La humanidad esperanzadora de Guillermo del Toro en Frankenstein

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Especial para En Rojo

 Frankenstein (México y EE.UU., 2025) de Guillermo del Toro es una obra maestra de un director que he admirado desde el principio.          Cada elemento de la película es tan profundamente pensado que un solo detalle que falte haría venir abajo las sombras y los colores que definen el mundo de la criatura (Jacob Elordi). Los visuales de Frankenstein forman el retrato de una realidad tan rara y cruel, pero donde siempre persiste la posibilidad de lo maravilloso. Una de las imágenes que llevo grabada es Victor Frankenstein (Oscar Isaacs) caminando hacia su casa entre quioscos de carniceros, cada paso salpicando sangre brillante. Frankenstein transita sumido en sus obsesiones sin pensar en los olores que deben emanar de los charcos sangrientos en la calle. Con la frialdad con la que desconectó el torso que exhibió para la facultad de medicina, Frankenstein sueña con crear un ser sin importarle las condiciones de la criatura que traerá a la vida. Dan Laustsen, el director de fotografía que también colaboró con del Toro en Crimson Peak (Mexico y EE.UU., 2015), capta las tinieblas interiores de los personajes añadiendo una extensa gama de colores al expresionismo de influencias fílmicas como The Cabinet of Dr. Caligari (dir. Robert Wiene, Alemania, 1920) y la monumentalidad operática de Dracula (dir. Francis Ford Coppola, EE.UU. y Reino Unido, 1992). No obstante, del Toro no se conforma con la maldita humanidad que define a Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1931), Bride of Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1935) y Son of Frankenstein (dir. Rowland V. Lee, EE.UU., 1939), que discutí en mi artículo de la semana pasada. En estas, el monstruo (Boris Karloff) representa la corrupción que debe ser derrotada en nombre de la moralidad humana, razón por la que siempre me identificaré con la criatura. Del Toro nos da un mundo donde todavía persevera la esperanza de lo humano.

La colaboración artística de Alexander Desplat, el compositor de la banda sonora, aporta unos matices musicales que llevan al espectador desde el sucio laboratorio de Frankenstein a la curiosidad inocente de Elizabeth (Mia Goth). Del Toro enfatiza el contraste entre la fogosidad de Frankenstein, que Isaac actúa con grandilocuencia dramática, y Elizabeth, que Goth encarna con una rareza delicada y una empatía que la inspiran a entender a la criatura. De hecho, la presencia de Elizabeth y del ermitaño ciego (David Bradley) le dan al monstruo una experiencia alterna a la soledad y al abuso que sufre bajo el cuidado de su padre, Frankenstein. Jacob Elordi, que hace de la criatura, no solo expande en la belleza del monstruo, apoyado por una tremenda unidad de maquillaje bajo la dirección de Mike Hill. El actor también expresa el dolor de la criatura cada vez que pronuncia el nombre de su creador, Victor, la única palabra que puede decir al principio. Del Toro permite que la criatura conozca las posibilidades del amor en un mundo desolado cuando aprende a decir su segunda palabra, “Elizabeth.” De esta manera, del Toro añade su toque al texto original de Mary Shelley y construye sobre las versiones fílmicas de Frankenstein, que tornan al monstruo en un elemento de horror. Para del Toro, Victor es la corrupción real que, una vez muere arrepentido de sus actos, libera a la criatura y a la humanidad de su celda de hielo.

Guillermo del Toro siempre soñó con llevar la novela de Frankenstein al cine. La veo en todos sus proyectos previos. La distingo en el sangriento encuentro final entre Nomak (Luke Goss), la mutación vampira, y su creador, Damaskinos (Thomas Kretschmann) en Blade II (EE.UU. y Alemania, 2002). Siento el dramatismo creador de Victor Frankenstein en la secuencia donde Gepetto (David Bradley), borracho y afligido por la muerte de su hijo, construye a Pinocho en Pinocchio (codirigida por del Toro con Mark Gustafson; EE.UU., México y Francia; 2022). La constante exploración de las relaciones paternofiliales en la obra del director, que podemos ver desde Cronos (México, 1994) y El espinazo del diablo (España y México, 2001) hasta El laberinto del fauno (México y España, 2007) y Hellboy (EE.UU., 2004), responden al conflicto entre padre e hijo en Frankenstein. La marca que dejó el Frankenstein de del Toro en mí me lleva a ver detalles de la historia hasta en la más reciente joya de Richard Linklater, Blue Moon (EE.UU. e Irlanda, 2025), sobre la que escribiré junto a Nouvelle Vague (dir. Richard Linklater, Francia y EE.UU., 2025) en mi próximo artículo. Por ahora, gocen de Frankenstein en la pantalla más grande que encuentren y, si no hay más remedio, en Netflix.