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La propuesta de la comisionada

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

La propuesta de la comisionada residente, Jenniffer González, de pagar la duda  de la AEE con dinero del Fondo General es  “una totalmente absurda porque no tiene ningún tipo de probabilidades de adoptarse”,  a juicio del licenciado Emmanuelli Jiménez, experto en la ley PROMESA.

Primero, porque cuando González llegue a la gobernación —de llegar—, ya el PAD  estará confirmado o se habrá desestimado el caso. El próximo incumbente  entrará a la gobernación en enero del 2025.

Segundo, porque  la propuesta es una que solo defiende a los bonistas. “Hay que fijarse que lo que  propone la comisionada es saldar la deuda de los bonistas. Eso significa dar el máximo”. Emmanuelli Jiménez  calificó esa acción como una  radical y enemiga del pueblo de Puerto Rico, es la misma que la del exmiembro de la JCF Justin Peterson, que quería que se les pagara completo a los bonistas.

“Esa propuesta de que se les pague del dinero del Gobierno central es la que hacen los bonistas, así que ella lo que está haciendo es repitiendo el discurso de los bonistas”, denunció.

Otro ángulo que advirtió  es que esa propuesta va a tener que pasar por el crisol de la JCF, y que la Junta no la va a permitir porque la Junta es la única que puede proponer un plan de pago.

“Está engañado al pueblo tratando de hacerle creer que ella podría hacer una diferencia en el proceso y que se eliminaría el cargo híbrido si ella fuera gobernadora. Eso es un discurso falso e incongruente, no tiene ninguna posibilidad”, afirmó.

Por otra parte, ante la renuncia a finales de septiembre del miembro de la JCF Antonio Medina, el licenciado Emmanuelli Jiménez adelantó que le parece que habrá otras renuncias y las atribuyó al “tostón” que es el PAD de la AEE.  Considera que esa fue la razón por la que el otro miembro nombrado por el expresidente Trump, Justin Peterson, renunció.

“Peterson y Medina no quieren ver escrito sus nombres en ese PAD. Así mismo se fue Natalie Jaresko. Cuando se terminó el plan del Gobierno central, salió corriendo”.

Sobre el hecho de que en enero próximo vencen otros nombramientos de la JCF vaticinó que algunos “van a decir yo no voy más”.  Los miembros de la JCF  se supone sean siete y al presente hay cinco.

Ante la incertidumbre e inseguridad, o limbo, que supondría para algunos sectores la falta de la Junta, el licenciado Emmanuelli Jiménez, opinó que van a tener que nombrar a  alguien porque el país se quedaría sin gobierno porque el Gobierno le ha dejado el espacio a la Junta para hacer lo que le da la gana. Si en efecto la Junta se queda sin quórum, el director ejecutivo podría actuar a la luz de los poderes que tiene mientras se nombra a los próximos miembros, los cuales cuando lleguen  pueden botarlo ya que ese es un puesto de confianza.

A la pregunta de si no consideraba que ante la situación del Congreso, que ahora mismo no tiene presidente, se podría retrasar el nombramiento de los nuevos miembros, señaló que  hay unos nombres que tienen que salir del speaker de la Cámara y los otros, del líder de la mayoría del Senado y del líder de la minoría, que ahora son diferentes.  No obstante, Emmanuelli Jiménez afirmó que los candidatos para esa lista de seguro van a proceder de la ¿clase colonial?, aun cuando puede ser un proceso largo porque son muchos nombramientos.

 

Editorial- Alto a la matanza en Gaza

 

“…y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.”

Pablo Neruda

 

Genocidio y holocausto tienen la misma definición. Ambos términos se refieren a la matanza sistemática de los integrantes de un determinado grupo social “por motivos raciales, políticos o religiosos”.  La historia humana está llena de esos eventos y a pesar de que supuestamente la “civilización” avanza, se repiten. Las grandes matanzas del silgo XX, -como la del Imperio Otomano contra el pueblo armenio comenzando la centuria y la de los nazis contra los judíos algunas décadas después- no terminaron al iniciarse un nuevo siglo. En ocasiones de forma oculta, y en otras a la vista de todos, las matanzas concentradas en determinado grupo étnico se siguen sucediendo.

En estos momentos miramos con asombro la matanza que se desata contra el pueblo palestino concentrado en un estrecho territorio conocido como la Franja de Gaza. En esta ocasión, lo asombroso no es sólo la brutalidad y amplitud del ataque del estado de Israel contra la pequeña franja, donde en sólo 365 kilómetros cuadrados viven más de dos millones de palestinos, sino la pasividad y hasta la complacencia de las llamadas potencias occidentales y sus instituciones ante la evidente masacre. Entre esas “instituciones” se incluye a sectores la prensa que, a pesar en sus propias imágenes se comprueba la barbarie, con sus políticas editoriales la condonan.

Los mismos términos que utilizan para referirse al evento evidencian su afán encubridor. Hablan de la “guerra entre Israel y Gaza”, como si en realidad se tratara de una confrontación entre las fuerzas armadas de dos estados. Israel sí es un estado poseedor de un enorme aparato bélico que incluye fuerza aérea, infantería, armada y hasta armas nucleares. Gaza, en cambio, no sólo es una pequeña franja de terreno, sino que desde hace décadas toda su vida interna ha sido controlada por el gobierno israelí. Son ellos quienes deciden lo que entra y sale del territorio al que incursionan cada vez que les place. Obviamente Gaza no tiene capacidad para estar en “guerra” con nadie y tan sólo estamos ante una brutal operación de castigo lanzada por Israel contra más de dos millones de personas luego de que un grupo de milicianos los atacó desde el territorio.

Otro nombre utilizado por la misma prensa es “guerra entre Israel y Hamás”, queriendo aparentar que se trata de un conflicto bélico tradicional cuando el referido segundo contendiente es una organización de combatientes, sin comparación con lo que está en el otro lado. Con esa nomenclatura se pretende presentar la destrucción de Gaza como un mero “daño colateral” de una confrontación entre dos ejércitos. En lugar de esa “guerra” lo que estamos presenciando es la aniquilación de una parte sustancial del pueblo palestino, algo que siempre ha estado en la agenda de los gobernantes de Israel, particularmente de la extrema derecha fundamentalista que ahora controla las riendas del estado. Desde su creación a la fuerza en 1948, desplazando a gran parte de la población palestina, han ido poco a poco apropiándose de lo poco que les quedó a los desplazados utilizando cada conflicto de los muchos desatados desde entonces. En esta ocasión, estamos ante una nueva etapa de ese afán de conquista que tiene el ataque de Hamás como punto de partida.

Arrasar con los palestinos ha sido siempre el objetivo de Israel y en esta ocasión lo hacen de la manera más brutal posible y con la colaboración de buena parte de la comunidad internacional. En ocasiones anteriores el apoyo directo e irrestricto a las acciones israelíes contra los palestinos venía mayormente de Estados Unidos. En esta ocasión, la Unión Europea no sólo corrió a aplaudir a Israel, presentándolo como la gran víctima, sino que llegó al extremo de suspender la ayuda humanitaria a la población de Gaza, uniéndose así al bloqueo impuesto. Ahora mismo, mientras se bombardea las zonas residenciales matando miles de ciudadanos, la población carece de agua, electricidad, alimentos y combustible debido al bloqueo israelí y a la colaboración europea.

En otras partes y lugares ocurre lo mismo. En la ONU, entidad supuestamente creada para promover la paz, se derrotó una moción rusa reclamando un alto al fuego, estimulando así la ofensiva de Israel. En ese ambiente de complicidad es menester destacar la valentía del presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien no sólo exigió un alto al fuego, sino que denunció el genocidio. Luego, ante la prepotente respuesta israelí suspendiendo operaciones comerciales, repitió la denuncia.

Desde Puerto Rico, CLARIDAD se une a las voces que denuncian el nuevo genocidio que se cierne sobre los palestinos. Mientras las bombas caen sobre Gaza y la sangre de niños corre “simplemente, como sangre de niños”, juntamos nuestra voz con quienes luchan para que cese la barbarie.

 

 

 

 

 

Israel-Palestina “El conflicto va a escalar”

Soraya Asad Sánchez. Foto: Alina Luciano/CLARIDAD

 

CLARIDAD

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“Dios quiera que se resuelva permanentemente y esa sed de odio se disipe y que ya se llegue el punto de que ambas partes digan ya nos hemos hecho mucho daño, vamos a ceder incluso por el bienestar de esas futuras generaciones porque no hay razón para el exterminio. Los judíos están haciendo lo que les hicieron a ellos con el aval del club de amigos”.

Es el clamor de Soraya Asad Sánchez, una palestina-boricua ante la actual situación de guerra que enfrenta a palestinos y a judíos israelitas. Su padre, palestino musulmán, llegó a la isla alentado por un primo comerciante que ya vivía aquí, quien le facilitó una de sus rutas de venta de textiles. Fue así que en Naguabo conoció a la joven que se convirtió en su esposa. Del matrimonio que aún dura nació Soraya y sus dos hermanas, quienes fueron criadas entre las dos culturas: la cultura puertorriqueña y la cultura palestina. Con hermanos menores de su padre que se quedaron a vivir en Palestina, la familia Asad Sánchez mantiene relaciones estrechas.

Tan reciente como en los meses de junio y julio, Soraya visitó a su familia paterna en el pueblo de Turmusaya, cerca de Ramala, en Cisjordania, en donde fue testigo de la invasión del pueblo por parte de colonos israelitas. “Nos atrapó a nosotras allí. Lamentablemente,  una de mis cuñadas perdió uno de sus sobrinos, un joven de 27 años. Cuatrocientos colonos invaden el pueblo, un pueblo tranquilo; es una aldea, todo campo. Entraron por la parte del frente del pueblo y por la parte de atrás, y comenzaron a quemar casas. Es la época en que van muchas personas de América para allá, van a ver sus familiares con sus hijos, para que sigan con sus costumbres, idiomas, la religión”.

Sobre el ataque a Turmusaya y las circunstancias en que murió su pariente, continúa narrando que los colonos israelitas estaban quemando casas, y que a una de las casas donde estaba una abuela con sus nietos le prendieron fuego y le cerraron por fuera la puerta, con madera, para que no pudieran salir. Su pariente, junto a otro joven, comenzó a sacar las maderas para que la familia saliera, y los pudieron sacar. Pero cuando se dirigen a otra casa, entre el humo y gritos, se encuentran a dos militares, uno que está de pie y otro que está gritando, y ahí estos le disparan al pecho. El joven dejó huérfanos a un niño de tres años y a una niña de uno. En mayo, mataron a un joven palestino de 16 que estaba en una finca recogiendo pepinillos. El disparo fue por la espalda, desde una colonia arriba.

Ante los ataques de los colonos, acompañados por policías y el ejército, la  única defensa de los palestinos es tirar con piedras o lo que encuentren, describe Soraya. Antes, el rol era más de los hombres, pero ahora las mujeres también salen a luchar.

El ataque de Hamás

Soraya, quien es maestra de historia, expone que la actual situación tiene varios factores.  “Entre esos factores tenemos un pueblo que está desgastado, totalmente desgastado. Muchas promesas, muchos intentos, muchas negociaciones. Ya se han dado cuenta de que están siendo utilizados. Años de opresión, años de violaciones de derechos humanos. Cosas tan esenciales como el derecho al agua. ¿Y por qué me vas a cortar un suministro de agua en una aldea como Turmusaya, de donde es mi familia, y a otros pueblos? ¿Cuál es la necesidad de privarme de unas necesidades básicas? Vemos frustraciones en esos intentos, vemos la gran cárcel al aire libre que todo el mundo sabe que es Gaza”.

La joven  apunta que hay  unos sectores en específico, gobiernos de ambas  partes, así como  grupos extremistas, interesados en que no haya un verdadero proceso de paz en Palestina. “Porque esa es la hipocresía que se da ahí”.

Esta reconoce que los palestinos tienen una división que cada vez llega a la frustración de “mira lo que teníamos y mira con lo que nos estamos quedando”. Vemos que en unos procesos de negociaciones que se han dado, cuando los palestinos están a favor, los judíos dicen que no. Y cuando los judíos dicen que sí, los palestinos dicen que no. O sea, estamos en ese juego”.

Su apreciación es que hay un desgaste de conciencia, en el sentido de que el pueblo Palestino se siente traicionado incluso hasta por la misma comunidad árabe regional. Al respecto, trae a la atención el acuerdo de  Camp David (1978), en que Egipto reconoció la existencia de un estado nacional israelí, y mucho antes, lo que se conoce como la declaración de  Balfour (1917). “Toda esa planificación de que tú abandonas Europa a partir de 1881 porque fuiste perseguido en Europa central, vienes acá a Palestina y empiezas a desarrollar todo un plan para que haya una migración masiva judía, creando entonces un Estado judío de la nada. Yo no lo reconozco como un estado judío. Yo lo reconozco como un gobierno sionista de usurpación en la Palestina ocupada. Así de sencillo. Cuando matan palestinos, eso no llega a ninguna parte. Si dicen algo es porque se filtró y llegan a un extremo en que dicen, pues mira, sí, lo mataron, pero sigue nuestra vida. ¿Pero quiénes controlan los medios de comunicación?”

En tono enfático Soraya defiende  que los palestinos es un pueblo que no está en igualdad de condiciones de lucha, un pueblo que no tiene los medios de comunicación. Es un pueblo que  está en una olla de presión, al punto en que va a explotar. Esa es la situación que se tiene.

“Muchos están justificando lo que pasó. Hamás es un grupo combatiente, que no es lo mismo que la Autoridad Nacional Palestina”, acota.

En esa dirección, plantea que un punto que hay que observar y del cual no se ha hablado es que el Hamás que cometió el reciente ataque es otro Hamás. “Hamás nace en la década del 80 y, antes, había dentro de esos grupos extremistas con unos códigos de vamos a atacar el ejército, a atacar puntos claves no civiles. Si me matas un civil a mí, entonces voy atacar una guagua de civiles y la vuelo en pedazos. Pero entonces mataron a los viejos líderes y entran jóvenes, si vemos las imágenes son jóvenes. Esos jóvenes tienen un contacto y una visión diferente, ¿y cuál es su punto de referencia?  Hay analistas que no quieren vincularlo, pero en la práctica, cuando se mira, es la práctica de Isis. Eso de decapitar niños, eso no lo hacía Hamás antes”.

Al insistir en que  este Hamás es una estructura totalmente diferente a la anterior, expresa que no cree que al ejército israelí el ataque (en Kibutz, en pleno desierto de Neguev,  próximo a la franja de Gaza) le haya tomado por sorpresa.

Soraya pone en contexto que dentro de Israel hay una lucha interna, ya que el pueblo  israelí no quiere a Netanyaju, lo que ha quedado evidenciado en masivas demostraciones. Su conjetura es que para Netanyahu, quien está acusado de corrupción, lo que está pasando le facilita una unificación de fuerzas para salir como el héroe y le da mano libre para hacer lo que quiera y lograr el apoyo de la comunidad internacional, es decir, Estados Unidos, Francia e Inglaterra la cual la joven describe como “un club de amigotes”. De hecho, el primer ministro Netanyahu, tras el ataque de Hamás formó un llamado “gobierno de unidad de emergencia” con sus opositores.

En esa línea, señala que Israel ha ignorado el llamado del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, de pedir al Gobierno de Israel que tenga compasión, permita la ayuda humanitaria a Cisjordania y detenga  los ataques a Gaza. Soraya expresa que tampoco puede negar que haya palestinos dentro de las filas de Hamás. “Cuando venimos a ver, esta situación ahora mismo está fuera de control. Está Netanyahu fuera de control. Le está diciendo la ONU que abra ese corredor, y a él no le importa, tiene mano libre. Los que le interesaba que hablaran, ya hablaron: la Unión Europea y EE. UU.”, denuncia.

El conflicto va a escalar

Para Soraya Asad no hay duda de que el conflicto va a escalar como ya ha ocurrido. Al respecto indica que Hamás tiene dos objetivos: uno, eliminar el Gobierno de Israel, y dos, que esos palestinos que están Cisjordania se unan a sus filas. Además, de ese lado también hay una lucha de los que dicen que hay que seguir la línea de Arafat de negociar, porque saben que tienen las de perder, porque no están armados, y los que ven que la única forma que tienen de armarse es entrar al terrorismo. Prosigue con que el caso palestino israelí  tiene muchas vertientes, que hay  problemas internos dentro del Gobierno sionista en la Palestina ocupada y conflictos dentro de la Palestina de Cisjordania y la Palestina de Gaza. A eso se le suma el silencio de los medios de comunicación, cuando se trata de palestinos, y las noticias falsas, “eso también empeora la situación de un pueblo que ha sido oprimido por décadas”, repara.

Para el pueblo palestino el tema de la paz es parte de la vida diaria. No parece ser así por parte de Israel. Un ejemplo son las palabras de la política israelí, Ayelet Shajed, del Partido Hogar Seguro, de derecha religiosa, quien hizo declaraciones de que si se mataba a las mujeres palestinas se acababa el problema.

Otro aspecto que señala es que para muchos palestinos el presidente Mahmud Abas, de la Autoridad Nacional Palestina, se ve como la marioneta del Gobierno de Israel. Todavía están los fieles a Arafat e incluso hay algunos que dicen que para que la situación no siga empeorando y quedarse sin nada, aceptan la intervención del derecho internacional. No obstante, Soraya se cuestiona por qué a los demás países les hacen cumplir las resoluciones de la ONU y con Israel se hace la excepción. A su juicio es porque ahí existen intereses económicos y políticos bien fuertes.

Asad llama la atención al hecho de que cuando Hamás ganó las elecciones de manera democrática en Gaza (2006), Israel no presentó oposición porque pensaba que eso iba eliminar a la Autoridad Nacional Palestina.

En tanto, la joven palestina-boricua señala la postura de los gobierno de los otros países árabes de la región los cuales hasta el momento se han mantenido al margen, debido también a las divisiones internas dentro del mundo árabe.  “Me  refiero a los líderes, porque los pueblos se manifiestan antes que los líderes. Ya están en distintos lugares manifestándose para que se dé, por fin la libertad de Palestina. Mucha gente se pregunta cómo se puede hablar de libertad después de esta masacre. Pues por lo mismo que cuando se dan las masacres contra el pueblo palestino. Así que es una situación bien delicada. En estos momentos, las relaciones internacionales están tomando un nuevo giro. Hay que tener cuidado con las noticias y videos falsos que están colocando. Y claramente se está replanteando ahora cuál va a ser el rol de la comunidad árabe en esta situación”.

Como hija de palestino expresa: “Ya es tiempo de que se reconozca que sí hay una ocupación en Palestina, que ha llevado unos violaciones de derechos humanos por décadas en  que ha habido en ciertos momentos de la historia buena fe de ambas partes. Subraya que tiene que quedar claro que esta acción de Hamás la mayoría el pueblo palestino no la aplaude. “Ya es momento de hablar y negociar. La acción de Hamás es el resultado de años de frustraciones, abusos, maltratos, ocupación y violación de derechos humanos”.

 

 

 

 

El lado equivocado de la historia

 

 

Especial para CLARIDAD

 

Hoy en día pocos se atreverían a defender, al menos abiertamente, al apartheid: ese régimen de segregación y opresión racista mediante el cual una élite blanca gobernó en Sudáfrica entre 1948 y principios de la década de 1990. La lucha del pueblo y la presión internacional rindieron frutos. La excarcelación de Nelson Mandela en 1990 y su elección como presidente en 1994 marcaron el fin del apartheid, y convirtieron a Sudáfrica en un referente para otros procesos de reconciliación y justicia transicional.

Por horrible que nos parezca hoy el apartheid, no deberíamos olvidar que mientras duró, su condena no fue universal. Concretamente, los gobiernos de Estados Unidos y Europa occidental protegieron al régimen de la élite blanca y alargaron su vida. Empresas estadounidenses y europeas mantuvieron y aun aumentaron sus inversiones en Sudáfrica, a la vez que crecían la resistencia contra el apartheid y los llamados internacionales a boicotearlo. A la altura de 1986 y 1987, el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher se referían al Congreso Nacional Africano (CNA), liderado por Mandela, como “terroristas”. Estados Unidos cargó con la “vergüenza”, en palabras de su ex secretaria de Estado Condoleezza Rice, de clasificar a Mandela como “terrorista” hasta el año 2008: nueve años después de finalizar su término en la presidencia y cinco antes de morir.

A Mandela y al célebre arzobisbo Desmond Tutu, fallecido en 2021, se les hizo evidente la similitud entre el apartheid que resistieron en Sudáfrica, y el que resiste aún hoy el pueblo palestino bajo la ocupación israelí. “He sido testigo –dijo Tutu en el 2014– de la humillación sistemática de hombres, mujeres y niños palestinos por las fuerzas de seguridad israelíes. Su humillación nos es familiar a todos los negros sudafricanos”. Pero es familiar en más de un sentido. El régimen del apartheid sudafricano y el Estado de Israel tienen su raíz común en la expansión imperialista y las políticas racistas de Occidente.

El historiador israelí Shlomo Sand, autor del libro La invención de la tierra de Israel, explica que la bendición británica en 1917 al proyecto sionista –es decir, el establecimiento de un Estado judío– cumplía un doble propósito. Los británicos querían deshacerse de la población judía que llegaba a las costas inglesas después de la Primera Guerra Mundial, y asentarla en Palestina como medio para extender su imperio ultramarino. Pero los sionistas –y no todos los judíos lo son, que conste– tenían un inconveniente: en Palestina ya vivían unos 700,000 árabes y 60,000 judíos.

Desde entonces, a punta de fusiles, los palestinos sufren la progresiva expulsión de sus tierras y el asentamiento en ellas de población judía, principalmente blanca y europea, muchas veces recién llegada de Estados Unidos y Europa y con doble ciudadanía. A los palestinos se les ha condenado al exilio, a campos de refugiados en países vecinos, y al apartheid en los territorios de Gaza y Cisjordania. Mientras tanto, Israel continúa expandiendo sus fronteras, despojando a palestinos de sus tierras y estableciendo nuevos asentamientos. Pero sucede que los colonos israelíes que viven en esas tierras, lo hacen precisamente porque palestinos fueron expulsados de ellas. Esa muerte lenta es la cotidianidad de Palestina bajo la ocupación israelí, y esa fue la cotidianidad retada por la resistencia palestina, de la cual Hamas es solo un componente, el pasado 7 de octubre.

La lucha contra el apartheid sudafricano no fue un camino de rosas, y en ella el CNA y otras organizaciones se valieron de todos los medios a su alcance, incluyendo las armas. Los afrikaners (colonos europeos), sus intereses económicos y fuerzas policiacas y militares fueron objeto de ataques. Pero el CNA y Mandela no fueron “terroristas”, para Occidente, por el solo hecho de recurrir a las armas, ni por atacar colonos. Por esa regla, la violencia originaria, la del colonialismo, y la violencia necesaria para mantenerlo, también habría sido terrorista. Mandela y el CNA fueron “terroristas” para Occidente por empuñar las armas contra su injerto y aliado. En circunstancias similares se encuentra hoy la resistencia palestina.

Y es que en la economía de sangre occidental, la sangre no europea vale menos que la sangre europea. Eso y no otra cosa explica la lógica del ministro de defensa israelí Yoav Gallant cuando ordena la interrupción de la electricidad, agua y combustible a Gaza, y afirma que Israel está luchando contra “animales humanos”: expresión infame que será recordada como digna de los ideólogos del nazismo alemán. Es lo que permite que la noticia falsa sobre 40 niños israelíes decapitados opaque y relativice el hecho real y objetivo de la muerte de más de 500 niños palestinos bajo el bombardeo israelí. El número habrá aumentado antes que usted lea estas líneas.

En Puerto Rico se nos ha acostumbrado a escuchar que este es un conflicto “complejo”, seguido por alguna apología genérica de Israel o por una expresión de falsa equidistancia que se asume como objetiva y neutral. Pero la expansión violenta de una población a expensas de otra, predicada sobre premisas abiertamente racistas y religiosas, para nada presenta una disyuntiva moral compleja. Complejos son los trabalenguas que combinan religión, mitología histórica y desinformación para absolver y legitimar una limpieza étnica en marcha. Y en esa labor hemos visto a toda la fauna colonial, desde el gobernador hasta los fondos bajos de nuestra comentocracia de politiqueros reciclados y bien pagos, que no temen al ridículo con tal de defender por instinto, como buenos colonizados, al aliado de sus amos.

Pero no hay equivalencia posible entre la resistencia palestina y la maquinaria militar israelí, financiada al son de más de tres billones de dólares anuales por los estadounidenses, sin contar la aportación de sus benefactores europeos. Ni es posible la equidistancia ante la la lenta muerte de Palestina bajo la ocupación israelí, ni ante la limpieza étnica que está ocurriendo en Gaza. “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”, dijo en aquella ocasión Desmond Tutu.

Las manifestasciones de solidaridad con Palestina ocurren por todo el mundo. Pero es necesario además que se intensifiquen los llamados al boicot, la desinversión y las sanciones contra el Estado de Israel, tal como se hizo en su momento contra el régimen del apartheid sudafricano. En esta disyuntiva, las potencias coloniales de Occidente cargan con la vergüenza de estar, una vez más, en el lado equivocado de la historia.

Mirada al País-Fundamentalismo Mercantil

Especial para CLARIDAD

 

Tengo la impresión – desearía que equivocada – que el fundamentalismo mercantil, la idea de que toda relación social debe regirse por el mercado, se ha extendido por todas partes, desde el comercio hasta la política y la intimidad. Se advierte, inclusive, en campos supuestamente alejados de los característicos cálculos que inspiran a tal mundo, desde mensajes religiosos hasta expresiones de los nuevos géneros musicales. La consigna, “todo se compra y todo se vende”, luce dominante. Sus ecos se escuchan por todos los continentes.

A partir de dicho fundamentalismo se confunde el espacio público con el privado, lo colectivo con lo individual, el interés general con el personal, el servicio con la ganancia… Se intenta transformar en mercancía a todo bien con tal de que su intercambio esté sujeto a la fuerza motriz del lucro. Se critica la gestión gubernamental, pero no para mejorarla sino para abrirle el paso a la privatización de los servicios públicos. En tal concepción aplican las mismas reglas para los servicios de salud y educación que para el comercio de papas y manteca.

Bajo el dominio de semejantes ideas llegan al gobierno personajes incapaces de distinguir a la gestión gubernamental de la política partidista, al servicio público de la actividad privada, al empleado público del batatal, al contrato legítimo del pago político… Entonces se tejen complejas relaciones en las que sufre el interés general y se beneficia el interés particular. Florece la corrupción.

Y así, muy convenientemente, se ignoran las imperfecciones del mercado. Exaltar las virtudes del mercado a la misma vez que se subestiman las funciones indelegables del Estado orientadas por el bien común, aparte de pasar por alto las limitaciones y fronteras de ambos espacios, desemboca en políticas públicas desacertadas que se distinguen por hacer caso omiso de las fallas del mercado.

Hay bienes que el mercado no suple o, si lo hace, lo hace de manera insuficiente. Suponer que es capaz de hacerlo es como creer que se puede atornillar con un martillo. Tal y como sucede con las herramientas de un carpintero, unos instrumentos institucionales sirven para unas cosas y no para otras. Por ejemplo, la protección  de la navegación con faros y boyas es universal, es decir, resulta imposible discriminar. Por lo tanto, el mercado es incapaz de responder a tal necesidad. Su provisión es responsabilidad del Estado.

Existen bienes que, aunque el mercado responda, no lo hace de manera suficiente. Entre estos cabe destacar la salud y la educación. Si se postula como principio que toda la población tenga acceso a los mismos resulta imprescindible la participación del Estado en su oferta.

Se habla de “externalidades” para referirse a beneficios o costos que no pueden ser capturados por los precios que genera el mercado. Pueden ser positivas o negativas. Entre las primeras cabe citar a la educación: beneficia al que se educa (beneficio privado) y también a la comunidad (beneficio social). El mercado es insensible al beneficio social. Se supone que el Estado sí lo sea.

Entre las “externalidades” negativas suele destacarse la contaminación ambiental. Los productores que generan contaminación (costo social que no es absorbido por la empresa) provocan que el Estado venga obligado a intervenir, generalmente vía reglamentación.

La falla más reconocida del mercado es su inestabilidad, manifestada recurrentemente por episodios  de desempleo masivo y por espirales inflacionarias. El reconocimiento de dicha inestabilidad constituye el eje del objeto de estudio de la macroeconomía  y de las políticas fiscales y monetarias. Además, se han desarrollado toda una serie de programas de asistencia económica que, en parte, representan un crudo reconocimiento de las insuficiencias del mercado.

A todo lo anterior se suma que el mercado no está diseñado institucionalmente para valorar la justicia e igualdad social. Pero los fundamentalistas le atribuyen características de manto sagrado capaz de servir de fragua de dignidad y honradez cuando, en realidad, permanece indiferente ante tales atributos. Tal vez por esto es que el dominio del credo neoliberal ha provocado que la política, reducida a mercancía, oscile, cada vez más intensamente, entre la vulgaridad y el delito…