Especial para En Rojo
Mucho más que una persona, ella es un paisaje.[2] Mucho más que una artista, ella es un encuentro. Mucho más que un ahora, ella es una pulsión atávica que perdura. Mucho más que una biografía, ella es un saber morir lleno de vida.[3]
El pasado 13 de noviembre de 2025, Eiko Otake, artista japonesa del cuerpo con larga experiencia inmigrante en Estados Unidos, apareció en el escenario del Teatro de la UPR cargando en escasas libras el peso milenario del tiempo contenido en las piedras. Verla levantarlas con notable esfuerzo, ponerles el micrófono y luego deslizarlo por su propia piel para preguntarnos, “¿lo escuchas, me escuchas?”, es rozar ese dolor inconmensurable que cargamos en el cuerpo incontables generaciones de mujeres. Si guardáramos silencio, como hicimos aquella noche ante la artista, lo escucharíamos. A la contra de la cultura dominante, de la “industria” y del “éxito”, esta artista del cuerpo no piensa en erguirse, sino en “en caer-se” (“I am thinking of falling down”).
Al público se nos ubicó en el escenario junto a ella –gran acierto de proximidad–, y quedamos de inmediato imantados por ese cuerpo de mujer menuda, vieja, migrante, nacida en 1952, justo en la posguerra fascista y en un archipiélago lamido, a diferencia del nuestro, por el Pacífico y por una ambición imperialista en las entrañas. El evento, titulado La distancia es maleable, nos invitaba a recorrer, de manos de la propia Eiko, las más de cuatro décadas de su trayectoria artística. En una suerte de conferencia bio-biblio-performática con tono sombrío salpicado por humor travieso, la artista nos ofrecía iguales dosis de narración, descripción y acción en vivo, interaccionando con videos de archivo que iban desde los 80 hasta su actual proyecto en curso. Nos asomamos a su trabajo comenzando con el dúo Eiko & Koma en los 80,[4] 90 y 2000; luego transitamos sus solos a partir de 2014; y finalmente, llegamos a su Duet Project, activado a partir de 2018, en el que invita a algune artista a crear y presentar trabajos conjuntos. De paso, como en las mejores biografías, accedimos, por vía del “individuo,” a una sinécdoque de la historia contemporánea de la humanidad.
Según nos dijo al comienzo, la aspiración de Eiko no era que disfrutáramos la presentación, sino que no saliéramos de allí deseando no haber venido. Nos conminó a intentar, a través de nuestras diferencias, encontrar-nos con ella. Con su historia. Con su pavor. Con su “broken English” y su “vivir desnudamente” (“live nakedly”). Con el modo en que la ira y el desasosiego no la llevan al llanto, pero sí al tirón de un movimiento hacia adelante. Aquella noche, sumergida, me atravesó la capacidad mística del arte para transmutar la zozobra, ese rotundo desaliento que los horrores del capital imperialista, hoy reiterados con imposible obscenidad, nos provocan.
Si uso imágenes acuáticas no es arbitrariamente. En su arte, Eiko ha explorado de forma consistente los elementos fundamentales –agua, tierra, aire, fuego. Sin embargo, el agua destaca en su reiteración. De entre múltiples ejemplos, me quedo con la evidencia de que la artista se vio conminada a transicionar al proyecto de duetos mientras acompañaba a su madre a tener “una buena muerte”. El primer dueto fue flotando. En el agua. Practicando a morir mientras acompañaba a morir.
Los momentos en que las piezas registradas audiovisualmente (o concebidas de por sí como piezas de video) cobraban nueva vida por el diálogo refractado que la artista proponía con su cuerpo en el escenario fueron, para mí, las más poderosas fulguraciones de la velada. Destaco, sobre todo, dos de tales secuencias. Primero, las del cuerpo vivo de Eiko con los registros de sus primeras acciones trabajando como artista solista, en Wall Street y otras áreas neoyorquinas paradigmáticas de la ostentosa violencia del capitalismo estadounidense. Segundo, aquellas que forman parte de su proyecto en curso What is War (2025-), especialmente sus piezas desoladoras en Fukushima y en las inmediaciones de una de tantísimas “estaciones de consuelo”, espacios en los que el ejército japonés sometía a la esclavitud sexual a mujeres y niñas de los territorios ocupados durante la Segunda Guerra Mundial.
Durante toda la velada, la artista estuvo desnuda; “naked”, no “nude”. Mas cuando decidió estar desnuda-desnuda, sus coyunturas protuberantes expuestas, su osamenta palpable, sus pliegues de muchos años desprotegidos, su ser carne y huesos y nada más ante nosotrxs, un grupo de perfectos desconocidos –audaz confianza del más profundo feminismo sin pavonear el nombre–, se proyectaban a la vez retratos de los rostros envejecidos, curtidos, tan dolidos, de “mujeres de consuelo”. Por el público recorrió imperceptible la dimensión sin medida de lo que la especie, otra vez en guerra –ahora del todo espectacularizada– nunca acabará de expiar. “We are breakable; why do we do this?”. “Somos rompibles; ¿por qué hacemos esto?” El porvenir será de las desnudas.
[1] La residencia educativa de Eiko Otake en Puerto Rico se organizó en el marco de La Escuelita Fenomenal, iniciativa dirigida por las coreógrafas, bailarinas y maestras Viveca Vázquez y Merián Soto, con el apoyo de la Puerto Rican Arts Initiative (PRAI). Además de la conferencia performática en el Teatro de la UPR-RP, la artista facilitó un ciclo de talleres en el Departamento de Drama de la UPR-RP (12 al 25 de noviembre de 2025) y clases magistrales de “delicious movement” (movimiento delicioso), abiertas al público general, en el Museo de Arte Contemporáneo en Santurce (15 de noviembre de 2025) y en Taller Libertá en Mayagüez (20 de noviembre de 2025). La Escuelita Fenomenal es un eco del documental Fenomenal, Rompeforma 1989-1996. La pieza audiovisual, estrenada en 2025 y dirigida por Soto y Vázquez, recoge la historia de Rompeforma, festival experimental de baile y performance celebrado en Puerto Rico a finales de los 80 y principios de los 90, con la participación de artistas del archipiélago y las diásporas. Las maestras referidas también conceptualizaron y dirigieron el festival.
[2] “Los cuerpos son paisaje”.
[3] “Bailo como un modo de practicar morir”.
[4] Específicamente con Event Fission, su profética pieza en el vertedero del Río Hudson en la ciudad de Nueva York, con las Torres Gemelas y los aviones sobrevolando al fondo, mientras los artistas manipulaban una enorme bandera blanca y caían en un hoyo enorme de su propia hechura…



Al filo de las 8:30, numerosos jóvenes ya se batían en duelo verbal, valiéndose de las ropas de sus adversarios, el clima, la audiencia y cualquier artificio disponible. Alrededor, parejas y corrillos llegaban poco a poco al área del tótem, acomodándose en las estatuas de los corderos, las barandas, los muros y los bancos. Los 16 jóvenes participantes progresaban según determinaba un jurado compuesto por exponentes como Jay PR, y debían improvisar de acuerdo con las métricas de barras que pautaba el grupo evaluador.

