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A contracorriente: la escultura liminal de Sarabel Santos Negrón

Especial para En Rojo

La primera característica que salta a la vista entre las obras que Sarabel Santos Negrón exhibe en el Museo de Arte de Caguas es su fisicalidad. Esta aseveración puede resultar un tanto obvia, por tratarse de obras escultóricas, pero no toda escultura –ni siquiera todo ensamblaje– aprovecha las propiedades físicas del material con la capacidad expresiva que demuestra la artista en su muestra Emplazamiento del Imaginario Costero. Si a esto se añade el hecho de que las obras incluidas son técnicamente paisajes tridimensionales en los que se funden la escultura, la pintura y la gráfica, resulta notable cómo la artista utiliza la elegancia como de caballo de Troya para tratar un tema muy feo y urgente.

El material del que hablamos es el policloruro de vinilo, mejor conocido como PVC; un polímero plástico que se utiliza ampliamente en la construcción, lo que nos ha llevado a asociarlo con tuberías de desagüe. Así que, antes de leer el título de la muestra, Santos Negrón nos da indicios del tema a tratarse mediante la selección de su material principal, uno utilizado como conducto de agua. Del mismo modo, la obra que recibe al espectador, titulada Pleamar, funciona a modo de clave en un pentagrama, pues es la única obra de la muestra que se encuentra en el suelo y es la más literal de la serie, titulada Mitigaciones. La misma consta de tiras gruesas de PVC curvadas en ondulaciones que imitan la creciente del mar sobre una base de arena. Así, se hace evidente que las labores curatorial y museográfica hacen consistentes la propuesta visual con lo estipulado en los textos de pared.

Todas las palabras en el título de esta exposición hacen referencia a espacios: emplazamiento es el acomodo de un elemento en un lugar, la imaginación es un espacio metafísico y la costa un espacio geográfico. Así que no es sorpresa que la serie constituya verdaderos paisajes, es decir, obras en la que el espacio es protagonista. Lo que sí resulta sorpresivo es la manera en la que Santos Negrón hace uso del relieve, un tipo de escultura poco utilizada en el arte contemporáneo. Tradicionalmente, llamamos relieve a las esculturas adosadas a una pared u otra superficie, resultado en una escultura de la que únicamente podemos ver tres lados (a diferencia de una escultura de bulto, o exenta, a la que podemos darle la vuelta). Por esta razón, muchos relieves suelen ser tallados en piedra o madera, o vaciados en metal, porque el artista suele partir de una estela que bien puede erigirse por cuenta propia o colocarse sobre otra superficie. Pero este no es, ni de lejos, el proceso que utiliza Santos Negrón. De hecho, la artista va directamente en contra de esta lógica milenaria, pues la talla es un proceso de extracción (se cortan pedazos del bloque y se retiran) y ella recurre al ensamblaje, el cual es un proceso de adición (juntando piezas prefabricadas).

Si utilizamos el término relieve para clasificar esta obra, es únicamente porque es más que clara la intención de que sean obras de pared. Tanto así, que la artista incorpora las paredes del museo a sus esculturas, nuevamente revirtiendo el proceso escultórico tradicional. Y es que –aun cuando algunas obras incluyen el soporte desde el cual se proyecta el PVC– Santos Negrón incluye los colores de la pared como parte de sus composiciones. En El punto de esfuerzo metafísico, por ejemplo, la pieza escultórica está montada directamente en la pared, y a su vez la pared está pintada en dos tonalidades que emulan un horizonte. Por otro lado, en La construcción de la Isla propia, un recuadro pintado en la pared hace las veces de marco, separando el horizonte pintado en el soporte de la obra del horizonte pintado en la pared. Si históricamente el paisaje ha sido un género asociado a la pintura, más que a cualquier otro tipo de arte, la artista además incorpora en su obra elementos de la museografía, sin llegar a convertir la muestra en una instalación. Pero estas no son las únicas maneras en las que Santos Negrón revierte la tradición artística en su práctica.

Las y los artistas de Puerto Rico llevan varias décadas utilizado el PVC como matriz de grabado, como alternativa al linóleo y la madera. De modo que ya existe una relación directa entre este material y la escuela gráfica puertorriqueña. Pero Santos Negrón, nuevamente, le lleva la contraria a esta relación. En lugar de utilizar el PVC como matriz, lo utiliza como soporte sobre el cual “imprime”, más bien, transfiere imágenes digitales. No siendo esto suficiente, en lugar de realizar hendiduras en la matriz, como regla general, hace que la matriz se proyecte en la dirección contraria al corte. Sin embargo, algunas de las obras incorporan cortes, como de gubias, que señalan el conocimiento de la artista sobre la relación histórica entre estas artes. Así actualiza la tradición, incluyendo elementos gráficos contemporáneos, al mismo tiempo que innova sin sucumbir a la presión del supuesto rompimiento con la tradición, si no que aporta nuevas prácticas desde la tradición misma. Siendo que esta es una muestra que se presenta como parte de la Poli/Gráfica de Puerto Rico: América Latina y el Caribe –descendiente de la Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe, celebrada desde la década de 1970–, la obra de Santos Negrón, como efecto colateral, le hace justicia a la escultura, un tipo de arte que no ha tenido del mismo reconocimiento nacional del que gozado la gráfica.

Sobre el tema que ha elegido trabajar la artista no podemos aportar mucho más, puesto que constantemente aparece en la prensa la lucha de los sectores ambientales por hacer valer la Constitución de Puerto Rico en contra de quienes buscar robarse nuestras playas. La obra de Santos Negrón, sin embargo, no es de carácter panfletario, si no que busca dirigir con el ejemplo. Esta exposición se compone principalmente de material encontrado y reutilizado, evitando así que termine convirtiéndose en micro plástico que terminemos consumiendo o que afecte la vida marina; así que su proceso es uno que aporta “su grano de arena” a la mitigación de contaminantes. Además, como afirma la curadora de la muestra, Elsa María Meléndez, la obra de Santos Negrón constituye una “promesa para el futuro”. Si una sola artista es capaz de transformar la basura que afea nuestras playas en elegantes piezas de arte, cuanto más puede hacer un pueblo entero para conservar la belleza natural de nuestros ecosistemas. Sin embargo, como la obra de Sarabel Santos Negrón, estos esfuerzos implican reinventarnos, sin necesariamente desprendernos de la tradición. Hay que nadar contra la corriente.

Será Otra Cosa-Por temperamento y por gusto poético

 

 

Especial para En Rojo

Se me disculpará que parezca que a estas alturas de nuestra modernidad venga aquí a hablar de toros. Lo que sucede es que acabo de volver de Sevilla y allí, entre el cante, el baile y los toques de guitarra, entre el pescaíto frito, el vino tinto y la cerveza fría, entre tanta campanada y vírgenes y nazarenos, entre tanto arte y tradición, descubrí al «Pasmo de Triana», el torero Juan Belmonte (1892-1962). No llegué a él por cuenta propia; me ha guiado la mirada de su biógrafo y paisano (mi otro gran descubrimiento del verano), el periodista y escritor republicano Manuel Chaves Nogales (1897-1944). Me atrevo a decir que los «descubrí» a ambos, así como algunos Millennials se la pasan descubriendo cosas que hace cien años ya existían. Con esto, lo que quiero decir es que Belmonte es de sobra conocido; seguramente mucho más de lo que lo es hoy Chaves Nogales por haber perdido la guerra y con ello su lugar en la memoria literaria. Pero como no soy aficionada a la tauromaquia ni cuento con toda la cultura del mundo, era poquísimo lo que había oído hablar del «Pasmo», casi nada, aun cuando le han dedicado, igual que a tantos otros toreros, canciones y versos a tutiplén.

Se sabe que la tauromaquia tiene un lugar importante en las letras españolas, sobre todo en las de la Generación del 27 que se encargó de resaltar la dimensión espiritual o artística de la torería. Sin embargo, saber esto o saber que a Belmonte se le considera fundador del toreo moderno es contar, si acaso, con un mero dato de cultura general en el que pasan inadvertidas todas las circunstancias que se conjugaron para que fuera él y no otro el que revolucionara la lidia de toros a principios del siglo XX. Lo que le gana el título, la particular combinación de vida y circunstancias, el entorno, la época, el carácter, los anhelos y las frustraciones que lo dotan de una nueva sensibilidad de cara a la lidia, aflora como lo esencial y verdaderamente importante cuando alguien como Chaves Nogales se da a la tarea de desentrañarlo y hacerlo constar. Cuando el periodista al que nunca le interesaron los toros olvida los prejuicios heredados y se interesa por aquello que no conocía y de lo que abominaba, consigue ver y mostrar que aquel torero era algo más que un matador.

A mí, por ejemplo, que de toreros y toros me negué a saber poco más de lo que le pude escuchar a Isabel Pantoja en las canciones que le dedicaba a su marido «el Paquirri» después de que se lo matara un toro, pudo haberme bastado con sólo conocer el dato más representativo de la identidad de Belmonte. Mas otro fue el cantar cuando aquella mañana crucé la judería de Sevilla camino a una librería creyendo que, por interesarme más la música flamenca que los toros, me iniciaría en la obra de Chaves Nogales con su historia sobre el bailador Juan Martínez, o quizá con sus crónicas sobre la Guerra Civil. No contaba con que el libro Juan Belmonte, matador de toros, publicado por el periodista hispalense en 1935, fuese a ser lo que es: un retrato que por medio de una gran narración refleja la dramática trama, muy bien urdida, de una vida artísticamente vivida para la muerte.

Una vez en la librería, en el momento decisivo de la elección, fueron tres las cosas que al hojear el libro me convencieron. La primera, mi interés por los gestos revolucionarios llevados a cabo por figuras menores que consiguen transformar el ser de las cosas, a veces con tan sólo decidir hacerlas a su manera. La segunda fue la forma biográfica, modulada por Chaves al estilo de lo que posteriormente se llamará Nuevo Periodismo. En tercer lugar, su desinterés por los toros y, en cambio, la gran afición del torero a la literatura.

Por «despreciar los valores aceptados, desdeñar las categorías establecidas y romper altivamente con el artificio tauromáquico», Belmonte, el hijo del quincallero, cruzaba el río a nado para ir al campo a torearle los toros al ganadero sin su permiso. Desnudo y a la luz de la luna o en las noches cerradas, contra la Guardia Civil y contra el mismísimo Estado, el «Pasmo de Triana» desarrollaría un nuevo sistema para practicar el toreo, caracterizado por su «técnica del parón». En la lidia, de hombres o de bestias, decía, el que sabe parar domina. A eso le debe su epíteto del «Pasmo», y también el que la gente le creyera loco por torear tan cerca del toro. Lidiar en el campo, y de noche, lo exigía así, con el toro bien ceñido; su proximidad era menos riesgosa que perderlo de vista en la oscuridad.

Belmonte le debió su estilo a estas condiciones en las que se vio forzado a torear por no congeniar con la torería castiza ni con sus «presuntuosos aficionados»; también, a su comprensión de la lidia como un ejercicio del espíritu más que del cuerpo. No había que quitarse cuando viniera el toro, sólo había que saber torearlo; el torero le marca el territorio a la bestia, no al revés. De no haber sido así, Belmonte, enfermo y contrahecho como era, habría muerto en la plaza según le auguraban todos. Pero el trianero, que a duras penas se paraba, en la plaza clavaba los pies en la arena y más que dirigir al toro con los brazos lo hacía con el espíritu, sin moverse, demostrando tener la fuerza del duende que decía García Lorca. Una fuerza que sólo llega cuando hay posibilidad de muerte y que «no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, viejísima cultura de creación en acto […]».

Con el primer dinero ganado en la faena, Belmonte recuperó a sus hermanitos de las casas de beneficencia. Aunque padeció la fama, el pueblo lo buscaba y él le daba todo lo que tenía. Fue un hombre solitario y atormentado existencialmente. Durante una temporada se refugió en la literatura a tal punto que creyó enloquecer. Cuando ya lo único que le faltaba era morir en la plaza como años antes le decía en broma su amigo el escritor Ramón del Valle-Inclán, en 1962, a una semana de cumplir los setenta, Juan Belmonte se pegó un tiro en la sien. Su biógrafo murió mucho antes, exiliado en Londres, donde sus restos descansan en una tumba sin nombre.  Y yo, apegada a la muerte, tanto como a la gente rara de la vida, puedo decir, gracias a su libro y con las palabras de García Lorca, «que por temperamento y por gusto poético, [ahora] soy un[a] profundo[a] admirador[a] de Belmonte».

 

 

 

 

 

 

 

De una Stadt un estar

 

 

Especial para en Rojo

 

–Ah, pero es que Berlín no es de los alemanes– declara el muchacho.

Acabamos de aterrizar y es ahora que intercambio palabra con la pareja joven sentada a mi lado. Ella recién empieza su labor como diseñadora de moda y luego de su estadía en Europa también visitará Marruecos a ver textiles. Parece que él, más hablador, conoce bien Berlín; le muestro dónde me voy a quedar, que he leído es un barrio post-punk/LGBTQ-friendly pulsando con artist lofts a lo East Village y comida árabe.

–Estaré cerca del apartamento de David Bowie –le sonrío, emocionada. Él no parece saber bien a lo que me refiero, pero me asegura que la ciudad entera me va a encantar.

Desde un principio nuestros acentos nos delataron unos a la otra. –En este vuelo sólo hay tres puertorriqueños –asegura, antes de rematar–: y claro, nos sentaron juntos.

 

El chiste me recuerda que cuando iba a entrar a la universidad y leí los nombres de las dos compañeras de cuarto con quienes estaría en el primer año pensé en uno de esos gags tipo “walk into a bar”. Éramos un judía, una puertorriqueña y una alemana. Temí que mi papel se limitara a ser el jamón de un sándwich sociocultural incómodo, lo que por fortuna no ocurrió. Volvimos a compartir espacio al próximo año y la amistad se asentó. En ese laboratorio de convivir ocurre el crecer y aprender rico, duro y humano que sólo ocurre en el contexto universitario, en el que lugar e intersección de experiencias van conformando nuestra adultez joven y nos empujan por rendijas y calles de mundo, en tropiezo con piedra y muro, con letra, música, color y deseo.

 

Una de esas compañeras de cuarto vive en Bruselas, labora en un puesto central del ala de prensa de la Unión Europea y se ha postulado como candidata del partido centrista Volt. Otra de mis amigas de la universidad, aunque no en ese trío de primer año, es también de Puerto Rico y actualmente funge como profesora de teatro en el sistema CUNY. Con ellas dos es que voy a pasar estos cuatro días en Berlín, para tener una mini reunión de amigas de la universidad y celebrar el que todas cumplimos cincuenta este año. Todas en distintas situaciones de vida, todas unidas por historia, amistad y lugar.

 

Si bien el muchacho declaró que Berlín no es de los alemanes, al cabo de estos días pude entender que cien años de cicatrices lo han vuelto hogar sin genitivo, ciudad que vibra con el eco de su historia.

Es una ciudad de contraste constante, de agobio y liviandad. El peso de la memoria roza con la libertad, con la consigna repetida de no juzgar. Sí, se ha escrito y se ha hablado muchísimo de la culpa colectiva (que justamente se manifiesta en carne propia en mi amiga desde joven, acarreada por tres generaciones) y del esfuerzo también colectivo por sanar, en más de una ocasión, y de los tropiezos de muros y triunfos de voluntades. Pero no es hasta caminar las calles de esa culpa y tropezar con las placas en las aceras de familias asesinadas, para entonces escuchar risas y toparse con un playground de niños alegres  -desde sirios hasta sinti, todos distintos y todos berlineses, en escena que parece anuncio de Benetton- que me doy cuenta de que el largo y arduo abrir y rellenar continuo de cicatrices de la historia ha sido labor pública y privada en esta ciudad, y que el sanar sólo se logra en un todo a la vez, en el vivir a toda luz para no olvidar el abismo que se abre a sólo unos pasos de sí.

En el portal de Brandenburgo vimos un mar de fanáticos del fútbol con sus camisetas rojas, listos para la final, cerca de los cánticos y el boombox de los Jews for Jesus que bailaban tan felices ahí como lo hacen en Manhattan (y es que los Jews for Jesus son los nuevos Moonies, sin duda). Miro el Reichstag y pienso en lo extraño que se ve sin la sábana de Christo. La Potsdamer Platz es anfitriona de un festival de la democracia europea lleno de folletos que incentivan el voto, marionetas para los niños y quioscos de curry wurst y cerveza. Los contrastes de ese día siguen al acercarnos hasta el monumento de los judíos asesinados de Europa, laberinto de paredes que se yerguen y hunden, y el museo de los horrores del SS, cruzando por Checkpoint Charlie y los remanentes del Muro de Berlín. Almorzamos falafel y charlamos del sexo a los cincuenta. Esa noche nuestra amiga teatrera nos lleva a una obra de teatro experimental sobre masculinidades aplastadas, secas por el peso tremendo de esa cosa tremenda llamada padre, y más tarde ella y yo comemos en un chinchorro turco cuyo dueño, encantado al saber que somos de Puerto Rico, nos pone música de Pedro Capó, nos sirve dos copas más de vino, y postea foto de nuestro festín en su Instagram.

En el vecindario de Kreuzberg pasamos dos días de más contraste, de caminar constante, de grafiti y café turco, del sonido sibilante de bicicletas y ese gutural teutónico que jamás lograré imitar. Hojeé títulos protofeministas en la librería Buchhandlung y luego en CoreTex Records consideré comprarme las famosas sandalias FCK NZIS (opté por una camiseta del también famoso donen kebab que imita el diseño de la carátula de Unknown Pleasures, de Joy Division). Esa noche, tras otra obra teatral, fuimos a bailar al Beate Uwe, uno de esos nightclubs que mezclan un artsiness descalzo y jipitón de do your own thing con música de vibe electrónico pero relax, donde veinteañeros en minifalda se codeaban con mujeres de sesenta con una capacidad coreográfica impresionante.

Las elecciones de la UE son en pocos días, y la ciudad está llena de pancartas y afiches para el sinfín de candidatos de partidos locales y transnacionales. Aquí Berlín anuncia y se aferra a su pasado de la topografía de terrores, con la urgencia de aniquilar todo fascismo, hasta en chistes que los mismos partidos de centro izquierda ponen en esos afiches. “No más nazis”, se cuelga de los postes de luz. Y las ordenanzas que se hicieron en 1936 contra los judíos periodistas, o médicos, o reposteros, prohibiendo usar espejuelos, o abrelatas, también cuelgan de esos postes como recordatorio para que el viajero atento que mira hacia arriba los pueda leer justo antes de cruzar la calle. Y la urgencia contra el genocidio en Gaza está ahí a la vez, en plazas y museos, y en afiches también, en supermercados y buzones. Cerca de esos postes están las señales de cruce de peatones- el único remanente de ese moverse urbano que los berlineses de occidente quisieron preservar de sus hermanos del oriente, porque esas figuras de camaradas que enérgicamente van al trabajo y cruzan la calle con propósito se han convertido en símbolo de los residentes de la ciudad entera.

El barrio turco y el barrio sirio me hacen sentir que vuelvo a la Ponce de León de los 80, o a la Calle 14 entre 7ma y 8va en NYC. Pero aquí, mucho más que en cualquier otro sitio que haya visto, lo masculino se asienta en los frentes de cada negocio. Perfumerías de aires pesados, cafés humeantes con hookas colgantes, tiendas de aparatos electrónicos, almohadas envueltas en plástico a la venta: todo rodeado de hombres de todas las edades que acaparan cada espacio de cada silla y mesa y fuman ahí, mirando el mundo pasar. Más perfume. Mucho oud. Pistacho, esencia de rosa.

Y Rosa. Rosa Luxemburgo es lanzada al canal Landwehrkanal en 1919, tras ser ejecutada con dos balazos en la sien. Es el canal por donde caminamos, acompañados de un amigo de una de mis amigas, que nos narra la ciudad y su historia mientras empuja el coche donde su bebé de año y medio duerme. Duerme en tanto que la ciudad vibra.

Es verdad: Berlín no es de los alemanes. Berlín es rendijas y calles de mundo, en tropiezo con piedra y muro, con letra, música, color y deseo. Con cicatriz y sin genitivo, Berlín.

 

(mayo de 2024)

 

 

La Mancha de Plátano en York: El rastrillo.

 

Iván Pérez

 

Al venir a York a vivir quedó en casa el viejo rastrillo de metal de mi Viejo el que heredé gracias a mi hermano Hector. Ese rastrillo, herramienta sencilla y rutinaria en la vida de un jardinero, es una de las cosas que más evoca el recuerdo de mi Padre, por tanto para mi tiene un valor muy grande más allá de su costo.

Cuando niño lo veía doblar y ajustar cada uno de sus veinte y seis dientes metálicos, yo le preguntaba, «¿Papi qué estás haciendo? y él sin perder la concentración me contestaba, “Afinándolo Vanchi, afinándolo.» Luego veía como lo deslizaba con su mano derecha a la distancia que deseaba para entonces detenerlo con la izquierda y peinar el suelo con maestría al acumular las hojas alrededor de la base de los árboles.

El sonido de su rastrillo al recorrer el suelo siempre fue música para mi. Esa imagen de mi Viejo rastrillando viene a mi una y otra vez y me hace niño por un instante a los sesenta y siete años.

Esta mañana leí a mi Primo quejarse de que en el edificio donde vive llevan cinco días corridos pasando blower y recogiendo hojas. Me imagino el ruido infernal. ¿Por qué vemos las hojas secas como un estorbo o falta de limpieza?

«Cuando los invertebrados consumen las hojas que caen de los árboles (materia foliar), la rompen en trozos más pequeños. Luego, las fuerzas combinadas de bacterias y hongos descomponen estos pedazos y los convierten en nutrientes valiosos como nitrógeno, calcio y azufre que ayudan a alimentar a los árboles y otras plantas.»

Estuve meses en York buscando un rastrillo de metal y no lo encontraba. Fui a varias tiendas y ferreterías, a garage sales, a pulgueros y nada. Un día paseando con Maricarmen pasamos por un granero que han convertido en tienda de antigüedades y nos paramos a darle una visita. Al entrar observé que tenían una gran cantidad de herramientas. No pasaron cinco minutos cuando Maricarmen me dijo que se quería ir -las herramientas no son lo suyo-, pero ya a punto de salir en una esquina vi un barril lleno de rastrillos. El niño se apoderó de mi y emocionado empecé a sacarlos uno a uno del barril hasta encontrar uno casi igual al de mi Viejo. Lo miré de arriba a abajo y empecé a contar, «Uno, dos, tres… no lo podía creer… veinte y cuatro, veinte y cinco y ¡¡¡veinte y seis!!!» Pagué los ocho dólares y me lo llevé pa’ casa feliz como si se tratara de un juguete en Nochebuena.

Cada otoño acomodo las hojas al pie de los árboles y arbustos para que poco a poco se descompongan y vuelvan a ser nutrientes y alimento para ellos, mientras escucho la música de mi rastrillo sembrándome de recuerdos.

 

 

Vecinos

 

Armando Figueroa Rojas

-De hoy no pasa – Edna se dice.

Lleva toda la mañana asomándose al portón de la marquesina. A sacudir el polvo del trapo, o las pelusas de la escoba. A tomarse un descanso para fumar un cigarrillo, mirando la calle vacía y el azul limpio del cielo. Nunca falla: día claro, día de mucho calor en Bay Gardens. Y todavía queda dar cera a los muebles, mapear el suelo de la cocina y desatascar los desagües del patio. En una casa, dondequiera que se mire hay algo que limpiar o arreglar.

Aunque, en verdad, el día está para coger el traje de baño, llenar la neverita de cervezas y guiar hasta la playa de Cayanos. Con el viento salado en la cara, una podría pasarse horas a la sombra de los hicacos, mirando el mar. O tumbarse donde la ola rompe mansa en la orilla, a sentir el espumero refrescante en el cuerpo, mientras las palmas y la arena van cambiando de color con la puesta del sol.

Cuando Edna por fin ve al vecino sacando la basura, sale a la acera. Tal y como está: descalza, en mahones rotos y una camiseta vieja. ¿Qué otra ropa va a ponerse para trabajar en casa? Además, es el Goyo de toda la vida. Hay confianza. Edna y él se mudaron el mismo año, con la urbanización recién inaugurada. Cuando la manzana estaba medio vacía, aun oliendo a cemento húmedo y cal, y a la calle le faltaba el remate de las cunetas. En los alcorques unos palos de goma raquíticos apenas se sostenían tiesos. Acabaron muriéndose, y hubo que arrancarlos para plantar los almácigos y tintillos que todavía siguen ahí.

Goyo levanta la tapa del zafacón soterrado y deja caer una bolsa negra. Se sacude las manos y comprueba que no se ha manchado la ropa. Respira hondo, midiendo la calle de una esquina a otra, con las manos en la cintura: carros parqueados rozando la acera, buzones de aluminio, marquesinas trancadas con cadenas y candados. Una palmita ornamental aquí, una trinitaria allá. Gramas lisas, como de paño de billar, con o sin cerquillo. No hay dos jardines iguales, pero todos se ven bonitos.

Al ver a Edna, se le acerca.

Desde que vive solo, el vecino se la pasa trancado en su casa. Y cuando sale, hasta en sus días libres lleva el uniforme de guardia y el arma de reglamento. Como si necesitara recordarse a sí mismo que es Jefe de Seguridad en el centro comercial de Bay Gardens. O quisiera recordárselo a la gente.

Edna se quita el pelo y el sudor de la cara; echa el humo del cigarrillo al aire. Contrariada, aparta con el pie desnudo las hojas secas que cubren el terrazo de la marquesina.

-Goyo, fíjate.

Mira el daño que han hecho el sol, el viento y el agua a las losetas de la entrada. No tienen ni cinco años de puestas y ya han perdido el color.

-Qué buen día de playa, ¿no? – dice Edna, mirando a lo lejos.

El cielo acaba de abrirse aún más, aumentando su anchura. No hay ni una nube, ni una bruma siquiera que tape la claridad. La calle, con sus carros y jardines y casas, se ve nítida. Aunque el poco aire que se mueve es pura candela.

-Por cierto, ayer me la encontré – ahora Edna mira de frente al vecino.

Goyo hace como si fuera a darse media vuelta, pero se queda ahí, clavado en la acera. Es como un querer y no querer irse. Continúa con la mirada fija en las losetas desteñidas.

-Y me contó.

Que, antes del cierre, llegaste embalado en el carro de Seguridad; parqueaste, mal, en la zona de carga y descarga. Y te plantaste justo enfrente de la entrada. Ni que tu trabajo, en vez de evitar robos y asaltos en el parking, fuera vigilar en persona la tienda donde ella trabaja. Mirándola con ojos locos, yendo de un extremo al otro de los escaparates, agitado.

Cuando la perdiste de vista entraste por las puertas automáticas como una ventolera. A ti tuvieron que agarrarte unos clientes; a ella, sacarla las vendedoras por la puerta trasera del almacén, y llevársela escondida en un carro.

-¿Qué fuiste a hacer allí, Gregorio?

Y no me vengas con que sólo a hablar las cosas. Para hablar no hay que perder la tabla antes. Fuiste a pegar gritos, como siempre. A oírte a ti mismo haciendo ruido, porque no eres capaz de escuchar razones. Sabes muy bien por qué ella se fue de casa. Yo también lo sé.

-Ibas a caerle encima, ¿verdad?

Ella lo tiene decidido: va a dejar el trabajo en el centro comercial, irse a otra urbanización, donde nadie la conozca, y empezar una vida nueva. La que tenía en Bay Gardens se la has desbaratado, y ya no tiene arreglo. Una no puede vivir sabiendo que un hombre la persigue a todas partes. Y que ese hombre está ahí, pegado a una como una sombra, hasta cuando no hay nadie a la vista.

-Olvídate de que existe, Goyo.

El fuego sólo sabe prender más fuego. Y tú vas a acabar quemándote. Pero, OK: pongamos que te empeñas en dar con ella, cueste lo que cueste; y que la procuras aquí y allá, preguntando en cada esquina; revisando la guía de teléfono, yendo de centro comercial en centro comercial, por toda la isla. Y ponle que al final la encuentras. ¿Entonces qué?

Edna lanza la colilla al aire: su vuelo acaba en un estallido de chispas coloradas contra la acera. Son lucecitas que brillan en medio de una luz transparente, como de cristal pulido. Y se apagan, convertidas en humo.