El pasado jueves 26 de febrero se realizó en Puerto Rico el partido de exhibición entre los equipos de fútbol del Independiente Valle de Ecuador y el Inter Millan de Miami equipo al que pertenece la leyenda, Leo Messi.
La presencia de Messi fue el principal factor para que, por dos días, el Juan Ramón Loubriel se abarrotara y desde tempranas horas hubiera miles de fanáticos esperando para ver a la estrella argentina.
El partido cumplió con las expectativas y, pese a que sólo jugó la segunda mitad, el espectáculo que montó el argentino (sobre todo en los minutos 65 al 70) coronó con el gol que decidió el juego. Nos hizo recordar a todos porqué estábamos presenciando a uno de los grandes de todos los tiempos.
Falló la organización y la seguridad
Fotos Alina Luciano/CLARIDAD
Pese a que el evento fue un éxito taquillero, se demostró que el fútbol puertorriqueño no tiene un problema de fútbol sino uno de organización a todos los niveles.
Añadir más butacas parecía bien en teoría, pero no había la seguridad suficiente y el plan que había (el que fuera) debe ser revisado en su totalidad luego de que al final del partido hubo un incidente donde un joven tropezó con la estrella argentina en lo que pudo haber acabado en una tragedia. Todos vamos al estadio a disfrutar y ese tipo de comportamiento no se puede permitir.
Puerto Rico vivo en las ventanas
Al mismo tiempo que se estaba llevando a cabo el juego de Messi, en el Coliseo Roberto Clemente el equipo nacional de baloncesto trataba de mantener con vida sus oportunidades de cualificar al Mundial tras haber sido sorprendido dos veces por Jamaica en noviembre del año pasado. Puerto Rico tuvo la oportunidad de vencer a Canadá en el tiempo regular pero no pudieron ejecutar en la última jugada y eventualmente perdieron en el tiempo extra.
Eso empinó la cuesta al punto de que si PR perdía el domingo frente a Bahamas prácticamente estaba fuera de un mundial de baloncesto por primera vez desde 1982.
Puerto Rico, demostrando cría, salió con urgencia el domingo y al final aguantaron el empuje de los bahameños para llevarse la victoria 71 a 66 y mantenerse con vida. Así las cosas, el juego del mes de julio entre PR y Bahamas (allá) decidirá quién adelanta de ronda.
CLARIDAD listo para el Clásico Mundial
Este próximo viernes comenzará en Puerto Rico (en el estadio Hiram Bithorn) la primera ronda del Grupo A del Clásico sin un claro favorito entre Canadá, Colombia, Panamá, Cuba y los nuestros. Nuestro grupo es uno accesible, pero, jugándose dos pases olímpicos para Los Ángeles 2028, todo es posible.
Por primera vez en mucho tiempo CLARIDAD contará con 4 periodistas: los reporteros Javier Gorbea y Jorge Mercado, y los fotoperiodistas Alina Luciano y Christian Rosado. Entre todos cubriremos todas las incidencias del torneo más importante del béisbol.
También pendiente al cualificatorio FIBA femenino
El mismo día que se lleva a cabo el último juego de primera ronda del Clásico Mundial en el Hiram Bithorn, comienza en el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot el torneo cualificatorio FIBA femenino para determinar los 16 equipos que irán al Mundial en Alemania. Actualmente están clasificados Bélgica, Nigeria, Australia, EEUU y el anfitrión. Los torneos para determinar los próximos once equipos se llevarán a cabo de manera simultánea habiendo 3 plazas en cada una de las sedes (China, Turquía y la nuestra) y dos en el torneo en Francia.
Nuevamente CLARIDAD estará presente para la cobertura más completa.
Por último, este sábado 7 de marzo se llevará a cabo el Clásico de Pruebas Múltiples de atletismo en el Centro de Atletismo de Cupey Track el evento lleva el nombre de dos de las principales figuras de atletismo del país la heptalista Alisbeth Félix y el decalista Ayden Owens. La prueba será dedicada a la Dra. Ana Cintrón, Luzgarda Rondón y el compañero Jorge Mercado quien en los últimos años se ha convertido en un pilar en la continuidad de las páginas deportivas de CLARIDAD. A los tres nuestras felicitaciones. ¡Qué vengan los grandes eventos!
El jueves 26 de febrero del presente año atletas Boricuas participaron en la competencia “Sudamericano Bajo Techo” celebrado en Cochabamba Bolivia. Gran actuación de los nuestros logrando tres Marcas Nacionales. Entre ellos: Eloy Benítez en 60m 6.48 Marca Nacional (preliminar); Gladymar Torress, 2 lugar con 7.18 en los 60 m, Marca Nacional y marca mundial bajo techo; Adanelys Rodríguez 3 lugar con 7.29, mejorando su Marca Personal; Paola Vázquez en 60mv con 8.13, mejorando su Marca Personal 2 lugar y Allysbeth Félix 6.60m Marca Nacional 2do lugar
Extraordinario desempeño de los nuestros camino a los juegos Centroamericanos en julio del 2026 en República Dominicana. Hay que destacar el trabajo extraordinario técnico, médico y administrativo del personal de apoyo de cada uno de estos atletas y hacemos un llamado al gobierno central ya que el atletismo necesita fondos para un mejor desarrollo y alto rendimiento. Los resultados están, el compromiso no falla tampoco y la disciplina de nuestros atletas es cada día mayor.
Celebren y aporten más al Atletismo que históricamente es el deporte con mayor número de clasificados en las últimas cuatro (4) olimpiadas en eventos individuales. Al presente, 31 atletas ya han cumplido con la marca mínima para los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026.
Más para el deporte, más para nuestros atletas, ¡¡¡más para el desarrollo!!!, señaló el liderato de la Federación de Atletismo de Puerto Rico a través de sus directivos.
Entrevistamos al Profesor Luis Diepa, Presidente de la Federación de Atletismo y nos señaló lo siguiente:
“Tenemos un gran grupo de atletas juveniles y adultos con capacidad atlética y el compromiso de representar al país dignamente, pero se necesita el apoyo económico gubernamental y privado para ayudarlos a desarrollarse adecuadamente”. “Los recortes al presupuesto en el gobierno central y al COPUR nos han afectado y tenemos que buscar fondos privados de personas y compañías que se comprometan con nuestros programas”.
¿Qué problemas principales enfrenta la Federación y los programas de atletismo en Puerto Rico?
“Las pistas de nuestro país no tienen las facilidades adecuadas para eventos como martillo, salto con pértiga, salto alto, vallas, lanzamientos y eventos de campo en general. Las mejores pistas están en instituciones privadas. Muchas pistas, pero solo para eventos de carreras y no podemos expandir a todo el archipiélago nuestro programa de eventos”. Se construyen pistas, pero no se les da mantenimiento, ni tienen las facilidades necesarias para eventos de campo. Ejemplo Jerome Vega, Campeón Centroamericano Martillo y participante de los juegos Olímpicos en Paris que no tiene donde entrenar adecuadamente. La pista de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras no tiene las condiciones y la del Albergue Olímpico tampoco. Estamos buscando con la agencias privadas a qué nos faciliten y ayuden como auspiciadoras para mejorar nuestros programas de competencia y apoyo a atletas.”
¿Qué está haciendo la Federación para mejorar sus programas y ayudar al desarrollo de atletas elites?
“Aparte de las competencias a todos los niveles, infantil, juvenil y adultos, respaldo a nuestros técnicos, acuerdos colaborativos con el Departamento de Recreación y Deporte, Comité Olímpico y otros, estamos en búsqueda de apoyo para los eventos de atletismo. Apoyo financiero de instituciones corporativas y privadas para ayudar a nuestros atletas a seguir mejorando.” (Para videos y entrevistas visitar:Prensa Pitirre – YouTube)
Sabemos que cuando los grandes medios empiezan a corear la misma canción, alguien está afilando los cuchillos
Por Jorge Enrique Jerez Belisario
El mundo despertó el fin de semana con la noticia de la Operación Furia Épica. El nombre, tan grandilocuente como vacío, no podía ocultar la crudeza de los hechos: bombas sobre Teherán, centenares de muertos y muchas edificaciones civiles destruidas. Pero, ¿cómo se llega a este punto?
Lo ocurrido, que no fue en absoluto un arrebato de ira, contó de manera invariable, en sus esencias, con una operación mucho más silenciosa y, a su manera, tan efectiva como cualquier bombardeo: la operación mediática.
En Estados Unidos, la maquinaria de propaganda no descansa. No necesita hacerlo. Durante meses, grandes medios occidentales han actuado como avanzada del Pentágono. Han desplegado lo que algunos analistas denominan una «distorsión perceptual»: presentar cada movimiento defensivo de Irán como una amenaza ofensiva, obviar contextos históricos, y saturar el espectro informativo con la cantinela de que el programa nuclear persa es un peligro existencial para el mundo.
En el discurso de esos medios, para los agresores se utilizan verbos como «bombardeó» o «atacó», asociados a acciones tácticas, precisas y, por tanto, susceptibles de justificación estratégica. Se mencionan los «objetivos militares» para reforzar la idea de una guerra limpia, racional. Mientras que, para la respuesta de los agredidos, se emplean expresiones como «lanzó una oleada» y «lluvia de misiles», que evocan violencia descontrolada, barbarie y una amenaza existencial.
Se omite sistemáticamente que esos misiles también impactan en instalaciones militares o de inteligencia, lo que influye en que el lector infiera que el ataque iraní fue ciego y dirigido contra civiles. Esta asimetría se convierte en una inversión moral: el agresor (quien bombardea primero) es presentado como un actor racional y defensivo, mientras que quien responde es mostrado como una fiera irracional.
Los medios occidentales han perfeccionado la técnica de deshumanizar al enemigo mediante etiquetas que lo vacían de complejidad. A los aliados regionales de Irán se les llama sistemáticamente «proxies» (títeres), negándoles su condición de movimientos con raíces sociales y agendas políticas propias. Al Cuerpo de Guardianes de la Revolución se le presenta como una «estructura de poder parásita». El propósito es presentar a Irán no como un Estado-nación con intereses legítimos, sino como una «cabeza de hidra» que debe ser cortada para que la región vuelva a la normalidad.
Y ahí radica la trampa. El periodismo serio explica; la propaganda, en cambio, etiqueta. Al repetir hasta el cansancio que Irán es un «régimen terrorista» o una «teocracia malvada», se deshumaniza a una nación de 85 millones de personas. Se borra de un plumazo su poesía, su cine, su historia milenaria y, sobre todo, se justifica de antemano cualquier crimen cometido contra ellos.
La maquinaria no opera solo en los medios, sino también en los centros de investigación y revistas académicas como Foreign Affairs. Allí se producen análisis que, bajo la apariencia de objetividad, preparan el terreno para la intervención. Se presentan las protestas internas en Irán como evidencia de «colapso inminente», sin mencionar el papel de las potencias externas financiando y organizando la agitación. Se describe al Gobierno iraní como «carente de legitimidad», mientras se ignora que ha sobrevivido a décadas de sanciones, guerra e injerencia, lo que demuestra precisamente una notable resiliencia institucional.
La historia, tozuda ella, suele repetirse, primero como farsa y luego como tragedia. Quienes vivimos la década del 2000 recordamos cómo los mismos métodos –falsos informes, «armas de destrucción masiva» inexistentes y una prensa cómplice– allanaron el camino para la invasión de Irak. Aquella guerra dejó un millón de muertos y un país destruido. Nadie pagó por los titulares mentirosos. Nadie pidió perdón. Y aquí estamos, con el libreto reciclado, listos para el próximo estreno.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, por eso, cuando se ordenaron los bombardeos, ya estaba sembrada la cosecha. Días antes el imperio hablaba de misiles iraníes capaces de alcanzar Estados Unidos, una afirmación desmentida incluso por analistas occidentales, pero útil para lo que realmente importaba: preparar a la opinión pública, en particular a su base más fiel, para lo que estaba destinado a suceder.
La estrategia es perversa, pero simple: se crea un monstruo en la ficción para luego vender la solución por la vía de los hechos. Se magnifican los errores de Irán, se callan las provocaciones de Israel y se establece una jerarquía del dolor donde las víctimas del «otro» son solo números, mientras las «nuestras» merecen biografías y condolencias oficiales.
Todo este dispositivo narrativo tiene un nombre: guerra sicológica. El objetivo es claro: Desmoralizar a la población iraní, haciéndole creer que su aislamiento es total y que su destino es el colapso. Desinformar a la opinión pública occidental, para que acepte como necesarias medidas que de otro modo serían repudiadas. Preparar el terreno para la acción militar, construyendo un consenso en torno a la idea de que «no hay otra opción» que atacar.
En Cuba sabemos de eso. La diferencia es que nosotros aprendimos a leer entre líneas, a buscar la verdad a contracorriente de los grandes monopolios. Sabemos que cuando los grandes medios empiezan a corear la misma canción, alguien está afilando los cuchillos.
Hoy es Irán la diana elegida. Mañana, ¿qué país será el elegido para ser deshumanizado en las portadas de los grandes diarios? La tinta que prepara la pólvora no distingue pueblos, solo obedece.
Rafael Acevedo, director de En Rojo. Foto por Christian Rosado Medina
Especial para CLARIDAD
Entrevista a Rafael Acevedo
Especial para en Rojo
Ante la otorgación a Rafael Acevedo del Premio Bolívar Pagán de Periodismo, que otorga el Instituto de Literatura Puertorriqueña, surgió el interés de entrevistar al autor sobre el periodismo y su obra.
Llegué al punto de encuentro temprano, para repasar mis notas para la entrevista. Cuando llegó Rafael Acevedo, mientras se acercaba y se reclinaba en el asiento, casi de manera espontánea, empezó la entrevista sin que el entrevistador hiciera una pregunta. Dijo: “El periodismo inició el primero de diciembre del 1900 con la publicación de Iskra, de Vladimir Lenin”. Ese pie forzado dio para iniciar la conversación.
¿Cómo llegas al periodismo?
Yo relajo con lo de Iskra de Lenin del primero de diciembre del 1900 porque a mí me parece que esa narrativa, esa leyenda que yo hago en mi cabeza de Lenin haciendo una revista con una función revolucionaria me marcó, y marca lo que hago, salvando las distinciones enormes entre ambos contextos y las figuras.
Mi interés por el periodismo surge precisamente de la lucha por la independencia. Ver, en televisión, lo relacionado con la muerte de Antonia Martínez, los motines en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras en el 1971, en el 1973, ver todo esto me causó el interés de estar allí, en la noticia. Yo me preguntaba, ¿por qué está pasando esto? Era cierta intuición de periodista, estar presente y preguntar por qué.
Cuando yo me criaba, la idea de luchar por la independencia era más arriesgada que ahora. Como no tengo buena vista, no veo bien de noche, pensé que mi lucha tendría que ser a través de la escritura. Siempre quise ser periodista, y, de hecho, entré a la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras con la intención de estudiar periodismo en lo que antes se llamaba Comunicación Pública. Era el espacio en que pensé que podía yo luchar contra el sistema. Mi idea de hacer periodismo siempre estuvo vinculada con la lucha por la independencia. Si eso funciona o no, no viene al caso ahora.
No me gustó el ambiente en Comunicación Pública, porque estaba más enfocada en lo espectacular del periodismo, en la televisión, en el periodismo de farándula. Eso no me interesó. Las clases de literatura, sin embargo, me entusiasmaron, y por ese camino me fui. A mí siempre me había interesado la literatura, gracias a que el viejo mío tenía una biblioteca pequeña pero con una selección muy curada (cosa que no sabía en el momento). Leí literatura rusa, por ejemplo – Dostoievski, Solzhenytzin – en esa colección.
Entré al Departamento de Estudios Hispánicos y desde entonces estudié literatura. Nunca se me volvió a ocurrir tomar cursos en Comunicación Pública. De hecho, nunca tomé cursos en periodismo. El periodismo lo he aprendido leyendo periódicos y hablando con periodistas. Si es que algo he aprendido del periodismo.
El periodismo siempre lo vinculé con la lucha por la independencia. Y, por supuesto, yo no sabía quién era Lenin, pero con el tiempo resulta evidente que un movimiento de liberación, un movimiento socialista, necesita una comunicación, un periódico. Y en Puerto Rico, el que existió en ese momento y existe hoy es Claridad.
¿Hubo una pausa en tu interés hacia el periodismo, cuando cambiaste de carrera?
Empecé publicando poemarios en los 1980, cuando era estudiante. Después hicimos una revista de poesía, Filo de juego. Terminé de estudiar en el 1988, completé la tesis dos años después. Me ofrecieron irme a Santa Bárbara, California, pero no me interesaba, quería regresar a Puerto Rico.
Quince años luego de entrar a la universidad originalmente pensando estudiar periodismo, se presentó la oportunida de trabajar en Claridad, gracias a Graciela Rodríguez. Desde entonces, soy colaborador de En Rojo.
Yo no conocía a Graciela, ni sé por qué se interesó en invitarme a colaborar. Empecé escribiendo regularmente, luego hicimos una sección en En Rojo dedicada a la poesía de jóvenes. Creo que en el 1997 entré a dirigir el En Rojo, en momentos compartido con Héctor Iván Monclova. Luego de un periodo fuera de la dirección, hace como seis o siete años volví como editor. Pero siempre colaboré con la escritura.
Hubo un espacio de dos años en los que también colaboré con El Nuevo Día, en la sección “Buscapié”. La diferencia fundamental entre escribir para En Rojo y escribir para el Buscapié es que el Buscapié son 350 palabras. El espacio del periódico corporativo siempre está medido por los anuncios. Hay un compromiso con el mercado. Por eso el espacio de la escritura es tan estricto. Al momento de iniciar se hace difícil. Sin embargo, en la práctica, uno se sienta a escribir y cuando entiende que ha terminado, se tienen casi exactamente 350 palabras. Era un ejercicio maravilloso de síntesis. Pero la otra diferencia en esa experiencia era la censura, que usualmente se escondía detrás de sugerencias de cambios de temas o de párrafos. Ha sido el único lugar en el que me han pedido que cambie temas o enfoques. Interesantemente, en el periódico CLARIDAD el periódico “ideológico”, nunca he tenido problemas de esa naturaleza.
Algunos amigos me cuestionaban por qué publicaba en El Nuevo Día. Yo pienso que, igual, si te ofrecen un espacio en el New York Times, hay que usarlo. De hecho, la razón por la que empecé a colaborar con El Nuevo Día es porque me invitaron a colaborar, y me invitó un amigo, Félix Jiménez. Ni antes ni después había buscado publicar en el periódico. Y nunca dejé de escribir en el periódico Claridad durante mi participación en el Buscapié. No recuerdo exactamente cuál fue mi última columna en El Nuevo Día, pero eventualmente me dijeron que ya no tenía que volver a publicar en la sección.
Como escritor, ¿dónde ubicas tu trabajo periodístico dentro de tu obra literaria?
Yo colaboro con En Rojo desde la década del 1990. Colaboré por alrededor de dos años con el periódico de la burguesía puertorriqueña. Eso significa escribir periodismo todas las semanas, o, en su defecto, asumir otras tareas del periodismo todas las semanas. En ese sentido, en términos de cantidad, es prácticamente lo mismo lo que le he dedicado al periodismo que al trabajo literario.
El ejercicio de escritura en el periodismo es muy similar al de la escritura literaria. Veo al periodismo muy cercano a la literatura. El proceso de escritura, dependiendo del género, tiene diferentes intensidades. Por género, de manera distinta, va cobrando forma un pensamiento. Yo pienso que, cuando se hace periodismo, se piensa en cierta estructura y cierta musicalidad que son muy similares a las que uno piensa cuando va a escribir una novela o un poema. Obviamente, el interés del género periodismo requiere claridad, requiere ser directo, pero eso también me puede suceder al escribir una novela.
En el periodismo, tengo una idea de que se debe ser claro, preciso y directo, de que las opiniones deben ser, dentro de todo, justas y razonables, mientras que en la literatura no pienso nunca en un público. Escribo para mí.
Como dije, para mí el periodismo siempre estuvo vinculado a una lucha política. Escribo “poemitas” desde muy niño. Llevo toda mi vida escribiendo. Nunca pensé en la literatura como algo relacionado específicamente con luchas sociales. Creo en la total autonomía de la literatura. Por supuesto, como sabes, las codificaciones de la realidad se explayan en lo que escribimos. Una carta a la novia puede tener algo de esa realidad. Pero no se hace con esa intención, como sí ocurre para el periodismo.
En el periodismo también se pudiera hablar del tema de la objetividad, pero la objetividad no tiene nada que ver con desvincularse con ninguna postura ideológica o política.
¿Tú trabajo ensayístico es casi todo periodístico?
Yo tengo un libro sobre ciencia ficción en Puerto Rico, desde sus orígenes hasta el 2026. Tengo un libro de ensayos sobre literatura puertorriqueña en el siglo XIX. Tengo cuatro o cinco libros de ensayos. Pero nunca he publicado esos libros. Y rara vez publico en revistas académicas. Las razones no las sé.
Esa es una escritura totalmente distinta a la periodística, es una escritura académica, siguiendo las reglas del MLA del 1992, que fueron las que aprendí. Pero mi escritura periodística es de otra naturaleza
Ahora que leo textos periodísticos que escribí hace 20 o 30 años, veo que era muy críptico, más cercano a la academia, con reflexiones filosóficas o muy relacionadas con la teoría literaria, sobre todo cuando escribía reseñas. Ahí se veía la imprompta de la academia, pero no era la intención. Me salía natural por el oficio. No era algo consciente.
Cuando te iniciaste como colaborador de En Rojo, ¿cuáles eran tus referentes de escritura en el periodismo? ¿Tenías presente la tradición de escritura del periódico, como la columna rotativa Relevo?
Yo sabía que había un peso literario en el En Rojo, como tal, que desde sus inicios había contado con la participación de los escritores puertorriqueños más conocidos. Quizás también eran los más conocidos por estar vinculados con la lucha por la independencia. En todo caso, aquí hay una coincidencia entre los más conocidos y los mejores escritores, coincidencia que no siempre se da. Pero nunca lo pensé como algo que había que continuar porque, a fin de cuentas, los escritores nuevos tenían ya su espacio en En Rojo.
Si empiezo a mencionar los escritores que hoy día son reconocidos y que comenzaron a publicar en En Rojo, deberían ser como 10 o 15, quizás más. Sobre todo poetas, mujeres, que comenzaron a publicar en En Rojo. Y también, escritores que no necesariamente están vinculados con lucha de ninguna índole. Pedro Cabiya, Juan Carlos Quiñones… Escritores académicos también. Yo creo que En Rojo, desde su fundación, era un espacio importante para escritores jóvenes. Muchos tuvieron sus primeras publicaciones aquí.
Con respecto a mis referencias literarias, hay varios que no necesariamente veo como modelos de escritura, pero sí que me gustaba leer. Lenin sería uno, además que era ejemplo con respecto a la importancia de trabajar en el periódico y escribir en él.
Hay escritores de periodismo deportivo que a mí me resultaban fascinantes. Rafael Pont Flores, por ejemplo.
También, los periodistas que escribían en El Vocero. Tomás de Jesús Mangual era uno. Escribía narraciones que eran cuentos en los que no sobraba ni una palabra. Después supe que Tomás de Jesús Mangual no escribía sus artículos, que los escribía Francisco Velázquez, para mí el mejor escritor de literatura policiaca que hay en el Caribe.
Me gustaba mucho leer a Nemesio Canales. Los textos de Gabriel García Márquez. Alfonso Reyes. No como modelos para escribir, nuevamente, sino como referencia de grandes escritores de artículos periodísticos.
Yo no escribo tan claro. Soy más lezamiano.
Otro escritor importante para mí es Joserramón Ché Meléndes. Ahora pensándolo bien, puedo decir que Joserramón Meléndes es un modelo de escritura de ensayo periodístico. Ché tiene la capacidad de escribir un artículo que no es necesariamente lineal pero con fragmentos lúcidos: el poder escribir de manera fragmentaria y tener el efecto deseado.
Cuando recibiste el Premio Bolívar Pagán, se celebró en CLARIDAD, pero no solo porque eres colaborador regular del periódico, sino porque también, como se ha dicho, has sido y eres el editor de En Rojo. ¿Dónde cae tu labor como editor en este proceso?
Todos los periodistas tienen que ser editores de su propia obra. Pero trabajar en un periódico presupone toda una división del trabajo: editores, correctores, redactores, etc. Los periódicos independientes muchas veces no tienen la fortaleza económica de los periódicos corporativos, así que quienes laboran en estos espacios tendrán que ser editores, correctores, redactores, etc. No es que yo deseara ser editor, es que es una de las funciones que he asumido como parte de mi trabajo en Claridad.
A mí, en lo personal, no me gusta “editar”, en el sentido de modificar lo que alguien escribió, o por lo menos nada que incida en el contenido. No me gusta hacerlo ni tan siquiera en los exámenes que recibo de mis estudiantes.
Lo más que yo he apreciado del trabajo como editor es hacer entrevistas. Haber entrevistado a Elena Poniatowska, Sergio Ramírez, que es fan del beisbol, Silvio Rodríguez… En ese otro sentido, el de las entrevistas, es bien grato conversar con personas que uno admira.
No sé, a mí me parece el mejor empleo que uno pudiera tener, el de periodista.
¿Sabes qué es curioso? Uno de los primeros libros que yo leí fue Historia de los partidos políticos puertorriqueños (1898-1956) de Bolívar Pagán, porque formaba parte de la colección de mi viejo. Una cantera de información. Después fue que supe que era un periodista vinculado con el Partido Socialista. Fue una gran lectura para mi formación.
Pero fíjate que quien me entrega el premio es el Instituto de Literatura Puertorriqueña, no el Overseas Press Club ni la Asociación de Periodistas de Puerto Rico. Es un instituto de literatura cuyo fin es premiar el periodismo desde una perspectiva más hacia la literatura que otra cosa. Me parece que está más relacionado con el periodismo cultural.
¿Cómo definirías periodismo cultural?
La cultura es transformación de la naturaleza. En términos generales, pues, el término cultura es vasto. Pero desde esta visión, “periodismo cultural” es quizás demasiado amplio.
Nosotros asociamos el periodismo cultural al arte, al teatro, pero yo creo que el periodismo cultural es lo que se escribe en un medio y que tiene belleza. Puedes estar escribiendo de economía, pero puede haber belleza en eso. Tú lo sabes, hay pasajes de El capital que son inmamables, pero hay otros que son literatura. Yo creo que se puede hacer periodismo cultural desde el periodismo deportivo. Para mí, unos de los mejores textos periodísticos que yo he leído son los de Rafael Pont Flores, y son simplemente reseñas de beisbol, reseñas deportivas, de una belleza literaria. José Martí hacía periodismo cultural. No coincido con él en su perspectiva del beisbol, pero todo lo demás que escribió, eso es literatura, eso es periodismo cultural. El Manifiesto de Montecristi es de una belleza intensa, pero también es una estrategia de combate. “El puente de Brooklyn”, ¿es periodismo cultural? Por supuesto. No sé si se llamaba así entonces.
Yo creo que “periodismo cultural” es lo que está bien escrito. Eso no existe en el periodismo corporativo. Son textos breves, concisos, sin reflexión.
De hecho, Claridad es el único periódico con un espacio para la cultura. El Nuevo Día a veces, pero es una página, dos páginas. Son reseñas, que se solicita que sean de libros de editoriales “importantes” – lo sé por gente que trabaja ahí. No van a encontrar reseñas de libros de Luscinia, de Gnomo, de Pulpo, de esas editoriales que piensan que son “pequeñitas”.
Hoy, el periodismo en Puerto Rico, quizás en el mundo, prescinde de lo cultural
¿Hay algo que quieras decir de la tradición del periodismo cultural en Puerto Rico?
Qué importante han sido las revistas en Puerto Rico. La revista La Azucena de Alejandro Tapia y Rivera… Esa revista tenía artículos de filosofía, de ciencia, de literatura, tenía novelas por entrega. Es incalculable el valor cultural de esa revista. Puerto Rico Ilustrado es una revista magnífica. Igual, literatura, ciencia, creación… Nada más hay que leerse el libro Historia del periodismo de Antonio S. Pedreira para enterarse de esa riqueza.
Tapia, para mí, es el fundador del periodismo cultural en Puerto Rico. No sé si lo que estoy diciendo es correcto, habría que ver. Pero me parece que es quien le da pertinencia y volumen al periodismo cultural.
¿A veces te piensas como parte de esta tradición?
Never. Never. No.
Yo pienso que la aportación individual ya no tiene mucho sentido. Digo que Tapia es el fundador del periodismo cultural, pero esas figuras no existen en el mundo contemporáneo. Las cosas se han colectivizado, por no decir democratizado. Si acaso, formo parte de esta tradición porque dirijo un suplemento cultural. Pero el suplemento cultural no existiría sin el periódico, y el periódico no hubiese existido sin la organización política. Una organización política, además, con la idea de que se necesitaba un periódico y un suplemento cultural porque la lucha cultural era parte de la lucha por la independencia.
¿Qué aportación individual uno puede hacer en esto? Sí, los individuos están ahí, pero son trabajos colectivos. ¿Si nadie colabora con el En Rojo, cuál es la importancia de un individuo que trabaja ahí?
“El acto más pequeño en las circunstancias más limitadas lleva la simiente de la misma ilimitación, ya que un acto, y a veces una palabra, bastan para cambiar cualquier constelación.”
Hannah Arendt
Hoy fue el día de salida. Desocupo mi oficina.
Retirarme. El vocablo implica salirse del campo de juego. Quitarse. Renunciar. Irse. Abandonar. Moverse por voluntad propia. Nadie me ha pedido que me vaya, es cierto. He decidido hacerlo, aunque aún soy joven. Joven es un decir, pero el promedio de edad de retiro de los profesores está entre los 65 a los 68 años. Renunciar a mi plaza me ha provocado miedo, mucho, muchísimo.
Me ha llegado el momento. Hablo desde el absoluto privilegio de poder tener miedo a retirarme. Sé que muchos no pueden ni soñar dejar de trabajar. Legiones de gente no tendrán retiro. Incluso, ¿quién me asegura que tendré retiro en un par de años, aunque me acoja a él? Se sabe que el estado del Sistema de Retiro de la Universidad de Puerto Rico está en peligro porque en las últimas dos décadas apenas han contratado docentes con plaza, quienes pagarían mi/nuestro retiro, y por la constante amenaza de la Junta de Control Fiscal a los fondos del Sistema de Retiro. Si bien reconozco mi lugar de privilegio, también señalo que reconocer ese privilegio no debería ser de ninguna manera claudicar al derecho de toda ciudadana a poder vivir una última etapa de su vida de otra forma. Ese derecho, como el de tener comida, techo y asistencia médica cuando se pasa de los 60 debería estar asegurado para todos en este país. Rectifico, el bienestar debería ser para todos a cualquier edad. La culpa siempre toca a mi puerta. Sentirla por el buenvivir común es una pasión. Si se piensa bien, la culpa está muy lejos de ser postura política. No deberíamos sentirla por obtener un derecho laboral, derecho que hemos pagado con nuestro trabajo, además. Hacernos sentir culpables por los derechos recibidos es una trampa del capitalismo. De las peores. Un tapabocas. Un amarrarte las manos. Un hacerte sentir privilegiada por recibir lo que debería corresponder a todos. Exigirlo es la postura política. Siempre.Me consuela mi estudiante Luis: “Vilches, tiene el deber de aprovechar y disfrutar el derecho que nosotros no tendremos”.
Pensaba que desalojar mi oficina en el 345 de Domingo Marrero Navarro sería terrible, pero no lo fue. Bueno, casi. Vacié mi escritorio, mi credencia, el modesto librero de la oficina. Boté exámenes viejos, fotocopias ya inservibles para mí, papeles que no sé por qué aún guardaba. Recogí todos los imanes/mementos que con cariño la gente me fue regalando durante mis 35 años. Introduje en las cajas de mudanza los mensajes de agradecimiento de los estudiantes: pócima para curar la nostalgia; la colección de animalitos que adornaba mi escritorio; los útiles escolares que ya no volveré a usar; las fotos de mi familia que me animaron tantas veces. Recogí los carteles de las paredes: el mapa del subway de NYC, el afiche con la cita de Hitchcock, “There is no terror in the Bang, only in the anticipation of it”-moto de mi escritura-, el cartel con “Mi Viejo San Juan” de Pietri y el anuncio de mis libros. Lo guardé todo con rapidez, casi con prisa. Son formas de contener la tristeza y sus lágrimas. No se despachan 35 años tan fácilmente.
Contradictoriamente, retirarse da júbilo y tristeza. Nombro los miedos para alejarlos. Pensamiento mágico, pensarán. El primero es el más fuerte, una especie de miedo troncal del cual brotan los otros como ramas de un árbol centenario: la caducidad autoimpuesta. El aterrador miedo a volverme vieja de repente. Ser anciana no en la acepción de la decrepitud corporal-con sus inevitables canas, dolores, arrugas, achaques y la cercanía a la muerte-sino en el sentido social, la idea de que se llega a una edad en la que una se vuelve aún más invisible. Temo mi borradura como sujeto social. Si desaparezco del escenario universitario, ¿quién me va a procurar? Si me retiro del salón de clase, ¿tendré público con quien rumiar mis lecturas, mis ideas, mis escritos, mis ilusiones, esperanzas y proyectos? ¿Será una invisibilidad autoimpuesta?¿Será una caída dentro del orden social? Eso nos dicta un mundo donde nuestro valor está estrechamente atado a cierto tipo de productividad que relacionamos con la fortaleza de la propia carrera y la iniciativa individual (Jenny Odell). Me niego a limitar el concepto de productividad al trabajo-salario. Otra trampa del capital. La creatividad no paga, por ejemplo, es una hermosa forma de productividad.
¿Y qué si esa invisibilidad esconde en su centro transparente una gran libertad?
El miedo del que hablo es a ser dispensable, a perder un lugar que ha costado ocupar. Este terror se fundamenta en que he construido gran parte de mi identidad en la Universidad de Puerto Rico. La torre Franklin Delano Roosevelt ha ocupado el lugar de mi columna vertebral. Desde que tengo 13 años he estado ligada a ella. Llegué a la Secundaria de la Universidad a los trece años y desde entonces no he salido de la UPR, con excepción de los cinco años de escuela graduada. Me reintegré orgullosamente como profesora a tiempo parcial en el 1990, dando algún curso en Literatura Comparada y el Departamento de Español, mientras enseñaba como profesora a tiempo parcial en algunas de las universidades privadas del país. Fueron años de ocho cursos semestrales. De explotación ilusionada en una posible plaza futura. Finalmente, en 1992, me incorporé a la plantilla docente del Departamento de Español de la Facultad de Estudios Generales y ya no salí del recinto. Me ufano de mi vida universitaria, del amor a un espacio, a los estudiantes y a un proyecto que considero el más importante del país, aún hoy, a pesar de su legión de detractores. Me ufano de honrar a mi abuela materna que firmaba con una X, pero, aun así, logró que dos de sus hijos varones fueran a la universidad; y a mi madre y a mi padre quienes, a pesar de su inteligencia, nunca llegaron a ella, pero nos criaron con el deseo de estudiar para “no depender de ningún hombre”.
Al renunciar a mi plaza docente, ¿dejo de ser?
Me auxilia la palabra jubilarse: reconozco y celebro la oportunidad y la responsabilidad de poder ser otra yo, de prestar atención a cosas diferentes, “de imaginar una vida, una identidad y una fuente de sentido que se sitúe más allá del mundo del trabajo y del beneficio económico” (J. Odell, Cómo no hacer nada; resistir la economía de atención).
Escogí gran parte de los libros y los deposité en el librero comunal del edificio. Los coloqué con cuidado como cuerpos que se amaron. Me motivó la esperanza de que algún estudiante atento los recogiera. Entre ellos había varias copias de El psicoanálisis una experiencia por venir. Agradecí haber participado en ese proyecto con mi querida Wanda Ramos Baquero. También dejé, con algo de reticencia, Escribir la ciudad. Quería honrar la estupenda invitación de Maribel Ortiz Márquez, hermana y colega, así como el trabajo de tantos años fruto de ese convite: conferencias, intercambios culturales nacionales e internacionales, libro, curso.
¿Perderé las relaciones afectivas e intelectuales que se vinculan al espacio universitario? ¿Se desatará el lazo que me une a tanta gente querida? ¿Dejar el espacio y dejarlos de ver cotidianamente significará que se disolverán esos vínculos? Pero de qué hablo, si desde hace años he dejado de ver cotidianamente a mis colegas amigues. ¿Cuáles son los espacios de reunión? Bien decía Walter Quinteros, cuando planteaba que al cerrarse el Centro de la Facultad, la Universidad daba su primera gran estocada al cuerpo docente. Eso ocurrió hace décadas atrás. Y es cierto; cada vez me encuentro menos con mis colegas. Cada vez más, el café se toma en soledad.
Lo reconozco, es difícil entender que el tiempo, así como cualquier momento crítico, contiene la incertidumbre del futuro, pero por qué no, la incertidumbre también puede estar poblada de esperanza. Puedo elegir el tono de mi presente: escoger entre la nostalgia y la gratitud. Reafirmo mi voluntad de agencia amparada en la gratitud por lo vivido.
Apagué la luz y cerré la puerta. Fui la mujer de mi cuento “En el vano”. Como ella, sentí la soledad del Recinto. Como ella, me pregunté: “¿A dónde han ido todos?”. Una pena que la testadura reinita del cuento no me acompañara hoy.
Me dirigí al carro. Guardé las cajas en el baúl. Noté que en el estacionamiento había una especie de huerto. ¿Qué estudiantes esperanzadas en el futuro lo habrán sembrado? Sin pensarlo demasiado, arranqué unas lechugas, algunas hojas de albahaca y de recao.
Casi yéndome, volví al huerto improvisado, quise llevarme algo que creciera. Arranqué de raíz una matita de recao. Algo nacerá. Estoy segura.