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Cien Horas con Fidel

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para En Rojo

—Un conversatorio para la historia—

Ignacio Ramonet dirige la prestigiosa revista universal “Le Monde Diplomatique”, que se publica desde distintos lugares del mundo en varios idiomas y con diversas concentraciones temáticas. Él y su publicación han sido de los principales promotores de los foros sociales que tanto tan contribuído a despertar la conciencia internacional sobre los mayores problemas que acosan a la humanidad contemporánea y sus posibles soluciones. Por eso, no es extraño que sea él quien haya recogido en un extenso volúmen un conservatorio de “Cien Horas con Fidel”.

Como bien apunta en la introducción de la segunda edición cubana, de septiembre de 2006, el libro “Cien Horas con Fidel, Conversaciones con Ignacio Ramonet”, “pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la historia y la leyenda. Fidel es uno de ellos. Es el último, ‘monstruo sagrado’ de la política internacional.”

Ramonet termina la introducción aludida, fechada en París el 31 de diciembre de 2005, con el siguiente párrafo:

“En el otoño de su vida, movilizado ahora en defensa de la ecología, del medio ambiente, contra la globalización neoliberal y contra la corrupción interna, sigue en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en que cree. Y a las cuales, según parece nada ni nadie le harán renunciar.” 

Ramonet va llevando a su entrevistado desde sus primeros años en Birán, al amparo de un padre gallego de ideas conservadoras y una gran disciplina para el trabajo, y una madre cubana de temple y valor excepcional para enfrentar el peligro en defensa de los suyos. Esa combinación genética —no lo dice Ramonet pero se puede deducir de su relato— fue un factor importante en la formación de Fidel. Así desarrolló, desde la infancia, lo que él llama “el oficio de rebelde”. Y añade: “Por ahí se habla de los ‘rebeldes sin causa’; pero a mí me parece, cuando recuerdo, que yo era un rebelde con muchas causas, y agradezco a la vida haber seguido, a lo largo de todo el tiempo, siendo rebelde. Aun hoy, y tal vez con más razón, porque tengo más ideas, más experiencia, porque he aprendido mucho de mi propia lucha, y comprendo mejor esta tierra en que nacimos y este mundo en que vivimos.” (pág. 120)

El joven guajiro de Birán, hijo de un terrateniente, se había educado en colegios católicos, jesuitas, en Santiago y en La Habana. Por eso, cuando llega a la Universidad, los militantes de la izquierda lo miran con rareza. El no se une a ellos. Pero se va uniendo a luchas de liberación que le despiertan su sentido de solidaridad antillanista y latinoamericanista. Así, por ejemplos, se vincula a la ucha anti-trujillista dominicana, y se le designó presidente del Comité Pro Democracia Dominicana de la FEU. “También me nombraron presidente del Comité Pro Independencia de Puerto Rico. Estamos hablando del año 1947, y ya desde entonces albergaba la idea de la lucha irregular.” (pág. 137)

Añade que sus ideas sobre la guerra irregular, que le llevaron a Cayo Confite con el propósito de internarse con una compañía que dirigía en las montañas dominicanas a luchar contra la tiranía de Trujillo, se materializa finalmente en la Sierra Maestra.

En 1948, Fidel va a Venezuela y a Colombia como parte de un esfuerzo por crear una Federación de Estudiantes Latinoamericanos. Señala que, “entre otras cosas, apoyábamos a los argentinos en su lucha por las Malvinas y también la independencia de Puerto Rico, el derrocamiento de Trujillo, la devolción del Canal de Panamá y la soberanía de las colonias europeas en el hemisferio. Esos eran nuestros programas, mas bien antimperialistas y antidictatoriales, no socialistas todavía.” (pág. 139)

En la capital colombia conoce a Gaetán, el dirigente Liberal asesinado por esos mismos días y se ve dentro del dramático momento del Bogotazo, por pura casualidad. La experiencia vivida se une a las lecturas extensas sobre economía y política queya ha realizado para convertirle, primero, en un socialista utópico, y posteriormente, en Marxista. Son tres las influencias definitorias de su trayectoria revolucionaria ulterior. Él  se las resume a Ramonet en la ética de José Martí (“La ética, como comportamiento esencial, y una riqueza que no tiene límites”); el concepto de lo que es la sociedad humana de Carlos Marx; y “el hecho de que naciera en le campo y fuera hijo, y no nieto, de terratiente.”

Es de mayor importancia su explicación de la infuencia que tuvo en él las lecturas de Marx y Engels: Dice: “De Marx recibimos el concepto de lo que es la sociedad humana; de lo contrario, alguien que no lo haya leído o no se lo hayan explicado, es como si lo situaran en un bosque de noche, sin saber donde están los puntos cardinales. Marx nos mostró lo que era la sociedad y la historia de su desarrollo. Sin Marx, usted no puede encajar ningún argumento que interprete de forma razonable los acontecimientos históricos, cuales son las tendencias y la evolución probable de una humanidad que no ha terminado de evolucionar socialmente.” (págs. 142-43)

Termina este capítulo con una afirmación que reviste mucha importancia para entender la evolución de la estrategia fidelista para la toma del poder, en sus particulares circunstancias:

“Cuando se produce el golpe de estado de Batista en 1952, yo tenía elaborada ya una entrevista para el futuro: lanzar un programa revolucionario y organizar un levantamiento popular. A partir de  aquel momento ya tengo toda la concepción de lucha y las ideas revolucionarias fundamentales, las ideas que están en ‘La Historia me absolverá’. Ya tenía la idea de que era necesaria la toma del poder revolucionariamente. Partía de lo que iba a suceder después de las elecciones del 1ro. de junio de ese año. Nada cambiaría. Volvería a repetirse otra vez la frustración y el desencanto. Y no era posible volver de nuevo por aquellos trillados caminos, que solo conducirían a la nada.” (pág. 144)

Es dentro de esa idea, ya cuajada en su conciencia, que se da el plan de asalto al Moncada, que se recoge en el Capítulo 5 del conservatorio, dentro de su comprensión de que los muchachos que había podido reclutar para su movimiento, “eran ortodoxos, muy antibatistianos, muy sanos, pero no poseían educación política. Tenían instinto de clase, pero no conciencia de clase.” (pág. 147)

Los datos, muchos inéditos, que Fidel aporta en los capítulos 5 y 6 sobre importantes detalles de los preparativos y ejecución del asalto al Moncada, así como de las circunstancias en que se dió el arresto de él y un grupo de los que le acompañan, luego del regreso a la granjita Siboney, son esenciales para entender cómo es que, a veces, la conducta de un adversario, motivada por auténticos sentimientos éticos, puede convertirse en el detalle que salva a una generación de la ignominia. Y en este caso, a Cuba entera para la lucha victoriosa por la libertad y la independencia.

Así, cuando un teniente del ejército batistiano, al mando de una de las patrullas de búsqueda de los atacantes sueltos del Cuartel Moncada, detiene al grupo de cinco combatientes armados, entre los cuales estaba Fidel, dicho teniente ordena tranquilidad a sus soldados, afirmando que “no disparen, las ideas no se matan”.

Dice Fidel en su conversatorio con Ramonet: “Recuerdo a los soldados enfurecidos. Dura minutos esto, qué se yo, 8, 10 minutos. Al sentir los disparos se agitan, aplastan los matorrales, al ir de un lado a otro, y para el suelo. Nos gritaban: ¡Tírense al suelo!. Y digo, ‘Yo no me tiro, no me tiro al suelo. Si quiren mátenme, maténme de pie.’ Desobedecí la órden terminante, y me quedé parado. Entonces, el Teniente Sarría, que marchaba muy cerca de mí, dice en voz baja: ‘Ustedes son muy valientes, muchachos.’

‘Cuando veo el comportamiento de aquel hombre, le comunico, ‘Teniente, yo soy Fidel Castro’. Me responde rápido, ‘No se lo digas a nadie, no lo digas.’ Así que desde ese momento él conocía mi identidad. ¿Sabe lo que hizo? Llegamos a la casa del campesino, muy próxima a la carretera, allí había un camión, me montan en él, era el mismo donde estaban otros soldados con los demás prisioneros. Sienta al chofer al timón, me sienta a mí en el medio y él se coloca a la derecha. Se aproxima entonces en un vehículo el comandante Pérez Chaumont, un asesinto, el jefe de los que habían estado matando prisioneros y le exige al teniente que me entregue.’

“Era el comandante, pero el teniente le dice que no. ‘El prisionero es mío’, que él es quien tiene la responsabilidad y me lleva al Vivac. No pudo el comandante convencerlo, y el teniente se dirige al Vivac. Si me hubiese conducido al Moncada, picadillo habrían hecho de mí, ni un pedacito habría quedado. ¡Imagínese la llegada mía allí! Batista había divulgado a los cuatro vientos el tenebroso infundido de que nosotros habíamos degollado a los soldados enfermos en el hospital. No se sabe cuánta sangre costó esta calumnia.”

Ramonet le pregunta: “¿Usted conoció después a este Teniente Sarría?”

Fidel: “Sí, claro, siguió la guerra y él continuó en el ejército, con muy mala voluntad hacia él por parte del régimen —hasta lo encarcelaron cuando ya nosotros estábamos luchando en la Sierra Maestra— porque era él quien me había capturado e impidió mi asesinato. Desde luego, nadie mas que yo conocía entonces sus célebres frases, que años después conté. Al fin y al cabo fue su patrulla. Imagino el odio que le tendrían.”

“Cuando termina la guerra en 1959, lo ascendimos y lo nombramos capitán ayudante del primer presidente de la República después del triunfo. Desgraciadamente, no vivió muchos años, contrajo una enfermedad maligna, quedó ciego, y murió después aquel hombre de tan excepcional comportamiento. Es de esas cosas que uno las cuenta y no se pueden creer.”

Ramonet: “Le debe usted la vida, evidentemente.”

Fidel: “¡Tres veces, por lo menos!”

En el capítulo 7, Fidel le habla a Ramonet sobre el Che. Indica los detalles de cómo le conoció en México y acerca de su primera entrevista, una noche de julio de 1955. El Che, quien ya era marxista convencido, conoció desde el principio que lo que se organizaba en México por Fidel y sus compañeros era una revolución anti-imperialista y no se vislumbraba todavía una revolución socialista. No obstante, señala Fidel, “esto no fue obstáculo, se suma rápido, se enrola de inmediato.”

“Una sola cosa me dice: ‘Yo lo único que quiero es que cuando triunfe la revolución en Cuba, por razones de estado ustedes no me prohiban ir a la Argentina para luchar por la revolución.”

“¿En su país?”, le pregunta Ramonet.

Fidel: “Sí, en su país. Es lo que me dice. Ya nosotros practicabámos una incipiente pero fuerte política internacionalista. ¿Qué era nuestra conducta en Bogotá, la lucha contra Trujillo, la defensa de la independencia de Puerto Rico, la devolución del Canal a Panamá, los derechos de Argentina sobre las Malvinas y la independencia de las colonias europeas en el Caribe? No éramos unos simples aprendices. El Che confió plenamente en nosotros. Le respondí: ‘De acuerdo’, y no hizo falta hablar más de eso.” 

En el capítulo 8, Fidel explica la llegada del Granma a la playa de las Coloradas el 2 de diciembre de 1956, la avanzada de los guerrilleros hasta Alegría del Pio y todo el proceso, ya bastante conocido, de cómo solo unos pocos sobrevivientes pudieron alcanzar eventualmente la Sierra Maestra para desde allí iniciar la etapa puramente guerrillera de la lucha que condujo a la victoria revolucionaria del primero de enero de 1959. Es fundamental, para comprender la ética fidelista en toda su significación, conocer la explicación que sobre este particular le hace a Ramonet en el siguiente párrafo:

“Ramonet: ¿Utilizaron ustedes el terrorismo, por ejemplo, contra las fuerzas de Batista, o hicieron atentados?”

Fidel: “Ni terrorismo, ni atentados, ni tampoco magnicidio. Usted sabe, éramos contrarios a Batista pero nunca intentamos hacerle un atentado, y habríamos podido hacerlo. Era vulnerable. Era mucho más difícil luchar contra su ejército en las montañas, o intentar tomar una fortaleza que estaba defendida por un regimiento. ¿Cuántos había en la guarnición del Moncada, aquel 26 de julio de 1956? Cerca de mil hombres, o quizás más.”

“Preparar un ataque a Batista y, eliminarlo era diez o veinte veces más fácil, pero nunca lo hicimos. ¿El tiranicidio ha servido alguna vez en la historia para hacer una revolución? Nada cambia en las condiciones objetivas que engendran una tiranía.”

“Los hombres que atacaron el Moncada podían haber liquidado a Batista en su finca o en el camino, como lo fue Trujillo o cualquier otro, y al que murió lo hacen mártir en sus propias filas. La inconveniencia del maglnicidio era un viejo concepto desarrollado por la doctrina revolucionaria hacía mucho tiempo.”

“También se discutió mucho, en el movimiento comunista internacional, si era correcto buscar fondos mediante el asalto a los bancos. En la historia de la Unión Soviética, algunos le imputan a Stalin haber hecho algunos de esos  asaltos. Eso estaba realmente en contradicción con el mas elemental sentido común, tanto la teoría del magnicidio como la teoría de los asaltos para la búsqueda de fondos. Esto último estaba muy desprestigiado en Cuba, país de idiosincrasia burguesa donde las instituciones bancarias eran muy respetadas. No se trataba de una cuestión ética, era sencillamente una cuestión práctica: si ayudabas a la Revolución o al enemigo.”

Sobre el importante tema del socialismo y la religión, Fidel hace unas explicaciones en el conversatorio con Ramonet que revisten gran importancia. Dice Fidel:

“al principio también hubo conflictos entre la Revolución y algunas iglesias, prejuicios que alimentaron antisocialistas por un lado y antireligiosos por otro. El partido adoptó la drástica medida de no admitir creyentes en sus filas. Yo me considero con parte importante de esa responsabilidad, porque lo veíamos como riesgo de un posible conflicto de lealtades, y había muchos católicos, por ejemplo.”

Ramonet: ¿En el seno del partido?

Fidel: No, católicos que eran revolucionarios.

Ramonet: “¿Pero que no podían entrar en el partido?

Fidel: “Se estableció el principio de que los religiosos no podían entrar a las filas del partido. Podían ser creyentes tratados con toda consideración y respeto de acuerdo con su actitud política, pero no ingresar en el partido. Y no crea que costó poco trabajo y años hacer prevalecer el criterio de que era necesario abrir a los creyentes las puertas del partido.”

Ramonet: “¿Usted acabó por defender esa tesis?”

Fidel: “Aunque mi posición era distinta cuando se estableció la exclusión al crearse el Partido, yo casi fui de los primeros defensores de la idea del ingreso de los creyentes. Hace más de treinta años entré en contacto con la Teología de la Liberación. Tuve mi primera reunión con representantes de esa corriente en el año 1971, en Chile. Me encuentro allí con muchos sacerdotes y pastores de diversas denominaciones y me reuní en la Embajada de Cuba con todos ellos. Entonces, después de horas de intercambio, les planteo la idea, que ya viene madurando hacía tiempo, de la unión entre creyentes y no creyentes, es decir, entre marxistas y creyentes en pro de la Revolución.”

Ramonet: “Como decían los sandinistas; Cristialnismo y Revolución, no hay contradicción.”

Fidel: “Nosotros lo dijimos mucho antes, porque la Revolución Sandinista triunfa en 1979, y ya yo adondequiera que iba defendía esa idea: en Chile, cuando visité a Salvador Allende en 1971, y hasta en Jamaica cuando visité a Michael Manley en 1977. Era la política que veníamos aplicando. Casi todas las iglesias de esa corriente fueron muy receptivas. Yo proclamaba que el cambio revolucionario necesario en el hemisferio requería la unión de marxistas y cristianos. Sostuve esas ideas y cada vez la sostengo más.”

“En un momento dado dije: ‘nosotros estamos planteando la unión de marxistas y cristianos, y en el Partido no aplicamos esas ideas, todavía tenemos las viejas. Luchar, incluso, contra prejuicios y creencias surgidas no fue fácil, y hubo que luchar muy duro.”

(Esta reseña, para ser completa en lo fundamental, tiene que ser extensa. Se completará en sucesivas ediciones de “En Rojo”. Llevamos solo diez capítulos reseñados, de un total de 26 que contiene el libro.)

Con independencia del régimen

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

Es momento de inventariar nuestras fuerzas y debilidades mayores como pueblo. Para adelantar objetivos superiores es preciso entender a cabalidad por donde estamos. Enfrentamos uno de los períodos más álgidos de la historia contemporánea. Lo que ocurra en los pocos años venideros con toda probabilidad moldeará el mundo del siglo XXI y quien sabe si de un par de centurias adicionales.

Es importante tomar en cuenta el acontecer nacional (lo que define la realidad puertorriqueña) y al mismo tiempo conocer la inevitable interacción de ésta con la de nuestro contorno inmediato, el Caribe y América Latina y lo que está ocurriendo en Estados Unidos.

En el país se empieza a ver con mayor claridad la debilidad que nos ha producido la fosilización, por la vía del peor burocratismo, de los partidos políticos que manejan el menguado poder electoral que nos permite administrar internamente el régimen colonial prevaleciente. Esto ha impedido que se pudiera usar las elecciones —como pudo hacerse en algunas ocasiones de décadas anteriores— para adelantar metas liberadoras, aunque fueran mínimas. Ninguno de los cuatro partidos que manejaron los pasados comicios pudo usar creativamente el proceso para siquiera adelantar sus propias metas programáticas.

El PNP, fundado y sostenido por los beneficiarios obvios del régimen colonial ya que todo imperio necesita servidores criollos en sus colonias, a los cuales hay que retribuirles sus servicios con holgadas canonjías y privilegios; TENIA el objetivo de adelantar el camino hacia la plena incorporación de Puerto Rico como estado de Estados Unidos. Esa meta, difícil por demás ante la temeraria realidad de que constituimos en Puerto Rico una nación diferenciada sociológicamente, en todos los sentidos, de la nación única que pretende ser Estados Unidos, requiere de sus promotores una sólida unidad de programa y acción, conjugadas en un liderato disciplinado y fuerte. Cada vez lo tiene menos. Es evidente que el partido que ganó las elecciones está tan dividido como el que más en dos facciones irreconciliables: la que se esfuerza por dirigir —con escasa capacidad de liderato— el hoy gobernador Fortuño, y la que surgió al amparo del liderato del Dr. Pedro Rosselló y que en la actualidad levanta sus alas bajo la dirección del Lic. Tomás Rivera Schats, a quien los Rossellistas impusieron como presidente del Senado en este cuatrienio.

Las contradicciones de aspiraciones e intereses entre esos dos bando seguirán ahondándose. Lo anterior no implica que no haya un común denominador entre ellos. Este ya ha empezado a manifestarse en el empeño, rayando en la ridiculez, de borrar en todo lo posible la identidad nacional de los puertorriqueños para hacer más atractiva la idea de anexión de Puerto Rico ante el gobierno y el pueblo de Estados Unidos. A esos  hay que combatirlos, principalmente en la movilización de las masas, como haremos en Mayagüez y la región Oeste ante el empeño de quitarnos los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en los que la región ha hecho ya sus mayores inversiones y esfuerzos, y que —ciertamente— no debemos permitir que salgan con la suya los politiqueros de la anexión incondicional.

Quedan unos sectores muy escasos dentro del anexionismo que han querido revivir la idea de una especie de estadidad confederal, manteniendo el carácter nacional de Puerto Rico, en la esperanza de que el triunfo del concepto multi-étnico de la sociedad norteamericana en que se basó la extraordinaria victoria de Barack Obama represente la apertura a unos Estados Unidos multi-nacionales. No saben, o simulan no conocer, que una cosa es ser multi-étnicos, y acoplarse a esa realidad, tan evidente en Estados Unidos, y otra, muy distinta, es renunciar al concepto federalista de constituir una sola nación “indivisible”.

No cabe duda de que el triunfo fugaz de Fortuño en las elecciones pasadas, resultado de la inocencia del electorado puertorriqueño condicionado por la dependencia y el miedo que ha sembrado en las mentes de las mayorías el régimen colonial, no ha podido darle ni siquiera un corto periodo de tranquilidad a los políticos victoriosos. Ya la lucha empieza a acelerarse en todos los contornos de pueblo. Seguirá acrecentándose. Nuestro pueblo sufre quizás de una inocencia endémica que le mengua  su acción colectiva a corto plaza, pero su voluntad de lucha se ha demostrado siempre en los momentos cruciales de nuestra historia. Prepararnos para liderear al país en uno de esos momentos cruciales —quizás de mayor significación que todos los anteriores— ha de ser el imperativo prioritario que tenemos hoy.

El Partido Popular está acercándose al final de su ciclo histórico. La división evidente que demuestra es entre la gran base puertorriqueñista, adherida a los principios de justicia social que sirvieron de inspiración a sus fundadores para llevarlos a un arranque victorioso en 1940, y la cúpula de políticos de oficio que, con algunas excepciones, lo que prioriza es únicamente mantener sus privilegios económicos y sus menguados rincones de poder. El resultado es patético para éstos. Los que todavía se esfuerzan por salvar a ese partido de la debacle final merecen nuestra simpatía y buenos deseos. Pero no debemos confundir nuestra misión patriótica acomodándonos a tales metas. Los que buscan esos caminos deben aprender de nuestra propia historia. Cada vez que el sector independentista se ha conformado con compartir pequeñas metas electorales con el llamado sector autonomista, ha terminado en uno de dos caminos: o rebelándose y formando su propia agrupación independentista, como hicieron Albizu Campos en los años veinte y treinta y Concepción de Gracia en los cuarenta, salvando al patriotismo de la ignominia; o sucumbiendo al oportunismo y la sumisión colonial, como Barceló en los años veinte y Muñoz Marín en los cuarenta. Ninguno de éstos han logrado sus propósitos liberadores —que los tuvieron— y han llegado al final de sus vidas arrepentidos, ambos, de sus concesiones excesivas al régimen.

Lo anterior no niega la obligación que tiene el independentismo de compartir, tanto con los autonomistas Populares como con los anexionistas que mantienen la defensa de nuestra identidad nacional puertorriqueña, hacia campañas y metas que nos sean comunes en cada momento, siempre que estemos claros que no vamos a sacar al independentismo de la ruta estratégica que nos define como vanguardia del patriotismo y la justicia social en el país. Pero tenemos que olvidarnos, al menos por el momento, de la preocupación electoralista. La crisis del coloniaje en Puerto Rico y en el mundo hay que ayudar ahora a que culmine, antes de cualquier nuevo proceso electoral dentro del colonialismo, en el pleno reconocimiento por parte de Estados Unidos de nuestro derecho a la libre determinación y la independencia, conforme al Derecho Internacional vigente, que no es la distorsión que de éste ha pretendido imponer el imperio de Estados Unidos. Esa es la ruta estratégica del independentismo puertorriqueño, y de ahí la importancia de mantener nuestra denuncia en los foros internacionales del régimen colonial que Estados Unidos mantiene aquí invariablemente. Los autonomistas y los anexionistas que estén de acuerdo con reclamar junto a nosotros esos principios y su plena aplicación al drama político de nuestra patria, tendrán la solidaridad, en tales reclamos, del movimiento independentista en todas sus variantes. Menos de eso no puede ser base de negociación.

El Partido Independentista, que sufrió la peor debacle de su historia en las elecciones del pasado noviembre, hace esfuerzos por recuperar su franquicia. Tienen derecho a hacerlo, pero ya no son, ni remotamente, una agrupación protagónica en la lucha por la independencia, ni creo que lo volverán a ser como colectividad, al menos que opten por unirse al independentismo en general en alguna institución amplia e integradora, que pueda borrar las heridas del pasado entre los grupos y las personas. El derecho a la rehabilitación, en el orden patriótico, no puede negársele a nadie, si hasta a los delincuentes convictos se les reconoce.

Por todo lo anterior, respaldo sin reserva alguna el llamado hecho por el querido amigo y compañero Noel Colón Martínez a la formación de un Congreso Pro Independencia (en secuencia histórica sería el tercer congreso) que pueda reunir al independentismo en general, para desde esa plataforma amplia, y no sectaria, poder promover o respaldar las grandes convergencias puertorriqueñistas y soberanistas que el momento reclama. Cuenta conmigo, Noel, en la limitada medida en que mis menguantes fuerzas me permitan colaborar a este esfuerzo patriótico, que estoy seguro la patria entera terminará respaldando por representar la respuesta más adecuada al reto que nos presenta a los puertorriqueños, de forzar la liquidación aquí de una de las últimas colonias del mundo antes que culmine la segunda década de la descolonización del mundo proclamada por las Naciones Unidas para los años de 2001 al 2010. ¡Adelante, siempre adelante! (Continuará).

Mayagüez, Puerto Rico, a 31 de enero de 2009

Juan Mari Brás

JUAN MARI BRAS

Por Antulio Parrilla Bonilla, SJ, Obispo Titular de Ucres

La historia será mucho más justiciera que la actual generación en aquilatar el liderato de Juan Mari Brás, que ha ejercido en casi tres décadas en la política puertorriqueña. Su personalidad y su patriotismo han dejado hondas huellas impresas, que ya son imborrables, ha trabajado para causar cambios significativos en la colonia, y lo ha logrado. Su liderato no ha sido de tipo caudillista –por más que el caudillismo, por lo menos como se manifiesta en algunos rasgos, no acaba de dejarnos, pese a que se han  hecho grandes progresos-, sino que su quehacer ha sido dentro de un equipo de trabajo, principalmente desde el Movimiento Pro Independencia (MPI) y luego desde el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP).

Si Juan Mari Brás sigue como indiscutido líder dentro de su organización política, ello se debe al consenso general dentro del PSP, desde todos los niveles del Partido, tal como son discutidas y analizadas todas las materias en el PSP. El mismo ha querido retirarse de sus altas posiciones, pero siempre ha encontrado el escollo del consenso democráticamente obtenido, que se le opone e insta que siga en su función protagónica.

¿Qué es lo que contiene el carisma de este líder puertorriqueño? Primero, se sale de serie,  pues siempre dice lo que tiene en su intelecto brillante, lo que siente interiormente; está comprometido con la verdad. Segundo, tiene una gran sencillez en el decir, de modo que todos le entienden, aunque no estén de acuerdo con él. Tercero tiene un extraordinario poder de análisis y de síntesis: sus columnas en CLARIDAD lo dicen casi todas las semanas. Cuarto, nunca hace acusaciones si no está bien documentado, y puede probar lo que dice. Quinto, sus profundas convicciones, su sabiduría, su cultura y rectitud, loasen muy elocuente y tiene una admirable capacidad de persuasión.

Juan Mari Brás tiene otras cualidades que pasan desconocidas para el que lo mira solamente desde su vida pública. Privadamente prefiere escuchar más que hablar; a cualquiera le parecería que es tímido. No es tanto timidez como respeto a las ideas de los demás. Sabe escuchar, no solamente oír: esto es precisamente uno de los factores o elementos imprescindibles de diálogo. A cuno no le da la impresión que él quiere llevar la suya adelante, cuando se barajan las verdades de cada quien. Para llegar a tener esta virtud se requieren otras ya adquiridas, tales como paciencia, humildad (como conocimiento propio –nunca apocamiento- como algunos falsamente entienden), serenidad y cortesía (que no es virtud de sólo los burgueses), paz e integridad.

Juan Mari Brás es siempre noticia: sea por lo que dice o hace, o sea por lo que representa dentro del contexto político puertorriqueño. Tiene enemigos: nada menos que todo el imperio de Estados Unidos y los que en alguna forma y por las razones que sean defienden el status quo o su perpetuación. Pero Juan no es enemigo de nadie, salvo de la injusticia, la explotación, el engaño, la enajenación, la rapacidad, la mentira, el eufemismo, la hipocresía… en fin, todas las principales características del dominio y de la dependencia que invariablemente impone el imperialismo.

Mari Brás ya es más aceptado, sin que ello implique comunión con su ideología, que a nadie él le esconde. La razón de esta aceptación es su empeño en la unidad patriótica puertorriqueña contra el colonialismo. En días recientes se ha ganado en la ONU una batalla decisiva –aunque todavía no la guerra- con la Resolución que este año aprobó el Comité de Descolonización. Este año dicho Comité acordó solicitar del Plenario de la ONU, que discuta el caso colonial puertorriqueño. No entro aquí en pormenores acerca de este triunfo de los puertorriqueño; bastante se ha escrito en la prensa. Muy poco más que hay que decir que sea original. Ahora empieza otra importante ofensiva; lograr que Estados Unidos no impida la discusión de nuestro caso en 1982.

Sin que el Comité de Descolonización deje de entender en el futuro, pase lo que pase en el Plenario con nuestro caso colonial, la lucha en la ONU llegó a un punto culminante gracias  al liderado de Juan Mari Brás. Con esto no pretendo restar méritos ni a los demás líderes puertorriqueños que han luchado en la ONU, mucho menos a los que empezaron a roturar el terreno hace varias décadas en la recién creada ONU; e incluso desde antes de crearse este Cuerpo Internacional. Fue el doctor Pedro Albizu Campos quien rompió el cerco colonial durante los años veinte y treinta, e internacionalizó el caso colonial de Puerto Rico, subsiguientemente, mediante el Partido Nacionalista.

Ahora la lucha en la ONU no es de Juan Mari Brás, de Rubén Berríos y de los nacionalistas: tampoco de los demás líderes, que se cuentan por decenas del independentismo. Ahora la lucha es de todo Puerto Rico. El año 1980 marcó en este sentido un importante hito: el año 1981 produjo un cambio cuantitativo. Tan contundente, que ha puesto al Departamento de Estado a preocuparse… que lo está, y muy significativamente. Se ha golpeado duro el corazón del imperio y se oyen las repercusiones.

Los movimientos de “diálogo” y de “descolonización” que se empiezan a percibirse en la colonia es una de las más claras señales de la contundencia del golpe que se ha dado al imperialismo. El mentado “diálogo” no tiene ni pizca de eso, de diálogo, pues el primer paso en cualquier diálogo formal es sentar las reglas del juego por l os mismos dialogantes, no por quien represente la colonia o llame al diálogo. Además, se puede uno preguntar ¿por qué se excluye de cualquier diálogo políto a Juan Mari Brás? ¿Por qué no tiene Partido? ¿Por qué es minoría? Todas estas razones que se dan son argucias; es Juan Mari Brás quien mejor comprende toda la intríngulis subyacente en toda esta cuestión.

No puede hablarse de descolonización en Puerto Rico sin que se hable de la reciente Resolución del Comité de Descolonización; ni dialogar sin las ricas aportaciones de un político formado precisamente en el diálogo. Por haberse fraguada en las luchas más duras. No hay puertorriqueño ni residente puertorriqueño que se declare abiertamente independentista que no tenga el FBI, en la CIA y en las agencias de espionaje de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Juan Mari Brás logró obtener su récord en el FBI, y hemos descubierto su valía por el ensañamiento con que lo ha acosado.

Si alguno ha tenido que sufrir (lo ha hecho con gran entereza) por ser independentista, por ser socialista y por ser marxista en nuestra patria, es Juan Mari Brás. Es sumamente doloroso pensar que uno de sus hijos fue asesinado como una venganza del FBI, para crearle problemas, para hacerle sufrir, para castigarle en donde más torturante es la aflicción, en sus profundos sentimientos de padre. Duele pensar además que este crimen ha quedado impune, pues el gatillo lo apretó el FBI, no el intermediario irresponsable a quien puso la agencia de espionaje. Tampoco en esta cuestión  pretendo ignorar o empequeñecer la grandeza del resto del liderato independentista,  que por serlo, es también es hostigado continuamente por las fuerzas represivas y de espionaje de Estados Unidos y ha tenido que sufrir cárceles, persecución, difamación, marginación y muerte por sus ideales.

Felicito a Puerto Rico por el triunfo en la ONU y por tener a un líder del calibre de Juan Mari Brás. 

Con independencia del régimen II

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

Ahora, más que en el pasado, es necesario que los independentistas actuemos con independencia del régimen. Lo que está inservible, y listo para echarlo a la basura de la historia, es el régimen colonial que hemos soportado por más de medio milenio. El mundo entero está de acuerdo en la necesidad de darle fin al colonialismo “en todas sus formas y manifestaciones” en todo el planeta, sin más dilación. Hace falta que nuestro pueblo así lo reclame. Cada vez son más los puertorriqueños que se convencen de esa gran necesidad.

Por eso, es necesario promover y hacer efectiva la mayor unidad posible de todo el pueblo puertorriqueño. Los grandes cambios no se dan sin el respaldo de los pueblos. Estemos claros en eso. Pero, al mismo tiempo, estemos claros, en que sin la unidad, o al menos la coordinación, del trabajo y forcejeo de los independentistas no vamos a conseguir que el pueblo se una en un esfuerzo común por la descolonización del país. Para lograr esa unidad mayor, es imprescindible alcanzar la unidad menor, que es la del independentismo. Y para alcanzar esa unidad menor, en la medida en que sea posible, es preciso que todo el independentismo actúe con independencia del régimen. Lo que confunde en sus orientaciones políticas a la mayoría de nuestro pueblo es el acondicionamiento al sistema colonial que ha producido la sumisión al régimen. Los independentistas somos los menos colonizados entre los habitantes del país. Pero eso no implica que no se nos haya infiltrado la colonización en alguna medida. Quinientos años de coloniaje dejan una huella que nos alcanza a todos. Lo maravilloso es que hayamos muchos, en todas las generaciones, que podemos cobrar conciencia de la realidad de que estamos sometidos a un régimen extranjero que nos gobierna sin respeto alguno a la voluntad soberana de nosotros como pueblo. Y más maravilloso aún es que hayamos podido cuajar una nación en la historia, de inconfundible identidad a pesar de haber vivido siempre bajo regímenes coloniales. Esos dos hechos, que nadie puede negar hoy, son los que han salvado a nuestro pueblo de haber sido arrinconados como minorías en su propio espacio, como ocurrió en Hawaii, en Alaska, en Texas y en Nuevo México.

Estamos en el momento propicio para impulsar la gran alianza de los puertorriqueños hacia la completa descolonización del país. Para eso, tenemos que estar claros en varios puntos esenciales.

Primero, el asiento de nuestra nación son las islas habitadas que forman geográficamente a Puerto Rico: la isla mayor, y Vieques y Culebra.

Segundo, los boricuas, no importa donde estén residiendo, son parte de la nación puertorriqueña y tienen derecho a participar en la determinación que hagamos los puertorriqueños para iniciar libremente la redefinición de nuestras relaciones con Estados Unidos.

Tercero, lo anterior no significa que seamos una nación nómada, sin asiento geográfico. Este está muy claramente definido en nuestra ubicación caribeña. Los boricuas residentes en Estados Unidos pueden y deben reclamar sus derechos en las comunidades y el estado, provincial y nacional, en donde hacen sus aportaciones, con su trabajo, a esas comunidades, estados provinciales y estado-nacional, pero tal situación no impide que aporten y contribuyan a rescatar la plena soberanía intervenida en su patria puertorriqueña. Téngase presente que los mexicanos residentes en Estados Unidos no niegan la realidad de que México es una nación diferente a Estados Unidos ni están dispuestos a permitir que ésta sea intervenida por nadie. Lo mismo puede decirse de los polacos, los italianos, o los de cualquier otro origen, residentes en aquel país. No puede ser distinto en el caso de los puertorriqueños.

Cuarto, el ejercicio de la libre determinación es del pueblo puertorriqueño, no del Congreso ni del Presidente ni del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Por eso, el inicio de cualquier proceso dirigido a la redefinición de nuestras relaciones con Estados Unidos es un derecho de los nacionales puertorriqueños y no de los ciudadanos de Estados Unidos, de aquí o de allá.

Quinto, lo anterior es así porque la soberanía de Puerto Rico reside en el pueblo puertorriqueño y no en ningún poder interventor, según lo reconoce el Derecho Internacional vigente, el cual obliga a todos los países y gobiernos del mundo, incluyendo a Estados Unidos. En el caso de dicho país, su propio sistema constitucional así lo reconoce en la llamada cláusula de supremacía de su constitución.  El hecho de que el gobierno de Wáshington mantenga una intervención casi total sobre nuestro país lo convierte en violador del orden internacional proclamado universalmente y así reconocido por su propio estado nacional desde el momento mismo en que proclamó su independencia el 4 de julio de 1776. Los puertorriqueños, y sobre todo los independentistas, no debemos jamás repetir ofuscamiento jurídico de que Estados Unidos ostenta la soberanía sobre Puerto Rico. La realidad jurídica es que suprime, en la práctica el ejercicio pleno de nuestra soberanía por el pueblo, mediante un régimen interventor. Por eso, no hay democracia en Puerto Rico, y es una equivocación decir que aquí vivimos en un sistema democrático.

Sexto, por esas mismas razones, ni el Congreso ni el presidente, ni el Tribunal Supremo de Estados Unidos deben iniciar el proceso de libre determinación de los puertorriqueños sobre nuestro futuro. Ese poder es únicamente del pueblo puertorriqueño. De ahí la importancia de mantener abierto, y abrirlo hasta sus órganos superiores, el foro de Naciones Unidas para ventilar, y fiscalizar, el caso colonial de Puerto Rico en todo momento hasta que cese la intervención indebida de Estados Unidos en nuestro país.

Séptimo, si el Congreso, el presidente o el Tribunal Supremo de Estados Unidos están dispuestos a reconocer el derecho inalienable que tiene Puerto Rico al pleno disfrute de su libre determinación e independencia —que es el que reconoce el Derecho Internacional a todas las naciones del mundo— le daremos la bienvenida a tal reconocimiento. Eso lo deben decidir ellos. No es función nuestra estancar el ejercicio de nuestro derecho y dedicarnos a cabildear por los pasillos congresionales en Wáshington para mendingar tal reconocimiento.

Los puertorriqueños tenemos derecho a esperar que el nuevo presidente de Estados Unidos, y la mayoría Demócrata en ambas cámaras congresionales, rectifiquen la política imperial que han estado aplicando a Puerto Rico por ciento diez años consecutivos. Ahora hay un nuevo gobierno en Wáshington que surgió como decisión del pueblo de Estados Unidos de echar a un lado las políticas torcidas que han llevado a esa nación a lo que podría ser la peor crisis de su historia. Una de las rectificaciones que tienen la obligación de hacer, respondiendo al reclamo de su propio pueblo y de la inmensa mayoría de la humanidad, es sencillamente acatar el Derecho Internacional como norma invariable en todas sus acciones para propiciar la más sana convivencia con todos los pueblos del mundo. Eso incluye el reconocimiento del derecho a la libre determinación y la independencia del pueblo puertorriqueño. 

Octavo, por las mismas razones y la realidad adicional de que los puertorriqueños somos parte del Caribe y la América Latina, más allá del aislamiento político y económico a que nos condena el coloniaje, es un deber de todos los pueblos y gobiernos que forman nuestra América, respaldar en todas las instancias a las que tienen acceso —sin omisiones diplomáticas que tienen el efecto de ayudar a esconder nuestra realidad— el derecho inalienable del pueblo puertorriqueño a la libre determinación y la independencia. Para hacer patente ese derecho, y su respaldo por los pueblos del mundo, es necesario elevar el foro de discusión sobre el caso colonial de Puerto Rico al pleno de la Asamblea General y que allí se ratifiquen tras un debate abierto y profundo las acertadas resoluciones del Comité de Descolonización en torno a nuestro caso colonial. De todo lo demás, nos haremos cargo nosotros. Y nosotros quiere decir el pueblo entero de Puerto Rico.

Noveno, nada de lo que hemos discutido aquí se relaciona en forma alguna con las elecciones y sus resultados que se celebra cada cuatro años en Puerto Rico. No es cuestión de ponernos a discutir una vez más si algún sector del independentismo o de las fuerzas anti-coloniales debe participar o no en dichas elecciones. Lo que manda la realidad inmediata es que atendamos prioritariamente la búsqueda de la mayor fuerza posible en todo el país para hacer valer, aquí y ahora, sin más dilaciones, el ejercicio de nuestros derechos básicos para poder encarar la grave crisis social, económica y política por la que atraviesa el país, y la cuál afecta adversamente a todo nuestro pueblo, más allá de diferencias partidistas e ideológicas.

Es importante que todos tengamos presente que en las elecciones, tanto las pasadas como las que podrían celebrarse bajo el actual régimen, no se está seleccionando a los que nos gobiernan a los puertorriqueños. Estos los selecciona el gobierno de Wáshington, en cuya composición nosotros no participamos por la sencilla razón de que somos una nación diferente a la de ellos. 

Décimo, es importante evitar que nos estanquemos en debates triviales, inconsecuentes e impertinentes, en esta hora histórica que reclama grandes definiciones, sobre las disputas de si el estado libre asociado debe repudiarse o debe ser la base sobre la cuál el sector que lo ha respaldado reclame los poderes soberanos para el mismo que les han sido negados consistentemente por los usurpadores de éstos. Tampoco tiene relevancia alguna detenernos a debatir si la anexión (que aquí sus defensores llaman estadidad) es posible alcanzarla o no. En primer lugar, nuestro pueblo nunca la ha solicitado en los últimos setenta años; y más importante aún, jamás Estados Unidos se la ha ofrecido a los puertorriqueños. Lo cuál indica que se están perdiendo energías en discutir alternativas que, al menos por ahora, resultan ser fantasiosas. Todo lo cuál me lleva a reafirmarme en que la única manea de comenzar a ejercer la libre determinación por parte del pueblo puertorriqueño, por la vía pacífica y no confrontacional, es la de que nos auto-convoquemos como pueblo, en todas sus orientaciones, a una Asamblea Constitucional de Status, como lo ha planteado consecuentemente el Colegio de Abogados de Puerto Rico, con el respaldo de colegiados de todos los sectores ideológicos del país. Es por eso, entre otras razones, que los politiqueros de oficio —que le huyen a ese planteamiento por temor a que si éste se materializa se les termine su festín politiquero,— están tratando de descolegiar a nuestra institución profesional, que es la mayor credibilidad en el país, según todos los sondeos que se han hecho a lo largo de los años.

En cuentas resumidas, por todas las buenas razones que hemos enumerado en éste y el anterior artículo, podemos concluir que la defensa completa de los intereses del pueblo Puertorriqueño nos reclama que definamos una política contra el régimen, fuera o dentro del régimen, pero con independencia del régimen. Eso es lo que propongo que sirva de base al Congreso Pro Independencia que se ha planteado para unir en acciones concretas, ahora, a todos los grupos y personas que integramos al movimiento independentista, de suerte que podamos, a su vez, participar en las campañas específicas que conllevan enfrentar con éxito los graves problemas sociales, económicos y políticos que nos afectan a todos.

Ahora, y en lo adelante, CON INDEPENDENCIA DEL RÉGIMEN.

El nacimiento de CLARIDAD

JUAN MARI BRAS

César Andreu Iglesias y yo llegamos a la Galería Pintadera de Río Piedras tarde en la noche del primero de junio de 1959, muy afanosos por presentar nuestro nuevo producto: un boletín de seis páginas tamaño carta, en papel verde-azul e impreso en un mimeógrafo viejo. Le habíamos puesto por nombre Claridad, en reconocimiento a la sustancia de su contenido. No así a su forma, que se acercaba más a la sombra. 

El boletín se iniciaba, por acuerdo del Comité Organizador del MPI, en tan modestas condiciones, porque César, escarmentado con sus pasadas iniciativas periodísticas y temeroso de nuestro objetivo gigantista, enmendó mi propuesta para que el movimiento iniciara la publicación de un periódico, a los fines de que, al menos en sus comienzos, no pretendiéramos cumplir con los requisitos de producir un periódico, y nos circunscribiéramos a lo único que por el momento podíamos hacer, un pequeño boletín interno de la organización. Así lo acordamos por consenso.

Maura nos regaló un mimeógrafo viejo, pero aún en uso, y nosotros mismos (César y yo) cortamos los estarcidos escribiendo directamente los mismos en una maquinilla Underwood de gratísima recordación. Los titulares los trazó César fungiendo de artista gráfico en el manejo de una plumilla, también directamente sobre el estarcido. No pude ayudar en ese menester por mi temblequera de siempre en la mano derecha.

Sudamos la gota gorda, luego de aprender con muchos dificultades a operar la máquina que —aunque primitivísima si se la compara con las impresoras láser de hoy día —era mucho más complicada en su funcionamiento que las que hoy tiran boletines a colores con la velocidad del rayo. Así pudimos sacar doscientos cincuenta ejemplares de la primera edición de aquel boletín.

Con algunos de ellos en una bolsa, salimos con indescriptible contentura hacia la Galería Pintadera, en la Avenida Ponce de León, allí donde Río Piedras se convierte en Hato Rey. En ella se reunían muchos escritores y artistas boricuas —que empezaban por esos días a organizarse luego de algunos trastornos y pugnas— para una tertulia semanal que les servía para confraternizar y despojarse de las presiones consustanciales a sus trabajos, principalmente en la División de Educación de la Comunidad y el naciente Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Nunca olvidaré la simpática cara de compasión que puso Tony Maldonado cuando alcancé a escuchar a uno de los contertulios que le c comentó al oído con sorna: “¿Ya viste este mamarracho?”, refiriéndose a nuestro boletín, mientras apuntaba con el dedo índice hacia el cabezote del hoy periódico de la nación puertorriqueña. Mi afecto fraternal por Tony ha sido y será siempre de lo más alto desde aquella noche. Fue él quien le dijo a nuestro primer crítico que “lo que César y Juan necesitan es que todos nosotros nos demos a la tarea de montarles el boletín, a partir de la próxima edición”. Así, en un momento pudimos reclutar allí la más amplia gama de los mejores escritores y artistas de Puerto Rico para integrarse a la elaboración de Claridad. El mamarracho inspiró a los artistas a la acción.

El primer año se publicaron veintiuna ediciones del boletín. Del viejo mimeógrafo pasamos a una máquina “offset”, que era por entonces lo más moderno en equipos de publicar pequeños periódicos. Rifamos un automóvil Volkswagen y con el monto de la venta de boletos, menos el precio del vehículo —que nos lo dio a su costo el concesionario para todo Puerto Rico entonces, el licenciado Eladio Rodríguez Otero— pudimos adquirir la pequeña impresora “offset”.

Las ediciones de la número dos a la veintiuno fueron muy desiguales en forma, contenido y periodicidad. La junta de redacción y el grupo de artistas gráficos variaba de edición en edición. Cuando aparecía Rubén Moreira para diseñar, salíamos con un formato muy profesional. Lo mismo ocurría cuando a Lorenzo Homar le daba por hacer caricaturas de Muñoz, Ferré o el obispo McManus, directamente sobre la mesa de emplanaje en la oficinita del segundo piso de la Mueblería La Luz, mientras, al mismo tiempo, mantenía alguna polémica sobre temas muy diversos, con René Marqués o con Millito Díaz Valcárcel. Y, claro está, si Carlos Raquel Rivera venía a estrenar en Claridad algunos de sus grabados más controvertibles —como Huracán del Norte y Elecciones Coloniales— la edición salía echando fuego, con más impacto que una ametralladora.

Las noches de trabajo hasta bien entrada la madrugada en la preparación de Claridad se convirtieron en vívidos conversatorios con participantes de mucha chispa.

Al cumplir su primer año, Claridad tomó el formato de un pequeño periódico y nos limitamos a publicar una edición por mes. Ésta adquirió mayor densidad y número de páginas. Su Junta de Redacción (no había un director) se estabilizó por un tiempo con los siguientes nombres: Lorenzo Homar, Francisco Manrique Cabrera, Norman Pietri, Carlos Raquel Rivera, Antonio Maldonado, César Andreu Iglesias, René Marqués, Francisco Cabrero, Emilio Díaz Valcárcel, Juan Mari Brás, Julio Vives Vázquez y Carlos Osorio.

La edición del primer aniversario tiene tres trabajos en portada. Con titular sobre el cabezote, “Plebiscito a lo Hitler, NO”, en el que se rechaza un anteproyecto de Muñoz Marín para realizar un plebiscito interno (en 1960 no le llaman criollo a los que  no conllevaban compromiso alguno de Wáshington) y se respalda la enmienda propuesta por el legislador independentista Luis Archilla Laugier, para que el mismo fuera supervisado por Naciones Unidas y se efectuara luego de “suspendidas todas las funciones  y autoridad del gobierno norteamericano aquí”. 

Hay una noticia principal de portada una formidable entrevista al escritor ecuatoriano Benjamín Carrión, hecha por nuestro Juan Antonio Corretjer para Prensa Latina, la cual titulamos “Escritor ecuatoriano dice: Coloniaje de Puerto Rico es la herida más honda de nuestra América”. Al fondo de la portada el titular lee así: “Personalidades de todos los sectores independentistas elogian Claridad”. “Es maravilloso que con tan poco espacio puedan hacer tanto”: Concepción de Gracia.

En esa edición del primer aniversario aparece, en la página siete, una reseña titulada “Tras Bastidores con los muchachos de Claridad”, por Emilio Díaz Valcárcel, uno de los escritores pioneros del vocero. Vale la pena reproducir un fragmento del escrito:

“Recordamos las primeras reuniones los martes en la terraza del MPI. César Andreu hacía un planteamiento sereno sobre el tono, tónica, artículo de fondo, y sobre todos los detalles de que cabe hablar en una redacción. A César le corresponde el honor de se uno de los fundadores del periódico. A los que acabábamos de llegar a este tipo de actividad, no nos costaba otro remedio que callar y escuchar para aprender, para luego aplicar los conocimientos adquiridos en la preparación del vocero. Con los muchachos de artes gráficas no había problema. Antonio Maldonado hablaba de las posibilidades de imprimir el próximo número en la imprenta de Fulano de Tal, ‘que es de los nuestros’. Osorio, sin olvidar jamás su nativa Caguas, explicaba la conveniencia de imprimir en un tallercito de Caguas atendido ‘por uno de los buenos’. Carlos Raquel Rivera perdía un poco la paciencia, alegando que los imprimiéramos donde fuera necesario, incluyendo la Conchinchina y concluía: ‘La cosa es que salga siempre y sacuda a los dormíos’. Lorenzo Homar, limpiaba con aparente calma los espejuelos, carraspeaba, nervioso y nervudo, y soltaba una buena perorata sobre la conveniencia de tal tipo de máquina, dicho lo cual o algo parecido, emprendía una meteórica incursión hacia el campo del arte para terminar abriendo fuego contra los abstractos, especialmente contra Pollock. Rubén Moreira, pintor como Maldonado, Osorio, Rivera y Homar, venía siempre muy preparado para las discusiones, disciplina que tal parece Rubén consideraba una de las bellísimas artes. Y no venía solo. Carmen Rosa Vidal y él formaban un bloque difícil de echar abajo por la lenta dinamita de César o por la fogosa andanada de Homar. Mari Brás se retorcía el bigote, observaba uno a uno a los presentes, y luego hacía preguntas: ‘¿No crees, Emilio, que debes hacer una investigación sobre la manera en que afecta la nueva invasión de capital extranjero a nuestra economía?’ ‘¿No cree, Manrique, que debe usted hacer el artículo de fondo para el próximo número?’ Susín se repatingaba en una silla, y con ‘su calma lírica’ (expresión de Belaval) emitía sus expresiones periodísticas y políticas comprometiéndose a ‘hacer algo para el siguiente número’. Los artículos de Gil llegaban echando fuego, pura dinamita. El trotamundos Norman Pietri traía su colaboración, con el corazón puesto en la FUPI. Cabrero, serio y circunspecto, tartamudeaba cuando hablaba de Vieques.”

Cuando Claridad cumplió un cuarto de siglo, escribí en la columna Pulso Caribeño, un artículo titulado “César Andreu Iglesias” en que afirmaba algo que confirmo y que siempre he sostenido: “Nadie contribuyó más, individualmente, a la concepción y fundación de Claridad que César Andreu Iglesias. Lo hizo guiado por una clara idea de la gran envergadura del proyecto que  modestamente iniciábamos, tanto al fundar el Movimiento Pro Independencia como al establecer Claridad como su primer órgano periodístico”. Citaba yo en ese artículo un párrafo de un trabajo escrito por César, mientras residía en la ciudad de Nueva York, titulado “La lucha de independencia en la década del setenta”. Como entiendo que todavía hoy sigue teniendo vigencia, quiero reproducirlo aquí para que forme parte de estas memorias:

“Pero para que la labor efectiva trascienda, se requiere un factor de suma importancia: una prensa propia. Ésta constituye una  de las medidas más claras de la efectividad de la lucha de independencia. Pretender que la prensa enemiga va a dar beligerancia favorable a una lucha revolucionaria efectiva es una ingenuidad. De ahí la conclusión: sin prensa propia que circule, se lea e influya no hay lucha de independencia que verdaderamente se deje sentir: entre los amigos, para reforzar su militancia, y entre los enemigos, para obligarlos a respetar (y a temer) la inminente victoria del pueblo puertorriqueño y el triunfo definitivo de su identidad nacional.”

Concluía mi artículo en el vigésimo quinto aniversario del periódico con el siguiente párrafo:

“Al rendir tributo a uno de los fundadores de Claridad,su primer ideólogo y uno de los más lúcidos intérpretes, el mejor homenaje que los actuales dirigentes de este periódico pueden hacerle a Andreu Iglesias, como a los tantos fundadores ya desaparecidos, es tener muy en cuenta que aún cuando el periódico sea órgano de un partido político, es además el principal órgano periodístico de la lucha de independencia en su conjunto. En ese sentido, ha de vigilar muy cuidadosamente no caer en sectarismos que puedan menguarle su cometido. ‘El sectarismo’, señala César en el trabajo al que he hecho referencia, ‘tiende a encerrar la lucha de independencia en sí misma. Cuando eso ocurre, en vez de pelear hacia fuera, los militantes comienzan a pelear hacia adentro. Como resultado, se pierde la perspectiva de la lucha nacional y los pequeños conflictos asumen proporciones dinosáuricas.”

Claridad es una de esas instituciones del independentismo que se ha ganado el reconocimiento de todo el pueblo puertorriqueño por la perseverancia de su esfuerzo editorial. No pudieron eliminarlo con bombas que colocaban en sus talleres y sus oficinas, ni con las amenazas y agresiones a sus anunciantes, ni con la infiltración esporádica de agentes enemigos para torpedear desde adentro su trabajo, ni con los allanamientos policíacos a su redacción, ni con el intento de acusar y encarcelar a sus redactores, ni las persecuciones a sus distribuidores, ni con los atentados homicidas contra sus funcionarios y colaboradores. Hemos pasado la prueba del tiempo, que es la más importante para acreditarnos como institución primaria de nuestra lucha nacional.

Ese es el espíritu en el que los fundadores del periódico lo echamos a caminar. Así se encauzará hacia el futuro, sin duda. 

Ya Claridad pasó de su cuarenta y cinco aniversario. Es el periódico de mayor duración en el periodismo boricua. Luego de haberse disuelto del Partido Socialista Puertorriqueño, pasó por una serie de transiciones hasta parar finalmente —espero que por un buen trecho histórico— a la dirección de un grupo de independentistas, la mayor parte de los cuales no están afiliados a organización alguna, que realizan en Claridad su aportación a esta lucha incesante por la liberación patria.

Yo pasé por la dirección del periódico en seis ocasiones diferentes. La duración de esas direcciones, siempre interinas en el propósito y casi siempre como resultado de alguna crisis interna, o en el movimiento y el partido, o en el propio periódico, o ambos, varió entre algunas semanas y varios años. Ahora me limito a ser colaborador y  apuntador crítico en las reuniones a que acudo, que no son muchas. Me designan en el colofón, junto a César Andreu Iglesias  Ramón Arbona Martínez, ya difuntos, como director-fundador. Fue una manera no muy disimulada de dejarme entre los muertos. Pero como yo no acepto cargos cosméticos, les dije que escribiría “la esquina del director-fundador” cada vez que lo creyera necesario, y sin autoridad de censura o edición por los directores circunstanciales. Hasta ahora, se han cumplido esas normas.