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Inscritas en piedra

Ten fe

Puerto Rico se levantara

Boricua no te vallas

Anónimo

Si transitas por el expreso 52 (Luis A. Ferré) de Caguas a San Juan en el K.H. 7.5 verás escrito en aerosol blanco en la piedra a la vera de la carretera un mensaje: Ten fe /Puerto Rico se levantara/ Boricua no te vallas. Lo vi por primera vez al quinto día luego del paso del huracán María y lo sigo leyendo cada vez que viajo por ese “expreso” a 10 o 25 millas por hora en busca de un asomo que me recuerde “antes de María” en casa de mis familiares en San Juan y Levittown.

Batalla el mensaje con su cliché (Puerto Rico se levanta), sus errores gramaticales y su ausencia de color e imágenes con los anuncios a todo color y generados con la perspicacia de las agencias publicitarias de captar la atención del público en las vías de rodaje. Tal vez muchos aún no lo han visto a pesar de los constantes tapones al cual se enfrentan cotidianamente en ese expreso. Tal vez tienen la vista fija en la parte trasera del vehículo que lo antecede esperanzado en el momento que se pueda adelantar unos metros. Es posible que alcen la mirada incitados por aquellos anuncios parpadeantes, rebosantes de colores e imágenes que les invitan a seguir consumiendo o le auguran la millonada que le espera con la loto.

Me pregunto si, aún ese ser anónimo, luego de más de 100 días tendrá fe en la consigna de un gobierno buscón, corrupto, mendiguero e insensible a las necesidades del pueblo y solícito con las artimañas de los depravadores del país. ¿Aún tendrá fe en que Puerto Rico se levante cuando en su municipio sabe que de las supuestas “64 víctimas de Pesquera” a causa del huracán María, la gran mayoría deberían de ser, según sus cálculos, de su pueblo? ¿Aún tendrá fe cuando el agua no le llegó por más de 2 meses y su vida se restringió a esperar el camión Oasis y luego hacer largas filas para conseguir el fluido que habría de alimentar a la generadora de electricidad? ¿Aún tendrá fe en las mentiras y los “jueguitos semánticos” del gobernador de generación y distribución de energía eléctrica? ¿Aún tendrá fe, después de más de tres meses de espera en que el cuerpo de ingenieros del ejército de EUA se supone que coordinase para colocar un toldo azul para cubrir parte del techo y salvaguardar lo poco que le queda? ¿Aún tendrá fe en que FEMA le apruebe su solicitud y le facilite el dinero para adquirir una cama y poder descansar del trajín del día? ¿Aún tendrá fe en que el gobierno de EUA reembolsará fondos para reconstruir el puente del barrio que colapsó o reponer la otra mitad de la carretera? ¿Aún tendrá fe en que la Junta de Control Fiscal viene a enderezar las finanzas del país? Podría seguir ad infinitum pero usted, quien lee estas líneas, puede añadir las suyas.

Finaliza el mensaje con una petición urgente y a la vez desgarradora por su visión pitonisa de alertar sobre la masiva migración (200,000) de boricuas en días por venir luego del huracán: “Boricua no te vallas”. Me pregunto, ¿a quién perdió en esa estampida humana? ¿A quiénes hemos perdido en el plano individual como en el colectivo? ¿Se nos fue en esa fuga aquellas mentes y aquellas manos que podrían “levantar a Puerto Rico”?

Como exmiembro de la diáspora (22 años de exilio) sé del dolor que se siente al regresar esporádicamente a tu tierra en plan turista (vacaciones de verano o del trabajo), en estar en un desplazamiento constante con raíces aéreas y ser una observadora intermitente de esa otra vida de tu familia y tus amistades. ¿Habrá en algún momento de su vida experimentado esa oquedad emocional nuestra escritora anónima?

Claridad, en su edición del 30 de noviembre al 6 de diciembre, publicó un excelente artículo de Manuel de J. González, La emigración y el final de los tiempos. Poner en perspectiva histórica el fenómeno de la migración del pueblo boricua se sintió como un bálsamo a esa gran tristeza de experimentar la ausencia de vecinos, amistades y familiares de nuestra tierra, aquellos que se nos fueron. Nos recuerda González que, “La mayoría de los emigrados no regresó a su país de origen, pero algunos lo hicieron trayendo experiencia y recursos que ayudaron a la recuperación” (pág. 7). Sé que así será porque ha sido el patrón de las grandes migraciones humanas. Siempre, desde nuestros orígenes como especie, la constante ha sido la búsqueda y esto ha implicado partidas. Hoy, contrario a cientos de años atrás, podemos abrazar la idea de retornar a nuestros orígenes, a nuestra tierra. Sé que muchas de las personas que tuvieron que abandonar su casa, su familia, sus amistades, su cultura habrán de regresar. Lo sé. Lo hemos hecho muchas y muchos. Pero también sé que si no luchamos por desbancar a estos parásitos (Pesquera, Keleher, Jaresko, Fortuño, políticos de carrera y otros depredadores como la Junta de Control Fiscal) y hacerles pagar lo que han robado seguiremos como nuestro escritor anónimo agarrándonos de una “fe” clichosa y viendo como nuestra isla se despuebla de las manos y mentes que la han de transformar.

Me pregunto si aún nuestra escritora anónima reside en la Isla o ha engrosado la masa de boricuas en el exilio ¿O tal vez sea un integrante del movimiento comunitario que se organiza para exigir sus derechos como ciudadanos de esta tierra? Apostemos por lo segundo.

La autora reside en Humacao (todavía sin electricidad, sin toldo y agua de vez en cuando…)

Será otra cosa: Las despedidas

Después de María, la escena se repite casi todas las semanas. Una estudiante se me acerca, algo tímida, para contarme sus planes de irse a estudiar al extranjero. Me refiere que ha conseguido una beca para terminar su bachillerato en los Estados Unidos. La universidad le ofrece villas y castillas: beca para el pago de matrícula, hospedaje y dieta. Confiesa estar confundida. Más que timidez, su tono acompasa una madeja de sentimientos. Su voz es un revoltijo de esperanza y ambición aderezado con angustia. Me expresa, algo nerviosa, su deseo de estar en otro lugar, ¿quién puede culparla? Quiere tener futuro, como le corresponde a una mujer de veinte años. Ese debería ser el derecho de la juventud siempre. Cualquier cosa podría negársele a una joven, menos el futuro. El porvenir no debería ser un privilegio, pero lo es, profesora, usted bien lo sabe.

La escucho atentamente. Intento disimular mi angustia. Otra que se nos va, pienso. Se nos están yendo tantos, agonizo. Simulo tranquilidad. ¡Nos quedamos sin estudiantes!, me digo en tono melodramático. Es una fuga de energía. El país bota a sus jóvenes, concluyo. La estudiante me cuenta del programa que la ha aceptado, emocionada. Es una universidad prestigiosa, una Ivy League. Me siento orgullosa, lo confieso. Evito pensar en que hemos formado a esa estupenda estudiante por tres o cuatro años y que se graduará de otra universidad. Es inevitable. No se me da bien controlar mis pensamientos. De nada me han servido las clases de yoga. Quisiera ser ecuánime, mejor persona. Pero a veces la furia me traiciona y me pinta la cara. Soy otro revoltijo de sentimientos que intenta, de la manera más profesional posible, no enjuiciar la situación de mi estudiante. Otro capítulo más del capitalismo del desastre. Mi mente no para. ¡Bucaneros a la vista! Disculpen el exabrupto. La rabia viene de que se piense que así se ayuda al país. Supongo que mi rostro es un espejo traicionero. Me avergüenzo de mí. Percibo en su voz un ramalazo de culpa, un sentimiento de deserción muy fuerte. Como si el barco se estuviera hundiendo y a ella le hubiesen dado el privilegio del bote salvavidas. Decir “como” es inexacto. Preciso, el barco se está hundiendo y a ella le han dado el privilegio de partir en el bote salvavidas. No hay derecho para la culpa, pienso. La joven tiene el mérito, es una excelente estudiante y merece la beca. De eso no debe haber duda. De todas formas, la estudiante se siente mal de aceptar la oportunidad. Quiere mi consejo.

Acepta, por supuesto, acepta, le digo. Vete tranquila. Gózate la oportunidad. Aprovecha la puerta a un nuevo camino. Ella insiste en su mirada, parece no convencerse de mis palabras. Reconozco mi lugar. Contesto su mirada y le digo como despedida, si estuviera en tu lugar, probablemente haría lo mismo.

La esperanza y la arrogancia a través de la galaxia

La mejor ciencia ficción usualmente apela a nuestro pesimismo en cuanto al futuro de la humanidad. Esto me parece esencial en esas películas del género que giran alrededor de cómo sobrevivimos más allá de nuestro planeta. Obras maestras como 2001: A Space Odyssey (dir. Stanley Kubrick, EEUU/Reino Unido, 1968) –donde la relación entre la tecnología y la humanidad lleva a una exploración de espacios oníricos– y la olvidada joya que es Silent Running (dir. Douglas Trumbull, EEUU, 1972) –donde el solitario protagonista decide proteger la última vegetación de la tierra que conserva dentro una nave en la que viaja a través del espacio– nos recuerdan que no importa cuán lejos vayamos, siempre podremos contar con la redención de la esperanza y con el potencial destructivo de nuestra arrogancia. A pesar de que la saga de Star Wars, y en especial la octava secuela, The Last Jedi, escrita y dirigida por Rian Johnson, no es una exploración filosófica de nuestra humanidad en un oscuro futuro, la esperanza de la revolución y la arrogancia del imperio definen su conflicto principal.

The Last Jedi retoma la historia de esos personajes que muchos de nosotros conocemos desde pequeños. Volvemos a ver a Luke Skywalker (Mark Hamill), que ahora es un huraño ex-Jedi, y a Leia Organa (Carrie Fisher), la cabeza de una república que de nuevo se encuentra en peligro de extinción. El renacer de la oscuridad en The Force Awakens (dir. J.J. Abrams, 2015) se hace más contundente en The Last Jedi. El enfoque en The Force Awakens es más personal y doloroso por la muerte de Han Solo (Harrison Ford) a manos de su hijo, Ben/Kylo Ren (Adam Driver). Este es el momento central de la séptima película. A pesar de que en The Last Jedi, el director revela aspectos nuevos de Skywalker y Kylo Ren, la acción tiende a ser más épica ya que gira mayormente en torno a la resistencia de las menguantes fuerzas del bien en contra de las poderosas hordas de Snoke, el líder supremo del mal. Sin embargo, los nuevos personajes continúan evolucionando. En ésta presenciamos un Poe Dameron (Oscar Isaac) que reta la autoridad, una Rey (Daisy Ridley) que examina su sensibilidad a la fuerza, un Finn (John Boyega) que atestigua el precio doloroso de cooperar con el mal, y un Kylo Ren que adentra aún más en la oscuridad. El triunfo mayor de esta última película de Star Wars es cómo entrelaza el microcosmos de cada personaje con el macrocosmos de la guerra entre las diferentes facciones.

Rian Johnson maneja muy bien las historias donde eventos del pasado regresan para atormentar a sus personajes. Su excelente película, Looper (EEUU, 2012), que también escribió y dirigió, trata sobre un asesino a sueldo o “looper” cuya misión es matar a la versión futura de sí mismo para que no quede evidencia de sus crímenes. Johnson también dirigió el mejor episodio de la maravillosa serie televisiva Breaking Bad (creada por Vince Gilligan, 2008-2013), “Ozymandias,” donde su protagonista, Walter White (Bryan Cranston), al fin siente en carne propia las consecuencias de su arrogancia monumental. En The Last Jedi, Johnson crea un balance entre los conflictos personales de cada personaje y la guerra. Inclusive este balance es claro hasta en la forma en que se retratan las batallas. La película nos deleita con una de las confrontaciones más bellas visualmente de toda la serie que se lleva a cabo en un aposento donde predomina el color rojo, que en ese preciso momento simboliza el odio y hasta el deseo prohibido que tientan a sus personajes. Este color vuelve a asomarse en la confrontación final en un planeta cuya superficie de sal blanca esconde una capa de rojo sangre. Johnson y el director de fotografía, Steve Yedlin, entienden la relación entre la lucha de sus personajes y la forma en que los alrededores reflejan visualmente estas complejidades internas. Las batallas aéreas en esta película son de las mejor logradas en Star Wars ya que cada nave expresa las particularidades de cada personaje, desde los sacrificios que toman algunos para destruir el mal hasta los impredecibles giros del X-Wing Fighter de Poe Dameron. Cuando las naves son destruidas en la batalla, el espectador siente la pérdida de cada vida.

La película tiene unas fallas, como cuando se desvía de la historia principal para seguir una misión en la que Finn viaja a otro planeta y que concluye en parte con una denuncia en contra de la crueldad hacia a los animales. También hay varios personajes muy interesantes y magistralmente actuados, pero cuyas intervenciones son una excusa para empujar la historia en cierta dirección. Al menos espero que una de estas intervenciones los haga gritar de orgullo (no digo más nada acerca de esto porque fue una grata sorpresa para mí). No obstante, The Last Jedi construye unos mundos que se sienten reales. Un elemento que debilita la odiosa trilogía de precuelas de Star Wars es su dependencia en imágenes generadas por computadoras. Estoy consciente que estos efectos son necesarios en una película en donde se crean ambientes nuevos. Sin embargo, The Last Jedi nos brinda una fauna y algunos personajes usando las técnicas de marionetas que en su día hicieron de los planetas de la trilogía original lugares concretos habitados por seres raros que se sienten reales.

Como nota final, quiero resaltar la celebración tan emotiva que hace Johnson en honor a la fuerza de Carrie Fisher a través de Leia. Este momento de la película, que no revelaré, me llevó a las lágrimas porque rompe con la división entre la realidad y la ficción al demostrar que mujeres como Fisher no pueden simplemente morir. En The Last Jedi, que es una de las mejores secuelas de Star Wars, Leia nos recuerda las profundidades misteriosas de la esperanza ante la necia arrogancia del poder militar.

2018: año crucial para Mónica Puig

Tras haber obtenido la medalla de oro para Puerto Rico en los Juegos Olímpicos del 2016 se esperaba que la carrera de Mónica Puig despuntara camino a ser una de las mejores jugadoras del mundo en el tenis profesional. Sin embargo, dicho por ella el 2017 no fue un gran año para Mónica y aunque logró salvarlo llegando a la final de Luxemburgo, en su último torneo de la temporada la boricua no tuvo los resultados esperados y bajó sobre 25 posiciones en el escalafón mundial del ranking de la WTA.

Podría estar sufriendo del Grand Slam síndrome

Aunque Mónica nimguno de los cuatro torneos principales, una de las posibles explicaciones para su pobre desempeño en el 2017 podría ser lo que se conoce en el tenis como el síndrome de Grandslam, esto lo que significa es que a jugadores que ganan un torneo de la magnitud de las Olimpiadas o los Abiertos de Francia, Australia, US Open o Wimbledon les toma de 12 a 18 meses en lo que se acostumbran a que ahora no sólo son jugadores de tenis anónimos sino que tienen que cumplir con compromisos como mayor atención de la prensa, solicitudes de entrevistas, portadas de revistas, en muchos casos invasión de su vida personal y saturación de compromisos de auspiciadores entre otras cosas. Eso ha pasado con una gran cantidad de jugadoras como por ejemplo la actual #2 del mundo Garbiñe Muguruza, la checa Petra Kvitova e incluso Serena Williams en su momento.

Es por eso que este 2018 es uno vital para ver si Mónica puede recuperar el rumbo que un momento la posicionó como la jugadora#27 del mundo y una posible amenaza para campeonatos de mayor envergadura.

Dispuesta a hacer cambios

La boricua conciente de que sus resultados no fueron los esperados hizo uno ajustes significativos a su equipo cuando añadió al conocido entrenador físico brasileño Casiano Costa quien ha sido exitoso por mucho tiempo en el tenis con figuras como la canadiense Eugene Bouchard y el japonés Kei Nishikori. El brasileño espera poder mejorar la explosividad de Mónica y evitar lapsos en concentración. En mi carácter personal me parece que también debería integrarse un especialista en juego en la malla pues creo que es un área en la que Mónica podría mejorar y le ayudaría hacer los puntos más cortos. Con la fortaleza que posee la boricua desde el baseline donde es una de las mejores 5 o 10 jugadoras de todo el tour esto la pondría a las puertas de ser contendora en torneos de grandes consistentemente.

Mónica jugará los Centroamericanos y debe ser la abanderada

Aunque pudo haberse ausentado de los juegos y de haberlo hecho nadie la hubiese criticado, la boricua manifestó recientemente que participará en los Juegos Centroamericanos y del Caribe a celebrarse este año en Barranquilla, Colombia, del 19 de julio al 3 de agosto. Mónica quien tiene marca de 21-3 cuando representa a Puerto Rico con 5 medallas entiende que esta delegación tiene un compromiso de traer alegrías al país que se ha visto abatido por todo lo relacionado al huracán María y buscará su tercera medalla de oro en esta competencia habiéndolas ganado ya en Mayagüez 2010 y Guadalajara 2014.

Debido a que Mónica será parte de la delegación me parece que siendo éste su primer evento internacional representando a Puerto Rico tras la medalla de oro Olímpica es ella la indicada para cargar la monoestrellada en los juegos.

Señales positivas frente a Georges

Pese haber perdido su único partido en lo que va de la temporada del 2018 el pasado día 1 de enero Mónica le hizo tremendo partido a la alemana Julia Georges actualmente número 14 en el mundo siendo derrotada en 3 parciales bien cerrados. Aunque no creo en victorias morales fue un gran partido donde Mónica tuvo un poco de mala suerte sobre todo en momentos cruciales del juego, pero se vio lo suficiente para aspirar a un mejor 2018 empezando por el Abierto Australiano que comenzará el 15 de este mes.

Vamos a ti Pica.

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Rebeldía y negritud en El Coquí de Salinas

Además de poseer una apreciable tradición de rebeldía social, El Coquí de Salinas es una comunidad orgullosa de su origen afroantillano. La historia de este poblado, con su gente negra y rebelde, está aún por escribirse. Habría que remontarse a las huelgas de los obreros de los cañaverales a principios del siglo XX, para comenzar a narrar la rica tradición de lucha proletaria de El Coquí. A mí me tocó conocer directamente un poco de ese espíritu de lucha en 1975, año en que los residentes del lugar eran parte de un conflicto huelguístico que marcó para siempre la lucha de los trabajadores y barriadas pobres en la comarca sur de Puerto Rico. Me refiero a la huelga de la General Electric, ocurrida apenas un año después de inaugurada la central termoeléctrica de Aguirre. Durante dos intensas semanas en 1975, la violencia patronal asumió formas extremas en contra de los trabajadores y sus aliados en Salinas y Guayama. Una huelga algo olvidada, pero que sigue viva en la memoria de los habitantes de El Coquí…

Recuerdo que para los tiempos de la huelga en contra de la compañía General Electric conocí a un luchador y revolucionario del área de El Coquí, cuyas cualidades organizativas ya eran admirables: Nelson Santos Torres. Todavía trabaja y vive en El Coquí. Me honra con su amistad. Fui a verlo hace poco. Hoy, más de cuatro décadas después de nuestro primer encuentro, Nelson Santos sigue siendo un hijo noble de estas tierras semiáridas de la costa sur de Puerto Rico. Al igual que en sus años de su juventud, él sigue impactando, con su potente energía y dedicación, los sueños y esperanzas de los habitantes de toda la comarca que va desde Salinas hasta Guayama. Lo de él es soñar y repartir sueños.

La estirpe proletaria y afroboricua de Nelson es impresionante. Su familia, por el lado materno, estuvo siempre ligada al trabajo de la caña de azúcar en la Central Aguirre. Y no sólo los hombres, sino también las mujeres. La mamá de Nelson, Zenaida Torres, trabajó desde los trece años como cocinera en la «casa de los americanos», la residencia de lujo de los administradores estadounidenses de la Central Aguirre, cuando ese molino era uno de los más importantes y modernos en El Caribe entero. Ella y su familia vivían en la casa de los sirvientes. La bisabuela de Nelson, Clotilde Antonetti, se desempeñó en la difícil labor del regadío de la caña. El abuelo de Nelson, Jerónimo Torres, fue picador de caña (además de trabajar en el regadío). Los tíos de Nelson, todos de ascendencia negra, eran trabajadores de la Central Aguirre, bien fuera picando caña o en labores de hojalatería. En ese sentido, Nelson es un verdadero «hijo del cañaveral».

Muy joven, yo solía visitar el poblado El Coquí con familiares míos. Frente al vecindario estaba la gran Central Aguirre. El contraste entre un lugar y otro parecía sacado del sur de Estados Unidos. La central era una urbe en sí misma, con un hospital moderno, casas blancas amplias y de rejillas verdes, un campo de golf, un cine y una piscina. Todo, para el disfrute exclusivo de los administradores de la compañía azucarera, quienes vivían protegidos y socialmente aislados de los trabajadores negros y sus familias. Mirándolo bien, Aguirre era como un pedazo del sur racista incrustado artificialmente en El Caribe; el «intermedio del hombre blanco», con capacete y todo, de que nos hablaba Luis Palés Matos en sus versos. Exactamente al norte de la entrada de la carretera que llevaba a la central, quedó ubicada bien temprano la vibrante comunidad afroboricua de El Coquí. Habría que estudiar el tema más a fondo, pero este poblado de Salinas quizás era, en las décadas de 1910-1930, una de las concentraciones más puras de proletarios agrícolas modernos en El Caribe entero. Se podía escribir entonces un tratado de economía política con meramente cruzar la carretera número 3. Y así como Aguirre era un pueblo ideal para los administradores y técnicos de la moderna central, El Coquí lo era para los trabajadores del litoral. El poblado tenía varias plazas de baile de bomba, no muy distintas de las «plazas de conga» en Nueva Orleáns, lo que ya de por sí apunta a la cuestión racial en el sur. En sus calles se podía respirar la solidaridad y chismorreo cultural de los habitantes de El Caribe. Apenas un jovenzuelo, y escapado de mis padres, llegué a ir al teatro de la comunidad, así como a las fiestas patronales de El Coquí. Hoy el teatro de la comunidad continúa activo. En su sala se efectúan eventos del Centro Cunyabe.

Recuerdo que para mucha gente de mi generación, El Coquí no era ni de Salinas ni de Guayama. Más allá de las fronteras administrativas entre los municipios del sureste de Puerto Rico, lo cierto es que todos estos poblados proletarios, con su fuerte ascendencia negra, vivían al compás del impulso centralizador de la gran central. Era la central la que centralizaba, valga la redundancia. El gran molino de azúcar de Aguirre, con su chimenea humeando al modo de un gigante fumando un tabaco frente al mar Caribe, era el verdadero corazón de la vida económica de la comarca que va de Salinas a Maunabo. Las centrales Machete, en Guayama, y Lafayette, en Arroyo, eran sus hermanitas menores, atadas a la mayor por las finanzas y las vías del tren. Además, si algo había entre El Coquí y los demás poblados negros de la región era continuidad cultural. Ya fuera El Coquí, Las Mareas, San Felipe, Puente de Jobos o El Puerto, aquí imperaba la negritud antillana. Y negritud antillana en el poblado de El Coquí, como todos los lugares de El Caribe, siempre ha sido sinónima de rebeldía frente a la opresión económica y racial.

En cuanto llegué a la plaza de El Coquí el 11 de diciembre de 2017, pregunté por Nelson. No nos habíamos dado un abrazo fraternal desde mediados de la década de los setenta. Todavía bajo el calor del fuerte apretón de manos, retomamos espontáneamente una conversación que dejamos inconclusa casi medio siglo atrás. El tiempo no había pasado. ¿De qué hablar sino del tema organizativo en los poblados negros y proletarios de la comarca? Lo escuché atentamente. Nelson conserva la manera de hablar calmada que hace sentir a gusto a quien lo escucha. «Horizontalidad, delegación y participación», son hoy sus principios de organización comunitaria. Estamos allí, en un día soleado, en el Centro Comunal El Coquí. No hay electricidad ni comodidades presuntuosas. Un grupo de mujeres y hombres mantienen un cuchicheo animado, mientras distribuyen botellas de agua, linternas de baterías y otras ayudas a la comunidad. La conversación que mantienen es como la de todo taller de trabajo, no le pertenece a nadie.

Me invade la nostalgia, y le hablo a Nelson de sus hazañas organizativas en la década de los setenta. Pero él es demasiado noble como para no destacar, sobre todo, a los compañeros tiroteados durante la huelga en contra de la GE en 1975. Viene a la mente de Nelson el recuerdo de una ocasión en que a él y a su esposa, Letty Ramos, les tocó socorrer, como asunto de vida o muerte, a un compañero herido de un balazo, en medio del conflicto huelguístico. La bala, que se incrustó en el estómago del herido, era en realidad para Nelson; pero, el sicario le disparó a la persona equivocada.

Creo que he contagiado a Nelson del sentimiento perenne de melancolía que nos afecta a los hijos de la diáspora. Mas la conversación se torna ahora en un evento comunitario. Ismenia y Ada se acercan a la mesa. Lo mismo hacen otros miembros de la dirección del centro. Aquí nada parece pertenecer a nadie, ni las palabras ni las ideas. La visión de estos compañeros y compañeras es intercomunitaria. No hablan de El Coquí, sin hablar de Las Mareas o de Aguirre o de San Felipe; y por ahí siguen, poblado por poblado, hasta llegar a la orilla del mar.

Le comenté entonces a Nelson sobre mi viaje reciente al río Guamaní. Recalqué lo obvio: que sin la destrucción de ese maravilloso cuerpo de agua nunca habría existido la gran industria azucarera del sureste. La sección oriental del riego Guamaní (el llamado canal del este) suplía las necesidades de agua de todos los cañaverales desde Guayama a Patillas. La sección occidental, todas las de Aguirre y Salinas. En un principio, la Central Aguirre dependía de la extracción de agua subterránea. El sistema de riego del sureste se configuró en 1913, al modo de un cangrejo, cuya cabeza estaba en los montes de Carite. Tenía dos patas extendidas de este a oeste, de las cuales salían canales secundarios, que como arterias vivas suplían el vital líquido. Para producir una libra de azúcar en esa época, se requerían 4,000 libras de agua (500 galones). Además, las plantas hidroeléctricas Carite 1, 2 y 3, daban energía eléctrica a toda la comarca. El río Guamaní y el sistema de riego del sureste hicieron posible la tremenda explosión de cultura negra y proletaria en la comarca sur entre 1913 y 1930. Esa es la teoría que ronda en mi cabeza. ¿Tiene historia la negritud? ¿Cuáles son sus parámetros? El tambor retumba al calor de las luchas sociales concretas.

Entonces, como si estuviera en medio de una celada, Nelson me preguntó sobre la cultura de la región: ¿Crees que es un fenómeno que se puede reducir a que somos “los hijos del cañaveral”? Apenas logré amarrar algunas ideas superficiales, cuando él mismo entró en una reflexión interesante sobre el tema de la pesca en el mar Caribe y su conexión con los tiempos muertos del corte, transporte y molienda de caña. Me explicó que el llamado tiempo muerto de la caña era, para los trabajadores más pobres de la comarca, un período verdaderamente difícil, en que estos estaban obligados a sobrevivir de la pesca. «En un país en que nunca ha habido una industria pesquera», añadió con cierto resentimiento en los ojos. Los técnicos y administradores de la central no sufrían, pues tan pronto acababa el corte y la molienda emigraban a Tennessee. El patrón migratorio del tiempo muerto era un reflejo de la estructura de la industria azucarera y de la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos. Concluida la zafra, había que pescar; pero siempre sobre bases artesanales y restringidas por el imperio.

Resulta, pues, que lo que Palés llamó el «escocotamiento» del río Guamaní, el crimen ecológico que permitió la creación del sistema masivo de riego del sureste en 1913-1914, condenó a los habitantes de la región a sobrevivir en la miseria, sin acceso al agua dulce y al margen de la tierra acaparada por los latifundios. En el regadío, el agua se vende por pulgadas y minutos. La pesca de subsistencia era la única alternativa viable para las familias pobres del litoral. Ahí está una de las claves que explican el fenómeno de la cultura negra de la región sureste de Puerto Rico en el siglo XX, su persistencia y vitalidad en lugares como El Coquí, Las Mareas y Puente de Jobos. Ya desde bien temprano en la colonización, y más aún durante la invasión del 1898, el negro del Caribe chocó con la idea del gran latifundio cañero. Así pasó en Jamaica y en Cuba. Puerto Rico no fue la excepción.

Un joven sanjuanero que ayuda en el Centro Comunal de El Coquí nos mira con curiosidad. Nelson y yo tocamos temas que parecen de universitarios jóvenes. Carcajeo y le menciono al grupo que, de acuerdo con los informes de los gobernadores de la colonia entre 1911 y 1916, la creación del sistema de riego para suplir los cañaverales de la costa del sureste de Puerto Rico fue el evento financiero más importante de la segunda década del siglo XX. La burguesía azucarera hawaiana, todavía en pugna con la California Sugar Refining Company en 1911-1916, jamás habría cedido el financiamiento, control y diseño del sistema de riego del archipiélago de Hawái a intereses monopolistas extranjeros. Como lo dijo el alcalde Tortoise John en la película Rango, de Jonny Depp: «controlas el agua, y lo controlas todo».

Suena de repente el celular de Nelson. Este se excusa, pues tiene que ir a cumplir con veinte obligaciones. La comunidad necesita agua potable, comida y linternas. Medio Coquí está todavía sin energía eléctrica. Comencé así lo que no podía ser sino una despedida no deseada. En medio de ella, un abrazo apretado, una invitación al reencuentro, y palabras que sellan el interés común por la liberación de nuestro pueblo. En fin, una conversación aún inconclusa con un compañero, amigo y hermano…