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Los libros más terribles: Manuel Ramos Otero

«Los libros más terribles se han vuelto inútil polvo”: de ese modo el escritor puertorriqueño Manuel Ramos Otero (1948-1990) cifraba una moral poética. Se trata de una moral del fracaso que se resiste a traducirse en gesto mercadeable. De modo emblemático, la concisa oración devela el centro oculto de una poética que apenas comenzamos a entrever. Entre esa poética y nosotros la muerte es una página escribiéndose, un hilillo de sangre trazando lentamente los signos de una obra que vendrá. “Los huesos se organizan debajo de la tierra / para emprender el vuelo de los fuegos”: la honestidad de Manuel Ramos Otero quema. Su moral del fracaso no deja de golpearnos, procurando un ardiente rubor, dejando al descubierto las flaquezas y los prejuicios más brutales que nos definen, delatando el carácter vacuo de nuestra celebración tardía en torno al “poema prohibido que nunca escribirá”. Acaso porque ya lo escribió, y aún no lo reconocemos.

Igual que la Marina Arzola figurada en EL LIBRO DE LA MUERTE, “ya conoce la muerte de antemano”. Habría que cuidarse de no disipar esa intimidad con la muerte, esa pulsión que desestabiliza los relatos henchidos de corrección política que promueven los protocolos de lectura de la academia contemporánea. Las palabras del muerto son presa fácil de las agendas de una crítica cautiva de sus buenas intenciones. Pero Ramos Otero constantemente nos obliga a desplazarnos, a no descansar en las respuestas prefabricadas que una poderosa industria cultural transforma en mercancía. A ese poderoso aparato que lo convierte todo en valor de cambio, el poeta Manuel Ramos Otero opone la palabra insobornable, aquélla que sin trabas afirma: “el público es la muerte”.

Ningún testimonio poético había abierto una herida tan profunda en la literatura y la cultura puertorriqueña como el de Manuel Ramos Otero. Se trata de una herida que no sanará. Casi tres décadas después de su muerte, comenzamos a divisar en su obra las señas de un quehacer que, aparentemente, nos reúne. ¿Pero de qué modo? ¿Cómo una obra tan explosiva puede llegar a constituir un lugar de encuentro? Seguramente el poeta habría desconfiado de nuestra celebración –de ese intento nuestro de sutura– y no habría encontrado en ella un motivo para la buena conciencia. Sin reparos habría afirmado: “estamos los hermanos reunidos y sigo estando ausente”. Porque entre los nuestros, hay que recordarlo, Manuel Ramos Otero es otro gran ausente.

“Exilados al sol, / el público es la muerte”: el exilio había trabajado en Manuel esa noción ominosa de la ausencia. Como tantos poetas desde el Romanticismo, sabía que su exilio no comenzó en 1968, cuando tuvo que irse de una isla que jamás cesó de soñar, sino el mismo día en que emergió del vientre materno: “he nacido con la luna de mi madre en la cara / para que baile la danza de su esfera, / mi noche es un sobaco oloroso / para que nunca olvide la esencia de su espíritu”. Para él, como para el melancólico José Lezama Lima de las CARTAS A ELOÍSA, la ausencia había adquirido el espesor de una categoría filosófica, la fuerza irradiadora de una moral poética. Para ambos, esa ausencia se había convertido precisamente en la condición de posibilidad, no sólo de la escritura, sino de la vida misma. Una escritura y una vida que no dejaron ni un instante de mirar hacia el abismo, buscando en él una respuesta que nunca aparecía. Seguir con su paso en el abismo, como el mitológico mulo de Lezama, fue una de las lecciones de Ramos Otero. Para él, como para su amado Borges, “esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.” En la exigencia difícil de esa mirada se sostuvo. Suspendido en ese hueco terrible levantó su obra, por lo que todo intento nuestro por anclarla según determinada lógica del sentido atenta contra las condiciones brutales de su producción. Comprender, como recuerda Jacques Derrida en POLÍTICAS DE LA AMISTAD, también significa neutralizar. ¿Cómo acercarse a la obra de Manuel Ramos Otero sin neutralizar su diferencia?

“Los libros más terribles se han vuelto inútil polvo”: lo afirma Manuel en uno de los poderosos epitafios de EL LIBRO DE LA MUERTE, justamente el que dedica a Lezama Lima. No hay duda de que los suyos son libros terribles, no tan sólo por haber puesto en evidencia, con una honestidad sin precedentes en nuestras letras, la hondura de un deseo sistemáticamente negado por una cultura intolerante, patriarcal y homofóbica. Lo que hace aún más terribles los libros de Manuel Ramos Otero es el hecho de que él nunca asumiera una postura rígida, segura de sí, transparente y asequible a la primera mirada. Sus textos siempre exigen una segunda mirada. Su voz poética se niega sistemáticamente a ocupar tanto los lugares de lo declamatorio, lo apologético y lo traumático, así como la posición de un supuesto saber. Su obra no acata nuestra voluntad de saber; al instante se rebela, nos devuelve la mirada, desestabilizando ese lugar seguro desde el que pretendíamos descifrarla. Terribles en tanto difíciles, los libros de Ramos Otero no quieren dejar de someter al lector a las exigencias de esa dificultad.

La voz poética de Ramos Otero no se deja leer tan fácilmente, no se entrega a las costumbres abúlicas del lector perezoso. Justo cuando creemos comprenderlo, se nos escapa: “El que viene vendrá / del feto de neón la danza solará / y nunca la certeza / de una balsa en el río / ni la sabiduría del borracho / italiano que nunca olvidará / será el fuego funéreo de la orilla.” Versos como éstos semejan un cuerpo camaleónico en plena metamorfosis. ¿En qué orilla detenernos, en una estrofa como ésta, para comenzar a dar cuenta del supuesto sentido que ella oculta? Allí donde una frase parece culminar se impone otra, por lo que el orden sintáctico y semántico se vuelve a cada paso provisorio. Según avanzamos en la estrofa, ésta se va abriendo a nuevas posibilidades de significación; según avanzamos en la estrofa, el lenguaje va desatando una violencia sobre el orden de su propia sucesión, delatando como falsa la ilusión de que estábamos a punto de llegar al reino de la cordura, a la clausura de la frase, al orden del sentido.

La poesía de Ramos Otero produce un perpetuo travestismo de la frase, que siempre está en camino de ser otra: “Como todas las mujeres de nuestra raza / al salir del mar y de la noche he sido madre / de mi propio sacrificio”. Esa voz prolifera mediante una constante figuración de su disolución. El poema mismo funciona muchas veces como trabajo de duelo de quien lo enuncia, de sepelio carnavalesco de la persona –de la máscara– que lo dice. Pero a pesar de ese carácter teatral en el que parecería disolverse toda posibilidad de que identifiquemos una figura rectora, a veces la fuerza de una voz se superpone a las otras, y nos advierte que todo sucede “sin que nadie sospeche en el sepelio / la malacostumbrada soledad”. ¿Soledad de quién? Justamente del muerto (“el increíble”, diría Borges), aquel que preveía que tras su partida los sobrevivientes se repartirían los jirones de su voz, dotándola de una certeza en la que él jamás se reconocería: “Para llegarse el tiempo tienen que retornar los muertos. / Los queridos amigos del infierno tienen que amar el fuego / como nosotros conocemos los colores absurdos de la soledad.” ¿Cómo estar a la altura de tales exigencias?

No es casual que los dos poemarios de Manuel Ramos Otero se organicen en torno a la escena de la muerte. En esa insistencia, en ese sondeo sostenido de la fuga que caracterizan EL LIBRO DE LA MUERTE e INVITACIÓN AL POLVO, se reconoce la huella de una tradición luctuosa hasta ahora poco comentada en tanto tradición: la de Luis Palés Matos y Julia de Burgos. Se trata, sobre todo, de una forma de concurrencia poética en torno al motivo muy antiguo y muy moderno del deseo perpetuamente herido por su antípoda: el reposo. “Fuegos fúnebres”, incandescencia en el umbral de la quietud, vibración del arco tenso a punto de perderse en el silencio. “Del ángel, la caída de las alas”, aquello que Julia de Burgos intentaba nombrar en su memorable “algo lento de sombra me golpea”. Manuel Ramos Otero lo enuncia del siguiente modo en el segundo poema de EL LIBRO DE LA MUERTE: “Me amará / desde lejos / me llamará / a la hora del suicidio / me dirá que me espera / cuando cierran los blancos / hospitales.” Esa “hora del suicidio”, anticipación de lo fatal que se repite una y otra vez en EL LIBRO DE LA MUERTE, evoca el último ciclo poético de Luis Palés Matos, en el que el sujeto lírico dibujaba la tensión a punto de romperse de un deseo que verificaba su poder en la inminencia misma del final. “El llamado” de Palés es su formulación más clara: “Me llaman desde allá… / larga voz de hoja seca, / mano fugaz de nube / que en el aire de otoño se dispersa. / Por arriba el llamado / tira de mí con tenue hilo de estrella, / abajo, el agua en tránsito, / con sollozo de espuma entre la niebla. / Ha tiempo oigo las voces / y descubro las señas.” En el poema “El llamado”, Palés intentaba conjurar ese poder de lo negativo que ejerce presión sobre el deseo con un apóstrofe que busca otorgarle rostro a la muerte, delimitarla en la figura de un “tú” capaz de responder y otorgar: “¡Déjeme tu implacable poderío / una hora, un minuto más con ella!”

Esa escena del llamado de la muerte y del duro deseo de durar en el deseo fue también lo que le dio su tono característico a la poesía de Julia de Burgos. Ella develaba la cara inversa de la escena palesiana al concebir la muerte como la forma más efectiva de durar en el deseo, de no comprometerlo: “¿Qué es lo que esperan? ¿No me llaman? / ¿Me han olvidado entre las yerbas, / mis camaradas más sencillos, / todos los muertos de la tierra? […] / ¡Dadme mi número! No quiero / que hasta el amor se me desprenda… / (Unido sueño que me sigue / como a mis pasos va la huella.)” Se trata, en cierto modo, del momento del memento, de la conmemoración de vivos y muertos, repetido una y otra vez a lo largo de la historia literaria. Han variado, sin duda, las nociones mismas de la vida y de la muerte, pero perdura la tensión del tránsito, objetivada en la imagen acústica del llamado inaplazable. Estamos ante la escena fundadora de la palabra misma. Porque qué es el lenguaje sino la evidencia más rica y terrible de que todo movimiento no es sino preludio de su negación, del reposo. En otro de los poemas de EL LIBRO DE LA MUERTE lo dice Ramos Otero, dejándonos ver la dialéctica que rige el acto de enunciación: “Estoy a un año exacto de mi primera muerte / y el dragón de papel anda suelto en la calle. / No hay una sola nube en la escalera / no hay una sola lámpara en la ausencia. / El sol es tan intenso que incinera / la máscara himalaya de la espera.” El dragón de papel, aquél que la mano que escribe ha engendrado al precio de perderlo, de dejarlo suelto en la calle, no puede suturar las heridas terribles que son la ausencia y la espera. La obra no compensa el principio de pérdida que la engendra.

El eslabón y la cadena

Esas nueve personas en torno a un féretro en el cementerio de Highgate en Londres están despidiendo a Karl Marx. De esos nueve, sólo uno no es ni comunista ni familiar del difunto: su nombre es Edwin Ray Lankester, es biólogo y discípulo de Darwin, pero no está ahí en representación de su maestro sino por iniciativa propia, y esa iniciativa no tiene relación con sus ideas políticas: Lankester ni comulga con el ideario marxista ni adscribe a las palabras hoy famosas de Friedrich Engels frente al féretro de su amigo: “Así como Darwin descubrió la ley de la evolución en la naturaleza, Marx descubrió la ley de la evolución en la historia”.

Aunque no se trataron ni se conocieron en persona, Marx y Darwin vivieron a sólo unos kilómetros de distancia uno del otro en Inglaterra durante buena parte de sus vidas, tenían varios conocidos comunes (además del mencionado Lankester), los dos escandalizaron a su época, cada uno a su manera, y entre los papeles privados de Marx apareció años después una nota de Darwin agradeciendo el ejemplar del primer tomo de Das Kapital en su edición alemana.

La relación entre el padre del evolucionismo y el padre del comunismo terminó de fraguar en 1937, cuando Isaiah Berlin tiró una bomba con su muy citado primer libro Karl Marx, su vida y su entorno. Según ese libro, Marx quiso dedicarle El Capital a Darwin y éste le contestó por carta que valoraba el gesto pero “preferiría que el volumen no estuviese dedicado a mi persona”. La carta de Darwin continuaba: “Aun así le agradezco el honor de enviarme su libro. Aunque nuestros estudios han sido tan diferentes, pienso que ambos deseamos la ampliación del conocimiento y así contribuir a largo plazo a la felicidad de la humanidad”.

Según el libro de Berlin, en otra parte de la carta podía entreverse el motivo que llevaba a Darwin a rechazar la dedicatoria: “La argumentación directa contra el teísmo en general y contra el cristianismo en particular rara vez cumple el efecto que se propone sobre el público. La mejor manera de promover la libertad de pensamiento es mediante la iluminación gradual de las mentes a través de los avances de la ciencia”. Berlin veía ahí una alusión sutil pero inequívoca de Darwin a la archiconocida frase de Marx: “La religión es el opio de los pueblos”.

Pero he aquí que Darwin casi no sabía alemán, el ejemplar de El Capital hallado en su biblioteca sólo tenía cortadas las hojas hasta la página 105 (las restantes ochocientas, incluyendo el índice, no fueron ni siquiera hojeadas) y la famosa frase de Marx sobre la religión no está en El Capital sino en su Contribución a una Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Por si todo eso fuera poco, Marx sólo admiró muy brevemente a Darwin: poco después de leer El origen de las especies, descubrió la obra de un francés llamado Tremaux y le escribió entusiasmado a Engels que ese tipo iba mucho más allá que Darwin (Engels, que sabía bastante más de ciencias naturales que Marx, le hizo ver que el francés era un chanta). Pero, como Isaiah Berlin fue una de esas luminarias que parecen saberlo todo del tema que traten, el equívoco se mantuvo durante medio siglo: hasta los biógrafos de Marx y de Darwin lo repitieron como loros o lo deformaron aún más: el ensayista ultraconservador Paul Johnson aseguraba que lo que Marx le propuso a Darwin por carta era literalmente un pacto conjunto con el diablo, que éste educadamente rechazó “como el caballero que era”.

Hasta el fin de su vida Berlin se asombró, con el histrionismo que lo caracterizaba, de que siguiera reeditándose su librito sobre Marx (que aceptó escribir recién salido de la universidad y sin saber demasiado de marxismo), pero se murió sin saber la magnitud de la gafe que había cometido. Además de no haber leído de El Capital (como él mismo confesó: “A Marx le hacemos el honor de atacarlo pero no de leerlo”), Berlin citó en su libro dos cartas distintas de Darwin como si fueran una sola. Lo hizo involuntariamente, por supuesto (era joven, era su primer libro). Pero tuvo la mala suerte de que una de esas dos cartas de Darwin no estaba dirigida a Marx.

La historia es así: en 1895, a la muerte de Engels, Eleanor Marx recibió las cartas y manuscritos de su padre y continuó la tarea de ordenarlos con ayuda de su amante, Edward Aveling. Este había escrito en 1880 un librito de divulgación sobre el evolucionismo (The Student’s Darwin), que quiso dedicarle, pero Darwin se opuso, educada y firmemente. Esa carta (escuetamente encabezada “Dear Sir” y sin ninguna mención explícita al libro en cuestión) fue traspapelada por Aveling y quedó anónimamente en el Archivo Marx, hasta que Berlin la descubrió en 1937.

Desactivado el equívoco generado por la dedicatoria, quedaba todavía un eslabón perdido en la relación entre Marx y Darwin: ¿qué hacía en el entierro aquel joven biólogo inglés, el único de los nueve asistentes que no era ni familiar de Marx ni comunista? Edwin Ray Lankester era, el año en que enterraron a Marx, el principal discípulo de Darwin y ya tenía renombre como biólogo a pesar de su juventud. Llegaría a ser titular de la cátedra de Anatomía Comparada en Oxford, miembro de número de la Royal Society y director del British Museum, el puesto más poderoso y prestigioso de su tiempo. En 1880, año en que conoció a Marx, Lankester venía de desenmascarar en público al falso médium espiritista Henry Slade. Era joven, era peleador, era un racionalista extremo, admiraba sin límite el sistema alemán de estudios, a diferencia del inglés, y vio en Marx a un anciano brillante, el epítome de esa excelencia intelectual que tanto veneraba. Marx, por su parte, prefería en esa última época de su vida hablar con jóvenes que con sus viejos amigos (con quienes discutía amargamente por cualquier cosa). Lankester fue al cementerio de Highgate, aquella mañana helada de marzo de 1883, por estrictas razones personales: no estaba allí representando a Darwin ni despedía al autor de El Capital, sino a ese anciano alemán en el exilio que tan generosamente lo había aceptado como interlocutor, a pesar de las evidentes diferencias entre ellos.

A Lankester nunca se le conocieron simpatías de izquierda, al contrario: con el tiempo se volvió cada vez más retrógrado. Opositor al voto femenino, crítico acerbo de la democracia (“No se puede guiar ni ayudar al populacho en su impotencia ciega”), solterón empedernido, confidente en sus últimos tiempos de la gran bailarina Anna Pavlova, epítome del homosexual reprimido victoriano, terminó sus días sin contarle nunca a nadie su relación con Marx. Cuando se cumplieron cincuenta años de aquel entierro en el cementerio de Highgate y el Instituto Marx Engels de Moscú le escribió pidiéndole su testimonio (Lankester era el único de los nueve asistentes que quedaba con vida), respondió que no tenía ningún comentario personal que hacer sobre el asunto. Y se murió ahí nomás, en 1934, de manera que la única persona en el mundo que llegó a conocer a Marx y a Darwin se llevó a la tumba sus impresiones sobre ambos. Como dice la canción, encontrar el eslabón perdido no siempre alcanza para completar la cadena.

Tomado de Página 12 (8 de enero de 2016)

Álex Cora: Puertorriqueño, latinoamericano y leyenda

José Alexander Cora es el nombre completo del 1er dirigente puertorriqueño en la historia en ganar un campeonato de Serie Mundial en Las Mayores.

Álex Cora parece que todo lo que toca es oro. En cada ocasión que se le presenta muestra valores humanos que no son comunes en el ámbito profesional del deporte. Lo que dice y lo que hace hablan por sí solas.

De Caguas, Puerto Rico y como casi todo puertorriqueño se forjó en el béisbol desde niño. Unas raíces profundas en el deporte boricua que trascendió a medida que avanzaba su carrera en todos los niveles. Desde Pequeñas Ligas al mejor béisbol del mundo. Además, su linaje familiar en el béisbol es de alta jerarquía. El que lo hereda, no lo hurta.

Hay varias constantes en el éxito de Cora, que no se debe evaluar a partir del campeonato de Serie Mundial, que se magnifica con una organización histórica como los Medias Rojas de Boston, sino, en todo el trabajo realizado en su carrera como pelotero, comunicador, gerente general, coach y dirigente. Todas esas facetas nos dan a un profesional trabajador, inteligente y decidido. ¿Cuál es el resultado? Éxito, porque se confía la preparación que se emplea para ejecutar un trabajo.

Por otro lado, destacamos la importancia de Cora como líder en Puerto Rico, pero también, en la comunidad hispana en los Estados Unidos. Una sociedad estadounidense dividida racialmente, dirigida por un presidente que promueve la desigualdad en su país y fuera de él. Pues Cora, con su trabajo representa el éxito de un latinoamericano que trasciende barreras raciales y establece que no importa raza, color y estrata social, el ser humano tiene capacidad de dirigir y hacerlo con excelencia independiente a su lugar de nacimiento.

El cagüeño ha asumido el rol como líder puertorriqueño y latinoamericano con total naturalidad. Desde el ámbito deportivo y socio-cultural ha calado hondo tanto en Puerto Rico como en la comunidad hispana en los Estados Unidos, y por consiguiente, en América Latina. Ese efecto multiplicador lo hace un líder moderno del deporte puertorriqueño, pues ha conquistado Puerto Rico, el Caribe, Estados Unidos y el mundo en todos los equipos que ha estado.

Porque sus acciones dicen mucho más de lo que ha hablado. Desde Caguas para el Mundo, ¡grande Álex Cora!

Faltaba el dirigente boricua

¿Qué significa Alex Cora para su familia, para Puerto Rico?

Para la familia es el tope de una vida de deportistas. El logro de unas metas de un niño que le apasiona el béisbol.

Para Puerto Rico… pues ver a uno de sus hijos en una de las plataformas deportivas más grandes triunfar desde otro ángulo.

Tenemos a Roberto Clemente, Yadier Molina, Carlos Delgado, Igor González, Iván Rodríguez, Roberto Alomar pero, faltaba el dirigente boricua.

Aimeé Cora

Hermana de Alex Cora

Rechazo internacional al bloqueo contra Cuba

Un informe del Secretario General de Naciones Unidas mandatado por la resolución de 2017 de la Asamblea General sobre el bloqueo que Estados Unidos impone a Cuba desde 1962 da conocimiento de la atención de la comunidad internacional al bloqueo más allá de la votación a favor de la resolución, “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba,” adoptada por Naciones Unidas desde 1992 y que en el presente período de sesiones de la Asamblea General se votaría el martes, 31 de octubre.

La respuesta a la solicitud del Secretario General de las Naciones Unidas, actualmente el portugués Antonio Guterres, de que los Estados miembros proporcionaran la información que desearan aportar a la preparación del informe fue de casi la totalidad de los Estados miembros. Al igual, órganos y organismos del sistema de Naciones Unidas ofrecieron información sobre la afectación de su trabajo por el bloqueo.

Algunas de las agencias especializadas y órganos y organismos del Sistema de Naciones Unidas que aportaron al informe son la Comisión Económica para América Latina, la Conferencia de Naciones Unidas de Comercio y Desarrollo, el Fondo de Niños (UNICEF), y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola. Algunos temas tocados fueron el efecto del bloqueo en el derecho a la salud, el comercio internacional, el derecho a la alimentación, a la educación y las transacciones financieras.

Los planteamientos de los países, cuyas aportaciones inician el informe y van desde varias líneas a muchas páginas, mayormente tuvieron el común denominador de su adhesión a los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas y que no promulgan leyes que conlleven infringir en la libertad de Cuba de comercio y navegación, o que contravengan el contenido de la resolución de Naciones Unidas sobre el bloqueo. Algunos países aluden a sus relaciones comerciales con Cuba y como se afectan por el bloqueo y su extraterritorialidad, mientras otros encomian como Cuba ha superado los obstáculos a sus esfuerzos por proveer a su población, y elaboran sobre la evolución histórica sus relaciones diplomáticas, de cooperación y comercio con Cuba. Otros apoyan la apertura económica de Cuba y sus esfuerzos por mejorar sus procesos de producción.

El proceso de votación de la resolución de Naciones Unidas sobre el bloqueo impuesto a Cuba ha ido de 59 votos a favor con tres votos en contra y 71 abstenciones en 1992, la primera vez que se presentó, a la histórica votación de 2016 de 191 votos a favor, cero en contra y dos abstenciones (Estados Unidos e Israel) donde bajo la presidencia de Barak Obama, Estados Unidos no le votó en contra. La votación del año pasado fue de 191 votos a favor, dos en contra (Estados Unidos, ahora bajo la presidencia de Donald Trump, e Israel) y cero abstenciones.

Además de Naciones Unidas, el rechazo universal actual al bloqueo impuesto a Cuba que consta en la aportación de Cuba al Informe del Secretario General abarca el Consejo de Derechos Humanos, el Grupo de los 77 y China, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), el Movimiento de Países No Alineados y la Unión Africana entre otras entidades. Desde Estados Unidos también se escuchan voces de una amplia gama de organizaciones, figuras públicas y oficiales electos.

En su aportación al informe, Cuba hace constar además que “el Gobierno de los Estados Unidos impuso un serio retroceso a las relaciones bilaterales con Cuba a partir de la firma por el presidente Donald Trump del “Memorando presidencial de seguridad nacional sobre el fortalecimiento de la política de los Estados Unidos hacia Cuba”, el 16 de junio de 2017.” Éste estableció entre sus objetivos el endurecimiento del bloqueo. Para asegurar el cumplimiento de esa política en noviembre de ese mismo año, los Departamentos de Comercio, Tesoro y Estado de Estados Unidos emitieron nuevas regulaciones y orientaciones.

Según plantea Cuba, las nuevas medidas restringieron aún más el derecho de los estadounidenses a viajar a Cuba e impusieron trabas adicionales a las limitadas oportunidades del sector empresarial de los Estados Unidos en Cuba. Al respecto, las nuevas medidas establecieron una lista de 179 entidades cubanas con las que las instituciones y personas norteamericanas tienen prohibido realizar transacciones. Además, en los últimos meses, se ha intensificado la persecución constante de las transacciones financieras cubanas y de las operaciones bancarias y crediticias con Cuba a escala global. Esto ha causado graves daños a la economía del país, en particular, a las actividades comerciales de las empresas y de los bancos nacionales en sus vínculos con la banca internacional.

El recrudecimiento del bloqueo a Cuba ha estado acompañado de una retórica agresiva, amenazante, irrespetuosa. En el Septuagésimo tercer período de sesiones el tema bajo el cual se adoptaría la resolución sobre el bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos es el número 43 del programa provisional de la Asamblea General.

Más allá de Insularismo: Sobre Pedreira ensayista

Antonio S. Pedreira (1898-1939) lo conocemos esencialmente como el autor de Insularismo (1934), libro que marcó nuestra historia cultural, libro que todavía tiene vigencia y libro que fijó nuestra imagen de este escritor. Para nosotros, injustamente, Pedreira es sólo el autor de este importante ensayo; tendemos a ignorar el resto de su amplia producción. No cabe duda de que esta es su obra más importante. Pero Pedreira, quien murió muy joven, a los cuarentaiún años, fue un escritor muy fecundo que hizo aportes importantes a nuestras letras y nuestra historia.

En sus libros, especialmente en Insularismo, Pedreira adopta una voz autorial que nos hace pensar en la de uno de sus principales modelos, el escritor uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), quien como el puertorriqueño, escribe su obra maestra, Ariel (1900), muy joven. Rodó tenía veintinueve años cuando aparece su influyente libro y Pedreira, treintaidós cuando sale a luz el suyo. Pero ambos, especialmente Rodó, quien adopta la máscara del viejo Próspero para desarrollar el discurso que compone su libro, se proyectan en sus libros con la firmeza y la autoridad que usualmente vienen con la edad. Tendemos a olvidar que ambos autores murieron muy jóvenes y que los dos, a pesar de ello, nos dejaron una abundante producción, especialmente Pedreira, aunque la suya no tuvo el impacto continental de la de Rodó.

Por décadas, después de la publicación de Insularismo, el carácter de clásico tiñó nuestra lectura de ese libro que tuvo tempranas refutaciones, especialmente de Tomás Blanco, con su Prontuario histórico de Puerto Rico, y de Emilio S. Belaval con un ensayo titulado “La barca de los sueños fallidos” (ambos de 1935) y de manera más indirecta, con sus cuentos. También podemos leer Tuntún de pasa y grifería de Palés Matos en parte como una refutación del libro de Pedreira. A pesar de ello su texto marcó y aún marca nuestras interpretaciones del carácter nacional. Pero sólo fue cuando José Luis González propuso su interpretación de la formación de Puerto Rico, interpretación basada en la historia, como la de Blanco, aunque en su caso con señalados matices marxistas, y, sobre todo, cuando Juan Flores publicó su Insularismo e ideología burguesa en Antonio S. Pedreira (1979), libro que le ganó el prestigioso premio de Casa de las Américas, que los cimientos de la interpretación de Pedreira, basada en una versión del viejo determinismo geográfico, comenzó a tambalearse. Hoy, cuando volvemos a Pedreira –a quien siempre hay que volver, a pesar de sus errores, pues, definitiva de él podemos aprender y de él partieron otros– tenemos que tener presente la visión de González y, muy particularmente, la de Flores. Mucho se ha escrito sobre Pedreira, pero esos dos nombres son aún esenciales para leerlo.

La lectura de la reedición de una vieja colección de ensayos de este autor, Aristas: Ensayos (Estudio introductorio de Mercedes López-Baralt, Santo Domingo, Cielonaranja, 2018), nos lleva a pensar en nuestra visión de Pedreira. Apunto dos detalles antes de entrar en materia. Primero, la edición original de Aristas… fue anterior a Insularismo y apareció en Madrid. Segundo, la presente edición aparece en la República Dominicana y es parte del esfuerzo del editor de Cielonaranja, Miguel D. Mena, por crear en su país una colección o biblioteca de textos puertorriqueño. Estos detalles editoriales –Madrid, Santo Domingo; 1930, 2018– son significativos ya que, por un lado, hablan del hispanismo de Pedreira, quien se doctoró en Madrid y tuvo fuertes contactos con el Centro de Investigaciones Históricas, institución que marcó a muchos intelectuales hispanoamericanos –Alfonso Reyes, Fernando Ortiz, Pedro Henríquez Ureña y Tomás Blanco, entre otros y otras– y de un interés antillanista de nuestros días, interés que estaba casi completamente ausente en Pedreira.

Pero la lectura de esta colección de ensayos me hace plantearme otras ideas, una en particular: ¿no estaremos interpretando a Pedreira prejuiciadamente al verlo exclusivamente por el lente de su obra maestra, Insularismo? Sin negar en nada la valiosísima contribución de González y especialmente la de Flores, ¿no será ya tiempo de volver a revisar a Pedreira? ¿No será ya tiempo de ver Insularismo en el contexto de la totalidad de la obra de este clásico de una amplia producción y no como pieza aislada? Esas son algunas de las preguntas que la lectura de Aristas… en esta nueva edición me forzaron a plantearme.

Aristas… es una recopilación muy heterogénea de ensayos. Sus temas y acercamientos críticos son variados. El libro abre con un excelente texto, “¿Generación del 98?” que probablemente sea el más arriesgado de todo el libro ya que, en el mismo y desde la misma España, Pedreira hace un cuestionamiento radical de la existencia de ese grupo tan importante para los puertorriqueño de su propia época y, especialmente, para la historiografía española, tanto la literaria como la histórica. Detrás de los planteamientos de Pedreira en este erudito ensayo, ensayo que demuestra su amplio y detallado conocimiento de la literatura y la cultura de España, subyace la crítica a un método de investigación que Ortega y sus discípulos proponían y que marcó por décadas nuestra historia, cultural y literaria. Desde que Ortega y Julián Marías adoptaron y adaptaron la teoría de las generaciones, España e Hispanoamérica se llenó casi matemáticamente de la generación tal y la más cual. Todas las letras hispanoamericana se leyó desde esa perspectiva, como lo demuestra la vieja historia de Enrique Anderson Imbert. Pedreira mismo quedó encasillado en nuestra llamada Generación del Treinta, junto a Palés, Arce de Vázquez, Belaval, Blanco, Meléndez y muchos otros. La crítica a este método subyace el texto de Pedreira, pero no llega a quedar formulada explícitamente. Pedreira duda de la existencia de una generación española marcada por el desastre de 1898, pero no llega a atacar el método empleado para crear tal denominación. A pesar de ello el ensayo es valiente e innovador.

La temática española abunda en Aristas… donde aparece un ensayo sobre el Quijote, texto que no tiene la agudeza crítica del antes comentado y que está compuesto esencialmente, al menos en su primera parte, por citas y citas de la gran novela. Se incluyen también breves textos sobre el mito de don Juan y sobre un interesantísimo personaje de la novela de Cervantes, Sansón Carrasco. (¿Se usaría con frecuencia en la España del Renacimiento y el Barroco ese nombre, Sansón, nombre bíblico en un contexto de antisemitismo galopante? ¿Habrá otros sansones españoles del momento?) Todos estos ensayos prueban el detallado conocimiento de la cultura española que tenía Pedreira.

Otro de los ensayos destacados de Aristas…versa sobre el color azul en las letras occidentales. Aunque el centro de atención es, obviamente, Rubén Darío y los modernistas hispanoamericanos, el ensayo sirve para destacar uno de los rasgos principales del libro: la amplia erudición del autor y sus más amplios intereses intelectuales. En este ensayo Pedreira rastrea el empleo del azul en las letras occidentales y, al hacerlo, muestra su amplio conocimiento de diversas literaturas europeas, especialmente la francesa. Este ensayo me hizo pensar en los libros de Michel Pastoureau, medievalista francés que ha escrito varios sobre la historia de diversos colores –azul, rojo, negro, verde…– en la cultura occidental. Pastoureau se centra mucho más que Pedreira en las artes visuales y en la historia. Sus libros sobre los colores están llenos de ese conocimiento aparentemente inútil que tanto me apasiona. El ensayo de Pedreira, en cambio, es mucho más limitado que los libros del medievalista francés, pero no deja de asombrar por su conocimiento de las letras europeas e hispanoamericanas. Esa misma erudición se manifiesta en otros textos de Aristas… –uno sobre Ibsen, otro sobre Marcial, otro más sobre el Diablo en las letras europeas– rasgos que habrá que tener en consideración al hacer esa necesaria revisión de Pedreira.

Los temas puertorriqueños aparecen también en esta colección, lo que sorprende algo si se tiene en cuenta que el libro se publicó originalmente en Madrid y que, por ello, tendría como lectores principales a los españoles. Dos ensayos relacionados forman el elemento puertorriqueño del libro y ambos versan sobre nuestro nombre, el de la Isla y el de sus habitantes. Leídos en el contexto de la ideología de Pedreira –su marcada hispanofilia– estos textos adquieren un rasgo que los coloca cómodamente en un libro publicado en España y para lectores españoles ya que en ambos textos Pedreira hace de manera indirecta una defensa de nuestras raíces hispánicas y un ataque a la invasión estadounidense. Otro rasgo que también marca estos textos es su familiaridad con la historia y la historiografía, elemento que también su observará marcadamente en Insularismo.

No me cabe duda de que el lector puertorriqueño de hoy se beneficiaría de la lectura de Aristas…, a pesar de los marcados cambios que hemos experimentado en cuanto a acercamientos críticos y a intereses temáticos. Es que en esta colección de ensayos nos topamos con un joven estudioso que adopta, por medio de su erudición, una actitud de sabio que no va con su edad. ¡Es tan duro pensar que Pedreira murió cuando sólo tenía cuarentaiún años! También podemos ver en estos textos su conocimiento e interés en la cultura española, rasgo que hay que calificar como hispanofilia y que, definitivamente, tiñe su visión de nuestra cultura ya que lo lleva a destacar nuestras raíces hispanas y a poner poco énfasis en nuestro mestizaje cultural, rasgo que Blanco, Belaval y Palés recalcarán.

Aristas… también retrata a un joven de una amplia erudición que se sentía muy cómodo al adoptar una voz autoritaria, rasgo que marca toda su producción. Para mí, la lectura de esta colección de ensayos me hizo pensar en todo lo que Pedreira pudo lograr en tan poco tiempo. Leo Aristas… y no veo a un joven de treintaidós años –edad que tenía cuando apareció el libro– sino a un hombre mayor lleno de erudición y valentía. Erró en muchas cosas, especialmente en su interpretación general de nuestra cultura, como Juan Flores nos ha hecho ver con tanta precisión. Pero no hay que recordar su juventud, sino su premura para darnos textos de importancia para nuestra historia como lo prueban sus libros sobre Hostos, sobre Celso Barbosa, sobre el periodismo en Puerto Rico y sobre el fatídico año de 1887. ¿Qué más nos hubiera dado de no haber muerto a tan temprana edad? Esa es una pregunta que no tiene respuesta y que, en el fondo, no nos debemos hacer; debemos ver lo que tenemos, lo que nos dejó, y no lo que pudo haber sido.

Espero que esta nueva edición de Aristas… lleve a los lectores dominicanos a descubrir a Pedreira –la introducción de Mercedes López-Baralt está dirigida a ese nuevo lector y cumple muy bien ese propósito– y a los puertorriqueños a colocar Insularismo en el contexto mayor de toda la producción de Pedreira para que vista en ese amplio ámbito podamos revisar sus logros y significados. Las acertadísimas críticas de González y, sobre todo, las de Flores todavía están vigentes. Pero se nos hace ya necesario revalorar otra vez más a Pedreira, ahora con una visión que vaya más allá de Insularismo. La reedición de esta colección de ensayos nos ayudará a así hacerlo.