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Danzar en medio de los escombros

En América Latina, los movimientos sociales y la sociedad civil organizada han vivido derrotas políticas que han significado fuertes retrocesos sociales que ponen los grupos y sectores más conscientes en situación de tristeza y casi depresión. La onda de odio y violencia con la qual fuerzas de derecha han tomado el poder en diversos países del continente y ahora en Brasil, resucitan fenómenos como el fascismo. En todo eso, una de las banderas más visibles es la intención de acabar de vez con lo que ellos llaman de izquierda. Y como si aún viviéramos en los años 70, hablan en destruir el comunismo ateo.

En Brasil, el gobierno recién elegido promete luchar contra lo que su líder llama de negros desocupados, indios inútiles, homosexuales pervertidos y otras personas consideradas sub-humanas. A eso, los miembros de movimientos sociales reaccionan presentándose de forma como si todos nosotros fuéramos indios, negros, homoafectivos y personas marginadas de esa sociedad cruel. Pero, al mismo tiempo, de manos dadas y desde una espiritualidad de la resistencia. Por todo el país, una consigna irrenunciable es “Nadie suelte las manos de nadie”. Optamos por una esperanza que no es prisionera de nuestras conquistas o victorias. Si fuera así no sería esperanza revolucionaria. Es una esperanza insistente y que no cede a todo tipo de ataque. Es la esperanza de la fe. Por eso, se intenta danzar la esperanza en medio de los escombros sociales y políticos de nuestras realidades. Ese es el contexto, en lo cual, en Brasil y otros países los sectores progresistas se unen en frentes democráticos amplios, pluripartidarias y por la justicia y la vida.

En esa realidad, no contamos con la ayuda de la prensa. La libertad de expresión está amenazada. Solo podemos contar con la solidaridad de los compañeros y compañeras de otros países y principalmente de la América Latina y Caribe.

Hacen 70 años, en noviembre de 1943, en el campo de concentración de Auschwitz, murió una joven de 27 años llamada Etty (Ester) Hillesun. Era una judía holandesa de Amsterdam. En víspera de morir, escribió: “En esas circunstancias, no podemos renunciar a la misericordia. Necesitamos aprender a no odiar. Debemos denunciar la opresión, combatir el mal, vivir la indignación profética, pero sin odio, ni deseo de venganza. El enemigo puede sacar de nosotros todo, hasta la vida, pero no puede robar la integridad interior de nuestro ser íntimo. No dejemos que, en lo más profundo de cada uno de nosotros, quede ahogada una presencia de amor: el Espíritu”.

Una ópera de tres centavos

En 1978, Robert DeNiro fue a visitar a Martin Scorsese a una clínica de desintoxicación en las afueras de Nueva York. DeNiro y Scorsese eran como hermanos. Habían filmado juntos Calles Peligrosas cuando nadie los conocía, habían alcanzado fama y gloria con Taxi Driver y venían de ser despedazados por hacer New York, New York. DeNiro no había padecido tanto porque él era el actor nomás, y New York New York era evidentemente una película de director, pero Scorsese había padecido un colapso triple: el fracaso de su película, la intempestiva partida a Europa de Isabella Rosellini, su novia de entonces, y su adicción a la cocaína. DeNiro no sabía con qué iba a encontrarse pero igual fue con un libro bajo el brazo. Scorsese lo esperaba con otro libro para regalarle. Los dos pensaban lo mismo: en el traslado al cine de ese libro que tenían entre las manos estaba la oportunidad de ambos para volver a la buena senda, a los buenos tiempos. El libro que Scorsese tenía para DeNiro era La última tentación de Cristo, de Kazantzakis. El que DeNiro le dio a Scorsese era la autobiografía del boxeador Jake LaMotta.

Dos días después DeNiro volvió a la clínica y le dijo a Scorsese que el libro de Kazantzakis no le decía absolutamente nada. Scorsese le contestó que a él le pasaba exactamente lo mismo con el de Jake LaMotta. Scorsese quería que Travis Bickle hiciera de Cristo, era una idea potentísima pero él estaba demasiado débil para defenderla. Y DeNiro tenía miedo de colapsarlo si le decía lo que realmente pensaba: porque, sin decirle nada, ya había pagado de su bolsillo los derechos para llevar al cine la vida de Jake LaMotta y no se le ocurría ningún otro director que pudiera filmarla.

“Pero yo no sé nada de box, nunca me interesó”, le decía Scorsese con un hilo de voz. DeNiro insistía, apelando al corazoncito itálico de su amigo: “Imagínalo como un gladiador que sale a la arena. Imagina toda esa gente que quiere verlo devorado por los leones”. Y le describía la capacidad sobrehumana de LaMotta para asimilar el castigo sin caer a la lona, las veces que había remontado con un KO providencial peleas que estaba perdiendo alevosamente por puntos. “Marty, sólo tú puedes transmitir lo que significaba LaMotta para nuestra gente. Te estoy hablando de un tipo que perdió cinco veces contra Ray Sugar Robinson y al final de cada pelea, con la cara tumefacta y sangrante, iba a abrazarlo y le decía al oído: Tampoco esta vez pudiste noquearme, Ray. Imagina un boxeador que pelea como si no mereciera vivir. Imagina lo que puedes hacer con la cámara cuando filmes cada golpe, las gotas de sudor y de sangre volando por el aire y salpicando los tapados de piel y los smokings de la gente en el ringside. Te estoy hablando de una ópera, Marty. Las peleas serán como las arias. Sólo tú puedes convertir esta historia en una ópera del Bronx”.

Hoy es difícil imaginar un DeNiro así, pero en aquel tiempo estaba prendido fuego: venía de hacer Taxi Driver y El Padrino, y mientras convencía a Scorsese hizo El Francotirador. A mí no me parece casualidad que, en El Francotirador, eligiera mal su papel y dejara que Christopher Walken se robase la película. Tenía toda la libido puesta en convencer a su hermano Marty para hacer juntos esa ópera del Bronx. Las palabras “ópera” y “Bronx” tocaron un punto neurálgico en la vapuleada humanidad de Scorsese. En New York New York había intentado que confluyeran sus ambiciones contrapuestas de ser un grande de Holywood a la manera de Vincente Minelli o John Ford y un trangresor a la manera de Fassbinder o Godard. La crítica le había hecho saber de mala manera que no se podía ser las dos cosas al mismo tiempo, pero él seguía creyendo que sí se podía, si el vehículo elegido era el correcto.

Recordemos aquellos tiempos: Bob Fosse acababa de de filmar Lenny en blanco y negro, con Dustin Hoffman haciendo un Lenny Bruce monumental, y el gran éxito del año anterior había sido Rocky, una película de boxeo, una película de losers. En cuanto le dieron el alta a a Scorsese, DeNiro lo arrastró a un burlesque de la calle 47 donde La Motta hacía de patovica a cambio de que lo dejaran subir un rato al escenario, donde recitaba trozos de Shakespeare con su dantesco acento del Bronx, para las risotadas del público. DeNiro miró a su amigo. Scorsese ya estaba imaginando la película. Esa misma noche decidieron que había que filmar en blanco y negro, porque así era el box para el inconsciente colectivo norteamericano: como lo habían todos visto por primera vez, por televisión, en aquellas míticas peleas de sábado a la noche en blanco y negro.

Scorsese sabía que no cotizaba nada bien después de la catástrofe de New York, New York y de su internación para desintoxicarse. Pero tenía una película de boxeadores. Y tenía a DeNiro. Y tenía también a Paul Schrader, que era una garantía: venía de una racha de guiones exitosos desde Taxi Driver. Es decir que ya tenía su ópera de tres centavos. Schrader lograría sacar, de la tosca acumulación de confesiones que era el libro de La Motta, un guión que era un directo al plexo. Empezaba con un plano negro, ruido de gritos y muebles rotos y por encima un vozarrón que decía: “¡Acábenla de una vez! ¿Son animales o qué?” (El batifondo era La Motta fajando a su mujer embarazada). Y la última escena era en un calabozo, La Motta preso en Miami por chulear pibas de catorce, en su momento de mayor degradación, solo en aquel calabozo, donde procedía a masturbarse mientras murmuraba con la cabeza gacha: “No soy un animal, no soy un animal”.

Por supuesto, en el imaginario mundial, El Toro Salvaje es la película con la que DeNiro ganó un Oscar por engordar un millón de kilos para encarnar un LaMotta crepuscular, después de haber hecho todas las escenas del LaMotta boxeador con un cuerpo que era más fibroso y eléctrico que un cable de alta tensión corcoveando. La leyenda dice que DeNiro entrenó un año entero bajo la supervisión directa del propio LaMotta, que hizo más de mil rounds de guantes con sparrings que le bajaron varios dientes y a los que él les rompió una que otra costilla, que filmó contra reloj todas las escenas de LaMotta joven y a continuación se fue cuarenta días de caravana por trattorias de pueblo del norte de Italia, comiendo siete y a veces ocho veces al día hasta agregarle treinta kilos a su fibrosa osamenta de sesenta y cinco.

El Toro Salvaje es la última gran película de DeNiro y su último Oscar. Es también la última gran película americana de los años 70, además de ser la mejor película de box de todos los tiempos y la gran derrotada de los Oscar de1980, donde perdió contra Gente como uno, y Scorsese cayó como mejor director contra Robert Redford. La leyenda dice que El Toro Salvaje perdió toda chance de Oscar cuando el loco John Hinckley quiso asesinar a Ronald Reagan bajo la influencia de Taxi Driver. Scorsese no quería ni ir a la entrega de los Oscars, finalmente asistió escoltado por agentes del FBI disfrazados de invitados, y se lo llevaron antes de que terminara la ceremonia. Había sido, una vez más, el gran derrotado de la noche. En el avión que se lo llevó de Los Angeles esa misma noche encontró consuelo releyendo por enésima vez su ejemplar recontrasubrayado de La última tentación de Cristo, sin saber que lo esperaban nueve años de penuria hasta plasmar en la pantalla grande esa preproducción mental que lo distrajo del fracaso en aquel vuelo nocturno de Los Angeles a Nueva York.

Publicado en Página 12. 11 de noviembre de 2018.

Crucigrama: Silvio Rodríguez

Horizontales

1. Silvio _____ Domínguez; cantante, compositor, poeta y político cubano. Fundador del Movimiento de la Nueva Trova, junto a Pablo Milanés, Noel Nicola y Vicente Feliú.

5. Segunda nota musical.

7. Dirigirse a un lugar.

8. _____ con ángeles; decimoquinto álbum de Silvio de 2003.

10. Amarrar.

11. Interjección.

12. _____ Mayor; canción de Silvio dedicada al patriota cubano Ignacio Agramonte y Loynaz.

13. Señor, abrev.

14. Lengua de un pueblo o nación.

17. Empezar a mostrarse.

20. Nombre de la letra f.

23. Que forma ondas.

27. _____ Rodríguez; fue dibujante de historietas y caricaturas en el semanario Mella, además de guionista. Ha recibido numerosos premios discográficos en Cuba y en el extranjero.

28. Canción de ritmo lento, bailable, muy popular en el Caribe.

29. Reza.

31. 29 de _____ de 1946; nacimiento de Silvio.

34. Al _____ del Maniadero; documental del cubano Octavio Cortázar con música de Silvio.

35. _____ (o La canción de los viejos recuerdos); composición de Silvio.

36. _____ Antonio de los Baños; ciudad natal de Silvio.

37. La _____; composición de Silvio.

39. Tres _____ pájaros; canción de Silvio de 1868.

41. _____ de mujer con sombrero; canción de Silvio de 1970.

43. Mano a _____; álbum de Silvio y del español Luis Eduardo Aute grabado en directo en concierto en España en 1993.

45. Vivo en un _____ libre; canción de Silvio.

46. Ave rapaz diurna.

Verticales

1. La gota de _____; canción de Silvio de 1980.

2. Del verbo datear.

3. Extremista, ultraderechista.

4. Canción del _____; composición de Silvio de 1976.

5. _____ y bosteza; canción de Silvio de 1971.

6. La _____ está pariendo un corazón; composición de Silvio de 1967.

9. _____ final de la segunda luna; canción de Silvio de 1968.

10. Carta de la baraja.

15. Silvio Rodríguez _____; autor de más de 500 canciones, entre ellas: Canción del zorro, La gota de rocío, Canción del elegido, Óleo de mujer con sombrero, Ojalá, La cal, Reino de todavía, ¡Oh, melancolía!, Madre, El Mayor y Rabo de nube.

16. Cacahuate.

18. Si yo fuera un perro _____; canción de Silvio dedicada a su hija Violeta.

19. _____, te hablo de Ernesto; canción de Silvio de 1970.

20. Símbolo del europio.

21. El rey de las _____; canción de Silvio interpretada en 1971 durante los actos por el XV Aniversario del desembarco del Granma.

22. Dios de la mitología sumeria conocido también como Enki.

23. Aoven.

24. Primera nota musical.

25. Símbolo del niobio.

26. Dígrafo ll y sonido que representa.

29. Escuchaba.

30. Ameos, planta aromática.

32. _____; composición de Silvio de 1969.

33. _____ de todavía; canción de Silvio de 1994.

37. Conjunto de ramas y hojas que forma la parte superior de un árbol.

38. Pasaba la vista por lo escrito.

39. La _____; composición de Silvio de 1979.

40. Papagayo.

42. Forma de pronombre.

43. Apócope de mamá.

44. ¡_____, melancolía!; álbum musical de Silvio de 1987.

Diseños

Puerto Rico enfrenta grandes retos. Ante éstos, la disminuida capacidad de su sistema político solo sirve para acentuar la incertidumbre y alimentar la perversa cultura de la inviabilidad. La gestión pública se circunscribe, básicamente, a políticas de austeridad y dependencia.

No parece haber plena conciencia de que la inviabilidad de un orden social no obedece a una condena natural ni a la vigencia de una inexorable ley universal, sino al diseño realizado por seres humanos. Una vez se realiza el diseño se gesta la resistencia a la crítica, a la posibilidad de algún grueso error en su arquitectura o de alguna política profundamente desacertada. A esta resistencia los economistas institucionalistas le llaman “encapsulamiento ceremonial”.

Antes del huracán María la economía de Puerto Rico llevaba más de una década en franca contracción. Esta prolongada depresión fue precedida por un período de crecimiento modesto que ni el poder promocional de la famosa Sección 936 ni el descomunal aumento de las transferencias federales –sobre todo del año 1970 a 1980– lograron convertir en verdadero desarrollo. A esta etapa le antecedió la “época de oro” de Operación Manos a la Obra –décadas de 1950 y 1960– en la que las altas tasas de crecimiento económico no se tradujeron en incrementos análogos en el empleo. De hecho, Operación Manos a la Obra sacó del país muchas más manos de las que puso a trabajar.

La industrialización se diseñó a base del establecimiento de un enclave de inversión directa externa atraída por privilegios fiscales. El resultado de los enclaves suele ser el mismo en todas partes: carencia de eslabonamientos con el resto de la economía, insuficiencia en la generación de empleos, remisión de los beneficios hacia el exterior, poca diversificación y porosidad de la base tributaria.

Puesto que tal diseño generó una economía estructuralmente atrofiada, incapaz de satisfacer las necesidades del país, se recurrió a varias vías de compensación o “válvulas de escape”. Aparte de la economía informal, sobresalieron tres: emigración, dependencia y endeudamiento. No obstante, ante la profundización de la crisis, lo que ayer se invocaban como “válvulas de escape” para evitar que la olla explotara hoy se reconocen como problemas, destacándose inicialmente el de la deuda pública. Se buscan entonces nuevos diseños, como la Junta de Supervisión (Control) Fiscal creada en virtud de la ley del Congreso de Estados Unidos cínicamente conocida por sus siglas, PROMESA (“Puerto Rico Oversight and Economic Stability Act”).

Los objetivos medulares que la ley consigna pueden resumirse en dos: lograr estabilización fiscal y reanudar el acceso a los mercados de capital. Esto es imposible si no se cuenta con una base tributaria amplia y sana. Pero esto, a su vez, requiere un proceso de desarrollo que propicie el fortalecimiento de todo el andamiaje productivo. Resulta evidente que sin el cumplimiento de esta condición no hay estructura fiscal ni deuda que pueda sostenerse. Aquí, como en los diseños anteriores, radica la debilidad del Plan Fiscal que recientemente certificara la Junta: ni provee para la ampliación de la base fiscal ni, mucho menos, para un proceso de desarrollo sustentable.

Las proyecciones de crecimiento económico del Plan parten de la premisa de que llegará un gran influjo de fondos –alrededor de $82,000 millones– para compensar el desastre provocado por María. Pero tal parece que la Junta anticipa que la “ayuda”, como es usual, entrará por un lado y saldrá por el otro. Por tanto, el crecimiento proyectado es pasajero. Además, se presume que la debilitante emigración continuará.

El período cobijado por el Plan comienza con altas tasas de crecimiento económico, 7.9 y 5.5 por ciento para los años fiscales 2019 y 2020 respectivamente; luego, en los siguientes dos años, se torna modesto, 2.9 y 2.5 por ciento; acaba colapsando en el año 2023. Al colapso del crecimiento económico le sigue el colapso del llamado sobrante presupuestario en el año 2033. El desarrollo sostenido y sustentable brilla por su ausencia.

La Junta, como tantos otros actores de acá y de allá, se inspira en la doctrina neoliberal, con su juego de ideas y de intereses. Su preferencia del espacio privado sobre el público, del lucro sobre el servicio y del individualismo sobre la solidaridad es clara. De aquí se desprende su obsesión con el desmantelamiento de la dimensión pública, su afán con la eliminación total de los sistemas de pensiones de beneficio definido y su alergia a todo lo que se asemeje a una reivindicación laboral. Bajo este esquema ideológico –aderezado con planteamientos académicos provistos por asesores mercenarios– los integrantes de la Junta distinguen los diseños que consideran viables de los que, de arranque, condenan por inviables. Hacen recordar una punzante crítica que le hiciera John M. Keynes a personajes con ideas similares en medio de la Gran Depresión: “Los maniáticos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí inspirados en algún mal escritor académico”.

En resumidas cuentas, el pueblo de Puerto Rico se enfrenta a dos rutas con distintos diseños institucionales. La primera es la que existe, por la que ha estado transitando. Sus coordenadas son una relación colonial alimentada por la obsesión política con la “unión permanente” que en ninguna de sus dos versiones –estado libre asociado y estadidad– es vía de desarrollo sino de emasculación, ahora bajo la égida de la Junta; y un enclave económico agotado que siempre se tuvo que acompañar de emigración, dependencia y endeudamiento, ahora parte de la crisis.

La segunda ruta presume un nuevo diseño que hace rato la necesidad dicta. Es la que muchos invocan –muchas veces sin plena conciencia de ello– cuando postulan el imperativo de aumentar los vínculos internacionales, de diversificar la economía, de multiplicar las fuentes de inversión tanto para acceder a distintos mercados como a nuevas tecnologías, de definir una política de inversión directa externa que no desplace sino que complemente y movilice recursos internos, de promover el empresariado local, de abrir oportunidades en el mercado laboral, de auditar la deuda y reestructurarla legítimamente, de articular un sistema integrado de pensiones y seguridad social, de enriquecer el quehacer cultural, de lograr una sociedad sana, justa y equitativa… Es la ruta de la construcción de un estado nacional en un mundo extraordinariamente dinámico en el que la interdependencia, o lo que se ha denominado “espacio multidimensional”, se plantea como vía al desarrollo.

Se trata de la ruta de la viabilidad. Pero algo debe estar claro. Si no se tomara, si Puerto Rico derrotara su futuro, no sería por falta de posibilidades sino –más allá de la irresponsabilidad e indiferencia del gobierno de Estados Unidos– por incomparecencia del pueblo puertorriqueño y sus dirigentes, por sucumbir a los cantos de sirena de diseños conducentes al naufragio.

Presentación de Nuyorican Basket en Nueva York: Se cierra el ciclo

A Angelo Cruz, donde estés

A Wes Correa, por una pronta recuperación

Hace varios años recibí la llamada de un amigo de escuela elemental, Ricardo Olivero, que estaba en Nueva York y quería verme para hablar conmigo de un proyecto nuevo que tenía sobre el baloncesto y los nuyoricans. Ya había escuchado del mismo pues había estado en conversaciones con Papi. Cuando nos vimos en Nueva York, confieso que me enamoró el proyecto, pues era meter en una licuadora temas que me apasionan: el deporte, la construcción de la identidad nacional, el baloncesto de los ’70, el equipo nacional, etc. Desde ese momento sabía que había material para un trabajo excelente, aunque me preocupaba cuán largo podía ser por todo lo que abarcaba, por lo que al final el trabajo de edición sería la clave. Me mantuve al tanto de todo el proceso, ya fuera a través de Ricardo, Papi o las redes sociales. Desafortunadamente mi Papá no pudo ver el producto final, cuando fui a la premiere en Puerto Rico el verano pasado, ya se encontraba en el hospital. Ayer tuve la oportunidad de verla nuevamente en su premiere nuyorquina, donde se cierra un ciclo, llegando a la ciudad que es esencial para su existencia, acá mis impresiones.

Nuyorican Basket

Aunque no pretendo hacer una reseña del documental, ya que no es mi campo, sí quiero resaltar algunos aspectos del mismo. Nuyorican Basket es un gran documental que además era necesario que existiera como documento histórico. Por ejemplo, tres de las figuras que son el hilo conductor de la historia con sus entrevistas: Genaro “Tuto” Marchand, Fufi Santori y Elliott Castro, fallecieron el año pasado, y gracias a este documental, sus impresiones quedaron grabadas. El documental usa el juego final por la medalla de oro en los Juegos Panamericanos celebrados en San Juan en 1979 entre Puerto Rico y Estados Unidos para contarnos una historia más grande, la de la transformación del baloncesto puertorriqueño con la llegada de los nuyoricans. Y con esta historia de los nuyoricans en el baloncesto nos presenta un tema que desgraciadamente no se trabaja mucho en Puerto Rico que es el de los nuyoricans en general. Así, incorporando entrevistas a académicos que trabajan el tema, líderes de la comunidad en Nueva York y a los mismos jugadores nuyoricans, va provocando la discusión de qué significa ser puertorriqueño, quién lo define, cómo tratan a los nuyoricans en Puerto Rico, el rol del idioma, la relación de los nuyoricans con los afroamericanos, entre otros temas. El documental tiene visuales de la época que para nosotros los “fiebrús” del baloncesto es simplemente un banquete. Realmente hay pocos documentales que son tan transversales en su temática, es uno de interés para quien le guste el deporte, el baloncesto, la historia deportiva puertorriqueña, la diáspora, la historia de los nuyoricans, las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos, la relación entre el deporte y la política, entre muchos otros.

Nuyorican Basket en Nueva York

Ayer domingo 18 de noviembre se presentó por primera vez el documental en la ciudad de Nueva York como parte del Octavo Festival Internacional de Cine de la Herencia Puertorriqueña (International Puerto Rican Heritage Film Festival), el cual cerró, alzándose también con el premio al mejor documental. En la sala, había una mezcla de puertorriqueños, público en general, gente de la comunidad de aquí y algunos de los protagonistas, como los jugadores Néstor Cora y Roberto Valdera, también estaba la hermana de César Fantauzzi. Para mí fue muy interesante tener la oportunidad de estar en ambas presentaciones. La del Roberto Clemente fue muy emocionante por muchísimas razones, empezando por el lugar, que fue el escenario de esa final de los Juegos Panamericanos. Pero también por la presencia de la mayoría de los jugadores y protagonistas, entre ellos Georgie Torres, Mario “Quijote” Morales, Charly Bermúdez, los dirigentes Julio Toro y Flor Meléndez y Tuto Marchand, quien recibió de los aplausos más sonoros de la noche. En el plano personal, fue muy emotivo pues mi Padre aún estaba en el hospital y verlo en la pantalla con toda su energía y emoción al hablar de uno de sus temas favoritos, era una sensación rara y linda a la vez. Y todo el mundo me paraba para preguntarme por su salud y darme los buenos deseos de recuperación.

En Nueva York fue diferente. Era en una sala de cine pequeña, no en una cancha de baloncesto, pero los aplausos, gritos y abucheos eran como si estuvieran en el Coliseo Roberto Clemente. Y es que el documental te saca pa’fuera el fanático que vive en ti y por un momento se te olvida que estas en el Cantor Film Center de NYU y cuando ves a Angelo Cruz volando, te transportas sin querer a la antigua cancha de los Indios de Canóvanas, la Carlos Miguel Mangual, y solo se te ocurre aplaudir y gritar “¡fua!”. Los aplausos a las jugadas espectaculares de nuestros jugadores y los abucheos al exgobernador de Puerto Rico Carlos Romero Barceló fueron constante en ambas proyecciones, quizás con más abucheos y más sonoros a Romero en Puerto Rico. Desafortunadamente no pude verla en los cines en Puerto Rico pero Mami me contó que fue igual, especialmente los abucheos e insultos a Romero. Lo que sí me llamó la atención fue las reacciones aquí a todas las partes de la película en la que se discute el tema de la identidad puertorriqueña, los nuyoricans, su definición tanto aquí como allá, etc. Desde aplausos a las académicas Ana Celia Zentella y Raquel Rivera cuando hablaban de lo híbrido que es ser puertorriqueño y/o nuyorican, que ellos tienen derecho a decidir si se sienten puertorriqueños aunque no hayan nacido en la Isla y/o hablen español, sobre la arrogancia de alguna gente en Puerto Rico con los nuyoricans a la hora de definirlos y limitar la “puertorriqueñidad”, entre otros. Y, asimismo, el abucheo a Fufi Santori cuando dice que “eso de ‘yo sería borincano aunque naciera en la luna’ suena bonito en la canción pero en la vida real no”. Así, el documental acá toca otras fibras que son muy importantes en el día a día de la comunidad puertorriqueña en Nueva York y que todavía es un tema que se siente ajeno o no tan importante en Puerto Rico. Y es que la discusión de la vida y lucha de más de la mitad de los puertorriqueños que viven afuera de la Isla todavía no es una prioridad en Puerto Rico.

En la sección de preguntas y respuestas fue muy bonito ver en la tarima a Néstor Cora y a Roberto Valdera pues ambos compartieron sus impresiones de ver la película. Ambos se mostraron sumamente satisfechos y emocionados con el producto final. Cora dijo: “Fue muy emotivo, lloré lágrimas de felicidad. Aunque tengo sentimientos agridulces con mi experiencia con el baloncesto en Puerto Rico”. Luego explicó su disgusto por la falta de beneficios laborales y de salud luego de haber dedicado 16 temporadas en la Isla. Añadió “no me gusta mezclar política y deporte pero luego de ver este film no hay manera de separarlos. Aprendí de Moscú y Maravilla. La parte educacional del film es muy importante y yo estaba ahí”. Cuando a ambos se le preguntó por la decisión de no ir a los Juegos Olímpicos de Moscú, ambos se mostraron apenados, Cora dijo que “’él estaba listo, y así lo dijo, aunque fueran tres o cuatro hubiera ido”. Valdera en el documental dice que es de las cosas que más se arrepiente en su vida. Valdera, quien es de Baltimore, mostró su profundo agradecimiento no solo a los directores de la película por traerlo de regreso a Puerto Rico, sino a la Isla por haberlo tratado como uno más.

Sin duda era necesario que se presentara el documental en Nueva York y ojalá que se pueda presentar en las comunidades puertorriqueñas y que sea accesible a más personas. Allí incluso hubo gente que preguntó para enseñarlo en escuelas, universidades e ESPN. ¡Enhorabuena!