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Un vampiro cuarentón: Relectura de una novela de Luis Zapata

 

Por Efrain Barradas/Especial para En Rojo

Hace cuarenta años apareció una novela en México que causó gran revuelo. Se trataba de El vampiro de la Colonia Roma: las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García de Luis Zapata (México, 1951), obra que obtuvo el Premio Juan Grijalbo de Novela del 1978, el año anterior a su publicación. La historia de su recepción inicial, historia que Michael K. Schuessler reconstruye en el prólogo a la edición conmemorativa de los cuarenta años de su publicación que acaba de aparecer (México, Debolsillo, 2019), fue controvertida. Hubo librerías que rehusaron venderla ya que decían que agredía la moral, pues la obra narra detalladamente la vida de un chichifo, un prostituto homosexual, y tiene escenas eróticas, aunque ninguna pornográficas. Entre las librerías que boicotearon la novela se destacaron las de los populares restaurante Sanborns. En la novela hay pasajes donde se describe la actividad de homosexuales en los baños de estos restaurantes. Quizás, a ello se debió ese boicot, aunque las librerías insistía que no vendían el libro por principios morales. Pero, a pesar de ese primer rechazo, la obra se convirtió en un éxito editorial y ya es parte del canon literario mexicano.

Conseguí años ha y en la lejana Boston una copia de El vampiro…. Era la segunda edición, que apareció el mismo año de la edición príncipe, y que anunciaba orgullosamente en la portada que ya se habían vendido diez mil ejemplares de esta. No sé cuántas ediciones ha tenido la novela – son múltiples, muchísimas –, pero ahora se celebran los cuarenta años de su aparición y en la portadilla de esta edición aparece orgullosamente las palabras “Best Seller”. Lo es; lo ha sido. Lo que, entre otras razones justifica esta edición conmemorativa que trae un prólogo de Schuessler y un epílogo de Julián Herbert, ambos textos de gran mérito y que sirven para entender cómo, a pesar de la primera reacción pacata o de falso moralismo o de pura hipocresía, la novela es ya parte del canon de las letras mexicanas; es ahora un clásico que hay que colocar también en el amplio contexto de las letras latinoamericanas. Como muy acertadamente apunta Herbert, esta obra de Zapata hay que leerla en el contexto del “pop neobarroco latinoamericano producido por autores como Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, Néstor Perlongher, Luis Rafael Sánchez, Andrés Caicedo y Severo Sarduy…” (188). La obra que parecía en 1979 disonante y provocadora es hoy, cuarenta años más tarde, una pieza canónica, un clásico y, sobre todo, una novela todavía relevante e importante, por su estructura innovadora y por su contenido. Por ello mismo es que la releí en esta nueva edición conmemorativa, tras haberla leído casi en el momento mismo de aparición. Hay que hacerlo para entender por qué ese vampiro, hoy ya cuarentón, todavía está vivo, lleno de vitalidad y aún ofrece lecciones de importancia.

Víctor Federico Torres, estudioso boricua de la narrativa gay mexicana, llama la novela un “relato autobiográfico, seudotestimonial” (“Del escarnio a la celebración: Prosa mexicana del siglo XX”. En: Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán (comps.), México se escribe con J, México, Editorial Planta, 2010, 92). Así es porque la obra, según confirma Schuessler en el prólogo a la nueva edición, se basa en largas entrevistas que Zapata le hizo a Osiris Pérez Castañeda, un prostituto homosexual, un chichifo notorio en la capital mexicana durante las décadas de 1960 y 1970.

Apunto dos fechas anteriores a la aparición de esta obra de Zapata para postular el impacto de la novela testimonio en El vampiro…: en 1966 apareció Autobiografía de un cimarrón de Miguel Barnet y en 1969, Hasta no verte, Jesús mío de Elena Poniatowska. Estas dos obras marcaron y popularizaron el género de la novela testimonio. Zapata escribió su obra unos pocos años después impactado por el éxito de ese género; la estructura misma de su obra, estructura que intenta reproducir una entrevista, así lo confirma. Pero no podemos definir El vampiro… como novela testimonio ya que, aunque tiene rasgos que la emparenta a ese género – hasta los capítulos se llaman cinta y se refieren, al así hacerlo, a la grabación de las entrevistas a Osiris Pérez – la obra es, en verdad, una novela neopicaresca. Por ello, Víctor Torres tiene razón al llamarla “seudotestimonial”. Por ello también Osiris Pérez se transforma en la obra en Adonis García y no podemos decir que todo lo narrado en esta haya sido efectivamente vivencias del chichifo entrevistado. Pero no por ello el impacto de la novela testimonio es descartable; este nos ayuda a entender mejor el texto.

El vampiro…, eso sí, cabe perfectamente bien en el género de la picaresca, aunque introduce en el mismo un nuevo elemento: la cultura gay, específicamente la mexicana, que en ese momento comenzaba a manifestarse con fuerzas dadas las nuevas circunstancias históricas, mexicanas y globales, que favorecían el destape y la manifestación pública de esa sexualidad que hasta entonces casi ni se atrevía a pronunciar su nombre. De la misma forma que Reyes Coll Tellechea ha estudiado los cambios que afectaron al género picaresco en España la introducción de mujeres como personajes principales – véase su excelente libro Contra las normas: las pícaras españolas (1605-1632) (Madrid, Ediciones del Orto, 20105) – habrá que investigar lo qué pasó con este género cuando un homosexual es el pícaro, el protagonista. ¿Se crea así una picaresca gay? Cabe, obvia y necesariamente, hacerse esta pregunta. Pero la respuesta amerita un estudio detallado. Por el momento sólo podemos apuntar que la trama de El vampiro…, en términos generales, sigue perfectamente bien los parámetros del género picaresco clásico o tradicional: se narra la vida, llena de aventuras, muchas veces jocosas, de un joven homosexual mexicano que rompe con las normas sociales establecidas y aceptadas.

Cada capítulo abre con una cita de un texto que afirma y confirma la relación de la novela de Zapata con la picaresca clásica. Por ello, hay epígrafes de El Lazarillo de Tormes, de La pícara Justina, del Buscón y del Guzmán de Alfarache, clásicos españoles del género. Esas referencias al canon peninsular se combina con otras de clásicos mexicanos también impactados por la picaresca; aparecen así citas a Fernández de Lizardi, a Federico Gamboa, a José Rubén Romero. Esa mezcla de piezas canónicas españolas y mexicanas sirve para entender los objetivos de Zapata: acriollar la herencia picaresca y también presentarla desde una perspectiva gay.

Esto a la vez queda confirmado con un dato de la trama: el padre del protagonista es un refugiado de la Guerra Civil Española. Aunque los estudiosos de El vampiro…apuntan que Osiris Pérez efectivamente fue hijo de refugiados españoles, en término de la narración, el dato es poco relevante o tiene poca o mínima repercusión en la estructura y la trama de la novela. Por ello veo mejor y más acertadamente ese dato como otro que apunta a que Zapata reconoce la paternidad española del género narrativo que emplea; más que los orígenes étnicos del protagonista, el dato hace referencia a los orígenes genéricos del texto. La biografía del modelo o inspiración de la novela no elimina la posibilidad de esta otra interpretación del hecho. Pero, sea como sea, no cabe duda de que Zapata encuadra plenamente su obra en el contexto de la picaresca, aunque introduce cambios e innovaciones en el mismo. Por ello en su epílogo Herbert habla de “la hibridación y actualización de géneros literarios tradicionales” (188) en la novela. Por ello la considero una obra neopicaresca impactada por la novela testimonio.

Esas son algunas de las contribuciones formales de El vampiro…. Pero sus méritos van mucho más allá de estas, las que de por sí hacen del texto uno de valor e importancia. Para mí la gran contribución de la obra fue traer a la discusión pública en México una visión de la homosexualidad que rompe con la imagen negativa que esa sociedad y hasta los mismos homosexuales mexicanos aceptaban. Esa visión es básicamente dicotómica y enfrenta al homosexual con el heterosexual, para degradarlo, pues uno se ve como la única norma aceptable y el otro como la degeneración. Zapata, a través de su personaje, rompe con esa visión ya que Adonis tiene plena conciencia del problema de aceptar esa peligrosa visión. Cuando este rememora a otro homosexual que se enamoró de él hace clara esa división entre una loca tradicional y un homosexual que se acepta a sí mismo como tal; Adonis es un hombre gay que tiene conciencia de serlo y se ve en términos positivos:

ya ves la mentalidad de las locas bueno de algunas locas o sea piensan que pueden encontrar un tipo que no gustándole los hombres se acuesten con ellos ¿ves? Por eso te digo que algunas locas están de atar (60)

Adonis tiene muy clara su imagen de la loca (un homosexual que acepta la dicotomía homosexual/heterosexual) y la de un hombre gay (un homosexual que se acepta a sí mismo como homosexual y que rechaza esa dicotomía). Adonis, como si hubiera leído el famoso informe del Dr. Kinsey de 1948, postula una fluidez en la sexualidad del mexicano: “¿quién es totalmente buga? Nadie ¿verdad?” (49) (Ojo: un “buga” en el lenguaje popular mexicano es un heterosexual.)

En la novela el ser homosexual no está definido por lo que tradicionalmente se llama ser activo o pasivo. Adonis es esencialmente activo, pero está plenamente consciente de que le gustan los hombres: “tú puedes ser homosexual porque te gustan los chavos no porque quieras ser mujer” (174). Hay que recordar que en el contexto mexicano del 1979 estas afirmaciones, que hoy pueden parecer triviales, hasta baladíes, eran reveladoras y muy relevantes. Quizás hoy parezcan demasiado obvias, aunque no creo que lo sean del todo. Es que El vampiro… tiene aún mucho que ofrecer, mucho que enseñarnos. Pero, al así hacerlo, la novela no adopta una posición de rigidez didáctica. Su enseñanza muchas veces se ofrece de manera cómica, como lo hace la picaresca tradicional. Por ejemplo el pasaje donde se narra como Adonis intenta ser pasivo está escrito de manera jocosa y, por ello mismo, es más efectivo que si adoptara una intención tradicional y rígidamente didáctica. Es que, como la novela prueba, el humor también puede ser una excelente herramienta pedagógica.

Para mí otra de las grandes contribuciones de El vampiro… es el excelente y amplio mapa que va construyendo de la Ciudad de México. Adonis se desplaza por la metrópoli y va creando, al así hacerlo, un cuadro muy preciso de esta: el monumento del Ángel, la Zona Rosa, la esquina de Niza y Reforma, la colonia Roma donde vive por algún tiempo, el Centro Histórico, el Parque Hundido, los múltiples restaurantes Sanborns, los diversos cines donde va a ligar y otras partes de la ciudad aparecen en la novela, con tanta frecuencia que esta se puede ver como uno de sus personajes principales.

Pero la obra también tiene ciertos problemas formales. Por ejemplo, hay inconsistencias en la presentación de la oralidad de Adonis y hay pasajes de cierta inverosimilitud ya que podemos ver la intervención del autor implícito en el discurso de la voz narrativa. (¿Es verosímil que un chichifo con poca educación formal hable de “cenicienta tercermundista” o de “fiestas babilónicas”?) En algunas de sus obras, particularmente en La guaracha del Macho Camacho, Luis Rafael Sánchez establece un discurso híbrido entre la voz culta de autor implícito y la de la voz narrativa del personaje popular. Pero lo logra porque claramente rompe con el sentido de verosimilitud realista, lo que Zapata no hace y, por ello, unos pocos pasajes de su novela resultan poco verosímiles.

Además, El vampiro… no se soluciona la discontinuidad narrativa que hay al final de la novela ya que el penúltimo capítulo nos presenta a Adonis enfermo, casi al borde de la muerte, y en el capítulo final el personaje, sin explicación alguna que justifique el cambio, se olvida de esa situación y presenta su filosofía de vida sin aclarar la trama que conduce a ese desenlace. A pesar de ello y a pesar de la ausencia de puntuación, de letras mayúsculas, y la presencia de espacios en el texto que marcan pausas orales, el flujo narrativo es impecable y desde las primeras páginas los lectores quedamos atrapados por la voz narrativa de Adonis que, como pícaro ejemplar, va presentando de forma amena su vida.

Pero quizás la lección principal que Adonis García nos ofrece no sea aclarar y confirmar su autoimagen como hombre gay y, al hacerlo, iluminar todo un campo de nuestra sexualidad, sino ofrecer una visión optimista y hasta hedonista de la vida:

Me di cuenta o a lo mejor eso fue después de que la vida vale únicamente por los placeres que te puede dar que todo lo demás son pendejadas y que si uno no es feliz es por pendejo (53)

A los cuarenta años de su aparición El vampiro…, ahora que es una obra establecida, canónica, clásica y, quizás por ello mismo, sea un texto aún relevante, tiene mucho que decirnos y enseñarnos. Este vampiro cuarentón todavía está lleno de humor, vitalidad y sabiduría. Vale la pena releer esta novela o leerla por vez primera si aún no se ha leído.               

Una novela viequense

Por Luz Nereida Pérez/Especial para En Rojo

Es la tercera novela histórica que leemos de la autoría de Vionette Negretti. La primera fue Tiempos revueltos, en la que narra el devenir histórico del Partido Nacionalista y la revolución de Jayuya de 1950, a través de la extraordinaria figura de Elio Torresola. La segunda, Sabrás que te quiero (Mariana Editores, 2017), tiene un pie en la revolución jayuyana, pero se ambienta en el Viejo San Juan, y ahora leemos El cascabel de la Luna (Mariana Editores, 2019) con ambientación en la historia de la Isla Nena de Vieques, desde los tiempos precolombinos hasta un futuro imaginado.

Vionette Giovanna Negretti trabajó como periodista, tanto en la prensa escrita como en la radial y televisiva, antes de dedicarse de lleno a la escritura. Tiene raíces familiares viequenses, además de haber pasado largas temporadas en la Isla Nena durante su niñez y adolescencia, por lo que conoce de primera mano la geografía y las narrativas reales y legendarias que corren por esas tierras.

En las tres entregas editoriales, la disciplina formativa en el periodismo de su autora se percibe en la meticulosidad con que indudablemente realiza sus investigaciones para dar fondo y forma a su producción novelística. En Sabrás que te quiero, por ejemplo, nos pareció fascinante, entre otros detalles, la minuciosa descripción de los productos en venta en el mercado del Viejo San Juan de fines del siglo 19 y principios del 20, enumerados uno tras otro en sensorial desfile ante nuestros ojos. Al leer El cascabel de la Luna, no nos cabe duda de que la periodista Negretti leyó exhaustivamente abundantes fuentes documentales para poder imbricar hechos históricos de Vieques en medio del quehacer creativo de su novela. De igual manera, también revisó fuentes periodísticas actuales, alusivas a todo lo ocurrido alrededor del embate en la Isla Nena del poderoso huracán María, entre otras actualidades del País, y de Vieques en particular. No contenta con ello, también se asesoró con reconocidos economistas y un abogado para la recreación, en los segmentos finales de la novela, de un futuro imaginado para el pueblo y las tierras viequenses.

Todo este entramado histórico se hermana con la fantasía novelística de mujeres que viajan en el tiempo y el espacio vital, por medio de la magia del sonido de un poderoso cascabel agitado en un lugar específico en la geografía viequense en noches de luna llena, que las remueve de sus respectivas épocas para catapultarlas hacia siglos futuros. Las cintas de cada cascabel, según su color, determinarán el derrotero en el viaje del tiempo de quien lo agita. Así la cinta azul conllevará viajes; la roja, amor; la verde, buena suerte; y la amarilla, dinero. Cascabeles y cintas agitados por mujeres con el común denominador de tener casi todas el cabello rojo, de amar la tierra de Santa Úrsula (Vieques) y de no temer a las consecuencias de sus actos. Mujeres arrojadas, valientes, emprendedoras y pletóricas de dignidad e inteligencia. 

Así participaremos, como lectores de esta novela, de las vivencias de la taína Anaí, nieta de Maibona, gran señor de Bieke; de las de Alienor (Leonor), francesa de cabellera roja, hermana del templario Guillaume de Nins. Más tarde en la trama conoceremos a Rebeca, hija de Roque de Santander, tataranieto de Leonor de Nins y tendremos la oportunidad de familiarizarnos con las personas de Simón Bolívar; con su mano derecha, el fajardeño Antonio de Valero y Bernabé; y con un supuesto capitán de los barcos bolivarianos de nombre Francisco del Toro. Personajes a través de cuyas vivencias se va trazando la historia de Vieques.

Llegaremos al Vieques del 2015 junto al personaje de Teresa y comenzaremos desde ahí a repasar experiencias vividas por la mayor parte de los lectores y lectoras de esta novela histórica hasta conducirnos hacia un posible futuro reivindicador, digno y beneficioso para Vieques y sus habitantes.

En esta etapa de la obra, se nos presentan las críticas al sistema de lanchas que tanto agobia a los residentes de la Isla Nena;  la historia del acaparamiento de las tierras viequenses por la Marina de los Estados Unidos y la salida de estos, gracias a la prestigiosa disciplina implícita en la desobediencia civil que nos legaron Mahatma Gandhi y Martin Luther King. También podremos apreciar una detallada descripción del “hombre de Puerto Ferro”, hallazgo arqueológico de restos indígenas en Vieques.

La autora señala al principio de su libro que los eventos alrededor del siglo 21 viequense son meros “elementos de ficción novelesca” y al final incluye una larga lista de agradecimientos que nuevamente dan fe de la meticulosidad investigativa de Vionette Negretti. Lista encabezada por la extraordinaria figura del venezolano Simón Bolívar (Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios), que honró con su presencia a la Isla Nena, donde se detuvo para abastecer de agua a sus barcos. Agradece también a los valientes pescadores viequenses por su lucha contra los enormes acorazados de la Marina de Estados Unidos, valiéndose de sus embarcaciones de pesca; al pueblo viequense por su resistencia ante tanta adversidad y a activistas como Carlos Ventura, Ismael Guadalupe y Robert Rabin. Finalmente da las gracias Vionette Negretti, entre otras personas listadas, a quienes denomina su “Equipo de Ensueño”: Pedro Brás Casanova, Carmen Espina y Javier F. Pagán, que le ayudaron a trazar todo lo concerniente a la parte final de esta novela.

Como es costumbre en sus novelas históricas, en esta también se incluyen fotos. Esta vez podemos apreciar fotos de la Tumba del Hombre de Puerto Ferro, del monolito en forma de tortuga ubicado al lado de donde fueron encontrados estos restos, una fotografía del activista Ismael Guadalupe junto al busto en honor a Simón Bolívar que está en la plaza pública de Vieques y finalmente cierra con una fotografía de las ruinas de la hacienda azucarera Playa Grande.

La lectura de esta novela de Vionette Negretti, con todo el valioso trasfondo histórico y vivencial de las vicisitudes del pueblo de Vieques, indudablemente mantiene vivo el reclamo de Paz para la Isla Nena. Exigencia que no terminó con el cese de los bombardeos y prácticas militares porque queda mucho por hacer y resolver en este pueblo para quien aquellas palabras del poeta cialeño Juan Antonio Corretjer, “La vida es lucha toda”, son vivencia cotidiana en todos los aspectos. 

Disponible en la Claritienda.

El sueño en inglés de una playa del sur: Reseña de Octopus’s Garden

Escena de la obra. Foto: David Gasser

Por Juan R. Recondo/Especial para En Rojo

Mother: Poor José, your ancestors were a merman without a mermaid,

a sad and distant sleepwalker and a cannibal. […] Water the dead

and hope they bloom.

Arístides Vargas, Octopus’s Garden (Traducción de Aurora Lauzardo)

 

Elenco y amigas y amigos. Foto: David Gasser

Noté un dato que me pareció muy curioso. He abierto dos de mis reseñas de teatro para Claridad con la palabra “caminar” en mi intento de reconstruir varias experiencias teatrales en la ciudad de Nueva York. Diferente al cine, que es más claramente una máquina que proyecta sueños etéreos, el teatro es una realidad palpable que se abre ante nosotros. El lenguaje del teatro existe en tres dimensiones y reconstruye una actualidad encarnada en los cuerpos reales que actúan para el espectador. El teatro nunca es artificio, como muchos argumentan, sino otra dimensión que desafía nuestro entorno. Ante cualquier expresión teatral, usted es testigo de una explosión de presencia similar a los actos de protesta que clamaban por la renuncia del gobernador y que tendrán consecuencias reales en la política de la isla. Estos eventos crean pequeñas fisuras en nuestra dimensión. Es inevitable que mi “caminar” por la ciudad para llegar al teatro se entremezcle con esa realidad reconstruida en el espacio escénico. Ese es nuestro contrato con los artistas teatrales. Aceptaremos las leyes de su nuevo mundo y esperamos atestiguar cómo estas diversas realidades marcan nuestros ambientes.

La traducción al inglés de Jardín de pulpos, Octopus’s Garden, escrita por el dramaturgo argentino Arístides Vargas y traducida por Aurora Lauzardo, fue escenificada en el Target Margin Theater de Brooklyn por Teatro Caborca. El domingo, 14 de julio, caminé por las calles tranquilas de Sunset Park entre restaurantes y bodegas mexicanas para llegar al pequeño espacio que me transportaría a la orilla del mar. Javier González, el director del montaje, no nos ofrece una pacífica excursión playera, sino una redefinición del mar como un espacio donde el tiempo rehúsa la distinción entre pasado, presente y futuro. El mar es el Aleph donde los tiempos coexisten y donde todos los cuerpos encarnan un sinnúmero de personajes y criaturas marinas. De esta manera, presenciamos las vidas de José, su familia (padres, tíos y demás) y Antonia, entre otros. Estos personajes transitan por la historia de un país no identificado y enfrentan diversas realidades que incluyen el incesto, la frustración con la burocracia, la pobreza, la tortura y el asesinato apoyado por el estado, entre muchos otros. La obra propone que la historia es una colección de memorias que nunca cesan en su amenaza de impactar el presente y el futuro ya que los muertos (el pasado) insisten en permanecer junto a nosotros. En la obra, el espectador contempla la orilla de la playa y el constante regreso de las olas.

El texto de Vargas nos permite vivir la realidad de una familia y la nación que este grupo representa. No obstante, la traducción de Lauzardo trasciende una frontera lingüística y propone que la realidad latinoamericana va más allá del territorio que identificamos como América Latina. En inglés, la obra de Vargas es la orilla de esa gran playa que se extiende desde el cono sur hasta el Brooklyn que transité para llegar al teatro. La traducción magnífica de esta obra sobre la nación desafía el mito que una realidad latinoamericana se encierra en la jaula lingüística del español. Desafortunadamente, en el montaje hubo momentos en los cuales no se oían claramente los parlamentos. En otros, los actores declamaban las líneas a coro y era muy difícil entender lo que decían. Como espectador, me interesaba escuchar las texturas y colores de los diferentes acentos en inglés de los actores que le añadirían a la diversidad sonora del texto en traducción. Pero no siempre pudo ser así.

Sin embargo, Javier González tiene un dominio magnífico del lenguaje visual. Durante toda la obra me encontré más interesado en cómo González manifestaba sus ideas con poderosos golpes teatrales. En un momento, el personaje de José le dice a Antonia que están presenciando un amanecer. De inmediato, la parte de atrás del teatro se abrió como la puerta automática de un garaje y la luz del día iluminó gradualmente el espacio, creando así un momento mágico para el espectador. La combinación del diseño escénico a manos de Jian Jung y la iluminación de Jeanette Oi-Suk Yew transformaron efectivamente el interior de una estructura urbana nuyorkina en la orilla de esa playa del recuerdo. Las actores, que incluyeron a Brooke Bell, Laura Butler Rivera, Yan Christian Collazo, Tania Molina, Pedro Leopoldo Sánchez Tormes y David Skeist, también participaron activamente en esta transformación. Los vestuarios sencillos a manos de Cristina Fitch cubrían a cada actor en una cotidianeidad que estos desafiaban magistralmente con su lenguaje corporal. Los pulpos y sirenas que marchaban ante nosotros no estarían fuera de lugar esperando el tren en la estación más cercana. En una escena, una de las actrices, Yaraní del Valle Piñero (en este momento en el rol de la madre de José) fue arrastrada alrededor de todo el escenario y, acostada, dio un monólogo poderoso. Bajo la dirección de González, el cuerpo de la actriz estuvo en una constante metamorfosis entre el personaje humano que cuenta su historia y el anfibio que deja su marca en la arena de la playa de aquel teatro de Brooklyn.

Entre el 12 y el 21 de julio, Teatro Caborca representó un mar que nos narró la historia de una familia que se repite en diversas costas a través de nuestra América.

Almodóvar, mon amour: Dolor y gloria

Por Maria Cristina/En Rojo

Director y guionista: Pedro Almodóvar; cinematógrafo: José Luis Alcaine; elenco: Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Leonardo Sbaraglia, Nora Navas, , César Vicente, Asier Flores, Penélope Cruz, Cecilia Roth, Julieta Serrano, Raúl Arévalo

Decir Almodóvar para mi significa ver un filme que desafía mis expectaciones, que divierte, nos hace llorar o al menos entristecer y, especialmente pensar en lo proyectado y lo recreado en nuestra percepción como espectadores. También significa personajes femeninos de una gran variedad, cambio y fuerza, aparente debilidad y solidaridad en la amistad y la cercanía de otras mujeres. Por eso los filmes que veo una y otra vez son ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), La flor de mi secreto (1995), Todo sobre mi madre (1999) y Hable con ella (2002). 

A través de los años “el niño terrible” de La Movida Madrileña y el Destape de la España posfranquista, Pedro Almodóvar, ha debatido con la moralidad heredada e impuesta en este país despedazado por una guerra civil (1936-39) que todavía hoy no ha podido sanar sus heridas. La mano dura del triunvirato de la monarquía, la iglesia católica y el ejército —con el apoyo de los grandes terratenientes— intentó por más de 40 años dirigir al pueblo español a la sumisión y aceptación sin cuestionamiento de sus leyes y censura. Cuando esta imposición se derrumba todo lo supuestamente sagrado e incontestable se desafía al extremo. En cine, donde la poderosa oficina de la censura vigilaba las imágenes proyectadas tanto en el cine nacional como el extranjero, los desnudos femeninos y el sexo explícito se convirtieron en el cine más popular y taquillero del país. En 1980, Almodóvar irrumpe con una comedia desafiante: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). La protagonista, Carmen Maura, será una de sus actoras preferidas a las que luego se añadirán Victoria Abril, Marisa Paredes, Penélope Cruz, Cecilia Roth y las siempre presentes en papeles pequeños pero jugosos: Chus Lampreave y Rossy de Palma. A esta comedia que incluye sucesos como violación, drogas, sexualidad explícita, pasiones desenfrenadas, masoquismo, le sigue en 1982, Laberinto de pasiones con un Antonio Banderas de 21 años, como un terrorista islámico gay. La colaboración Almodóvar-Banderas continuará durante esta década con cuatro otros filmes, pero una vez Banderas se acomoda en producciones exitosas de Hollywood en la década de 1990 (The Mambo Kings, Evita, Desperado, The Mask of Zorro), no regresa al mundo de Almodóvar hasta el 2011 con La piel que habito que fue nominada en el Festival de Cannes y los Golden Globes y ganador del Premio BAFTA. Y este año nuevamente van juntos a Cannes donde entraron a la selección para el Premio de la Palma de Oro y donde Banderas conquistó el Premio por Mejor Actor.

En el presente de Dolor y gloria conocemos a Salvador Mello, afamado director recordado por cinéfilos por un filme de hace 30 años que fue éxito de taquilla y retó lo aceptable para presentar lo antes rechazado. Y aunque continuó haciendo otros filmes, cree no tener nada nuevo que decir y su enfoque está en su deteriorada salud, especialmente su migraña y dolores de espalda que apenas le permiten movilidad y por eso permanece la mayor parte del tiempo en su apartamento. Tiene un grupo de apoyo de mujeres que lo estiman y conocen bien e intentan facilitarle el diario vivir. Cuando la cinemateca española decide reestrenar una copia restaurada de ese famoso filme de hace tantos años, Mello explora nuevamente su vida en aquel entonces. Los recuerdos lo llevarán a contactar nuevamente a Alberto Crespo (Asier Etxeandia), protagonista del filme con quien se peleó porque se apartó del guion y no siguió sus instrucciones como autor y director. Cuando por fin se hablan nuevamente, descubre a través de Alberto cómo aminorar su dolor físico, que a su vez lo lleva a recordar su niñez con su madre en un pequeño pueblo para luego emigrar a otro pueblo para estar cerca de su padre. El Mello adulto recuerda cómo todo a su alrededor le encendía su imaginación que luego se traduciría en historias contadas primero y luego recreadas en movimiento.

Ese contacto con Alberto también le servirá para volver a escribir, pero esta vez una obra teatral en vez de un filme. Alentado por Alberto, quien necesita tener un buen papel para regresar a la actuación profesional, Mello revive su gran amor, el argentino Federico Delgado (Leonardo Sbaraglia), a quien no ha visto desde la ruptura de la relación. Este recuerdo, su escritura y puesta en escena le permite recoger esos momentos tan importantes en su vida personal. El presente todavía carga con culpas autoinfligidas como no poder complacer a su madre y llevarla de vuelta a su pueblo o nunca volver a ver a Eduardo, su primer gran amor cuando chico. Encontrará algo de alivio a sus dolores físicos y un balance entre su pasado y presente para poder plantarse frente a un futuro que sigue incierto, pero ahora con posibilidades.

La historia, el montaje, diálogos/encuentros memorables y tiernos y la poderosa actuación de todos los actores, pero especialmente Antonio Banderas, hacen de Dolor y gloria uno de los mejores filmes de este atrevido y visionario escritor y director de cine.

Hiroshima y Nagasaki

 

El 6 y el 9 de agosto de 1945, Estados Unidos (EUA) bombardeó la población civil de Japón, en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. La orden vino del presidente de EUA, Harry S. Truman. Cuando el comando nacionalista compuesto por Oscar Collazo y Griselio Torresola atacó la casa Blair en 1950 para intentar llegar hasta Truman y efectuar un magnicidio, este acto genocida estaba bien vivo en la memoria del planeta.

Pocos capítulos de la II Guerra Mundial suscitan aún hoy un debate tan intenso entre historiadores, intelectuales y científicos como el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki de principios de agosto de 1945. La discusión se juega a la vez en el terreno de la moral y de la estrategia militar. ¿Fue el primer y único bombardeo con armas nucleares de la Historia realmente necesario para lograr la rendición de Japón? (buscar 2da guerra mundial, Ricard González, www.elmundo.es/especiales/2009) En respuesta a la pregunta de González, Vladimir Isachenkov (Rebelión, https://www.rebelion.org/noticia.php?id=112587), aporta:

Mientras Estados Unidos dejaba caer sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, 1.6 millones de soldados soviéticos lanzaron un sorpresivo ataque sobre el ejército japonés en el este asiático. A los pocos días, el ejército de un millón de hombres del emperador Hiroito se había desmoronado.

Fue un momento clave de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, pero que casi no es mencionado en los libros de historia, que destacan las dos bombas atómicas lanzadas en un lapso de una semana … En tiempos recientes, no obstante, algunos historiadores comenzaron a decir que las acciones soviéticas incidieron tanto –si no más– que las bombas atómicas en el desenlace de la guerra.

Un libro de un profesor de historia de la Universidad de California-Santa Bárbara, Tsuyoshi Hasegawa, impulsa esa teoría y sostiene que el temor de una invasión soviética persuadió a los japoneses de rendirse ante los estadounidenses, convencidos de que los tratarían con más generosidad que los soviéticos. [En otras palabras, le tenían pánico a los soviéticos.]

Las fuerzas japonesas en el nordeste de Asia se enfrentaron con los rusos en 1939, cuando trataron de invadir Mongolia. Fueron aniquiladas en la batalla de Jalkin Gol, lo que indujo a Tokío a firmar un pacto de neutralidad que mantendría a los rusos alejados de la guerra del Pacífico.

Japón pudo enfocarse así en combatir a Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda, y en el ataque a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941. Luego de la rendición alemana el 8 de mayo de 1945, y tras una serie de derrotas en las Filipinas, Okinawa y Iwo Jima, Japón quiso que Moscú mediase y ayudase a poner fin a la guerra.

El líder ruso Joseph Stalin, sin embargo, ya le había prometido en secreto a Wáshington y a Londres que atacaría a Japón en los tres meses siguientes a la derrota de Alemania. Ignorando a Tokío, movilizó más de un millón de soldados a lo largo de la frontera con Manchuria.

La Operación Tormenta de Agosto fue lanzada el 9 de agosto de 1945, casi al mismo tiempo que la bomba sobre Nagasaki, y en dos semanas de lucha murieron 84,000 japoneses y 12,000 soviéticos. Los soviéticos llegaron a apenas 30 millas de la principal isla japonesa del norte, Hokkaido.

Según Hasegawa, autor del libro “Racing the Enemy”, que analiza el fin de la guerra usando documentos secretos desclasificados en Rusia, Estados Unidos y Japón: “El ingreso de los soviéticos en la guerra empujó a los japoneses a rendirse mucho más que las bombas atómicas porque acabó con cualquier esperanza que pudiesen tener de poner fin a la guerra con la mediación de Moscú”.