Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD
Quizá la causa del recuerdo sea una lámpara rota o el hecho de que el 2020 va avanzando entre catástrofes y sandeces, confrontando diariamente la imperiosa necesidad de la gente con la patente incapacidad del gobierno y sus instituciones.
En estos días me vino a la mente un tiempo y un espacio. El primero era hacia 1990, el segundo era Santurce en la zona en que quedaba el Hospital Minillas, cerca de donde ahora tiene su sede el Museo de Arte de Puerto Rico. Al igual que cualquier recuerdo, este contiene una fuente de energía que, como toda parcela de memoria, parece regirse por las leyes del caos. Todo recuerdo viene además acompañado por un enigma: ¿por qué este fragmento de pasado ha retornado?
Hacia 1990, es decir hace 30 años, el oculista que visitaba mi familia tenía su oficina en esta área de Santurce. Mis recuerdos de su despacho se remontan a la infancia, incluso a un periodo anterior a mis primeras gafas. Cada vez que acompañaba a mis padres al oculista, significaba una espera mayúscula y no era raro salir y comprobar que ya había anochecido. Sin embargo, ir allí tenía algo de aventura. Santurce despertaba mi atención y seguramente antes de regresar a casa compraríamos sándwiches o comida china.
Hace 30 años mi padre ya era mayor y apenas conducía, así que durante ese periodo más de una vez lo llevé al oculista. Los recuerdos son imposibles de aislar, la fuerza que acarrean se desborda y uno lleva a otro. Entonces mediaba el último cuatrienio de Hernández Colón y se preparaban las celebraciones del Quinto Centenario. Zonas del Viejo San Juan se remozaban, el Pabellón de la Exposición de Sevilla estaría diseñándose. Por esa época también se llevaban a cabo en San Juan y Washington las vistas del Proyecto Young, que fue el último intento más o menos serio de reformulación política del país. Por entonces también la población veía por televisión la segunda investigación senatorial sobre los crímenes del Cerro Maravilla y Juan Manuel García Passalacqua hablaba en la radio y escribía en la prensa sobre la república asociada y lo recuerdo vaticinando que ésta se proclamaría antes de la conmemoración del Quinto Centenario.
A pesar de que ya existían indicios, nadie hablaba de una crisis. El ELA era entonces para sus proponentes una realidad incuestionable. El país estaba lleno de pobres, pero pertenecer a ciertas profesiones equivalía a autos de lujo, casas fastuosas, apartamentos de playa. Fueron los últimos tiempos de ilusión de la colonia.
En las elecciones de 1992 ganaría Pedro Rosselló y a partir de entonces se perdió la inocencia que quedaba. En pocos años desaparecerían las compañías 936 que eran el corazón artificial de una economía dependiente e improductiva y una nueva generación de políticos tomaría las riendas del país. Rondaban entonces los 40 años y muchos de ellos habían crecido en el primer cuarto de siglo de alternancia bipartidista. También muchos se formaron de espaldas al Puerto Rico que comenzaba más allá de sus privilegiados colegios y urbanizaciones. Su mundo era el de la nomenclatura profesional y empresarial del ELA y vivieron aislados del sudor, el ruido y el polvo, convencidos de que tenían vía franca en la sociedad estadounidense y que pensaban en inglés mejor que en español. Cabría preguntar qué verdaderamente cavilaban y sentían de la diversidad de vidas puertorriqueñas que no pertenecían a su círculo. Para ellos éstas no parecieron representar más que sombras imprecisas y siluetas lejanas. No es descabellado imaginar que estuvieran inclinados a la incomprensión y el desprecio. Para ellos referirse al pueblo equivalía a la descripción de algo empobrecido y vulgar que quedaba siempre del otro lado de la calle, que era como decir en un país desconocido.
Esta semana mi lámpara de escritorio se partió donde se unía la pantalla con el brazo que posibilitaba cambiarla de posición. Su ruptura me ha forzado a mirarla por primera en mucho tiempo. Los resortes del brazo y parte de la base están muy oxidados, el obturador está manchado y desgastado por los años de acción de los dedos a la hora de encenderla y apagarla, y en el punto en que se desprendió la pantalla que ahora cuelga del cable, hay un pedazo de plástico tan desgastado que parece podrido. Es posible que haya heredado esta lámpara en la que por décadas no detuve mi atención y no es improbable que este viejo objeto tenga 30 años.
La lámpara rota, con su bombilla colgando del cable, es la imagen de Puerto Rico. Sobre los dos pasaron los últimos 30 años, los mismos que han arruinado calles, avenidas e instituciones.
El ELA se ha convertido en una lámpara rota, imposible de arreglar, destinada a la basura. No la he botado porque por el momento no tengo otra y no quiero quedarme completamente a oscuras. Es similar a lo que ocurre con el país. La lámpara rota es también su retrato. Sobre el escritorio están las partículas de plástico podrido y pulverizado. Todo se convierte en su momento en polvo, incluso las ilusiones y los autoengaños.



