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Encuesta sobre la inseguridad energética

La organización Casa Pueblo publicó recientemente los resultados de un cuestionario para estudiar las opiniones de la comunidad sobre el desempeño de LUMA Energy en Puerto Rico (LUMA): ¿Qué piensa el pueblo a un año de la privatización?

El 1 de junio de 2021, LUMA comenzó la operación y el mantenimiento del sistema de transmisión y distribución eléctrica en la isla. Los resultados de la Evaluación comunitaria del primer año de LUMA Energy en Puerto Rico reflejan el descontento de sus clientes. La mayoría de los participantes del cuestionario indicaron estar insatisfechos con el desempeño de la empresa y consideran que el servicio ha empeorado con la privatización.

En una escala de “A” a “F” el 87% considera que LUMA no cumple su cometido; para un 86% el servicio es peor que antes; un 88% votó porque la transmisión y distribución regrese a manos públicas; el 95% de los participantes piensa que LUMA no está preparada para enfrentar los posibles impactos de un sistema atmosférico; 39% indicó que no pudo resolver con prontitud su querella o que siguieron procedimientos con dificultades de recursos; 38% de los participantes nunca reportó querella, el 71% de los que sí lo hicieron reportó impedimentos con la comunicación.

Para ver en detalle los resultados del cuestionario acceda al siguiente enlace: https://casapueblo.org/red-conectate-evaluacion-luma-energy-en-puerto-rico/

La encuesta fue libre y voluntaria, y promovida a través de redes sociales y medios radiales como parte de una iniciativa de Casa Pueblo y #CONÉCTATE, un proyecto de investigación participativa gestionado por dicha organización.

Las profundidades del calabozo del Cuco: Reseña de The Black Phone

En The Black Phone (dir. Scott Derrickson, EEUU, 2022), el monstruo crea su propio mundo donde lleva a cabo sus fantasías. Este mundo es una copia oscura o quizás bastante certera del nuestro. Allí lleva a sus víctimas para torturarlas y, finalmente, engullirlas. El Grabber (Ethan Hawke), que traduzco como el Cuco, no se come sus víctimas adolescentes literalmente. Pero ciertamente las mastica con terribles castigos físicos destrozándoles su espíritu hasta el momento en que decide matarlas. Su mundo oscuro es uno teatral. No tiene la teatralidad expansiva del Nueva York de Synecdoche, New York (dir. Charlie Kaufman, EEUU, 2008), donde se reconstruye la ciudad entera sobre un escenario interminable por donde el director deambula en busca de sentido. El mundo del Cuco es teatral en lo limitado de sus dimensiones. Es un sótano de paredes sucias, un catre encadenado al piso, un inodoro sucio, una ventana alta con barras gruesas por donde se cuela algo de luz y un teléfono negro en la pared. Sin embargo, ese mundo/calabozo carece de límites y se extiende a través del teléfono desconectado. Las víctimas pasadas llaman a Finney (Mason Thames), el adolescente inseguro que el Cuco acaba de secuestrar. Las voces de los muertos le ofrecen algo de apoyo, le advierten sobre lo que está por venir y le dan ideas para sobrevivir a los juegos crueles del Cuco. Ese teléfono negro del título transmite los ecos del espacio que permanece escondido para nosotros. La maravilla bizarra de The Black Phone radica en este espacio, en el poder horrendo del Cuco de Ethan Hawke y en el sentido de supervivencia de Finney.

Los intercambios más poderosos en The Black Phone ocurren mientras Finney está atrapado en el sótano del Cuco. La película pierde impulso cuando Derrickson, el director, se concentra en la investigación de la cadena de secuestros en el área y en Gwen (Madeleine McGraw), la hermana menor de Finney que lo busca sin descanso. Estas porciones de la película se sienten accidentadas e innecesarias. El contraste de la aparente normalidad del mundo exterior y la oscuridad de los mundos interiores del monstruo, tan magistralmente logrado en la oposición entre Clarice Starling y Hannibal Lecter en The Silence of the Lambs (dir. Jonathan Demme, EEUU, 1991), no funciona en The Black Phone. Sin embargo, todo cambia cuando adentramos en el calabozo del Cuco.

Ethan Hawke borda el personaje del Cuco. Su actuación fluctúa entre momentos emocionalmente sutiles y explosiones de violencia haciendo del asesino un monstruo impredecible. Además, la construcción visual del personaje lo transforma en una pesadilla que recoge los miedos de todos aquellos que todavía creemos en monstruos. El Cuco está usualmente vestido de negro con un sombrero de copa. Su máscara alargada de sonrisa malévola, cuernos y quijada puntiaguda fue diseñada por el veterano Tom Savini, reconocido por su trabajo de maquillaje y efectos especiales en clásicos como Dawn of the Dead (dir. George Romero, EEUU/Italia, 1979) y Creepshow (dir. George Romero, EEUU, 1982), entre otras. La lucha de Finney por salir vivo de ese mundo subterráneo controlado por el Cuco refleja bríos de los sacrificios que hace Chihiro para escapar de Yubaba y su sauna de los dioses en Spirited Away (dir. Hayao Miyazaki, Japón, 2003). Desafortunadamente, este aspecto de la película no fue explorado al máximo ya que Derrickson constantemente intercala los aterradores momentos en el sótano del Cuco con el aburrido y malogrado mundo exterior.

Las escenas en exteriores nos recuerdan constantemente que la película es basada en un cuento de Joe Hill, el hijo de Stephen King, cuyo sólido trabajo como escritor incluye la serie de comics de horror Locke and Key, ilustrada por Gabriel Rodríguez y publicada por IDW Publishing entre el 2008 y el 2013. The Black Phone refleja la influencia del trabajo de King por las referencias temáticas a su novela The Shining y alusiones visuales a It (dir. Andy Muschietti, EEUU, 2017). Pero esto no hace menos pesada la realidad melodramática fuera del calabozo del Cuco. The Black Phone no es una película mala, pero pierde fuerza en los momentos en que aleja al espectador del horror de su monstruo y del empoderamiento gradual del adolescente que lucha por su vida.

Sambumbia de plato principal de Bernardo López Acevedo

Quiero comenzar con un énfasis. Me alegra mucho presentar esta noche el libro de Bernardo López Acevedo: Sambumbia de plato principal. La contraportada lleva la indudable huella del autor: el humor. Nos dice, sobre Bernardo, que nació “muy joven”: “A escasos nueve meses después de haber sido concebido por obra, gracia y osadía de Santa Acevedo Méndez y Juan López Ruiz. (Osadía porque fue el sexto hijo en circunstancias económicas que aconsejaban no tener más de uno o la mitad. ¿Qué se puede hacer?)”. Apenas uno entra en el libro de Bernardo López Acevedo, se tiene la percepción de que su escritura viene apoyada por una rica y amplia cultura. Una cultura abundante obtenida de múltiples fuentes: en la acuciosa capacidad de observación cultivada desde su niñez, mediante la absorción de la compleja tradición popular que su paso por el mundo le ha brindado y de las cuidadosas lecturas y participación en múltiples proyectos culturales de diversa índole.

El reconocimiento de esa abundancia cultural, oral y escrita, obtenida fuera y dentro de los libros, me permite vincular la afirmación de que nació muy joven, con Alejandro Tapia y Rivera cuando al comenzar su novela Póstumo el transmigrado con la importante observación de que Póstumo fue hijo de su padre y de su madre, insistió luego en un conocimiento sólido derivado del juicio anterior: es decir, que tuvo padre y madre. Son expresiones que dejan inevitablemente en el lector una leve sonrisa, lo que podríamos llamar la flor del humor, el placer obtenido. Lo que es evidente, sin embargo, puede desencadenar una reflexión mucho más compleja si de alguna forma, al exponerlo se abre la posibilidad de un cuestionamiento. En aquella sociedad decimonónica todo el mundo había tenido padre y madre. El problema consistía en cuestionar ese verbo aparentemente sencillo: tener. ¿Qué significaba tener padre y madre en una sociedad esclavista, en la que a un niño o al padre o a la madre se le podía vender según el capricho del amo? ¿Qué significaba tener en una sociedad en la que lo propio, para muchos humanos, no existía ya que la corporeidad y lo que la acompañaba era propiedad ajena? Ninguna de estas preguntas, u otras que podrían formularse, pierde significación porque el escenario social de la novela haya sido Madrid.

La salida humorosa, según expresión de Freud, conlleva siempre una complejidad. El nacer joven, que se nos dice de Bernardo, puede llevarnos a caminar por una importante característica de su libro. ¿Qué hubiese querido decir que nació viejo? En el brillo de su evidencia, la afirmación de haber nacido joven puede revelar mucho del autor del libro si nos fijamos en la trayectoria ofrecida en su lectura. La infancia es fundamental en la escritura de Bernardo. No como un pasado distante y lejano, sino como una fuerza todavía activa en su vida actual, en esa larga entrada en la madurez hacia la que camina acompañado del niño que fue. En este libro, el niño habla continuamente, pero habla acariciado por el humor. Freud escribió en 1928 un breve ensayo sobre el humor, ese “raro y precioso talento”. Señaló que el humor despierta una fuente de placer y destacó que reside en el ahorro del despliegue afectivo.

Freud, además, destacó otro aspecto interesante del humor: “El humor no es resignado, sino rebelde; no solo significa el triunfo del yo, sino también del principio del placer, que en el humor logra triunfar sobre la adversidad de las circunstancias reales.”1 Si bien Freud vinculó el chiste con el inconsciente, estableció el vínculo del humor y el placer con el súper-yo. Aunque es menos intenso que el chiste, nos dice, el humor resulta liberador, observando, a su vez, su origen en la “instancia parental”.

La instancia parental es una fuerza generativa en el libro de Bernardo. Lo abre y lo cierra como si quisiera asegurar el tejido textual con una hilatura genealógica. Pero lo hace de una forma metafórica. Metáfora en griego significa transporte. Pues bien, Bernardo, apropiándose de una ya venerable metáfora convierte el libro en su hijo. Lo hace al justificar su prólogo, también metaforizado, al convertirlo en “muleta”. Es decir, en ayuda para poner en movimiento la entrada a la lectura. No es una casualidad que en el prólogo le indique al leyente el origen del título que lleva su “hijo de papel”. “Sambumbia es un término que vengo oyendo desde niño, en su significado de especie de olla podrida o potaje resultante de la mezcla de ingredientes diversos.” (13) Como puede verse, Bernardo nació joven, no como dato limitadamente biológico, inevitable, sino como dato de que aquella infancia suya, impregnada de vida y fuerza semiótica, sigue viva en el Bernardo maduro, con capacidad de continuar generando significado y placer. Y otra vez opera la metáfora. La olla podrida o potaje de diversos ingredientes ahora se desplaza de la mesa de alimentos en viaje hacia el libro, presentado como potaje-lectura compuesto de diversidad, hibridez y sabrosura. El alimento corporal se ha convertido en páginas, hijo de papel, con otro tipo de alimento de naturaleza espiritual.

El prólogo dice mucho sobre el Bernardo niño, así como del Bernardo escritor. Niñez y escritura se entrelazan de una forma muy reveladora. El prólogo-muleta, instrumento auxiliar cargado de humor, utilizado por el padre del “hijo de papel”, expone la amplitud de significación del libro al establecer, como hemos visto, la analogía de su título con un potaje que el supuesto padre relaciona con su niñez. La continuidad está, ciertamente, en el oír, en la oralidad, vinculada estrechamente con la tradición popular. Sobre ese primer conocimiento, rico y variado, se construye la vertiente siguiente, la escritura, de donde nace, como fuerza híbrida el “hijo de papel”. Lo que nos lleva a afirmar que por todo el texto de Bernardo, se oye siempre el sonido de la voz diversa del pueblo.

Pero esa voz creció, se expandió, hasta internarse en la escritura, en la sambumbia de su libro, ese texto de cuerpo presente, mezclado, híbrido, como si metaforizara con su presencia la formación mestiza de nuestro pueblo. Y ya de entrada, como lo hace también de salida, Bernardo nos permite observar la característica principal de su escritura. Observe el leyente cómo al referirse al acto reiterado de oír el término sambumbia y revelar su significado, Bernardo acude al Diccionario de la Real Academia Española y subraya una deficiencia: “A lo más que llega el DRAE es a hacer referencia, en la tercera acepción, a la cubana idea de que se trata de ‘bebida o comida mal preparada, de poca calidad’. Y no tiene razón porque en el borinqueño lar hay sambumbias sabrosas, bien preparadas y de muy buena calidad. Sin que esté implicado que ésta lo sea.” (13)

La última oración, claro está, es necesaria como flor humorística cuya función es proteger al “yo” autorial de posibles críticas. Otra vez la metáfora entra en acción. Así como la sambumbia conocida por el autor “estuvo asociada de alguna forma con la pobreza”, también el prólogo previene al lector sobre la naturaleza de la lectura: “No esperes hallar aquí tratados enjundiosos ni poesía de alto vuelo, so riesgo de frustrarte”. (15) La analogía entre la comida vinculada a la pobreza con el libro vinculado a la humildad paternal sobre el carácter de su “hijo de papel”, permite elaborar otra metáfora que va contra la humildad retórica del autor: la sabrosura de su prosa. Así como defendió, ante la limitación de la definición de la DRAE, la sabrosura de la sambumbia boricua como alimento, también puede el leyente defender la sabrosura de la Sambumbia de papel.

¿De dónde viene tal sabrosura, nos permitimos preguntar? La contestación exige cruzar el libro, es decir, leerlo, hasta llegar a su artículo final, “Un pequeño Larousse en manos de un gigante”. No es una casualidad la insistencia en el diccionario. En el prólogo se alude al Diccionario de la Real Academia Española, el DRAE, y al final nos encontramos con el Pequeño Larousse. Pero no nos equivoquemos, el primero fue El pequeño Larousse. La referencia a este importante diccionario, aunque la hace el adulto, pertenece al niño Bernardo. Para algo deben servir los recuerdos: para darle presencia a lo ya ausente, a lo desaparecido, mediante la vocación, o puesto más sencillo, al llamado del habla. Bernardo nos explica, a través del poderoso “lomo de buey” capaz de cargar con tantas palabras y sus múltiples definiciones, bulto de saber que “sorprende a veces, que es decir casi siempre” (53), de dónde le nació su interés y cuido del lenguaje. Lo hace por vía de un relato de su familia, sin esconder la pobreza en que vivía. Su padre era carpintero y ganaba $7.50 en un día de más de ocho horas de trabajo. Con ese salario alimentaba diez bocas: la suya, la de su esposa y las de ocho hijos.

“Debo suponer, – nos dice el recuerdo de un niño seducido por la admiración – que aquel diccionario costaría dos, quizá tres dólares. O sea, casi la mitad del salario devengado por un día de dura carpintería. ¡Esos eran atrevimientos de mi Padre que todavía hoy evoco con orgullo y lágrimas!” Pues bien, ese atrevimiento del padre fue un interminable curso escolar, no solo por la compra audaz del libro, sino por el continuo cuidado recibido en el recinto familiar. “Por allá es que hay que hurgar cuando se quiera saber por qué soy celoso y cuidadoso con el vernáculo. Para mí cada palabra es una transida evocación de un amor extraordinariamente grandioso, de un hermoso ejemplo de dación y entrega.” El Gigante del título no es otro que su padre, quien dejó este mundo a los 95 años. “El Pequeño Larousse lo encontramos, desmigajado por los años y el uso, en una pequeña maletita donde Juan López guardaba recuerdos y, quién sabe, palabras nuevas, giros sin estrenar… quién sabe.” (196) Una ironía sutil recorre el cuidado verbal de Bernardo: el Pequeño Larousse lo ayudó a ver a su padre como un gigante por el amor a las palabras. Uno puede imaginar a aquel hombre invirtiendo parte de su pobre salario en un depósito vivo de palabras, en lugar de ir a un bar a beberse el sueldo, como no pocos hacían, e imaginar cómo trataría la madera aquel cuidador de palabras. Las imágenes tienen sentido porque la figura del hijo, ya maduro, puede evocarlas con orgullo.

Me detengo ahora un momento en el regodeo placentero de Bernardo cuando transita por el diccionario, una aventura decisiva en su aprendizaje poético. “Para mi gusto, las más divertidas, sonoras y poéticas son las definiciones de plantas y animales. De muchas no entiendo casi nada. Y más me entusiasman. Oiga ésta: ásaro – género de plantas aristoloquiácias, herbáceas, vivaces, de tallo corto, hojas acorazonadas con largo pecíolo y flores terminales solitarias. O ésta: baleniceps – ave zancuda de la familia de las ardeidas que vive en los pantanos del África central y presenta el tipo de aves más extraño que se conoce por tener muy grande la cabeza, muy ancha y en forma de zueco la mandíbula inferior, enormes las alas y adornado con un moño el occipucio.” (53-54)

En la cita anterior, el precioso talento del humor se combina con el complejo placer por la palabra y sus resonancias, recordándonos al gran poeta cubano Lezama Lima. Bernardo, entre las muchas cosas que ha sido y es, sobre todo se proyecta como un cuidador de palabras, un amante exigente del lenguaje. Esa cualidad suya, esa obsesión incurable, para la que no existe droga alguna como no sea la lectura, la conversación y la escritura, es lo que hace de Bernardo un escritor de cuerpo entero. Puede cobijarse en el humor, puede proteger su “yo” al hablar con humildad sobre su “hijo de papel”, pero en el interior de su corazón y su conciencia sabe que cada una de sus palabras escritas está cernida por el amor al lenguaje y por la exigencia de la belleza en la expresión.

Pero debo aclarar algo para evitar malos entendidos. Bernardo ha sido, por encima y por debajo de sus múltiples facetas, un luchador, un revolucionario, o inconforme permanente ante la condición colonial. Su amor por las palabras y la literatura nunca se ha disociado de la lucha por la libertad de Puerto Rico. Ahora bien, como luchador, sabe que son múltiples las trincheras. Hoy estamos aquí, en la sede del periódico Claridad, porque, como él mismo ha dicho, aquí se formó una parte importante de su personalidad histórica. Podría decirse que toda su vida ha estado vinculada a las letras. Si, como dijo Freud, el súper yo por medio del humor consuela cariñosamente al intimidado yo, Bernardo despliega su talento dejando caer los pétalos del humor sobre sí mismo hasta valiéndose del rigor del soneto. Veamos, como ejemplo, uno de ellos: “Soneto yermo y victorioso”:

Yo divisé gigantes a lo lejos,

reuní mis fuerzas y embestí afanoso,

no me seguía escudero laborioso

mas habría desechado sus consejos.

A mitad del camino mis añejos

ardores trasnochados en reposos

convocaban fervores amorosos

con ímpetus neonatamente viejos.

Llegué hasta la explanada jadeante,

esgrimí mi armamento enmohecido,

invoqué tu presencia fiel, constante.

No estaba solo, pues me había seguido

una ciega ilusión alucinante

que me ofrecía laureles de vencido. (21)

Cuidadoso de la forma, el artesano de la palabra que habita en la conciencia de Bernardo, trabajó el soneto clásico. Con su fina ironía, cargada de humor, dándose la figura de un Quijote solitario, acompañado de una ilusión alucinante que le ofrece, para su coronación, laureles de vencido. Con fino dominio del contraste y la aliteración, el soneto yermo florece en la victoriosa derrota del hablante poético. Nada tiene en su vida que ver con barberos u otras mentalidades inquisitoriales dispuestas a la quema de libros. Por el contrario, toda su vida ha trabajado cerca de esas importantes criaturas de papel. Fueron muchos años los que dedicó, al lado de Carmen Rivera Izcoa, en Ediciones Huracán, al timoneo de una nave quijotesca, siempre bordeando el naufragio, pero rebosante de felicidad por la creatividad del trabajo y sus abundantes logros. Y Bernardo le rinde homenaje a la querida Carmín, tantas veces mal entendida y otras vilipendiada, cuando él mismo pudo comprobar que estaba hecha y amarrada con la noble fibra generosa y quijotesca. No es una casualidad que Bernardo recuerde con amoroso respeto al inolvidable Fernando Rodríguez y a Fernando Picó, ambos ya desaparecidos entre los vivos, pero más presentes que muchos vivos en nuestra memoria. Es que la cuidada prosa y los versos de Bernardo van tejidos con el respeto y el amor que ya ha echado poderosas raíces en la memoria.

Eso es el libro en gran medida. Ahí está la sabrosura de la sambumbia literaria: en ese delicado tejido de la memoria, pero sobre todo en la calidad del hilo que forma la urdimbre, en ese ir y venir de la vida de la cultura. La escritura, el aliento del habla que la habita, con toda su perdurabilidad, se mueve en el inevitable oleaje del tiempo porque no deja nunca de ser temporalidad organizada, expresión histórica, cuya vida depende de la tenacidad de los habitantes de un pueblo en perpetua formación y deformación, siempre luchando contra la intervención imperial con el designio de deshacerlo. Bernardo sabe que la escritura, con todo el cuidado que exige, opera en un territorio intervenido, lucha en él por sobrevivir, se afirma en él, aunque sepa que se mueve, como los barcos, sobre un fundamento liquido. La cultura puertorriqueña siempre se ha movido, siempre ha flotado, aunque haya quien no quiera reconocerlo, en un terreno hostil que de una forma u otra se mete en su interior y busca anegarlo. Por consiguiente, siempre ha llevado por dentro su caballo de Troya. Tres fuerzas la han protegido de la disolución: su capacidad creativa, su capacidad de recordación y el gesto práctico heterogéneo, consciente e inconsciente, de afirmación reiterada en el tiempo. Cuando estas fuerzas se juntan, el verbo cuidado, no importa su humildad, se torna poderoso. En ese contexto de pugna inacabable, permanente, debemos colocar el libro de Bernardo.

Es momento, entonces, de valorar un gesto imprescindible que el libro le reclama al lector. “Si decides leer, hazlo en cualquier orden que la rigidez es odiosa siempre”. (15) Ahora bien, si la voz del texto reclama un amplio espacio de libertad para el lector, es porque la forma misma del libro ha creado ese espacio. Sambumbia de plato principal es una obra abierta, porosa, con múltiples entradas y salidas, porque tiene un ordenamiento flexible, con diferentes inicios y conclusiones, que van del poema al ensayo y del ensayo a la estampa o a la narración corta semejante al cuento. El leyente tiene para escoger su entrada y su salida, puede avanzar o retroceder como si hiciera escala en el tejido amplio de una memoria. No es un pedido superficial lo que hace la voz textual al exponer el siguiente reclamo: “Por favor no coincidas en nada con mis opiniones cuando a opinar me pongo. Al contrario: recuerdo que el adelanto humano y social radica en la discrepancia, en el desacuerdo. Es cierto que coincidir no es pecado mortal, pero no hay quién me saque del magín que sí es pecado venial.” (15)

Sin negar, claro está, la presencia del humor en la cita anterior, no cabe duda de que Bernardo sabe que la cultura se fortalece y se expande por las esquinas de la diferencia y la disidencia. Un ser cosido al calor de continuas batallas reconoce y sabe de la importancia de la inconformidad en la urgencia de producir el cambio. Y la inconformidad, si quiere dar frutos, sin quiere retoñar en libros u otras vertientes de la producción cultural, no tiene otra opción que reafirmar la creatividad, para abrirle a la reiteración inevitable de la vida, el camino de la transformación y la variación. Pero cuidado, el luchador por la libertad y contra el coloniaje exige cambios, sin duda drásticos, pero la vida también es continuidad, reiteración. Porque si no, cómo “celebrar batiendo palmas el hecho de que todavía, ¡gracias Padre Todopoderoso!, el manjar de las patitas de cerdo con garbanzos siga haciendo salivar a mucha gente que conozco, que se siga diciendo morcilla, longaniza y cuajito; y que la palabra embutido se vaya quedando por ahí tirada, olvidada, despreciada y eventualmente sea abolida.” (87)

No puedo terminar sin insistir en un aspecto de la escritura de Bernardo López Acevedo, hijo de su padre y de su madre, como nos recordó Alejandro Tapia y Rivera. La prosa y el verso suyo están permeados de bondad, de solidaridad. Podríamos decir que estamos ante un libro tejido delicadamente con la solidaridad manifestándose en múltiples niveles. En todos ellos, sin embargo, el recuerdo es ingrediente fundamental, ya sea cuando se refiere al monumental episodio de la electrificación del país, llevado a cabo por el gobierno y “los creadores de la audacia”, como les llama a los trabajadores de la UTIER, utilizando helicópteros para hincar postes por todos los riscos y montes de la isla, o cuando se refiere al aciago día de su viaje en carro público desde Guayama hasta Aguada al recibir la noticia de que su madre estaba enferma. En el primer caso, el de “los aparatos volantes” que despeinaban los matorrales, fue de su infancia en un barrio aguadeño. La emoción todavía lo conmueve recordando los diestros obreros amarrando a los “negros trapecistas”, los enormes postes, flotando en el aire hasta descender y “asentarse en su hoyo con ayuda de laboriosas manos que los esperaban abajo”. (152) En el segundo caso ya tenía 21 años, se encontraba en Guayama en su vida de militancia política vendiendo el periódico Claridad. Desde que recibió la noticia de la enfermedad de su madre sospechó que la pérdida era ya un hecho. Hizo el largo viaje en carro público hasta Río Piedras “acariciando viejas y presentes ternuras maternales”. (164) Desde Río Piedras hasta Aguada viajó en el automóvil de René Rodríguez, quien con Rafael Rivera y Edna González Cruz, lo llevaron a despedirse de su madre.

Bernardo cultiva, sin duda, la palabra con amor y tesón. Pero la palabra es un vehículo de belleza perdurable para un homenaje mayor: el cultivo de la amistad y el enlace solidario. Esa fuerza que brota de su interior para encontrarse con ella misma surgiendo de otros inagotables surtidores que también proclaman el amor y la comunidad. El afecto, sin embargo, es la fuerza nutricia de la memoria. Por eso la pluma de Bernardo traza los hilos del afecto y se mueve ágil por los nombres de compañeras y compañeros que quiere ver desfilar por los senderos de su libro. De esta forma, no importa por donde entre el lector a este hermoso libro, entrará no solamente en la vida y experiencia de una voz compleja y afirmativa, sino en una comunidad donde la pobreza, el esfuerzo y la lucha han trazado un signo perdurable. Por eso el hombre ya maduro, no quiero decir viejo, porque nació joven y ha seguido siéndolo, recuerda esa vida suya de los 21 años, cuando enhebró su experiencia a una lucha que le dio a su persona un nuevo sentido de comunidad: “Allí y entonces me incorporé a la trulla de locos que hacían el milagro semanal de publicar el periódico Claridad, para que el pregonero de Guayama, el pescador de Patillas y Don Pedro de León en Maunabo pudiesen continuar regando la semilla anticolonialista imperturbables, estoicos, con reciedumbre, firmeza y tesón patrio.” (165)

Tiene un profundo sentido, pues, que estemos aquí esta noche, en el local de Claridad, el espacio sobreviviente de esa trulla de locos que siguen haciendo el milagro semanal, pero esta vez celebrando la semilla ya desarrollada en libro, de la prosa de uno de esos locos de ayer, creador de una prosa recia, de un verso vibrante y firme, con fuerza y tesón patrio. ¡Recibe, Bernardo, un abrazo de amor y agradecimiento de tus camaradas!

1 Sigmund Freud, “El humor”, Obras completas, Volumen III, Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1968, 512.

Presentación hecha en CLARIDAD el 22 de junio de 2022.

En defensa del idioma más allá de su romantización

A inicios de enero el Dr. Raúl Otero me invitó a ser parte de la Semana de la Lengua a celebrarse en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Carolina. Ante su invitación lo primero que pensé fue “¿sobre qué? ¿qué, durante pleno siglo XXI, debería estar diciendo en un auditorio universitario que no se haya dicho?” Las opciones son limitadas, sabemos que el idioma es esencial para nuestro proceso comunicativo, nos han repetido hasta la saciedad que debemos apreciar, valorar, respetar, cuidar – y un largo etcétera – nuestro idioma pero lo que no solemos escuchar es el porqué: y es esto, precisamente, lo que pensé compartir en esta ocasión. Hoy me presento sin pretensiones de compartir apuntes con rigor investigativo, vengo más bien con la intención de abrir un espacio para la reflexión de lo que implica la lengua materna en nuestro día a día. Estar aquí hoy me permite articular una defensa del idioma que trascienda su romantización. En otras palabras, hablar de la importancia del español, en Puerto Rico, para los puertorriqueños, a partir de lo que realmente implica el dominio de la lengua. En un contexto como el de Puerto Rico, la importancia o defensa del idioma suele partir de trincheras político-culturales que ven en su defensa, la defensa de la autonomía del país. Cuando no, este abogar en pro del idioma materno se centra en su asumida belleza, su particular magia para enamorar a quien le lee y para encantar a quien le oye: para conquistar corazones y entretener las mentes. Pero la realidad es que el dominio de la lengua materna trasciende estos asuntos: define, entre otras cosas, nuestra calidad de vida.

Hace aproximadamente cuatro años, presenté ante un Congreso de la UNESCO en Ecuador una ponencia titulada “Enseñando a leer, doce años después”. En ella explicaba cómo había sido el proceso de enseñar el curso de Español Básico a jóvenes universitarios que, dentro del contexto en que me encontraba, solían percibir la enseñanza del español como un espacio desperdiciado dentro de sus currículos. El punto de partida de su pensamiento era el mismo: “¿para qué tomar esta clase si yo sé leer?”. Y, para ser honesta, bien que sabían. La lectura como proceso mecánico de leer letra por letra, sílaba por sílaba hasta formar palabras, frases y oraciones era un asunto que dominaban muy bien. Del mismo modo dominaban la lectura como proceso de memorización. Ante la pregunta, “¿para qué leemos?”, la respuesta les resultaba en extremo evidente: “¡para aprender!”. Sin embargo ese “aprender” lo caracterizaban como un “memorizar” información. Y claro, no me malinterpreten, la memorización como proceso cognitivo es importante en el desarrollo de los estudiantes. El problema está cuando sus procesos educativos se limitan a esto. De hecho, por eso de que veamos que esto no es un problema particular de la enseñanza del idioma, les comparto que hace poco leí un exquisito ensayo del profesor de Física en Harvard, Eric Mazur, donde señalaba que “(la) práctica de memorizar algoritmos y ecuaciones sin comprender los conceptos detrás de las manipulaciones es intelectualmente poco provechoso…”(3). Lo mismo sucede en el terreno de la lengua, la lectura y la escritura. En aquella conferencia planteaba que mi principal reto en el salón de clases era llevar a estos jóvenes a que descubrieran por ellos mismos que no estaban leyendo de una manera competente, tal cual lo define Antonio Mendoza en “Lector ingenuo, lector competente”. La meta era que vieran en la lectura una herramienta de liberación – cuando menos- intelectual pero para eso era necesaria la lectura crítica y para lograrla es necesario, a su vez, el dominio del idioma. En ese entonces, señalé como uno de los problemas tangibles dentro de la enseñanza del español en el país, el asunto de su condición colonial. No lo hice con la intención de que se viera el español como la esencia de los puertorriqueños, en contraposición al inglés, sino que lo trabajé de manera tal que quedara establecido las relaciones de poder que se establecen entre las lenguas, según teoriza Ngũgĩ wa Thiong’o, en espacios territoriales que son o han sido colonizados. Utilizo esta charla como hilo conductor para lo que deseo presentar hoy pues esta realidad sigue mediando el modo en que nos relacionamos con la lengua materna y, sin que nos demos cuenta, el modo en que los estudiantes se relacionan con la educación presentada como epicentro de la creación de nuevos saberes. Como siempre se ha limitado el asunto de la lengua materna a concepciones socio-políticas y culturales, dentro de la discusión entre la importancia del inglés sobre el español o viceversa, hemos pasado desapercibido que – y cito textualmente a wa Thiong’o – “la enajenación colonial interviene de dos formas: un distanciamiento activo de la realidad que nos rodea y una activa identificación con aquello que es más lejano a nuestro entorno” (28). Así pues, nuestro sistema de educación, que ha tenido desde sus orígenes – y cito textualmente memorandos recopilados por Aida Negrón de Montilla – “moldear las mentes de los niños puertorriqueños e inspirarlos con el espíritu americano, transmitir… el espíritu y los ideales del pueblo americano y fomentar un entusiasmo, una devoción y un patriotismo por la República (estadounidense)”(Negrón, 273), ha utilizado como herramienta política el poder discursivo que acarrea la enseñanza del inglés como idioma que promete un mejor futuro pero que, por sí solo, no cumple con esas promesas porque ningún idioma es mágico. Reitero, estas afirmaciones trascienden asuntos políticos, se trata de pensar el modo en que relacionamos a nuestros estudiantes con la lengua materna y los posibles remanentes que esto puede tener en el modo en que se relacionarán con las necesidades del país que los está formando. Así que, ¿por qué traer a colación esta antigua conferencia en el día de hoy? Es bastante sencillo, la educación y el idioma, en Puerto Rico, han sido asuntos peligrosamente politizados y más allá de asuntos político partidistas, lo que se esconde detrás de esto es crítico para nuestro porvenir. En aquella ocasión señalé que para mí era esencial que los estudiantes leyeran críticamente porque solo así serían capaces de relacionarse con su entorno para ir creando conocimientos adecuados a sus realidades de vida. Hoy afirmo que la defensa del español en Puerto Rico es esencial si queremos estudiantes capaces de pensar críticamente las necesidades sociales, políticas y económicas que acechan al país pues solo un dominio pleno de la lengua materna y una comprensión absoluta de sus cualidades como idioma es lo que les permitirá este tipo de lectura y escritura crítica. Y es que queremos jóvenes emprendedores, creativos, ingeniosos pero se nos olvida enseñarles cómo eso se logra.

Continuamente vemos en nuestros salones estudiantes que se expresan – tanto verbal como por escrito – con singulares dificultades. En ocasiones solucionamos el problema sugiriéndoles que desarrollen más el uso y práctica del inglés pero esto pasa por alto que tras ese problema de comunicación lo que se esconde es una educación que ha obviado la importancia del dominio de la lengua materna como herramienta de pensamiento. No es un idioma en específico el que abre las puertas al éxito sino el dominio de este como máquina para procesar el pensamiento: eso no se lo decimos. Así pues, tenemos jóvenes que piensan que hablando inglés encontrarán la llave mágica para lo que conciben como progreso sin comprender que ese conocimiento memorizado y alejado de sus realidades de vida – no puesto en práctica para solucionar problemas o sugerir ideas alternativas -, no se traduce en conocimiento práctico.

En otras ocasiones, ante estos mismos estudiantes, terminamos enjuiciándolos porque no conocen ni dominan el uso del lenguaje de manera mecánica, no saben de sus escritores clásicos, mucho menos de los contemporáneos y, peor aún “¡tragedia, oyen a Bad Bunny!” decimos. La agenda de este tipo de enseñanza se limita a la defensa del idioma desde el nicho de su capacidad para “embellecer” todo lo que describe, nombra y define: ¡ah, la lengua de Cervantes! No obstante, todas estas defensas: la política, la de su riqueza literaria, la de su capacidad de embellecer, terminan, entre líneas, afirmándole a los alumnos que el español es un idioma anquilosado y que, peor aún, no es el idioma del conocimiento. Es como si le afirmáramos que, en efecto, el español es la lengua que solo produce belleza artística y el inglés conocimiento. Así pues, tanto los críticos del español como sus defensores terminan navegando por las mismas aguas que presentan el dominio del idioma como gestor de información para memorizar y no como herramienta para la creación de conocimientos.

Es por todo esto que propongo una defensa de la lengua materna, de nuestro español, desde lo que – pienso – debería ser sus argumentos más evidentes pero resultan los más desapercibidos; (1) las lenguas, todas, son caudales de información ancestral que dejan al descubierto los modos particulares en que nos relacionamos con nuestro entorno; (2) las lenguas, todas, son capaces de construir y divulgar conocimientos; (3) pensar en nuestro idioma, con palabras que responden a nuestro entorno, nos permite acercarnos a este de manera tangible, no solo para comprenderlo sino para transformarlo en pos de una mejor comunidad. El acercamiento es sencillo: el lenguaje es una ciencia, los estudios de este nos han dejado claro que hay en el cerebro unas reacciones ante estímulos que evidencian una “facultad de lenguaje” y que, como establece el lingüista Noam Chomsky “el lenguaje tiene que ver de una manera crucial con el pensamiento, la acción y las relaciones sociales” (12). Del mismo modo, se parte de la presunción que establece que, como señala wa Thiong’o, la lengua materna es la lengua del conocimiento propio, y que esta trae consigo un bagaje cultural importante para entender el contexto en el que nos formamos: comprenderla nos permite crear conocimientos y no limitarnos a repetirlos.

Para defender el idioma más allá de su romantización es preciso entenderlo tal y como los nuevos acercamientos neurolingüísticos nos lo van presentando, como una herramienta de pensamiento. Así pues, leer, por ejemplo, pasa de ser deletrear las palabras que tengo al frente a comprender las ideas, ideologías y propósitos que se me presentan a través de ellas. Y por supuesto, esto solo se logra con una comprensión vasta de nuestra lengua materna. El idioma entonces debe dejar de ser percibido como un asunto esotérico y mágico y comenzar a ser entendido como un develador de realidades. La lengua materna es vínculo con el pensamiento y puerta a la realidad social pues, como menciona Freire en uno de sus ensayos sobre la lectura, “…lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente” (1) pues “la comprensión del texto a ser alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto” (1) y la única manera de alcanzar esto es utilizando la lengua materna y no aquella que, como bien establece wa Thiong’o, por tener la intención de ser herramienta de hegemonía discursiva, nos aleja de la realidades de nuestro contexto y nos mantiene alienados de las necesidades que como comunidad sí tenemos. Por tanto, mi defensa a nuestra lengua tiene que ver con la necesidad de construir un mejor país y utilizar las mentes que preparamos en nuestros salones de clase para esta transformación.

El español, como lengua, es capaz de crear conocimientos transformadores y de abrirle puertas a nuestros estudiantes. El tan nombrado éxito que solemos prometerles tiene mucho más que ver con la capacidad que estos tienen de buscar soluciones ingeniosas a diversos problemas, el modo en que comunican y racionalizan sus ideas y menos con el idioma que dominan. Esto no cancela el hecho de que mientras más idiomas conozcan, mejor, pero tampoco les sigue sugiriendo que el español es una lengua limitada a las artes y limitante – ante sus expectativas de progreso. Nuestra lengua hay que defenderla porque ha creado y sigue creando conocimientos, arte, literatura, filosofía, ciencia pues es un procesador de ideas que plasma nuestros pensamientos. Su defensa debe hacerse como modo de honrar la realidad: no es el idioma el que abre puertas sino el modo en que le utilizamos.

De hecho, para ser más honesta aún, la defensa de nuestra lengua materna debe hacerse en pos de todos los estudiantes puertorriqueños que son brillantes y a los que se les ha reiterado durante sus doce años de escolaridad que no llegarán lejos si no dominan el inglés, arrebatándoles así las esperanzas de aspirar a más, cuando realmente tienen todo el potencial de construir conocimientos que transformen nuestras realidades de vida. Por cada uno de ellos, los que han pasado, los que están y los que llegarán, es preciso dejar establecido que nuestra lengua, el español, es una herramienta de pensamiento que les permitirá crear, construir, transformar siempre y cuando sepan comprenderla, dominarla y utilizarla para pensar, leer y criticar los contextos en los que se encuentren: y es que cambiar al mundo es posible cuando somos capaces de utilizar nuestro idioma en pos de esa realidad.

Referencias:

Freire, Paulo. La importancia de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI Editores, 1984.

Mazur, Eric. “Comprensión o memorización: ¿Estamos enseñando lo correcto?”. Instituto de Docencia Universitaria. PUCP. En línea.

Mendoza Fillola, Antonio. “El lector ingenuo y el lector competente: Pautas para la reflexión sobre la competencia lectora”. Puertas a la lectura. 9.10, 2000. pp. 120-127.

Negrón de Montilla, Aida. La americanización de Puerto Rico y el sistema de instrucción pública, 1900-1930. Rio Piedras: Editorial UPR, 1977.

Wa Thiong’o, Ngũgĩ. Decolonizar la mente: La política lingüística de la literatura Africana. España: Grupo Penguin Random House, 2015.

—. “En contra del feudalismo lingüístico y el darwinismo lingüístico: Relaciones de poder entre las lenguas”. Derechos lingüísticos. 3 octubre 2009. En línea.

Conferencia ofrecida en mayo de 2022 como parte de las actividades de la Semana de la Lengua en la UPR de Carolina

Será Otra Cosa: Entre Iapeto y Rodinia

Las tierras mesas son una expansión elevada, con cimas antiguas y redondas como lajas de manzanas. El hermoso pastizal que veíamos de lejos no tenía yerba: sólo unos arbustitos esqueléticos, flora alpina, y unas flores tubulares color vino. Son carnívoras; se alimentan de los pocos insectos que suben a esas alturas. Este es el único lugar del mundo donde el manto de la tierra, esa capa entre la corteza terrestre y el magma interior, ha salido a la superficie cristalizado en pura roca. Las rocas son de negro azuloso y extremadamente densas; la oxidación las pone de color mostaza dorado por fuera. Caminamos una hora entre el oro de las piedras, el silencio del viento y el trino quieto del agua que se escapa a gotitas de los glaciales.

Desde las tierras mesas se ve la mejor vista, mi principal objetivo, la corona de Terra Nova, una hermosa elevación llamada Gros Morne; literalmente, la gran tiniebla. No logre cumplir la misión de ese viaje, que era hacer el camino a Gros Morne. La ruta, de dieciséis quilómetros y cruzando un río, permanecería cerrada hasta el fin de Junio, para que los caminantes no perturben los nidos de las perdices árticas, o interrumpan la migración de los Caribú.

En Gros Morne, la roca no proviene del manto de la tierra, sino del fondo del océano, pero ese océano no era el Atlántico, sino, Iapeto, su progenitor. Los movimientos de placas tectónicas arrojaron al antiguo micro continente de Avalonia contra el macrocontinente Rodinia, y eso hizo levantar el fondo de los antiguos mares.

Nueva en Latín, encontrada en Inglés, la magnífica isla de Terranova/Newfoundland tiene mas área que La Hispaniola pero mil kilómetros cuadrados menos que Cuba. Me impresiona que en tanto espacio y tan hermoso, solo vivan medio millón de personas. St. Johns, la capital, es famosa por sus casitas multicolores, pegaditas en la montaña, y por la belleza del puerto. Apenas pasa de los cien mil habitantes, pero su centro tiene un núcleo de clubes con música en vivo que es la envidia de muchas ciudades. En su era humana, Newfoundland acogió sucesivas excursiones de pescadores, paleo-eskimales y vikingos. La cultura Dorset floreció allí hasta un gran deshielo en el siglo xiv, cuando fueron reemplazados por la tribu de los Beothuk.

Los Beothuk construían edificios redondos con palos y corteza de abedul, y daban mucha importancia a pintarse de ocre. Por eso los llamaban pieles rojas. Las sucesivas llegadas de Mi’kmaks, Inuits, y Europeos, introdujeron la guerra y la plaga. Evitaban los invasores como a la plaga, y la tuberculosis y la viruela que les trajeron mermaron sus números. A cada conflicto los Beothuks se fueron retirando hacia otras áreas de la rugosa costa, y finalmente, a tierra dentro. Abandonada su pesca tradicional, esa tierra agreste y frígida no alcanzó a alimentarlos. Simplemente se murieron de hambre. En 1829, falleció Shanawdithit, el último miembro de la tribu conocido. Los historiadores de hoy debaten si los Beothuks desaparecieron por genocidio, o por incapacidad de adaptarse.

La historia oficial dice que fue la primera provincia de lo que hoy es Canadá en ser asentada por Europeos. El imperio británico no le otorgó (noten la palabra otorgar) ‘gobierno responsable’, es decir, estatus de no colonia, hasta 1855. Newfoundland no envió delegados a la Conferencia de Charlottetown, donde se inaguró el proceso de formación de una confederación en la Norteamérica británica. Los intentos de unificarla con la confederación resultaron sumamente impopulares y en 1907, esa isla de pescadores de bacalao se convirtió en dominio independiente. Tras mucho politiqueo, los británicos montaron un referendo sobre el futuro de la Isla, y forzaron la inclusión de la posibilidad de convertirse en provincia de Canadá en el voto. Tras dos referendos intensamente divididos, la isla pasó a ser parte de la confederación Canadiense a la medianoche del 31 de marzo de 1949. Los canadienses continentales no recuerdan están historia; los newfoundlanders sí.

La población de hoy, como en muchas islas, es mezcla de los que llegaron por mar. Mas que nada, de irlandeses, salpicados de Mi’kmaks, Inuits, Escoceses, Picardos, y de todo un poco. Los nombres señalan la variedad de los orígenes: Ensenada de Portugal, Quidi Vidi, Twillingate. El inglés de Newfoundland es distintivo, con mucha raíz irlandesa. En Toronto se hacen chistes burlándose de ese acento. Decirle a alguien newfie es decirle jíbaro.

No sé si por que el tamaño que me recordaba a mi isla, o por la belleza apabullante de la costa y las montañas, el aire perfumado del norte, y la hospitalidad abierta de isleños, pero todo lo que vi me resultó agradable y compatible. A los dos días de aterrizar estaba tratando de convencer a mi marido que allí podríamos retirarnos. “Sólo te digo una cosa: Invierno.” “Y ¿qué?”, le rebatí. “Que tú eres dominicana. Y está isla es sub-ártica. Volvamos en Noviembre y a ver que me dices.”

Los dueños del Bed and Breakfast donde nos quedamos cerca del parque nacional nos invitaron a una langostada que organizaron en su casa. Verlos en grupo fue toda una experiencia. Tienen misma facilidad amable de los canadienses de tratarse con la gente, pero destilada con una alegría medular que no se ve en muchos sitios. Uno de los vecinos me preguntaba: “Pero, ¿Ud. no piensa que somos algo raros, los de aquí? Mi mujer es escocesa y dice que no tenemos modales, y no hacemos mas que interrumpirnos los unos a los otros.” Su esposa comenzó a regañarlo, diciéndole que no molestara a la visita con preguntas tontas. Yo percibí que no preguntaba por frivolidad ni por chiste, sino que de verdad quería que le explicáramos, nosotros, los de afuera, como los veíamos a ellos, los de la isla. Le dije que era de Dominicana, y que los Dominicanos también somos bullosos, y que allá, si no habían tres hablando a la vez, la conversación no se consideraba animada. Las interrupciones no son interrupciones sino contribuciones a la vivacidad de la velada. Les contamos de nuestra experiencia de migración, yo llegar del Caribe a los Estados Unidos, donde nadie quería entender mi nostalgia y mis deseos de regresar a mi media Isla. Mi marido les habló de su tiempo en el ejercito, y de lo que representó para nosotros venir al Canadá.

Después de la cena, comenzaron a aplaudir hasta que uno de los invitados sacó una concertina, y se pusieron todos a cantar. Canciones de dejar atrás la vieja Irlanda, canciones de borrachos, canciones al recuerdo de la madre. Yo me fui a la cama hacia las once, pensando en esos fines de semana, hace casi cincuenta años, cuando íbamos a Palmar de Ocoa, y los muchachos nos quedábamos en la arena con guitarra, cerveza y fogata, frente a la bahía donde pocos años antes había fracasado la invasión de Caamaño por playa Caracoles. No recuerdo que desde ese entonces me hubiera sentido tan miembro de la raza humana.