacíos en abierto desafío ante las miradas de los que pasan, o se protegen debajo de puentes. Es de notar cómo utilizan la madera vieja y el cartón como verdaderos arquitectos de lo precario y el reciclaje. Incorporan a sus cobertizos objetos encontrados que alguna vez formaron parte de una sala o un balcón, para identificar su lugar en el mundo, para sentirse más humanos. Después de todo una de las funciones de la vivienda es dejar una huella y apropiar nuestros espacios de vida de maneras distintas a los demás. ¿No?
Tener un albergue, la sombra de un techo o un rincón en el mundo al que poder acudir con la frecuencia que los ritmos del cuerpo lo requieran es uno de los más importantes logros para un ser humano. Desde siempre. La vivienda desempeña una variedad de funciones indispensables para el cuerpo y el alma, para vivir en privado y vivir en comunidad. Resulta reconfortante tener la certeza de que ese lugar nos corresponde, que está ahí para nosotros, que algo o alguien nos recibe detrás de la puerta, sea esta real o imaginaria. De esa certidumbre de sentirnos ubicados en el mundo depende nuestro bienestar, tanto íntimo como superficial. Para un deambulante la ciudad es un universo a ser explorado a diario, es siempre un lugar ajeno que debe ser disputado, negociado, acaso reclamado. Cada día supone un reto.
Según el conteo de personas sin hogar en Puerto Rico, para 2022 había cerca de 30,000 personas sin hogar, de diferentes edades, núcleos familiares y sexos. Su edad promedio era de 34.2 años. Al observarlos nos damos cuenta de su diversidad dentro de la precariedad. Ya la imagen del loco acompañado por su fiel perro, empujando un carrito de compras lleno de lo que para nosotros los otros parece basura pero que para ellos es su mundo, ya no se sostiene. Tampoco la idea de que son todos adictos a drogas o alcohol. Ahora los sin techo forman un grupo más heterogéneo. Hay inclusive algunos que disfrutan la vida libre, pero no sabemos cuántos son. La vida inclemente que les ha caído encima, la vida del carente de alojo puede tocar muchas puertas, puede sucederle a muchos, incluyendo universitarios.
Irrespectivamente de las razones una cosa es cierta, vivir la vida errante, sin tener un techo al cual llamar vivienda y sin nadie que te reciba está en nada, debe ser muy difícil. Aunque no nos demos cuenta.
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