Inicio Blog Página 78

Manual para intentar razonar tres días sin agua

 

Especial para En Rojo

Sacar de un clóset una gran nevera de playa. Encontrar adentro una caja con texto en chino y abrirla.

Confundirse ante lo que parece un experimento de escuela elemental o una instalación de arte contemporáneo. No entender cómo una regadera de ducha parece querer conectarse a un monitor de monóxido de carbono. Apretar primero un botón para luego descifrar el mecanismo. Descubrir una bomba de agua conectada a una regadera, guardada en una nevera de playa en un clóset.

Asimilar un producto inverosímil para cualquiera menos para quien tiene que desconfiar hasta de las funciones elementales del hogar.

Llenar la nevera de agua con la regadera permanente de la ducha, que en ese momento se va tornando más ajena. Comprender que el azar alberga cierta inteligencia. La bomba se sumerge en la nevera llena para hacer una nueva ducha.

Entender que cambian las reglas del juego y en cualquier momento lo elemental entra en estado de contingencia.

Intentar atajar lo previsible y aun quedarse corto. Prepararse con desconfianza para veinticuatro horas sin agua, a partir de las doce que estimaron y que la malicia no permitía creer, para encontrarse en la hora treinta y tres con un nuevo entendimiento de la crueldad del tiempo. No saber que terminarán siendo sesenta. Ir conociendo que hay otros que han dejado de contar las horas.Ver acabarse el agua de beber. Recurrir al agua embotellada y beber con timidez mientras se hace el cálculo ecológico de millones de botellas, por cientos de miles de consumidores, por incontables días y tener una nueva apreciación por el carácter contradictorio de nuestra existencia: que la escasez produzca derroche y que la infinidad astronómica de los números haya que imaginársela hecha de plástico.

Contemplar cómo el paisaje se trastoca con ensayos torpes de la normalidad. Por ejemplo, para evitar abonar a la acumulación de poliestireno, atreverse a comer en los platos de la casa. Recurrir al candungo diseñado para suplir agua en obras de construcción o en eventos deportivos, pero que en la vida aquí ha evolucionado hasta adquirir llave de grifo y hacerse dispensario de emergencia para los trastes del fregadero.

Abandonarse al lado oscuro de los objetos, que significa descubrirles nuevas funciones a cambio de que se les ponga en circunstancias infernales. Calcular cuánto falta para la hecatombe y considerar si pudiera elaborarse una arqueología de este desastre a partir de la ubicación inusitada de nuestros cachivaches.

Cualquier cubo de más de galón y medio para los inodoros. Cualquier vaso para sacar agua de la nevera de playa y poder lavarse las manos, una a la vez. Desplazarse al gimnasio del cuñado, que a diferencia de la tarde anterior sí tiene servicio de agua y, por suerte, tiene baños con duchas. Hacer del tatami de artes marciales el escritorio del día. Luego enterarse que, en la noche, el gimnasio estuvo sin luz. Observar cómo la catástrofe se va pareciendo al parpadeo de una constelación.Olvidarse de la ropa limpia y mirar con extrañeza la lavadora. Buscarle sitio a cisternas inexistentes que ya quieren reclamar un espacio en la casa. Sentir que la vida adquiere un carácter grotesco en la medida en que nada retiene su función o su lugar. Ir entendiendo que todo esto, que es innombrable y que trastoca el lugar de las cosas, también propicia que lo cotidiano se deforme con tal severidad y frecuencia que dificulta recordar propósito de las acciones. Abrir la pluma como si se tratase de una peregrinación de fe: ¿seremos dignos de que nos visite un milagro?

No darle más cabeza. Irse a la protesta de todos modos, apostando a un futuro de llegada incierta, pero probablemente posterior. Abrazar la disfunción impuesta como guía de comportamiento. Seguirle el compás al absurdo, como suena decir que uno puede congregarse frente a un edificio llamado World Plaza, que en dos ocasiones anteriores también ha sido nave espacial y ha aterrizado en un lugar llamado Milla de Oro. Arrestar el tránsito con un caminar circular, que allí debe ser fluido y lineal. ¿Qué mejor ordenamiento del espacio para evocar lo inapelable?

Hacerle ruido a una entidad incorpórea y omnímoda que desde allí ordena la realidad. Marchar y cantar consignas en un acto de ecolocalización, como quien dice “este es el lugar que ocupa aquello que desde la nada traza límites y hace las cosas desaparecer”. Encontrar dirección en el desorden de ese vacío.

Manifestarse es una práctica que queda fuera de la lógica de austeridad. Ante el mandato de guardarse en el mundo de los objetos trastornados, de economizar hasta el sudor y la sed, opone un derroche de existencia. Aparecerse en el espacio público reproduce lo insólito con un sentido constructivo. El cuerpo y la mente se ponen deliberadamente en un lugar inesperado y se disponen a producir algo que no se les ha solicitado.

¿Qué buscarán quienes dan vueltas en medio de la calle?

Los defensores tienen la mirada puesta en ello mientras los detractores afirman que se trata de algo que no existe. Permitirse intuir que es algo a medio camino, como una cosa que debería quedar a la mano y que a la vez tenga el carácter insólito de una dimensión nueva.

Debe ser algo tan simple como abrirle la pluma al agua y honrarla con un recipiente que no tenga la forma de la crisis.

Humor caribeño en estudio de Alejandra Cotto

 

En Rojo

 

El humor siempre ha sido un instrumento subversivo. Liberador. De Aristófanes al circo y al vodevil, o desde aquellas películas de Chaplin, Lloyd o Keaton, el humor ha migrado de las comedias estructuradas con sátira política y cantos, a las calles y teatros, al stand up, y al cine.

El periodismo ha sido también un ejercicio que se ha servido del humor y la ironía para atraer lectores y para hacerlos reflexionar sobre la sociedad. Porque de eso se trata.

Leí La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach. En el libro, el primero de la escritora Alejandra Cotto, pone a dialogar a dos escritores caribeños que utilizan la ironía como ingrediente principal de un humorismo que busca la transformación social. Canales, puertorriqueño, Mañach, cubano, escriben en un momento histórico en el que la intelectualidad asume un rol de guía de la sociedad revelando sus males. Obvio que Canales escribe en una colonia norteamericana y Mañach en una Cuba bajo la dictadura de Machado. Ambos quieren reformar actitudes a partí de una escritura amena pero que incite a la reflexión.

El libro es una versión de su disertación doctoral en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Por tanto, el aparato crítico está presente. Eso significa que no solo asistimos al diálogo de dos voces caribeñas en torno a la idiosincracia de nuestros pueblos, sino que nos ponemos al día con respecto a Bergson y Bajtín, dos teóricos que nos permiten seguir el análisis de la sociedad.

Es un acierto porque nadie escribió de manera más precisa sobre los mecanismos de la risa que Henri Bergson y Mijail Bájtin. En general, Bergson, consideraba que la risa tiene un papel educativo. Sirve para reforzar normas sociales al ridiculizar conductas que no se ajustan a ellas. La risa también se presenta como un medio para liberar tensiones y enfrentarse a la rigidez de la vida.

Bajtín, sobre todo en su análisis de la obra de Rabelais -¡tienen que leer Gargantúa y Pantagruel!-, destaca el concepto del carnaval como un espacio donde se invierten las jerarquías sociales. La risa, en este contexto, se convierte en una forma de resistencia y subversión.

Con ellos, sin olvidar a Sigmund Freud, se logra un análisis riguroso.

Cotto es profesora del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Ponce. Allí dirige el Círculo literario. Ha publicado ensayos académicos y en el semanario cultural En Rojo, del periódico Claridad. Con este libro hace una buena aportación a la discusión sobre los modos en los que la escritura de principios del siglo pasado refleja e intenta definir nuestras identidades. Es un punto de partida para otros estudios sobre el tema.

La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio R. Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach de Alejandra Cotto fue publicado por la Editorial Isla Negra, San Juan, 2026.

𝗖𝗿𝗼́𝗻𝗶𝗰𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗺𝗶𝗼𝗽𝗲𝘀

Especial para En Rojo

 

 

Boté mis espejuelos en el mar Cantábrico. La tarde extendida de las ocho, a finales de junio, y el clima agradable de Santander hicieron que me olvidara de que son las playas de Puerto Rico las que prefiero; pero llevaba tiempo sin tener contacto con el mar, así que me zumbé sin pensarlo.

Al salir del agua, me senté sobre la arena y, luego de varios minutos, decidí ponerme “las gafas”, que, en mi caso, siempre habían sido lunetas de esas que se superponen a los espejue… “¡Adiós, carajo, ¿y mis espejue…?! ¡Ay, no me digas que me tiré al agua con ellos!” Y salí corriendo como un loco hacia la orilla y, ya con el agua llegándome hasta las rodillas, me incliné a ver si con la poca visión que tenía, ayudado por lo transparentes y calmadas que estaban las aguas, podía dar con ellos. El chapuzón de hacía un rato había sido en lo llanito, así que más o menos por tres cuartos de hora yo era un siete de carne y hueso desplazándome por todo aquello. Lo único que terminé rescatando fueron las lunetas marrones que súbitamente divisé en el fondo. Lo demás, mis espejuelos, se habían perdido para siempre, a pesar de tener el “yo no me doy por vencido”, de Luis Fonsi, sonando en 𝘳𝘦𝘱𝘦𝘢𝘵 en la cabeza, con todo el optimismo que un sagitariano puede desplegar en estos casos. Un lugareño que me vio en ese predicamento me preguntó que si había perdido algo, y le dije “sí, mis gafas de ver… ¿conoce usted de alguna óptica por aquí cerca?” Me dijo que ya era muy tarde, pero que de seguro, si me apuraba e iba al centro comercial que queda cerca del aeropuerto podrían allí hacer algo por mí; cerraban a las diez, “así que, yo tú, voy ahora mismo”, me dijo. Le di las gracias por sacarme de mi testarudez, y entre buscar mi bulto y ponerme los pantalones y salir a la entrada de la playa, ya estaba yo, ciego como Mr. Magoo, gestionando el Uber que en quince minutos me tiraría en el 𝘮𝘢𝘭𝘭 aquel al que apenas le quedaría una hora para cerrar. Cuando llegué, al verlo todo empañado, me dirigí a una muchacha que estaba en un 𝘣𝘰𝘰𝘵𝘩 y le dije que por favor me dijera dónde estaba la óptica. “Es esta que está aquí detrás”, me dijo señalando el establecimiento que quedaba a menos de quince pies de donde estábamos, así de ciego estoy.

Las dos muchachas que me atendieron abrieron los OjOs cuando les relaté mi infortunio, y me dejaron saber que estaba algo apretado el poder hacerme anteojos graduados con carácter de urgencia. No obstante, me mencionaron que sería posible resolverme con lentillas que pudieran ayudarme con la miopía. Hacía más de un cuarto de siglo que yo no usaba lentes de contacto, y, aunque tengo tanto miopía como astigmatismo, yo lo que necesitaba era continuar mi viaje con cierta normalidad, es decir, poder ver de lejos, dejar de ver la vida empañada. Entonces, pasé a que una de ellas me hiciera el examen: la primera máquina del punto a lo lejos, y luego las consabidas letras. “Este mejor que el otro, déjame ver el anterior, sí, mejor ese…” Cuando, finalmente, ella montó la receta en el marco de prueba, puede ver con alivio los contornos de las cosas que estaban dentro de aquel cuartito y, de repente, me topé con la monoestrellada de azul clarito, que la tenía ella hecha en una de sus uñas. “¡Oye, esa es la bandera de Puerto Rico!”, le dije con una amplia sonrisa. “Sí, es que la semana pasada fui a Madrid ver a Bad Bunny”, y añadió “qué guay” cuando le dije que yo era boricua; también me dijo que el concierto le había gustado mucho.

Ella buscó unas cajitas con el material y me dijo que procediera. Llegó el momento de ponerme los lentes: mis ojos ven de forma muy diferente, así que me recordó que no debía confundir el izquierdo con el derecho. El diminuto 𝘴𝘲𝘶𝘪𝘴𝘩-𝘴𝘲𝘶𝘪𝘴𝘩 del contacto con la córnea fue una sensación que me resultó familiar y me los terminé poniendo sin dificultad. ¡Por fin vi! “Son lentes desechables. Aparte de estos cinco pares de prueba, tienes aquí suministro para treinta días, cada día te colocas un par nuevo”, me dijo. Recordé las bondades de la lubricación en los asuntos ojales, y le pregunté si tenían gotas. “Sí, tenemos estas. Pasa ahora con mi compañera”.

Desde que me senté frente a la primera máquina para hacerme el examen, me estuve mentalmente engrasando el 𝘥𝘦𝘳𝘳𝘪𝘦̀𝘳𝘦. “El sablazo va a llegar”, pensé. Saqué la cartera y respiré profundamente. “Son cincuenta y siete euros: cincuenta y cuatro por los treinta pares, los cinco de prueba son gratuitos, y tres por las gotas”. El examen no forma parte de la factura. Me quedé perplejo por lo acostumbrados que estamos a que nos claven solo con el examen; y, con lo demás, ni pa allá miremos.

Después de todo, fue una experiencia linda, llevaba más de quince años aferrado a aquella montura que se perdió en las aguas del Cantábrico, pero los ejercicios de desapego son necesarios, ya que nos hacen mirar las cosas con ojos frescos

 

La botánica o te muerdo la nariz

 

 

Especial para En Rojo

 

¿Qué encontramos en la botánica? Esto lo supe después de visitar el local de la botánica La Fuente en Barrio Obrero. Solo enumero algunos nombres que he visto también en la Plaza de Mercado de Río Piedras: Ven a mí, Flor de Maga, Derrítete o Para que te derritas,  Agua florida, Tónico de jengibre, Delirio,  Sácala del medio, La magia protectora de Abracadabra,  Miel de amor, por supuesto; Ramas de canela para la persona  amado/a, Semilla para la buena fortuna, Ungüento y leche para  las pupilas, Extracto de pájaro macuá,  Contra el mal de ojo, Combate o revierte maldiciones, Para evitar el engaño (Ya sabes que hacer), Amarrado y clavado, Imán de la suerte, Abrecaminos,  Ternura y vigor, además de líquidos para la limpieza de la casa (La Bomba, por ejemplo); plantas para un baño espiritual, pócimas de todas clases, ofrendas para Eleguá siempre, flores para Yemayá, oraciones a San Lázaro, hechizo para enloquecer de amor a una persona y hechizo para olvidarla, conjuro para conquistar a un hombre (según la preferencia); hechizos y embrujos especiales para proteger a los niños (dar la bendición a todos y hacer la oración a San Beltrán o el Padre nuestro). ¡Orula (San Francisco)! No me olvido del baño de vino y oro ni de tener una estampa o imagen del Divino Niño. Hay collares de distintos colores para iniciarse en el culto santero según el orisha o divinidad a la que le corresponda el amarillo, el rojo, el verde u otro color. La fragancia de algunos ungüentos y pociones me recordó la nariz del famoso soneto de Francisco de Quevedo y su antijudaísmo, pero hay otras narices que han sido amorosamente poetizadas.

Changó Macho baja rápido, me dijo un babalao marxista, admirador de Pierre Verger, fotógrafo francés del siglo XX que retrató los altares religiosos de distintas naciones, particularmente de África, contribuyendo visualmente a la antropología que estudia la afroreligiosidad.  Hay quien cree que esta es fuente de criminales. A eso se enfrentó el jurista cubano Fernando Ortiz cuando comenzó a estudiar a los negros ñáñigos, sin abandonar por completo el eurocentrismo, lo que matizó más tarde el estudioso y farmacéutico Rómulo Lachatañeré, autor de ¡Oh mío, Yemayá!, quien críticó algunas de sus formulaciones sobre las creencias religiosas de origen africano. ¿Puede la anterior enumeración de pócimas y conjuros con nombres poéticos ser dañina o inspirar traiciones, desengaños y maldad profunda, lo que se dice perversidad?

Los creadores de inteligencia artificial, se rumora,   contratan santeros para poder elaborar sus algoritmos, lo que podrá confirmar alguna amorosa y lúdica  nariz que se haya asomado a la botánica.  ¿Quién creó el algoritmo del amor cortés?  ¿Quién el de Don Quijote de la Mancha o el de la novela El amor es una droga dura de Cristina Peri Rossi y el del poema “Piedra de sol” de Octavio Paz del que aquí expongo un fragmento?

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado más danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo…

 

 

 

Es necesario liberar nuestros sueños

 

Especial para En Rojo

 

En una sociedad en la que todo se resuelve y se piensa, exclusivamente, a partir del cálculo matemático, no hay lugar para los sueños. Según antiguas tradiciones sagradas, al principio fue el sueño y, a través de él, el Espíritu Divino escucha nuestros anhelos más íntimos. El se  comunica con nosotros en las alas del sueño y en el encanto de quienes, incluso en las situaciones más crueles y terribles, no dejan de soñar.

En las sociedades indígenas, aún no contaminadas por la idolatría de lo inmediato, los sueños ocupan un lugar central en la espiritualidad comunitaria y en la propia organización de la vida.

En Brasil, diversos pueblos originarios llaman a su líder espiritual «soñador». Es al soñar y al narrar sus sueños que el padre o madre de la comunidad pueden ayudar a su pueblo a mantenerse unido, a afrontar los retos actuales y a descubrir nuevos caminos.

Varios pueblos originarios de América del Norte elaboran un amuleto llamado «atrapasueños» o «filtro de sueños», objeto sagrado originario del pueblo indígena ojibwe, de la región de los Grandes Lagos, pero que se ha extendido a diversas culturas. Por lo general, consiste en un aro hecho con liana de sauce, o de una planta similar, en el que se teje una red que parece una telaraña. Se cree que esta red funciona como un filtro que protege a las personas de la enfermedad de no soñar y del dolor de las pesadillas y los sueños que provocan miedo. Es como un purificador de los sueños y de las energías humanas.

Parece que nuestra sociedad está muy necesitada de un atrapasueños para seguir en la lucha no violenta por un nuevo mundo necesario y posible.

Aprender a soñar significa mantener el espíritu atento al sueño, incluso cuando el cuerpo duerme. Muchas veces soñamos y ni siquiera logramos recordar lo que soñamos. Cuando nos esforzamos por recordar y describir los sueños que tuvimos, parece que afloran con mayor facilidad. Hay sueños que apresuran el amanecer y otros que se aferran a la noche, como si fuera mejor no despertar. Algunos se alimentan de la memoria y envían luces hacia atrás; otros son premonitorios y miran hacia adelante. Estos pueden ser sueños de quien duerme o de quien está despierto.

Todos y todas nosotros somos compañeros y compañeras de sueño. Más allá de nuestros sueños cotidianos, podemos ayudar a la humanidad a construir un gran sueño colectivo que, según todas las tradiciones espirituales, se corresponde con el sueño divino.

Hay quienes dicen que en este mundo actual, la causa de la justicia eco-social y de la paz está perdida. Sin duda, hemos perdido muchas batallas. En las últimas décadas, las ciencias han logrado avances increíbles. Internet y la llamada inteligencia artificial han facilitado enormemente la comunicación y han hecho posibles cosas que antes eran impensables. Sin embargo, la calidad de vida y la convivencia humana han empeorado mucho.

Muchas veces, nuestra causa parece perdida. De hecho, cuando miramos al mundo e incluso a nuestras iglesias, podemos preguntarnos qué éxito tuvieron aquellos hombres y mujeres que dedicaron sus vidas a causas que parecían imposibles. Hace más de 60 años, ante multitud inmensa, reunida en el corazón del imperio más poderoso y opresor del mundo, el pastor Martin Luther King afirmó: «Tengo un sueño».

Por ese sueño de ver a todos los seres humanos libres y respetados en su dignidad, el dio su vida. Tantas décadas después, a pesar de los logros legales y jurídicos que Martin-Luther King y sus compañeras y compañeros lograron para el pueblo negro, las desigualdades sociales y la ferocidad del sistema opresor no han hecho más que agravarse para el pueblo negro, indígena y para todos los empobrecidos.

En 1980, en El Salvador, por defender la vida y la dignidad del pueblo empobrecido y marginado del campo y de la ciudad, el obispo Óscar Arnulfo Romero aceptó correr todos los riesgos y, de hecho, fue asesinado.

De hecho, aquella dictadura militar fue derrotada, pero en nuestros días, El Salvador vive una situación política que, en ciertos aspectos, es tan represiva y violenta como lo era en la época de la dictadura militar.

¿Qué éxito tuvo la lucha de los hermanos y hermanas que dieron su vida por una justicia agraria en toda América Latina y Caribe? Quienes hoy vemos a la Madre Tierra agredida y agonizante, y a los gobiernos decididos a seguir con la explotación de la tierra, del agua y de los bienes comunes, podemos preguntarnos si la lucha de tantos hermanos y hermanas, mártires de la justicia ecosocial, fracasó.

¿Cómo es posible que, en todo el mundo, la mayoría de la sociedad civil vote por políticos de derecha que usan el poder para hacer guerras y oprimir a la humanidad que sufre?

¿Cómo explicar que Iglesias que dicen tener su origen en el movimiento profético de Jesús de Nazaret parezcan encerrarse en su idolatría del poder sagrado, en su espiritualidad del sacrificio que legitima la violencia, y se muestren indiferentes ante los caminos suicidas de la sociedad dominante?

A pesar de todo esto, nuestra causa no está perdida porque es la defensa de la justicia y de la paz. Por eso, seguiremos soñando y obedeciendo a nuestros sueños colectivos. El obispo Pedro Casaldáliga afirmaba con convicción: «Perdemos batallas, pero nuestra causa, en sí misma, es invencible». Los indígenas zapatistas del sur de México lo completan: «Somos un ejército de soñadores. Por eso, somos invencibles».

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.