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Champán por la muerte

 

 

En Rojo

Veo imágenes grabadas en el interior del Knesset, el parlamento israelí.  Muestran al ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y a otros miembros de su partido de extrema derecha, Otzma Yehudit.

En las imágenes vemos a Ben-Gvir y sus colegas intentando celebrar con champán la aprobación de un proyecto de ley que contempla la pena de muerte específicamente para detenidos palestinos. Sin embargo, miembros de la seguridad del parlamento evitan el descorche. Ni siquiera los esbirros del propio parlamento llegan a tanto.

El proyecto de ley ha sido una antigua demanda del partido de Ben-Gvir y ha recibido importantes críticas tanto a nivel nacional como internacional. Otzma Yehudit (Poder Judío) es un partido de extrema derecha con 7 miembros en un parlamento compuesto por 120 miembros. Siguen la misma ideología sionista del Partido Kach que ha sido prohibido por el propio gobierno israelí. Además, el Departamento de Estado lo calificaba hace diez años como una organización terrorista.

Ben-Gvir es un político y abogado de origen iraquí con un largo historial de militancia antiárabe y supremacista judío. Ferviente creyente en la creación de la Gran Israel, es el Ministro de Seguridad Nacional de Israel desde hace 4 años.

Para que este proyecto se convirtiera en ley necesitó el concurso de varias agrupaciones en el espectro político de Israel. Supone esto que el sionismo es la ideología dominante dentro del parlamento. Ahorcar detenidos palestinos es legal. Occidente le ha permitido al estado israelí tantas tropelías que no causa ninguna sorpresa que este insulto a la humanidad se haya aprobado allí.

Cuando asumimos el discurso occidental de la dura teocracia iraní -afirmación que no escapa a la verdad- para justificar una intervención militar, se olvida que los proponentes de tal escalada son fanáticos religiosos para los que la limpieza étnica es perfectamente deseable. Gaza es una herida abierta en el cuerpo de la Humanidad. La pena de muerte para detenidos palestinos es un clavo en el ataúd de la ignominia.

No, este no es un combate entre hermanitas de la caridad contra los hijos de satán. Es una guerra absurda. Como todas.

La retórica del despojo: universidad, colonialidad y el lenguaje de la intervención

Especial para En Rojo

 

Hay algo profundamente revelador —y a la vez inquietante— en el comunicado emitido durante la tarde de hoy viernes por Zayira Jordán Conde. Mis queridos lectores, no es lo que dice, sino cómo lo dice. Porque lo que se presenta como un gesto de apertura —“escuchar”, “dialogar”, “reconocer”— funciona en realidad como una operación discursiva de clausura. El texto no describe una crisis: la produce, la organiza y la administra simbólicamente. En ese sentido, no estamos ante un mensaje institucional, sino ante un dispositivo de legitimación. Tome nota el lector: así escribe la retórica de las relaciones públicas cuando necesita comunicar para justificar lo injustificable por las malas acciones de una empresa corporativa.

La escena es conocida: primero se construye un problema (“la Universidad requiere fortalecer su gobernanza”), luego se introduce la necesidad (“estos cambios responden a una realidad que exige acción”) y finalmente se naturaliza la intervención (“transformar implica tomar decisiones”). Ese encadenamiento no es inocente. Es la forma clásica en que el poder convierte una decisión política en una necesidad técnica. Lo que en la práctica ha sido una destitución masiva —la remoción de cinco rectores en un solo movimiento— aparece en el lenguaje como “transformación institucional” y “alineación de liderazgos”. La violencia administrativa se disfraza de racionalidad organizacional.

Pero lo más interesante no es la decisión, sino la voz que la enuncia. Ese “yo” que habla —“soy consciente”, “he instruido”, “quiero comenzar reconociendo”— no es un sujeto académico. Es un sujeto gerencial. No piensa la universidad; la administra. No argumenta; gestiona percepciones. Su primera persona no construye conocimiento, sino confianza a inversores en bolsa. Es la voz de una relacionista pública que ha aprendido a sustituir el conflicto por el tono, la política por el lenguaje emocionalmente neutro, la historia por la narrativa corporativa.

Y ahí radica el núcleo ideológico del texto: el vaciamiento del conflicto. Se reconoce la “legitimidad” de las preocupaciones, pero solo para neutralizarlas. Se invoca el “diálogo”, pero después de haber tomado la decisión. Se promete “escuchar”, pero desde una estructura que ya ha sido reconfigurada sin consulta. No es diálogo: es posdiálogo. Un diálogo después del hecho consumado, donde la participación no transforma la decisión, sino que la legitima retroactivamente.

Este gesto es profundamente colonial. No sólo por la estructura de poder, formadas por una presidencia y una Junta de Gobierno que no emergen de la comunidad universitaria, sino que son impuestas desde la lógica del Estado, sino por la forma en que el lenguaje organiza la relación con esa comunidad. Se le habla como a un cuerpo que debe ser gestionado, calmado, incorporado a un proceso ya decidido. No hay aquí comunidad deliberante, sino población administrada.

En ese sentido, el comunicado no responde a la universidad: la sustituye. Reemplaza su pluralidad conflictiva por una unidad ficticia (“este es un momento que nos convoca a todos”), reemplaza la deliberación por la ejecución, reemplaza la autonomía por la alineación. La universidad deja de ser un espacio de pensamiento para convertirse en un problema de gobernanza.

No sorprende, entonces, que el texto parezca responderte —y responder a muchos otros—. Porque no está dirigido a una persona, sino a un síntoma: la proliferación de voces críticas en el espacio público. Es un discurso que emerge cuando el poder pierde control del relato. Y lo que intenta hacer no es convencer, sino restablecer ese control.

Por eso el tono: sobrio, medido, aparentemente razonable. Porque el objetivo no es dialogar con la crítica, sino absorberla. Convertirla en parte del mismo discurso que la neutraliza.

Al final, lo que tenemos no es una justificación. Es algo más sofisticado y más peligroso: una narrativa de inevitabilidad. La idea de que no había alternativa, de que “la realidad exige acción”, de que “transformar implica decidir”. Ese es el verdadero gesto ideológico. No imponer una decisión, sino borrar la posibilidad misma de cuestionarla.

Y ahí, precisamente ahí, mis queridos lectores y periodistas, es donde comienza la destrucción de la universidad. No cuando se destituye a cinco rectores, sino cuando se redefine el lenguaje en el que esa destitución puede ser pensada. Y conviene subrayarlo para quien escribe y para quien lee: así opera el lenguaje cuando la retórica de las relaciones públicas entra en escena para comunicar, con eficacia técnica y tono impecable, lo que, en el fondo, busca hacer pasar por razonable lo que no lo es.

 

El autor es Presidente de la Fundación Siglo 21

 

 

Desaprovechadas toneladas de sargazo todos los años 

 

Especial para En Rojo

 

Por ahí viene el sargazo este año otra vez. Son millones de toneladas de macroalgas todos los años provenientes del Océano Atlántico. El sargazo ha dejado de ser visto únicamente como un residuo para convertirse en una materia prima estratégica en diversos sectores industriales. Gracias a su alto contenido de celulosa, alginatos y nutrientes, se está integrando en cadenas de valor que buscan reemplazar derivados del petróleo y materiales convencionales.

Puede obtenerse del sargazo, celulosa y otros derivados, entre otras cosas. Al ser rico en celulosa, se emplea para fabricar libretas, menús y materiales de embalaje, reduciendo la tala de árboles.

El papel fabricado a partir de sargazo se presenta como una alternativa sostenible y viable para la industria del papel, incluyendo su uso potencial en la prensa escrita, siendo el papel uno de sus mayores costos de producción.

Debido a su alto contenido de celulosa, esta macroalga puede sustituir parcial o totalmente la pulpa de madera, reduciendo la deforestación.

De acuerdo con investigaciones de instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Nacional de Colombia, la calidad del papel de sargazo destaca por su composición de la Pulpa: Se han desarrollado prototipos con mezclas de hasta 80% sargazo y 20% fibra de coco —tan abundante en Puerto Rico— o papel reciclado para mejorar la consistencia.

Su manufactura ahorra aproximadamente un 60% de agua y un 40% de energía en comparación con el papel tradicional. Los procesos actuales, como la hidrólisis ácida básica y el uso de prensas hidráulicas, permiten obtener fibras pequeñas y uniformes aptas para hojas de distintos grosores.

Aunque es funcional para la impresión, su adopción masiva en periódicos enfrenta retos logísticos,tales como la recolección y tratamiento. Es crucial recolectar el alga en altamar antes de que llegue a la orilla para evitar la descomposición y lixiviados tóxicos que degradan sus propiedades óptimas.

Para lograr eas propiedades óptimas, la macroalga requiere un proceso riguroso para eliminar sales, arena y microcontaminantes (como metales pesados) que podrían afectar la calidad de la impresión o la durabilidad de las máquinas.

Aunque existen iniciativas privadas y académicas, todavía no se ha consolidado un mercado industrial que pueda suplir las toneladas de papel que requiere el sector de la prensa a gran escala, un reto científico y tecnológico para la academia y la industria puertorriqueña.

Además de papel común, la celulosa de sargazo se utiliza para crear «sargapaneles» y cubiertas flexibles que compiten en resistencia con materiales tradicionales.

Tiene un potencial para otras aplicaciones industriales. La industria de la construcción es uno de los sectores que puede beneficiarse del sargazo, gracias a su capacidad como aislante y aglomerante. Los sargablocks, ladrillos ecológicos hechos de sargazo y barro pueden muy bien ser utilizados para viviendas. Paralelamente, los sargapaneles, paneles de construcción aislantes, compiten en propiedades mecánicas con paneles de yeso tradicionales.

También se fabrican con el sargazo tableros de partículas para muebles y tejas de fibrocemento, donde el sargazo puede sustituir hasta un 100% de la caliza en forma de cenizas.

En momentos cuando existe en Puerto Rico una crisis energética, principalmente con la electrificación, el sargazo pudiera representar una fuente de biomasa para la generación de energía renovable. El sargazo se utiliza para producir gas metano mediante digestión anaeróbica, útil para alimentar calderas de hoteles o generar electricidad. Se han desarrollado procesos industriales para convertir sus azúcares y lípidos en combustibles líquidos sostenibles.

También, como alternativa sostenible al cuero animal en la industria de la moda: cuero vegano. Además, como materia prima química para tintes y fibras textiles.

Compañías como Carbon Wave producen extractos líquidos fertilizantes que mejoran el rendimiento de cultivos entre un 10% y 15%. Es tal la inventiva con el sargazo que se está logrando procesar suplemento nutricional para animales, aunque su uso requiere un tratamiento previo para reducir metales pesados.

Se extraen alginatos del sargazo para la producción de emulsificadores, cremas hidratantes y tratamientos capilares y otros cosméticos. Igualmente, se fabrican con la macroalga biopolímeros para desarrollar plásticos biodegradables a base de almidón y sargazo para sustituir plásticos de un solo uso.

Puerto Rico posee la capacidad para todas estas inventivas industriales y comerciales con el sargazo. ¿Por qué no hacerlo?

 

El corsario

 

 

Por medio de una carta enviada por hasta ese momento su prometida, Héctore Berlioz se entera de que contrajo matrimonio con otro. Con rabia sorda, el compositor compra un boleto de viaje en tren con destino a París, ello con el sólo propósito de matarla. En el tren conoce a un hombre, del cual escucha embelesado toda clase de aventuras en la mar como corsario. Berlioz desiste de la razón principal por la cual emprende viaje hacia París, y en su vuelta compone una pieza hermosa y divertida basada en la memoria de ese encuentro.

Regreso a la escena en el vagón del tren. Basado en el testimonio de Berlioz, conozco el motivo de su viaje. Pero el testimonio del compositor me permite además descubrir el por qué del viaje del corsario, quien va rumbo a París para recibir una condecoración por sus hazañas en pos de la corona francesa. Lo siguiente, lo conjeturo. El ojo avisor con el cual el corsario intuye la razón del tormento que carcome las entrañas de aquel joven sentado en frente. El gesto en sus manos al rebuscar en su aliño una botella de ron con pimienta. El leve gruñido de placer cuando al fin la encuentra, y en un solo movimiento la saca y destapa. Tras un largo buche la ofrece a Héctore, quien, tras un inicial gesto de rechazo, la acepta ante la insistencia del otro. El corsario entonces lleva a los labios y enciende una pipa armada con una mezcla de picadura de tabaco y una yerba mantenida en secreto, y apenas conocida por cualquier otro que no ejerza esta profesión. Berlioz entonces repara en los brazos cubiertos de tatuajes, de cicatrices de heridas precariamente curadas, el salvaje que transpira detrás de una muda limpia y un acucioso estudio repetido de ciertos ademanes civilizados.

Con la primera bocanada el corsario rompe el silencio. Pasa la pipa a Berlioz, quien la toma ante una segunda insistencia, y tose tras la primera aspiración. La voz áspera del corsario resuena en Berlioz en una melodía que transmite el vigor de quien vocifera comandos y pasa enemigos a bala o filo. La pipa y el ron sumados a la voz del corsario logran un efecto narcótico en el joven compositor. Mientras el tren discurre en medio de un bosque, ante Héctore Berlioz un barco se abre camino en alta mar. Un corsario vocifera una orden tras otra. Una tripulación de hombres duros responde con la solidez de un enjambre, arabescos de hombres sazonados de mar, contrabando y pillaje, así como los bucaneros de aquellas historias de infancia que en otra época, y desde Guayama, escuchara Palés.

 

Hato Rey, Oct. 2018 – Río Piedras, Dic. 2021

Juan José Campanella: Parque Lezama y Rescate del Pasado

 

En Rojo

Entre las muchas y agradables experiencias de asistir al Festival des films de Montreal por + de 25 años, fue el placer de ver (y tener la oportunidad de participar en las conferencias de prensa) en carne y hueso a actorxs y directorxs admiradxs: Anthony Hopkins, Marcello Mastroianni, Margarethe von Trotta, Rakhshan Banietemad, Raúll Ruiz, Carmen Maura, Ricardo Darín y Juan José Campanella entre muchxs otrxs. Ahora tenemos la oportunidad de ver a través de Netflix el filme + reciente de Juan José Campanella, Parque Lezama con un elenco delicioso: Luis Brandoni (Darse cuenta, Esperando la carroza, Made in Argentina, La tregua) y Eduardo Blanco (El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda), dos viejos y excelentes actores que siguen transformándose y moldándose a sus edades presentes. Añado de mis archivos (con la gran ayuda de Annette Guevárez), mi escrito de El mismo amor, la misma lluvia (1999), uno de esos filmes que te rompen el corazón y luego te lo recomponen.

Parque Lezama (2026) rescata un espacio amplio que parece convocar lo mejor y peor del Buenos Aires presente: el poder disfrutar de la naturaleza, sentarse en cómodos bancos para leer o musitar y adivinar las vidas de otrxs al ver pasar extraños que coinciden en el entorno. Es un espacio algo soñado y añorado que, lo acepten o no los viejos paseadores, ha cambiado como la turbulenta sociedad argentina (o bonaerense). Hay buscones dondequiera porque esa es la defensa de los + afectados por la nueva economía de desigualdad. Están los que usan su poder para sacar a los viejos de sus acostumbrados entornos; están los que te dan protección a un precio; están los que utilizan la fuerza para doblegar a los + débiles. Vemos todo esto en diálogos interrumpidos, conversaciones inconclusas, discursos razonables, pero con el velo de nostalgia de lo que una vez fue mejor. Lxs desconocidxs se cruzan, hablan y reconocen la riqueza de un mero saludo. Por las conversaciones nos enteramos de algo de sus familias, sus visiones del presente y pasado. Reconocemos el idealismo de la militancia laboral en Leon Schwartz y la practicidad de haber podido vivir bien tantos años de Antonio Cardozo. Y, aunque parezca que escuchar a dos viejos hablar incesantemente en un parque puede ser estático, aquí pasa todo lo contrario: dos extraños intercambian historias reales o imaginadas que nos arropan y hacen parte de sus vidas en este espacio aparentemente neutral.

El mismo amor, la misma lluvia (1999; director: Juan José Campanella; autores: Juan José Campanella y Fernando Castets; cinematógrafo: Daniel Shulman; elenco: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Ulises Dumont, Eduardo Blanco, Alfonso De Grazia, Alicia Zanca)

El primer acierto de El mismo amor, la misma lluvia son sus protagonistas. Ricardo Darín y Soledad Villamil les dan una ternura, comprensión y profundidad a sus personajes no solamente con sus interpretaciones, sino con sus imágenes, voces y gestos. La cámara se encariña de tal manera con sus rostros, que los echamos de menos las pocas veces que no ocupan el primer plano. Cuentan además con un reparto de actores veteranos como Ulises Dumont, Alfonso De Grazia y Alicia Zanca, y jóvenes de poca y mucha experiencia. Todos se complementan para recrear más de 25 años de historia argentina.

Pero no me refiero a un filme histórico donde la ambientación es esencial para recrear un momento en específico. La Argentina que vemos es el Buenos Aires de 1980 hasta las postrimerías de este siglo. Es el país del golpe militar, de la dictadura que hizo desaparecer a los Montoneros, del gobierno militar que se lanzó a retar a Gran Bretaña por las Malvinas/Falkland para probarle a los argentinos que eran poderosos, aunque tuvieran que sacrificar a su juventud en una guerra inútil. Es el país que vuelve a la democracia tratando de rehacer el daño de la indiferencia y el olvido ante los horrores cometidos. Es el país donde un llamado peronista asciende al poder para proclamarse autor de cambios económicos ascendentes que para la gran mayoría significa estancamiento, inflación, pobreza. Tan sólo se ve este marco de refilón, pero sabemos que existe porque vemos el resultado en las actitudes, acciones y cambios de los personajes.

Los espacios donde convergen estos personajes son muy cerrados: la sala de redacción de una revista semanal, el apartamento de Jorge, cafés y restaurantes entre medio. Como en todos los lugares donde personalidades muy diversas intentan trabajar juntas para publicar un periódico o revista, se encuentran y muchas veces chocan el/a director/a, jefe de redacción, administrador/a, artistas que hacen el emplanaje, las portadas y caricaturas, lxs asignadxs a asuntos especializados, lxs creativxs, lxs colaboradorxs, entre otros. Jorge, protagonista/narrador, es un escritor de cuentos que logra publicar una versión breve de algunos de ellos en la revista, y así asegurarse un sueldo fijo. Su gran sueño es publicar un libro de cuentos, o mejor aún, una novela. Pero, por ahora prefiere sufrir viendo cómo uno de sus cuentos es transformado en una pésima película independiente.

Será la aparición de Laura en su vida, lo que obligue a Jorge a mirarse en el espejo, y pensar en la posibilidad de cambiar su vida. Laura siempre tiene la valentía de ser sincera, expresar lo que le agrada y desagrada, confesar sus sentimientos, hablar en voz alta sobre sus sueños y aspiraciones, dejar empleos que no disfruta y tomar otros que no le pagan pero que la hacen feliz. Laura disfruta de la vida abiertamente sin temer a lanzarse al vacío porque confía y respeta a esa persona que dice amarla y que nunca le podrá hacer daño. Aunque al principio Jorge admira esta libertad y forma de pensar y actuar, después de un tiempo comienza a temer y desconfiar de cualquier cambio en su vida. Prefiere destruir lo que pudiera haber sido su propia liberación para acomodarse a un sistema que poco a poco lo deshumaniza y lo convierte en un mercenario.

El guión es tan agudo e inteligente que continuamente está rompiendo con lo esperado. Aún en los momentos más difíciles y tristes, alguien hará un comentario que cuestiona todo lo anterior. Por eso estuve riéndome a carcajadas en montones de ocasiones, y en otras me sonreía cuando la situación se pintaba muy difícil. Los temas que trata son muy conocidos y dolorosos, pero la percepción y el estilo de presentarlos del realizador ofrecen otra mirada. Sin tener que anunciarlo, el filme nos da dos visiones de género a través de un narrador que no logra compartir una visión hasta casi perderlo todo. Es el hombre, al parecer muy sensitivo que permite atraer a una mujer como Laura, el que no puede confiar lo suficiente en sí mismo y en la mujer que lo ama para cambiar su presente. En el momento que esa mujer verbaliza sus sentimientos y está dispuesta a ser lo suficientemente flexible para acomodar la forma de pensar de su compañero, pero sin claudicar sus ideas, Jorge recurre a las andanzas y comportamiento masculino para terminar una relación que le produce mucho miedo.

Algunas de las escenas que se graban en la memoria por su intensidad y revelación son: la llamada de Laura a casa de Carola para procurar a Jorge; el desprecio/cobardía de Jorge en el teatro y la reacción de Laura; el soborno como práctica de Jorge una vez se convierte en crítico de teatro; el encuentro sorpresivo con Laura para revelar lo bajo que ha caído; el homenaje póstumo al periodista olvidado; el enfurecimiento y despido del periodista veterano; las confesiones cínicas de Jorge mientras bebe en la boda de su compañera de trabajo.

El filme tiene esa extraña sensibilidad, que vimos anteriormente en Sliding Doors (Peter Howitt 1998), que permite ver cómo los sujetos marcados como masculino y femenino se borran para concebir a un ser humano que respeta y ama a su semejante, y que vela por nunca mentir ni hacerle daño al ser amado.