Un trumpista menos

 

CLARIDAD

Tan pronto la autoridad electoral de Brasil reconoció a Lula da Silva como presidente electo, desde Washington, Paris, Madrid, Ottawa y desde muchas otras capitales del llamado Occidente se emitieron declaraciones oficiales felicitando al ganador. En Europa ya era de madrugada, pero ninguno de sus principales jefes de gobierno quiso esperar a la mañana, aun cuando en algunos casos, como Francia, las cercanías ideológicas de su presidente, Emmanuel Macron, no coincidieran con las de Lula. A pesar de la hora y de las diferencias políticas las felicitaciones fluyeron.

Esa prisa por felicitar al ganador habla mucho no solo de la importancia de Brasil como país, sino también de la enorme preocupación que la contienda electoral brasileña generaba en el testo del mundo. Con sus 215 millones de habitantes y la magnitud de su economía, además de su enormidad territorial, Brasil es uno de los gigantes del planeta y cualquier jamaqueón repercute mucho más allá de sus fronteras. A esa importancia material se suma la gran similitud ideológica entre el ahora derrotado Bolsonaro y los movimientos políticos que en estos momentos avanzan en Europa y el que puede estar a punto de regresar al poder en Estados Unidos.

Jair Bolsonaro, Donald Trump, la nueva gobernante italiana Giorgia Meloni y la casi ganadora francesa Marine Le Pen, están en el mismo encasillado. Junto a ellos está, además, el Vox español que ahora mismo cogobierna en algunas regiones y que aspira a formar parte de una próxima coalición que asuma el poder en España. Se trata de un movimiento de amplias ramificaciones, que conforman algo parecido a una nueva “internacional de extrema derecha”, muy similar al nazi-fascismo que hace exactamente un siglo comenzó a crecer en Europa. (Causa escalofríos recordar que la “marcha sobre Roma”, que catapultó al poder a Benito Mussolini en Italia, trascurrió del 27 al 29 de octubre de 1922. Aquel sería el primer gran triunfo del fascismo. Nadie debe olvidar que tanto Mossolini como Hitler asumieron el poder aprovechando el sistema electoral que luego reprimieron. Ambos llegaron al mando aceptando las reglas de un juego que luego alteraron, primero minando y desprestigiando el sistema desde adentro y posteriormente acudiendo a la peor de las represiones.)

Bolsonaro y Trump se parecen mucho, y no solo por sus gritos, sus gestos y desplantes. Ambos postulan el retroceso social y la consolidación de las elites, eliminando los avances de los grupos marginados. Ninguno de los dos cree en el sistema político que les permitió llegar a la presidencia y desde esas instancias poderosas han tratado de dinamitarlo. No es casualidad que, igual que el estadounidense, desde antes de la votación Bolsonaro estuviera hablando de “fraude”, estimulando a los grupos de choques que los apoyan.

Tras los recientes desarrollos en Europa, en particular, tras el ascenso al poder de la ultraderecha italiana, y con las elecciones de medio término de Estados Unidos programadas para el próximo 8 de noviembre, la contienda entre Bolsonaro y Lula en Brasil tenía importancia estratégica. Si esa misma ultraderecha se consolidaba en Brasil, la sensación de “ola imparable” estuviera ahora mismo recorriendo el mundo, afectando de alguna manera la contienda estadounidense y aún más los procesos políticos europeos.

Afortunadamente la ola que aumenta es otra. Tras el triunfo de Gabriel Boric en Chile y, más recientemente, el de Gustavo Petro en Colombia, casi toda América del Sur tiene gobiernos identificados con la izquierda y comprometidos con su pueblo. Ecuador, Paraguay y Uruguay son las excepciones, pero en el enorme mapa suramericano son pequeñas islas.

Esa ola progresista contrasta con la tendencia que se anuncia en Estados Unidos donde, a una semana de las elecciones, las encuestas predicen que el “trumpismo”, que domina el tradicional Partido Republicano, ganaría el control del Congreso el próximo 8 de noviembre. El efecto que el desenlace brasileño pudiera tener en Estados Unidos no sería mucho por el distanciamiento del público estadounidense hacia los latinoamericanos, pero ojalá escuchen.

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