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Orientación para las Justas

 

Especial para CLARIDAD

La liga Atlética Interuniversitaria, como de costumbre, estará celebrando su magno Festival Deportivo una vez más en la ciudad señorial de Ponce, cuyo evento cumbre son las tradicionales Justas de Atletismo. Este año tiene un significado especial, pues se celebrará por todo lo alto el nonagésimo aniversario de la L.A.I. Fue en 1929 cuando el profesor Cosme Beitia Salano, entonces Director Atlético de la U.P.R., convocó a los profesores José D. Morales y Luis A. Izquierdo, del CAAM,  junto a Charles Leker, del Instituto Politécnico de San Germán, para crear lo que hoy se conoce como la L.A.I.

Siempre guardo gratos y bonitos momento vividos junto al inolvidable compañero y hermano Elliott Castro. Hoy, al igual que en las justas del pasado año, le echaré de menos ¡No había evento que Elliott disfrutara más que las Justas. Sé que su espíritu una vez más estará acompañándonos en la mesa de transmisión.

Regresan las Tigresas

La rama femenina presenta un panorama en el que se perfila un triunfo sólido de las Tigresas de la Interamericana, quienes lucen realmente imponentes.

Repasemos lo que pueda presentar cada equipo y sus atletas:

UPR de Bayamón cifra todas sus esperanzas en Valeria Matos en el evento de la Jabalina; habrá uno que otro puntaje, pero nada significativo. Idéntica situación con las Búhas de Humacao y Erika Serrano en los 100 m vallas. Otras, como Ana G. Méndez, Carolina, la Católica y la UPR de Cayey estarán recibiendo puntos y en algunos eventos subirán al podio, pero sin muchas aspiraciones.

Las Jerezanas de la UPR, tienen opciones reales de oro, con Rachel de Orbeta en marcha y Ariana Maldonado en salto alto. El entry de Viviana Quintana y Valeria Matos puede copar oro y plata en la pértiga y con ellas cuatro deben recibir unos treinta y ocho puntos. Picarán en otros eventos, pero nada significativo.

Por su parte, Ana G. Méndez Cupey buscará oro y plata en el lanzamiento del disco con el dueto  de Taisha Ortiz y Lisuanet Rivera. La propia Taisha tiene opciones de ganar bala, al igual que Fraishlan Luna abriendo las hostilidades en el lanzamiento del martillo. Candy Toche debe revalidar oro en triple salto y su relevo 4 x 100 luce con opciones. Su mayor debilidad es que se pueden ir en chiva en siete u ocho eventos y habrá otros en los que recogerán muy poco.

Las Taínas de Gurabo van sólidas con su estelar Asaine Hall en 100, 200 y 400 m. Otra posible doble ganadora es Keysha Dumeng en 400 vallas y 800 m. Franshelly Rodríguez y Geraldine Wiliams debe de recoger unos 14 puntos en el martillo, y el relevo 4 x 400 puede cerrar la noche con oro. Deben estar en  medallero en otros eventos, pero sin muchas pretensiones.

En tanto, las Juanas del Colegio siguen mejorando y presentan atletas con reales oportunidades, como el dúo de Paola Ramos y Alissa Alejandro en los eventos de fondo, igualmente su relevo 4 x 100 las puede poner a gozar abriendo la tarde.

Quienes lucen realmente imponentes y favoritas lógicas son las Tigresas de la Interamericana. Un equipo completo con solidez en prácticamente todos los eventos. De eso se trata cuando se tienen aspiraciones al título. Tienen atletas como el dúo de Soé Maldonado y Carolina Lozano como figuras estelares en los 1,500 a 10,000 m., incluidos los 3,000 con obstáculos. En esos eventos debe haber unos 65 puntos.

Aries Sánchez debe revalidar en salto largo y pelear en 100 y 200 m. La Interamericana recibirá buena dosis de puntos en prácticamente todas las pruebas. Si hubiese que describirlas en una palabra sería ¡PROFUNDIDAD! Las Tigresas tienen de sobra, y en términos hípicos, son una línea.

Puntuación final aproximada: UI  204, CAAM  130, Gurabo  124, Cupey  110, UPR 75, Carolina 52,  Católica  42, Bayamón  29, Humacao  24, Cayey  21, UCB  3, USC  2, American, Ponce y Arecibo  1.

Taínos y Tigres hasta el final

Una vez más, los Taínos de Gurabo y los Tigres de la Interamericana deben protagonizar un gran duelo por la supremacía. Han sido los dos equipos de mayor fortaleza por muchos años y entre ellos siempre se han repartido el bacalao, por lo que este año no será la excepción.

Veamos qué presenta cada equipo y sus atletas con posibilidades

Cayey tiene sus esperanzas en Christian Colón en los 10,000 m, pero de ahí no deben pasar. Por su parte, Ana G. Méndez Carolina tiene su carta de presentación con Alejandro Cox en el salto largo. Deben de recoger algo en otros eventos, pero nada que deslumbre. Irse en blanco en unos 12 a 13 eventos es posible.

Los Pioneros católicos dependerán de Luis Martínez en la pértiga y de Edinson Luna, que debe revalidar en salto triple. Cuadro similar al de Carolina, cogiendo chiva alrededor de diez eventos.

Por su parte, los Gallitos rojiblancos van sólidos en la marcha. Con el dueto de Luis Espada y Jan Moreau pueden entrar en el podio en alguno que otro evento. Al igual que Carolina y la Católica, son muy débiles en alrededor de una decena de eventos.

Cupey dependerá de lo que logren Nahir Pinto y José González en 5,000 y 10,000 m. Además, Yohan Chaverra buscará repetir oro en 110 con vallas, cuadro parecido a los anteriores, con mucha vulnerabilidad en buen número de eventos.

Los Tarzanes colegiales estarán acumulando puntos en gran cantidad de pruebas, aunque sin la fuerza y profundidad que presentan los Taínos y Tigres. Félix Torres en la jabalina es su principal opción a oro. Debilidad en 100 y 200 m, así como en distancias largas y saltos horizontales, entre otros, los coloca fuera de contienda.

¡Ahora es que el gas pela!

Tigres y Taínos son los equipos completos, profundos, sólidos, con mucha pujanza y fuerza. La Interamericana tiene como protagonistas a Edilberto González, buscando repetir en el disco, a Albert Crespo en la bala y a Joshua Medina en salto alto. Estos deben de igualmente llevarse oro. Otro que puede repetir es Alexis Ojeda en los 400 m. El  dúo de Raymond Urbino y Ricardo Feliciano deben posicionarse bien en 100 y 200. Pueden abrir el sábado ganando el 4 x 100 y cerrar la jornada imponiéndose en el 4 x 400.

Los Taínos de Gurabo lucen igualmente poderosos y, prácticamente, sin debilidades. Deben de abrir ganando el martillo con José Camacho. El entry Richard Torres y Diemmys Ríos busca copar los 400 m con vallas. Otros que igualmente pueden ganar sus respectivos eventos son Kevin Nogueras en 3,000 con obstáculos, hilando fino ante el Tigre Samuel Morales. El dueto de Adrián Agosto y Christopher Wright darán una buena dosis en los 100 y 200 m.

El cheche de la película es Ryan Sánchez, sin duda el atleta de mayor nivel en las Justas.

En 800 m debe tener oposición únicamente contra el cronómetro; mejorar su marca de 1:46.06 en 2018 está a su alcance. Viene de correr 1:14.52 en 600 m, lo que comprueba la excelente condición por la que atraviesa.

Si hay una línea en las Justas es Ryan Sánchez en 800 m, quien unos 90 minutos más tarde debe doblar en 1,500 m. En final de película, cruzo todos los dedos y me voy de forma apretada con los Taínos, cualquier resbalón por mínimo que sea puede cambiar el resultado.

Puntuación final aproximada: Gurabo  214, Interamericana  206, Cupey  95, Colegio  94, UPR  64, Carolina  43,  Cayey  13,  UCB  10, Caribbean  9, Humacao  8, Arecibo  6 y Politécnica  5.

 

La “unidad submarina” del concierto Poblado de Alegría Rampante

Foto cortesía de Ryan Pérez Hicks

 

 

Especial para En Rojo

Una sensación de irrealidad me ha tomado por sorpresa cuando pienso en los movimientos medusarios de las coristas y los atuendos con fragmentos de espejo, sombreros y máscaras de los distintos personajes musicales encarnados por Eduardo Alegría, su agrupación e invitades en el concierto Poblado, celebrado el 15 de octubre de 2022 en el patio interior del Taller Comunidad La Goyco en Santurce. Era un ambiente, un concierto, diferente a cualquier otro. Nos zambullimos en una aventura magnífica, anfibia, con caretas de buceo, chalecos de construcción, relámpagos, imperdibles y pelucas, preparades lo mismo para el fondo del océano que para una trinchera.

En la víspera del concierto, conversé con Eduardo sobre el concepto detrás de la propuesta. “Es un concierto para la gente, para la comunidad solidaria que siempre me apoya”, me comentó. Poblado por la crema y nata de la escena indie de rock puertorriqueño, el concierto se sintió también como un homenaje a los afectos, influencias y convivencias que hacen posible la existencia y persistencia de dicha escena, cuya “unidad”, en las famosas palabras de Kamau Brathwaite, “es submarina”. A la vez, el evento supuso reflexionar sobre los esfuerzos salvajes (tanto metafóricos como literales) que implica moverse en comunidad y desde otra sintonía.

En el imaginario de Eduardo, “la otra música puertorriqueña”, como ha descrito a aquella que no sigue las pautas de la música comercial y que no se escucha con la misma frecuencia que el reggaetón y el pop en las emisoras de radio, es la historia no documentada de su propia genealogía. Como cada canción del álbum recibe “la visita” de una voz que puebla la música, cada una es, según reflejan las fotos de Uziel Orlandi Alegría que acompañan el proyecto, su propio universo, su propio cuerpo soberano.

Al concierto llegamos temprano porque sabíamos que era limitado el cupo y libre de costo. En la fila frente a La Goyco, edificación centenaria que hoy es un bastión de creación y resistencia de la comunidad en la calle Loíza, se podía apreciar la diversidad generacional de la fanaticada. Dentro se respiraba la atmósfera de las fiestas navideñas, aunque era octubre.

El concierto comenzó con la última canción del álbum, “Este cuarto crece”, en la que se escucharon frases de Eduardo como “¡Viva la Revolución!” con un lenguaje –como sucede en muchas de sus letras– a la vez sensual y paródico. Eduardo es consciente de cuánto les artistas podemos defender la libertad en el arte, algo que él reconoce haber aprendido de sus maestras. La idea de revolución percola entre las canciones del pueblo imaginado por Alegría Rampante.

Después nos adentramos en “Un soldado”, canción que cuenta la historia de un personaje enfrentando la invasión de terroristas en paracaídas. En este escenario, lo bélico es una simulación (¿seamulación?). Eduardo, quien contó con la colaboración de María de Azúa como vestuarista, llevaba un pantalón de camuflaje agarrado por imperdibles encima de otro pantalón. En su rostro, tenía un relámpago/grieta a lo David Bowie.

Enseguida comenzó una de las canciones que mejor caracteriza la estética del disco. En “Matorral”, Eduardo nos canta –junto a las coristas buceadoras, las Jorobettes, Marilí Pizarro y Génesis Dávila– del matorral como la escena de les artistas independientes. Justo después, se escuchó la intro en piano de la canción “Echarle sal” de Andrea Cruz como bienvenida a la canción “Sajorí”, en la que Cruz colabora como invitada. Esta estructura de bisagra musical entre lo propio y lo ajeno, salpicada con anécdotas de les pobladorxs, continuó a lo largo del concierto.

Luego vino la canción “Jirafa”, con Fofe Abreu. El tema aborda la dislocación a veces hostil de fragmentos físicos, los cuerpos que se transforman en contra de su voluntad, como sucedió con los de Fofe y Eduardo, según contaron. “¡Cualquiera se cansa!” de tener que negociar un cuerpo accidentado y transformado por los embates del tiempo. Los fragmentos (cintura, rodillas) devienen jirafa, mientras quien encarna el cuerpo sopesa sus opciones: “niégalo”, “asúmelo”…

El hablante de las canciones de Eduardo con frecuencia inventa palabras para dar cuenta del esfuerzo submarino que supone mover el cuerpo artístico en el Caribe. Un ejemplo paradigmático es la íntima “Por ahora camino solo”, interpretada junto a Chango Menas, en la que el sujeto se describe como “Atonelado, como un cráter en el fondo del mar”. Luego, se interpretó “El hombre del mundo”, original de Menas.

En este punto, el concierto se convirtió en un recuento histórico, con canciones como “La emergencia”, “Farifo” y “El recipiente”, interpretadas con arreglos diferentes a los originales. La intervención de la marioneta Manateesha (la hablante manatí) en la última de dichas canciones evoca, en palabras de Eduardo, la transformación constante, “la naturaleza queer de las cosas”.

A continuación, se interpretó un set con la banda completa, compuesta por Nitayno Arayoan, William Jorell Roman, Christian Santiago Fuentes, Juan Antonio Arroyo y el tecladista invitado Jorge (Bebo) Rivera. Luego de tocar “Ejnúa”, performearon “La ruta larga”, pieza en la que colabora Mima, quien en el concierto apareció con un atuendo arlequinesco. A esa intervención onírica y algo lúgubre, le siguió el arreglo del clásico de Mima, “Santo camino furtivo”.

Entonces llegó uno de los momentos más esperados del concierto: el tema “Todo en su sitio”, el más rockero del álbum, “hecho”, como dijo Eduardo, “para Macha Colón”. Si bien la cantidad de estímulos sensoriales desbordaba el escenario, todos quedaron reunidos en un mismo cuerpo archipielágico, un “Tanquecito de amor”, como dice la canción de Macha Colón y los Okapi con la que concluyó la interpretación [*].

Cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, subió al escenario una fanática de Joroba de Pelo (antípoda de la conocida banda de pop rock Jarabe de palo), proyecto reciente en el que Eduardo añadió, según dijo, todo lo que no formaba estrictamente parte del concepto de Poblado. Joroba de Pelo encarna realidades alternas. Por ejemplo, en el concierto en Bellas Artes de Santurce en mayo de 2022, Joroba de Pelo saludó desde el Centro de Bellas Artes Pedro Albizu Campos de la Sala de conciertos Lolita Lebrón, proponiendo un universo paralelo en el que somos un país soberano. Así, cantando desde un proyecto de país inventado, se cerró el círculo náutico de Poblado.

Lo que pasó en La Goyco el 15 de octubre del año pasado fue una de las experiencias más transdisciplinarias, experimentales y gozosas que he vivido como audiencia involucrada. Pero también fue, sobre todo, un acto de amor. La banda ofreció casi tres horas de fabulosidad submarina, llena de estímulos, sonidos y texturas en desafío a las convenciones musicales. Eduardo Alegría, “con la tea en la mano”, dio cátedra sobre su capacidad de encarnar la poética transdisciplinaria, la “unidad submarina” y caribeña de historia, música, teatro, danza y performance. Nuestra inmersión en el matorral costero, submarino y navegable –muy en su sitio– de “la otra música puertorriqueña” fue total.

 

Nota:
[*] Utilizo este concepto en el sentido que le da Beatriz Llenín Figueroa en Affect, Archive, Archipelago: Puerto Rico’s Sovereign Caribbean Lives (Rowman & Littlefield, 2022).

La humanidad que nace unos segundos antes de la explosión: How to Blow Up a Pipeline

 

Especial para En Rojo

 

En una entrevista para Oscars.org, Daniel Goldhaber menciona algunas películas que ejercieron una influencia directa en su más reciente obra, How to Blow Up a Pipeline (2023). Goldhaber afirma que Ocean’s Eleven (dir. Steven Soderbergh, EEUU, 2001) es una de sus influencias por como un grupo de ladrones planifica y ejecuta un complicado robo. El director también incluye The Battle of Algiers (dir. Gillo Pontecorvo, Italia y Algeria, 1967) por su representación de actos revolucionarios en Argel a mediados de la década de los cincuenta. Demás está decir que la voz del director y de los miembros de la producción es importante en cuanto a los elementos que le dan cierta forma y profundidad a la película. Sin embargo, una vez un director suelta su obra al mundo, el espectador se vuelve un participante crucial en su construcción. La visión del espectador perpetúa el proceso creativo añadiendo niveles de complejidad a la expresión. El cine, tanto como el arte en general, es inevitablemente un colectivo de voces contradictorias que una vez calla, la obra se dormirá en el olvido. Independientemente de lo que opine el director, distingo una conexión directa entre la película de Goldhaber y dos clásicos del cine, The Wages of Fear (dir. Henri-Georges Clouzot, Francia e Italia, 1955) y Sorcerer (dir. William Friedkin, EEUU, 1977). Estoy seguro que, aunque Goldhaber no las haya contado entre sus inspiraciones directas, estas dos películas están en conversación con How to Blow Up a Pipeline.

Sorcerer es el remake de The Wages of Fear. En ambas películas, un grupo de expatriados o expats sobrevive como mejor puede en un país no identificado de Latinoamérica. En la original, el pueblo se llama Las Piedras y en el remake se llama Vera Cruz. Aunque me molesta esa división en el nombre del pueblo, lo prefiero separado porque el Vera Cruz de Friedkin tiene tanto de la realidad veracruzana como Las Piedras de Clouzot tiene de nuestra isla. Ambas concepciones de Latinoamérica responden a las fantasías primermundistas de Europa y Estados Unidos donde predominan el fango, la pobreza, las mujeres como objetos sexuales de los hombres abusadores y la corrupción gubernamental. Vera Cruz y Las Piedras son un purgatorio. Los extranjeros luchan por hacer algo de dinero para comprar un pasaje y salir de las mugrientas calles del imaginario colonial. Su oportunidad llega cuando una explosión afecta el oleoducto y la extracción de petróleo. Necesitan explosivos para disipar la gran bola de fuego que sale de la tierra y que no amaina. Los encargados contratan a cuatro expatriados para conducir dos camiones rellenos de nitroglicerina por carreteras y montañas peligrosas. Cualquier movimiento abrupto los hará estallar. Esta premisa tan sencilla en manos de dos maestros como Clouzot y Friedkin se torna en un emocionante viaje donde se profundiza en temas como las relaciones que nacen en situaciones extremas, la fragilidad de la masculinidad y la inexorable prisión del destino. En The Wages of Fear, Clouzot nos presenta una serie de hombres algo acartonados que gradualmente develan su humanidad durante el arriesgado trayecto. Por esto, aunque al comienzo de la película, Mario (Yves Montand) y Jo (Charles Vanel) representan el epítome de la virilidad, el terror que enfrentan durante el viaje resquebraja su bravura. En Sorcerer, Friedkin logra crear el remake ideal ya que expande en la película original y explora de maneras innovadoras el tema principal. El director le da un pasado a cada personaje. Los cuatro principales cuyos destinos conectan en Vera Cruz incluyen a Victor (Bruno Cremer), un banquero francés que escapa de las autoridades francesas por malversación de fondos; Kassem (Amidou), un revolucionario que detonó una bomba en Jerusalén; Scanlon (Roy Scheider), un criminal de poca monta que asaltó a una poderosa familia de la mafia; y Nilo (Francisco Rabal), un silencioso asesino de gafas oscuras. Aunque no tienen mucho en común, los personajes de ambas películas deberán limar asperezas para sobrevivir su misión, una trama que se repite en la más reciente How to Blow Up a Pipeline.

La película de Goldhaber se basa en el libro, How to Blow Up a Pipeline: Learning to Fight in a World on Fire, del ecologista sueco Andreas Malm. El argumento central del libro propone que la destrucción de propiedad debe ser considerada como una táctica más en la lucha por proteger el medioambiente. Goldhaber expande en las ideas de Malm demostrando el impacto humano de estas acciones. En How to Blow Up a Pipeline, ocho personajes con pasados disímiles se reúnen para llevar a cabo un plan: armar y detonar una bomba en un oleoducto en Texas. El grupo incluye a Xochitl (Ariela Barer), una estudiante universitaria idealista; Theo (Sasha Lane), una joven indígena que envuelve a su novia, Alisha (Jayme Lawson), en el plan; Dwayne (Jake Weary), un obrero blanco y posiblemente conservador cuya familia se ve afectada por el oleoducto; Shawn (Marcus Scribner), un estudiante afroamericano frustrado con el sistema; Rowan (Kristine Froseth) y Logan (Lukas Gage), una pareja de punks que sueñan con hacer temblar al gobierno; y Michael (Forrest Goodluck), el joven experto en explosivos que está hastiado de su vida. Al igual que en The Wages of Fear y Sorcerer, la simple premisa de How to Blow Up a Pipeline lleva a un estudio profundo de sus personajes. Goldhaber explora la pregunta que guía a cada uno: ¿llevarán estas acciones extremas a un cambio real?

En las tres películas, los personajes dependen de una maquinaria que ellos han construido y que lleva sus huellas. De hecho, los personajes necesitan esta tecnología rudimentaria para cumplir su cometido. En The Wages of Fear, los dos camiones llevan los explosivos que representan el riesgo de los cuatro hombres, pero que ellos deben de cuidar con sus vidas para poder llegar a su destino y así cobrar el dinero para salir de Las Piedras. Esa comunidad rara de extraños debe de colaborar para cuidar del transporte y cruzar el arriesgado trecho. Por otro lado, en Sorcerer, Friedkin nos da unos camiones que los hombres han construido de piezas mohosas y olvidadas. Los camiones parecen tener un rostro diabólico por momentos. Inclusive, se ven varias imágenes de demonios en algunos puntos del camino, haciendo referencia a The Exorcist (dir. William Friedkin, EEUU, 1973). En este caso, la maquinaria no representa un cargamento que los cuatro hombres deben cuidar, sino la condena que cada uno ha trazado para sí mismo y de la cual no hay escapatoria. Sin embargo, la bomba de How to Blow Up a Pipeline simboliza el sacrificio más alto de todo revolucionario. El grupo sufre construyendo y llevando el dispositivo hasta su destino para destruir una maquinaria más grande y sofisticada que amenaza a las comunidades de la región. Mientras que la bomba representa el sacrificio revolucionario, el gran oleoducto demuestra la desigualdad social y la explotación de los recursos naturales que necesitamos para sobrevivir. Los camiones y la bomba se vuelven metáforas complejas que sofocan a los personajes de cada historia, pero que también liberan las más nobles cualidades de cada uno.

El miedo a la muerte despierta la vulnerabilidad de los personajes en cada historia. En The Wages of Fear, los hombres cooperan para llegar a su destino, aunque el trauma del terror dejará su marca hasta después del final del camino. En Sorcerer, los hombres alcanzan una hermandad tanto por su lucha como por ese destino que ninguno podrá escapar. Finalmente, en How to Blow Up a Pipeline, los revolucionarios crean vínculos fortalecidos por su desafío a la muerte. Aunque Goldhaber no pensaba en la independencia de Puerto Rico, su mensaje demuestra cómo nos volvemos gente solo a través de la lucha.

 

Claro de Poesía: Esto es una isla

 

 Especial para En Rojo

En La poética del espacio, Bachelard dedica páginas de particular hondura a lo que denomina la “fenomenología poética”. Con esto se refiere a la capacidad del poeta de ver más allá de la percepción inmediata que recogen los sentidos. Para Bachelard, el poeta no ve cosas, sino arquetipos, ese ADN de símbolos que prefigura el accionar humano. Según advierte el filósofo, la tarea del poeta consiste en establecer la “actualidad” de los arquetipos, que viene a ser algo así como el recordarnos la materia simbólica de la que estamos hechos. La obra del dominicano Alejandro González Luna (Santo Domingo, 1983) revela un poeta consciente de ese llamado. Su poesía, de una plasticidad inusitada y desconcertante, maneja los motivos de la isla, el mar y la ciudad con una mirada que fuerza a interpretarlos como elementos del paisaje interior de quien la aprecia. Esto no es poca cosa en el Caribe de hoy, en donde abunda una poesía que, o bien se contenta con la descripción vacua, o se anega en la inmediatez testimonial. González Luna apuesta por una escritura sin abalorios, de una exquisitez y densidad que asombran.

estudio preparatorio para un poema de la isla

Esto es una isla: viejo mapa del fuego. Peñón de sombras y cacharros. Pájaro herido que intenta volar sobre la lengua. Escozor que raspa y corroe nuestra sangre. Esto es una isla: tierra sin puentes. Enjambre de pequeñas palabras que arropan las olas. Lengua de larvas y astillas diminutas que tiene sus raíces en mi boca. Lenguaje que sobrevive a duras penas. No cede nunca la marea aquí: muerde, traga, conjetura. Todo el día. Animal inquieto el agua, el cerco, las preguntas. El mar tiene dialectos y origen en un mismo hueso. En la orilla, el agua obra su verdad última, su desenlace.

 

atardecer en la costa

 

Se pone el sol.

Escribo un poema. En el

poema escribo lo que veo:

 

la costa, el faro, el arrabal

junto al puerto, los ventanales

con polvo y el frontón demacrado

de los viejos edificios.

 

En la costa –escribo-, el mar

resopla apenas y cede indiferente ante el

último escarceo de los pájaros.

 

Tiene en su cuerpo esa

resaca sospechosa que precede

a las negras jornadas de tormenta.

 

Escribo.

 

Fuera del poema corre el viento.

Y oscurece. El humo de las fábricas sube.

Santo Domingo se enciende como

 

una lámpara vieja.

 

breve historia del polvo

 

Escribo

Levanto

un poema frente al mar

como si fuera una casa:

se viene

abajo

 

En las palabras,

lo que queda:

 

estela de ti, despojo de mí,

ruina de tanto

 

croquis

 

Esta tarde severa

de cristales rotos y postes

averiados, el otoño garabatea

la cima de los edificios

con su luz ceniza

 

En este extremo,

la ciudad en la costa

es abofeteada por un viento

que se desata de pronto y

despeina las veredas

 

El humo de las fábricas

sube, el humo de los barcos

y los autobuses sube; fatigados,

los pájaros descansan sobre

aleros atroces y alambres

 

de púa

pero no

cierran los ojos

Esta tarde la ciudad

es un ángulo: desde aquí ya

se ven las luces de mi barrio,

al fondo, a lo lejos, junto al mar,

donde suenan los disparos

 

balance

 

abandoné temprano la manada

rodé largas temporadas cuesta arriba, ante el barranco

busqué en vano algo de mí en otro puerto,

en otra ciudad vacía

olvidé con el tiempo dónde está el centro

o lo que es peor, olvidé siquiera si hay un centro

sufrí el vértigo de conocer la soledad con otro acento

perdí el equilibrio una y otra vez,

huérfano

de pan y de amigos

viajé, rodé sin saber qué

subí a un barco y luego a otro

me senté solo en sus bodegas

vi el miedo en los ojos de las ratas

vi el miedo en la boca de los perros, en el cuerpo

de los hombres que viajaban arrimados a mi lado

conocí el hambre

adquirí grietas

dolores de sombra

temores nuevos

perdí peso

en mí la vida creció

como crece un árbol enterrado en la niebla

 

nada obtuve, nada aprendí de mis

viajes que no fuera esto:

 

la urgencia con la que transcurren

las tardes, la importancia de la luz,

lo imprescindible del aire

 

(De Donde el mar termina, apuntes para un poema de la isla, 2017)

 

Un nuevo libro sobre Arturo Alfonso Schomburg

 

Especial para En Rojo

Antes de comenzar a leer el nuevo libro que Haydée Elena Reichard de Cardona sobre Arturo Alfonso Schomburg ( Arturo Alfonso Schomburg: identidad racial y afirmación cultural afrocaribeña, Aguadilla, 2023) ya sabía que nos separan marcadas diferencias ideológicas.  Pero también sabía que nos unía un fervoroso sentimiento por nuestro pueblo, Aguadilla.  En su caso este fervor se ha convertido en pasión, pasión que sobrepasa el obvio aprecio por las raíces individuales y colectiva y que desemboca, en su caso, en un gran compromiso intelectual, en tarea con finalidad colectiva. Reichard ha puesto todo su empeño en desenmarañar ciertos árboles genealógicos aguadillanos, especialmente los de nuestra burguesía decimonónica, burguesía que en muchos casos era de origen catalán o alemán y que, como toda clase poderosa, dejó más documentación que los pobres.  Su apellido paterno tiene raíces en esa emigración de comerciantes alemanes que desde la aparición de la Real Cédula de Gracia de 1815 vinieron a establecer almacenes frente a la bahía de Aguadilla desde donde salían cargamentos de productos agrícolas, especialmente de café, café que iba de las montañas del noroeste de la Isla, de Lares, digamos, a ciudades alemanas, como Hamburgo por mencionar una de las más importantes, todo vía el entonces activo puerto de Aguadilla.

La gran pasión de nuestra cronista es la genealogía, labor que se nutre muchas veces de los archivos eclesiásticos: de las actas de bautizos, de los certificados de matrimonio y de las  partidas de defunciones.  Contrario a nuestro gran historiador Fernando Picó, ella no explora los archivos de la policía para construir un cuadro de la vida de los obreros y de los marginados del pueblo.  Por el contrario, en sus trabajos intenta recrear un pasado aguadillano donde se evidencia una cierta prosperidad y una supuesta armonía social que le sirve para crear un cuadro placentero de un pasado donde las señoritas de la alta sociedad se paseaban por el centro de la plaza del pueblo, no por la periferia como “el populacho”, mientras sus padres vigilaban a los obreros que cargaban sacos de café en barcos con rumbo a Europa.

Pero ahora descubro que a Reichard y a mí nos une otro interés intelectual.  Este es Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938), el boricua de ascendencia negra, tabaquero socialista, masón comprometido con sus compatriotas e intelectual que primero se identificó con Martí y su lucha por la independencia de las Antillas y, más tarde, con la investigación sobre los aportes culturales de los afro descendientes en todas las Américas.

La fructífera investigación de Schomburg se plasmó en breves artículos en inglés que publicó en revistas que intentaban reconstruir la historia y los aportes de los afro descendientes en todas las Américas.  Uno de esos artículos hoy sirve de base a una importante  exposición en el Metropolitan Museum  de Nueva York: “Juan de Pareja, afro-hispanic painter in the age of Velázquez”.  La misma tiene como base – además de algunos pocos cuadros de Pareja y el magnífico retrato que Velázquez pintó de este – un artículo sobre Pareja que Schomburg escribió tras un viaje a España cuando trató de documentar la presencia de este y de otros afro descendientes injustamente olvidados.  El texto de Schomburg sobre este pintor español, “In quest of Juan de Pareja”, es de 1927 pero hoy sirve de marco intelectual para esta importante exposición que también intenta establecer la reputación de Pareja como pintor relacionado al gran Velázquez – de quien fue esclavo y ayudante de taller – y como artista independiente.  Para entrar a la exposición hay que pasar por una hornacina que, como detalle dantesco, lleva en el tope una cita de nuestro tabaquero y bibliófilo, entrada que sirve para enmarcar el maravilloso retrato de Pareja pintado por Velázquez, una de las grandes joyas entre muchas de este museo.

Advierto que llegué a Schomburg por la lectura de las memorias del gran poeta afro estadounidense Langston Hughes quien recuerda las tardes que pasó en la casa del bibliófilo boricua leyendo sobre los aportes de sus antepasados negros.  Más tarde otro tabaquero socialista, cayeyano este, nos ofreció un retrato de la comunidad boricua en Nueva York.  Bernardo Vega, también a través de sus memorias, vino a consolidad mi aprecio y mi admiración por Schomburg.  Mientras otros puertorriqueños del momento le criticaban al comprometido bibliófilo su dedicación a la exploración de los aportes de los negros americanos, americanos en el más amplio significado del término, Vega aplaudía ese esfuerzo, intelectual y político, y por ello consideraba su labor como “magnífico ejemplo de identidad de pueblos oprimidos”.

Bernardo Vega rescata a Schomburg por su interés en presentar un amplio cuadro de la comunidad puertorriqueña en Nueva York y sus luchas políticas, mientras que Reichard llega a nuestro gran bibliófilo por su pasión aguadillana.  No creo que Schomburg jamás visitó nuestro pueblo.  Pero es que una de esas familias de origen alemán que se establecieron allí llevaban el mismo apellido que el tabaquero socialista convertido en erudito bibliófilo.  Esa coincidencia es, en verdad, la mecha que enciende el interés de Reichard por este ilustre personaje.  Su pasión por la genealogía la lleva primero a explorar el problema de las probables actas de bautizo de Schomburg y así a desentrañar parentelas, fechas y localidades que se pueden asociar su nacimiento y a su infancia.  La segunda parte de su nuevo libro es típica de la investigación de la cronista ya que se centra en nuestro pueblo y en ese idealizado pasado de emigrantes europeos que le trajeron al mismo cierta prosperidad.

Quizás para algunos los datos que nos ofrece Reichard sean obvios o puedan parecerlos.  Pero recordemos las sabias palabras del gran poeta y pensador mexicano Octavio Paz: “La realidad histórica tiene muchas maneras de ocultarse.  Una de las más eficaces consiste en mostrarse a la vista de todos.”  Pero ese juego de ocultamiento y revelación es en el fondo una invitación a continuar explorando la vida y la obra de este excelso boricua porque la historia siempre está en una etapa de revisión.  Sea como sea, estas páginas del nuevo libro de Reichard, típicas de todo su trabajo, contribuyen al conocimiento de ciertos datos de la vida de Arturo Alfonso Schomburg, personaje muy digno de recordarse.  Y también y como es costumbre suya, su libro contribuye al conocimiento de la historia de Aguadilla, pueblo que compartimos.