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Flotando bien duro más suave (comentario sobre la exposición METRATRALLA)

“Defender la alegría (futura)” (2025), pieza de Damary Burgos que forma parte de su serie “Fragmentadxs: Los Pozos” en la exposición METRATRALLA. Foto por Beatriz Llenín Figueroa.

 

 

Especial para En Rojo

Cuando me derrumba la vileza multimillonaria de mi especie, que es casi todos los días, intento imaginar cuánto espacio ocuparíamos los cuerpos que así se sienten, exactamente al mismo tiempo que yo, en el país, en el mundo. Me dejo ir: si todos esos cuerpos estuviéramos flotando, oscilando entre muy juntitos y lo suficientemente separados como para tener espacio para jugar, agarrarnos las manos, tocarnos con los pies, rozarnos con los codos, las rodillas, los hombros, imagino que cubriríamos la superficie de todo el océano planetario. Así de muchísimos creo que somos. En contraste, los “dueños” a duras penas ocuparían una parcelita y se entrarían a puños para ahogar al del lado. Recordar siempre esa desproporción inconmensurable, ahora que somos tan “inteligentes” en genocidio y catástrofe, es un desafío tan grande como necesario para combatir la zozobra.

Es, de hecho, un ejercicio de infancia. Consiste en atemperar el desconcierto, el duelo, el dolor producto de un puñado de ejemplares de una especie insanamente individualizada, con la imaginación de un entorno anónimo de egos, con la certeza de una mutua compañía planetaria, con la entrada –o el regreso– a una dimensión pre-todo-esto en la que el cuerpo no es más que un cúmulo de sedimentos que podrían –o no– tornarse fósiles alguna vez.

Alivio.

*

A veces consigo acariciar ese estado del ser antes del ser sin cerrar los ojos. Acontece, por ejemplo, cuando me extasío ante la brutal sintonía que el arte puede ofrecer. Pero no es necesariamente una reacción inmediata. Llegar al sedimento requiere a veces su propia sedimentación. Algo así ha sido mi experiencia con la exposición METRATRALLA en el Museo de las Américas.[1] En esta se reúnen piezas de les destacades artistas boricuas Damary Burgos, Elsa María Meléndez y Garvin Sierra, bajo la curaduría de la igualmente notable artista puertorriqueña, doctora Brenda Cruz.

Confieso que sentí, mientras la visité, que las piezas “no pegaban”, que cada paso mío como espectadora era más bien un salto enorme a otra dimensión, justificado solo por la indiscutible premisa de que el trabajo de Burgos, Meléndez y Sierra es explícitamente comprometido, radicalmente cuestionador, políticamente filoso. Ese denominador común, aunque fundamental y valiosísimo, es insuficiente, me decía. Echaba de menos mayor claridad respecto a los criterios conceptuales y estéticos que guiaban el junte.

Me reconocí acontecida, por supuesto, ante ciertas piezas de cada artista, además de que la gratitud me desborda siempre que en este país se manifiesta el arte independiente y no comercial, pues sé muy bien el Everest que es preciso escalar para lograrlo. Pero apreciar más profundamente esta antología inapresable de estilos, aproximaciones, materiales, medios y formas me tomó más tiempo, me exigió más reflexión. Del museo salí flotando bien duro.

*

En METRATRALLA hay pintura, bordado, cosido, collage, instalación, impresión digital, medio mixto. Hay sencillo y escueto, barroco y abigarrado. Hay muchos asuntos de injusticia y explotación en la contemporaneidad y diversos modos en que estos se remiten al pasado, a la historia de largo aliento. Hay líneas rectas, curvas y entrecortadas. Hay cuchillos filosos y botos. Hay hilo y textil, hierro y madera. Hay hecho con las manos y hecho con la pantalla. Hay materiales orgánicos e inorgánicos, duros y blandos, bidimensionales y tridimensionales, nuevecitos y reciclados.

En las semanas transcurridas desde que visité la exposición, me ha seguido retumbando en la cabeza su (y nuestro) “tra, tra, tra”. Imagino que para que no descuidemos esa referencia es que “TRA” aparece destacado en la tipografía del título de la exposición, palabra que es, a su vez, un neologismo.[2] ¿Qué hay en el “tra” desde mucho antes de la moda que impone el capital para luego hacerla papilla con su negocio multimillonario? ¿Qué permanece cuando se acalla el follón? ¿Cuál es el sedimento del que emerge y que, a su vez, deposita, el tra, esa traducción onomatopéyica? De pronto, provocada por esta exposición, advierto la conexión de sentido inmemorial con el prefijo “tras” — simplificado del “trans” proveniente del latín— y todo lo que de allí deriva…

Por otro lado, hasta rendirme a la curiosidad que despierta el título de esta exposición, no conocía las palabras “tralla” y “metralla”. Sí tenía presente el verbo restrallar, muy usado en el español boricua. También había encontrado en el título la resonancia de “metralleta”. Al considerar todos estos ecos de sentido, comienzan a aparecer, asentándose, otros hilos conductores entre Burgos, Meléndez y Sierra: una disposición lúdica, traviesa, calle, irreverente; un “juego de niños” de todas las edades que presta dedicada atención a la infancia; una ineludible violencia manifestada tanto en instrumentos para ejercerla como en respuestas para resistirla; un trasiego de cuerpos boricuas, antillanos, que, en su tra, tra, tra, trasladan el peso, el deseo, el afecto, la política; un conjunto de piezas artísticas que dan tralla al poder colonial, capitalista, racista, cisheteropatriarcal. Una exposición que restralla premisas reconocibles de cohesión y coherencia; que, con su tralla (en alguna medida pariente de la metralleta), nos desembaraza del sopor impuesto por la vieja “verdad” del “puertorriqueño dócil”.

*

Con lo sedimentado de METRATRALLA he vuelto a imaginarnos flotar más suave, combatientes y juguetones contra la mezquindad del poder. Estamos en Los Pozos y, a la vez, ocupamos todo el océano planetario. El “ahí lo que hay es fango” del alcalde de Cabo Rojo es ecosistema vital, sedimento, sedimento, sedimento. Con la conciencia de que somos muchísimos cuerpos desde siempre, ahora y mañana, seguimos dispuestas a “defender la alegría (futura)”.[3] Lo hacemos como un niño que flota tras caer de un “muelle” cuyo suelo el imperio vacía con la obscena asistencia de los esbirros de pura cepa.[4] Como una niña que juega peregrina, canicas.[5] Como une niñe meciéndose al viento.[6]

Dispuestas a habitar lo fragmentado y a saberlo bello, también estamos. A defenderlo con nuestro archivo afectivo de serruchos, columpios, sartenes, alambres de púa y una larga lista de objetos “expulsados del paraíso”, queriéndonos estrella “sola” en una cama de agua y cojín.[7] A sabernos parte de una ancestría luchadora, trasatlántica, trashumante. A hacer escuelas dondequiera cuando las cierran. A no abandonar la niñez de cualquier edad, incluida la de Filiberto o la de Nilita.[8] A coser y a bordar con hilos laboriosos, infinitos, las cifras feminicidas y nuestra desafiante voluntad de vivir en tanto mujeres.[9] A darle duro a las caderas contra el ELA, LUMA, el Penepé, el imperio, la máquina turistificadora.[10] A insistir, persistir, resistir con el indiscutible flow de la antillanía, “apretando bien duro”, “prendías” en medio “del apagón”, con un “calentón” de “virgen hardcorosa”.[11] A flotar bien duro más suave.

Notas

[1] Abierta al público en la Sala 3 del Museo de las Américas hasta el 22 de febrero de 2026. El próximo 14 de diciembre de 2025 a las dos de la tarde les artistas ofrecerán un recorrido guiado.
[2] Garvin Sierra estuvo a cargo del diseño gráfico de la exposición y sus materiales promocionales.
[3] Referencias a piezas de Damary Burgos que forman parte de su serie “Fragmentadxs: Los Pozos”.
[4] Referencia a la pieza “Muelle” de Garvin Sierra.
[5] Remite a piezas de Damary Burgos como parte de su serie “Ellos siempre han jugado con nuestro destino… ¿y si jugamos?”
[6] Ensoñación a partir de “El columpio” de Damary Burgos.
[7] Referencias a objetos en diversas piezas de les artistas, así como a “Expulsados del paraíso” y “Sola” de Garvin Sierra.
[8] Hay piezas de todes les artistas en torno al cierre y abandono de escuelas en Puerto Rico, así como trabajo artístico con uniformes escolares. Por su parte, las menciones de Filiberto y Nilita remiten a las piezas en las que estas figuras históricas se representan en su niñez: “Los pasos de Fito (serie de Filiberto, a 20 años)” y “Vientos con acento en la O: homenaje a Nilita Vientós Gastón” de Damary Burgos.
[9] Pensando en toda la obra de Elsa María Meléndez.
[10] Un posible resumen de las piezas de Meléndez y Sierra puestas en conversación.
[11] Ecos de múltiples piezas de Elsa María Meléndez: La Virgen del Calentón, Prendió?, La Virgen del Apagón se apareció hoy, La Virgen Hardcorosa e Impugnaciones: Vamos a seguir apretando bien duro.

«Herramientas que no vienen con el alma»

 

 

Ya no camina, se arrastra con elegancia.

Tiene cuarenta y tantos —ni joven ni viejo, en esa edad donde la espalda empieza a discutir con los sueños— y lleva una tristeza que no grita, pero pesa. Como una piedra en el zapato del alma.

Se llama Luis, pero eso ya no importa tanto. Importaban más los nombres antes, cuando uno se creía la historia que firmaba. Ahora es padre. Sólo eso. Padre. Como si la vida le hubiera arrancado el apellido y lo hubiera bautizado otra vez.

Anda por el mundo como un carpintero sin martillo. Con las manos listas, el corazón dispuesto, pero sin herramientas. ¿Cómo se cría un hijo sin tiempo, sin techo firme, sin cabeza en paz? ¿Cómo se enseña ternura cuando uno está roto por dentro?

En las noches, mientras su hijo duerme como sólo duermen los que aún no saben, Luis piensa en todos los padres invisibles. Los que no salen en comerciales de pañales. Los que no escriben cartas ni hacen publicaciones tiernas con filtros cálidos. Los que cargan bolsas de supermercado con ansiedad escondida entre los plátanos.

A veces, en el tren urbano, los ve: hombres con la mirada ida, como si el día los hubiera vaciado de humanidad. Se pregunta cómo hacen. Cómo siguen. Cómo aguantan los que no tienen nadie que los aguante.

Porque ser padre —piensa Luis— es como construir una casa en medio del huracán. Y hacerlo sin salud mental y con impuestos es como hacerlo con palillos y cinta adhesiva. Uno ama igual, sí. Pero ¿quién recoge los escombros cuando el día termina?

Luis ya no ríe igual. Ya no juega. Ya no compra libros para él ni tiene café favorito. No recuerda cuándo fue la última vez que pensó en sí mismo sin culpa.

Ha dejado de mirar escaparates, porque todo lo que quiere no cabe en el carrito del supermercado. Lo que quiere no se vende: quiere tiempo. Quiere paz. Quiere llorar sin esconderse en el baño. Quiere poder decir “estoy cansado” sin parecer un desertor.

Pero calla. Porque aprendió que a los hombres tristes les cuesta conseguir empatía. Y a los padres rotos, aún más.

Un día cualquiera —porque así llegan las cosas importantes, sin aviso ni fanfarria— su hijo se le acercó con un dibujo:

Un hombre con capa, pero sin sonrisa.

—Papá, eres tú.

—¿Y por qué sin sonrisa?

—Porque estás serio, pero sigues volando.

Luis tragó seco. Como si la ternura le hubiera rasgado el pecho sin pedir permiso.

Esa noche, mientras el niño dormía, volvió a escribir en su libreta olvidada. Sólo una línea, pero bastó:

“Aunque no tenga martillo, sigo armando el mundo de mi hijo con las manos desnudas.”

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que aún quedaba algo por salvar. Algo suyo.

Un rayito de esperanza, que no alumbra el camino entero, pero alcanza para no rendirse.

 

Fiel a la Vega se luce con su concierto sinfónico

Fiel a la Vega. Foto por Victor

 

 

En Rojo

 No cabía un alma en el vestíbulo de la Sala de Festivales. Las tertulias solapaban otras tertulias al filo de que comenzara el evento, a las 8 de la noche. Había algo risueño en la noche y en pleno parloteo, una contentura como de una gran cofradía lista para agremiarse, minutos después, para ver a Fiel a la Vega en un espectáculo que el grupo no ha repetido en más de 20 años: una sinfónica.

Adentro, música típica preludia al concierto especial. Salsa navideña, trullas y coros de Johnny Albino y Antonio Cabán Vale “El Topo” pregonan su lelolai de lechones ante la velada rockera. Una muchacha masticaba un Twix a catorce minutos del concierto; más de una decena bebía algo y, de fondo, una orquesta afinaba los violines y micrófonos desde las sombras. Un arpa también reluce en el escenario.

A las 8:44 de la noche, sonaron los violines, las trompetas y baterías como dando inicio a una gran alborada de sonidos. Pitidos de flautas y silbidos de clarinetes pueblan el silencio. El director acompasa el asunto. Pone la percusión a su ritmo, los violines en su lugar y las luces, con los aplausos y los demás vítores, estallaban como señal del comienzo. Monte fue el primer éxito que cantó Tito Auger con los hermanos Arraiza y Ricky Laureano.

Dos trompetas, dos trombones. No podía contarse la cantidad total de metales, pero más de 26 violines aupaban la intensidad de la música, dotando la canción– como dijo Auger a En Rojo– de máyor “drama”. Los músicos se acomodaban en dos suertes de graderías que, a un lado, cobijaban las cuerdas y los vientos en otro.

“Cuando estábamos planteándonos hacer esto, dijimos vamos a ver qué podemos hacer distinto dentro de lo que nosotros hacemos, que ha sido tan diferente desde que empezamos. Buscamos la definición de la palabra sinfonía. Decía que era una pieza musical que corría, constantemente, por hora y media, dos horas sin parar. Nos dijimos vamos a hacer algo así. No tenemos que hablar mucho”, anunció Auger, eximiéndose de los demás mensajes que suelen interrumpir los conciertos.

Lo demás fue melaza sencilla, puro regodeo para los fanáticos fieles de la Vega. Entre ellos, el presidente de la Hermandad de Empleados Exentos No Docentes (HEEND), coreaba sencillos como CVND, Elipsis de una fuga, Oda a la fidelidad y Equilibrio. Y eran, de fondo, las cuerdas, los vientos y la percusión como una ola sonora que revestía las trenzas de Auger con aires divinos.

Se puso la cosa buena
Las luces de verbena
Se agitan en el viento

Y expiran con el tiempo
Es la fiesta de los tuertos
Todos andamos sueltos

Los coros parecían acopiarse según las melodías progresaban. El panal y Turísticamente bien causaron un fragor particular, igual que Encontrarte es una historia, Vieques y Septiembre/Río Piedras, cuando una mujer ondeó, con orgullo, la bandera de la Isla Nena en todas direcciones. Fue un orgullo casi soberbio, muy parecido al que todos lucieron durante los casi diez minutos de Salimos de aquí. Ahí todos salieron del beso de una diosa olvidada, de un volcán al que no le queda lava y del pensar de que aquí, donde se vive de cantazo en cantazo, no queda nada. Salieron todos y cada uno. Y como todos se pararon, algunos le impidieron la vista a quienes la tenían por debajo de la espalda de su vecino.

Quizás algún día comprendan lo que importa de verdad
Quizás lo que importa en esta vida
Es algo que no tiene que ver
Con las cosas que persigo, con aquello que soñé
Pero algo necesito; hoy algo tengo que creer

 Uno de los momentos cúspides de la noche se dio durante la interpretación de Boricua en la luna, poema de Juan Antonio Corretjer musicalizado por Roy Brown. Clarinetes pitaban junto a las flautas, contrastando con los crescendos violinistas, y los metales complementaban este susurro musical hasta desembocar en el introito de la melodía, tan consabido. Entonces, todos juraron ser borincanos aunque fueran hijos de la luna.

 Como ñapa para las 18 canciones que ambientaron la noche sinfónico-rockera, la banda despidió a su público– casi cofradía– con Una plegaria más y Los superhéroes, consignando que en Puerto Rico, así seas una caricatura, Fiel a la Vega te va a tumbar.

 

Crónicas de la vida disca-Tengo un arcoíris para ti

Especial para En Rojo

 

Imagínate una fiesta de cumpleaños en cama. ¡No es lo que te estás imaginando! Quítale el tinte erótico y ponle uno de hermandad. Es una fiesta de cumpleaños, no en una sola cama, sino en muchas camas alrededor del mundo. Le cumpleañere se recuesta de lado, cual diva de boca morada, en una cama en Canadá. Otras camas amigas están en Colombia. Otras en Escocia. Chile. Países Bajos. España. Muchas partes de Estados Unidos. Una fiesta de camas internacionales.

—¿Y por qué se reúnen en camas? —me preguntó una vez mi tía y quizás se lo preguntan también mis querides lectores. Ustedes que vivieron, acaso, encuentros familiares virtuales durante la cuarentena pandémica recordarán algunas reuniones alegres, otras engorrosas, donde los adultos hablaban uno por encima de otro y los niños tiritaban desesperados por salir de la cámara e irse a jugar. Esto no es aquello, aunque puede servir el punto de referencia de una época en que el mundo se nos hizo chiquito. Donde la vida se circunscribió a casa y patio. Donde había un cierto alivio al descansar del afán destructor de la “sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han, pero donde reinaba el temor al qué vendrá, adónde se conseguirá la comida, al si me enfermo, qué pasará…

Esta última incógnita ya no lo es para los asistentes de esta fiesta. Aquí nos congregamos digitalmente presenciales un grupo de personas enfermas de todas las edades. Ya sabemos lo que pasará si nos enfermamos. El calvario del descreimiento de los médicos. El abandono de los amigos infieles. El mundo lleno de escalones donde bien cabían rampas. Ya lo conocemos. Hemos trascendido el terror a la enfermedad y la discapacidad que se nos inculca en nuestra sociedad. Habitamos el futuro disca (ése que dicen que a todos nos ha de llegar si vivimos suficiente tiempo). Los aquí presentes llevamos años buscando y encontrando el sentido de la vida tras un aparatoso golpe vital. Años viviendo en lo que el movimiento de justicia de discapacidad llama “el espacio cama”.

Como nos cuenta la organización de justicia de discapacidad Sins Invalid (que traduce a Pecados Inválidos), el espacio cama es un lugar desde el cual podemos vivir, acurrucarnos, janguear con nuestros amigos, escribir y leer (con ojos, dedos u oídos), trabajar, hacer arte, amar, criar hijos, bailar, dormir, soñar, organizar, hacer carteles de protesta y cambiar el mundo: todo desde la cama. En lugar de verla como lugar de confinamiento, el movimiento de justicia disca propone la cama como espacio de experiencia y sitio de resistencia.

—¿Y por qué se reúnen en cama? —me preguntaba mi tía— ¡Si tú no estás encamada!

Mis ojos se abrieron como quenepas guaretas.

—Titi, si yo estoy en cama 23 horas al día, me parece que eso es vivir en cama…

La tía no se da por vencida y me pregunta si puedo dedicar la vigesimocuarta hora del día a entrenar en el gimnasio. Mis ojos se abren como guanábanas. Estoy en cama por una limitación energética de tal magnitud que mi doctora me explicó que, para mí, “ejercicio” sería sentarme en la cama, vestirme y lavarme los dientes.

En un poema, saqué la cuenta de cuántos días habían pasado desde el fatídico jueves, 12 de mayo de 2022 en el cual un coronavirus —aún no decido si enemigo o aliado de mi vida— me metió en cama por más de mil y un días. Una compañera escritora quiso calcular también sus días viviendo en el espacio cama: 16,000 y contando. Mis mil días se achicaron de repente a una dieciseisava parte. Mi odisea se volvió odiseíta frente a la de mi compañera irlandesa. Y es que todos los aquí reunidos tenemos encefalomielitis miálgica (EM). Se trata de una enfermedad crónica, a menudo post-viral (pero no siempre), que ha existido tras otras grandes pandemias por causa de misteriosas invasiones virales que causan trauma cerebral y celular.

Se te daña la función ejecutiva dificultando la concentración y la toma de decisiones. Se te descalabra el sistema nervioso interrumpiendo las funciones autonómicas de las cuales habías dependido toda tu vida como latir tu corazón, inhalar y exhalar aire, tragar bebidas y alimentos, regular la temperatura del cuerpo, incluso sentir la necesidad de ir al baño. Se te impacta la memoria dificultando tareas simples que se quedan a medio hacer. Se te estropean las mitocondrias donde se crea la energía tan necesaria para moverte, actuar, sentir y pensar. Y si te pones a hacer ejercicio en un desacertado intento de recuperación, arruinas aún más tus células ya deterioradas y te quedas en semi-coma por un tiempo indefinido, tu cuerpo (siempre aliado queriéndote sanar) te apaga para poderte reparar.

—No, tía, no puedo ir al gimnasio en la vigesimocuarta hora de mis días en cama.

Me da escalofríos imaginar el aislamiento de una sobreviviente de la influenza tipo H1N1 en el 1918, cuando se estima que murieron 40 millones de los casi dos mil millones de personas en el mundo en ese entonces. Imagino la soledad de sobrevivir a la muerte púrpura y quedarte en cama por el resto de tu vida sin poderte comunicar nada más que por cartas, eso, si sabías escribir y tenías los medios, misivas cuya travesía tardaría semanas o meses en llegar a su destino. Ahora no. ¡Viva la tecnología de acceso! Ahora (los que tenemos electricidad e internet) nos podemos reunir en videollamadas que sólo eran un sueño hace cien años. Enfermes discas de todo el planeta nos podemos encontrar y celebrar el cumpleaños número 20 de nuestre queride Emrrys.

Traemos gorros de fiesta, arcoíris de todo tipo y poemas en honor a le cumpleañere con varias alegres versiones del “día en que tú naciste, nacieron todas las flores”. La mamá de le celebrade comparte fotos y videos de Emrrys. Le vemos cuando era joven y llene de vida haciendo trekking en majestuosas cataratas canadienses. Hoy esa criatura rubia tiene una distinguida barba marrón, reluciente pintalabios violeta y, lo que no ha cambiado, unos ojos de amor y miel que te derriten el corazón. Es como estar de visita en la sala de Emrrys y mirar su álbum familiar. Emrrys que corre a la catarata. Luego, Emrrys en silla de ruedas con cachorrito dormido entre brazos. Se respira intimidad con un resabio agridulce porque henos aquí en camas, muy lejos de cualquier catarata y de las exploraciones en lo que llamamos La Vida de Antes, aquella del pasado anterior a esta enfermedad que afecta a 1% de la población global (80 millones de personas).

Pero como esto es un cumpleaños, empujamos la tristeza a una esquina del corazón (la sacaremos de allí otro día en algún poema u obra de arte). Celebramos hoy lo que aún se puede y debe celebrar.

—¡Tengo un arcoíris para ti! —exclamó y comparto en pantalla un arcoíris andino, donde el color del arcoíris suele ser más intenso al verse contra la cordillera de los Andes, con cerros que se asoman por entre las nubes. Una compañera nos sorprende al crear, al instante, un dibujo de mí con mis espejuelos, pelo largo y sonrisa amplia, un gran arcoíris junto a mi cabeza. Las palabras “Tengo un arcoíris para ti” fijan el tierno momento en nuestras memorias, aún mientras la artista pregunta que quién fue la que dijo esto hace un rato.

—¡Fui yo! —ofrezco risueña y celebramos el arte espontáneo y el amor.

Nos vamos cansando. Si en el pasado fuimos de amanecidas gloriosas, ahora en 45 minutos se agota nuestra energía. Sentir emociones fuertes, tanta luz relampagueando en nuestros cerebros, requiere cantidad de energía. La disautonomía aumenta. Se acerca la hora de desconectar. Mi lengua comienza a arrastrarse (disartria). Se me hace más difícil respirar (disnea). Mis brazos se vuelven de plomo (hipoxia). Me empieza a doler el cuerpo como si hubiera corrido un maratón (algo que nunca he hecho) o como si acabara de bailar el ballet de Giselle en la empinada tarima del Teatro Alejandro Tapia y Rivera (algo que sí hice, ¡qué tiempos aquellos!, aunque hoy día más parezco uno de los espíritus de las wilis).

A cambio de esta horita de gozo, me esperan horas de inmovilidad. Ha valido la pena. Hemos celebrado la vida de une joven poeta que en ocasiones no sabíamos si seguiría con nosotros en el planeta. Nos hemos reído desde nuestros botecamas en este ancho mar de gracia y desgracia que es la vida. Hemos recargado nuestros corazones para enfrentar los días y años venideros de vida vibrante y enclaustrada, de espíritus libres e imbatibles. Imagínate que nos despedimos con las manos al corazón al terminar nuestra fiesta en cama. Imagínate que contenemos las ganas de abrazar nuestros queridos cuerpomoradas a la distancia. Imagínate que te importan nuestras vidas en el espacio cama.

 

La autora es una escritora, cineasta, artista y educadora puertorriqueña graduada de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras con bachillerato en Estudios Latinoamericanos y de Harvard University con maestría y doctorado en Lenguas y Literaturas Romances.

 

Porfiada butaca

 

Ricardo Vega

El estado mínimo, por más pequeño que sea, siempre robará, pues aun con una ética que guíe sus acciones hacia lo justo, terminaría en la acumulación de privilegios que emanan de la superioridad moral.

Cuando escribo sobre astrofísica y las maravillas que se esconden dentro de la íntima estructura de la materia, a la par con los astros más lejanos, repito la historia y me muevo en la tradición de los argonautas empecinados en ir a los extremos de lo conocido y recuperar lo que entienden les pertenece. La semilla de conquista que existe en toda curiosidad y que se vuelve difícil no querer fertilizar y verla crecer.

Si lográramos hacer filosofía pura, la original, la que ama el conocimiento por sí mismo y nada más, nos acercaríamos más a Sócrates y aprenderíamos, entendiendo, porque en lugar de ceder a la tentación de escapar su destino prefirió, en sus últimas horas, intentar la poesía y quizá aprender una nueva pieza en la lira. Así ejerceríamos la habilidad de no procurar monetizar nuestro talento sino regalarlo como Sócrates, a desfigurar las monedas como Diógenes y a dar al César lo que es del César como Jesús. Hoy casi nadie recuerda sus jueces, pero sus nombres e historias aparecen en los certificados de nacimiento y hasta en las comedias populares de las invisibles islas.

Gusto pensar entonces que voy asfaltando el camino hacia el abuelo devoto. La tranquila armonía entre una persistente pregunta que se filtra en los recuerdos que insiste documentar. El homenaje de todos y todo renovado en la disculpa de unas huellas únicas e imposible de imitar. El breve golpe de címbalo que ayudó a la inmensidad de la orquesta, desapercibido por muchos, aunque no para el oído del conductor.

 

El autor es un escritor puertorriqueño residente en Filipinas.