Jenniffer, mentirosa. ¿A quién le importa? La posverdad en el discurso político

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Jennifer González Foto Archivo/Alina Luciano

 

 

 

Recordarán aquello que repetía Benito antes de las elecciones trucadas del 2024: Jennifer mentirosa… Y no faltaba a la verdad. La campaña electoral de JGo, dirigida por el agente literario de Maripily, se fundamentaba en crear un miedo irracional: Estados Unidos le daría la independencia a Puerto Rico si Juan Dalmau se convertía en gobernador. Además, un contingente del ejército imaginario de Cubazuela tomaría el poder en la isla. Ese libreto, digno de la ciencia ficción, fue desmentido por cualquier persona pensante. Los titulares, sin embargo, mostraron a la congresista norteamericana, Nydia Velázquez, negando aquella narrativa de la Guerra Fría que la madre de gemelos repetía sin avergonzarse.

Tantas y tantas mentiras. Brillando como una lámpara de vestíbulo de hotel, González habría dicho que “ahora sí que LUMA se va”. A seis meses de administración PNP LUMA no se va. Su ineficiencia y los aumentos en las tarifas de luz continúan, con todo y Zar de Energía.

Y muchas más mentiras. En el mensaje de estado, que rompió récords de atraso pues se llevó a cabo casi medio año después de lo acostumbrado, la gobernadora afirmó que asignaría $387 millones adicionales a los municipios. Horas después el director ejecutivo de la Oficina de Gerencia y Presupuesto, Orlando Rivera Berríos, afirmó que no había fondos nuevos para los ayuntamientos en el presupuesto.

Podríamos hacer una lista muy larga con solo mirar las aseveraciones de los últimos nueve meses. Son 27 mentiras probadas pero no voy a aburrirlos con esas enumeraciones. Ustedes saben que la mentira más grande es la de la estadidad. No. El robo del PNP no va a traer la estadidad como no lo ha hecho desde 1968, cuando Muñoz le pidió a Negrón López que asumiera la derrota.

Pero, acá entre ustedes y yo, ¿a quién le importa que Jennifer mienta? Tengo para mí que la honestidad no es un asunto que sea reverenciado en las batallas político partidistas. Parecería que está claro que mentir es el modo de “hablar” en la carrera por administrar el territorio. Estamos en el más allá de la verdad, en la posverdad.

La posverdad, es un concepto que usamos en el contexto político. Se refiere a la prevalencia de las emociones y las creencias personales sobre los hechos objetivos en la formación de la opinión pública. No es nuevo y puede rastrearse a través de la historia del pensamiento político clásico. Desde Nicolás Maquiavelo, a los filósofos contemporáneo Darío Sztajnszrajber o Slavoj Žižek..

A veces uno pierde perspectiva y dice que algunos políticos son “maquiavélicos”. No es para tanto. Por ejemplo, decir que Rivera Schatz lo es le resta fuerza al concepto. Es decir, un hombre que diariamente escribe diatribas sobre Bad Bunny como si este fuera el enemigo público y él -todo un presidente del Senado- un muchacho de Escuela Intermedia, no merece tal apelativo. Nicolás Maquiavelo, en su obra más célebre, El Príncipe, establece una conexión intrínseca entre la política y la manipulación de la verdad. El líder político, dice el florentino, debe ser astuto y pragmático, utilizando la imagen y la retórica para consolidar su poder. De ese libro se cita con frecuencia aquello de el fin justifica los medios.  Es decir, la verdad puede ser sacrificada como un cabrito en favor de la estabilidad y el control de las clases dirigentes. Y eso lo saben los mentirosos desde el siglo XVI. Entonces, mentir es parte del arte de gobernar. Maquiavelo sugiere que, en el ámbito político, las percepciones pueden ser más efectivas que la verdad factual. Si ganaba Dalmau se llevaban los fondos federales. Mentira. La verdad era que si ganaba Trump se recortaría el presupuesto.

Hoy, o sea, cinco siglos después del pálido teórico de Florencia, algunos teóricos abordan la cuestión de la verdad en el contexto de la información y la comunicación.  Por ejemplo, Darío Sztajnszrajber, filósofo argentino contemporáneo, explora cómo la saturación de información en la era digital ha complicado nuestra relación con la verdad. La posverdad, según él, surge en un ambiente donde los hechos pueden ser manipulados y reinterpretados a través de diferentes narrativas. Esto lleva a una crisis de la verdad en la política, donde las opiniones a menudo se construyen sobre la base de desinformación o información sesgada. Esto no es un asunto que ocurre de manera inconsciente. Hay conglomerados que trabajan de esta manera, a través del bombardeo de bulos e información falsa. ¿Recuerdan que el agente literario de Maripily es el asesor de la gobernadora y que TODAS las estaciones de radio, televisión y prensa corporativa responden a los intereses de la cuadrilla en el poder?

A mí me gusta pensar como si fuera un psicoanalista. No lo soy ni por asomo, pero fíjense que no miento. Dije que me gusta pensar como si lo fuera.  La verdad no es un absoluto.  Está siempre mediada por ideologías y contextos culturales. ¿Por qué los mentirosos son tan efectivos? Porque recurren al miedo y al anti intelectualismo. No es que los políticos de oficio -como González, que nunca ha tenido un trabajo fuera de ese ámbito- se dedican a la distorsión de la realidad, sino que se aprovechan de una manifestación del deseo humano de aferrarse a certezas en un mundo incierto. Aunque esas certezas sean que están jodidos. Es triste esta afirmación: “Estamos jodidos pero podríamos estar peor”. Triste pero efectiva.

Sí, Jennifer es mentirosa. El nieto de Hernández Colón también cuando propone refundar la colonia. O Rivera Schatz cuando defiende a los trabajadores y todas las mañanas nos habla del fricasé de conejo como si eso fuese política pública. La política partidista es en un terreno donde las verdades son construidas y deconstruidas constantemente, reflejando las tensiones entre el deseo y la realidad. El deseo irracional es más importante que la realidad material. Las emociones y las creencias parecen superar a los hechos. Las emociones de la nueva administración en la metrópoli y en la colonia son el odio y el miedo. Tendríamos que cuestionar las narrativas dominantes y a reconocer cómo las ideologías moldean nuestras percepciones de la verdad y la realidad política. No sé si estamos en condiciones para contestar una pregunta ¿Qué es la verdad revolucionaria? Tengo otra ¿nadie quiere contestar esa pregunta?

 

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