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La parada de Oscar

El día 11 de junio salí determinado a disfrutar del día mientras marchaba en la Parada Puertorriqueña en la ciudad de Nueva York. A pesar de que hacía algunos años no asistía a la misma, este año, sentía que era obligatorio participar. La campaña de desinformación mediática contra Oscar López Rivera y la confusión a la que contribuyeron tanto algunos medios como corporaciones privadas me llenaron de indignación.

Me dirigí resuelto a la calle 44 esquina con Madison donde me darían la banda color verde que me permitiría acompañar el contingente donde marcharía nuestro Oscar López Rivera. Era este el único contingente en el que me interesaba participar, quería demostrar tanto mi solidaridad a la figura de Oscar López como repudio a la noción de que la empresa privada puede dictar a las Puertorriqueñas y Puertorriqueños a quien honramos en nuestras paradas y desfiles.

Bajo un sol hermoso que llegaba hasta nuestra piel y se dejaba sentir encontré una multitud diversa en lo que con cariño se conoció como el contingente de Oscar López Rivera. El primer grupo que identifiqué fue el de las Mujeres por Oscar con base en Nueva York, grupo hermano de las Mujeres por Oscar en Puerto Rico que por años se reunió los últimos domingos de cada mes para reclamar su excarcelación.

Era una celebración de pueblo y solidaridad. Algunas niñas y niños vestían de acuerdo al imaginario jibaro Puertorriqueño, las Mujeres por Oscar con sus ya famosas camisetas color rosa magenta, me sorprendieron las muchas banderas negras, inspiradas en la Casa de la Bandera del viejo San Juan y la aportación creativa de nuestro artista Nick Quijano que ha inspirado la visión de la bandera negra puertorriqueña, sin colores, en rechazo contundente a la Junta Dictatorial impuesta a Puerto Rico desde Washington y al pago de una deuda sin auditar y la pobreza y sacrificios impuestos por la misma. Muchos también llevábamos nuestra bandera negra en nuestras camisetas.

Los grupos diversos, de música, de arte callejero, de teatro , culturales y políticos hicimos acto de presencia y marchamos, felices de poder contribuir al gran desfile puertorriqueño y en solidaridad con Oscar López Rivera a quien una vez comenzamos a marchar la gran mayoría de público que se aglutina a ver la parada desde las aceras celebraban, vitoreaban y saludaban con alegría.

Mi impresión es que algunos(as) de los(as) puertorriqueños(as) que asistieron no sabían quién es Oscar López Rivera. Pienso por reacciones que vi, que tampoco sabían de la controversia. Muy pocos, y quiero recalcar, verdaderamente muy pocos fueron a protestar su presencia. Los mismos pudieron gritarnos insultos, hacer gestos y mostrar su odio y desprecio, pero eran ahogados entre los gritos mayoritariamente de apoyo, cariño y solidaridad de los(as) muchísimos(as) otros en las aceras y esquinas que al igual que quienes marchamos alrededor de su carroza sentíamos. Todo el tiempo me sentí rodeado de amigas y amigos y cada vez que nos reconocíamos nos abrazamos y presentamos a otras amistades. Mucha gente viajó desde Puerto Rico y desde estados cercanos a Nueva York para estar con Oscar López en esta parada. Me conmovió de momento reconocer a mi amiga teatrera Rosa Luisa Márquez ser parte “viviente” de la carroza de Oscar, pero también me conmovió mucho más ver a mi amiga Elga Castro, acabada de llegar de Puerto Rico, en la acera con su hija Elena Zenón Castro. Le di un largo abrazo y me dijo, “para Elena era importante que la trajera a ver Oscar, no pude decirle que no.” Fue un desfile espectacular.

TOPOGRAFÍA: Artes de Guerra

La actual situación del país (incluida la UPR) me ha hecho recordar el cierre de un montaje teatral que vi hace tiempo. Durante un festival teatral, un grupo presentó una obra que terminaba cuando los actores bajaban cantando del escenario y se mezclaban con el público. A la vez, repartían hojas en las que aparecía la letra de la canción. Finalmente, los espectadores se unían al canto. Esto ocurrió hace años en el ahora abandonado teatro Sylvia Rexach en Puerta de Tierra. El grupo se llamaba Rueda Roja. La canción decía: “Si el enemigo avanza, nos retiramos, si el enemigo acampa, lo hostigamos, si el enemigo se cansa, lo atacamos y si se retira, lo perseguimos”.

Se trata de un final que entrelaza las artes del canto, el teatro y de la música con la guerra. También la letra nos hace pensar en un juego de movimientos que sugiere una danza entre opuestos. Por otra parte, el movimiento de los actores hacia el público así como la integración del público en el canto final comunica un significado más profundo y abarcador: la unión de artistas y espectadores, del arte y la vida en una acción común de gran valor para todos. Es evidente que la letra de los versos refleja la influencia del legendario libro El arte de la guerra de Sun-Tzu (siglo IV a. C.), que aplica nociones de la filosofía china del taoísmo tales como la acción y la no acción al fenómeno de la guerra. Por ejemplo, los consejos del capítulo 4: “Si no se puede vencer, se debe defender; si se puede vencer, se debe atacar. Defender cuando la fuerza es insuficiente; atacar cuando la fuerza es abundante. [. . .] Así, por un lado, nos protejemos a nosotros mismos; por el otro, tenemos una victoria completa.”

Como es obvio, las palabras del canto teatral equivalen a las reglas para un combate. Supone dos ejércitos o bandos que se enfrentan en un terreno donde pueden ocurrir diversos movimientos y estados de ánimo tales como el ataque, la retirada, la espera, el cansancio y el descanso. Tales cambios sugieren un juego de movimientos como una danza cuya lógica parece obedecer a una visión más amplia del conflicto.

Según leemos, la lógica de los versos insiste en una particular sabiduría: el reconocimiento de las condiciones propicias para la acción. Solo si el enemigo ataca hay retirada, solo si acampa se le hostiga, solo si descansa se le ataca, y solo si se retira se le persigue. Es claro que una de las reglas implícitas es la protección de los combatientes. Debe haber armonía, equilibrio entre la ofensiva y la defensiva, entre el ataque y la autoprotección. No hay exhortación a sacrificios inútiles. Por lo mismo, otra vez, presupone la sabiduría como el conocimiento justo y preciso del momento para la acción y la no acción, que equivale a una forma silenciosa de la acción. Es claro que la retirada forma parte de las reglas de combate. La otra regla implícita es la constancia de la lucha. Pero para ser constante habrá que saber cambiar los modos de la acción (por ejemplo, evitar el combate directo, reagruparse y protegerse etc.) y variar la distancia y cercanía entre los cuerpos de los combatientes o danzantes. Las dos reglas implícitas, autoprotección y constancia, pues, presuponen la libertad y la imaginación para el cambio.

Pero la regla que preside a las otras es el conocimiento del terreno. Esto incluye conocer la “topografía”, los planos en que se lucha. Ya pensando en la vida cotidiana en la cultura moderna, uno de los terrenos más importantes de cualquier lucha es el ideológico, es decir, la interpretación de los hechos, la versión de la realidad que prevalecerá en la mente del público ciudadano, que a su vez determinará la actitud que este asuma ante lo real.

En este punto ya se hace patente la conexión entre el momento actual del país (incluida la UPR) y los versos de la obra donde se cruzan las coordenadas del arte y la guerra.

Pues bien, si hablamos del “territorio” de Puerto Rico, vemos que el terreno más importante donde se libra la lucha del pueblo y los universitarios en contra de la Junta de Control Fiscal y sus súbditos es el ideológico. Si bien puede parecer que lo esencial del conflicto es un asunto de eficiencia en las operaciones de contabilidad y finanzas, en realidad es un enfrentamiento de visiones de mundo, de ideología y mentalidad. Tanto los súbditos de la Junta, como ella misma y los que la nombraron ven el mundo de un modo y creen que debe permanecer así. Las cifras, aunque importantes, son recursos teatrales como el libreto, la utilería y el vestuario. También son tácticas de confusión, como gases lacrimógenos y esprei de pimienta que ciega e impide ver el origen ideológico del conflicto. De ahí el lenguaje técnico y especializado. Asimismo, los planes y leyes para la administración de gobierno y reforma de la Universidad son armas dentro del conflicto ideológico. Por ejemplo, la idea de que la Universidad es un gasto innecesario, que no es eficiente, y por lo tanto, hay que imponerle eficiencia con una reestructuración y una nueva ley universitaria, es un conjunto de frases que forman parte del libreto ideológico.

Un aspecto importantísimo de este teatro es, desde luego, la comunicación de imágenes. Ocurre un gran teatro en el que el gobierno y la Junta hacen los personajes de bondadosos salvadores, disfrazados con chaquetones y corbatas, con su maquillaje de afeites y peinados, que hablan con un volumen y tono de voz que pretende comunicar civilización, urbanidad y orden, repitiendo el guión de que sus posturas están basadas en análisis económicos hechos por expertos, en cifras, estadísticas etc. Todo es danza y teatro ideológicos. Lo que está entre las líneas del libreto es quitarle al pueblo lo suyo para dárselo a los bonistas y ellos, de paso, cobrar su gran comisión. Por eso es importante pensar en las imágenes que se han de oponer al teatro de la Junta y sus súbditos en la lucha por prevalecer en la llamada opinión pública, las conciencias de los otros que ven la televisión, oyen la radio, leen periódicos, navegan por la internet, conversan con familiares, amigos, vecinos, etc.

Se trata, pues, de una lucha que es danza-teatro de imágenes, de signos, que quiere persuadir al público sobre el significado de la realidad. Por eso, los actores, combatientes, danzantes universitarios del pueblo, saben muy bien que en estos días el terreno sobre el que se acampa, se descansa, se retira, se huye o se ataca es el espacio invisible de las mentes de los espectadores (que también son del pueblo). Se deben, pues, a su público, que debe conocer sus versos para también poder cantarlos. Y esa canción, conociendo el terreno, debe ofrecer siempre la más sabia estrategia de combate. “Si el enemigo acampa lo hostigamos . . .”

El autor es poeta y profesor de la UPR.

El ingeniero encontró el camino

Nota: Nuestro compañero de trabajo Elliott Castro sufrió un derrame cerebral y sigue en cuidado intensivo, estable dentro de su condición. En las próximas semanas varios compañeros y compañeras fungirán como bateadores(as) designados(as) en su columna, desde ya se lo agradecemos infinitamente. Esta semana reproducimos la columna que el compañero Jaime Córdova escribió para el reconocimiento que se le hizo a Elliott en el Festival de 1992, además, el director del En Rojo, Rafael Acevedo nos ilustra sobre la NBA.

AMF

Ya no recuerdo el año, pero fue en un viaje a Mayagüez que hicimos Carlos Gallisá y yo. Carlos iba a participar en un foro sobre el estatus en uno de los lugares más apropiados que puede haber para discutir este tema: el gimnasio del Colegio de Mayagüez. El caso es que cuando entrábamos a Bayamón, Carlos me dice: «Vamos aquí a Santa Rosa un momentito para recoger a un compañero. Se llama Elliott Castro y se gradúa este año de ingeniero. Los otros días la policía le dio un par de macanazos en una actividad del PIP, pero él sigue Patria o Muerte».

Francamente, este pequeño resumé me inquietó porque yo no tenía interés en hacer un viaje de tres horas con un estudiante independentista, seguro que loco y barbú, y para colmo, de apellido Castro. Ya me veía yo bajando por los riscos de Guajataca escuchando la última tesis sobre cómo pasar de la colonia al comunismo en un fin de semana largo. Y mientras meditaba de qué manera le decía a Gallisá que yo me quedaba en Bayamón, llegó Elliott Castro.

Como nos había hecho esperar, presentó excusas con zurdos ademanes antiprisa acompañados por susurros de decibeles bajos, y ese era Elliott. En cinco segundos nos dejó ver qué es lo que trae el barco.

Mis queridos amigos: Yo supe desde el principio que estábamos ante la victoriosa tortuga de la fábula. Que estábamos frente al que le rompe las pelotas a la urgencia, al que atrasa los relojes y mata amablemente del corazón a los que vinimos a este mundo a correr por ahí como los mensajeros de Kafka.

Pero la gran sorpresa del viaje fueron los temas de discusión. El ingeniero de la cabeza rota solo quería hablar de deportes, especialmente de boxeo. Era fácil notar cómo le subía el entusiasmo cuando analizaba los pormenores de un combate. Aquel loco con la cabeza vendada tenía ánimo para hablar de boxeo. De momento, los tres estábamos gritando los nombres de Gavilán, Sixto, Colón García, Basora, Venegas, Max Morales, y el noble Chevrolet de Gallisá parecía una gallera ambulante con malas palabras rebotando contra el techo, que salían por las cuatro ventanas, cruzaban la carretera y por ahí seguían hasta encontrar ambiente en una jugada de dómino.

Pasaron varios años, y estamos ahora en la urbanización Villa Capri en las oficinas de Claridad Diario. Es el año 1975 y la sección de deportes se acaba de extender a seis páginas diarias. Hace falta ayuda. Creo que es Gervasio Morales quien me informa que estamos reclutando un colaborador a tiempo completo. Es un muchacho ingeniero, pero lo que le gusta es el deporte. Se llama Elliott Castro. Por poco pregunto, ¿sabe escribir?, pero lo que me salió fue: Que venga mañana. Y llegó Elliott a Claridad.

Inmediatamente amplió la cobertura deportiva del diario para incluir deportes como pista y campo, hipismo, boxeo, volibol. Aportó un nuevo enfoque estadístico del deporte que constituyó una novedad. Inició junto con el que escribe la modalidad del análisis seguido por la predicción. Así, por ejemplo, Elliott tituló su primera columna A pesar de todo El Salsero puede ganar, en vísperas de la conquista por Escalera en Japón del título mundial de las 130 libras.

Habían pasado unos pocos meses desde que Elliott se incorporó al Diario y ya se estaba haciendo cargo de la mayor parte del trabajo. Acordamos que él se hacía responsable por las noticias y yo, de las columnas diarias, aunque Elliott siempre escribía su columna que titulaba Números y Comentarios.

Permítanme decir que con la llegada de Elliott las páginas deportivas de CLARIDAD eran las mejores de Puerto Rico. Esta es mi opinión, que como dijo Nemesio Canales, no tiene nada de humilde.

De aquella relación de trabajo surgió una muy buena amistad que mantenemos todavía porque en verdad nunca le he perdido el rastro a Castro. A Elliott le gustaba decir que yo he sido su maestro, pero es él quien me ha dado sin saberlo una lección: descubre cuál es el trabajo que te hace feliz y ten el valor de dejar todo lo demás.

Y, como no hay mucha distancia entre recordar y soñar, diré aquí que Claridad Diario volverá en un nuevo Puerto Rico independiente, y entonces, si no estamos ya un poco viejos, Elliott y yo discutiremos cuáles son las noticias de deportes para le edición de mañana.

Escrito para el Festival de CLARIDAD de 1992

(Hoy sigo pensando igual).

En Memoria; Miguel d’Escoto Brocmann: Canciller de la dignidad

Pocas personas en la vida me han impresionado al verlo por primera vez, como el sacerdote nicaragüense, Miguel D’ Escoto. Aunque le había escuchado en Caguas Puerto Rico, en ocasión del homenaje que se le brindara al líder independentista Juan Mari Brás, mi reacción ante él fue muy diferente. Le conocí en su residencia en Managua Nicaragua, en ocasión de mi viaje para participar en una Conferencia de Historiadores del Caribe, en el año 2,000. Al día siguiente de llegar a Nicaragua y una vez acomodado en el hotel, lo primero que hicimos mi esposa y yo fue dirigirnos al Ministerio de Relaciones Exteriores para buscar información sobre donde podríamos encontrar al ilustre nicaragüense. Nos informaron que lo encontraríamos en su residencia y muy amablemente nos indicaron su dirección. Con muchas esperanzas de poder encontrarlo, nos dirigimos a su hogar.

Al llegar, unas cariñosas empleadas nos dijeron que el padre estaba descansando y posiblemente dormido, porque viajaría a Suiza esa noche en funciones oficiales. Con amabilidad y gentileza nos informaron que le preguntarían si nos podría recibir, a lo que gentilmente accedió. Al entrar a la casa, vimos una impresionante escultura de la Virgen de Hiroshima, con el Niño en sus brazos.

Estaba toda quemada, recordando el horror de la bomba atómica lanzada por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez en la sala de la residencia nos encontramos con una gran cantidad de pinturas nicaragüenses que adornaban su residencia.

Cuando llegó el ilustre religioso, nos quedamos paralizados ante su imponente presencia pero una vez comenzada la conversación pudimos contactar su humildad y dulzura. El padre D’ Escoto lo primero que nos preguntó fue sobre la situación de Puerto Rico. Siempre fue solidario con la independencia de Puerto Rico. A solicitud mía y sin pretender impresionarnos, nos habló de las funciones realizadas por él durante el gobierno sandinista, su posición como Ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua y como asesor de Daniel Ortega. Fue presidente del Sexagésimo tercer período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Fue suspendido como sacerdote por el papa Juan Pablo II, junto a Ernesto y Fernando Cardenal, por su participación en el gobierno nicaragüense y su identificación con la teología de la liberación. El papa Francisco lo restauró como sacerdote en el año 2014.

¿Quién fue Miguel D’ Escoto?

El padre D’ Escoto nació en Los Ángeles California, pero se crió en Nicaragua. Luego estudió para sacerdote en Estados Unidos. Fue el primer sacerdote latinoamericano de la Congregación Maryknoll. Estudió diversas carreras a nivel graduado incluyendo periodismo, pedagogía, ciencias, ingeniería y economía política.

El padre D’ Escoto escribió varios libros entre los cuales destaca Oraciones y Soliloquios, con un prólogo de Leonardo Boff. Tanto mi esposa Rosa y yo guardamos con mucho recelo las copias que nos regaló con una amable y gentil dedicatoria. ¡Que descanse en Paz!

El autor es profesor retirado e historiador.

Todo sobre su padre: Eliseo Alberto y Eliseo Diego

Eliseo Diego (1920-1994), el gran poeta cubano, por años fue una especie de incógnita o espejismo literario; hasta había quien dudaba de su existencia. Era que, un hombre tímido y privado, Diego publicaba su obra en pequeñas ediciones de escasa circulación. Aunque desde principio recibió elogios de otros poetas, especialmente de José Lezama Lima, fue sólo muy tardíamente que obtuvo reconocimiento nacional e internacional. En 1986 ganó el Premio Nacional de Literatura de Cuba y en 1993 el Premio Juan Rulfo en México. Formó parte del grupo de escritores que se nucleó en las páginas de la revista Orígenes (1944-1956), pero, a pesar de su lealtad al grupo, mantuvo su independencia e individualidad estética. Estuvo siempre consciente del gran peso poético que lo rodeaba, sobre todo el que ejercía la magnífica e importante obra de su amigo José Lezama Lima. Este fue su primer crítico y constante admirador, pero siempre hubo entre los dos poetas una amistosa rivalidad que nunca dejó de tener tonos fraternales. Se admiraban mutuamente, se respetaban profundamente, pero se sabían disímiles y hasta antagónicos en términos estéticos. Por ello Diego le dedicó un hermosísimo poema a Lezama donde se presenta a sí mismo y a su amigo como los jugadores de una partida de ajedrez:

Una partida de ajedrez,

jugada por nosotros dos,

ha de quedar, no piensa usted,

siempre honorablemente a tablas,

dice José, riéndose entre la espuma.

Habla aquí la voz de Lezama, no la de Diego, quien al final del poema humildemente aclara: “¡A tablas, mi querido José! / Pero su risa, sí, / me tumba el rey definitivamente.” (“Elegía para un partido de ajedrez”) Aunque la humildad de Diego es ejemplar, hay que reconocer que la relación de los dos grandes poetas fue amable, cordial y hasta fraternal, pero siempre compleja y hasta competitiva. En el fondo se confrontaban dos visiones poéticas distintas, ambas barrocas, pero una oscura, la de Lezama, y la otra cristalina, la de Diego.

Una aún más compleja relación se estableció entre Eliseo Diego y su hijo, Eliseo Alberto Diego (1951-2011), quien para sobrevivir como escritor por sus propios méritos tuvo que hasta achicar su nombre y convertirse meramente en Eliseo Alberto, eliminando simbólicamente el apellido paterno. Creo, que también tuvo que dedicarse a la narrativa más que a la poesía, porque este segundo era el género donde dominaba y hasta reinaba su padre.

El caso invita a un estudio desde las perspectivas sicoanalíticas, aunque por ese rumbo no me encamino. También invita a un comentario desde la perspectiva política, pues tanto el padre como el hijo tuvieron una relación compleja y hasta a veces problemática con el gobierno cubano. Por años, especialmente a principios de la Revolución, Eliseo Diego quedó marcado por una cierta desconfianza oficial por su declarado catolicismo, por su visión estética y por su defensa de ciertos escritores que no comulgaban con el proceso político que se daba en el país. Con el tiempo esa desconfianza fue disminuyendo; recordemos que en el 1986 se le otorgó el más alto premio nacional de letras, lo que lo estableció como figura de la cultura oficial.

En cambio, la situación del hijo fue más conflictiva y culminó en el auto-exilio en México donde murió, como su padre. La pieza principal para un análisis político de esta relación muy probablemente sea Informe contra mí mismo (1997), un libro donde Eliseo Alberto hace un análisis, desde su experiencia, de la situación política cubana y de su relación con su padre, quien en este libro se puede ver como figura que encarna el país en general. La gran auto denuncia en estas páginas es que la policía cubana le pidió al hijo que vigilara y denunciara a su padre. Este conflicto, entre otras circunstancias, lo llevó al auto exilio mexicano.

Como se puede ver por esta evidencia, la tentación del comentario político y sicoanalítico es fuerte, fuertísima; la vida de padre e hijo se presta a ello. Pero, por mis propios intereses, me acerco a la relación entre ambos desde otra perspectiva, desde la de la historia de la literatura. Para ello me valgo del comentario de un libro póstumo de Eliseo Alberto, La novela de mi padre (México, Penguin / Random House, 2017). Pero antes de emprender esa ruta, antes de ceñirme a mis intereses al leer este libro, se hace útil y necesario describirlo, aunque sea brevemente, y hacer algunos apuntes biográficos de los dos autores.

Eliseo Diego se dedicó a la poesía y también escribió breves cuentos que colindan con la literatura folklórica y la fantástica y que siempre tienen profundos tonos poéticos. En cambio, Eliseo Alberto comenzó escribiendo poesía, pero se destacó como novelista. Su obra más conocida en este género fue Caracol Beach (1998), obra con la que obtuvo el Premio Alfaguara. Recordemos que Eliseo Alberto se exiló en México. Sus padres permanecieron en Cuba, pero pasaron los últimos meses de la vida de Diego en México, donde este murió en 1994. Eliseo Alberto también falleció en la misma ciudad diecisiete años más tarde.

El libro que nos interesa ahora, La novela de mi padre, es, pues, póstumo. El mismo comienza con el recuento del hallazgo de unas decenas de páginas escritas entre 1944 y 1945 por Eliseo Diego donde esbozaba una novela que nunca terminó. Con el viejo recurso clásico del manuscrito perdido – recordemos al Cide Hamete Benengeli de Cervantes, autor favorito del padre – el hijo abre su libro. La idea no es recrear o reconstruir la novela perdida del progenitor sino contar la vida de este, especialmente el momento de la concepción de la novela inconclusa. La vida del padre, como el título apunta, se convierte así en su novela o en la novela del hijo sobre su padre. Desde el título del texto se juega con la confusión de géneros: crónica, autobiografía, novela. En este juega también un papel esencial la madre del escritor, Bella García Marruz (1921-2005), hermana de la gran poeta cubana Fina García Marruz quien, a su vez, fue la esposa de Cintio Vitier, todos miembros del llamado grupo Orígenes.

La novela de mi padre se compone de fragmentos donde la voz narrativa – la que suponemos es la de Eliseo Alberto – reconstruye la juventud de Eliseo Diego y rememora su historia familiar, intercalados estos fragmentos por cartas de Bella a Diego, entonces su novio, escritas durante los años de composición de la novela inconclusa. En esos años el poeta estaba fuera del país por razones médicas. (Este fue siempre muy delicado física y sicológicamente.) Presuponemos que las cartas de la madre al padre las inventa el hijo quien se vale de ellas para construir la voz narrativa de Bella, una mujer que no escribió poesía pero que estaba plenamente ligada al ámbito poético cubano, hasta el punto de convertirse en una especie de crítica o evaluadora de la poesía de su marido, de su hermana, de su cuñado y de todos los poetas que convivían en ese admirable grupo que se creó a través de las páginas de la revista Orígenes. No cabe duda de que aunque nunca publicó una sola página en esa revista, Bella García Marruz fue otra origenista más.

Desde la perspectiva de la historia literaria, La novela de mi padre no hace verdaderamente grandes contribuciones al conocimiento de la poesía cubana de ese momento; lo que cuenta el libro ya lo conocíamos. A pesar de ello este es de valor pues ofrece una visión íntima del grupo y en sus páginas aparecen, además de los poetas ya mencionados, otras figuras importantes del momento, como el pintor René Portocarrero, el crítico José Rodríguez Feo, el sacerdote Ángel Gaztelu, el músico Julián Orbón y el entonces joven poeta Roberto Fernández Retamar, entre muchos otros. Más que hacer aportes nuevos a la historia de Orígenes y el mundo intelectual y artístico de su momento, Eliseo Alberto ofrece una agradable y amena imagen, desde dentro, de ese importante momento de la cultura cubana.

Propongo leer, pues, La novela de mi padre como una visión de ese complejo mundo poético cubano hecha por el que podríamos considerar miembro de una segunda o tercera generación de Orígenes. Es el niño y el joven hijo de dos miembros del grupo quien recrea ese importante momento de la cultura cubana. También propongo leer este libro como una revaloración de la figura de la madre, Bella Esther García Marruz, quien siempre estuvo integrada al grupo Orígenes pero no como contribuidora directa de la revista sino como observadora activa del grupo. El personaje que de ella crea Eliseo Alberto parece un ser pasivo en cuanto a la creación del grupo, pero su aparente pasividad fue una forma efectiva de integrarse, observar y criticar a los actores culturales que siempre la eclipsaron o a quien ella dejó que la eclipsaran. Al darle voz a su madre se le asigna un papel que obviamente tuvo en vida pero que todos parecen ignorar. Bella García Marruz era la observadora escondida e ignorada que en estas hermosas páginas de su hijo se convierte en la testigo esencial para recrear el mundo privado de su padre y el gran mundo público de Orígenes.

Declaro mi prejuicio a favor del tema de esta revista cubana y del grupo de escritores que la formaron. Por años me ha fascinado el mundo de los poetas y artistas que formaron el inestable pero efectivo colectivo que se aglutinó en las páginas de la revistas Orígenes. Declaro especialmente mi marcado y particular interés por un crítico menor del grupo, José Rodríguez Feo, por uno de sus poetas mayores, Eliseo Diego, y por su disidente máximo, Virgilio Piñera. Confieso que ese interés prejuiciado – prejuicio positivo, recalco – me llevó a leer con gran entusiasmo este breve libro póstumo de un niño, de un joven que vivió muy directamente en ese mundo. Creo que La novela de mi padre es una visión filial de ese importante momento cubano y es también una clave para entender la obra de Eliseo Alberto mismo. Quizás tengamos que leer su obra de atrás hacia delante, desde este libro póstumo sobre el mundo de su padre – y de su madre también – a las denuncias del gobierno cubano expuestas en sus memorias y de ahí a su narrativa que no dejaba de ser una forma de negar o simbólicamente matar a su padre, el gran poeta que no llegó a escribir su propia novela.

Apunto, para terminar, que La novela de mi padre también vale la pena leerse por su prosa aguda, hermosa y atinada, prosa que en el fondo evidencia una fuerte raíz poética. En esos elementos poéticos de la narrativa y las crónicas de Eliseo Alberto sobrevive, por suerte y a pesar suyo, a pesar de todo, la voz poética del padre.

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