Entrevista a Félix Córdova

Tania Anaid Ramos González, AZULA

Como parte de una extensa entrevista al escritor puertorriqueño Félix Córdova Iturregui, comparto con los lectores del Semanario Claridad y de En Rojo las primeras cuatro preguntas y respuestas de esa entrevista. Sé que valorarán, tanto como yo, la consciencia histórica, política e ideológica de este gran y genial escritor.

 Félix, eres poeta, ensayista, novelista puertorriqueño y fuiste catedrático de la Universidad de Puerto Rico por más de treinta años.

 ¿Qué significa escribir en Puerto Rico? ¿Qué significa escribir en una colonia?

Esa pregunta se presenta como un erizo. ¿Por dónde agarrarla? En realidad, es una sola pregunta con dos caras, como Jano, la antiquísima divinidad romana, dios de las puertas y los pasajes. Jano se representaba como una figura bifronte. Si la pregunta también tiene dos caras – ¿qué significa escribir en Puerto Rico? y ¿cómo abordar el impacto colonial? – evidentemente el dios de las puertas y los pasajes tiene pertinencia.  ¿Se puede escribir de espaldas al problema colonial, ignorándolo, o tarde o temprano el problema nos alcanza, entra por la puerta y nos exige atención? Al intentar abordar el erizo de tu pregunta bifronte, quiero aclarar que mi contestación no pretende tener un alcance general. Se limita a ser una contestación apoyada en mi experiencia. Podría, además, añadir que no tiene una dimensión estática. La sociedad colonial puertorriqueña está en continuo cambio y reclama ajustes de manera persistente.

Como punto de partida me gustaría poner de relieve la combinación de dos elementos cuyo enlace podría ayudarnos a reflexionar sobre el problema propuesto en la pregunta. Por un lado, Puerto Rico como pueblo surgió en el interior de una relación colonial bajo el dominio de España. En 1898 esa relación fue destrozada y se nos impuso otra, con un ritmo más acelerado e intenso. Es decir, Puerto Rico nunca ha existido fuera de la relación colonial de subordinación. Nunca ha logrado superar esa relación. Podría decirse que se trata de una continuidad innegable de nuestro devenir histórico. Pero, por otro lado, esa relación nunca ha sido estática, ha pasado por momentos muy diferentes, tanto bajo la dominación española como bajo la dominación estadounidense. Por consiguiente, la combinación de ambos elementos nos permite pensar en la forma en que la continuidad de la relación de subordinación se ha combinado con los cambios históricos más o menos abruptos, más o menos decisivos.

Si es así, entonces, ¿cuál es la situación específica de esa relación en la actualidad?

Esa pregunta, a mi juicio, es clave. Puerto Rico vive hoy una crisis particular muy compleja, con múltiples niveles. La combinación de esos niveles se ha manifestado, en la renovación y profundización del coloniaje. No es posible abordar los diferentes niveles en detalle, pero podemos mencionarlos: 1) con la transición de una sociedad rural hacia una sociedad industrial urbana, entre 1947-1973, Puerto Rico vivió la debacle de su agricultura; 2) pudo estabilizar su acelerada transición con la puesta en marcha de un proceso de emigración de una dimensión nunca antes vista en nuestra historia; 3) el programa más ambicioso del proceso industrializador, el desarrollo de un proyecto petróleo-químico con una amplia y diversa base productiva, colapsó a partir de la elevación de los precios del petróleo a nivel internacional a fines de 1973 y con la recesión generalizada de 1974-75; 4) la Sección 936 del Código de Rentas Internas de Estados unidos, creada en 1976 para estimular la creación de capital con amplias exenciones contributivas a las empresas foráneas establecidas en la isla, fue eliminada por el Congreso en 1996, otorgándole un período de diez años para su desaparición definitiva. Cuando el período de gracia a las corporaciones 936 concluyó, a fines de 2005, apenas tres meses después, en marzo de 2006, se manifestó la compleja crisis estructural que vive actualmente Puerto Rico, con una acentuación nunca antes vista de la dependencia de fondos federales.  Como puede verse, la crisis actual contiene una acumulación de colapsos históricos: el más general y amplio, el colapso agrícola, luego el colapso petróleo-químico, y finalmente el colapso del empleo industrial moderno como resultado de la eliminación de la Sección 936.

Para mí ha sido urgente seguir el resto de esa complicada crisis. ¿De qué forma se ha refractado en el tejido literario? ¿Cómo sus fuerzas externas se han transformado en fuerzas internas como principios de construcción literaria? No creo que se pueda escribir de espaldas a procesos tan significativos con una repercusión abarcadora sobre toda nuestra sociedad. La consciencia o inconsciencia de la forma en que las poderosas contradicciones sociales se desplazan hacia el interior del medio literario es un problema complejo. Ahora bien, el presente histórico se puede vivir, mediante el esfuerzo, de una forma más o menos consciente. A mi juicio, es urgente mantener la presencia del pasado histórico en el presente, sobre todo si ese pasado opera todavía sobre nosotros con fuerza implacable. Ahora bien, tener presente el pasado requiere un enorme esfuerzo.  Nos exige una dimensión crítica sobre lo histórico que debe estar en acción permanente.

Si una de las ideas claves que he desarrollado en mis novelas y hasta en mi poesía tiene que ver con la caracterización del proceso industrial del país como uno que ha industrializado el olvido y la muerte, me he visto obligado a trabajar con intensidad el tema de la memoria y el tema de la recordación. Concibo dos procesos fundamentales a ser atendidos por un escritor o escritora: uno tiene que ver con la apropiación crítica de la historia de nuestro país, como parte del Caribe, y el otro con la urgencia, en ese terreno histórico hostil, de lograr una amplia apropiación de nuestra tradición literaria. Ninguno de estos dos procesos se da espontáneamente. Son el resultado de un trabajo intenso, plagado de dificultades y obstáculos, pero siempre abierto a la sorpresa y al enriquecimiento de la experiencia.

Los dos procesos señalados, con su agudo componente crítico, le abren un ancho camino a la imaginación y fortalece el elemento más importante de la actividad cultural: la creatividad. Si hay verdadera vocación para escribir, es crucial la búsqueda de todos los elementos capaces de abrir las posibilidades creativas.  El diálogo entre continuidad y cambio social, desde la perspectiva de los tres componentes destacados ayuda a expandir nuestra visión del mundo social y su vínculo con la naturaleza. Me he referido a aquellos aspectos que fortalecen la actividad de la conciencia, en particular los que trabajan con la ausencia y nos permiten, por vía de la palabra y el conocimiento, darle presencia al pasado, en la medida en que, sin ser visible o evidente, opera sobre el presente. Es evidente que el proceso de escribir pone en acción otros recursos de la mente. El más importante es el inconsciente. No creo que el componente crítico en la actividad creativa debilite o adormezca el inconsciente. Por el contrario, la exposición a nuevos datos, a materiales continuamente descubiertos o puesta ante la mirada, agudizan la intuición, la imaginación, y activan la riqueza del inconsciente personal o colectivo.

Cada momento histórico tiene sus propios espejismos y escondrijos. Tiene también sus propias maneras de sentir e imaginar. Quiero darte un ejemplo histórico de enorme importancia para conocer la complejidad del espacio desde el cual escribimos. Cuando comenzó la dominación estadounidense en 1898, ocurrieron grandes transformaciones sociales y económicas. Se nos impuso inicialmente una forma limitada de capitalismo agrícola, con el dominio decisivo de grandes centrales azucareras, extranjeras y locales, dispersas por los campos. Los vínculos de miles de familias campesinas con la tierra fueron quebrantados y ocurrió un desplazamiento amplio de la población rural hacia los centros urbanos. En esa transformación el sentimiento colectivo e individual sufrió conmociones muy profundas. Sin embargo, la expansión del capital en el campo no vino articulada con un desarrollo industrial en las ciudades. La población expropiada se movió sobre un vacío aterrador. No hubo en los pueblos y ciudades nada parecido a una revolución industrial. Nada que creara un tejido complejo de intercambios entre la ciudad y el campo. El resultado de este tipo de capitalismo incapaz de articular la modernidad en ambos espacios, el campo y la ciudad, extendiéndola por una amplia superficie social, produjo un intenso desequilibrio en Puerto Rico, con expresiones dolorosas de miseria, muy particulares, con una prolongación de más de cuatro décadas. Pero ese desequilibrio se internó en la imaginación creativa. La memoria artística se proyectó de forma audaz dándole visibilidad a la locura. Desde entonces el desquiciamiento, la pérdida del quicio, sigue actuando sobre nuestra imaginación colectiva y produce efectos conmovedores cuando los que viven acomodados en la locura colonial se conciben como seres felices.

Durante ese mismo período, los nuevos conquistadores intentaron imponer su lengua, su cultura y sus formas de identidad, con un paternalismo arrogante y dictatorial. Pretendieron hacerlo mediante el complejo edificio de la educación pública. Se creó un amplio sistema escolar y universitario con el propósito de imponernos el inglés y un comportamiento adecuado a las normas culturales del joven imperio. Hubo quienes pensaron nuestra lengua, incluyendo puertorriqueños, como si fuera un traje viejo y raído fácil de substituir por otro más moderno y eficiente. La agresividad política-económica-cultural de Estados Unidos creó en Puerto Rico una nueva situación con efectos muy variados en toda la formación social. Con su agresividad cultural, Estados Unidos le dio a nuestra lengua una visibilidad muy concreta y específica.  Convirtió el idioma, el español, en protagonista de nuestra literatura. Durante esas primeras décadas del siglo XX se dio lo que podría llamarse una batalla lingüística, una guerra en el mismo interior de la producción de los signos. La imposición institucionalizada creó una sensación de exterioridad con respecto al español, un desplazamiento amenazante, que tuvo el efecto de una interiorización más profunda de la lengua en la población, a distintos niveles, conscientes e inconscientes. La relación entre lengua y afecto, entre sentimiento y conocimiento impulsó a los escritores y escritoras a caminar sobre el país de otra forma, ensanchando su visión sobre la naturaleza y los diferentes sectores sociales. Sobre este fenómeno nos queda mucho por pensar todavía. Me hago, por ejemplo, la siguiente interrogación: ¿tuvo esa amenaza real de violencia sistemática, institucionalizada, un efecto poderoso de enriquecimiento en la creatividad poética? ¿No provocó esa amenaza una exacerbación de nuestras potencias creativas?  En particular sobre aquellas expresiones literarias que trabajaron con el reto lingüístico, sin mencionarlo explícitamente, sino que ahondaron sus procesos creativos descubriendo nuevas zonas de nuestra vida espiritual colectiva. Me parece, para insistir en el ejemplo, que nuestra actividad poética se enriqueció ante aquella amenaza para producir esa sorprendente constelación poética que va desde Luis Lloréns Torres, Evaristo Ribera Chevremont, José de Diego Padró, hasta Palés Matos, Julia de Burgos, Francisco Matos Paoli, Clara Lair y Juan Antonio Corretjer, sin intención de agotar la lista de poetas de gran importancia.

Una vez acentuada la intensa visibilidad de nuestra lengua, provocada por la arrogancia imperial, podemos fijarnos en un rasgo notable de tu pregunta: ¿qué significa escribir en Puerto Rico? Debido a que Estados Unidos intentó durante décadas, imponernos una lengua diferente a la nuestra, nos obligó a colocarnos ante nuestra lengua con una atención particular. La imposición fue protagonizada, no podemos olvidarlo, por una nación que se convertiría en el imperio más poderoso del siglo XX. El escritor en Puerto Rico no pudo evadir, de una forma u otra, enfrentarse al problema del lenguaje. Todo escritor o escritora, es evidente, tuvo que hacerlo. Nuestra literatura, como conjunto dinámico, vivió durante décadas esa experiencia. Se enriqueció con ella. Todavía la escritura como actividad creativa se da en esa compleja frontera con el inglés aunque los términos hayan variado sustancialmente. A partir de 1898, la conciencia lingüística nos exige pensar que nos movemos sobre un terreno minado. Durante varias décadas del siglo XX nuestra actividad cultural se desarrolló en abierto conflicto ante el intento político de Estados Unidos de substituir nuestra lengua. En el interior de esa batalla cultural, quiero insistir, se desarrollaron dos actitudes diferentes, cada una con variaciones y matices. Por un lado, cobró forma una actitud conservadora de defensa explícita de la lengua, mientras por otro lado, se desarrolló una posición abierta, de carácter democrático, de audacia creadora, con la flexibilidad de abrir la expresión literaria para incluir las manifestaciones más heterogéneas de los diferentes sectores sociales. La mejor forma de defender la lengua, entendieron los defensores de esta tendencia, llámese Lloréns Torres, Julia de Burgos, Palés Matos, Clara Lair o Juan Antonio Corretjer, fue crear con ella, abrirla a la historia, vincularla con el hablar común del pueblo, pasearla por todos los rincones del país y al mismo tiempo indagar en su interior, incorporar la riqueza rítmica y musical de nuestra cultura, escudriñarla y merodear por sus secretos.

El gran conflicto interno-externo vivido históricamente en la creación poética, a mi juicio, desembocó en una conciencia muy rica de la expresión literaria. Desde Lloréns Torres, quien elaboró muy temprano una compleja poética, con su amplia versión pancalista-panedista, hasta Palés Matos y Julia de Burgos, con sus ritmos e interiorizaciones sorprendentes, tenemos una enorme cantidad de escritores y escritoras con reflexiones muy importantes sobre lo poético. Me parece que existe un campo enorme de indagación y aprendizaje para jóvenes escritores y escritoras en la reflexión de nuestra poética que se manifiesta en dos niveles: en la escritura misma de la poesía, en el interior del verso, y en múltiples formas de pensar sobre la creación poética en prosa. Hay, por ejemplo, una fuerza creativa, marcadamente reflexiva, en Julia de Burgos, José de Diego Padró, Clara Lair, Matos Paoli, Juan Antonio Corretjer y Graciany Miranda Archilla, por mencionar alguno(a)s, que fue estimulada por el contexto histórico señalado.

Al surgir un denominador común en el interior de nuestra heterogeneidad social y estimular múltiples formas de resistencia ante el intento de asimilación cultural, la defensa de la lengua y la afirmación de la puertorriqueñidad como elemento indispensable del proceso, encontraron una resonancia difícil de apreciar en su riqueza. Las diferentes clases y sectores sociales pisaban un mismo terreno con mayor o menor consciencia. La forma del complejo movimiento de afirmación, su aliento comunitario, no tenía sentido disociado de la agresión del nuevo colonizador. La escuela pública, creada para hacernos buenos y dóciles estadounidenses, se transformó, inevitablemente, en un escenario de lucha sofocado por el autoritarismo imperial. Nuestra literatura respondió al reto de múltiples maneras, incluyendo la idea de la necesidad de fundarla otra vez a partir de 1898, con una gran diversidad de asedios al mismo problema. En la política también surgieron múltiples tendencias con diferentes programas de acción y de protesta, pero en todos ellos se destacaron formas particulares de relación con el poder colonial, desde la ruptura radical hasta versiones reformistas, incluyendo el acomodo y la complacencia.

En un ensayo sobre la relación entre la poesía y la tradición, William Butler Yeats, poeta irlandés, destacó que los movimientos políticos y literarios se mantienen unidos más por las cosas que odian que por las cosas que aman. Según Yeats, los movimientos nobles, “the only movements on which literature can found itself, hate great and lasting things”. La agresividad imperial estadounidense durante las primeras décadas de su larga dominación amenazó de forma tan directa y burda la existencia misma del pueblo puertorriqueño, que dejó una herida con una huella profunda difícil de borrar. No deberíamos nunca subestimar la importancia de ese intenso odio a la subordinación que provocó. Nuestra literatura, de forma más o menos consciente, respira inevitablemente por la perdurabilidad de esa herida y su renovada cicatriz. La reacción de varias generaciones de nuestros escritores fue de rechazo visceral al proyecto inicial del imperio de atacar y sustituir nuestra lengua, defendiendo la noción de refundar nuestra literatura y otras expresiones artísticas en las nuevas condiciones de opresión. A nivel del discurso político, así como de la acción, el proceso tuvo su expresión más extrema de oposición en el movimiento nacionalista dirigido por Pedro Albizu Campos. Nadie en Puerto Rico pudo escapar el influjo político y cultural del discurso y la práctica política del nacionalismo, orientado sin ambigüedad al ataque directo de la relación colonial. El nacionalismo transformó nuestro lenguaje desde el interior, destapando zonas muy profundas. El movimiento fue reprimido y derrotado, pero de su experiencia nació un Puerto Rico política y culturalmente diferente. Su influencia incluso marcó a los Estados Unidos. En múltiples aspectos no fue un movimiento derrotado. Todavía nuestra cultura extrae una poderosa savia de la radicalidad de su resistencia.

Durante el siglo XX nuestra literatura produjo una enorme variedad de contestaciones al problema social puertorriqueño. La producción literaria fue extraordinaria y de una variedad sorprendente. Quien diga que la literatura puertorriqueña se ha empobrecido por su obsesión con el problema colonial realmente no ha pensado con sosiego lo que está diciendo. No ha habido ninguna obsesión. Lo que ha surgido es una enorme variedad de formas de resistencia y afirmación ante la amenaza continua cernida sobre el país en un contexto de subordinación. El habernos tenido que enfrentar con un enemigo tan poderoso, ha obligado a nuestra cultura a expandirse continuamente, haciéndose más amplia e inclusiva.

No es posible, en una entrevista, abundar mucho en la dinámica compleja entre continuidad y cambio social. Pero sería imperdonable no hacer alguna referencia a lo sucedido a partir de la Segunda Guerra Mundial. Tres elementos se entrelazaron en el mundo posterior a la guerra: 1) Estados Unidos emergió del conflicto como una potencia hegemónica en el mundo capitalista; 2) en Puerto Rico se intensificó la urgencia por superar la relación colonial de subordinación; 3) en el mundo de posguerra avanzó inexorablemente un proceso de descolonización a nivel mundial. Estados Unidos no pudo ignorar los cambios externos de descolonización, ni los reclamos internos, a pesar de la represión contra el movimiento nacionalista. Tuvo que revestir la colonia para poder engañar al mundo y sofocar el reclamo interno de soberanía mediante la reforma del gobernador electo y la creación del Estado Libre Asociado como resultado de un supuesto pacto. Sin embargo, el éxito estadounidense en mantener el colonialismo no hubiese sido posible sin una transformación abarcadora de la sociedad puertorriqueña. Al concluir la guerra, en dos décadas, Puerto Rico dejó de ser una sociedad principalmente agrícola para transformarse en una sociedad industrial urbana moderna.

El proceso tuvo, sin embargo, una dimensión inesperada. La modernización industrial urbana vino, como ya señalé, acompañada de otro proceso devastador: el colapso acelerado de la agricultura. El Estado Libre Asociado no hubiese tenido su dimensión de éxito sin poner en marcha el mayor movimiento emigratorio conocido en nuestra historia. Cientos de miles de familias se vieron obligadas a abandonar la isla, trasladándose mayormente a la ciudad de Nueva York. El agudo pesimismo de la literatura puertorriqueña durante esa transición contrastó con el optimismo oficial durante la época de oro de la industrialización moderna. A partir de mediados de la década del setenta, el pesimismo comenzó a colarse en el mundo oficial cuando la crisis de la nueva sociedad industrial moderna comenzó a manifestarse.

Con los profundos cambios sociales, se invirtió un proceso histórico. El desarrollo del capitalismo agrícola dominante en la primera mitad del siglo, sin una amplia revolución industrial urbana, fue transformado en dos décadas y media en un país industrial urbano moderno con una agricultura en acelerada crisis y desaparición. La situación se había invertido y se repetía, en otro nivel la incapacidad del capitalismo colonial de desarrollar sus relaciones de producción sobre la totalidad de la superficie social. Se reiteraba, en nuevas condiciones sociales, el mismo síntoma alarmante: la imposibilidad de crear los empleos necesarios para la reproducción de la sociedad en términos coherentes con el capital. El optimismo de la industrialización modernizadora tuvo una vida breve.  El panorama se ensombreció con el colapso de su propuesta más ambiciosa, el proyecto petróleo-químico. De ese colapso surgió el marco general de la agudizada crisis actual. Después de ese momento se abrió paso una creciente dependencia de fondos federales, necesarios para darle a la limitada economía de la isla una estabilidad que no tenía. Desde la década del setenta, del siglo pasado, existe una tensión en aumento en nuestra sociedad, entre el desarrollo de industrias de la más avanzada tecnología y la marginación social con una creciente dependencia de fondos federales. Con la eliminación de la Sección 936 y la pérdida de más de 70,000 empleos industriales, la dependencia ha aumentado. Sobre esta economía en crisis, que desembocó en la quiebra del gobierno y la imposición de una Junta de Supervisión Fiscal, por parte del Congreso estadounidense, hemos tenido el paso de huracanes, terremotos y la pandemia.

¿Es posible ser escritor o escritora en el interior de un proceso histórico tan accidentado sin reflexionar sobre la condición colonial de Puerto Rico?

 Si hace décadas hubo quien le dio la espalda a una crisis que todavía no había enseñado el carácter siniestro de su rostro, después de 2006, ya no pudo mantenerse en ese espacio de comodidad. Todos los componentes que he destacado, el histórico-crítico, la necesaria apropiación de nuestra tradición literaria y cultural, y la necesidad de profundizar en el proceso creativo, me ha llevado a la siguiente afirmación: escribir en Puerto Rico me exige colocarme en una posición de radical incomodidad ante el orden institucional, precisamente por su carácter colonial y subordinado. La libertad de la escritura me lo exige. Más aún si entendemos que toda subordinación colonial conduce inevitablemente a una vida fraudulenta.

Haber estudiado rigurosamente la historia de Puerto Rico, ¿crees que ha determinado tu temática y la intención de tu escritura?

Para contestar esa pregunta debo exponer lo que fue mi aprendizaje literario y definir diferentes momentos de su accidentado proceso. Tal vez mi itinerario diga algo significativo de nuestra experiencia literaria. Yo comencé a indagar sobre mi identidad cuando fui a Catholic University, en Washington DC, a estudiar ingeniería. Me di cuenta de que no tenía verdadero interés en esa profesión e inicié un proceso intenso de búsqueda personal. En esa aventura la poesía tuvo una importancia clave. Pero mi trayectoria estaba encaminada por espacios externos a la literatura puertorriqueña. Me movía principalmente en el terreno de la poesía española e hispanoamericana. Al proseguir mis estudios en la Facultad de Humanidades del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, pude tener un extenso contacto con la poesía del Siglo de Oro español, los poetas de la generación del 98 –sobre todo Antonio Machado y Miguel de Unamuno–, y la inacabable cantera poética de la Generación del 27. El contacto intenso con la literatura española se combinó con un gran interés en la literatura latinoamericana. De ahí mis lecturas se expandieron hacia el resto de Europa y Estados Unidos.

Mis lecturas sobre literatura puertorriqueña se reducían a los poetas jóvenes que comenzaban a escribir y las lecturas requeridas en los cursos de Literatura Puertorriqueña. Cuando comencé a leer a nuestros escritores, ya había dado un extenso viaje por las literaturas de múltiples países europeos, latinoamericanos, y por Estados Unidos. Con este relato quiero destacar algo que me parece importante: llegué tarde al estudio coherente y cuidadoso de nuestra literatura. Pero llegué. Gracias, en gran medida, a mi amistad con Sebastián Cabrer, quien vivía fascinado con la poesía del Tun tun de pasa y grifería, de Luis Palés Matos. Cuando comencé a enseñar en el Colegio Universitario de Cayey, con 27 años recién cumplidos, en una de mis primeras clases, por la tarde, tuve una experiencia que me impactó de forma decisiva: una estudiante se desmayó y cayó al suelo. La atendimos de inmediato y cuando se recuperó, supimos que no había comido nada en todo el día. Aunque atendimos su urgencia momentánea, era evidente que el problema no quedaba resuelto. Ese incidente, aunque parezca increíble, tuvo un efecto de mucha angustia sobre mí, acentuando mi interés en el estudio cuidadoso sobre la historia de Puerto Rico, sobre todo la historia económica. Me preocupé por conocer quiénes eran los estudiantes que tenía en clase, de dónde venían y cómo podía vincular las lecturas propuestas con sus experiencias concretas. Desde ese momento comencé a profundizar en la relación de la literatura con la historia, un proceso que me llevó de manera más sistemática a la literatura puertorriqueña.

A partir de ese momento, en los años siguientes, fui haciendo descubrimientos que me produjeron una gran satisfacción. Tuvieron que ver con la superación gradual de mi ignorancia. Descubrí escritores sorprendentes: Eugenio María de Hostos, Alejandro Tapia y Rivera, Ramón Emeterio Betances, Manuel Zeno Gandía, y Salvador Brau en el siglo XIX, así como a Nemesio Canales, Julia de Burgos, Clara Lair, Matos Paoli y Juan Antonio Corretjer. Cuando conocí a José Luis González, como profesor visitante en Cayey, en 1973, nunca olvidaré su invitación a leer Cuentos para fomentar el turismo, de Emilio S. Belaval. “Nuestro mejor libro de cuentos”, me dijo. Nunca dejaré de estarle agradecido.

Debido a esa combinación, novedosa para mí, entre la investigación histórica y la lectura de nuestra literatura, se transformó totalmente mi consciencia y mi escritura. Estuve años haciendo no solamente amplias lecturas, sino investigando procesos históricos diversos. A la experiencia en los archivos le añadí una mayor observación de lo que veía al viajar por la isla y un interés en los relatos de la gente con quienes conversaba. Más tarde me interesó combinar la experiencia de la investigación histórica con la literaria. Con la dinámica de esos tres componentes, investigación de la historia, investigación literaria, y una aguda observación y comunicación social, se transformó mi escritura. De manera que sí, la investigación de la historia, incluyendo la economía, ha determinado la temática y la intención de mi literatura, siempre que también se tenga en cuenta la investigación literaria y una rica intercomunicación social.

Termino con un señalamiento válido en mi experiencia, pero que también he visto en otros escritore(a)s jóvenes. Antes de yo conocer la literatura puertorriqueña, conocí otras tradiciones literarias. Esto lo he visto repetirse. Los escritore(a)s de una misma generación tienden a conocerse y leerse entre ello(a)s. Pero no sucede lo mismo entre lo(a)s escritore(a)s actuales y lo(a)s escritore(a)s del pasado. He discutido esta tendencia, más o menos acentuada, en mis cursos y con otros escritores. Me he aventurado a dar una explicación histórica a este fenómeno. Nuestro desarrollo económico orientado hacia el mercado, siempre se ha dado principalmente volcado hacia el exterior. Esta tendencia se profundizó con el desarrollo del capitalismo agrícola de las primeras décadas del siglo XX y luego con el proceso de industrialización y urbanización de la segunda mitad del siglo. Ya fuese azúcar o productos farmacéuticos, la producción se ha orientado hacia mercados externos. Pienso que la ausencia de un mercado interno, como resultado de un intercambio de una división del trabajo en el interior de la isla conectando sus diferentes actividades productivas, en gran medida nos permite comprender esa tendencia dominante de nuestra cultura de mirar principalmente hacia fuera. No tenemos, ni hemos tenido en el pasado, un tejido social rico de conexiones internas, de intercambios formando una red propia. La subordinación colonial nos ha desarticulado internamente, nos ha desvinculado estructuralmente, inclinando nuestra vida en la dirección de una economía con pocos vínculos internos entre sus actividades productivas.

Este vacío interior, la falta de vínculos y de un tejido de interconexiones a través de un mercado interno, ha sido notada por muchos de nuestros escritores y escritoras. Sin esa rica interconexión interna, se hace mucho más difícil y trabajoso el conocimiento de nuestra historia y de nuestra tradición literaria. Claro, este vacío relativo no nos condena a la esterilidad posiblemente por una razón principal: la economía de Puerto Rico, en particular desde la modernidad, se ha movido con una velocidad muy marcada, desquiciando sus propias formas de desarrollo, haciéndolas envejecer con rapidez, y obligando a su gente a buscar soluciones inevitablemente perecederas para superar una angustia después de otra, en muchas ocasiones abandonando la isla. Entre esa gente viven los artistas con sus diferentes actividades. No hay manera, en esta vorágine, de asentarse en formas duraderas, la innovación se le impone a toda persona que vive con atención. Incluso al que no quiere pensar mucho, el ritmo de la historia y de la cultura lo zarandean sin misericordia. Con el neoliberalismo agresivo que hemos vivido, con la tendencia a mercantilizarlo todo, esta experiencia de lo volátil se ha acentuado y más que de estabilidad la gente vive de crisis en crisis. Ya no podemos separar lo natural de lo social en los desastres llamados huracanes, terremotos, o pandemias. Lo convulso nos arropa y se complica la apropiación intelectual del pasado histórico o literario cuando más falta hace.

 

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