Fotos Ricardo Alcaraz
[ngg src=»galleries» ids=»16″ display=»basic_slideshow»]Capernaum: la realidad dolorosa que nos rodea
Por Maria Cristina
(directora Nadine Labaki; guionistas Nadine Labaki, Jihad Hojeily, Michelle Kerserwany; cinematógrafo Christopher Aoun; elenco Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw, Boluwatife Treasure Bankole, Kawsar Al Hadddad, Fedi Yousef, Haita Izzam, Alaa Chouchnieh, Nadine Labaski)
Capharnaüm (originalmente la casa de Jesús en esta ciudad Palestina), de la realizadora libanesa Nadine Labaki fue la ganadora del Premio del Jurado y del Premio Ecuménico en Cannes, Mejor Filme en el Festival Internacional de Sao Paolo, del Festival del Nuevo Cine de Montreal y de la organización independiente con sede en Alemania, Cinema for Peace Foundation. Es una historia desgarrante por la realidad que presenta de las tantas familias a nivel de la sub-pobreza en Beirut. Sabemos que este no es un caso aparte sino que las que antes fueron las grandes ciudades en el Medio Oriente—como en las capitales europeas y latinoamericanas (y oriente como nos indica The Shoplifters, filme japonés ganador de la Palma de Oro en Cannes)—tienen cordones de pobreza extrema cuando familias viven en “casas” de cartón y tienen que hacer lo indecible para poder alimentar y sostener la fragilidad de infantes y niños. Zein es un chico de doce años (nadie está seguro de su edad) cuya constitución física parece de diez por su falta de alimentación, que no conoce lo que es una escuela, que trabaja todo el día vendiendo chucherías en la calle para darle a su suplidor la mayor parte del dinero, que cuida a su hermana menor de 11 años a quien su madre quiere vender en matrimonio, que desprecia su entorno familiar porque no tiene nada de hogar, cariño, protección. Por eso decide llevar a sus padres a la corte para demandarlos por haberle dado una vida de maltrato y negligencia.

El encuadre de la historia de Zain es el caso que trae a la corte: al principio no entendemos por qué este niño quiere demandar a sus padres que parecen tan amorosos con él pero al final sabemos exactamente porque es una cuestión de supervivencia. Zain escapa de casa montándose en un autobús que lo lleve lo más lejos posible de su familia y vecindario. Siente que ya ha dado el todo por mantener a una familia que solo entiende este concepto como un negocio: poner a los hijos a trabajar desde muy chiquitos y en el caso de las niñas, venderlas en matrimonio una vez llegan a la pubertad o antes si es posible. Pero este manejo humano no garantiza que comerán bien o tendrán una cama o espacio para dormir. Esos privilegios pertenecen solo a la madre y el padre. Nada de esto es una excepción; este tipo de maltrato es muy común en comunidades donde la pobreza es la que dicta el comportamiento de adultos.
Zain encuentra seres afines y dispuestos a compartir una parte de su tiempo y espacio como el viejo con vidas mágicas de un mini-circo, pero especialmente con Rahil y su niño de un año, Yonas. Serán estos últimos los que harán sentir a Zain que alguien lo quiere, lo cuida y lo mima. También habrá intercambio: Zain puede quedarse en ese espacio que Rahil llama hogar si le cuida a Yonas mientras ella desempeña los múltiples mini empleos que consigue por ser mujer migrante sin papeles. Zain, como hacía en su propio barrio, se familiarizará con este nuevo entorno para saber cómo conseguir lo que necesita y será muy creativo al buscar y construir juguetes para Yonas. Pero ¿qué hacer cuando pasan los días y Rahil no regresa?
El regreso de Zain a su “casa” y los incidentes que lo descontrolan son las razones por la que se clasifica como delincuente y el Estado tiene que hacerse cargo. Su caso en corte es la razón para que el juez entienda que el peor castigo para él sería el ser devuelto a su familia. Cuando su madre lo visita antes del juicio, Zain la rechaza y su noticia de reconciliación—que está nuevamente preñada—es la gota que colma la copa. El filme argumenta contra la maternidad irresponsable y, a través del testimonio de Zain, aboga por el control forzoso de la natalidad, algo que es escandaloso dentro de esta sociedad y también la nuestra.
Nadine Labaki, conocida actora que siempre es parte del elenco de sus tres largometrajes de ficción (anteriormente Caramel de 2007 y Where Do We Go Now? de 2011) se caracteriza por enfocar en los problemas sociales que enfrentan mujeres y niños en su país, que de paso sirve como denuncia social y política de la mayoría de países que conocemos. Siguiendo el elemento esencial del realismo social que caracteriza los filmes del británico Ken Loach (Ladybird Ladybird, Land and Freedom, My Name Is Joe, The Wind that Shakes the Barley, I, Daniel Blake), el elenco de los filmes de Labaki lo compone personas comunes y corrientes de la comunidad donde se centra la historia, lo que permite la improvisación y veracidad de las situaciones presentadas. En Capernaum esto se multiplica ya que todos los miembros de la familia consanguínea y la adoptada por Zain (cuyo verdadero nombre es Zain Al Rafeea) son parte de la realidad presentada. Eso es precisamente lo maravilloso y fascinante de tener a este niño como el centro del filme.
Animal Híbrido: Lo erótico y lo sagrado
Giancarlo Vázquez López. / En Rojo
Un zoológico con animales extraños; una serpiente peluda con pico de águila, una llama con colmillos y ojos de mosca. Cuando abrió sus ojos no entendía nada, solo recordaba un montón de imágenes ajenas entre sí.
Se levantó de la cama un poco perturbado, con su cabello alborotado y la pollina cayéndole sobre la frente.

“Al despertar no entendía el sueño, pero tardé muy poco en darle un significado y digo ese soy yo llegando a Río Piedras y encontrándome con estas criaturas ominosas”
En entrevista especial para En Rojo, Joe Louis recordaba que cuando llegó a San Juan todo le parecía extraño. Pero esa extrañeza era lo que a su vez alimentaba el espíritu que lo había sacado de su tierra en Ciales.
“Pasas de este lugar en el que te sentías incómodo a otro donde descubres cosas extrañas que no conocías pero que a la vez te llaman la atención y quieres formar parte de eso en busca de un cambio…convertirme en un animal híbrido más. Quiero ser esa cosa rara porque ser artista es ser un animal híbrido”.
Animal híbrido es el nuevo sencillo de lo que será su primera producción discográfica que, inspirado por las ideas de George Bataille, tituló Lo erótico y lo sagrado.
Usualmente va solo con su guitarra, pero aclaró que le está dando más énfasis a la producción del disco junto a La banda onírica de la puerta roja “que es un poco cabaretesco y más pompioso”.
El joven artista añadió que muchos de los temas en sus canciones parten de esa transición y la dualidad entre Ciales y Río Piedras. “Todas las canciones que va a tener este disco de una forma u otra hablan o cuentan una historia de ese proceso de Ciales a Rio Piedras y de Rio Piedras mirando a Ciales”
“Hago cosas desde la nostalgia, recordando momentos buenos en espacios ahora un poco oscuros, o momentos oscuros en un espacio de limbo”, añadió.
Más o menos siguiendo la linea de Bataille, trabaja los temas del erotismo, la nostalgia, el recuerdo y la melancolía.
“Son temas que me llaman mucho la atención porque soy homosexual y vengo de un pueblo conservador y católico… juego con eso de erotizar lo religioso”
También, dio como ejemplo la canción Desde mi casa que habla de un maestro que molestaba sexualmente a sus estudiantes pero también recrea un escenario apocalíptico en Ciales, la gente agarrando antorchas y levantándolas, adorando a los planetas mientras una iglesia arde en fuego.
“Va desde ese lugar surreal hacia la venganza, algo que no pasó porque ese maestro sigue dando clase”, explicó el cantautor y “performero” de 22 años.
Joe Louis empezó a cantar en el coro de la iglesia donde su papá también participaba, luego en la escuela. Pero no es hasta que llega a Río Piedras cuando comienza a componer sus propias canciones.
A su llegada descubre artistas como Micky Negrón (performance) y Lizbeth Román con la improvisación vocal y conoce personalmente a artistas fundamentales en su repertorio de influencias musicales como Fofé, Eduardo Alegría, Ile y Mima.
Otras influencias son la música jíbara y la Nueva Trova, Silvio Rodríguez, Haciendo Punto en Otro Son, Víctor Jara. También, el Folk y la música de Bob Dylan, entre otros.
Aunque no dio fecha de cuándo debutará su primer disco mencionó que el sencillo Animal híbrido debe estar listo para este mes marzo.
Poesía modernista en Puerto Rico (1891-1900)
Gretchen López
En los últimos libros especializados sobre el modernismo en Puerto Rico, suele observarse el surgimiento de ese movimiento –por llamarlo de algún modo– con el poema largo titulado Las huríes blancas (1887), de José de Jesús Domínguez. Entre esos versos que anteceden al libro titulado Azul (1888), de Rubén Darío, y el siglo XX, se observaba un vacío, hasta el advenimiento de los poetas Arístides Moll Boscana –y su libro Mi misa rosa (1904)–, José de Jesús Esteves –que recogerá su obra más modernista en el libro titulado Rosal de amor (1917), Jesús María Lago –de quien aparecerá como un canto de cisne su libro Cofre de sándalo en 1927–, para dar paso al momento de mayor aliento en la Revista de las Antillas, entre 1913 y 1914, con Luis Lloréns Torres a la cabeza.

Con esa trayectoria en mente, se pensaba que Domínguez no había tenido herederos literarios que se afiliaran al modernismo. Una hojeada a las publicaciones periodísticas y de revistas artístico-literarias de los inicios de la década final del siglo XX nos ofrece una imagen diferente. En las páginas de los periódicos La Democracia, que dirigía en Ponce Luis Muñoz Rivera, y La Correspondencia de Puerto Rico, así como a las revistas La Ilustración Puertorriqueña, Revista Puertorriqueña, y La Revista Blanca (de Mayagüez), de igual modo que en otras publicaciones extranjeras como El Cojo Ilustrado (Venezuela) y El Fígaro (La Habana, Cuba), se publicó poesía afiliada al modernismo hispanoamericano. Del mismo modo, se publicó en esos periódicos de Puerto Rico la poesía parnasiana de Leconte de Lisle, el máximo de los poetas franceses de esa modalidad, así como del poeta cubano-francés Augusto de Armas y de su compatriota José María de Heredia, el autor de Los trofeos. Junto con ellos, se publicó poesía, entre otros, de Rubén Darío, Justo Sierra (mexicano), Andrés A. Mata (venezolano), Leopoldo Díaz (argentino), Salvador Díaz Mirón (mexicano), Juana Borrero (cubana), amiga de Julián del Casal, también cubano, de quien mayor cantidad de poesía se publicó en aquel entonces en Puerto Rico.
Ramón Luis Acevedo editó y estudió en 2007 el conjunto de treinta sonetos que José de Jesús Domínguez publicó en la Revista Puertorriqueña hacia 1892, pertenecientes al libro Ecos del siglo. Algunos de esos sonetos también se publicaron en el Almanaque de las Damas (1887), donde se especificaba que el libro al cual pertenecían se titularía Cuadros y ecos. Otro soneto apareció en el Almanaque Literario (1889), y otros se publicaron en El Fígaro de La Habana, donde también se divulgaron poesías modernistas de Ferdinand R. Cestero, la poesía titulada “Floralia”, de Manuel Zeno Gandía, y algunas prosas de Manuel Fernández Juncos.
A continuación reproducimos una serie de poemas afiliados al modernismo, publicados durante la última década del siglo XIX por autores puertorriqueños o extranjeros radicados en la Isla. En próxima publicación de la revista RETORNO, aparecerá un ensayo voluminoso en el cual podrá observarse el desarrollo del modernismo en Puerto Rico durante esa última década del siglo XIX. Ahí podrá distinguirse, además, la poesía de Manuel Padilla Dávila, a quien no hemos incluido aquí por razones de espacio, pero amerita un estudio detenido. Sin embargo, fue Padilla Dávila, en sus extensos poemas –tómese como ejemplo su “Serenata morisca”, publicada en 1889 en El Buscapié, de Fernández Juncos–, el mayor cantor de la poesía orientalista en Puerto Rico vinculada con el mundo del Islam, el Corán y las ya famosas huríes del paraíso mahometano.
Miguel Ángel Náter, Ph. D.
Director
Seminario Federico de Onís
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico
Miguel Sánchez Pesquera
(venezolano)
Oriental
Huye Abraham a Egipto: Dios lo quiere,
Y ya de Asiongaber toca la orilla,
Y entre todo su ajuar sólo prefiere
Urna que esconde y cuyo fondo brilla.
De agujeros cribada está la urna
Y viva luz destella y grato aroma,
Ya en la estrellada soledad nocturna,
Ya cuando el alba en el Oriente asoma.
Llega a un portazgo, y cóbranle tributo.
–¿Es ámbar?– le pregunta el del impuesto.
–Yo pagaré por ámbar, por el fruto
Que bien os cuadre, y nada manifiesto.
–¿Serán rubíes que la Persia esconde,
Del Irán en el fértil paraíso?
Decid, viajero. Y Abraham responde:
–Pagaré por rubíes, si es preciso.
Mas el esbirro de la ley, curioso
Otra vez le pregunta: –¿Son acaso
Perlas de Ofir? Respóndele orgulloso:
–Por perlas pagaré, dejadme paso.
Y atentando a la urna mano avara,
A los ojos atónitos se ofrece
En casta desnudez la linda Sara,
Nevado lirio que en Lichem florece.
Codicia de Moab y de Idurnea,
Así viajaba la gallarda esposa
Del gran patriarca de la raza hebrea,
Como entre espinas la escondida rosa.
Dejad que marche en éxodo tranquilo
El anciano guardián de su decoro,
Y el loto azul del misterioso Nilo
Sirva de lecho a tan gentil tesoro.1
Ferdinand R. Cestero
A Rubén Darío
La múltiple y variada pedrería
Que engarzas en tus versos inmortales,
La visión de los sueños ideales
Que forja tu espejeante fantasía;
La musa misteriosa que te envía
La inspiración que viertes a raudales
Y el conjunto de luces siderales
De la estrella brillante que te guía.
El dictado te dieron de poeta,
Porque al arpa gentil de tus amores
Arrancas notas de pasión secreta.
Y pintor de la luz y de las flores
Porque el iris derrama a tu paleta
El divino matiz de tus colores.2
A Julián del Casal
Cual tierno arrullo, percibió mi oído
El eco triste de tu amigo acento,
Y el dejo de tu amargo sentimiento
Con mi acerbo penar he compartido.
En derroche de luces has vertido,
Con el vigor genial del pensamiento,
La ardiente inspiración de tu talento,
Cual savia de un cerebro enardecido.
Sonámbulo de espléndida belleza,
Poeta y soñador de alma sombría,
Doblaste sobre el pecho la cabeza;
Y el ala pliegas, sin que expire el día,
Como un pájaro enfermo de tristeza
Que muere al entonar su canturía.3
Los cucubanos
En el musgo verdoso de la ribera
Que circunda las aguas de claras fuentes,
Cual ínfimas estrellas fosforescentes
Fulguran en las noches de primavera.
Ya se tejen al toldo de enredadera,
Que recaman de puntos resplandecientes,
O quédanse dormidos, como yacentes,
En el césped mullido de la pradera.
Ya ocultos en el cáliz de los jazmines,
O errantes y perdidos por verdes llanos
Cual almas luminosas de querubines,
Sonámbulos de amores, vagan ufanos;
Y al verlos, me parecen, en los jardines,
Esmeraldas que vuelan, los cucubanos.4
Lola Rodríguez de Tió
El amor viudo
“Ya para mí se ha oscurecido el día
Y pues en la tiniebla me lamento
llora conmigo, amor, la pena mía.”
Herrera
“Soñadora gentil, ¿a dónde has ido
a ceñirte los blancos azahares?
¿En qué senda de flores te has perdido
que no escuchas la voz de mis cantares?
¿En dónde estás que mis amantes ojos
buscan en vano tu adorada huella?
¿Acaso por nostálgicos antojos
te hallas presa en el disco de una estrella?
¿Mi espíritu no ves doliente y triste,
alada fugitiva, que en tu anhelo
tal vez como la alondra, al sol subiste
enamorada del azul del cielo?
¿No ves al viudo Amor entre las brumas
de larga ausencia y de mortal olvido,
cuando esperaba con tus blancas plumas,
casta paloma, calentar su nido?
¿Por qué el botón de rosa tan lozano,
rompió el beso del aura su clausura
si apenas al erguirse cierzo insano
le arrebata el perfume y la hermosura?
¿Por qué, flor de las flores, con tu aliento
te llevaste tan lejos mi alegría
y hoy se pierde en lo azul mi pensamiento
como arrullo de tórtola en la umbría?
¿Por qué me abandonaste en el camino,
¡oh mi bella y graciosa prometida!,
hespero que alumbrabas mi destino
en la lóbrega noche de la vida?
¿Por qué de la esperanza en los umbrales
atormentado me dejaste y preso,
llevándote en tus labios virginales
como flor en botón el primer beso?
¿Por qué, por qué en lo azul no te diviso
–¡oh dorada visión consoladora!–
bañada por la luz de tu sonrisa
el alma entristecida que te llora?
En vano, en vano adivinar ansío
cuál es el astro que mi dicha esconde;
errante va mi voz por el vacío
y a mi acerbo gemir nada responde”.
Dijo el Amor: y de improviso el vuelo
suspende de sus trémulas querellas
al ver a su adorada, almo consuelo,
perdida en la región de las estrellas.5
Ernesto Avellanet Mattei
Cantar de ensueños
I
Entre el vago azul celeste de las tardes tropicales
Yo he palpado los Ensueños de la virgen adorada,
Como trémulos suspiros, que fingiese la adorada
Concepción omnipotente de las Musas ideales…
Eran rubios, luminosos, juguetones y triviales,
Angelitos sonrientes, que entre nube sonrosada,
Cabalgaban lentamente, lentamente, cual bandada
De fugaces mariposas sobre campos celestiales…
Y después, entre el galope de las Horas voladoras,
Los he visto presurosos, penetrar lo impenetrable,
Cual mintiendo entre los cielos mil fantásticas auroras;
Y abismándose en opaca concepción imponderable,
Concebir lo inconcebible de mil cítaras sonoras,
En un mágico concierto de sonrisas adorables…
II
Los ensueños vagarosos, vagabundos discurrían
Entre el manto reluciente de la plata de la Luna;
De los cielos adorados las estrellas descendían
Simulando blanca estela de fantástica laguna…
Orgullosas cabecitas por doquiera diluían
El perfume de sus almas, adorables cual ninguna;
Eran todas placenteras, porque todas se reían
De las viejas ilusiones que murieron una a una…
Y entonaron los Suspiros de los clásicos amantes
La canción nunca cantada del dolor de los dolores,
Graves, trémulos, dolientes, con locura, delirantes;
¡Era el cielo: amanecía. ¡Era Dios: hubo fulgores!
Y turbaron los Ensueños los acordes sollozantes
Con el canto siempre nuevo del amor de los amores.6
Rafael del Valle Rodríguez
Apoteosis
Abrió el fastuoso Oriente
Las ricas puertas de zafir y grana;
Su luz vivificante
Rozó del lago las dormidas aguas;
La sílfide que mora
En blando lecho de flotantes algas,
Al rielo apetecido
Despierta y mueve las undosas sábanas;
En grato cabrilleo
Sobre el espejo diáfano se enlazan
La linfa gemidora
Y el resplandor que de los cielos baja,
Y forma de consuno
La leve cuna de cristal y nácar
Que el orto de la nube
Entre rumores plácidos aguarda!
Algo que al cielo mira,
Algo que siente de vivir el ansia,
Aspiración oculta,
Sed de fulgores, ambición de alas,
Tenue vapor primero,
Girón de niebla refundida en plata,
Espumas voladoras
En levísimas ondas agrupadas
Osténtase la nube,
Transparente, sutil, leda, gallarda,
Sus tules balancea,
De la atracción del lago se desata;
Y al soplo de las brisas
A recorrer la inmensidad se lanza!
Adiós!, dice la ondina
En el rumor de las inquietas aguas;
Adiós!, la tersa nube
Dice agitando sus movibles gasas;
Y repentinas gotas,
Como tributo de memorias gratas,
Descienden, se iluminan
Y se pierden en cercos en el agua.
Otra vez el deseo
Como graciosa y fugitiva garza,
Que abandonó la orilla
Y va volando tímida y pausada;
Y ya bajel del viento,
Que ha desplegado sus banderas blancas
Y lleva a las alturas
Los terrestres arrullos y fragancias;
O bien preciado velo,
Que abandonó la nueva desposada,
Encantos que la virgen
Por la ilusión de los amores cambia!
Y cada vez subiendo,
Y cada vez más bella y más galana,
La lumbre que a torrentes
En la encendida inmensidad irradia
Parece que la busca,
Que en incesante expectación la aguarda,
La cerca con su oro,
Con suaves tintas de carmín la baña,
Abrocha al vivo seno
Del iris vario las lucientes franjas,
Y en noble apoteosis
La nube perfumada
Es el girón que adornará la frente
Del magnífico sol de la mañana.7
Eugenio Astol Busatti
Rosa de nieve
Era una virgen pálida,
Cuya memoria guardo
Con tres fechas profundas, indelebles,
Que en el fondo del alma se grabaron.
“La vi por vez primera”
Una noche de Mayo;
Ofrendaba a María blancas flores,
Entre rezos y cánticos.
Blanco era el vestido que llevaba,
Y un velo, también blanco,
Cubría como gasa vaporosa
Su bello rostro cándido
De suave palidez, cual la del nítido
Color del alabastro.
La vi después enferma: flor ajada
Por mortales quebrantos:
Sombra leve que al cielo dirigía
Poco a poco sus pasos:
Muriente sol que al descender lanzaba
Los postrimeros rayos,
Y más pálida aún. Su faz tenía
La blancura del lirio de los lagos
Que se inclina marchito, moribundo,
Ante el fragor del ábrego.
Y más tarde la vi por la vez última
–Rotos al fin los materiales lazos–
Cadáver frío, terrenal despojo,
En lecho funerario.
Blanco era el vestido que llevaba;
El velo, también blanco;
Y su semblante angelical tenía…
¡La palidez del mármol!8
Luciérnagas
Son tus ojos azules dos zafiros
radiando en conchas de luciente nácar,
junto al marco sutil de hebras de oro
que forman tus pestañas.
Tu boca es rojo y perfumado nido,
que cual tesoro inapreciable guarda
delicado collar de finas perlas,
brillantes cuanto blancas.
Y en tu seno gentil, vergel de amores,
dos pomas hay, como la nieve pálidas,
ostentando en radiante lozanía
sus botones de gualda.
Coge la azada, sepulturero;
cava la tierra; te ayudo yo;
en esta fosa que abramos juntos
pondré el cadáver de mi ilusión.
Era una niña de ojos azules,
por ser un ángel me abandonó:
fue en una tarde de primavera
y a su agonía se puso el sol.
Es el sol un rey galano
con veste púrpura y oro.
Su palacio está en el cielo
y son las nubes su trono.
Bello, altivo, deslumbrante,
bienhechor, gallardo, pródigo,
fecunda la tierra toda
con los rayos de sus ojos.
La primavera le ama,
las nieblas le tienen odio,
y escucha al romper el día,
desde su triunfante solio,
los matinales conciertos
de los pájaros canoros.
Es la luna una dama misteriosa,
de formas recatadas cuanto bellas,
que se envuelve en un manto azul obscuro
recamado de prístinas estrellas.
Su poética faz infunde amores;
todo el que sueña dulces ideales
le incoa con anhelo, cual si fuera
protectora deidad de los mortales.
Es bella, angelical, casta, divina,
mas… llora tanto la gentil señora,
que deja, al ausentarse, cada noche,
un rocío de perlas a la aurora.9
Mariano Abril
Ocaso
Lanza el sol los postreros resplandores
Tras las cumbres enhiestas del Poniente,
Reclinando en las nubes su áurea frente
Como en lecho teñido de fulgores.
Extínguense del día los rumores,
Y en las vagas penumbras del Oriente
Levanta altivo su perfil sonriente
El astro protector de los amores.
No bien las densas sombras nocturnales
Envuelven en su manto tierra y cielo,
Luce Diana sus miradas bellas.
Y, del templo infinito las vestales,
Entre los pliegues del cerúleo velo
Aparecen, temblando, las estrellas.10
Crepúsculo
Sueño con las bellas
de pupilas garzas,
–fugitivas sombras
que la mente exaltan.
bajo los castaños
se agitan y danzan,
cuando amarillean
las flexibles ramas
al susurro blando
de otoñales auras.
Mirad: ya la noche
su perfil levanta,
guardando en su veste
las chispas de plata
que el cielo iluminan
y bruñen las aguas;
arroja la tarde
su manto e grana,
buscando el refugio
de abrupta montaña;
ya pliegan las aves
sus rápidas alas,
que surcan el aire
cual naves gallardas;
los toscos pastores
el rebaño llaman;
las flores nocturnas
sus hojas dilatan,
de la luna amantes,
del rocío ávidas;
ya bullen los silfos,
ya ríen las hadas,
ya surge el misterio
que la sombra guarda;
y en tanto las ninfas
con alegre danza
voltean en torno
de vívida llama,
bajo los castaños,
del bosque patriarcas,
que cubren los nidos
de espesa hojarasca.
Sueño con las bellas
de pupilas garzas
–fugitivas sombras
que la mente exaltan.
Vespertinas tintas
sus ojos irradian.
Hijas del otoño,
con su anciano andan
y son las que secan
las verdes guirnaldas.
Mas sólo al ocaso
se muestran sus gracias:
no bien de Selenia
la fúlgida lámpara,
esmalta las flores
con temblantes lágrimas,
huyen las deidades
de pupilas garzas,
y lucen sin celos
las estrellas pálidas.11
José A. Negrón Sanjurjo
La canción de los trigos
Sobre el campo de rubias espigas
Su abanico agitaron los céfiros,
Y aquel mar de topacio, en mil ondas
Sintió conmovidos
Sus débiles nervios.
Se besaron, al soplo, las mieses;
Y las brisas, cargadas de besos,
Ni lograron tal vez darse cuenta
Del oro que en granos
Quedaba en el suelo.
Cuando un soplo de pena en las almas
Se desliza a manera de plectro,
Al temblor de las fibras, hay ósculos
Que el aire armonizan
Trocados en versos.
Mas, ¡qué importan al aire los granos
De dorada ilusión, que cayeron…!
¡Oh, mi bella hortelana! La duda
Mi campo de espigas
Está conmoviendo.12
En los últimos libros especializados sobre el modernismo en Puerto Rico, suele observarse el surgimiento de ese movimiento –por llamarlo de algún modo– con el poema largo titulado Las huríes blancas (1887), de José de Jesús Domínguez. Entre esos versos que anteceden al libro titulado Azul (1888), de Rubén Darío, y el siglo XX, se observaba un vacío, hasta el advenimiento de los poetas Arístides Moll Boscana –y su libro Mi misa rosa (1904)–, José de Jesús Esteves –que recogerá su obra más modernista en el libro titulado Rosal de amor (1917), Jesús María Lago –de quien aparecerá como un canto de cisne su libro Cofre de sándalo en 1927–, para dar paso al momento de mayor aliento en la Revista de las Antillas, entre 1913 y 1914, con Luis Lloréns Torres a la cabeza.
Con esa trayectoria en mente, se pensaba que Domínguez no había tenido herederos literarios que se afiliaran al modernismo. Una hojeada a las publicaciones periodísticas y de revistas artístico-literarias de los inicios de la década final del siglo XX nos ofrece una imagen diferente. En las páginas de los periódicos La Democracia, que dirigía en Ponce Luis Muñoz Rivera, y La Correspondencia de Puerto Rico, así como a las revistas La Ilustración Puertorriqueña, Revista Puertorriqueña, y La Revista Blanca (de Mayagüez), de igual modo que en otras publicaciones extranjeras como El Cojo Ilustrado (Venezuela) y El Fígaro (La Habana, Cuba), se publicó poesía afiliada al modernismo hispanoamericano. Del mismo modo, se publicó en esos periódicos de Puerto Rico la poesía parnasiana de Leconte de Lisle, el máximo de los poetas franceses de esa modalidad, así como del poeta cubano-francés Augusto de Armas y de su compatriota José María de Heredia, el autor de Los trofeos. Junto con ellos, se publicó poesía, entre otros, de Rubén Darío, Justo Sierra (mexicano), Andrés A. Mata (venezolano), Leopoldo Díaz (argentino), Salvador Díaz Mirón (mexicano), Juana Borrero (cubana), amiga de Julián del Casal, también cubano, de quien mayor cantidad de poesía se publicó en aquel entonces en Puerto Rico.
Ramón Luis Acevedo editó y estudió en 2007 el conjunto de treinta sonetos que José de Jesús Domínguez publicó en la Revista Puertorriqueña hacia 1892, pertenecientes al libro Ecos del siglo. Algunos de esos sonetos también se publicaron en el Almanaque de las Damas (1887), donde se especificaba que el libro al cual pertenecían se titularía Cuadros y ecos. Otro soneto apareció en el Almanaque Literario (1889), y otros se publicaron en El Fígaro de La Habana, donde también se divulgaron poesías modernistas de Ferdinand R. Cestero, la poesía titulada “Floralia”, de Manuel Zeno Gandía, y algunas prosas de Manuel Fernández Juncos.
A continuación reproducimos una serie de poemas afiliados al modernismo, publicados durante la última década del siglo XIX por autores puertorriqueños o extranjeros radicados en la Isla. En próxima publicación de la revista RETORNO, aparecerá un ensayo voluminoso en el cual podrá observarse el desarrollo del modernismo en Puerto Rico durante esa última década del siglo XIX. Ahí podrá distinguirse, además, la poesía de Manuel Padilla Dávila, a quien no hemos incluido aquí por razones de espacio, pero amerita un estudio detenido. Sin embargo, fue Padilla Dávila, en sus extensos poemas –tómese como ejemplo su “Serenata morisca”, publicada en 1889 en El Buscapié, de Fernández Juncos–, el mayor cantor de la poesía orientalista en Puerto Rico vinculada con el mundo del Islam, el Corán y las ya famosas huríes del paraíso mahometano.
Miguel Ángel Náter, Ph. D.
Director
Seminario Federico de Onís
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico
Miguel Sánchez Pesquera
(venezolano)
Oriental
Huye Abraham a Egipto: Dios lo quiere,
Y ya de Asiongaber toca la orilla,
Y entre todo su ajuar sólo prefiere
Urna que esconde y cuyo fondo brilla.
De agujeros cribada está la urna
Y viva luz destella y grato aroma,
Ya en la estrellada soledad nocturna,
Ya cuando el alba en el Oriente asoma.
Llega a un portazgo, y cóbranle tributo.
–¿Es ámbar?– le pregunta el del impuesto.
–Yo pagaré por ámbar, por el fruto
Que bien os cuadre, y nada manifiesto.
–¿Serán rubíes que la Persia esconde,
Del Irán en el fértil paraíso?
Decid, viajero. Y Abraham responde:
–Pagaré por rubíes, si es preciso.
Mas el esbirro de la ley, curioso
Otra vez le pregunta: –¿Son acaso
Perlas de Ofir? Respóndele orgulloso:
–Por perlas pagaré, dejadme paso.
Y atentando a la urna mano avara,
A los ojos atónitos se ofrece
En casta desnudez la linda Sara,
Nevado lirio que en Lichem florece.
Codicia de Moab y de Idurnea,
Así viajaba la gallarda esposa
Del gran patriarca de la raza hebrea,
Como entre espinas la escondida rosa.
Dejad que marche en éxodo tranquilo
El anciano guardián de su decoro,
Y el loto azul del misterioso Nilo
Sirva de lecho a tan gentil tesoro.1
Ferdinand R. Cestero
A Rubén Darío
La múltiple y variada pedrería
Que engarzas en tus versos inmortales,
La visión de los sueños ideales
Que forja tu espejeante fantasía;
La musa misteriosa que te envía
La inspiración que viertes a raudales
Y el conjunto de luces siderales
De la estrella brillante que te guía.
El dictado te dieron de poeta,
Porque al arpa gentil de tus amores
Arrancas notas de pasión secreta.
Y pintor de la luz y de las flores
Porque el iris derrama a tu paleta
El divino matiz de tus colores.2
A Julián del Casal
Cual tierno arrullo, percibió mi oído
El eco triste de tu amigo acento,
Y el dejo de tu amargo sentimiento
Con mi acerbo penar he compartido.
En derroche de luces has vertido,
Con el vigor genial del pensamiento,
La ardiente inspiración de tu talento,
Cual savia de un cerebro enardecido.
Sonámbulo de espléndida belleza,
Poeta y soñador de alma sombría,
Doblaste sobre el pecho la cabeza;
Y el ala pliegas, sin que expire el día,
Como un pájaro enfermo de tristeza
Que muere al entonar su canturía.3
Los cucubanos
En el musgo verdoso de la ribera
Que circunda las aguas de claras fuentes,
Cual ínfimas estrellas fosforescentes
Fulguran en las noches de primavera.
Ya se tejen al toldo de enredadera,
Que recaman de puntos resplandecientes,
O quédanse dormidos, como yacentes,
En el césped mullido de la pradera.
Ya ocultos en el cáliz de los jazmines,
O errantes y perdidos por verdes llanos
Cual almas luminosas de querubines,
Sonámbulos de amores, vagan ufanos;
Y al verlos, me parecen, en los jardines,
Esmeraldas que vuelan, los cucubanos.4
Lola Rodríguez de Tió
El amor viudo
“Ya para mí se ha oscurecido el día
Y pues en la tiniebla me lamento
llora conmigo, amor, la pena mía.”
Herrera
“Soñadora gentil, ¿a dónde has ido
a ceñirte los blancos azahares?
¿En qué senda de flores te has perdido
que no escuchas la voz de mis cantares?
¿En dónde estás que mis amantes ojos
buscan en vano tu adorada huella?
¿Acaso por nostálgicos antojos
te hallas presa en el disco de una estrella?
¿Mi espíritu no ves doliente y triste,
alada fugitiva, que en tu anhelo
tal vez como la alondra, al sol subiste
enamorada del azul del cielo?
¿No ves al viudo Amor entre las brumas
de larga ausencia y de mortal olvido,
cuando esperaba con tus blancas plumas,
casta paloma, calentar su nido?
¿Por qué el botón de rosa tan lozano,
rompió el beso del aura su clausura
si apenas al erguirse cierzo insano
le arrebata el perfume y la hermosura?
¿Por qué, flor de las flores, con tu aliento
te llevaste tan lejos mi alegría
y hoy se pierde en lo azul mi pensamiento
como arrullo de tórtola en la umbría?
¿Por qué me abandonaste en el camino,
¡oh mi bella y graciosa prometida!,
hespero que alumbrabas mi destino
en la lóbrega noche de la vida?
¿Por qué de la esperanza en los umbrales
atormentado me dejaste y preso,
llevándote en tus labios virginales
como flor en botón el primer beso?
¿Por qué, por qué en lo azul no te diviso
–¡oh dorada visión consoladora!–
bañada por la luz de tu sonrisa
el alma entristecida que te llora?
En vano, en vano adivinar ansío
cuál es el astro que mi dicha esconde;
errante va mi voz por el vacío
y a mi acerbo gemir nada responde”.
Dijo el Amor: y de improviso el vuelo
suspende de sus trémulas querellas
al ver a su adorada, almo consuelo,
perdida en la región de las estrellas.5
Ernesto Avellanet Mattei
Cantar de ensueños
I
Entre el vago azul celeste de las tardes tropicales
Yo he palpado los Ensueños de la virgen adorada,
Como trémulos suspiros, que fingiese la adorada
Concepción omnipotente de las Musas ideales…
Eran rubios, luminosos, juguetones y triviales,
Angelitos sonrientes, que entre nube sonrosada,
Cabalgaban lentamente, lentamente, cual bandada
De fugaces mariposas sobre campos celestiales…
Y después, entre el galope de las Horas voladoras,
Los he visto presurosos, penetrar lo impenetrable,
Cual mintiendo entre los cielos mil fantásticas auroras;
Y abismándose en opaca concepción imponderable,
Concebir lo inconcebible de mil cítaras sonoras,
En un mágico concierto de sonrisas adorables…
II
Los ensueños vagarosos, vagabundos discurrían
Entre el manto reluciente de la plata de la Luna;
De los cielos adorados las estrellas descendían
Simulando blanca estela de fantástica laguna…
Orgullosas cabecitas por doquiera diluían
El perfume de sus almas, adorables cual ninguna;
Eran todas placenteras, porque todas se reían
De las viejas ilusiones que murieron una a una…
Y entonaron los Suspiros de los clásicos amantes
La canción nunca cantada del dolor de los dolores,
Graves, trémulos, dolientes, con locura, delirantes;
¡Era el cielo: amanecía. ¡Era Dios: hubo fulgores!
Y turbaron los Ensueños los acordes sollozantes
Con el canto siempre nuevo del amor de los amores.6
Rafael del Valle Rodríguez
Apoteosis
Abrió el fastuoso Oriente
Las ricas puertas de zafir y grana;
Su luz vivificante
Rozó del lago las dormidas aguas;
La sílfide que mora
En blando lecho de flotantes algas,
Al rielo apetecido
Despierta y mueve las undosas sábanas;
En grato cabrilleo
Sobre el espejo diáfano se enlazan
La linfa gemidora
Y el resplandor que de los cielos baja,
Y forma de consuno
La leve cuna de cristal y nácar
Que el orto de la nube
Entre rumores plácidos aguarda!
Algo que al cielo mira,
Algo que siente de vivir el ansia,
Aspiración oculta,
Sed de fulgores, ambición de alas,
Tenue vapor primero,
Girón de niebla refundida en plata,
Espumas voladoras
En levísimas ondas agrupadas
Osténtase la nube,
Transparente, sutil, leda, gallarda,
Sus tules balancea,
De la atracción del lago se desata;
Y al soplo de las brisas
A recorrer la inmensidad se lanza!
Adiós!, dice la ondina
En el rumor de las inquietas aguas;
Adiós!, la tersa nube
Dice agitando sus movibles gasas;
Y repentinas gotas,
Como tributo de memorias gratas,
Descienden, se iluminan
Y se pierden en cercos en el agua.
Otra vez el deseo
Como graciosa y fugitiva garza,
Que abandonó la orilla
Y va volando tímida y pausada;
Y ya bajel del viento,
Que ha desplegado sus banderas blancas
Y lleva a las alturas
Los terrestres arrullos y fragancias;
O bien preciado velo,
Que abandonó la nueva desposada,
Encantos que la virgen
Por la ilusión de los amores cambia!
Y cada vez subiendo,
Y cada vez más bella y más galana,
La lumbre que a torrentes
En la encendida inmensidad irradia
Parece que la busca,
Que en incesante expectación la aguarda,
La cerca con su oro,
Con suaves tintas de carmín la baña,
Abrocha al vivo seno
Del iris vario las lucientes franjas,
Y en noble apoteosis
La nube perfumada
Es el girón que adornará la frente
Del magnífico sol de la mañana.7
Eugenio Astol Busatti
Rosa de nieve
Era una virgen pálida,
Cuya memoria guardo
Con tres fechas profundas, indelebles,
Que en el fondo del alma se grabaron.
“La vi por vez primera”
Una noche de Mayo;
Ofrendaba a María blancas flores,
Entre rezos y cánticos.
Blanco era el vestido que llevaba,
Y un velo, también blanco,
Cubría como gasa vaporosa
Su bello rostro cándido
De suave palidez, cual la del nítido
Color del alabastro.
La vi después enferma: flor ajada
Por mortales quebrantos:
Sombra leve que al cielo dirigía
Poco a poco sus pasos:
Muriente sol que al descender lanzaba
Los postrimeros rayos,
Y más pálida aún. Su faz tenía
La blancura del lirio de los lagos
Que se inclina marchito, moribundo,
Ante el fragor del ábrego.
Y más tarde la vi por la vez última
–Rotos al fin los materiales lazos–
Cadáver frío, terrenal despojo,
En lecho funerario.
Blanco era el vestido que llevaba;
El velo, también blanco;
Y su semblante angelical tenía…
¡La palidez del mármol!8
Luciérnagas
Son tus ojos azules dos zafiros
radiando en conchas de luciente nácar,
junto al marco sutil de hebras de oro
que forman tus pestañas.
Tu boca es rojo y perfumado nido,
que cual tesoro inapreciable guarda
delicado collar de finas perlas,
brillantes cuanto blancas.
Y en tu seno gentil, vergel de amores,
dos pomas hay, como la nieve pálidas,
ostentando en radiante lozanía
sus botones de gualda.
Coge la azada, sepulturero;
cava la tierra; te ayudo yo;
en esta fosa que abramos juntos
pondré el cadáver de mi ilusión.
Era una niña de ojos azules,
por ser un ángel me abandonó:
fue en una tarde de primavera
y a su agonía se puso el sol.
Es el sol un rey galano
con veste púrpura y oro.
Su palacio está en el cielo
y son las nubes su trono.
Bello, altivo, deslumbrante,
bienhechor, gallardo, pródigo,
fecunda la tierra toda
con los rayos de sus ojos.
La primavera le ama,
las nieblas le tienen odio,
y escucha al romper el día,
desde su triunfante solio,
los matinales conciertos
de los pájaros canoros.
Es la luna una dama misteriosa,
de formas recatadas cuanto bellas,
que se envuelve en un manto azul obscuro
recamado de prístinas estrellas.
Su poética faz infunde amores;
todo el que sueña dulces ideales
le incoa con anhelo, cual si fuera
protectora deidad de los mortales.
Es bella, angelical, casta, divina,
mas… llora tanto la gentil señora,
que deja, al ausentarse, cada noche,
un rocío de perlas a la aurora.9
Mariano Abril
Ocaso
Lanza el sol los postreros resplandores
Tras las cumbres enhiestas del Poniente,
Reclinando en las nubes su áurea frente
Como en lecho teñido de fulgores.
Extínguense del día los rumores,
Y en las vagas penumbras del Oriente
Levanta altivo su perfil sonriente
El astro protector de los amores.
No bien las densas sombras nocturnales
Envuelven en su manto tierra y cielo,
Luce Diana sus miradas bellas.
Y, del templo infinito las vestales,
Entre los pliegues del cerúleo velo
Aparecen, temblando, las estrellas.10
Crepúsculo
Sueño con las bellas
de pupilas garzas,
–fugitivas sombras
que la mente exaltan.
bajo los castaños
se agitan y danzan,
cuando amarillean
las flexibles ramas
al susurro blando
de otoñales auras.
Mirad: ya la noche
su perfil levanta,
guardando en su veste
las chispas de plata
que el cielo iluminan
y bruñen las aguas;
arroja la tarde
su manto e grana,
buscando el refugio
de abrupta montaña;
ya pliegan las aves
sus rápidas alas,
que surcan el aire
cual naves gallardas;
los toscos pastores
el rebaño llaman;
las flores nocturnas
sus hojas dilatan,
de la luna amantes,
del rocío ávidas;
ya bullen los silfos,
ya ríen las hadas,
ya surge el misterio
que la sombra guarda;
y en tanto las ninfas
con alegre danza
voltean en torno
de vívida llama,
bajo los castaños,
del bosque patriarcas,
que cubren los nidos
de espesa hojarasca.
Sueño con las bellas
de pupilas garzas
–fugitivas sombras
que la mente exaltan.
Vespertinas tintas
sus ojos irradian.
Hijas del otoño,
con su anciano andan
y son las que secan
las verdes guirnaldas.
Mas sólo al ocaso
se muestran sus gracias:
no bien de Selenia
la fúlgida lámpara,
esmalta las flores
con temblantes lágrimas,
huyen las deidades
de pupilas garzas,
y lucen sin celos
las estrellas pálidas.11
José A. Negrón Sanjurjo
La canción de los trigos
Sobre el campo de rubias espigas
Su abanico agitaron los céfiros,
Y aquel mar de topacio, en mil ondas
Sintió conmovidos
Sus débiles nervios.
Se besaron, al soplo, las mieses;
Y las brisas, cargadas de besos,
Ni lograron tal vez darse cuenta
Del oro que en granos
Quedaba en el suelo.
Cuando un soplo de pena en las almas
Se desliza a manera de plectro,
Al temblor de las fibras, hay ósculos
Que el aire armonizan
Trocados en versos.
Mas, ¡qué importan al aire los granos
De dorada ilusión, que cayeron…!
¡Oh, mi bella hortelana! La duda
Mi campo de espigas
Está conmoviendo.12
La reunión en el Viejo San Juan en 1918 entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos en cartas de Juan Jaca Hernández
Mario A. Rodríguez León, O.P.1
A Calixta Vélez Adorno
En testimonio de aprecio
Durante la pasada década de los años noventa, luego de regresar de mis dos años en Cuba (1991-1993) tuve el gran honor y la grata experiencia de conocer a un extraordinario nacionalista, patriota cabal, hombre de integridad moral y honradez intelectual. Su nombre, Juan Jaca Hernández, quien nació en el barrio Guajataca de Quebradillas, Puerto Rico el 14 de septiembre de 1909. Fueron sus padres Agustina Hernández y Rosario Jaca Lasalle, ambos naturales de Quebradilla. Su abuelo paterno lo fue don Francisco Jaca Jateiza, natural de Aragón, España.2
En 1932 y por don Venancio González, nacionalista de Quebradillas, le fue presentado a don Pedro Albizu Campos y a partir de entonces la vida de Juan Jaca Hernández cambió profundamente llevándole a convertirse en uno de los más entrañables y valientes discípulos del líder del nacionalismo puertorriqueño.3 Junto con Albizu Campos fue uno de los organizadores del cuerpo de los Cadetes de la República y el 12 de julio de 1950, aceptada la renuncia de Andrés Negrón Cardé como Presidente del Partido Nacionalista en Arecibo fue nombrado a dicho cargo.4 Juan Jaca Hernández participó activamente en el levantamiento revolucionario del 30 de octubre de 1950 como comandante del Ejército Libertador del Distrito de Arecibo y, detenido luego de sofocado el levantamiento armado, fue sentenciado a prisión por su participación en la insurrección nacionalista.
En esta ocasión, por primera vez luego de cien años de haberse efectuado la reunión entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos damos a la luz pública estas tan importantes cartas. Pedro Albizu Campos quien contaba entonces veinticuatro años de edad y estudiaba en la Universidad de Harvard, en abril de 1918 se encontraba en Puerto Rico por razones de su servicio militar. (…) Por su parte, el Dr. Barbosa durante ya sus últimos años residía en la calle Salvador Brau #79 del Viejo San Juan, el lugar donde en 1918 se llevó el encuentro personal entre ambos destacados puertorriqueños.
El 18 de septiembre de 1952 el Comandante de la agencia de Seguridad Interna de Arecibo, José M. Vázquez, cabo P.I., le envió la siguiente información al Superintendente de Seguridad Interna de San Juan: “1. Para informar a V. H. que el día de hoy 18 de septiembre de 1952 a las 9:00 A.M. fueron sentenciados los nacionalistas Juan Jaca Hernández, Tomás López de Victoria, Ismael Díaz Matos, Ricardo Díaz Díaz (padre), Ricardo Díaz Díaz (hijo) y Leonídas Díaz a cumplir de dos a diez años de presidio por infracción a la Ley #53 de 1948. El juez sentenciador fue el Hon. Juez del Tribunal Superior de Arecibo, Lcdo. Rafael Padró Parés”.5
Juan Jaca Hernández estuvo en prisión en varias cárceles de Puerto Rico durante 18 años y fueron sus abogados los Licenciados Santos Amadeo y Gilberto Concepción de Gracia. Pedro Albizu Campos, Ricardo Díaz Díaz y otros destacados nacionalistas fueron sus compañeros de celda en la cárcel de La Princesa. Uno de éstos el nacionalista Ismael Díaz Matos, señala: “Jaca fue el hombre que circunvaló (sic) la Revolución del 50. Su labor soterrada fue tan eficiente que nunca se supo, ni el imperio pudo enterarse de los planes de la Revolución. Jaca fue el hombre más acosado por el FBI, pero no pudieron obtener de él ninguna información. Esto ocasionó la destitución del Jefe del FBI en Puerto Rico y el despido del Secretario de Justicia Vicente Géigel Polanco”.6

Juan Jaca Hernández cumpliendo entonces su sentencia en la Penitenciaría Estatal de Río Piedras (el “Oso Blanco”) a donde había sido trasladado, fue indultado por el entonces gobernador Roberto Sánchez Vilella el 27 de diciembre de 1968. Después de salir de la cárcel Juan Jaca fue a residir con su hermana “Narda” en la calle Cerdeña, núm. 1225, en la urbanización Caparra Terrace de Río Piedras y trabajó como barbero.
El 30 de octubre de 1970 en entrevista que le hiciera Bartolomé Brignoni del periódico El Mundo, Juan Jaca expresó lo que para él entrañaba la figura del líder del nacionalismo en Puerto Rico: “Pedro Albizu Campos es el hombre más grande, visionario y recto que ha producido Puerto Rico (…) Era un hombre de una sensibilidad extraordinaria. Todo lo que tenía lo daba: nadie al lado de él podía quejarse de nada. Regalaba hasta su ropa para vestir a alguien que lo necesitaba. Albizu era incapaz de sentir odio o envidia por alguien. Era incapaz de ofender a una persona, no importa lo que le hicieran”.
En el verano de 1994 mientras me desempeñaba como Vicario General de los Frailes Dominicos de Puerto Rico, vino Juan Jaca Hernández a visitarme a mi oficina en el edificio del Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe (CEDOC) en Hato Tejas, Bayamón como lo había hecho en varias ocasiones. Esta vez me traía una documentación de gran importancia. Era su carpeta #48 de la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico junto a varios escritos adicionales. Recuerdo que me dijo: “Padre Mario, quiero que usted conserve para la posteridad esta carpeta sobre mi persona”. En aquella conversación que tuvimos, correspondiendo a su deseo le agradecí su confianza depositada en mí. Leí con posterioridad y detenidamente la valiosa información contenida en aquella documentación y con más convencimiento pude valorar en su grandeza el calibre moral y el auténtico patriotismo de Juan Jaca Hernández. Entre la variada documentación encontré varias cartas de Juan Jaca Hernández, de particular interés dos de éstas manuscritas, de puño y letra, escritas desde la cárcel del Oso Blanco (el Presidio) en Río Piedras, una del 30 de noviembre de 1961 dirigida a su hermana Bernarda (“Narda”) y la otra dirigida a su hijo Juan Alberto del 21 de enero de 1962.
Bernarda Jaca Hernández (“Narda”) nació en Quebradillas, Puerto Rico el 24 de mayo de 1924. En 1965 contrajo matrimonio con el republicano español Alfonso Alonso Rubiera, natural de Asturias (n. 1927). Residía en la urbanización Caparra Terrace en calle Cerdeña 1225 y confeccionaba banderas de Puerto Rico y del Partido Independentista Puertorriqueño. Fue una mujer de profunda fe católica y era la persona que también preparaba los manteles del altar de su iglesia parroquial en Arecibo. “Narda” fue una mujer comprometida con la causa de la independencia nacional de Puerto Rico y fue así amiga del Lcdo. Gilberto Concepcion de Gracia, de Isabelita Rosado Morales, el Lcdo. Julio Pinto Gandía y otros destacados nacionalistas e independentistas. Falleció en San Juan el 21 de marzo de 2015.
Juan Alberto Jaca Lafontaine es el hijo mayor de Juan Jaca Hernández. Junto a sus hermanos Pedro Antonio, Laura Rosa y Carmen Margarita y una hermana de crianza, una vez su padre fue hecho prisionero, fue criado por su tía “Narda”, quien para ese entonces residía en el barrio San Felipe de Arecibo. “Alejita” Rosado era la hija de crianza de Juan Jaca Hernández.
En esta ocasión, por primera vez luego de cien años de haberse efectuado la reunión entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos damos a la luz pública estas tan importantes cartas. Pedro Albizu Campos quien contaba entonces veinticuatro años de edad y estudiaba en la Universidad de Harvard, en abril de 1918 se encontraba en Puerto Rico por razones de su servicio militar.7 Ya iniciada la Primera Guerra Mundial, Albizu Campos ostentaba el grado de Segundo Teniente de Infantería del Ejército de los Estados Unidos. Por su parte, el Dr. Barbosa durante ya sus últimos años residía en la calle Salvador Brau #79 del Viejo San Juan, el lugar donde en 1918 se llevó el encuentro personal entre ambos destacados puertorriqueños. Nos llama la atención el que aquel aguerrido líder político del autonomismo puro y ortodoxo en firme batalla contra Luis Muñoz Rivera en las postrimerías del siglo XIX llamara al joven Pedro Albizu Campos para formar un partido político en favor de la independencia de Puerto Rico. Albizu Campos, quien militaba en el Partido Unión de Puerto Rico abandonó dicha colectividad el 12 de mayo de 1924 una vez se dio la fusión (alianza) de los partidos Unión y Republicano, si bien el mismo Albizu Campos había expresado cuando ingresó al Partido Unión de Puerto Rico que “… él había sido conocido como nacionalista desde sus tiempos de estudiante en Harvard”.8 El Partido Nacionalista de Puerto Rico se había fundado en Río Piedras el 17 de septiembre de 1922.
¿Conoció el Dr. Barbosa a Albizu Campos antes de la partida de éste hacia los Estados Unidos en 1913? Ciertamente lo tuvo que conocer y ver en él al futuro líder político en favor de la independencia de Puerto Rico. Hasta ese momento el Dr. Barbosa se había destacado como republicano, un ideal que había abrazado en los Estados Unidos cuando allí estudió y se graduó de médico de la Universidad de Michigan en 1880. En el periódico El Tiempo el Dr. Barbosa había expresado que si no se le otorgaba la estadidad a Puerto Rico él favorecería la independencia. Como republicano federalista en cierta ocasión señaló “Colonia con España pudo ser …; con los Estados Unidos … nunca”. El Dr. Barbosa bajo ningún concepto favoreció la colonia para Puerto Rico, ni con España ni con los Estados Unidos. Favorecía la soberanía de Puerto Rico en el marco del gobierno federal de los Estados Unidos, sistema republicano constitucional bajo el cual los gobiernos estatales ejercen el poder como autónomos en su administración política, pero sujetos al gobierno central federal.
El 5 de enero de 1916 el Dr. Barbosa expresó en El Tiempo: “Digamos la verdad en estos momentos. Son colonos los de siempre, los adeptos al poder, los que sueñan con mandar, sea como sea y a costa de todos los sacrificios. Para esos la colonia es una victoria. Para nosotros los republicanos no. Aspiramos a la absoluta igualdad con los ciudadanos americanos ante la Constitución y bajo la bandera. La razón nos dicta que habremos de vencer en la demanda porque ella aboga por el decoro y a la personalidad del elemento genuinamente puertorriqueño en el concierto de los pueblos que se llaman Estados Unidos de América”.
En cierta ocasión el Dr. Barbosa expresó así con respecto a la lengua: “Los que se han resistido y aún se resisten al inglés se olvidan de que Calderón y Shakespeare pueden coexistir, sin estorbarse mutuamente en el cerebro puertorriqueño; y es que para que nos entiendan, al entendernos aprecien lo que valemos, nos importa mucho más, y nos conviene a nosotros mucho más, cultivar a Shakespeare que descuidarlo”.9
El hijo del Dr. Barbosa, Pedro Juan Barbosa, quien nació en San Juan el 1 de noviembre de 1892 es contemporáneo de Pedro Albizu Campos, quien nació en el sector Tenerías, Ponce el 29 de junio de 1893. Pedro Juan realizó estudios de Escuela Superior en Washington graduándose en 1910 y estudió un curso de verano en la Universidad de Michigan, luego de lo cual ingresó en Brooklyn en la escuela de mecánicos linotipistas. En 1914 ocupó la jefatura del departamento de linotipia del periódico El Tiempo10. Durante los años de 1925 a 1929 fue miembro del Partido Republicano Puro. En 1940 formaba parte del Comité Central del Partido Unión Republicana Progresista11 y más tarde fue Senador por acumulación por el Partido Estadista Republicano (1965-1968). En 1972 y en los talleres gráficos de Romualdo Real publicó el libro Mita, su iglesia, su obra.
En la carta a su hijo Juan Alberto, Juan Jaca menciona la estrecha relación de hermandad que existía entre Pedro Juan el hijo del Dr. Barbosa y Albizu Campos. También le menciona que Pedro Albizu Campos le informó a él, su compañero de prisión en La Princesa en 1953, con relación a aquella reunión que tuvo en San Juan con el Dr. Barbosa en 1918, pero suplicándole que “bajo ningún concepto dieran esta a la publicidad mientras Puerto Rico no fuera Libre”. Pero Juan Jaca le señala a su hijo en la carta que sin embargo, luego de la decisión de la Organización de Naciones Unidas consideró oportuno dar a conocer al pueblo puertorriqueño sobre el encuentro entre el Dr. Barbosa y Albizu Campos en 1918 en lo que también se conocería “la belleza espiritual de el ilustre y extinto (sic) Dr. Barbosa en cuanto al status político de Puerto Rico”.
La decisión de las Naciones Unidas a la que Juan Jaca hace referencia en su carta es la Resolución 742 (VIII) aprobada por la Asamblea General en la cuál se señalan los “factores que deben ser tenidos en cuenta para decidir si un territorio es o no un territorio cuyo pueblo no haya alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio”.12 En la Organización de las Naciones Unidas también fue aprobada la resolución 748 (VIII). A partir de entonces el gobierno de los Estados Unidos dejó de rendir informes sobre el caso colonial de Puerto Rico y pretendía que la comunidad internacional aceptara que Puerto Rico había alcanzado un elevado grado de autogobierno. Carmen Gautier Mayoral y María del Pilar Argüelles señalan que “… el embajador Henry Cabot Lodge, a nombre del presidente Eisenhower, indica a la Asamblea General el 27 de noviembre de 1953 que el presidente recomendaría al Congreso norteamericano cualquier resolución de la Asamblea Legislativa de Puerto Rico a favor de la independencia, en cuyo caso le pediría que se adhiriera al Pacto de Río de Janeiro y la Carta de la ONU”.13 Fue entonces a instancias de Luis Muñoz Marín, quien influyó decididamente en esto, que la Asamblea Legislativa de Puerto Rico aprobó una Resolución rechazando la oferta del presidente Eisenhower ante el proyecto de independencia para Puerto Rico presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y que fue expresada por el embajador Henry Cabot Lodge e igualmente por el Dr. Antonio Fernós Isern. Aunque el caso de dio por cerrado el 11 de enero de 1954 el Partido Independentista Puertorriqueño no dejó de presentar una resolución a la legislatura del país reclamando la independencia de Puerto Rico.14
Este era el ambiente que reinaba con relación al status político de Puerto Rico cuando en 1953 Pedro Albizu Campos le informa a Juan Jaca Hernández sobre la reunión que en el Viejo San Juan él sostuvo con el Dr. José Celso Barbosa en 1918. Ambas cartas que hoy publicamos por primera vez merecen sin duda un estudio a fondo, en particular en lo relativo a la orientación que mostraba el Dr. José Celso Barbosa, quien a pesar de ser un defensor de la estadidad federada para Puerto Rico no dejaba de considerar que el futuro político de su patria pudiera estar en la independencia y la soberanía.
