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Los profesores enemigos, o sobre la ética del oficio intelectual

Especial para En Rojo

 

A Gustavo Rivera Santiago

 “It is the responsibility of intellectuals to speak the truth and to expose lies. This, at least, may seem enough of a truism to pass over without comment. Not so, however. For the modern intellectual, it is not at all obvious”.

Noam Chomsky, “The Responsibility of Intellectuals” (1967)

(Lo siguiente son algunos fragmentos de un trabajo más extenso titulado “El asalto a la razón. La nueva derecha y el irracionalismo, el marxismo y la ilustración”.)

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Desde que J.D. Vance fue elegido por Donald Trump como compañero de papeleta para ocupar el puesto de la Vicepresidencia de los Estados Unidos, se han vuelto a circular en distintos foros y redes unas declaraciones suyas en la Conferencia del Conservadurismo Nacional (National Conservatism Conference) del 2021. J.D. Vance, invitado como orador para cerrar esta conferencia, inició su discurso de 30 minutos indicando que la agenda conservadora requiere que “se ataquen agresivamente y honestamente a las universidades”.

Las universidades “controlan”, según Vance, el pensamiento y la investigación, controlan lo que se considera verdadero y falso en la sociedad. “Vivimos en un mundo”, dice J. D. Vance, “hecho efectivamente por conocimiento universitario”, y que incluye “falsedades” como los derechos de la comunidad trans, la justicia ecológica y la teoría crítica de la raza. Por todo lo dicho, J.D. Vance concluye su discurso rescatando una frase Richard Nixon:

“Los profesores son el enemigo”.

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La nueva derecha es una respuesta a la agonía del capitalismo, al lento crecimiento de la economía mundial desde, por lo menos, el 2008. Los intentos desesperados por aumentar las tasas de ganancia adquieren en este periodo de agonía un carácter desesperado, irracional. Si, antes, una política económica “correcta”, “estudiada”, podría ayudar a elevar el tamaño de la economía capitalista, desde la Gran Recesión del 2008 todo intento de política pública ha resultado insuficiente. Y late, a la vuelta de la esquina, al final de cada trimestre, el peligro de una próxima recesión, de nuevas pérdidas, de nuevas quiebras. Por eso, el aumento en las ganancias se tiene que dar bajo cualquier medio que sea necesario. En lugar de ver al capitalismo y sus contradicciones inherentes como el problema actual de la economía y la sociedad, la defensa (a su vez, también irracional) del capitalismo traslada el problema a otras esferas: a la globalización (razón por la que hay que imponer aranceles para proteger la economía nacional, según la nueva derecha), a los impuestos progresivos (por lo que hay que eximir al gran capital de estos), a la crisis climática (que entorpece los negocios, por lo que buscará negarse). Si toda la ciencia, si el progreso del conocimiento, apuntan a lo contrario, habrá que deshacerse, también, de la ciencia y el conocimiento. Si no funciona para elevar las ganancias, si todo resulta un experimento que acelera la recesión, poco importa; los intentos previos, todavía dentro de la lógica del capital, tampoco lograron mucho.

El irracionalismo de la nueva derecha es, pues, una respuesta coherente desde la perspectiva del gran capital, es una locura cónsona con los problemas del capitalismo: la locura propia de la agonía del capitalismo.

Pero el irracionalismo no es servilmente aceptado, o no en su totalidad, y es resistido en distintos espacios. Por eso, y ante el carácter autoritario de la nueva derecha, que cree en un estado fuerte para aplastar la resistencia, el irracionalismo buscará no solo imponerse sino crear las condiciones para que no haya futura resistencia. En Estados Unidos, los efectos en política pública de esta agenda contra el oficio intelectual incluyen, bajo la nueva presidencia de Donald Trump, la eliminación del Departamento de Educación a nivel federal y una campaña de imponer altos impuestos a las universidades privadas de los Estados Unidos para crear una fraudulenta “American Academy” virtual, que reemplazaría la actual estructura de grados universitarios. En el proceso, a través de las nuevas políticas federales, se restringen los fondos para investigaciones que parecerían contradecir la política de la nueva derecha.

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Las acciones del gobierno de Donald Trump contra las universidades resultan escandalosas, violentas. Pero la afirmación de que el profesorado es el enemigo del programa conservador no debería conmovernos. Deberíamos reconocerlo y afirmarlo.

Todo parte del punto de enunciación. Quien nos considera “enemigos” no es un ente neutral, ni incluso uno que cree en la razón, sino un portador de la mentira, y representante de las fuerzas que la propagan. Estas transmiten y difunden “conocimiento”, pero “conocimiento” que no se sostiene ante la realidad. La creación de este falso conocimiento, de esta ideología en su sentido negativo, no se debe a la razón, al estudio, al experimento, sino al prejuicio, al oportunismo, al interés inmediato. No solo el fin justifica los medios, sino que la lógica irracional (fase superior de la lógica neoliberal) justifica el fin.

Cuando reconocen a los profesores y a las universidades como enemigos, se apunta a una diferencia entre ambas partes en su aproximación hacia lo real y hacia lo falso. La universidad es, no solo un centro de acopio del conocimiento logrado hasta el presente, sino también un centro de difusión de este conocimiento, y de su expansión y desarrollo: si bien coloquialmente se habla de la “creación” de conocimiento – y, en efecto, cada adelanto requiere un alto grado de creatividad -, lo que ocurre en la universidad es que el conocimiento avanza por vías de las múltiples manifestaciones de la razón. Esto incluye también el cuestionamiento continuo de lo que se pensaba conocido, un eterno retorno que siempre dice más.

Digamos que, si afirmamos que la docencia está en búsqueda de la verdad, hablamos de un oficio que tiene como meta explicar un fenómeno, o por lo menos entenderlo un poco mejor. Este oficio intelectual requiere cierta imparcialidad, cierta objetividad; los juicios previos no llevarán a desconocer el resultado si contradice tales juicios. Al decir de Fernando Savater, en su ensayo “Potenciar la razón”, “la razón busca verdades, opiniones más reales, más próximas a lo real, con más carga de realidad que otras. No está igualmente próxima a la realidad cualquier tipo de forma de ver, de entender, de operar. La razón es esa búsqueda de verdad, esa búsqueda de mayor realidad, con todo lo que el descubrimiento de la realidad comporta”.

A la verdad, por tanto, se le aproxima, en una búsqueda sin fin. Esto, sin embargo, no quiere decir que la razón sea una herramienta poco dada para alcanzar el conocimiento. Ante esto, vale recordar el adagio hegeliano, que afirma que todo lo real es racional y todo lo racional es real. “Ciertamente”, dice Savater, “la razón tiene unos límites. Lo que no hay es otras vías alternativas de conocimiento […] Debemos afirmar esto, a pesar del predominio que hay en nuestra época de entusiasmo por los milagros y las cosas paranormales”.

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El oficio intelectual, es decir, el apego a la verdad, o a la búsqueda cada vez más próxima a ella, requiere, por tanto, un posicionamiento estricto, riguroso. Si se practica el razonamiento, si se cree en el intento de aproximamiento continuo a la verdad, no puede negarse la realidad si esta nos indica algo contrario a lo que se esperaba, a lo creíamos, a lo que queríamos. La búsqueda continua del conocimiento requiere la honestidad brutal, implacable, que el propio ejercicio de razonamiento necesita. La razón, en ese sentido, no solo es método, es ética.

Esto presenta un problema, una contradicción, no solo ante el irracionalismo de la nueva derecha, sino ante los intereses del sistema capitalista en su totalidad. Los hallazgos científicos continuamente apuntan hacia el problema y la raíz de la crisis climática, hacia los problemas salubristas que surgen de la producción de energía sucia, de las ventajas de una producción agroecológica por encima de la producción agroindustrial. Si la razón requiere una ética, y el desarrollo del conocimiento indica, a cada paso que se avanza, que el sistema capitalista es uno fundamentado en toda una serie de contradicciones, ¿cómo responder ante estos hallazgos y ante la contradicción continua con la sociedad existente? El oficio intelectual requiere, categóricamente, que se pronuncie la verdad y se posicione junto a ella. (La posición anticapitalista no es un juicio previo, sino una conclusión a la que se llega con el avance de la razón. Pero eso, para un próximo escrito.)

El oficio intelectual, pues, carga con una ética que requiere, muchas veces, un posicionamiento. Y por eso las universidad y los profesores son vistos, correctamente, como fuerzas enemigas. “La educación”, dice Savater, “debe potenciar la razón y por lo tanto aprender a rebelarnos contra la sinrazón –porque naturalmente una de las dimensiones de la razón es la rebelión contra la sinrazón–, es decir, las personas racionales no lo son sólo porque se comportan racionalmente, sino porque luchan por vivir en una sociedad racional y razonable, porque luchan por que no predominen los dogmas irracionales, las supersticiones, los fanatismos, aquello que de alguna forma iría en contra de la razón. De modo que la razón es una muestra de convivencia, pero también una fuente de disidencia y de rebelión”.

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Que la nueva derecha, promotora del irracionalismo, nos considere enemigos, no tiene nada de extraño. Lo extraño, desafortunado, patético, es la respuesta de una parte importante de las gerencias universitarias ante el ataque frontal del gobierno de Donald Trump a las instituciones de educación superior. Ante la amenaza de recortar fondos, la gerencia universitaria ha cedido, o, dicho en términos coloquiales, se ha arrodillado.

Pero aquí también se ve la tragedia de la universidad moderna, pues incluso ella misma se ha alejado del oficio intelectual. En un artículo titulado “Who actually runs Columbia University?”, publicado en The Guardian, Arjun Appadurai y Sheldon Pollock, por un lado critican el que Columbia University dócilmente se haya prestado al chantaje del gobierno de Donald Trump y haya cerrado programas, despedido a personas y llevado a cabo una persecución política contra la propia comunidad universitaria, en particular de sus estudiantes; por otro lado, señalan que la gerencia universitaria es, no solo en Columbia University, sino en las universidades privadas y públicas del país, cada vez más, eso: una gerencia que administra la universidad como empresa, con una visión privada y privatizadora de lo que debería ser un fruto aprovechado por todos: el conocimiento. Las Juntas Directivas, los Presidentes, son más representativos de la clase capitalista que de la propia comunidad. Por eso, en todo este proyecto de neoliberalismo educativo, no han detenido el proceso de subordinar las investigaciones a fondos externos (es decir, a intereses externos), pues nada más cercano a la visión de la producción capitalista; no han retado la mercantilización de la educación a través de los escandalosos costos de la educación, ya que nada más obvio para la producción mercantil que ver a estudiantes como clientes.

En Puerto Rico, el caso no es distinto. La gerencia universitaria, subordinada a los intereses partidistas más anti universitarios, y además, coloniales, promueve una agenda que va contra el oficio intelectual. Esto, lamentablemente, incluye, no solo a las personas de la Junta de Gobierno, de facto alejadas de la comunidad universitaria. Antes, el desvío de la verdad ocurría casi exclusivamente en aquella docencia que, además de su vida universitaria, tenía una vida privada, en la que hacían investigaciones (de materia económica, digamos) en las que terminaban por decir lo que el cliente deseaba. El desvío de la verdad ahora se ha expandido, e incluye a docentes cuyos únicos ingresos provienen de la universidad. Sobre todo, incluye a aquellos miembros de la comunidad universitaria que ascienden a puestos gerenciales para propagar los intereses del partido en el poder y propagar la mentira. La mentira, sobre la posible pérdida de acreditación si se aprueba la reforma universitaria; la mentira, como decir que los programas académicos no se han revisado desde el 2017, razón por la que deberían dejar de aceptar estudiantes en la actualidad. El romper con la ética del oficio intelectual es romper con los principios universitarios, donde solo hay dos crímenes: el plagio y la falsedad. Han dejado de ser universitarios. En efecto, administran su desmantelamiento.

La resistencia, casi exclusivamente, se ha dado desde los sectores laborales y estudiantiles de la universidad, que, a diversos grados, sí mantienen una relación más directa con el oficio intelectual. Sindicatos docentes, agrupaciones estudiantiles, se posicionan y movilizan día a día, semana tras semana, en contra de la amenaza autoritaria de la nueva derecha.

Pero hay que señalar también que la actitud anti ética ante el oficio intelectual no es exclusiva de la nueva agenda conservadora, ni del republicanismo. En Estados Unidos, el irracionalismo que busca ocultar la verdad ha sido asumido, igualmente, por los sectores liberales en asuntos de escala internacional como el genocidio en Gaza impulsado por el estado de Israel con el apoyo financiero y militar de los Estados Unidos. La represión en Columbia University, en efecto, de una escala cualitativa mayor en la actualidad, inició previo al chantaje trumpista. En casos como el del conflicto palestino, sectores importantes de la universidad, de los medios de comunicación, han optado también por desviarse de la verdad, por ocultar la verdad. En la medida en que el irracionalismo está al interior de la defensa del capitalismo, o incluso de la ingenuidad ante ella, brota con facilidad para descartar el derecho a la expresión y a la asociación. Los sectores liberales, pues, sin formar parte de la nueva derecha, tampoco se han alejado del irracionalismo y su política represiva. Se requieren, pues, miradas radicales a la sociedad y a la universidad. Solo la crítica implacable hacia todo lo existente es compatible con el oficio intelectual.

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Durante esta reflexión, me he referido al “oficio intelectual”. Esto, con la intención de, por un lado, hacer referencia al propósito principal – o lo que debería ser el propósito principal – de la universidad. Pero, también, para poco a poco romper con la idea de que el ejercicio de la razón sea algo vinculado a un trabajo asalariado particular. La búsqueda del conocimiento no es exclusiva de la universidad. Todas las personas participamos de ella. No hay día en que no se requiera de la razón para la toma de decisiones.

El pensar que el oficio intelectual recae únicamente sobre “trabajadores intelectuales” es repetir, reificar, la división entre trabajo manual y trabajo intelectual surgida a partir de la división en clases de las sociedades humanas. Antonio Gramsci, en su artículo “La formación de los intelectuales”, correctamente rompe con esta noción, al afirmar que hay que distinguir entre quienes ejercen “la función de intelectual” de “el intelectual”. Aquellos que ejercen la función de intelectual lo hacen porque, en la división social del trabajo, recae sobre ellas esa labor, particularmente como asalariados. Sin embargo, todas las personas ejercen la búsqueda de la verdad. “Por consiguiente, podría decirse que todos los hombres son intelectuales, pero que no todos tienen en la sociedad la función de intelectual. […] Esto significa que si bien se puede hablar de intelectuales, no podemos referirnos a no intelectuales, porque el no intelectual no existe”.

La ética del oficio intelectual recae sobre cada uno de nosotros, en el momento en que es necesario usar la razón para la toma de decisiones, en la que es necesario escuchar, argumentar, debatir. Por lo tanto, la responsabilidad ante la razón, ante la verdad y la denuncia de las mentiras, recae sobre todas las personas.

Esto también deberá llevarnos a una reflexión lamentable, pero necesaria: ¿qué hacer si la agenda de la nueva derecha, en efecto, destruye el propósito de las universidades tal y como las conocemos? Aunque desafortunado, no es tampoco una situación de catástrofe total: el oficio intelectual deberá continuar ejerciéndose, desde espacios que necesitamos crear: apoyado por sindicatos todavía comprometidos con el oficio intelectual, centros culturales autónomos, desde espacios y medios independientes, que a principios de siglo XX llevaban el adjetivo “obrero” (y con razón) y que necesitan crearse ante la agresión conservadora irracional.

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¿El fin de la universidad? Tales proclamas solo pueden hacerse desde la pasividad, y la pasividad no es cónsona con el oficio intelectual. La defensa de lo mejor de estos proyectos educativos, con un gran “a pesar de”, está al centro de la agenda del día. Y no hay excusa disciplinaria que valga, pues, como seres sociales, nos debe preocupar e interesar todo lo que ocurre en ella, buscar la verdad, posicionarse con ella. Algunas escuelas filosóficas añadirían: buscar la verdad es buscar la belleza.

Cierro con unas palabras de Margot Arce de Vázquez. El 4 de noviembre de 1961, se celebró la primera Asamblea General de la Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios. En esta, Margot Arce pronunció un discurso titulado “La responsabilidad del profesor universitario”, donde dice: “Un profesor universitario no puede encerrarse en su torre de marfil ni desentenderse de los problemas de su tiempo, de su país y de los del mundo. Ha de estar bien enterado, formarse una opinión y un juicio personal y tomar honradamente partido sobre ellos. Precisamente, la desaparición del maestro […] se debe en gran parte a esa neutralidad que se exige hoy en todas partes de los profesores […] que les impide pronunciarse, justamente sobre las cosas esenciales y que más nos importan: sobre la religión, sobre la filosofía, sobre la política” (Obras Completas, Volumen 3, p. 276).

Duelo y utopía de María Teresa Machado

En Rojo

 

Leo Duelo y utopía. Poemas para Federico, de María Teresa Machado. Lo publica la editorial Isla Negra en su colección Filo de Juego, que recuerda a aquel proyecto de poetas jóvenes universitarios de hace algunos años. Machado era entonces, quizás, la más joven de aquel grupo muy diverso. Apenas hacía públicos sus poemas. Es apenas en 2017 cuando publica su primer poemario, Grano de sal. Este que leo es su segundo.

Ya desde el título se asoma un entrelazarse de formas profundas por la aparente contradicción entre el “duelo” y la “utopía”. El libro está dedicado a Federico García Lorca  y abre con un poema del enorme poeta español : El poeta dice la verdad. ¿Qué verdad nos va a versar María Teresa? Quizás que aunque proceso de duelo implica una pérdida también puede abrir la puerta a una utopía personal o colectiva, donde se busca un futuro más satisfactorio y significativo.

 Lagrimaceremos
pero nos consolarán la brisa y las sílabas de las últimas palabras.
Las letras recuperadas formadas de tiempo y de aliento
nos permitirán celebrar
todo lo que queda por decir.

¿Utopía como esperanza? Sí. Además, tanto el duelo como la utopía pueden ser parte de narrativas y modos de poetizar colectivos. Un poemario que honre esas pérdidas (García Lorca como paradigma), promoviendo el cambio social y la sanación a través de la solidaridad, es un texto necesario. Y hay en este poemario versos que reflejan un compromiso con la emoción conmovedora:

 Presiento el derrumbe de los cimientos de las catedrales
Y me conmuevo ante el dolor de los cuerpos
Que fueron testigos del fuego que consumió
La biblioteca de Alejandría.
Quisiera poblar cada esqueleto con sueños y homenajes
Y cumplir póstumamente el deseo del beso y la caricia.

Casi como aquel poema que Miguel Hernández le dedicara a Ramón Sijé, justo en aquel crepitar de la historia que también se tragó a Federico.

Todo el poemario se ve atravesado por la música. Digamos aquí, la música como vínculo, sanación, consuelo. Vínculo amoroso y enlace de una comunidad. Música como ritual y activación. Desde el bolero a Vivaldi, a Carmina Burana. Nos dice que Una guitarra es la cintura del mundo entre tanto el yo poético muestra lo más íntimo de esa “biografía” amorosa que se va construyendo siempre con un fondo musical. Es esa intimidad la que resuena aquí como una herramienta poderosa para procesar el duelo y renovar la utopía. Al terminar de leer este libro se tiene la sensación de que hay esperanza. El amor es un refresco en el desierto de lo real. Dejo este poema de María Teresa Machado para solaz de los lectores.

Tus partituras sobre la mesa

 Llegaste a mí
Y en un segundo
Extendiste todas tus partituras en la mesa:
La música que te inspiré cuando me viste,

La música que creaste para otro
Que aún no te ha pagado,
La música que ofrendas voluntariamente
A un asilo de ancianos,

La música que improvisan en el metro
Camino a tu trabajo, porque sí
O para acompañar a un colega
Que pide unas monedas

Con acordes hambrientos,
La música que has compuesto en los últimos cinco años
Inspirándote en los cuentos sufíes,
La música que asumes por encargo

En pos de la promesa adulterada
Del dinero que te permitirá
Llegar a fin de mes.
La música para una película

Que te devolvió por un instante
La utopía de vivir de lo que eres:
Un músico que respira melodías en todo lo que hace,
Una persona que camina recogiendo las notas quebradas
Que otros dejan sin leer en el camino,

Un deambulante que e duele la rabia al ver cómo se extiende
Este pentagrama pandémico de notas cadavéricas
Que borra la inscripción de los huesos y las memorias.
Pero tú, mi sufriente músico de bolsillos agujereados por los que cabe el mundo,

Eres, a la vez, fuente de notas sincopadas
Que me hacen cosquillas en los labios. Y todo por ello,
Quiero caminar contigo la gruta del trino de los canarios
Que cantan emplumados  su propio son a pesar de tanta oscuridad.

Hubiera preferido no haberte conocido
Si ello hubiera podido evitar las calles vacías.
Pero soy un pentagrama blanco y sediento
Y tú eres más cierto que todos los géneros musicales.

Nombra la melodía de esta brisa que me lleva al aliento
De todo lo que eres.
Tu partitura recuerda a mi corazón
Que las combinaciones musicales son infinitas.
En medio de este caos de urnas vacías y ataúdes sin despedidas

Mi mirada quiere abrazarte en un adagio.
Y mi cuerpo es una sinfonía total para quererte.

(María Teresa Machado, Duelo y utopía)

 

 

 El día que el mar rugió en Arecibo

 

 

 

Me llamo Manuel. O me llamaba. Ya no importa.

Lo que importa es que estuve allí.

Cuando los ingleses vinieron por nosotros.

Cuando el mar de Arecibo, que siempre fue amigo de pescadores y niños, se volvió espeso, tenso, como si presintiera el hierro que se avecinaba.

Fue en el año del hambre —porque todos los años lo eran—.

España mandaba más cruces que pan. Más decretos que harina.

Y nosotros, los hijos del sol y la sal, sobrevivíamos como sabíamos: sembrando, pescando, aguantando.

Aquel agosto, el mar trajo dos barcos ingleses.

Venían como todos los imperios: con cañones, con banderas, con el hambre vestida de civilización.

Y nosotros, en Arecibo, teníamos machetes, lanzas, y al Capitán Correa.

Correa era hombre de mar, de monte, y de palabra.

No hablaba mucho, pero cuando hablaba, se le paraban derechas las hojas a los árboles.

Tenía la mirada de quien ha vivido sabiendo que su madre es esta tierra, aunque los papeles digan que es de otro rey.

—No los vamos a dejar entrar —dijo.

Y eso fue suficiente.

Éramos treinta.

Treinta hambrientos, treinta cansados, treinta tercos.

Treinta hijos de una colonia olvidada que ese día decidió que, aunque la metrópoli no los salvara, al menos no les robarían su pedazo de costa.

Nos escondimos en los mangles.

La brisa olía a pólvora desde antes del primer disparo.

Y cuando los ingleses pisaron tierra, les llovimos encima.

No balas.

Rabia.

Furia vieja.

Orgullo maltratado.

Los tumbamos a fuerza de machete y silencio.

Veintidós no volvieron a ver el mar.

Uno de nosotros no volvió a ver el amanecer.

El Capitán Correa, bañado en sudor y sangre ajena, no sonrió.

Sólo miró al horizonte, como quien sabe que el enemigo de hoy es más honesto que el amigo lejano.

Porque los ingleses venían a conquistarnos…

pero España ya lo había hecho.

El dilema era ese:

¿A quién defendemos, si nadie nos defiende?

¿Quién merece nuestra lealtad, si todos nos han mentido?

Pero Arecibo…

Arecibo sí.

Arecibo es quien nos da de comer, nos moja los pies y nos guarda a los muertos.

Por Arecibo vale.

Esa noche, el pueblo celebró con lo poco que tenía.

Un sancocho sin carne.

Un baile sin músicos.

Una libertad breve, prestada.

Hoy, siglos después, dicen que Arecibo es la “Villa del Capitán Correa”.

Y está bien.

Pero no olviden que antes que capitán fue vecino.

Y antes que héroe, fue hombre.

Y que los que peleamos con él no éramos soldados.

Éramos gente.

Defendiendo su pan, su playa, su pedazo de cielo.

Porque a veces, uno no pelea por un rey,

ni por una bandera,

ni por una historia que escriben otros.

A veces, uno pelea simplemente para que el viento no cambie de dueño.

Inmortalizan a José Alicea en un monomental mural gráfico

 

Redacción En Rojo

Con un colosal grabado de 13 pies de alto por 11 de ancho, el muralista ponceño Rafael “Rafique” Vega rendirá homenaje en vida al destacado grabador puertorriqueño José R. Alicea, en el marco de la Conferencia Internacional del Southern Graphics Council International, Puertograbando 2025, que se celebró desde el jueves 3 hasta el sábado 5 de abril en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Puerto Rico.

Según explicó Rafique, el mural —que representa la figura de Alicea— consta de tres secciones y fue creado sobre láminas de PVC utilizando diversas técnicas de grabado. “José Alicea es grabador, fue profesor de esta escuela y es un artista que me inspira todos los días. Quiero dejar mi huella donde estudié, dejar un legado y aportar mi granito de arena para las nuevas generaciones, estampando la figura de este gigante del arte en las paredes de esta casa de estudios, alma mater de la gran mayoría de los artistas boricuas”, agregó.

El hecho de compartir origen con el homenajeado también fue clave para concretar esta obra. “Un ponceño por un ponceño”, enfatizó el artista.

La iniciativa fue concebida, financiada y propuesta por el propio muralista, quien presentó la idea a las autoridades de la Escuela, las cuales respaldaron de inmediato la realización del proyecto como parte del programa oficial de la conferencia.

 

El profundo sentimiento de un chimpancé en Better Man

 

 

Especial para En Rojo

 Hace unas semanas, Larry La Fountain, un respetado estudioso del performance y de políticas de identidad que cuento entre mis amigos, compartió por Facebook su fascinación con la película The Room Next Door (dir. Pedro Almodóvar; España, EE.UU. y Francia; 2024). Reseñé la película para la edición de En Rojo del 28 de enero de este año. Larry y yo quedamos maravillados con la experiencia visual de The Room Next Door, que inclusive comparé en mi artículo con dos de las obras maestras de Ingmar Bergman. Sin embargo, algunos miembros de la comunidad de Larry atacaron la película, principalmente por las limitaciones de su libreto. Estos intercambios, tanto como leer y escuchar críticos de cine, me parecen fascinantes porque problematizan la película y develan otros aspectos que no había considerado cuando confronté el texto. Independientemente si estuvimos de acuerdo o no con los planteamientos, Larry me dijo algo muy certero sobre uno de los contraargumentos dominantes relacionados a las imperfecciones del libreto: “Para mí el guión es sólo uno de múltiples elementos.” Su defensa de la película reconoce que el guión puede tener defectos, pero no se deben desestimar el trabajo de todos los artistas y técnicos que forman parte de la producción. ¿En una película mala, podemos identificar algún detalle que hasta cierto punto la redima? ¿Expresa la música el universo emocional de la película? ¿Abren los visuales una experiencia única para el espectador en relación con la fotografía y la edición? ¿Revelan las actuaciones las complejidades dentro de cada personaje? ¿Qué otros componentes esenciales construyen y expanden el mundo de la película? La película que reseño, Better Man (dir. Michael Gracey; Reino Unido, EE.UU. y China, entre otros; 2025), tiene algunos defectos que no disminuyen el poder de la historia.

Better Man fue para mí una revelación interesante. No sabía qué esperar de la película y me la disfruté de rabo a cabo, inclusive con los detalles que me molestaron. La película es autobiográfica y se enfoca en el artista pop británico, Robbie Williams. Better Man es un musical que usa las canciones de Williams para adentrar en aspectos de su vida, como su relación compleja con el padre (que Steve Pemberton actúa con divertido carisma, a pesar de ser un padre ausente), el apoyo y amor incondicional de su abuela, las dificultades dentro de su primer grupo musical, sus adicciones y sus relaciones amorosas. Lo más interesante es que a través de toda la historia, Robbie Williams es representado por un chimpancé CGI. Williams provee la voz y Jonno Davies le brinda la corporalidad y movimiento que requiere el personaje animado para emular la energía caótica del cantante. Pensé que este detalle sería un truco que me cansaría, pero el cuerpo de simio expresa de manera certera el empuje de Williams y su aislamiento, especialmente cuando enfrenta algún rechazo del padre o cuando experimenta los problemas que vienen con la fama. Inclusive, en momentos pequeños, como cuando el personaje lame una papa frita de bolsa mientras ve la televisión con su abuela, el simio animado acentúa la ternura y la vulnerabilidad del personaje.

Aunque nunca había escuchado detenidamente una canción de Williams, Better Man enamora al espectador de los ritmos y visuales impresionantes de sus números musicales. Ver en pantalla grande un número como “Rock DJ,” donde Williams y sus compañeros bailan a través de la ciudad arremetiendo inconscientemente contra todo, fue perderme en una explosión de colores y sonidos que me dejaron boquiabierto. No obstante, no le puedo perdonar a la película el uso de momentos emocionales que empujan al espectador a las lágrimas. No sé si les ha pasado, pero he estado viendo películas mediocres donde en alguna escena se encuentran dos amantes o algo así en un momento visual bellísimo con un fondo musical sentimental y abro la boca a llorar. No me molesta llorar, pero detesto la manipulación sonsa y trillada porque siempre me conmueven sin hacerme perder de vista lo terrible de la producción. La distancia critica no es suficiente para ordenarme “no llores, lelo, que esta película es mala.” Better Man es dirigida por Michael Gracey, que también hizo The Greatest Showman (EE.UU. y China, 2017), que nunca me ha gustado por su sentimentalismo vacuo. Me parece que los momentos lacrimosos en Better Man son bien logrados, pero me molestan un poco porque los he visto una y otra vez en el cine y por esto pierden potencia. No voy a comentar sobre el glorioso número final para no dañarles la sorpresa, pero en su última canción, Williams se enfrenta a si mismo de maneras dolorosas y honestas, aunque termina en una armonía poco problematizada que me sacó por momentos.

A pesar de su sentimentalismo, recomiendo Better Man porque es una película divertida y emocionante perfecta para un viernes en la noche. Pueden verla con una membresía en Paramount+ o pueden alquilar en cualquier plataforma de streaming.