Inicio Blog Página 397

“Like a Complete Unknown” y la leyenda de Bob Dylan

 

 

En Rojo

No soy crítico del cine y menos de la música. Tampoco soy “dylanogista”, pero sí he seguido casualmente las canciones (y también los documentales y otras versiones fílmicas de su arte y vida) del cantautor Bob Dylan. Eso es más o menos la época – 1961-1965 – cubierta por la película actual Like a Complete Unknown, hasta su premio Nobel por literatura en 2016. Además, he estado — muy de paso – en Hibbing, Minnesota, donde creció Robert Zimmerman, conocido por los últimos 65 años como Dylan.

Durante los años 1956, 57, 58 visitábamos a mi tía abuela, quien era ministra metodista en el pueblito de Deer River, de alrededor de 900 habitantes, dentro de la región Mesabi de minas abiertas de hierro, y para llegar tuvimos que pasar por la pequeña ciudad de Hibbing, el centro comercial de la región. En mi memoria, Deer River fue un poco salvaje: mineros blancos, gomas y aros de sus autos y guaguas (con rifles y escopetas de cazar y cañas de pescar visibles en mayoría de ellos) incrustados por el fango rojo del hierro. También hubo una presencia originaria, una minoría en resistencia con su propias viviendas, costumbres y artefactos culturales.

Para un niño de 8, 9, 10 años, Deer River tenía energía y vida, mientras la calle principal de Hibbing parecía demasiado conocida, seca, vacía de diferencias, doméstica, como la ciudad en Wisconsin donde trabajaban mis papás. Fue en estos años, según la biografía apócrifa de Dylan, que el joven Zimmerman comenzó a aprender a tocar la guitarra, formar grupos de “rock”, admirar Elvis y Little Richard y estudiar leyendas de música folk y blues como Woody Guthrie, Lead Belly y Muddy Waters. En septiembre de 1959, Dylan llegó a la Universidad de Minnesota, no tanto para estudiar sino para tocar, cantar y escribir canciones en la manera de sus mentores para públicos locales en el sector estudiantil Dinkytown de Minneapolis.

Puede ser que Bob estaba en Hibbing cuando yo pasé en el Buick de ’53 con mi familia. Poco importa, porque en enero de 1961 él visitó a Woody Guthrie, sufriendo de la enfermedad incurable de Huntington en el hospital de Greystone Park, Nueva Jersey, y entró en el caótico ambiente cultural “beat” y “pos-beat” de Greenwich Village. Es allí que comienza Like a Complete Unknown como ‘bio fílm’ – tan apócrifo como su propia vida – de los cuatro años y medio que forjaron la presencia icónica — guardada en capas de verdad y ficción, enigmática, en transformación y no entendible pero siempre completamente él — del más destacado cantautor (en inglés) de los siglos 20 y 21.

No hay nada accidental o fortuito en el proceso. Autodidacta o no, él sabía de música y cómo tocarla. Por ejemplo, bajo seudónimos ha tocado como “back-up” con muchos grupos a través de su carrera. Like a Complete Unknown da vistazos de esto cuando toca piano casualmente con la misma fluidez que tiene con su guitarra o dirige cambios en el estudio. Pretendía timidez, naiveté, ser necio o aprendiz, pero a sus 20 años tenía una educación musical – aunque no formal – sólida enraizada dentro de tradiciones populares americanas.

De la misma manera, la poesía de su – penetrante, densa, comprimida y compleja – letra sobre pasa la intensidad y el ritmo de los poetas “beat” y refleja, además de su conocimiento de la letra de Guthrie, Waters, Hank Williams, Lead Belly y muchos otros, y la poesía de T.S. Eliot, Ezra Pound y Dylan Thomas, entre otros.

Su voz, como su música y letra, tiene ritmo, movimiento y textura, pero hace falta melodía. En vez de miel, ofrece gravilla o “papel de lija” (Joyce Carol Oates). En resumen, como precursor de artistas de rap y hip-hop, Dylan no canta tanto como habla, grita, gruñe su letra, romántica o cáustica, de forma única y genial en una voz siempre cortante con el tañido algo torcido de la cuerda de acero de una guitarra.

Como muchos otros, empecé a escuchar a Dylan en los primeros años de los 1960, sin saberlo, en versiones de canciones como “Blowin’ in the Wind”, “The Times They are a-Changing” y “Mr. Tambourine Man” por grupos como Peter, Paul and Mary y The Byrds y cantantes como Joan Baez. Era la letra y música escrita por Dylan que comenzó a transformar la noción de música “folk” y de protesta antes de que saliera un disco (su segundo, “Freewheelin’ Bob Dylan”, 1963) de él cantando sus propias canciones como “Girl from the North Country” and “A Hard Rain a-Gona Fall”.

Esta es la progresión de Like a Complete Unknown como película: Dylan como invisible, entonces visible y luego sobre visible con las expectativas de demasiadas personas pendientes de su cada movimiento. Así surge su necesidad de rompimiento, cambio de dirección y re-invención de héroe a antihéroe.

Pero cada paso en ese camino es calculado y consolida la constelación de quien es Bob Dylan. Y siempre existe el trabajo, porque la productividad Dylan como cantautor es asombroso. Todo comenzó con las canciones inmemorables de 1961 – 1965, pero el Dylan real y más importante crece continuamente durante los próximos casi 60 años que no se tratan en Like a Complete Unknown (depende de cómo se cuente, pero hasta cien o más álbumes).

La película actual se basa en el libro Dylan Goes Electric! (2015) de Elijah Wald. La dirige James Mangold (con éxitos notables pero tal vez más al punto aquí como director de Walk the Line (2005), el celebrado ‘bió film’ de Johnny Cash, quien también figura en la trama de Like a Complete Unknown). Es una versión-ficción de los hechos históricos, que funcionan como letreros, mientras mucha de la acción en la carretera es relleno imaginado o inventado. La cercanía de Dylan y Peter Seeger antes de los festivales de New Port en 1963, 64, 65 ayuda mucho a la trama, pero no ocupa tanto espacio en otros recuentos. El nombre de la novia de Dylan cambia en la película a Sylvie Russo (tal vez Suze Rotolo no dio permiso para utilizar su nombre). The Byrds experimentaban electrónicamente con la música de Dylan tan temprano como 1964, el año antes del choque entre “folk” y “rock” y el uso de guitarras eléctricas en New Port en julio de 1965, entre otros datos.

Sin embargo, esta mezcla de hechos e imaginarios hace una muy buena película, tal vez la mejor que vi – no siendo crítico de cine – el año pasado. Las actuaciones de sus cuatro personajes son impecables. El excepcional Timothée Chalamet actúa Dylan de forma precisa, informada y comprometida. El experimentado Edward Norton se transforma en el activista-cantautor-leyendario Pete Seeger. Elle Fanning brilla en su amor y sufrimiento como Sylvie Russo, la novia de Dylan. Mónica Barbaro da presencia vital como Joan Baez, la otra cantautora estrella de “folk” de la época de 1961 – 1965 y la otra, a veces, amante de Bob Dylan.

Es difícil encontrar falta con la manera en que actúan y cantan. Elle Fanning no canta, pero Chalamet, Barbaro y Norton muestran talentos de tocar y cantar tan notables que en ningún momento requieren la intervención ni respaldo de las voces originales. En ese sentido el director Mangold, como hizo en Walk the Line, ha creado un hito en cine musical, y la película, como la vida de Dylan, es la música.

Capturar las complejidades del enigmático Dylan es el trabajo más arduo de la película. Chalamet, aun con ayuda prostética, no logra recrear la totalidad del cuerpo delgado, felino y medio torcido en sus movimientos ni del juego de cara y ojos que proyecta tanto la inocencia como la profundidad del joven Dylan. No obstante, es el mejor acercamiento que han hecho en los muchos intentos. Solamente Cate Blanchett en I’m Not There (2007) logra llegar tan cerca a como lo hace Chalamet al captar algo táctil y sensible de Dylan.

Precisar el punto o raison d’être de Like a Complete Unknown es más resbaladizo: ¿el descubrimiento de Dylan?, ¿el cambio de la naturaleza de la música “folk”?, “¿ver dos romances fracasadas y lo difícil de Dylan comprometerse en relaciones personales?, ¿mostrar la pedantería y rigidez de la supuestamente “natural y libre” música “folk”?

Primero, pienso que es una película creada principalmente para los que no conocen bien la música o el mito de Bob Dylan y que probablemente no son productos culturales de los años 1960. Segundo, aunque es difícil desenredarlas, la película es más sobre la música que la personalidad de Dylan. La música (y letra) de Dylan siempre fue parte “blues”, parte “beat”, parte “country”, parte “folk”, parte “rock” y nunca solamente una(s) u otra(s). Con todas las invenciones, distracciones y máscaras personales, siempre ha sido cien por ciento Dylan con la confianza de creer no solamente en sí mismo sino en su letra y música y sus raíces; confianza suficiente para salir de Hibbing a los 18 años y entrar en el ambiente musical y cultural de Greenwich Village a los 20 años. Para julio de 1965 es la voz más importante de la música norteamericana, y allí comienza su verdadera carrera de vida de escribir y tocar sin tener que pagar más cuotas ni deudas a nadie, ni siquiera a Woody Guthrie.

El primero de enero saqué la tocaCD del closet y busqué los viejos discos (sé que mi IPhone tiene todo esto, pero . . .) y pasé la tarde escuchando y cambiándolos. Mi educación y gustos musicales son limitados: además de ejemplos de “jazz”, cinco cantautores siempre han captado mi atención y afición auditiva: Bob Dylan, Bob Marley, Silvio Rodríguez, Víctor Jara y Paul Simon. Por eso regresé a ver A Complete Unknown el pasado cinco de enero.

 

En Ítaca

 

 

Acaso Ítaca sea el desierto
al que he llegado
con esta edad,
estos libros,
muebles y objetos.

No pocas veces
me he preguntado
a dónde terminará
cada cosa,
si estarán en buenas manos.
Cuál libro en cuál mano,
cuál echado con prisa
en el cajón reservado
para el vertedero.

Un corazón
en que el latido salta
con fervor y breve aviso.
El ritmo de una respiración
que cesa cuando duermo.
El cansancio en las rodillas.
El peso. Ah, el terrible peso,
el grado cero acumulado
sobre quien siente
el abandono del ángel,
del mundo.

Entre los dedos sopeso
un pequeño juguete.
Pronto mi estatura
comienza a encoger.
Del desamparo seré la noticia.
Romperán la puerta,
guiados por el olor de días.
Tras el levantamiento,
manos con prisa
procederán a desalojar
el apartamento
para el próximo inquilino.

Al lado del cuerpo
un pequeño juguete
reproduce la escena
en la pintura de Miguel Ángel,
donde un dios y un hombre
rozan, apenas, los índices.

Allí, donde nada sobra.
Allí, en Ítaca.
Donde nada queda.

 

Guaynabo, 6 de enero de 2025

 

Segunda parte de mis experiencias favoritas con el cine del 2024

 

Especial para En Rojo

 Las próximas seis películas concluyen la primera parte de mi lista de las mejores del 2024, publicada el 2 de enero en En Rojo. Como especifiqué en la introducción de la primera parte del artículo, estas son tan solo las experiencias más intensas que tuve durante el año y sobre las cuales no escribí. Se me siguen quedando fuera experiencias que valoré, como Wicked (dir. Jon M. Chu; EE.UU., Japón y Canadá, entre otros, 2024), a la cual fui arrastrando los pies y, al final, por poco me levanto a aplaudir como si hubiese estado en el teatro. Con todo el dolor de dejar el musical afuera (inclusive, con lo boquiabierto que quedé con Cynthia Erivo y Ariana Grande), las siguientes experiencias me abrieron puertas a nuevos viajes que nunca pensé que tendría o que disfrutaría tanto.

Después de haber escrito sobre Challengers (dir. Luca Guadagnino, Italia y EE.UU., 2024), no puedo creer que el 2024 me trajo otra joya de Guadagnino en Queer (Italia y EE.UU., 2024). Entiendo las críticas que ha tenido, desde su construcción sumamente estereotipada de los mexicanos y del México de la década de los 40, y la fantasía problemática de los expats, esa gente blanca viviendo fuera de su país primermundista y que mantienen su privilegio colonizador. En este caso, el expat es William Lee (Daniel Craig), un escritor estadounidense que escapa a México por su adicción a la heroína. Lee explora esa “fantasía del Sur” mientras busca aventuras sexuales y una droga que le abrirá sus capacidades telepáticas. Guadagnino retrata esta fantasía con la poesía romántica de su Call Me by Your Name (Brazil, Francia e Italia, entre otros; 2018) y de la mano de su director de fotografía, Sayombhu Mukdeeprom. La soledad del protagonista en un mundo que no entiende, que se siente más claramente al final (y no he dado spoilers), fue un golpe para mí.

Sing Sing (dir. Greg Kwedar, EE.UU., 2024) fue otra experiencia de soledad y aislamiento, pero que resalta el poder liberador del teatro. La película se enfoca en Rehabilitation Through the Arts, un programa establecido en la prisión de máxima seguridad de Sing Sing en Nueva York. Coleman Domingo encarna el rol de John “Divine G” Whitfield, uno de los miembros fundadores del grupo, con la fuerza emocional que usualmente asocio con su trabajo. Sin embargo, el poder de Sing Sing está en cómo la mayoría de los actores son convictos reales de la prisión. Clarence “Divine Eye” Maclin, que cumplió una condena en Sing Sing por robo en el 2012, actúa una versión más joven de sí mismo y de cómo este se desenvolvió en la organización. En cada rostro, leemos un mundo de experiencias difíciles que han llevado a cada uno a la prisión. Sin embargo, como espectador, son refrescantes el disfrute y la dedicación con la cual todos trabajan para montar el musical más loco y divertido jamás visto. Es imposible no salir de Sing Sing sin una sonrisa inspirada por hombres que sufren por la pérdida de su libertad.

Tanto como en Sing Sing, donde el director se enfoca en comunidades marginadas, en Anora (dir. Sean Baker, EE.UU., 2024), que ganó el Palme d’Or en el festival de cine de Cannes del 2024, el director nos trae otra historia con personajes que sobreviven en los márgenes. Así como en Tangerine (EE.UU., 2015) Sean Baker cuenta la historia de una prostituta trans que busca a su novio para pedirle cuentas por su infidelidad y en The Florida Project (EE.UU., 2017) captura las travesuras y tristezas de unos niños que viven con sus familias en los moteles justo a las afueras de Walt Disney World, Anora sigue a una prostituta (Mikey Madison) que se enamora de un joven cliente ruso multimillonario (Mark Eydelshteyn). Baker es uno de mis directores estadounidenses favoritos y en Anora dirige su propia versión de una de mis películas favoritas de Federico Fellini, Le notti di Cabiria (Italia y Francia, 1957). Los finales en ambas películas nos recuerdan la crueldad de un mundo contradictorio donde todavía se encuentra una chispa de esperanza tanto en un abrazo de Anora como en la sonrisa llorosa de Cabiria (Giulietta Masina).

No propongo que esta preferencia sea compartida por todos mis lectores, pero MaXXXine (dir. Ti West; EE.UU., Reino Unido y Nueva Zelandia, 2024) fue una de las películas que más disfruté este año. MaXXXine concluye una trilogía de terror que me he gozado y cuyo segundo volumen, Pearl (dir. Ti West, EE.UU. y Nueva Zelandia, 2022), que reseñé para Claridad el 21 de septiembre de 2022, es una pequeña joya de terror. También podría ser que amo MaXXXine porque es una película sobre el cine y cuyas referencias van desde el Hollywood y la industria del cine porno de los 80 hasta clásicos del cine como Body Double (dir. Brian De Palma, EE.UU., 1984) y Chinatown (dir. Roman Polanski, EE.UU., 1974). Pero estoy totalmente convencido de que la actuación de Mia Goth en el personaje protagónico me obliga a seguir regresando a una de las trilogías que más revisité en el 2024.

Una sorpresa difícil durante este año fue el desgarre emocional de The Zone of Interest (dir. Jonathan Glazer; Reino Unido, Polonia y EE.UU.; 2024), que ganó el Oscar por mejor película extranjera en el 2024. Es interesante que en el cine, un medio primordialmente visual, The Zone of Interest es aterradora precisamente por lo que permanece fuera de nuestro campo de visión. La película se lleva a cabo en la casa de Rudolf Höss (Christian Friedel), el comandante Nazi a cargo del campo de concentración de Auschwitz. Este vive con su familia en una casa justo al lado de la prisión. Cuando pensaba que no podría ver otra película con una visión innovadora sobre el holocausto, la burbuja hogareña en la que vive Hedwig (Sandra Hüller), la esposa de Höss, junto a sus hijos, nos provee una toma escalofriante de la banalidad maldita de la Alemania del Tercer Reich. El director no nos lleva al campo de concentración, sino al otro lado de la pared. Los colores fríos con los que Lukasz Zal, el director de cinematografía retrata el hogar de los Höss y la impactante edición de sonido a manos de Tarn Willers y Johnnie Burn, cuyo trabajo también fue reconocido con un Oscar, demuestran que la cotidianeidad es tan perturbadora como la violencia que coexiste junto a esta.

Quiero terminar en una nota cómica con una de las películas que más me hizo reír en el 2024, Saturday Night (dir. Jason Reitman, EE.UU., 2024). He sido fanático del programa, Saturday Night Live (SNL), por momentos. Mi afición por su estilo de comedia comenzó a mis 12 o 13 años durante la temporada de Eddie Murphy. Me quedaba a dormir los sábados con mi hermano en casa de nuestro mejor amigo y veíamos SNL con el gozo de que hacíamos algo malo. Después de años, lo volví a ver con regularidad durante la segunda mitad de los 90 para la temporada de Will Ferrell. Finalmente, terminé casado con una fanática de la comedia que me ha enseñado inclusive a apreciar los momentos malos del programa. Saturday Night, que capta los 90 minutos previos al primer episodio del programa, sigue el caos enérgico y altamente entretenido de los preparativos para llevar el show al aire el 11 de octubre de 1975. La película demuestra que si lo que ocurre frente a las cámaras es interesante, lo que pasa detrás es delirante. He visto Saturday Night tres veces en el 2024 y siempre le encuentro una pequeña chulería visual o algún momento que se me escapó cuando me estaba riendo.

La elusiva conciencia colectiva en la comunicación política de Borinquen

Reseña del libro

Comunicación Política en Puerto Rico: Primera antología de ensayos, investigaciones y críticas

Maximiliano Dueñas Guzmán
Especial para En Rojo

Imaginémonos una conversación en torno al periodismo nacional entre Eugenio María de Hostos, Antonio Pedreira y Sandra Rodríguez Cotto. Hostos afirmaría “la única vez que… podemos a punto fijo saber… lo que es razón común, lo que es conciencia colectiva, es cuando vemos exteriorizadas en las hojas del periódico esas fuerzas” (La moral y el periodismo). Pedreira Pizarro haría un gesto de asentimiento y añadiría que su historia de la prensa boricua ha revelado que “Es en nuestra prensa donde mejor quedó exprimido el jugo de la conciencia colectiva” (Insularismo). Rodríguez Cotto haría un gesto de desacuerdo y argumentaría: “la realidad es que los medios en Puerto Rico se presentan como negocios, y como tal, alegan tener independencia de criterio, pero eso no es cierto. Lo que prevalece es un clima ideológico dominado por las estructuras políticas y económicas que dicta el gobierno de turno” (https://issuu.com/revistacruce/docs/puerto_rico-_cultura_politica_y_procesos_electoral).

¿Cómo entonces, a la luz de estas divergentes perspectivas, debemos pensar el desempeño del periodismo o la comunicación política en nuestra historia y actualidad? Este es el dilema que se aborda en el libro Comunicación Política en Puerto Rico: Primera antología de ensayos, investigaciones y críticas.

La antología, publicada en el 2024, consiste en nueve aportaciones por practicantes y académicos del periodismo político en el archipiélago boricua. Los dos editores—Federico Subervi Vélez y Ángel Israel Rivera Ortiz—contribuyen seis capítulos adicionales para contextualizar y profundizar las nueve aportaciones. En su conjunto, los quince capítulos del libro representan una seria provocación para pensar las imbricaciones de los medios de comunicación masiva, la internet y las redes digitales con el poder político en Puerto Rico. Esta antología se puede pensar, entonces, como un conjunto de propuestas y emplazamientos para entrar en la desatendida labor intelectual y cívica de desentrañar la comunicación política borinqueña. Y, en su conjunto, las diversas aportaciones ilustran que pensar la comunicación política en Puerto Rico exige pensar sobre el poder en el contexto del colonialismo.

La misma génesis del libro es reveladora del contexto colonial de la comunicación política en nuestra nación-colonia. En el prefacio, Subervi Vélez nos narra que la idea del libro nació cuando él era estudiante de bachillerato en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, hacia finales de la década del 1960. Nos relata que entre sus múltiples inquietudes sobre las contradicciones que florecían en esa época, se preguntaba ¿por qué no hay libros sobre la historia y economía política de los medios de comunicación en Puerto Rico?

Los dos editores de la antología nos proveen varias contextualizaciones para aquilatar y comparar la multiplicidad de análisis, investigaciones y críticas a la comunicación política que conforman esta compilación. En el sentido más amplio, formulan un sistema de factores interactivos que condicionan el contenido de los medios y las redes digitales, sistema o marco que a su vez nos permite asemejar y yuxtaponer las contribuciones que conforman esta antología. Más allá del gobierno, la economía y el sistema educativo (como principal portador de ideología) como condicionantes de los contenidos de los medios, los coordinadores nos desglosan otros factores—tal como rutinas de producción y características socioeconómicas de las audiencias—que también contribuyen a la creación de mensajes y a las formas en que se interpretan. Este marco amplio—elaborado particularmente desde las disciplinas académicas de la comunicación y las ciencias políticas—y las contribuciones de los/as nueve autores conforman un útil instrumento de alfabetización en medios de comunicación tradicionales y digitales, un mapa para fortalecer nuestro pensamiento crítico—nuestras decisiones sobre qué contenidos consumimos y cómo los interpretamos—en torno a los instrumentos de comunicación política.

Entre la heterogénea pluralidad de ángulos que nos proveen los capítulos de la antología se abordan: la histórica relación entre políticos y periodistas como una confabulación “para estructurar la realidad social, la agenda política y la opinión pública” (pág. 103); el acceso a la información pública como fundamento de la confianza en los procesos políticos; la radio en la historia de Puerto Rico tanto como enriquecimiento de nuestras vidas diarias como instrumento de censura y dominio gubernamental; el uso del cine como instrumento de propaganda política durante la década del 1950; la apropiación de tecnologías digitales para las movilizaciones de las jornadas del 2019; el empleo de Twitter por Ricardo Roselló como ejemplo del uso político de redes digitales para reforzar narrativas dominantes; las formas en que la plétora de programas radiales de comentario político han contribuido a erosionar el valor de la noticia; los trolls—el uso de las redes digitales para amenazar a periodistas—como ejemplo de la cruda batalla en internet entre los dos partidos dominantes; el reforzamiento de la propaganda política—tanto en medios tradicionales como en redes digitales—para sustituir el debate y noticias políticas en los municipios.

En uno de los capítulos de conclusión, Ángel Israel Rivera Ortiz, coeditor de esta antología, resalta el tema que presenté con la conversación imaginaria entre Hostos, Pedreira y Rodríguez Cotto: egocentrismo y pluralismo como pautas de la comunicación política en Borinquén. Según Rivera Ortiz, a través de la historia de nuestra comunicación política, hemos enfatizado demasiado en la bondad o maldad de los individuos y no lo suficiente en las estructuras que configuran y estimulan ese individualismo egoísta. Para superar este escollo, para comenzar a desarrollar una comunicación política constructiva, propone una refundación política, una que rescate “nuestra esencia democrática” (pág. 276).

Esta antología contribuye tanto al campo académico—teorías e investigaciones de comunicación política—como a la necesaria reflexión cívica en torno a cómo nos comunicamos para sanar nuestra cultura política. De particular valor académico es el anejo del libro, el cual incluye la bibliografía más amplia de la comunicación política borinqueña. En su conjunto, su valor cívico yace en su convocación a reflexionar sobre las múltiples instancias en que la comunicación política en Borinquén ha contribuido a cimentar o derribar el reconocimiento de nuestros derechos y responsabilidades, nuestro deber de dialogar y participar en la conformación de nuestra conciencia colectiva para reconstruir nuestro futuro político.

 

 

 

 

Los mejores libros 2024 (coda)

 

 

En Rojo

Termino mi lista de libros leídos en 2024. Espero que hayan visto las dos notas anteriores. Allí explico criterios de selección. Aclaro, otra vez, que no sé si son los más leídos. No es ese uno de los criterios.

Terminé el año 2024 leyendo Las aventuras de la pirata Mota (EDP), de Yolanda Arroyo Pizarro. Mi admiración por esta escritora nace de su literatura y de su trabajo como educadora y mentora. No se puede separar su obra de sus pasiones.

Este es un libro entretenido para la niñez, la adolescencia y para quien ame la lectura y la historia no importa su edad. Está bellamente ilustrado por Rubén Pérez. Según la propia autora cuenta, un conferenciante de la Sociedad Puertorriqueña de Genealogía le habló por vez primera sobre la Pirata María Isabel de la Mota junto a un grupo de investigadores y escritores de la Cátedra de Mujeres Negras Ancestrales. Eso la motivó a realizar su investigación. El relato, entonces, está basado en los registros históricos que sitúan a María Isabel de la Mota entre Fajardo y Vieques para los años 1819 a 1823. Como recurso de ficción muy efectivo tenemos al pirata Cofresí. Por supuesto, no les voy a contar la historia.

Por otro lado, en contradicción con mis propios criterios, comento un libro de 2015 porque me lo regalaron en 2024. Espiritismo, transformación y compromiso social (Gaviota). Es una historia rigurosa de medio siglo de la Escuela Magnético Espiritual de la Comuna Universal en Puerto Rico (1930-1950), que nos lleva dede el inicio de la trayectoria del espiritismo en el Caribe Hispano, la posición de la mujer dentro del movimiento, relaciones con la iglesia Católica, y otros temas de interés. La centralidad de la historia oral le da dinamismo al texto.

Quisiera resumir. Es imperativo celebrar y apoyar a las editoriales independientes de nuestro país. Son las que se atreven a publicar obras de autores emergentes y de géneros que las grandes editoriales ignoran de manera sistemática. Sin las presiones comerciales de las grandes editoriales, las independientes pueden arriesgarse con proyectos más experimentales y poco convencionales, lo que puede llevar a la creación de obras únicas y valiosas. Y, sobre todo, poesía. Esto enriquece el panorama literario al ofrecer una variedad de perspectivas, temas y estilos. Además, se centran en autores y temas nacionales, promoviendo la literatura que refleja las identidades y las preocupaciones nuestras. Este es el modo de ayudar a preservar lo que hay que apreciar de nuestra cultura y a dinamizarla. En cierto modo, representan una forma de resistencia a la homogeneización cultural, preservando la pluralidad de narrativas.

Por último, estas editoriales están más conectadas con comunidades locales, colaborando con autores, artistas y otros creadores -pintores, teatreros, diseñadores, músicos, coreógrafos- lo que fortalece la escena cultural en su conjunto.

Dicho esto, Feliz Año 2025 a gestores de libros, escritoras y escritores, lectoras y lectores.