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Fiel a la Vega se luce con su concierto sinfónico

Fiel a la Vega. Foto por Victor

 

 

En Rojo

 No cabía un alma en el vestíbulo de la Sala de Festivales. Las tertulias solapaban otras tertulias al filo de que comenzara el evento, a las 8 de la noche. Había algo risueño en la noche y en pleno parloteo, una contentura como de una gran cofradía lista para agremiarse, minutos después, para ver a Fiel a la Vega en un espectáculo que el grupo no ha repetido en más de 20 años: una sinfónica.

Adentro, música típica preludia al concierto especial. Salsa navideña, trullas y coros de Johnny Albino y Antonio Cabán Vale “El Topo” pregonan su lelolai de lechones ante la velada rockera. Una muchacha masticaba un Twix a catorce minutos del concierto; más de una decena bebía algo y, de fondo, una orquesta afinaba los violines y micrófonos desde las sombras. Un arpa también reluce en el escenario.

A las 8:44 de la noche, sonaron los violines, las trompetas y baterías como dando inicio a una gran alborada de sonidos. Pitidos de flautas y silbidos de clarinetes pueblan el silencio. El director acompasa el asunto. Pone la percusión a su ritmo, los violines en su lugar y las luces, con los aplausos y los demás vítores, estallaban como señal del comienzo. Monte fue el primer éxito que cantó Tito Auger con los hermanos Arraiza y Ricky Laureano.

Dos trompetas, dos trombones. No podía contarse la cantidad total de metales, pero más de 26 violines aupaban la intensidad de la música, dotando la canción– como dijo Auger a En Rojo– de máyor “drama”. Los músicos se acomodaban en dos suertes de graderías que, a un lado, cobijaban las cuerdas y los vientos en otro.

“Cuando estábamos planteándonos hacer esto, dijimos vamos a ver qué podemos hacer distinto dentro de lo que nosotros hacemos, que ha sido tan diferente desde que empezamos. Buscamos la definición de la palabra sinfonía. Decía que era una pieza musical que corría, constantemente, por hora y media, dos horas sin parar. Nos dijimos vamos a hacer algo así. No tenemos que hablar mucho”, anunció Auger, eximiéndose de los demás mensajes que suelen interrumpir los conciertos.

Lo demás fue melaza sencilla, puro regodeo para los fanáticos fieles de la Vega. Entre ellos, el presidente de la Hermandad de Empleados Exentos No Docentes (HEEND), coreaba sencillos como CVND, Elipsis de una fuga, Oda a la fidelidad y Equilibrio. Y eran, de fondo, las cuerdas, los vientos y la percusión como una ola sonora que revestía las trenzas de Auger con aires divinos.

Se puso la cosa buena
Las luces de verbena
Se agitan en el viento

Y expiran con el tiempo
Es la fiesta de los tuertos
Todos andamos sueltos

Los coros parecían acopiarse según las melodías progresaban. El panal y Turísticamente bien causaron un fragor particular, igual que Encontrarte es una historia, Vieques y Septiembre/Río Piedras, cuando una mujer ondeó, con orgullo, la bandera de la Isla Nena en todas direcciones. Fue un orgullo casi soberbio, muy parecido al que todos lucieron durante los casi diez minutos de Salimos de aquí. Ahí todos salieron del beso de una diosa olvidada, de un volcán al que no le queda lava y del pensar de que aquí, donde se vive de cantazo en cantazo, no queda nada. Salieron todos y cada uno. Y como todos se pararon, algunos le impidieron la vista a quienes la tenían por debajo de la espalda de su vecino.

Quizás algún día comprendan lo que importa de verdad
Quizás lo que importa en esta vida
Es algo que no tiene que ver
Con las cosas que persigo, con aquello que soñé
Pero algo necesito; hoy algo tengo que creer

 Uno de los momentos cúspides de la noche se dio durante la interpretación de Boricua en la luna, poema de Juan Antonio Corretjer musicalizado por Roy Brown. Clarinetes pitaban junto a las flautas, contrastando con los crescendos violinistas, y los metales complementaban este susurro musical hasta desembocar en el introito de la melodía, tan consabido. Entonces, todos juraron ser borincanos aunque fueran hijos de la luna.

 Como ñapa para las 18 canciones que ambientaron la noche sinfónico-rockera, la banda despidió a su público– casi cofradía– con Una plegaria más y Los superhéroes, consignando que en Puerto Rico, así seas una caricatura, Fiel a la Vega te va a tumbar.

 

Crónicas de la vida disca-Tengo un arcoíris para ti

Especial para En Rojo

 

Imagínate una fiesta de cumpleaños en cama. ¡No es lo que te estás imaginando! Quítale el tinte erótico y ponle uno de hermandad. Es una fiesta de cumpleaños, no en una sola cama, sino en muchas camas alrededor del mundo. Le cumpleañere se recuesta de lado, cual diva de boca morada, en una cama en Canadá. Otras camas amigas están en Colombia. Otras en Escocia. Chile. Países Bajos. España. Muchas partes de Estados Unidos. Una fiesta de camas internacionales.

—¿Y por qué se reúnen en camas? —me preguntó una vez mi tía y quizás se lo preguntan también mis querides lectores. Ustedes que vivieron, acaso, encuentros familiares virtuales durante la cuarentena pandémica recordarán algunas reuniones alegres, otras engorrosas, donde los adultos hablaban uno por encima de otro y los niños tiritaban desesperados por salir de la cámara e irse a jugar. Esto no es aquello, aunque puede servir el punto de referencia de una época en que el mundo se nos hizo chiquito. Donde la vida se circunscribió a casa y patio. Donde había un cierto alivio al descansar del afán destructor de la “sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han, pero donde reinaba el temor al qué vendrá, adónde se conseguirá la comida, al si me enfermo, qué pasará…

Esta última incógnita ya no lo es para los asistentes de esta fiesta. Aquí nos congregamos digitalmente presenciales un grupo de personas enfermas de todas las edades. Ya sabemos lo que pasará si nos enfermamos. El calvario del descreimiento de los médicos. El abandono de los amigos infieles. El mundo lleno de escalones donde bien cabían rampas. Ya lo conocemos. Hemos trascendido el terror a la enfermedad y la discapacidad que se nos inculca en nuestra sociedad. Habitamos el futuro disca (ése que dicen que a todos nos ha de llegar si vivimos suficiente tiempo). Los aquí presentes llevamos años buscando y encontrando el sentido de la vida tras un aparatoso golpe vital. Años viviendo en lo que el movimiento de justicia de discapacidad llama “el espacio cama”.

Como nos cuenta la organización de justicia de discapacidad Sins Invalid (que traduce a Pecados Inválidos), el espacio cama es un lugar desde el cual podemos vivir, acurrucarnos, janguear con nuestros amigos, escribir y leer (con ojos, dedos u oídos), trabajar, hacer arte, amar, criar hijos, bailar, dormir, soñar, organizar, hacer carteles de protesta y cambiar el mundo: todo desde la cama. En lugar de verla como lugar de confinamiento, el movimiento de justicia disca propone la cama como espacio de experiencia y sitio de resistencia.

—¿Y por qué se reúnen en cama? —me preguntaba mi tía— ¡Si tú no estás encamada!

Mis ojos se abrieron como quenepas guaretas.

—Titi, si yo estoy en cama 23 horas al día, me parece que eso es vivir en cama…

La tía no se da por vencida y me pregunta si puedo dedicar la vigesimocuarta hora del día a entrenar en el gimnasio. Mis ojos se abren como guanábanas. Estoy en cama por una limitación energética de tal magnitud que mi doctora me explicó que, para mí, “ejercicio” sería sentarme en la cama, vestirme y lavarme los dientes.

En un poema, saqué la cuenta de cuántos días habían pasado desde el fatídico jueves, 12 de mayo de 2022 en el cual un coronavirus —aún no decido si enemigo o aliado de mi vida— me metió en cama por más de mil y un días. Una compañera escritora quiso calcular también sus días viviendo en el espacio cama: 16,000 y contando. Mis mil días se achicaron de repente a una dieciseisava parte. Mi odisea se volvió odiseíta frente a la de mi compañera irlandesa. Y es que todos los aquí reunidos tenemos encefalomielitis miálgica (EM). Se trata de una enfermedad crónica, a menudo post-viral (pero no siempre), que ha existido tras otras grandes pandemias por causa de misteriosas invasiones virales que causan trauma cerebral y celular.

Se te daña la función ejecutiva dificultando la concentración y la toma de decisiones. Se te descalabra el sistema nervioso interrumpiendo las funciones autonómicas de las cuales habías dependido toda tu vida como latir tu corazón, inhalar y exhalar aire, tragar bebidas y alimentos, regular la temperatura del cuerpo, incluso sentir la necesidad de ir al baño. Se te impacta la memoria dificultando tareas simples que se quedan a medio hacer. Se te estropean las mitocondrias donde se crea la energía tan necesaria para moverte, actuar, sentir y pensar. Y si te pones a hacer ejercicio en un desacertado intento de recuperación, arruinas aún más tus células ya deterioradas y te quedas en semi-coma por un tiempo indefinido, tu cuerpo (siempre aliado queriéndote sanar) te apaga para poderte reparar.

—No, tía, no puedo ir al gimnasio en la vigesimocuarta hora de mis días en cama.

Me da escalofríos imaginar el aislamiento de una sobreviviente de la influenza tipo H1N1 en el 1918, cuando se estima que murieron 40 millones de los casi dos mil millones de personas en el mundo en ese entonces. Imagino la soledad de sobrevivir a la muerte púrpura y quedarte en cama por el resto de tu vida sin poderte comunicar nada más que por cartas, eso, si sabías escribir y tenías los medios, misivas cuya travesía tardaría semanas o meses en llegar a su destino. Ahora no. ¡Viva la tecnología de acceso! Ahora (los que tenemos electricidad e internet) nos podemos reunir en videollamadas que sólo eran un sueño hace cien años. Enfermes discas de todo el planeta nos podemos encontrar y celebrar el cumpleaños número 20 de nuestre queride Emrrys.

Traemos gorros de fiesta, arcoíris de todo tipo y poemas en honor a le cumpleañere con varias alegres versiones del “día en que tú naciste, nacieron todas las flores”. La mamá de le celebrade comparte fotos y videos de Emrrys. Le vemos cuando era joven y llene de vida haciendo trekking en majestuosas cataratas canadienses. Hoy esa criatura rubia tiene una distinguida barba marrón, reluciente pintalabios violeta y, lo que no ha cambiado, unos ojos de amor y miel que te derriten el corazón. Es como estar de visita en la sala de Emrrys y mirar su álbum familiar. Emrrys que corre a la catarata. Luego, Emrrys en silla de ruedas con cachorrito dormido entre brazos. Se respira intimidad con un resabio agridulce porque henos aquí en camas, muy lejos de cualquier catarata y de las exploraciones en lo que llamamos La Vida de Antes, aquella del pasado anterior a esta enfermedad que afecta a 1% de la población global (80 millones de personas).

Pero como esto es un cumpleaños, empujamos la tristeza a una esquina del corazón (la sacaremos de allí otro día en algún poema u obra de arte). Celebramos hoy lo que aún se puede y debe celebrar.

—¡Tengo un arcoíris para ti! —exclamó y comparto en pantalla un arcoíris andino, donde el color del arcoíris suele ser más intenso al verse contra la cordillera de los Andes, con cerros que se asoman por entre las nubes. Una compañera nos sorprende al crear, al instante, un dibujo de mí con mis espejuelos, pelo largo y sonrisa amplia, un gran arcoíris junto a mi cabeza. Las palabras “Tengo un arcoíris para ti” fijan el tierno momento en nuestras memorias, aún mientras la artista pregunta que quién fue la que dijo esto hace un rato.

—¡Fui yo! —ofrezco risueña y celebramos el arte espontáneo y el amor.

Nos vamos cansando. Si en el pasado fuimos de amanecidas gloriosas, ahora en 45 minutos se agota nuestra energía. Sentir emociones fuertes, tanta luz relampagueando en nuestros cerebros, requiere cantidad de energía. La disautonomía aumenta. Se acerca la hora de desconectar. Mi lengua comienza a arrastrarse (disartria). Se me hace más difícil respirar (disnea). Mis brazos se vuelven de plomo (hipoxia). Me empieza a doler el cuerpo como si hubiera corrido un maratón (algo que nunca he hecho) o como si acabara de bailar el ballet de Giselle en la empinada tarima del Teatro Alejandro Tapia y Rivera (algo que sí hice, ¡qué tiempos aquellos!, aunque hoy día más parezco uno de los espíritus de las wilis).

A cambio de esta horita de gozo, me esperan horas de inmovilidad. Ha valido la pena. Hemos celebrado la vida de une joven poeta que en ocasiones no sabíamos si seguiría con nosotros en el planeta. Nos hemos reído desde nuestros botecamas en este ancho mar de gracia y desgracia que es la vida. Hemos recargado nuestros corazones para enfrentar los días y años venideros de vida vibrante y enclaustrada, de espíritus libres e imbatibles. Imagínate que nos despedimos con las manos al corazón al terminar nuestra fiesta en cama. Imagínate que contenemos las ganas de abrazar nuestros queridos cuerpomoradas a la distancia. Imagínate que te importan nuestras vidas en el espacio cama.

 

La autora es una escritora, cineasta, artista y educadora puertorriqueña graduada de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras con bachillerato en Estudios Latinoamericanos y de Harvard University con maestría y doctorado en Lenguas y Literaturas Romances.

 

Porfiada butaca

 

Ricardo Vega

El estado mínimo, por más pequeño que sea, siempre robará, pues aun con una ética que guíe sus acciones hacia lo justo, terminaría en la acumulación de privilegios que emanan de la superioridad moral.

Cuando escribo sobre astrofísica y las maravillas que se esconden dentro de la íntima estructura de la materia, a la par con los astros más lejanos, repito la historia y me muevo en la tradición de los argonautas empecinados en ir a los extremos de lo conocido y recuperar lo que entienden les pertenece. La semilla de conquista que existe en toda curiosidad y que se vuelve difícil no querer fertilizar y verla crecer.

Si lográramos hacer filosofía pura, la original, la que ama el conocimiento por sí mismo y nada más, nos acercaríamos más a Sócrates y aprenderíamos, entendiendo, porque en lugar de ceder a la tentación de escapar su destino prefirió, en sus últimas horas, intentar la poesía y quizá aprender una nueva pieza en la lira. Así ejerceríamos la habilidad de no procurar monetizar nuestro talento sino regalarlo como Sócrates, a desfigurar las monedas como Diógenes y a dar al César lo que es del César como Jesús. Hoy casi nadie recuerda sus jueces, pero sus nombres e historias aparecen en los certificados de nacimiento y hasta en las comedias populares de las invisibles islas.

Gusto pensar entonces que voy asfaltando el camino hacia el abuelo devoto. La tranquila armonía entre una persistente pregunta que se filtra en los recuerdos que insiste documentar. El homenaje de todos y todo renovado en la disculpa de unas huellas únicas e imposible de imitar. El breve golpe de címbalo que ayudó a la inmensidad de la orquesta, desapercibido por muchos, aunque no para el oído del conductor.

 

El autor es un escritor puertorriqueño residente en Filipinas.

 

Los mundos violentos de Predator: Badlands

 

Especial para En Rojo

 

Predator: Badlands (dir. Dan Trachtenberg; EE.UU., Australia y Nueva Zelanda, entre otros; 2025) demuestra lo entretenido que es ver personajes sufrir lo indecible para salir victoriosos al final del camino. Y no estoy incluyendo spoilers. Los triunfos del protagonista vienen acompañados de consecuencias funestas. Además, espero que a estas alturas estemos tan familiarizados con el género cinematográfico de supervivencia que sepamos que los protagonistas tienen que sobrevivir al final. Bueno, no siempre es así, porque la promesa que nos hace un director cuando trabaja efectivamente dentro de un género es que innovará sobre la fórmula. Aunque el abuso de esta fórmula puede cansar a muchos públicos, como lo que ha pasado últimamente con el género del cine de superhéroes, hay sólidas representaciones fílmicas de supervivencia.

No hay nada como ver la confrontación final entre Ripley (Sigourney Weaver) en su armadura metálica y la reina-madre de los aliens en Aliens (dir. James Cameron, Reino Unido y EE.UU., 1986). Muchas veces las fuerzas antagónicas nos recuerdan monstruos míticos de cuentos infantiles, como es la manada de lobos que caza a Ottway (Liam Neeson) y a sus compañeros después de un accidente aéreo en Alaska en The Grey (dir. Joe Carnahan, EE.UU. y Reino Unido, 2012). En otras historias, lo que atenta en contra del héroe es una expresión de los problemas sociales, como en The Raid: Redemption (dir. Gareth Evans; Indonesia, Francia y EE.UU., 2012). Rama (Iko Uwais), un agente de la policía indonesia, pelea dentro de un edificio inmenso de vivienda pública contra un ejército criminal que se adueña del lugar. Esta lucha por la supervivencia en el género no se limita a los humanos, como lo demostró King Kong (dirs. Merian Cooper y Ernest Schoedsack, EE.UU., 1933), que sucumbe al final ante la explotación de la ciudad de Nueva York. El simio gigante sería el rey de la jungla, pero la osadía de enamorarse de Ann Darrow (Fay Wray) fue un obstáculo que no pudo superar. El héroe en Predator: Badlands sufre lo indecible para salir airoso independientemente de las consecuencias.

 

El director de Predator: Badlands, Dan Trachtenberg, expande en el universo de la película original, Predator (dir. John McTiernan, EE.UU. y México, 1987), donde un pelotón militar estadounidense se enfrenta al guerrero alienígena (Kevin Peter Hall). Al final, Dutch (Arnold Schwarzenegger) derrota al cazador afirmando así su problemática supremacía de hombre blanco. Comenzando con su primera secuela en la franquicia, Prey (EE.UU., 2022), Trachtenberg lleva la historia a lugares únicos al localizar la acción en las colonias americanas prerrevolucionarias. El director también desafía el triunfo de la testosterona ochentosa por su enfoque en Naru (Amber Midthunder), una joven indígena que lucha contra el depredador (Dane DiLiegro). Pero este es tan solo un obstáculo más para Naru, que también enfrenta un grupo de cazadores franceses y el prejuicio de los guerreros de su comunidad que la minimizan.

En la secuela más reciente, Trachtenberg adentra en la cultura yautja, de donde provienen los cazadores alienígenas. El depredador (Dimitrius Schuster-Koloamatangi) se vuelve la presa cuando tiene que viajar a un mundo inhóspito para conseguir un trofeo que lo redimirá ante su hermano y lo llevará a enfrentar a su padre. El depredador busca matar el Kalisk, el superdepredador más poderoso de su universo. Pero la flora y la fauna del planeta son una corrupción de las coloridas glorias de Pandora en Avatar (dir. James Cameron, EE.UU. y Reino Unido, 2009) y sus secuelas. El depredador necesita la ayuda de un androide (Elle Fanning), que ha sido abandonada en el planeta y que ha perdido sus piernas, para batallar contra las poderosas defensas de cada planta y criatura que pulula en ese infierno. La imagen del depredador que explora el planeta con el androide a sus espaldas es un elemento mítico del cine que refleja al samurai y a su cría en la serie de películas que comenzó con Lone Wolf and Cub: Sword of Vengeance (dir. Kenji Misumi, Japon, 1973). Por otro lado, la naturaleza peligrosa de ese mundo que el depredador necesita doblegar se siente genérica. Cada espina venenosa y lagartijo explosivo son armas obvias para el guerrero, haciendo su reto bastante predecible y afectando el impacto del antagonista principal, el planeta en sí. Donde todo representa una amenaza, ningún peligro sobresale. Predator: Badlands es una adición decente a la franquicia con muchos detalles interesantes para cualquier fanático del género y de la serie, aunque sus innovaciones no sobrepasan los logros de Prey ni de la excelente película animada, Predator: Killer of Killers (dirs. Dan Trachtenberg y Joshua Wassung, EE.UU., 2025).

Me gusta mucho cuando un personaje cuestiona mis concepciones de lo posible. Por esto, Naru siempre será para mí más impresionante que el Dutch de Schwarzenegger y que el cazador de Badlands. Naru es tan impredecible como el gato negro en la joya animada, Flow (dir. Gints Zilbalodis; Latvia, Bélgica y Francia, 2024). Este animal aparentemente indefenso se enfrenta a un evento apocalíptico donde los humanos han desaparecido y solo quedan los animales. El gato de Flow nos demuestra que la única manera de sobrevivir al final es luchando por comunidad, una acción que resalta la esperanza de nuestras conexiones y nuestra inevitable dependencia del otro.

Pueden ver Predator: Badlands en la pantalla grande para entretenerse un rato, pero les recomiendo altamente Prey y Predator: Killer of Killers en Hulu.

 

La película Conclave y el útero

 

 

¿Qué significa tener útero?

Spoiler Alert: Voy a revelar el misterio de la película Conclave.

Murió el Papa Francisco. La iglesia católica tiene que hacer una reunión de cardenales para elegir un Papa: un cónclave.

La película Conclave, nominada para el oscar en 2024, es sobre un cónclave. La maravilla de la trama de la película es que podría ser real. Tal vez a través de la historia tuvimos Papas con útero y nunca lo sabremos. La iglesia tiene que preguntarse qué hará en su próximo cónclave.

Consideremos que la trama de Conclave es posible porque creamos tecnologías, por ejemplo, en la radiología, que nos permiten mirar dentro de los cuerpos. (Siempre ha existido la opción de abrir los cuerpos para mirar.) La innovación tecnológica puede crear nuevos problemas éticos. Por ejemplo, la máquina de respiración artificial hizo posible la nueva categoría de muerte cerebral, la cual entonces hizo posible el nuevo problema ético de decidir qué hacer con los humanos en ese estado. En Conclave tenemos el (supuesto) nuevo problema ético de tener que decidir si queremos o no queremos un Papa con útero.

Como la iglesia solamente permite Papas hombres, la película Conclave sugiere que tener un útero tiene algo que ver con categorizar a los seres humanos como mujeres u hombres.

Consideremos el proyecto sobre las histerectomías en Puerto Rico de la Dra. Michele Beauchamp (https://histerectomiapr.com/). En las entrevistas que hizo la Dra. Beauchamp, algunas puertorriqueñas decían no sentirse mujeres porque sus úteros habían sido removidos. Algunas también expresaron que sus parejas, que se categorizan como hombres, ya no querían tener relaciones sexuales con ellas porque ya no las consideraban mujeres si no tenían útero.

Parece que le damos más importancia y significado a tener un útero que a tener otros órganos, como por ejemplo un apéndice, incluso cuando no se pueda (o no se quiera) utilizarlos.

Dividir el mundo en categorías biológicas mujer u hombre siempre ha sido cuesta arriba. No hace mucho se determinaba usando el ‘juicio médico’ con la ‘Escala de Prader’, mirando los genitales. Ahora podemos usar tecnologías para mirar dentro del cuerpo y ver si tiene útero. Resulta complejo si se pretende alinear la apariencia externa con alguna categoría biológica. No siempre hay correlación entre la apariencia externa mujer u hombre y la categoría. Como en la película Conclave, hay una falta de correlación entre el útero y la apariencia externa masculina. Y hay humanos que no tienen útero y tienen apariencia externa femenina. También existe falta de correlación entre la apariencia externa y las categorías genéticas XX y XY. Tenemos a la ‘súper modelo XY’ y a los ‘varones XX’. La institución médica, en su afán de definir lo “normal” y medicalizar la vida, a veces decide ponerle nombres -como condición, síndrome, desorden- a faltas de correlación. (También podemos seguir creando categorías. En Conclave, se puede decir que el Papa está en la categoría de intersexualidad.)

Se piensa que categorizar el mundo ayuda a entenderlo. Pero no necesariamente es así. Las categorías pueden mostrar conocimiento o pueden invisibilizar conocimiento. También pueden ordenarse jerárquicamente; incluir o excluir a los seres. Ayuda parar y preguntarse cuál es el propósito de una categoría, sobre todo si se considera biológica. ¿Promueve inclusividad en armonía o excluye a algunos seres de derechos, beneficios, o privilegios? Para un análisis de cómo las categorías de mujer u hombre son la base de la opresión sexista, recomiendo el ensayo Sexism de la filósofa Marilyn Frye en su libro The Politics of Reality.

Me pregunto si la iglesia católica requiere, o va a requerir, que las personas en el cónclave utilicen tecnología para confirmar que no tienen útero.

Indudablemente, tener un útero es significativo independientemente de la categoría del ser humano que lo posea.

El útero está atado al poder de creación.

Aunque no todas las personas que tiene útero tienen la capacidad (o el deseo) de gestar y parir; ninguna persona sin útero tiene esa capacidad. El útero no es suficiente, pero es necesario, para crear humanos.

También queremos dividir los procesos de creación de humanos en categorías.

¿Qué significa parir? es una de mis preguntas filosóficas favoritas.

Se podría pensar que es simplemente una pregunta biológica, cuya definición actual funciona para dividir el mundo en las categorías que utilizamos como aborto, parto, cesárea, o “pérdida de bebés”. Por ejemplo, la Real Academia Española define parir como: “Dicho de una hembra vivípara: Expulsar naturalmente el hijo o los hijos que tiene en su vientre.” La definición en el libro más popular de la cultura obstétrica, Williams Obstetrics, es: “El parto es el proceso que conduce al nacimiento de un niño. Empieza con el inicio de las contracciones uterinas regulares y termina con el parto del recién nacido y la expulsión de la placenta.”

Ninguna de las dos definiciones funciona para dividir los procesos de creación de humanos en las categorías que usamos actualmente. Ese es el tema de la próxima gotita.

Conclave nos invita a pensar sobre el significado del útero y su relación a lo humano, sobre todo porque no sabemos, simplemente mirando a las personas, quiénes tienen ese órgano.

​Interesantemente, ahora que hacemos trasplantes de úteros, apuesto a que el útero va a considerarse lo que siempre ha sido, un órgano que puede proveer una capacidad adicional -o, digamos, el súper poder- de crear seres humanos. O, para ponerlo en términos médicos, la innovación en tecnología que permite los trasplantes de úteros será considerada una “mejoría humana” (human enhancement) que algunos humanos sin útero empezarán a reclamar.

¿Desde cuándo estamos pariendo? Desde siempre…

Poco a poco tenemos que ir des-aprendiendo –que es más difícil que aprender- la cultura obstétrica en la que fuimos criad@s y en la que vivimos y parimos.

 

La autora es profesora de filosofía en la UPR en Mayagüez y autora de libros infantiles.