¡Viva Curet: El poeta del pueblo! de José Rodríguez: Una peregrinación colectiva

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La vida humana es una peregrinación. El concepto de peregrinación, desde mi criterio, es muy espiritual. Aunque también acoge lo tangible: ese desplazamiento del cuerpo hacia lo inesperado o incierto; o, simplemente, hacia algún lado. En esa dualidad nacemos y evolucionamos: entre la espiritualidad y la corporalidad. Si bien es cierto que nuestra naturaleza corpórea puede percibirse a través de todos los sentidos, de igual manera nuestra espiritualidad. Permanecemos y trascendemos simultáneamente y ello por la peregrinación emprendida en la vida que nos toque. Esta reflexión tan personal que tomó forma a través de la escritura para así compartirla con ustedes fue evocada por una selección de palabras muy bien ordenadas: ¡Viva Curet: El poeta del pueblo! Esa es la magia del lenguaje: materializa lo intangible y lo convierte en inteligible. Y ello, precisamente, es lo que ha realizado el amigo fotoperiodista José Rodríguez Santiago con este espléndido texto rebosante de luz en movimiento en cada página. Su lenguaje es la fotografía. Fotografías que documentan ese peregrinaje humano. Fotografías que permiten la permanencia del poeta Curet en el presente y porvenir de su pueblo. Fotografías que trascienden; así como el poeta.

José Rodríguez Santiago es un puertorriqueño que encontró en las letras de Tite Curet una manera de interpretar su entorno, incluso su propia vida. La composición «Pa’ los caseríos» es un ejemplo de ello. Él mismo nos hace conscientes del valor de esta composición. José comenzó a trabajar muy joven en una fábrica, junto a su padre, y desde entonces las canciones de Tite –la energía misma del compositor– le acompañarían en su caminar. Fueron varias las paradas en “estaciones” de la vida, donde convergían personas y situaciones, que le ayudarían a coleccionar momentos que se convertirían en experiencias acordes con sus expectativas. En «El ojo avizor de José Rodríguez: “The Best Fotoman del Caribe”» –el exquisito Prólogo del presente libro– por el escritor y periodista Josean Ramos, el lector podrá ser testigo de ese caminar del célebre fotoperiodista autor del libro publicado este mismo año de 2025 por la siempre solidaria Publicaciones Gaviota. La misión de José –y los remito a sus propias palabras– «ha sido retratar a los que ya se fueron, a los que partieron y ya no están para que el pueblo no los olvide». Ello es, sin duda, un magno trabajo patriótico a los que muy pocos han sido convidados y hoy contamos con el honor de estar junto a uno de los artífices de esta ardua labor en una sociedad colonial como la nuestra: José Rodríguez, el autor de este libro; el Maestro de las fotografías que nos permiten admirar la grandeza una y otra vez –esa permanencia y trascendencia simultánea– del compositor natural de Guayama, autor de «Plantación Adentro». Y en lo que a esta excepcional composición respecta, nos centraremos brevemente más adelante.

El libro de José Rodríguez es un hermoso trabajo donde convergen personalidades de la cultura puertorriqueña y caribeña. Su autor domina muy bien ese “contrapunteo” del trabajo colectivo. Quienes lo conocemos somos conscientes de ello. Y quienes no lo conocen ya tendrán alguna idea al apreciar su obra –esta obra que hoy les presento–; y, sin duda, al escucharlo. Por lo que a mí respecta, conozco a José desde agosto de 2011 cuando expuso sus obras sobre Tite Curet, aquí, en el Museo de Historia y Arte de Guayama (MHAG). Año en el que se traslada la Misa de Recordación, en honor a Tite, a Guayama. Un evento memorable organizado por la unión de voluntades entre la siempre recordada Norma Salazar, y el diligente gestor cultural guayamés Héctor “Papo” Valentín Yera –fundador del MHAG–; además de, en efecto, el autor del libro. Desde entonces, la relación de José con esta institución y su fundador ha sido una de hermandad. ¡Viva Curet: El poeta del pueblo! es una obra que conjuga un trabajo fotográfico de una naturalidad y sensibilidad sobrecogedora con textos puntuales en torno a la vida documentada. En el libro de 233 páginas se pueden apreciar sobre doscientas fotografías de la vida y trascendencia de Tite Curet acompañadas de breves textos contextualizando las imágenes, además de ensayos diversos de figuras respetadas en el ámbito cultural y académico. Josean Ramos, Lenis Oropeza, Virgen Cáceres, Edgardo Rodríguez Juliá, Cristóbal Díaz Ayala, Elmer González, César Pagano, Rubén Blades y César Colón Montijo son algunas de estas egregias figuras. Es preciso leer cada uno de esos ensayos que dan cuenta y razón de la permanencia y trascendencia del compositor y poeta. El ensayo «Notas biográficas de Catalino “Tite” Curet Alonso» por Elmer González amplía el escenario de la vida del compositor y le permite al espectador–lector del libro posicionar su mirada en aspectos específicos como su «método artesanal» al momento de escribir o componer; además de lograr una imagen de síntesis con respecto a su pasión por el periodismo y la música: «Más que un periodista musical fue un músico periodista que aplicaba, en la composición de sus letras, prácticas básicas del periodismo» (207). Por otro lado, leer a la investigadora Virgen Cáceres, del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico, exponer con claridad la imagen de un Catalino “Tite” Curet Alonso como «nuestro gran historiador oral» permite la perenne apertura y evolución de esta figura de las letras y la música. ¡Qué imagen tan acertada y justa nos comparte la doctora Cáceres acerca de este compositor universal! Cáceres, además, destaca la significación de la relación entre nuestro historiador–compositor y nuestro fotoperiodista. La relación Tite Curet y José Rodríguez ha creado un binomio historiográfico y cultural necesario para acercarnos a un cuadro menos fragmentado en torno al devenir social puertorriqueño y caribeño.

Por su parte, el autor y fotoperiodista en su Introducción, «Tributo al amigo Tite Curet Alonso. ¡Te cumplí Tite!», –y que se extiende en la exhibición fotográfica del libro magistralmente curada a la manera de los grandes museos– nos comparte la energía, contundencia e incluso lo sublime de ese peregrinar del poeta. Una peregrinación que es también la de José Rodríguez. Leer las «anécdotas» del autor es sentir muy cerca tanto a Tite como a su fotógrafo. En «Vida y Momentos», «Velorio y Sepelio», «Misas de Recordación» y «Belén», paratextos que son parte de la Introducción, y que también tienen la intención de dividir el libro en “capítulos fotográficos” a modo de una cronología del acontecer de la vida y trascendencia de Tite, justamente, es ser partícipe de ello: de una cercanía “purificadora”. Esa intimidad apalabrada a la vez que ilustrada a lo largo del libro por el autor es una ofrenda patriótica que nos devuelve a un Tite Curet en toda su majestuosidad como un «puertorriqueño universal». Precisamente, la universalidad es un concepto que se hilvana en este libro como una cualidad del compositor natural de Guayama. Por un lado, Rubén Blades comenta: «Catalino Curet Alonso, mejor conocido simplemente como ‘Tite’, es un puertorriqueño universal» (25); y, por otro lado, la doctora Cáceres arguye: «… este trabajo fotográfico que nos presenta José Rodríguez es un tributo al compositor que alcanzó el universo contando la vida de los más humildes» (21).
En lo que se refiere a la fotografía, conviene destacar que para Susan Sontag, «lo que se escribe sobre una persona o un acontecimiento es francamente una interpretación, […] como las pinturas y dibujos. [Sin embargo] Las imágenes fotográficas no parecen ser tanto declaraciones sobre el mundo como fragmentos de éste; miniaturas de la realidad…» (Sontag 1977).

José Rodríguez nos ha legado, pues, «fragmentos» de esa realidad del poeta; esto es, su existencia permanente y trascendente que se recrea en nuestras memorias de modo que la energía universal del poeta se adentra en nuestro ser; en la de su pueblo. En Tite –«simplemente» Tite– su peregrinación deviene universalidad; incluso espiritualidad. Una espiritualidad universal accesible en sus composiciones y que las fotografías de José captan –o más bien capturan– en cada mirada de Tite. La solidaridad de Tite es evidente, se muestra sin intermisión en cada imagen que desde la acción misma del obturador ya es patrimonio cultural de Puerto Rico y allende sus fronteras. Cada una de estas fotos es un fragmento de ese relato del pasado que nos pertenece y que enaltece nuestro presente. Nuestro presente se compone de fragmentos de lo acontecido y de lo que está por venir. Y una fotografía desde el presente nos recuerda esa historicidad natural de la humanidad. El memento mori y la vulnerabilidad de la que nos habla la escritora y filósofa Susan Sontag (1933–2004).

La peregrinación de Tite –su universalidad– inició en Guayama. Nació en esta «esquina del Caribe» (Luis A. Figueroa 2005) un 12 de febrero de 1926. Siempre mantuvo un vínculo con su Guayama querida: «Pa’ Guayama rincón divino y querido». Antes de contar con la edad para asistir a la escuela, se mudó con su madre Juana Alonso García a Barrio Obrero en Santurce. No obstante, asistió a la Escuela Superior de Guayama alrededor de 1941. Él mismo nos informa al respecto en su texto La vida misma (1993) en la parte dedicada a Guayama y donde comparte algunas memorias en torno a quien identifica como su tía Ángela Villodas. Contaba con 15 años según sus propias palabras:
«¡Cómo me quería! Toda vez que a ella le gustaba darse su trago de “mamplé” –como a ella le llamaba al ron clandestino, entiéndase cañita–, me enviaba con 35 centavos en la mano un par de veces en semana hasta cierto alambiquero de la vecina Calle Duque “a comprar una canequita”, la cual nunca llegaba muy completa que digamos. El mensajero ya tenía 15 años de edad y le gustaba dar “una probadita”. Miraba la caneca y luego hacía mí con ojos de sospecha, como aseverando, “yo sé en cual barriga está el ron que falta aquí”» (Tite Curet Alonso 1993).

Esa fue la época, sin duda, en que la que se fortaleció aún más su vínculo con Guayama y con su padre Catalino Curet Vázquez. José Rodríguez nos comparte una foto probablemente de esa época de la Colección de Norma Salazar donde se puede apreciar a un joven Tite con sus amigos guayameses Antonio “Toñito” Blondet y Jorge C. Alicea Miranda. Para identificar a estas personas, José Rodríguez se comunicó con su amigo guayamés Héctor “Papo” Valentín Yera, mi padre. Como buen estudioso de la historia de su pueblo, Valentín Yera investigó al respecto, y logró la identificación de los dos jóvenes amigos del compositor. Ésta es la primera fotografía compartida en el Capítulo «Vida y Momentos».

Las próximas fotografías de la autoría de José Rodríguez compartidas en «Vida y Momentos» documentan a un Tite solidario, reflexivo, emocionado y pleno. Otras nos muestran a Tite como un observador acucioso o un conversador pausado y sensible. Las fotografías identificadas como «Belén para Cortijo», sin duda, expresan esa solidaridad. Es menester observar detenidamente la primera –en la página 31–, donde se aprecia a un Tite reflexivo, de hablar pausado y de una sensibilidad sobrecogedora. En la cuarta foto de esa serie –en la página 34–, somos testigo de un Tite solidario, maestro y protector, quien está de la mano de su ahijado Rafael Cortijo Jr. y de Zoila Cortijo. Más adelante, en la página 39, la imagen del compositor frente a la inmensidad del mar logra transmitir la plenitud de quien comparte una conexión ancestral y espiritual que le da sentido a su vida. Al observar esta foto, el tiempo se detiene para el espectador. Por otro lado, las fotografías junto a Margot Rivera –la madre de Ismael Rivera–, así como la serie de cuatro que muestran al poeta de perfil en una Plaza del Viejo San Juan, y en la que aparece junto a Cheo Feliciano en Radio Universidad –aunque todas distintas– tienen una particular fuerza reflexiva que me han conmovido al igual que las previamente mencionadas.
En lo sucesivo, las fotografías pertenecen a otra etapa de la vida del poeta que igualmente es parte de su peregrinaje. Una parte importante de ello, pues, nosotros –es decir, su pueblo– asume un rol significativo en esa puesta escena de su vida y en la que su trascendencia y permanencia se fusionan en la memoria colectiva. Las fotografías de su velatorio y sepelio, las de las misas de recordación son la prueba tangible de la continuidad –esa energía transformada– del amor y compromiso que Tite Curet Alonso le mostró durante toda su existencia física a su pueblo. No encuentro otra manera de explicarlo. Y José Rodríguez logró transcribir esa energía transformada. La sensibilidad del fotoperiodista –esa espiritualidad de José: el biógrafo–fotógrafo o esculpidor de la luz de “El Poeta del Pueblo”– ha sido fundamental en esta peregrinación.

La presentación de hoy del libro ¡Viva Curet: El poeta del pueblo! tiene lugar como parte de la conmemoración de la «Noche de San Miguel» en su edición 2025. Uno de los eventos principales del Programa Educativo y Agenda Cultural del Museo de Historia y Arte de Guayama –el Museo del Pueblo–. ¿Cómo relacionar a Catalino Curet Alonso con el evento de la «Noche de San Miguel»? Este evento conmemora la conspiración de 1822 en Guayama y honra a los esclavizados Francisco Cubelo y Juan Bautista Texidor quienes fueron fusilados –«viciosamente ejecutados», en palabras de Jalil Sued Badillo– en la Plaza Mayor el 30 de septiembre del mismo año 1822. Ambos esclavizados trabajaban en las represivas y abusivas haciendas azucareras de la ciudad. «Plantación Adentro» –así como la composición de Tite– ellos soñaban con la libertad y, por consiguiente, decidieron esparcir esa idea de libertad como semillas en la tierra y fue por ello su injusta muerte, así como su vida en las plantaciones. «Plantación adentro […] / es donde se sabe la verdad / es donde se aprende la verdad». Esa libertad ansiada, el espíritu de lucha y resistencia, transmutados en memoria colectiva contestataria trascendió ese septiembre de 1822 y encontró espacio en las grandes mentes de los guayameses Eleuterio Derkes Martinó, Manuel Alonso Pizarro, entre otros puertorriqueños afrodescendientes de mediados del siglo XIX. Una parte de sus obras están disponible gracias al trabajo investigativo de Roberto Ramos-Perea, lo que es evidencia de lo que les propongo. Transcurridos poco más de cien años –si tomamos como punto de partida el año de 1822–, nacería en esta vida que es la nuestra igualmente Catalino Curet Alonso. Como ya conocen, 1926 es su año de nacimiento. Ciento cuatro años después, y en lo sucesivo, Tite sería el repositorio y portavoz de esa solidaridad ancestral afrodescendiente. Ahí están sus canciones como muestra de ello; no sólo «Plantación Adentro». ¿Qué otras composiciones podríamos mencionar que sean evidencia de esa solidaridad ancestral? Es una tarea que ahí les dejo. Tite recurre a la universalidad de la música para honrar a los esclavizados africanos y aborígenes; para honrar a su pueblo. «Honrar honra», como expresó una vez mi Maestro Jalil Sued Badillo en la inauguración del evento «Noche de San Miguel» en el año 2008.
Así, pues, ¡Viva Curet: El poeta del pueblo! nos permite una reflexión amplia y profunda en torno a la vida de nuestro Tite, «simplemente Tite». Su interioridad se expone a la luz de lo visible. Ahí está la magia del arte de José Rodríguez. El ojo de este fotógrafo del Caribe descifró los paralelismos y transversalidades entre el mundo físico y el mundo espiritual. Ambos mundos componen la esencialidad de la humanidad. Y la oportunidad de apreciarlo por medio del arte fotográfico de José Rodríguez desde la figura del guayamés universal Tite Curet Alonso es adentrarnos en una peregrinación colectiva hacia nuestro lugar de origen, o, simplemente, hacia algún otro sitio donde concurren la permanencia y la trascendencia aludidas a lo largo del presente escrito.

Presentación del libro el 27 de septiembre de 2025 en el Museo de Historia y Arte de Guayama. La autora es la directora del museo.

 

 

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