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Arisbeth Félix Boyer: Ejemplo de Superación (2)

 

Especial para CLARIDAD

“La realidad nuestra es una de “lucha” contra toda adversidad desde nuestros ancestros hasta el presente. Aun con una patria o nación dividida, hemos creado nuestra personalidad deportiva de guerreros”.

Algunas reflexiones sobre la importancia de los padres en el desarrollo deportivo de sus hijos e hijas – Claridad

En la primera parte de este artículo recorrimos la trayectoria de Alysbeth Félix Boyer desde sus comienzos hasta sus logros más recientes con su Medalla de Plata en Heptatlón en Santiago 2023 y el 13er. lugar en Salto largo en el Mundial de Japón 2025 y clasificada #23 por la federación Internacional de Atletismo (World Athletics). Hay otros aspectos a tratar como sus motivaciones, anécdotas y decisión de contraer matrimonio.Importante señalar la ayuda de sus padres en su vida Ivette Boyer y Alex Félix.

Continuemos con la entrevista que le realice para que conozcan la historia completa de esta heroína Boricua que sigue escribiendo historia en nuestro atletismo local, centroamericano, panamericano y mundial.

Vida laboral, matrimonio y entrenamiento a tiempo completo

No es fácil ser una atleta elite y trabajar tiempo completo, además de entrenar. Conversando sobre su vida laboral le pregunte ¿Y estás trabajando actualmente, ¿dónde?

“Estoy trabajando para OSHA (PROSHA), para el programa de consultoría de OSHA, que  pertenece al Departamento del Trabajo y Recursos Humanos”.

¿Recibes alguna ayuda del Comité Olímpico o la Federación de Atletismo?

“Mis ayudas son del Comité Olímpico, desde el 2014 ellos han estado ayudándome. También Recreación y Deportes, pues comencé la ayuda gracias a Rey Quiñones en el 2023 luego de ganar la medalla de Plata Panamericana en heptatlón”.

Dentro de todo ese proceso de trabajar, entrenar, competir contrae nupcias. Conoce a este joven carismático, periodista deportivo, narrador, Javier Sabat. Se casan el 29 de marzo del 2025. Le pregunto: ¿Cómo conoces a Javier o  ya lo conocías y cómo vino esa decisión? Estudio, trabajo, entrenamiento y ahora matrimonio es mucho para una atleta de alto rendimiento.

“Yo conozco a Javier por las redes sociales como tal. Yo regresaba de una competencia y como parte de las personas que me felicita por las competencias en las redes y los logros que yo tengo él fue uno de ellos. Es así como lo conocí. El me escribió para felicitarme y luego de ahí siguieron las conversaciones y de casualidad fui a un juego que él estaba narrando y de ahí nos comenzamos a conocer”.

La historia de esta pareja es una como la que nuestra compañera Laurie Garriga narra en “Mirada de Mujer”, muy bonita, donde dos querendones del deporte se unen en matrimonio “Dime, ¿qué es lo que está pasando”[1]: Mirada de mujer en mi 2025 – Claridad. Entiendo que una historia de amor y de novela, pero la complementa como ser humano y he visto a Javier muy feliz. Le deseo lo mejor a ambos.

Referente al heptatlón, que  es una prueba muy agotadora con siete eventos en 2 días, 4 el primero y 3 el segundo día. Dos saltos: largo y alto; las carreras, 100 metros con valla, 200 metros lisos y 800 lisos; y los lanzamientos de la bala y jabalina, le pregunto: ¿Cómo combinas tu entrenamiento para poder cumplir con estos eventos completamente distintos? Entendemos que tus eventos fuertes son los saltos.

“La realidad es como adaptarse, adaptarse a trabajar y entrenar. Hasta que tu cuerpo no se adapte no va a rendir frutos. Muchos sacrificios, no es fácil, es un proceso, yo creo que mi proceso ha sido año tras año adaptándome a poder trabajar y entrenar. Yo entiendo que ya yo encontré ese ritmo y que por eso también he durado bastante, pero prácticamente yo entreno para eventos múltiples. Así que lo que es las repeticiones largas, el fondo y todo eso, siempre se ha mantenido y hago de 2 a 3 eventos en todas las sesiones, todos los días de entrenamiento, pero casi siempre desde que salté en el 2022 y el 2023 6.54, hemos estado dando un poquito más de tiempo a lo que es el evento del salto largo. Así que yo entiendo que todo es adaptación y tanto mi entrenador como yo, conocernos y adaptamos los entrenamientos y todo lo demás hasta llegar a la fórmula perfecta.” 

 Metas y objetivos: Lima 2027, LA 2028, Liga Diamante

Dentro de tus metas a corto y a largo plazo,  me imagino que Lima 2027 y Los Ángeles 2028 están en esa lista ¿para hacer heptatlón o salto largo o los dos eventos?

“Hasta el momento no voy a soltar lo que es el heptatlón, yo creo que eso me da una buena base y lo del 2027 y 2028 eso sería a largo plazo, A corto plazo, prácticamente el año que viene hay un calendario bien cargado. Yo estoy comenzando prácticamente mi preparación ahora. Casi no hemos entrenado mucho, pero entiendo que va a ser una preparación bien sólida para yo poder aguantar todas las competencias importantes que tenemos el año que viene, como el Iberoamericano, Centroamericanos, Campeonato Nacional y hay un mundial que ahora hay que clasificar en los primeros 16. Tienes que estar dentro de los primeros 16 del mundo, que eso pudiera ser también una de mis metas, estar ahí en ese mundial que van a ir solamente los primeros 16 del mundo en cada evento y no estoy muy lejos. Ahora centrarme en el comienzo de mi preparación y con calma fortalecer para no lesionarme y poder estar lista para la competencia fundamental que es el Centroamericano, y ahí si Dios quiere y todo está bien, me van a ver haciendo lo que son las dos pruebas, el heptatlón y salto largo”.

¿En términos de la Liga Diamante te interesa o quizás se te hace un poquito difícil por lo del trabajo?

 “No, el trabajo siempre me da permiso para yo poder competir. Uno va por invitación de los organizadores,  para eso ellos evalúan la posición del ranking, que por el momento estoy dentro de una buena posición, porque estar dentro de los primeros 25 asegura que tú puedas estar en una “Diamond League”. Esa es otra de mis metas”.  

¿Y tienes algún manejador que te está trabajando eso en Europa?

“Bueno, este año todas mis competencias y mi manejo lo hizo mi esposo. Al momento él no cuenta con lo que es la licencia, para ser manejador oficial, pero en estos días creo ya le llegó un correo para que en febrero tiene el examen para tomarlo y poder certificarse. Inclusive ha tenido comunicaciones con manejadores de la “Diamond League”.

Le pregunto sobre alguna anécdota que la ha ayudado a superarse y señala a sus compañeros de equipo de la LAI que son atletas exitosos. Atletas de alto rendimiento que tenían en común con ella su entrenador y la LAI y esa situación la ayuda a superarse como atleta elite. Señaló lo siguiente:

“En el equipo donde yo estuve, y estoy todavía, entrenaba con campeones olímpicos, con atletas mundialistas olímpicos, casi la mayoría del grupo iba a los mundiales y a olimpiadas con en el grupo que yo estaba aquí en Puerto Rico. Una de mis compañeras fue campeona olímpica, mundial, cuatro veces campeona en “Diamond League”. Y al estar siempre al lado de ella, eso te da la motivación y la admiración y querer repetir lo que ella hacía. Y yo creo que la clave de toda mi carrera deportiva también fue esa, adentrarme a un equipo que su mentalidad no era solamente competir aquí en Puerto Rico. Este grupo entrenaba para la competencia fundamental del año que hubiera. Era una preparación para esa competencia fundamental. Y yo creo que eso siempre fue lo que a mí me motivó. Yo soy bien competitiva, me gusta mejorar, me gusta admirar a los que son mejores que yo. Y al estar en un grupo tan competitivo y casi todos con la misma mentalidad de ser olímpicos o mundialistas, de ganar, de coger medallas, yo creo que me motivo”.

 ¿Eso es lo que te contagió? ¿Te ayudó a superarte?

“Exacto, esa ha sido toda mi motivación. Ahora la mayoría de ellos ya se retiraron y yo soy la mayor del grupo. Ahora es al revés, ahora los que entrenan conmigo me ven a mí como la grande, como la de calidad olímpica, mundiales y eso que todo ha cambiado. Y yo creo que la clave de un buen atleta es tener un equipo de trabajo acorde con las metas. Y yo no pienso ni qué voy a entrenar, ni qué voy a hacer, ni cómo lo voy a hacer. Yo solamente llego a la práctica y lo que diga mi entrenador eso es lo que yo hago a ojo cerrado. Esa confianza tiene que estar, porque yo no puedo estar pensando este entrenamiento me funciona o no me funciona. Yo creo que esa es la clave.

 ¿Y alguna anécdota de ese grupo o tuya en las competencias que fuera significativa?

Una anécdota que te puedo mencionar de mi entrenador en los Panamericanos de Chile, donde gané la medalla de plata. El día que yo competí fue el día más frío y llovió mucho. Como terminamos el primer día, obviamente yo estaba completamente con un frío horrible porque estaba mojada, pelo todo mojado, etcétera, y yo no bajé al comedor ya que estaba a punto de congelarme, literal, y el cuerpo lo sentía, bien cansada. Entonces mi entrenador en unos envases donde él se los lleva para la competencia fue al comedor, echó comida en ellos y me la llevó al cuarto. Creo que esas son cosas que pueden cambiar el resultado de una competencia, porque te da una tranquilidad estar con un tipo de persona que va acorde con las metas que tú tienes, los descansos, te ayudan a que no cojas más frío, te cargan el bulto,  déjame buscarte comida, etcétera. Y yo creo que ese rol, esa es una de las anécdotas que yo te puedo decir, que yo digo que todo lo que se hizo ese día contó para yo poder coger esa medalla, prácticamente todo ayudo”.

Dentro del grupo que mencionaste estaba la Olímpica Caterine Ibargüen, que estaba entrenando en Puerto Rico.

“Entrené con Caterine Ibargüen, que obviamente es campeona olímpica y mundial. Entrené también con Daniel Grueso, Felipa Palacio y con Eliecith Palacios, yo entrené con ellos. Todos ellos son medallistas panamericanos, muchos de ellos centroamericanos, mundiales, olímpicos, alto rendimiento, que competían y entrenábamos juntos en la LAI aquí en Puerto Rico. Ese era el grupo que yo entrenaba y eso era lo que me motivaba, los consejos de ellos, el ímpetu, la seriedad, la disciplina, todo eso”.

Al lograr medalla de Plata en los Panamericanos aumentó las expectativas de ella, su equipo de trabajo y del país. Como ella señala subió la vara y hay que trabajar el aspecto mental:

“La vara sigue subiendo, las metas siguen subiendo. Así que yo creo que el aspecto mental tiene que trabajarse con el atleta mientras va mejorando, el aspecto mental hay que trabajarlo. Ahora mismo estoy con una psicóloga deportiva, la cual me ayuda muchísimo a la hora de competir y enfrentarme a la realidad, pues la práctica es bien fácil, pero cuando uno está en la competencia esa es la realidad que el atleta vive. Mi preparación es eso, estar con un equipo de trabajo, obviamente como bien mencionaste, pues mi esposo darme el espacio para yo descansar, adaptarse a mi vida, mi entrenador, mi masajista, mi psicóloga deportiva y todas estas cosas yo las puedo tener de manera privada pues porque yo trabajo e invierto en mi salud mental y física. Pero si no trabajara, pues Comité Olímpico lo provee gratuitamente, psicólogos deportivos, terapistas, pero como yo no cuento con el tiempo porque trabajo, entonces yo tengo que costear esas ayudas con mi trabajo”.

 “Yo creo que no tener estrés adicional que no sea la competencia, eso es lo primero. Así que mi círculo familiar y mi círculo, en este caso ya de mi matrimonio, pues tiene que estar fortalecido y saludable. Y la confianza con el entrenador también tiene que estar bien presente. Yo pienso que eso es lo más importante. Ya con la psicóloga manejamos cosas que me funcionan a mí antes de la competencia, hacemos planes de antes, durante y después de la competencia y todo el tiempo estamos en comunicación, nos reunimos. El plan lo vamos viendo en el camino”.

La historia de Alysbeth Félix Boyer, es digna de ser contada, un relato que refleja su carácter, personalidad, sacrificio, dedicación, metas; es un digno ejemplo a seguir por las nuevas generaciones,  por los obstáculos superados. Esta historia es esencial para su identidad personal, fortalecer nuestra identidad Nacional y además juega un papel fundamental en la creación de lazos significativos con los demás atletas, entrenadores y el país en general. CLARIDAD te felicita Alysbeth, estás escribiendo historia y haciendo Patria a través del deporte. Éxitos y adelante

 La siguiente frase o reflexión siempre debe estar presente en la planes y psiquis de nuestros atletas, nuestros dirigentes deportivos, y el país en general:

“El deporte nos une en un mundo globalizado que paradójicamente tiende a la individualidad por encima de la colectividad. Neutraliza tensiones políticas o religiosas entre países, provoca reencuentros, concilia familias, interrelaciona culturas, invita a convivir diferentes generaciones y enlaza amistades”.( https://notodoesmotivacion.com/el-deporte-y-su-poder-de-union )

 

Fidel Castro, el otro nombre de la dignidad

 

 

Hay hombres que atraviesan los siglos y se inscriben en la eternidad, pues personifican principios. Maximiliano Robespierre, el incorruptible, el apóstol de los pobres, dedicó su existencia breve e intensa a luchar por la libertad del género humano, por la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, por la fraternidad entre todos los pueblos del mundo, suscitando el odio feroz de los termidorianos y de sus herederos que perdura hasta hoy. Fidel Castro, el otro nombre de la dignidad, tomó las armas para reivindicar el derecho de su pueblo y de todos los condenados de la tierra a elegir su propio destino, atizando la aversión de las fuerzas retrógradas a través del planeta.

Patio trasero de Estados Unidos durante seis décadas, Cuba era constantemente humillada en su aspiración a la soberanía. A pesar de las tres guerras de independencia y los sacrificios del pueblo de José Martí, héroe nacional y padre espiritual de Fidel Castro, la isla del Caribe sufrió el yugo opresor del poderoso vecino, deseoso de asentar su dominio en la región. Ocupada militarmente y luego transformada en república neocolonial, Cuba vio a los gobiernos de la época obligados a plegarse a las órdenes de Washington. El pueblo cubano, orgulloso y valiente, soportaba afrenta tras afrenta. En 1920, el Presidente Woodrow Wilson mandó al general Enoch H. Crowder a La Habana tras la crisis política y financiera que golpeaba el país y ni se dignó a informar al Presidente cubano Manuel García Menocal. Ese hizo partícipe de su sorpresa a su homólogo estadounidense. La respuesta de Washington fue humillante: “El Presidente de Estados Unidos no considera necesario conseguir la autorización previa del Presidente de Cuba para mandar a un representante especial”. Tal era la Cuba prerrevolucionaria.

Profundamente lastimado en su deseo de libertad, el pueblo cubano acogió el triunfo de la Revolución cubana de Fidel Castro en 1959 como la culminación de una larga lucha iniciada en 1868, en la Primera Guerra de Independencia. Arquitecto de la soberanía nacional, Fidel Castro reivindicó, armas en mano, el derecho inalienable de su pueblo a la autodeterminación. Al romper las cadenas hegemónicas impuestas por Washington, Fidel Castro hizo de una pequeña isla del Caribe una potencia moral admirada y respetada por los pueblos del sur por su voluntad indefectible de elegir su propio camino. También se convirtió en el símbolo de la resistencia a la opresión y en la esperanza de los humillados a una vida decente, celebrado por su coraje constante frente a la adversidad y su fidelidad a los principios.

A pesar de los recursos sumamente limitados y un estado de sitio implacable impuesto por Estados Unidos durante más de medio siglo, Fidel Castro hizo de Cuba un modelo para las naciones del Tercer Mundo, universalizando el acceso a la educación, a la salud, a la cultura, al deporte y a la recreación. Probó así ante los ojos del mundo que era posible establecer un sistema de protección social eficiente para toda la población y ubicar al ser humano en el centro del proyecto de sociedad, a pesar de los limites materiales y de la hostilidad perniciosa de Washington. Cuba es hoy día una referencia mundial en este sentido y demuestra que es posible colocar a las categorías más vulnerables en el centro del proceso libertador.

“Patria es Humanidad”, decía José Martí. Fidel Castro, además de defender el derecho de su pueblo a vivir de pie, mostró su vocación de internacionalista solidario brindando el generoso concurso de Cuba a todas las causas nobles de la emancipación humana, contribuyendo de modo decisivo a la independencia de África Austral y a la lucha contra el régimen segregacionista del apartheid. El inolvidable Nelson Mandela sintetizaría esta solidaridad sin fallas de los cubanos en una reflexión: ¿Qué otro país podría pretender más altruismo que el que Cuba aplicó en sus relaciones con África?”. Todavía hoy Cuba está asediada por Washington, y a pesar de una situación económica difícil, sigue brindando su ayuda en materia de educación, salud y asistencia técnica, a los países del sur, mandando a decenas de miles de médicos, profesores, ingenieros y técnicos.

Fidel Castro, el otro nombre de la Dignidad, quedará en la historia como el héroe de los desheredados, el que defendió el derecho del pueblo a una vida honorable, el que hizo de la soberanía de Cuba una realidad inalienable, el que expresó una solidaridad en todos los instantes con los oprimidos. Odiado por los poderosos de su tiempo -como Maximiliano Robespierre- por atreverse a proponer una repartición más equitativa de las riquezas, la historia le rendirá el homenaje que merecen los grandes hombres que se indignaron contra las injusticias y que lucharon sin tregua por defender la suerte de los humildes.

 

 

 

 

En Reserva-Cumplimentar

 

 

Especial para En Rojo

A partir de un texto inédito que un colega en la formación psicoanalítica me compartió, con miras a contribuir a la incipiente revista que ilusionados tratamos de montar, me ha ocupado una reflexión en torno a los quehaceres y al deseo que me conducen a un término en específico. Tal vez les comparto una divagación personal sin mayor trascendencia, pero por generalizada y cotidiana le confiero importancia. Me refiero a lo que conocemos como cumplimiento. Ese sustantivo que puede ser acción tanto como un movimiento sostenido o un brutal predicamento hacia la perfección… todo ello con sus relativos grados y matices, como casi todo en la vida.

Si partimos del propio término, el cumplimiento por lo general conlleva nuestro verdadero empeño y energía a favor de una acción en la que, como regla social notoria, están más de una persona involucradas. Si nos centramos en la carga complementaria de lo que nos vincula a cada cual, con el cumplimiento, la dialéctica se vuelve caudalosa e incluso de un cariz filosófico que me será difícil cumplir con todas las expectativas a cabalidad. De todos modos, me aventuro a hacer confesiones no solicitadas.

Cuando pienso en el trabajo en común, y desde los linderos del lazo social –que usualmente requiere resultados medibles en conjunto a otras personas– admito cierto resquemor al vínculo de la colaboración. Mi ética particular irrumpe internamente no como un disgusto a priori hacia el trabajo en colectivo, sino fundamentada en responderme qué busco aprender en cada vinculación con los demás. Me respondo a menudo a mí misma cosas como ¿deseo esta experiencia para manejar saberes que no poseo? ¿Qué significa en este contexto aprender algo nuevo? ¿Verdaderamente tengo algo que aportar? Parto de que el no-futuro dejó de ser un grito de protesta y es un destino fatigado. Me permito entonces gestionar ese futuro, mi futuro, como una labor conjunta, con más o menos aprensión que osadía.

En mayor o menor escala me involucro en proyectos diversos en los que más que participar, yo accedo a colaborarme. Acepto que soy entusiasta cuando la gesta me interesa porque reconozco una pulsión muy genuina que me activa para aprender en comunidad. Pero eso no significa que no me cuesta la fase inicial de la preparación de agendas compartidas, por un lado, y por el otro, que me exasperan las metodologías hegemónicas que en vez de apuntar a la educación emancipadora del colectivo son alianzas del tipo clientelar. He ahí mi primera defensa, una cosa es cumplir y la otra es el aprendizaje.

¿Cómo valido el aprendizaje –en mi caso, anteponiéndolo sobre cualquier compromiso contraído con otros– si más que habitar sociedades diversas, nos dirigimos cada día más a la segregación? Basta mirar con atención a nuestro alrededor para darnos cuenta de que las agendas en el plano social están cada vez más compartimentalizadas. Lo que solíamos nombrar lo común pierde peso aceleradamente. Como bien nos enseña el pensamiento filosófico de Marina Garcés la educación no es un asunto que se pueda resolver solo con innovación y mayor sofisticación ni con “cheer leaders» del fundamento educativo, añado por mi parte. ¿Qué significa aprender algo? nos interpela la gran Escuela de aprendices (Garcés, 2020). En su breve y potente reflexión tenemos presente que la educación es el taller donde se ensayan las formas de vida posible. Por ello no es fortuito que el denominado capitalismo cognitivo asalte cada vez más todos los campos: la educación formal y también la informal; los recursos y cuáles de sus métodos son los que prevalecen.

Por qué cumplir, por qué educar, para quién

Estarán conmigo en que el progreso de las civilizaciones ha estado escenificado por una larga cadena de errores y aprendizajes, que varían ante el cromatismo antropológico, motivo por el que insisto en indagar qué promesa de realización o cumplimiento nos asegura la aludida educación. Nos llenamos la boca y el eco nos devuelve la manida frase de “lo primordial es educar para obtener mejores resultados” – llene aquí el blanco con su asunto de preferencia.

Me planteo que, si el remitido aprendizaje no va a involucrar cumplirnos un agudizamiento de los sentidos, una espera, sí, una pausa para que contemplemos a ver qué pasa, cómo se desarrolla lo aprendido, rendirá poco. Si dejamos relegadas las iniciativas de la educación popular y las pedagogías feministas en nuestro intercambio diario con los demás permaneceremos igualmente ocupados, es cierto, pero sin compromisos conducentes a ser aprendices para un referente nacional hacia el bien común.

Ante la avalancha de cumplimientos que desbordan nuestro estar, tengo claro que deseo inclinarme más hacia el wu wei taoista. Esperar. Qué idea nueva surge, cómo es que vamos a calibrar nuestro aporte, nuestro propio descubrimiento y cómo éste se inserta en otras tradiciones de pensamiento, si es que lo hace o no lo hace, porque para mí que la oferta educativa que optamos hacer y aceptar para cumplimentar es evidente en fallas y deja (otro mundo posible) por desear. Quizás toca elevar la pregunta más a menudo sobre qué de lo que me dispongo a aprender cuestiona las formas de vida actuales. Tal vez respondernos propenda en la grieta inicial, una hendidura que aporte nuestra originalidad y particular visión del asunto. No creérsela a menudo también ayuda, sí vivir a la altura de nuestro propio pensamiento con confianza (y también desconfiando) para interpretar el progreso concreto de nuestro continuo aprendizaje.

Geografías que se mastican

 

 

Especial para En Rojo

Comemos para no morir y, qué ironía, en el mismo gesto la biología nos apremia mientras la cultura arma un banquete: sobrevivir convertido en placer, y el hambre en historia que se saborea. Comemos y pocas veces captamos que tenemos el mundo en el plato. No la ONU ni un mapa: un taco al pastor, una cucharada de arroz guisado, un bocado de fritura que crujía como el Mar Caribe. Un día, mordí y pensé —con esa melancolía que a veces se sienta a la mesa sin invitación— que lo que comemos es un archivo vivo: guerras ganadas y perdidas, barcos con bandera prestada, rezos que cruzaron mares, abrazos que no caben en los tratados.

El taco me miró primero, altanero y humilde a la vez. Me guiñó el ojo con la piña y me dijo en voz de trompo: “No te hagas, yo nací en árabe y crecí en México.” Sí, el taco es árabe en su esqueleto, mestizo en la piel, el taco al pastor dio una vuelta más sobre sí mismo como si practicara la memoria. Ironía bendita: lo más mexicano aprendió a girar mirando a Oriente. Y ya que estamos en esas, la paella pidió espacio en la mesa: “No olviden que mi arroz y mi azafrán llegaron con moros que sabían de agua, riego y paciencia.” España suena a guitarra, pero su cocina tiene tambor y media luna. Amo la paella, al raspar el socarrat, en ese pegao cruje un siglo entero: canales de riego moros, azafrán y paciencia. En la cuchara se reconcilian los rencores y el negacionismo histórico se imposibilita: España aprende a llamarle hogar a lo que un día llamó enemigo.

Estambul —que a ratos se llama Estambul y a ratos Constantinopla, según la nostalgia— se metió por la ventana con olor a cardamomo, clavo y azafrán. Es ciudad bisagra: cuando un continente cierra, otro abre. Allí los siglos vendieron especias al por mayor mientras los imperios pasaban a factura. Recibía especias e ingredientes de los dos mundos conocidos… Si uno mastica con cuidado, el clavo todavía cruje como un espada de Cruzadas, y el azafrán pinta el arroz con el amarillo de las rutas que no caben en un libro de historia. La pimienta, en cambio, es brújula hecha semilla.

Del otro lado del océano, el ceviche invención de los japoneses que preservaron su sushi con limón… “Me vistieron de lima —dijo—, pero mi corte es japonés.” El tiradito asintió, minimalista y feroz. En ese borde fino entre la vida y el fuego, el cuchillo es diplomático: corta sin ofender y deja que el ají cuente lo que pasó cuando Japón y Perú se dieron la mano en un muelle. Y si de puentes hablamos, el curry japonés alzó la voz desde una cantina de marinos: entró por Inglaterra, que lo traía de India, y en Japón se volvió guiso escolar, medicina marinera, sopa de consuelo. Una cucharada y se escuchan las hélices, la bitácora, la lluvia sobre la cubierta. Este curry lleva tantas especias que parece exceso y en balance sabe a monzones y bitácoras: santos y aduanas, banderas que se cambiaron de barco. Lo llevo a la boca y se me ablanda el mundo: la pólvora se hizo caldo, y la historia, consuelo tibio.

Pero la ternura —como el hambre— siempre vuelve a casa. Y en casa el aceite salpica como fuegos artificiales pobres. Las frituras boricuas hacen su desfile: alcapurrias morenas, bacalaítos que crujen como playa en mediodía, piononos redondos de risa fácil. El plátano —obstinado, generoso, africano en su memoria— se deja majar en mofongo para recordar que hubo cadenas, pero también manos que aprendieron a desatarlas a golpe de pilón. Quimbombó espeso como abrazo de abuela. Funche humilde, pan de maíz para tiempos estrechos. Si escuchas bien, cada burbuja del aceite dice “resistimos”.

El sofrito —oh, el sofrito— es el acta de nacimiento de la casa: cebolla y ajo de caminos viejos; pimiento y ají dulce que llegaron por sus propios mares; recao con acento del trópico; achiote Taíno que pinta como niño travieso. Ahí adentro suenan campanas de iglesias viejas y tambores de plaza; el Mediterráneo se toma un café con el Caribe y quedan en seguir viéndose.

Comer, entonces, es aprender otra vez que solos no se puede. Ninguna mesa aguanta la pureza: se te cae de un lado. Lo auténtico nace de la vecindad forzada, de la miseria que se organiza, de la curiosidad que no pide permiso. Somos lo que mezclamos. Los mejores platos son democracias que sí funcionan: cada ingrediente habla, nadie manda del todo. Y cuando un sabor quiere imponerse, ahí están la sal y el limón, humildes sindicalistas, para negociar la paz del paladar.

Claro que hay ironía: nos pasamos la vida discutiendo fronteras y nacionalismos, pero llega la comida y nos desarma. El taco más mexicano con corazón árabe; la paella española cocinada con secretos moriscos; el ceviche peruano cortado a la japonesa; el curry que dio la vuelta al mundo con pasaporte británico antes de sacar residencia en Japón, siendo original de la India. Mientras los gobiernos se empeñan en levantar muros, la cocina hace túneles por debajo y pone a conversar lo que arriba disputa. Una abuela te lo explica mejor que cualquier ministro: “Come, mi amor. Y agradece. Este plato no lo hicimos solos.”

Por eso cada bocado merece un minuto de silencio y otro de aplausos. Silencio por los que no llegaron, por los que cocinaron con miedo, por las manos cansadas que pelaron, frieron, molieron y sirvieron sin que su nombre saliera del fogón. Aplausos por las alianzas inesperadas: por el trompo que se volvió mexicano, por el arroz que aprendió a hablar valenciano, por el ají que encontró el cuchillo japonés y no se sintió extranjero, por el pilón que sigue cantando en patios donde la pobreza se disfraza de fiesta para espantar la tristeza.

Tengo la certeza de que la mesa es la única frontera que vale la pena cruzar todos los días. Porque sin el tomate del Nuevo Mundo no tenemos la magia italiana. Aquí nos entendemos aunque no tengamos idioma común; basta el cuchillo, la cuchara, el pan (o el casabe, o la tortilla, o la hoja de plátano). Aquí la historia no es un peso: es sazón. No duele: alimenta. Y si alguna vez te dicen que tal plato es “de los otros”, sonríe y sirve otra ración. Los otros somos nosotros en otra época.

Termino y me queda un rayito, una lucecita de cocina encendida. Será el azafrán, será la piña, será el recao. Será que en el fondo comer es prometer que mañana seguimos: que repetimos la receta y la mejoramos, que invitamos a quien falte, que ponemos otro puesto en la mesa. Comer —ya lo dije, pero lo repito, como quien llena el plato una segunda vez— es recordar, la historia de un mundo, la de tu abuela. Y recordar, si se hace con amor, también alimenta.

 

Los pasados que persisten en Blue Moon y Nouvelle Vague

 

 

Especial para En Rojo

 El espacio y el paso del tiempo son temas fundamentales en el cine de Richard Linklater. A través de los 90, mis amigos y yo vimos incontables veces Dazed and Confused (EE.UU., 1993). Esta es la película perfecta para un compartir entretenido entre jóvenes adultos porque trata sobre el último día de clases en una escuela superior en Austin, Texas. Varios grupos de graduados gozan de su nueva libertad fumando marihuana con amigos, discutiendo sus vidas y futuros con otros y desafiando a los adultos que los rodean. Tanto como la década de los 70, que la película retrata con una inocencia y picardía deliciosa que muchos espectadores añoramos, presenciamos el último adiós a una adolescencia que idealizamos. Nos podemos ver en el personaje de David (Matthew McConaughey), el joven adulto que se niega a crecer y conduce por las calles disfrutando los espacios juveniles a los que quizás ya no pertenece, pero que son duros de dejar. Linklater construye un Austin con un toque nostálgico que se siente como una fantasía setentosa que sobrevive en cada reunión con amigos del pasado. La nostalgia inspirada por la película lleva a la risa y al recuerdo compartido con personas que nos acompañaron en la juventud, pero que posiblemente ya se han ido.

Experimentamos el mismo sentimiento al final de Before Sunrise (dir. Richard Linklater, EE.UU. y Austria, 1995), donde Linklater nos lleva a revisitar los lugares en Viena que exploran Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) en uno de los encuentros nocturnos más románticos del cine. La mañana siguiente, después que Jesse y Celine se despiden, transitamos los mismos lugares donde ellos compartieron. Viena pasa de ser un espacio nocturno de ensueño a otro de ausencia en la mañana por la separación de los amantes. El tiempo altera la experiencia del espacio enfatizando la ausencia, pero sin perder de vista las futuras vivencias que seguirán transformando esos lugares. Las dos películas más recientes de Linklater, Blue Moon (EE.UU. e Irlanda, 2025) y Nouvelle Vague (Francia y EE.UU., 2025), reconstruyen espacios de una resonancia cultural que persiste a través del tiempo, aunque de diferentes maneras.

Blue Moon comienza con la muerte de Lorenz Hart (Ethan Hawke), el escritor de éxitos del cancionero estadounidense de las décadas de los 30 y 40. Este se desploma bajo la lluvia en una calle de Nueva York. Desde este punto futuro en la vida de Hart, la historia nos lleva a tan solo unos meses antes justo después de la premier del musical Oklahoma! Hart espera el grupo de artistas que vendrán a celebrar el triunfo de la obra en Sardi’s, el famoso restaurante en Broadway con las caricaturas de estrellas del teatro en la pared. El director de fotografía, Shane F. Kelly, sumerge al espectador en el marrón rojizo de la madera que dominan el ambiente de Sardi’s junto a la barra, donde se lleva a cabo casi toda la acción. El espacio debe oler a humo de cigarrillos y a whiskey, parte de su encanto. Linklater nos cuenta la historia como en una obra de teatro porque se limita al vestíbulo del restaurante, donde Hart espera encontrar a Richard Rodgers (Andrew Scott), el compositor de Oklahoma! que estuvo envuelto en una relación profesional con el escritor 16 años antes. Rodgers rompió su colaboración con Hart por su alcoholismo y conductas autodestructivas. Sin embargo, en el universo dentro del vestíbulo de Sardi’s, la tristeza y amargura de Hart toman otras dimensiones. Aunque lucha contra sus ganas de beber en la barra, Hart tiene una audiencia en el bartender (Bobby Cannavale), el pianista (Jonah Lees), y otros personajes que entran y salen por momentos. En cada intercambio, Hart revela sus inseguridades, la homosexualidad que se disfruta, su amor por la belleza, que incluye su obsesión con la joven actriz, Elizabeth (Margaret Qualley), y sus críticas al trabajo de Rodgers que muchos celebran esa noche. La imagen de ese pasado que Linklater plasma en su maravillosa película se perpetúa en la tradición de teatreros que todavía celebran en Sardi’s, inmersos entre los fantasmas de un pasado glorioso.

En Nouvelle Vague, Linklater revisita el París de Breathless (dir. Jean-Luc Godard, Francia, 1961), una de las obras más representativas de la Nueva Ola francesa. Su estética influyó en clásicos como Taxi Driver (dir. Martin Scorsese, EE.UU., 1976) y en Dogme 95, el movimiento danés que lleva el cine a su forma más pura y con presupuestos limitados [una de mis favoritas de Dogme 95 es The Celebration (dir. Thomas Vinterberg, Dinamarca y Alemania, 1998)]. En ese París de principios de los 60, el cine francés entraba en una efervescencia juvenil y creativa liderada por directores que aparecen en la película de Linklater como François Truffaut (Adrien Rouyard), Claude Chabrol (Antoine Besson) y Agnès Varda (Roxanne Rivière), entre otros. Algunos, como Godard (Guillaume Marbeck), el protagonista de la película, empezó como un crítico que quería filmar un desafío a todas las normas estéticas del cine de la época. Linklater recrea las dinámicas divertidas entre las figuras esenciales que participaron en la producción, desde los actores, Jean Seberg (Zoey Deutch) y Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), hasta las luchas de Godard con su productor, Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst), y la colaboración con el director de fotografía, Raoul Coutard (Matthieu Penchinat). Linklater construye un París en blanco y negro usando las mismas tecnologías cinematográficas de la época, dándole a la ciudad la textura visual del cine de Godard que también se ve en su Band of Outsiders (Francia, 1964). El París sesentoso de Linklater nos invita a fumar un cigarrillo mientras nos tomamos un café esperando alguna joya musical de Jacques Demy [vean la belleza de su Los paraguas de Cherbourg (Francia y Alemania Occidental, 1964)] o mi maravilla favorita de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7 (Francia e Italia, 1962).

En Blue Moon y Nouvelle Vague, Linklater explora el punto de vista crítico de un letrista genial y el proceso creativo de un director que revolucionó el cine. En Blue Moon, Hart critica el simplismo sentimentalista de Oklahoma! Su visión artística es evidente en una de mis canciones favoritas de su autoría, “Bewitched, Bothered, and Bewildered,” especialmente cuando es interpretada por Ella Fitzgerald o Sinéad O’Connor. Esta canción captura la realidad de un romance que empieza con un ensote, pasa al disfrute sexual acompañado por los problemas con el amante y concluye con la ruptura de la relación. Las diferentes etapas amorosas en la canción marcan el pasar del tiempo en esta, reflejando la complejidad de la escritura de Hart. En Nouvelle Vague, Linklater adentra en la lógica desafiante de Godard en su uso de improvisación, de técnicas de edición y fotografía que iban contra la norma, y en su insistencia por la espontaneidad creativa. En ambas películas, Linklater examina dos artistas carismáticos con personalidades problemáticas cuyas aportaciones al arte definieron un momento en la historia del teatro, la música y el cine.

Gocen de Nouvelle Vague en Netflix. Aunque Blue Moon todavía no se consigue en streaming, manténganla “en periscopio,” como dice mi amigo Miguel López de Llovio.