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En la vida hay amores

Por Jaime Córdova/Especial para En Rojo

A Maribel Franco

Siempre quiso vivir en los altos de una barra. Cuando al fin consiguió el lugar que tanto había buscado, sus amigos cercanos lo felicitaron, pero le aconsejaron que se alejara de los grupos de amables viejos derrotados que se reúnen en estos lugares y, lo más importante, “cuidado, no vayas a desarrollar la manía de estar hablando solo porque así suele ocurrir cuando organizas tu vida alrededor de un espacio reducido con rutinas y sonidos predecibles. Tarde o temprano comienzas a conversar con los ruidos de la casa y la calle. Ojalá nunca alcances esta etapa porque no hay marcha atrás, aunque entre tus amigos también tenemos quienes dicen que sí existen remedios para reducir la frecuencia, la duración y hasta el volumen de los monólogos”.

Algunas de las recomendaciones hechas por los que tienen estas experiencias de tutearse con la soledad incluyen “evita torpedearte todas las noches, no rebasar los horarios de dos dígitos, no sentarte siempre en uno de esos rojos asientos giratorios rompe espaldas. Paga la cuenta en silencio y no trates de hacerte el gracioso —perdona que te lo digamos – como haces en ocasiones, con comentarios innecesarios de ‘voy a cambiarme el nombre a Wilisnaquin O’Neil y vestir chaqueta sin corbata en la oficina, a ver si me dan un bono de productividad’. No hay nada más patético que un viejo buscando simpatías. Despídete con seriedad y sobriedad. Abre la puerta, sal a las aceras nocturnas para que allí recibas en la piel el verdadero informe del tiempo sin las incertidumbres de pronósticos protegidos por ambiguas advertencias de nubosidad variable. Si tu vista tropieza con un automóvil estacionado que proclama orgulloso de su civismo: Conducimos responsablemente, pero de no hacerlo, favor llamar al…, no tienes por qué hablar malo y pronunciar tu discurso favorito en contra de la indefinición. Mejor prepárate mentalmente para la parte difícil, que es subir las escaleras tanteando la baranda, lo cual, según has contado, te trae breves remembranzas de Matilde. Tienes que olvidarla, Gustavo. Fíjate que estás tomando decisiones contradictorias. No te puedes esconder y a la vez estar disponible. Los amores imposibles se tienen en la juventud, los años solo añaden adversidades. Tú sabes todo esto mejor que yo. Bueno, ahora tengo que irme. Tranquilo, tú has podido hacer cosas mucho más difíciles que poner a alguien en la nave del olvido. Yo te llamo en un par de días”.

Intentó subir las escaleras sin apoyarse en la baranda. Casi al final, cuando buscaba las llaves en el bolsillo, perdió el balance, pero pudo evitar una caída poniendo las manos en el último peldaño. Pensó pedirle cuentas al cielo denunciando una conspiración organizada por alguien que estaba ausente, pero finalmente triunfaron la conformidad y el silencio. Resignado, abrió la segunda y tercera puerta en los últimos tres minutos: la de entrada y la nevera. Allí examinó un escaso inventario que incluía potes de mayonesa, ruedas de salami reseco, uvas amogolladas, una botella amarilla que admite en voz baja su contenido de 10% jugo, la última barra de mantequilla y un pan mongo envuelto en celofán con oscuras rebanadas prometiendo integridad y salud en inapelable idioma inglés.

Antes de llegar a la cama, primero visitó el baño. Menos mal que las abluciones de medianoche se hacen con mayor rapidez que las mañaneras porque se omiten ciertos pasos como mirarse la cara en el espejo para examinar nuevas señales de deterioro, que incluyen una verruga entre ceja y ceja, crecimiento algo exagerado de las orejas y el misterioso lunar que va y viene. 

El recorrido terminaba en su lugar favorito. Llegar al balcón para apreciar la paz de una plaza solitaria rodeada de árboles y duros bancos, donde una noche, en aquel que está al lado del bello jardín abandonado, se estrelló su intento de reconciliación. Y para acabar la ronda nocturna, calcular cuánto tiempo necesitará el húcar que nació en la calle para que sus ramas alcancen la ventana de la sala. 

En la cama, siguiendo instrucciones del neumólogo, tratar de dormir boca arriba para reposo del corazón y con la ventaja adicional de que así escuchas mejor los sonidos que entran por el balcón, cruzan sala y comedor y te mantienen despierto con la última información sobre los combates finales de la noche: cubos y mapos desalojando sillas y mesas, el zafacón de la cocina arrastrado a la calle en contra de su voluntad por meseros convertidos en trabajadores de la limpieza. Te enteras por chasquidos y palmadas que se acercan perros a buscar sobras. Poco después, sonidos de puertas que se cierran. Es hora de dormir. 

Tienes reputación de persona sensata que sigue los buenos consejos que te ofrecen quienes te aprecian. Como el de tu sabio amigo que te comentó: “Las fotos son aliadas del insomnio”. Desde entonces, todos los retratos los tienes debidamente engavetado y duermes mejor. Nada de fotos mostrando perros fallecidos, nietos que viven en Oshkosh-Wisconsin, reuniones de viejas clases graduandas y, lo peor, aquellos selfies con Matilde en Los baños de Coamo. 

La parte más difícil del día es la mañana. Luego de una afeitada suicida, tener que decidir entre Mr. Kellog y la waflera. No olvides tragarte tus cuatro pastillas, especialmente la de la memoria, para que no te atrases en los pagos de renta, cable y matress ortopédico. Ya estás casi ready para enfrentarte a la vida, ¡cuidado al bajar las escaleras! y, por favor, no te molestes si en tu primer contacto del día con el prójimo alguien te saluda con el automático ¿Todo bien? Evita pronunciar un discurso enumerando quejas, como siempre haces. “Bueno, tengo una cita con el dentista para sacarme los cordales, la novia me dejó, mi nieto está colgado en la escuela, parece que le caigo mal al nuevo supervisor, tengo que poner agarraderas en el baño para no caerme y debo tener mucho cuidado cuando me pongo las medias porque la prótesis en la cadera se puede salir de sitio. Pero por lo demás, estoy bien. Gracias por preguntar”.

Gustavo renunció al trabajo que tenía en el Departamento de Educación. Sacó números y concluyó que si administraba bien su Seguro Social y los ahorros de casi cuarenta años, cubriría un mes típico que incluía una pequeña partida para imprevistos. El único peligro consistía en la sorpresa de una enfermedad que solo pudiera curar Mr. Walgreens, a dos mil dólares cada pinchazo. A pocas semanas de su retiro Gustavo ya casi no podía con las escaleras. Se acuarteló en el balcón y pasaba horas mirando la plaza. No veía televisión y rara vez escuchaba la radio. Repasaba su vida, pero evitaba llegar a conclusiones. Una tarde, le vino a la mente una frase de la que no podía recordar su procedencia: A las mujeres les gustan los hombres que se van de viaje. En pocos días tenía una resolución: mudarse, desaparecer, ¿pero a dónde?

El pato Donald me cae mal. ¿Te imaginas morir en Disney en brazos del pato? ¿Qué van a pensar los amigos? Se habla bien de Santo Domingo, pero no me interesan los resorts con piscinas rodeadas de alemanes bebiendo Presidente en calzones cortos. En todo caso, tal vez la zona colonial en la capital. Habría que hacer un vuelo de reconocimiento. ¿Y Cuba? Sería una buena solución, pero se ha puesto cara y según los últimos informes, con nuevas prohibiciones para visitarla. Además, yo sé que es muy difícil que alguien me vaya a visitar allí… Por poco no termina este último pensamiento. La voz interna que por tantos años había susurrado sugerencias a Gustavo subió el volumen para decir: “Mira, viejo pendejo, tus llamados planes son solo excusas para matar tiempo y no hacer nada. Arriesga algo, como dijo Gardel. Es hora que decidas. Te mudas frente a su casa y así la ves todos los días aunque sea abriendo una persiana o haces una movida romántica y te vas con tus tristes pertenencias al barrio Ángeles en Utuado y, desde allá arriba, casi en las nubes, le mandas una foto sin comentarios a ver si le atrae el lugar. No te incluyas. ¿Para qué exponerte a que diga ¡Dios mío que deteriorado está!? Además, es hora de que sepas que la curiosidad es uno de los ingredientes más importantes del amor. Ella se encargará de averiguar y, créeme, no tardará en hacerlo. 

El día de la mudanza cuando pasaba por Dos Bocas, Gustavo, entusiasmado con su nueva estrategia exhibió el principio de una sonrisa. Satisfecho y algo optimista sentenció: ¿Cómo es posible que todavía existan personas creyentes de que la distancia es el olvido. Si conocieran a Matilde o me hubieran preguntado a mí, tendrían claro que en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse.

Crucigrama: Ramón Labadiño Salazar

Horizontales

1. Ramón Labañino _____; uno de los cinco héroes cubanos que se infiltró en grupos terroristas de Miami que organizan sus ataques criminales contra Cuba.

5. 24 de _____ de 2015; Labañino fue condecorado con el título de Héroe de la República de Cuba y la Orden Playa Girón.

8. _____; estado de EEUU en cuya prisión en la ciudad de Beaumont fue encarcelado Labañino. 

10. Grito de _____; gesta emancipadora del 23 de septiembre de 1868 en Puerto Rico.

12. Sierra _____; país de África occidental.

16. Dio aullidos.

17. Lo contrario al bien.

19. Ayudé.

20. _____ Labañino Salazar; autor de “Hombre del silencio. Diario de prisión”, donde narra sus vivencias en la cárcel y desenmascara el sistema penitenciario de Estados Unidos.

21. Macizo montañoso del norte de Níger.

24. Río suizo que desemboca en el Rin.

25. Sonido o eco que resulta del tambor u otro instrumento semejante, tocado a golpes.

26. Raúl Castro _____; condecoró a Labañino y a sus 4 compañeros como Héroes de la República de Cuba y les otorgó la Orden Playa Girón.

27. Contracción gramatical.

29. Símbolo del molibdeno.

30. Elemento compositivo que significa aire o aéreo.

33. Conducto por donde retorna la sangre al corazón.

36. Henrik _____; dramaturgo noruego y uno de los autores que más han influido en la dramaturgia moderna.

37. Utilizará.

38. 17 de _____ de 2014; Labañino fue liberado como parte de un acuerdo entre los gobiernos de EEUU y Cuba.

41. Doce meses.

43. Juego infantil hondureño.

44. Interjección.

45. Personaje bíblico, hijo de Noé.

47. Composición en verso.

48. 9 de _____ de 1963; nacimiento de Labañino.

52. Última comida del día.

53. Preposición.

54. _____ Hernández; uno de los 5 Héroes cubanos inculpado de intentar penetrar instalaciones militares en EEUU.

55. Quejido.

56. Clemente _____ Vélez; patriota, poeta, ensayista y periodista puertorriqueño.

57. Del verbo croar.

Verticales

2. Garantía.

3. Amarré.

4. Conjunto de 20 manos de papel (500 papeles).

5. Sentencia de un juez o de un tribunal.

6. Pronombre demostrativo.

7. _____ González; uno de los 5 Héroes cubanos. Autor de “Escrito desde el banquillo”.

9. Universidad de La _____; Labañino cursó los estudios universitarios en la especialidad de Economía, graduándose con Diploma de Oro de esa institución.

10. Fernando González _____; uno de los 5 Héroes cubanos. Fue condenado a 19 años de prisión.

11. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

13. Forma de pronombre.

14. Arráez, caudillo árabe.

15. Hombre del silencio. _____ de prisión; libro de Labañino escrito desde la cárcel.

18. Ante Meridiano.

22. _____ Guerrero; uno de los 5 Héroes cubanos. Fue condenado a cadena perpetua y a dos sentencias adicionales de cinco años cada una.

23. Valentía.

28. Ramón _____ Salazar; fue condenado a cadena perpetua y 18 años de prisión. En 2009 le fue reducida a 30 años.

29. _____; municipio donde nació Labañino.

31. Existe.

32. Nasa.

34. Nombre de la letra s.

35. Apócope de nada.

39. Naranja zajarí.

40. Borracho.

41. Dios griego de la guerra.

42. Uno de los mantras más sagrados.

45. Símbolo del cerio.

46. 5 de _____ de 2015; Labañino, Fernando, Gerardo, René y Antonio recibieron la Orden Libertadores y Libertadoras de Venezuela en su primera clase de manos del presidente Nicolás Maduro.

49. Antigua ciudad de Mesopotamia.

50. Nave.

51. Asistir.

El soplo divino del amor y libertad

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

Es el soplo que revela presencia de vida. Cuando nacen, los niños deben llorar para que soplen y respiren. Culturas indígenas creen que todos los seres vivos respiran el mismo aire, o sea, hay un soplo colectivo que los hace vivir. Hay estudiosos que han descubierto: la misma Tierra respira. En idiomas antiguos, el término soplo es sinónimo de Espíritu. En la Biblia, el Espíritu es el soplo divino que Dios insufló sobre el primer humano. Más tarde, el Espíritu sopló fuerte sobre el mar para que los hebreos oprimidos, salieran hacia la libertad.  Fue ese mismo soplo divino que Jesús recibió. Por su fuerza, el actuó liberando las personas de sus males. Ese Espíritu, presente en cada persona humana, es el Amor. Pablo escribió a los cristianos de Roma: “El amor divino fue derramado en nosotros por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rm 5, 5). 

Todos sabemos de lo tanto que, por amor, alguien apasionado es capaz de hacer. En la historia, personas  y grupos, movidos por amor, han logrado conquistas sociales y políticas que hemos heredado. La lucha por igualdad de derechos y reconocimiento de la dignidad de todos los humanos viene de muchos siglos, pero, en términos actuales, empezó con la Revolución Francesa (1789). Desde entonces, poco a poco, las conquistas sociales vienen siendo conquistadas. Logramos el derecho al voto por parte de todos, hombres y mujeres, pobres y ricos. Después, vino la libertad religiosa, la libertad de expresión y el derecho de todos a la educación. Al menos según las leyes, conquistamos igualdad entre hombre y mujer, superamos la discriminación racial y conquistamos el respecto a las diferencias culturales, religiosas y sexuales. 

De hecho, en las últimas décadas, el neoliberalismo y políticas de derecha intentan reducir el Estado, negando sus funciones de regulación social. Imperios rasgan sus máscaras y se muestran crueles e inhumanos. La inmensa concentración de renta revela insensibilidad en relación al sufrimiento y a la muerte de muchos pobres. Es una sociedad sin Espíritu. 

Las Iglesias cristianas deben ser testigos de que todos los seres humanos tienen derecho al amor integral y que todo amor, por el mismo hecho de ser amor, es sacramento del amor divino en el mundo. Las leyes religiosas, mismo las más sagradas, deben servir a la vida y a la felicidad de las personas. En ese domingo, las Iglesias cristianas antiguas celebran la fiesta que hace memoria de la venida del Espíritu de Amor sobre todo el universo y sobre cada uno de nosotros/as. Pablo escribió: “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad” (2 Cor 3, 17).   

Escribir es preferir la realidad: Presentación de Aterrizar no es regreso, de Xavier Valcárcel

Por Marta Jazmín García

Después de un huracán urge la reconstrucción. Encontrar alimento, agua, energías, techos. Así también recuperar la familia, los amigos, las horas de cotidianidad y encuentro fracturadas, las ganas de seguir. Reconstruir es también diseminar la memoria, compaginarla con otras. Retribuirla con escenas concretas que superen los límites del tiempo y de la percepción. 

 Huracán es una palabra de origen amerindio vinculada a las palabras dios, destrucción, justicia y malignidad. En el Caribe, cuando los niños aprenden a manejar un idioma, rápido descubren sus múltiples significados. Yo, por ejemplo; las primeras historias que escuché en mi casa tenían que ver con huracanes. San Felipe, repitió por muchos años mi abuelo. Como si en el gesto de contar repetidamente pudiera configurarse una escritura, decía: “era muy niño: nos escondimos en una barraca. los hombres de la familia aguantábamos el techo con sogas.” Y ciertamente la oralidad en el tema de los huracanes ocupaba y sigue ocupando un lugar inamovible en el imaginario cultural puertorriqueño. “San Ciriaco, San Ciprián, Santa Clara, conforman toda una mitología de huracanes. Entonces Hugo, mi primera experiencia con seis años en 1989, y que Xavier menciona también como su primera. Y así es que uno coincide en los desastres como un inventario alternativo de ganancias. 

Para el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, el género de la crónica es una mezcla muy urgente de lo narrado con lo pensado. En otras palabras, la realidad es lo que veo y también lo que no alcanzo a ver. De ahí la urgencia de compilar y de ensamblar las vivencias. Poder nombrar eso que veo, reconociendo aquello que excede mis límites. Solo en el reconocimiento de los puntos ciegos alcanzamos una mayor perspectiva.

Aterrizar no es regreso, (Ediciones Alayubia, 2019) sugiere desde el título, imposibilidad, tensión e incompletud. El narrador protagonista discurre entre sus experiencias y las muchas posibilidades de contarlas. Por eso, quizás como una representación de los alcances de la escritura, las primeras páginas del libro desvirtúan la pretensión de capturar con justicia los afectos, las despedidas, los recibimientos, todas esas evanescencias porque en ningún plano son cuantificables:

“Dijo que quería tomar visuales mientras hacia mis maletas, mientras recorría las calles y me movía en trenes por última vez, incluso habló de la posibilidad de montarse en el avión conmigo. cosa de atestiguar el vuelo, el aterrizaje y el resto de lo que aconteciera del otro lado. Luis es puertorriqueño. Le dije que sí sin pensarlo, pero entonces lo imaginé siguiendo de cerca mis abrazos en el aeropuerto, subiendo conmigo a Cayey, conociendo a mi familia, entrevistándolos. Aquello de no querer escucharme, no querer verme ni ver lo que estaba haciendo, sumado a algo de orgullo, incidió en el asunto y desistí.”

De entrada sabemos que estamos delante de otra historia. De aquella a la que no es posible darle “like” o “share” porque no tiene seguidores, sino participantes. ¿Cuántos estarán dispuestos a contar su experiencia? ¿Cuántos pueden valorar también las páginas en blanco de su perspectiva; saber que existe un diálogo con otras páginas y que estas pueden completar las nuestras?

Pero no solo es esta reflexión metadiscursiva lo que hace de esta crónica una pieza necesaria y, entre otras, precursora, dentro de lo que podemos identificar como una poética de los huracanes. Recientemente surgió la controversia por el documental After María que, independientemente de los criterios de cada cual, finalmente se trató de una visión entre tantas, publicadas y desconocidas; una aportación más en este enmarañado panorama de narrativas rotas por recuperar. Así, el protagonista de Aterrizar no es regreso reafirma la importancia de la documentación como ejercicio de rescate frente al silenciamiento y la homogeneización, frente al clasismo y esos afilados límites de la memoria. 

Si no se escribe a tiempo la realidad, toca la ficción, y yo prefiero lo primero. Suficiente con el caos y la trama en que se vive. Además, uno vive en narrativa todo el tiempo, ilimitadamente. Hay que asumirlo y escribir. Escribir antes de olvidar. Porque uno vive, paralelamente, olvidando.

Conjuntamente con la temática del huracán y como espacio paralelo de narración, aparece la palabra fracaso. “También es arduo conquistarlo”, dice el poeta Edwin Rendon. Y es que si hay algo que añade un especial valor a la problemática de un contexto devastado es el preámbulo de una devastación personal que define a toda una generación de jóvenes profesionales y diplomados, quienes no encuentran espacios en donde poner en práctica los arbitrarios conceptos de derrota y triunfo. En esta crónica, el personaje es un escritor y un conocedor del arte que busca trabajo en multinacionales y que, en cierta medida, suprime su preparación y potencial, tanto profesionales como artísticos. En un trabajo que consigue en Nueva York, Xavier tropieza con Micaela, una chica madrileña −una desconocida− que le insta a sobrevivir la trampa de la mercadotecnia, sobre todo, porque así corresponde a los poetas. Por mi parte, como lectora, investigadora y practicante de la literatura, me vi en esa escena asimilando dos trabajos a tiempo parcial, por contrato. Inventando una completud salarial tan parecida, por insegura y frágil, al contorno de una taza quebrada que ha sido cosida minuciosamente por sus grietas. Sobre este asunto, el pasado 26 de mayo, la crítica Carmen Dolores Hernández destacó el deterioro que ha sufrido la educación superior en Puerto Rico, a cuentas de justificar la permanencia o bien, el desembolso económico de los estudiantes más allá de los criterios de competitividad, crecimiento académico y talento. Por esto, la distorsión del paisaje es el Huracán y también la recolocación de los valores: un escritor busca trabajo en una tienda donde escasean las palabras; una tienda en Nueva York ofrece una playa de simulación para fotos que deben subir a las redes. Un poeta intenta soportar esos silencios.

El huracán son casas destruidas, familias exiliadas y separadas, meses sin luz eléctrica ni agua. El huracán es también una crisis de los afectos, la separación, aún más violenta, entre lo que es y lo que debería ser. El huracán es una metáfora de la realidad y viceversa. Toda la crónica sucede en esos tonos. El narrador reconoce su vulnerabilidad, misma que se puede considerar otro personaje dentro del texto. A todos los quebranta la separación, pero cada uno tiene sus propios medios de supervivencia. El tratamiento de estos temas refleja un especial cuidado y respeto por la unicidad, valorada como una aportación social y discursiva. Justamente, las perspectivas de la subjetividad fundamentan al género de la crónica y así, este hermoso inventario de pérdidas y reflexiones personales es un gesto arriesgado y sobre todo honesto, que sobresale de manera contestataria frente a una insistente crítica a las perspectivas del yo, que en palabras del escritor Julián Marías reflejan la tendencia egocentrista y limitada de estos tiempos. Lejos de tales interpretaciones, Aterrizar no es regreso es la experiencia de un individuo cuya mirada nos permite apreciar sus vínculos y afectos. Porque es urgente nombrar ese tipo de devastación. Porque el amor se quiebra y se posterga. Ejercer un oficio de remuneración justa y proporcional a la preparación y el talento, es cada vez menos asequible. Lo efímero se vuelve más natural y cotidiano. Se regresa de un viaje de emprendimiento con la misma maleta y escasez del principio. El desastre se alarga. ¿Desde qué otro lugar sino es el propio visor y cuerpo, podemos transcribir esas fracturas? Ciertamente la realidad es generacional. Las formas de interpretarla también. Lo personal es político. ¿Desde qué otra emergencia sobrevivir sino desde el llanto a escondidas, en una ciudad ajena, en un cuarto improvisado; uno de esos pequeños vientres que tienen los edificios, siempre dispuestos a engendrar y a postergar los nacimientos? En uno de los diálogos del libro, el personaje responde a esta confrontación: 

¿A qué se debe este fracaso? ¿A qué se lo atribuyes? -preguntó una trabajadora social al fin. 

-No sé, no salió. Lo intenté, pero no lo logré. 

– Y por qué piensas que el fracaso es tuyo?

-Porque no es de nadie más. 

Acercarse a estas páginas es un repaso de las cifras, de las fechas, de la complicidad, de los desencuentros, de la concatenación de heroísmos y de tragedias que provocó el huracán. También es un inventario de poemas, de poetas y de silencios. Se trata de una mirada honesta y por lo mismo, incompleta, y por lo tanto, sugerente; porque invita a la continuación por parte de los lectores. 

Pocos libros he leído con los que me pueda identificar tanto, literal y metafóricamente. Leí sabiendo que el narrador es Xavier Valcárcel y que las experiencias son de Xavier Valcárcel. Pero casi era como escribir conjuntamente con su relato, con esa invitación constante: “escribir es preferir la realidad”. Si bien la mirada particular siempre es única y reveladora, lo que puede apreciar un poeta es aún más profundo. Por eso en este libro los acontecimientos, la temporalidad tangible, son al mismo tiempo metáforas y personajes: el huracán, la realidad, la tienda de las velas, Candle Power, contrapartida y reflejo de un país a oscuras, los llorones tapiceros. Allí están delante del narrador y también de los lectores prestos a ser sentidos y también, decodificados. 

Quizás la belleza sean los aeropuertos vacíos, como reza un título del poeta Jorge Posada. Quizás aterrizar no sea regreso. Por eso, nos queda recopilar todas las experiencias posibles. Cada una es importante. Cada una es la de todos. “Hay que asumirlo y escribir”. Es hora de devolvernos a nosotros mismos.

Larra, mi amigo

Por Zahira Mabel Cruz/Especial para En Rojo

He estado pensando en que Mariano José de Larra, escritor español del siglo XIX, ha de ser, aunque muerto, uno de mis mejores amigos. Lo he leído, estudiado y he escrito algunos pocos trabajos sobre él en distintos momentos de mi vida universitaria. Nunca ha dejado de parecerme fascinante —por eso lo de la amistad—. Pero debemos recordar que para los gustos los colores. 

Se trata de un escritor moderno de ideología liberal al que con el pasar del tiempo le reconocemos en su obra un cambio de pensamiento que se refleja, quizá, con el deterioro de su ánimo y el tono pesimista que marca mayormente sus últimos años. Nunca se mostró como el liberal más optimista y alegre del mundo, pero en un principio había esperanza en su discurso. Luego vino el desengaño y por consiguiente el desencanto ante la realidad histórica y política de España en tiempos de grandes oleadas revolucionarias en Europa. Muchos otros artistas europeos compartieron con Larra ese desencanto, conocido también como moral pesimista, y establecieron a partir de ella una crítica moderna de la modernidad. Nada era lo que pareció ser. Ni la democracia, ni la justicia, ni la libertad. Se descubren todas palabras vacías. En su lugar, derramamiento de sangre, encarcelamientos, represión, oportunismo y progreso que destruye lo que debía ser salvaguardado. Entonces mi amigo Larra fue cada vez un hombre más triste, un perdedor —como algunos podrían considerarle— (que no supo, no pudo o simplemente no quiso acomodarse a su tiempo) pero al menos un perdedor de esos que saben reír —en eso y en muchas otras cosas se me parece a nuestro Nemesio Canales—, aunque sea por no llorar frente a “La gran verdad descubierta” (título de un artículo suyo de 1834). La verdad, por ejemplo, como dice en este artículo, sobre la gran “diferencia que hay de las verdades físicas a las verdades políticas”. 

Algunas veces, mientras lo leo, me descubro diciéndole: “I feel you, brother”, y en otras, siento deseos de taparme la cara —y me la tapo— porque me hace pasar vergüenza ajena. La vergüenza es porque al ser Larra un escritor de gran ingenio, su tono satírico es agudo, políticamente incorrecto —que me encanta—, quevedesco, dicen muchos de sus críticos y yo coincido, aunque valga recordar que Quevedo era, tal vez, bastante, mucho más prosaico y de otra época. Pero, para cierto tipo de lector, algunas de las cosas dichas por Larra en algunos de sus artículos podrían resultar ofensivas. A mi me dan risa y un chin de vergüenza por lo directo de las indirectas, pero, como ya dije, me tapo la cara y de vez en cuando le hablo: “vamos, Larrita, contrólate que, ¿qué pensará la gente? Y cuando me vuelven los colores al rostro continúo la lectura porque lo entiendo, a veces habla desde la rabia, la impotencia y por supuesto, desde el desencanto. Pero, ojo, hay que leerlo con detenimiento porque maneja una fina ironía.

Larra era un joven crítico que luchaba en sus escritos contra los usos y costumbres del “castellano viejo”, aquel tipo de hombre que —nuestro amigo— muy bien dibuja en su artículo de 1832 titulado así mismo: “El castellano viejo”. Se trata de la caracterización del hombre castizo puro, que no duda de sí ni de sus compatriotas, vanidoso, ciego ante los males de su propio país; en palabras de Larra, es el hombre “que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla;… . Llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; … cree que toda la crianza está reducida a decir “Dios guarde a ustedes” al entrar en una sala, y añadir “con permiso de ustedes” cada vez que se mueve”. Pero Larra, sobre todas las cosas, en escritos luchaba contra la censura, contra la represión, contra la ignorancia, la hipocresía, y en favor de la civilidad. Podemos confirmar que en mayor medida su obra era un reclamo de libertad. Quería ser libre, tenía un ideal y lo perseguía desde la escritura pública, desde los periódicos, exigiendo siempre libertad de imprenta y de expresión. Además, la escritura era su sostén, su forma de ganarse la vida, por eso, su obra periodística es, podríamos decir, inmensa si consideramos su corta vida. Dejó cinco tomos de artículos periodísticos que él mismo clasificó entre dramáticos, literarios, políticos y de costumbres. De esos cinco tomos, los últimos dos aparecieron póstumamente, y confirman los estudiosos que el cuarto también fue preparado por Larra. Del quinto no se sabe. 

El desencanto de Larra no podemos decir que únicamente se debió a asuntos políticos, Larra llevaba el desencanto en el carácter y en el gesto —era un dandy—. Y aunque parecía saberse fuera de todo lugar, desarraigado, inconforme se pronunció como tal, como quien era y en contra de todo lo que atentara contra su ideal existencial. Ni en la sociedad, ni en la política, ni en el amor, ni en la gente, ni en los espacios que le rodeaban y en los que se desenvolvía hallaba correspondencia. Esto queda claro en sus artículos. Esa subjetividad negativa, tan característica de muchos de sus textos, nos revela no a un Larra trágico y únicamente melancólico, sino a un Larra desafiante. La escritura era su mayor gesto de rebeldía y también el mayor gesto afirmativo de su ser creador. Construye cosas con todo lo que es y con todo lo que tiene o le constituye. De su inconformidad, de su carácter desarraigado surge su potencial crítico, su ojo, o como en ocasión del artículo “Varios caracteres” (1833) le llama “su lente”, detrás del cual se coloca “para ver pasar el mundo todo delante de [sus] ojos, e imparcial, ajeno de consideración que a él [le] ligue, [lo ve] tal cual se presenta en cada fisionomía, en cada acción que [observa] indolentemente”. 

Para concluir esto, hagámoslo con el dato de cómo fue que Larra concluyó con lo suyo. Pues mi amigo Larra se metió un tiro el día 13 de febrero de 1837, faltando algunos días para su cumpleaños número veintiocho. Algunos dicen que el disparo fue en el pecho y mirándose al espejo, otros que fue en la cabeza. En 2008, un periódico del cual es mejor no acordarse, dijo que el motivo principal del suicidio fue que a Larra “ya no le quedaba ningún clavo donde agarrarse”. 

A decir verdad, podríamos especular sobre este particular de forma muchísimo mas seria, pero ya será en otra ocasión.