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Crucigrama: Marta Aponte Alsina

Horizontales

1. 22 de _____ de 1945; nacimiento de Marta Aponte Alsina, escritora puertorriqueña.

6. _____ de Otero; poeta natural de Bilbao. Autor de Pido la paz y la palabra.

8. Nasa.

10. La casa de la _____ y otros relatos (2001); libro de Aponte premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

13. De la doncella que resucitó en el cuerpo de _____ enemigo (1999); ensayo de Aponte.

14. Angélica _____ (1994); novela de Aponte.

17. Cuarta nota musical.

18. Cerque, rodee un lugar para apoderarse de él.

20. _____ Aponte Alsina; autora de El fantasma de las cosas, El cuarto Rey Mago, En torno al ancho mar de los Sargazos y Sobre mi cadáver.

23. Juntó.

24. _____ sueño; novela de Aponte. Premio Nacional de Novela, 2007 otorgado por el PEN Club de Puerto Rico.

26. Pasar la vista por lo escrito.

27. Lo contrario al bien.

28. _____ instituciones culturales puertorriqueñas del siglo XIX (1995); ensayo de Aponte.

29. Cuerpo de agua.

30. Emperador ruso.

31. Caminos de _____ sorpresa: Cartografía del Caribe (2009); ensayo de Aponte.

33. Antorcha.

35. Antes de Cristo.

36. Marta _____ Alsina; autora de Notas para un estudio ideológico de las novelas de Manuel Zeno Gandía, El enigma resistente, De la doncella que resucitó en el cuerpo de su enemigo, Fúgate y Vampiresas.

37. _____ (2005); libro relatos de Aponte.

41. _____ (2004); novela de Aponte.

44. Del verbo ir.

45. Ente.

46. Artículo neutro.

47. _____; ciudad natal de Aponte.

Verticales

1. _____ para un estudio ideológico de las novelas de Manuel Zeno Gandía; ensayo de Aponte premiado por la revista Sin Nombre.

2. Sobrepasé.

3. Sitio donde abunda la enea.

4. El fantasma _____ las cosas (2010); novela de Aponte.

5. Marta Aponte _____; autora de Dos instituciones culturales puertorriqueñas del siglo XIX, Angélica furiosa, Caminos de la sorpresa: Cartografía del Caribe y Sexto sueño.

7. Ave rapaz nocturna, parecida a la lechuza.

8. Símbolo del rutenio.

9. _____ Hemingway; escritor estadounidense autor de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas.

11. Del verbo ofrecer.

12. Rebusca.

14. Virtud teologal.

15. Molusco marino del orden Ostreoida.

16. Ante Meridiano.

18. Hundía.

19. Satélite del planeta Júpiter descubierto por Galileo.

21. Símbolo del aluminio.

22. Estimule a las bestias para que echen a andar.

24. Preposición.

25. Escuché.

32. Caminado.

34. _____ enigma resistente (2010); ensayos de Aponte sobre las novelas policiales de Muna Lee y Maurice Guinness.

35. Octavo mes.

38. Tersa, llana.

39. Miraré.

40. En torno al ancho _____ de los Sargazos (2003); ensayo de Aponte.

41. Despreciable.

42. El cuarto _____ Mago (1996); novela de Aponte.

43. Sobre _____ cadáver (2010); ensayo de Aponte.

Michel Foucault Filosofía y Práctica

“Every thought is a discontinuous thinking”.

G. Canguilhem

Que solos se quedan los vivos. Esa es la sensación que suscitó la muerte prematura de Michel Foucault en 1984, apenas 57 años de intensa labor intelectual y política. Lo recordamos porque se solidarizó con las oprimidas y los oprimidos del mundo. Nos enseñó que el poder construye discursos que desmovilizan a la gente. Aprendimos a reconocer palabras tendenciosas que inculcan la idea falsa de que la injusticia corresponde a un orden inmutable. Somos, reitera en sus inolvidables libros, objetos de un complejo y difuso entramado de poder, que, paradójicamente, suscita resistencia.

“Michel Foucault es”, dijo Pierre Mauroy, primer ministro de Francia, “uno de los grandes filósofos franceses contemporáneos”. Toni Negri expresó que Foucault posibilitó “una nueva manera de actuar políticamente”. Historiador y filósofo, se le reconoce como una de las voces más lúcidas, comprometidas y controversiales de la posguerra del siglo XX. Al fallecer el pensador, un grupo de intelectuales de diversas partes del mundo se preguntó en una columna publicada en el diario parisino Le Monde: “¿Dónde están los Michel Foucault del mundo?”

Rememorando a Foucault, deseo destacar algunos temas medulares de forma muy esquemática.

Arqueología y Discontinuidad

Michel Foucault invita a revisitar la historia en busca de rupturas y discontinuidades. Su visión contraviene la idea tradicional de que la historia consiste en superficies continuas tersas, una sucesión lineal y homogénea de eventos. Debemos explorar, dice el filósofo, no las unidades totalizantes de tiempo sino las fracturas, las divisiones que surgen de contingencias inherentes al momento histórico. Es decir, por ejemplo, que, si Luis XVI hubiese convocado a los Estados Generales con alguna frecuencia y tomado en consideración los intereses de la burguesía, los discursos de Robespierre no hubiesen sido influyentes. El debilitamiento del feudalismo y el creciente poder político y económico de la burguesía fueron circunstancias históricas que propiciaron el papel protagónico del líder revolucionario.

Para su proyecto arqueológico, Foucault enfoca las interacciones y las transformaciones que reflejan los discursos. Lo que implica es provocador: no es la historia lo que cambia, sino las maneras de pensar. De hecho, en su Arqueología del saber, le adjudica a la historia de las ideas haber evolucionado de la linealidad del tiempo al “fenómeno de ruptura, de discontinuidad” (5). Se trata, dice el pensador, “de detectar la incidencia de interrupciones” (4).

Aun así, contrasta su método con el de la historia de las ideas y concluye que su proceso de análisis soslaya generalizaciones y continuidades preconcebidas mediante una mirada concreta y específica para develar las diferencias y las asimetrías del discurso. Foucault expone que existe una actividad que le diferencia de otras maneras de examinar la historia: cuestionar el documento. Este paso conlleva cuatro diferencias: se cuestionan ideas recibidas a priori que conforman la historia. Segundo, la discontinuidad se convierte en categoría de cuestionamiento crucial. Tercero, colapsa la idea de una “historia total”. En su lugar prevalece la idea de una “historia general”, reconociendo el carácter imaginario de las continuidades. Y cuarto, la metodología historiográfica encara complejidades que había logrado eludir con éxito con respecto a delimitar documentos y establecer límites a la hora de examinar grupos, regiones o periodos.

La microfísica del poder

En el imaginario popular, el poder procede de “arriba”; se le asocia con un individuo que acciona sus efectos sobre personas jerárquicamente inferiores. Constituye una expresión de potestad. En realidad, dice Foucault, el poder proviene de todas partes. Descentrado, representa una relación de fuerzas. Los actos constituyen su dinámica; un ejercicio que establece puntos de partida y fronteras; impone posibilidades de pensamiento. Devela las ideas que son socialmente aceptables. Los dispositivos del poder, como los llama Foucault, constituyen el andamiaje que se usa para controlar, delimitar y vigilar al individuo y al grupo. Dado su carácter “capilar”, los mecanismos del poder inciden sobre el cuerpo, las ideologías, los discursos y las actitudes de cada ser humano. Se dejan sentir sobre la cotidianidad de la gente.

Según Foucault, estos forman “un conjunto heterogéneo que consiste en discursos, instituciones, formas arquitectónicas, decisiones regulatorias, medidas administrativas y enunciados científicos, entre otros”.

Foucault no mostró mucho interés en los feminismos. Sin embargo, pensadoras, como Judith Butler y Gloria Anzaldúa, entre otras, se han apropiado de sus ideas para interrogar a la sociedad sobre las subjetividades de género y sexuales, el biopoder y el neoliberalismo.

Disciplina

Foucault pasa revista sobre la evolución de las políticas carcelarias y las maneras en que la sociedad lidia con los transgresores de la ley. Argumenta que la “humanización” de los confinados, libres de torturas o muerte (por supuesto, no en Estados Unidos) supone también el desarrollo de protocolos de control más efectivos: “castigar menos, tal vez, pero castigar mejor”. Más aún, le parece que las reglas que se establecieron para controlar a las personas encarceladas constituyeron una especie de laboratorio, cuya experiencia presenta maneras de vigilar y de intervenir a otros grupos de individuos en otros espacios sociales, desde los hospitales hasta las escuelas. Reconoce, no obstante, que se implementaron elementos auténticos de reforma.

Este académico enfoca al cuerpo humano como elemento medular de análisis. La “humanización” de la política carcelaria resultó en estrategias de “pacificación” del cuerpo, en la “creación” de cuerpos dóciles. Su racionalización integra diversos saberes que incluyen elementos jurídicos y científicos. Mediante la ciencia, la psiquiatría científica, por ejemplo, se trata de explicar las conductas antisociales de los individuos; se construyen un sujeto criminal y las categorías que permiten encasillarlos acorde con su grado de peligrosidad.

Sexualidad

Los saberes sobre la sexualidad discurren paralelos con los aparatos de poder de la sociedad moderna. Su afinidad parte del hecho de que ambos convierten la sexualidad (al igual que el crimen) en un objeto de las ciencias que produce, simultáneamente, saber y autoridad. No solo ciertas personas acceden a las interioridades de la vida sexual de los individuos, como, por ejemplo, los ginecólogos y los urólogos, sino que además imponen normas de conducta sexual bajo el manto autorizador de la ciencia.

En ese sentido, Foucault considera que la sexualidad moderna se ha secularizado. Ya no confesamos nuestras indiscreciones o deseos al sacerdote. Se los revelamos al médico o al psicólogo. La pregunta es: ¿Cómo logran estos gendarmes de nuestra sexualidad acceder a lo inconfesable? ¿Cómo se transforma un discurso personal en objeto de discurso e investigación científica? En su opinión, se nos induce a confesar mediante prácticas y espacios que reconstituyen actividades sexuales en objeto científico mediante representaciones de la sexualidad como causante de males físicos y emocionales, subrayando, “los peligros sin límite” que conlleva; mediante extracción de verdades que el sujeto esconde al confesor secular como a sí mismo. Se interpreta la confesión del individuo desde una presunta óptica de objetividad y cientificidad, trayendo a la luz lo que la persona no puede ver sobre sí mismo; y mediante la medicalización de los efectos de la crisis que puede haber provocado la sexualidad. Recuérdese, por ejemplo, las intervenciones médicas y terapéuticas que tuvieron lugar para “curar” al afamado golfista Tiger Wood de su “adicción al sexo”, confesión que tuvo al mundo como audiencia.

Estética de la existencia

Tal vez movido por sus dificultades de salud, Foucault propone una “estética de la existencia”, parámetro de un yo que construye una vida hermosa y placentera. Examina cómo el yo arma su percepción de sí mismo y las prácticas que lleva a cabo para transformar su manera de ser. Propone una reapropiación del yo desde una perspectiva ética de libertad y responsabilidad. Debemos, dice, amasar la arcilla del yo como si fuese una obra de arte. Esta estética revolucionaria examina “las prácticas mediante las cuales los individuos [usando] sus propios recursos o con la ayuda de otras personas, actúan sobre sus propios cuerpos, pensamientos, y manera de ser para transformarse a sí mismos…”

Sus libros, dice el intelectual palestino Edward Said, conmueve a todo el que los lee. Aun los que disienten, pueden sentir el tono urgente, su preocupación por el otro marginado, confinado. Y es que, subraya Foucault, “la promesa de la Ilustración de acceder a la libertad mediante el ejercicio de la razón ha resultado en una dominación por la razón misma…”

Mauroy, al lamentar su deceso, expresó que ‘’Este gran investigador fue además un maestro, cuyas lecciones trascendieron por mucho las fronteras nacionales de nuestro país.”

Este es el texto de una ponencia leída en el simposio “La teoría desde el Caribe”, celebrado en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, el 20 de octubre de 2018.

Los libros más terribles: Manuel Ramos Otero

«Los libros más terribles se han vuelto inútil polvo”: de ese modo el escritor puertorriqueño Manuel Ramos Otero (1948-1990) cifraba una moral poética. Se trata de una moral del fracaso que se resiste a traducirse en gesto mercadeable. De modo emblemático, la concisa oración devela el centro oculto de una poética que apenas comenzamos a entrever. Entre esa poética y nosotros la muerte es una página escribiéndose, un hilillo de sangre trazando lentamente los signos de una obra que vendrá. “Los huesos se organizan debajo de la tierra / para emprender el vuelo de los fuegos”: la honestidad de Manuel Ramos Otero quema. Su moral del fracaso no deja de golpearnos, procurando un ardiente rubor, dejando al descubierto las flaquezas y los prejuicios más brutales que nos definen, delatando el carácter vacuo de nuestra celebración tardía en torno al “poema prohibido que nunca escribirá”. Acaso porque ya lo escribió, y aún no lo reconocemos.

Igual que la Marina Arzola figurada en EL LIBRO DE LA MUERTE, “ya conoce la muerte de antemano”. Habría que cuidarse de no disipar esa intimidad con la muerte, esa pulsión que desestabiliza los relatos henchidos de corrección política que promueven los protocolos de lectura de la academia contemporánea. Las palabras del muerto son presa fácil de las agendas de una crítica cautiva de sus buenas intenciones. Pero Ramos Otero constantemente nos obliga a desplazarnos, a no descansar en las respuestas prefabricadas que una poderosa industria cultural transforma en mercancía. A ese poderoso aparato que lo convierte todo en valor de cambio, el poeta Manuel Ramos Otero opone la palabra insobornable, aquélla que sin trabas afirma: “el público es la muerte”.

Ningún testimonio poético había abierto una herida tan profunda en la literatura y la cultura puertorriqueña como el de Manuel Ramos Otero. Se trata de una herida que no sanará. Casi tres décadas después de su muerte, comenzamos a divisar en su obra las señas de un quehacer que, aparentemente, nos reúne. ¿Pero de qué modo? ¿Cómo una obra tan explosiva puede llegar a constituir un lugar de encuentro? Seguramente el poeta habría desconfiado de nuestra celebración –de ese intento nuestro de sutura– y no habría encontrado en ella un motivo para la buena conciencia. Sin reparos habría afirmado: “estamos los hermanos reunidos y sigo estando ausente”. Porque entre los nuestros, hay que recordarlo, Manuel Ramos Otero es otro gran ausente.

“Exilados al sol, / el público es la muerte”: el exilio había trabajado en Manuel esa noción ominosa de la ausencia. Como tantos poetas desde el Romanticismo, sabía que su exilio no comenzó en 1968, cuando tuvo que irse de una isla que jamás cesó de soñar, sino el mismo día en que emergió del vientre materno: “he nacido con la luna de mi madre en la cara / para que baile la danza de su esfera, / mi noche es un sobaco oloroso / para que nunca olvide la esencia de su espíritu”. Para él, como para el melancólico José Lezama Lima de las CARTAS A ELOÍSA, la ausencia había adquirido el espesor de una categoría filosófica, la fuerza irradiadora de una moral poética. Para ambos, esa ausencia se había convertido precisamente en la condición de posibilidad, no sólo de la escritura, sino de la vida misma. Una escritura y una vida que no dejaron ni un instante de mirar hacia el abismo, buscando en él una respuesta que nunca aparecía. Seguir con su paso en el abismo, como el mitológico mulo de Lezama, fue una de las lecciones de Ramos Otero. Para él, como para su amado Borges, “esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.” En la exigencia difícil de esa mirada se sostuvo. Suspendido en ese hueco terrible levantó su obra, por lo que todo intento nuestro por anclarla según determinada lógica del sentido atenta contra las condiciones brutales de su producción. Comprender, como recuerda Jacques Derrida en POLÍTICAS DE LA AMISTAD, también significa neutralizar. ¿Cómo acercarse a la obra de Manuel Ramos Otero sin neutralizar su diferencia?

“Los libros más terribles se han vuelto inútil polvo”: lo afirma Manuel en uno de los poderosos epitafios de EL LIBRO DE LA MUERTE, justamente el que dedica a Lezama Lima. No hay duda de que los suyos son libros terribles, no tan sólo por haber puesto en evidencia, con una honestidad sin precedentes en nuestras letras, la hondura de un deseo sistemáticamente negado por una cultura intolerante, patriarcal y homofóbica. Lo que hace aún más terribles los libros de Manuel Ramos Otero es el hecho de que él nunca asumiera una postura rígida, segura de sí, transparente y asequible a la primera mirada. Sus textos siempre exigen una segunda mirada. Su voz poética se niega sistemáticamente a ocupar tanto los lugares de lo declamatorio, lo apologético y lo traumático, así como la posición de un supuesto saber. Su obra no acata nuestra voluntad de saber; al instante se rebela, nos devuelve la mirada, desestabilizando ese lugar seguro desde el que pretendíamos descifrarla. Terribles en tanto difíciles, los libros de Ramos Otero no quieren dejar de someter al lector a las exigencias de esa dificultad.

La voz poética de Ramos Otero no se deja leer tan fácilmente, no se entrega a las costumbres abúlicas del lector perezoso. Justo cuando creemos comprenderlo, se nos escapa: “El que viene vendrá / del feto de neón la danza solará / y nunca la certeza / de una balsa en el río / ni la sabiduría del borracho / italiano que nunca olvidará / será el fuego funéreo de la orilla.” Versos como éstos semejan un cuerpo camaleónico en plena metamorfosis. ¿En qué orilla detenernos, en una estrofa como ésta, para comenzar a dar cuenta del supuesto sentido que ella oculta? Allí donde una frase parece culminar se impone otra, por lo que el orden sintáctico y semántico se vuelve a cada paso provisorio. Según avanzamos en la estrofa, ésta se va abriendo a nuevas posibilidades de significación; según avanzamos en la estrofa, el lenguaje va desatando una violencia sobre el orden de su propia sucesión, delatando como falsa la ilusión de que estábamos a punto de llegar al reino de la cordura, a la clausura de la frase, al orden del sentido.

La poesía de Ramos Otero produce un perpetuo travestismo de la frase, que siempre está en camino de ser otra: “Como todas las mujeres de nuestra raza / al salir del mar y de la noche he sido madre / de mi propio sacrificio”. Esa voz prolifera mediante una constante figuración de su disolución. El poema mismo funciona muchas veces como trabajo de duelo de quien lo enuncia, de sepelio carnavalesco de la persona –de la máscara– que lo dice. Pero a pesar de ese carácter teatral en el que parecería disolverse toda posibilidad de que identifiquemos una figura rectora, a veces la fuerza de una voz se superpone a las otras, y nos advierte que todo sucede “sin que nadie sospeche en el sepelio / la malacostumbrada soledad”. ¿Soledad de quién? Justamente del muerto (“el increíble”, diría Borges), aquel que preveía que tras su partida los sobrevivientes se repartirían los jirones de su voz, dotándola de una certeza en la que él jamás se reconocería: “Para llegarse el tiempo tienen que retornar los muertos. / Los queridos amigos del infierno tienen que amar el fuego / como nosotros conocemos los colores absurdos de la soledad.” ¿Cómo estar a la altura de tales exigencias?

No es casual que los dos poemarios de Manuel Ramos Otero se organicen en torno a la escena de la muerte. En esa insistencia, en ese sondeo sostenido de la fuga que caracterizan EL LIBRO DE LA MUERTE e INVITACIÓN AL POLVO, se reconoce la huella de una tradición luctuosa hasta ahora poco comentada en tanto tradición: la de Luis Palés Matos y Julia de Burgos. Se trata, sobre todo, de una forma de concurrencia poética en torno al motivo muy antiguo y muy moderno del deseo perpetuamente herido por su antípoda: el reposo. “Fuegos fúnebres”, incandescencia en el umbral de la quietud, vibración del arco tenso a punto de perderse en el silencio. “Del ángel, la caída de las alas”, aquello que Julia de Burgos intentaba nombrar en su memorable “algo lento de sombra me golpea”. Manuel Ramos Otero lo enuncia del siguiente modo en el segundo poema de EL LIBRO DE LA MUERTE: “Me amará / desde lejos / me llamará / a la hora del suicidio / me dirá que me espera / cuando cierran los blancos / hospitales.” Esa “hora del suicidio”, anticipación de lo fatal que se repite una y otra vez en EL LIBRO DE LA MUERTE, evoca el último ciclo poético de Luis Palés Matos, en el que el sujeto lírico dibujaba la tensión a punto de romperse de un deseo que verificaba su poder en la inminencia misma del final. “El llamado” de Palés es su formulación más clara: “Me llaman desde allá… / larga voz de hoja seca, / mano fugaz de nube / que en el aire de otoño se dispersa. / Por arriba el llamado / tira de mí con tenue hilo de estrella, / abajo, el agua en tránsito, / con sollozo de espuma entre la niebla. / Ha tiempo oigo las voces / y descubro las señas.” En el poema “El llamado”, Palés intentaba conjurar ese poder de lo negativo que ejerce presión sobre el deseo con un apóstrofe que busca otorgarle rostro a la muerte, delimitarla en la figura de un “tú” capaz de responder y otorgar: “¡Déjeme tu implacable poderío / una hora, un minuto más con ella!”

Esa escena del llamado de la muerte y del duro deseo de durar en el deseo fue también lo que le dio su tono característico a la poesía de Julia de Burgos. Ella develaba la cara inversa de la escena palesiana al concebir la muerte como la forma más efectiva de durar en el deseo, de no comprometerlo: “¿Qué es lo que esperan? ¿No me llaman? / ¿Me han olvidado entre las yerbas, / mis camaradas más sencillos, / todos los muertos de la tierra? […] / ¡Dadme mi número! No quiero / que hasta el amor se me desprenda… / (Unido sueño que me sigue / como a mis pasos va la huella.)” Se trata, en cierto modo, del momento del memento, de la conmemoración de vivos y muertos, repetido una y otra vez a lo largo de la historia literaria. Han variado, sin duda, las nociones mismas de la vida y de la muerte, pero perdura la tensión del tránsito, objetivada en la imagen acústica del llamado inaplazable. Estamos ante la escena fundadora de la palabra misma. Porque qué es el lenguaje sino la evidencia más rica y terrible de que todo movimiento no es sino preludio de su negación, del reposo. En otro de los poemas de EL LIBRO DE LA MUERTE lo dice Ramos Otero, dejándonos ver la dialéctica que rige el acto de enunciación: “Estoy a un año exacto de mi primera muerte / y el dragón de papel anda suelto en la calle. / No hay una sola nube en la escalera / no hay una sola lámpara en la ausencia. / El sol es tan intenso que incinera / la máscara himalaya de la espera.” El dragón de papel, aquél que la mano que escribe ha engendrado al precio de perderlo, de dejarlo suelto en la calle, no puede suturar las heridas terribles que son la ausencia y la espera. La obra no compensa el principio de pérdida que la engendra.

El eslabón y la cadena

Esas nueve personas en torno a un féretro en el cementerio de Highgate en Londres están despidiendo a Karl Marx. De esos nueve, sólo uno no es ni comunista ni familiar del difunto: su nombre es Edwin Ray Lankester, es biólogo y discípulo de Darwin, pero no está ahí en representación de su maestro sino por iniciativa propia, y esa iniciativa no tiene relación con sus ideas políticas: Lankester ni comulga con el ideario marxista ni adscribe a las palabras hoy famosas de Friedrich Engels frente al féretro de su amigo: “Así como Darwin descubrió la ley de la evolución en la naturaleza, Marx descubrió la ley de la evolución en la historia”.

Aunque no se trataron ni se conocieron en persona, Marx y Darwin vivieron a sólo unos kilómetros de distancia uno del otro en Inglaterra durante buena parte de sus vidas, tenían varios conocidos comunes (además del mencionado Lankester), los dos escandalizaron a su época, cada uno a su manera, y entre los papeles privados de Marx apareció años después una nota de Darwin agradeciendo el ejemplar del primer tomo de Das Kapital en su edición alemana.

La relación entre el padre del evolucionismo y el padre del comunismo terminó de fraguar en 1937, cuando Isaiah Berlin tiró una bomba con su muy citado primer libro Karl Marx, su vida y su entorno. Según ese libro, Marx quiso dedicarle El Capital a Darwin y éste le contestó por carta que valoraba el gesto pero “preferiría que el volumen no estuviese dedicado a mi persona”. La carta de Darwin continuaba: “Aun así le agradezco el honor de enviarme su libro. Aunque nuestros estudios han sido tan diferentes, pienso que ambos deseamos la ampliación del conocimiento y así contribuir a largo plazo a la felicidad de la humanidad”.

Según el libro de Berlin, en otra parte de la carta podía entreverse el motivo que llevaba a Darwin a rechazar la dedicatoria: “La argumentación directa contra el teísmo en general y contra el cristianismo en particular rara vez cumple el efecto que se propone sobre el público. La mejor manera de promover la libertad de pensamiento es mediante la iluminación gradual de las mentes a través de los avances de la ciencia”. Berlin veía ahí una alusión sutil pero inequívoca de Darwin a la archiconocida frase de Marx: “La religión es el opio de los pueblos”.

Pero he aquí que Darwin casi no sabía alemán, el ejemplar de El Capital hallado en su biblioteca sólo tenía cortadas las hojas hasta la página 105 (las restantes ochocientas, incluyendo el índice, no fueron ni siquiera hojeadas) y la famosa frase de Marx sobre la religión no está en El Capital sino en su Contribución a una Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Por si todo eso fuera poco, Marx sólo admiró muy brevemente a Darwin: poco después de leer El origen de las especies, descubrió la obra de un francés llamado Tremaux y le escribió entusiasmado a Engels que ese tipo iba mucho más allá que Darwin (Engels, que sabía bastante más de ciencias naturales que Marx, le hizo ver que el francés era un chanta). Pero, como Isaiah Berlin fue una de esas luminarias que parecen saberlo todo del tema que traten, el equívoco se mantuvo durante medio siglo: hasta los biógrafos de Marx y de Darwin lo repitieron como loros o lo deformaron aún más: el ensayista ultraconservador Paul Johnson aseguraba que lo que Marx le propuso a Darwin por carta era literalmente un pacto conjunto con el diablo, que éste educadamente rechazó “como el caballero que era”.

Hasta el fin de su vida Berlin se asombró, con el histrionismo que lo caracterizaba, de que siguiera reeditándose su librito sobre Marx (que aceptó escribir recién salido de la universidad y sin saber demasiado de marxismo), pero se murió sin saber la magnitud de la gafe que había cometido. Además de no haber leído de El Capital (como él mismo confesó: “A Marx le hacemos el honor de atacarlo pero no de leerlo”), Berlin citó en su libro dos cartas distintas de Darwin como si fueran una sola. Lo hizo involuntariamente, por supuesto (era joven, era su primer libro). Pero tuvo la mala suerte de que una de esas dos cartas de Darwin no estaba dirigida a Marx.

La historia es así: en 1895, a la muerte de Engels, Eleanor Marx recibió las cartas y manuscritos de su padre y continuó la tarea de ordenarlos con ayuda de su amante, Edward Aveling. Este había escrito en 1880 un librito de divulgación sobre el evolucionismo (The Student’s Darwin), que quiso dedicarle, pero Darwin se opuso, educada y firmemente. Esa carta (escuetamente encabezada “Dear Sir” y sin ninguna mención explícita al libro en cuestión) fue traspapelada por Aveling y quedó anónimamente en el Archivo Marx, hasta que Berlin la descubrió en 1937.

Desactivado el equívoco generado por la dedicatoria, quedaba todavía un eslabón perdido en la relación entre Marx y Darwin: ¿qué hacía en el entierro aquel joven biólogo inglés, el único de los nueve asistentes que no era ni familiar de Marx ni comunista? Edwin Ray Lankester era, el año en que enterraron a Marx, el principal discípulo de Darwin y ya tenía renombre como biólogo a pesar de su juventud. Llegaría a ser titular de la cátedra de Anatomía Comparada en Oxford, miembro de número de la Royal Society y director del British Museum, el puesto más poderoso y prestigioso de su tiempo. En 1880, año en que conoció a Marx, Lankester venía de desenmascarar en público al falso médium espiritista Henry Slade. Era joven, era peleador, era un racionalista extremo, admiraba sin límite el sistema alemán de estudios, a diferencia del inglés, y vio en Marx a un anciano brillante, el epítome de esa excelencia intelectual que tanto veneraba. Marx, por su parte, prefería en esa última época de su vida hablar con jóvenes que con sus viejos amigos (con quienes discutía amargamente por cualquier cosa). Lankester fue al cementerio de Highgate, aquella mañana helada de marzo de 1883, por estrictas razones personales: no estaba allí representando a Darwin ni despedía al autor de El Capital, sino a ese anciano alemán en el exilio que tan generosamente lo había aceptado como interlocutor, a pesar de las evidentes diferencias entre ellos.

A Lankester nunca se le conocieron simpatías de izquierda, al contrario: con el tiempo se volvió cada vez más retrógrado. Opositor al voto femenino, crítico acerbo de la democracia (“No se puede guiar ni ayudar al populacho en su impotencia ciega”), solterón empedernido, confidente en sus últimos tiempos de la gran bailarina Anna Pavlova, epítome del homosexual reprimido victoriano, terminó sus días sin contarle nunca a nadie su relación con Marx. Cuando se cumplieron cincuenta años de aquel entierro en el cementerio de Highgate y el Instituto Marx Engels de Moscú le escribió pidiéndole su testimonio (Lankester era el único de los nueve asistentes que quedaba con vida), respondió que no tenía ningún comentario personal que hacer sobre el asunto. Y se murió ahí nomás, en 1934, de manera que la única persona en el mundo que llegó a conocer a Marx y a Darwin se llevó a la tumba sus impresiones sobre ambos. Como dice la canción, encontrar el eslabón perdido no siempre alcanza para completar la cadena.

Tomado de Página 12 (8 de enero de 2016)

Álex Cora: Puertorriqueño, latinoamericano y leyenda

José Alexander Cora es el nombre completo del 1er dirigente puertorriqueño en la historia en ganar un campeonato de Serie Mundial en Las Mayores.

Álex Cora parece que todo lo que toca es oro. En cada ocasión que se le presenta muestra valores humanos que no son comunes en el ámbito profesional del deporte. Lo que dice y lo que hace hablan por sí solas.

De Caguas, Puerto Rico y como casi todo puertorriqueño se forjó en el béisbol desde niño. Unas raíces profundas en el deporte boricua que trascendió a medida que avanzaba su carrera en todos los niveles. Desde Pequeñas Ligas al mejor béisbol del mundo. Además, su linaje familiar en el béisbol es de alta jerarquía. El que lo hereda, no lo hurta.

Hay varias constantes en el éxito de Cora, que no se debe evaluar a partir del campeonato de Serie Mundial, que se magnifica con una organización histórica como los Medias Rojas de Boston, sino, en todo el trabajo realizado en su carrera como pelotero, comunicador, gerente general, coach y dirigente. Todas esas facetas nos dan a un profesional trabajador, inteligente y decidido. ¿Cuál es el resultado? Éxito, porque se confía la preparación que se emplea para ejecutar un trabajo.

Por otro lado, destacamos la importancia de Cora como líder en Puerto Rico, pero también, en la comunidad hispana en los Estados Unidos. Una sociedad estadounidense dividida racialmente, dirigida por un presidente que promueve la desigualdad en su país y fuera de él. Pues Cora, con su trabajo representa el éxito de un latinoamericano que trasciende barreras raciales y establece que no importa raza, color y estrata social, el ser humano tiene capacidad de dirigir y hacerlo con excelencia independiente a su lugar de nacimiento.

El cagüeño ha asumido el rol como líder puertorriqueño y latinoamericano con total naturalidad. Desde el ámbito deportivo y socio-cultural ha calado hondo tanto en Puerto Rico como en la comunidad hispana en los Estados Unidos, y por consiguiente, en América Latina. Ese efecto multiplicador lo hace un líder moderno del deporte puertorriqueño, pues ha conquistado Puerto Rico, el Caribe, Estados Unidos y el mundo en todos los equipos que ha estado.

Porque sus acciones dicen mucho más de lo que ha hablado. Desde Caguas para el Mundo, ¡grande Álex Cora!

Faltaba el dirigente boricua

¿Qué significa Alex Cora para su familia, para Puerto Rico?

Para la familia es el tope de una vida de deportistas. El logro de unas metas de un niño que le apasiona el béisbol.

Para Puerto Rico… pues ver a uno de sus hijos en una de las plataformas deportivas más grandes triunfar desde otro ángulo.

Tenemos a Roberto Clemente, Yadier Molina, Carlos Delgado, Igor González, Iván Rodríguez, Roberto Alomar pero, faltaba el dirigente boricua.

Aimeé Cora

Hermana de Alex Cora