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La montaña también existe en las novelas

 

Especial para En Rojo

Que el sur también existe lo manifestó Mario Benedetti en su famoso poema donde expresó que “con su esperanza dura el sur también existe”. El poeta uruguayo enumeró las desigualdades entre el norte y el sur planteando que: “Hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible que todo el mundo sepa que el Sur, que el Sur también existe”. No obstante, desde mi hogar sin ningún temor me atrevo a gritar que la montaña también existe. Este debe ser el nuevo mantra de los que escribimos y vivimos en la zona central montañosa.

Muchos piensan que la literatura puertorriqueña contemporánea es privativa del área metropolitana, pero hay que mirar a la montaña, para descubrir las letras que se producen en las tierras altas. Lamentablemente, en Puerto Rico como en otros países, la literatura está centralizada en la gran urbe y pueblos aledaños. Hace unas semanas leí en El Adoquín Times dos artículos de la escritora y periodista Ada Torres Toro sobre lo difícil que es publicar en Puerto Rico. El primero se titula “La literatura puertorriqueña I: Una industria abandonada a su suerte” y el segundo “La literatura puertorriqueña II: El auge en la autopublicación”. Ella en su investigación descubrió, o ya lo sabía, que: “Puerto Rico es invisible en la arena de las letras a nivel mundial”. Yo soy más localista y me atrevo a decir que muchos autores que escriben desde la zona montañosa son invisibles en nuestro país.

Pedro L. Cartagena, a quien conocí en 1995 cuando empecé a trabajar en lo que hoy es el Recinto de Utuado de la Universidad de Puerto Rico, es un escritor y profesor universitario jubilado que tiene una producción literaria interesante. Trabaja con los géneros de la novela y el cuento; además es un apasionado de la ciencia ficción. Entre sus títulos se destacan: Pasajero de verano (1996) su primera novela, los libros de cuentos Un camino de hojas muertas (2002), Imaginario global (2005), Al caer el sol (2010) y Sopa de Murciélago y otros cuentos (2021). A estos se le unen las novelas publicadas en el 2021: Exoplaneta, las vidas de Aldanze Genoma y Hotel Riverside. En el 2022, salieron sus textos Buscando el sol y Los huesos de Bosque Seco. Como puede observarse, el escritor utuadeño cuenta con una vasta obra literaria, poco difundida en el país. Como les sucede a muchos autores en la Isla del Encanto, su labor no se limita a la de escribir porque tiene que promover sus libros. En Puerto Rico, los rotativos tampoco miran a la montaña, para entrevistar a los escritores que con tanto esfuerzo se esmeran por publicar sus trabajos.

El domingo 3 de septiembre de 2023, Pedro L. Cartagena estuvo en la librería El Candil en Ponce hablando sobre sus novelas:  Pasajero de verano, Hotel Riverside y Los huesos de Bosque Seco. Aunque no pude asistir vi la grabación de la presentación donde me mencionó varias veces. Aprovecho para agradecer su confianza en mi trabajo editorial y como crítica literaria. De sus libros el primero que leí fue Pasajero de verano y tuve la oportunidad de escribir el Prólogo de la segunda edición. Enmarcada en la explotación minera de los pueblos de Utuado, Adjuntas y Jayuya, y la defensa del ambiente, trasluce en esta novela una excelente historia que ya va por la tercera edición. La leí de un tirón y me atrajo que el relato no era lineal y el lector tenía que reconstruir la historia marcada por el uso continuo de la analepsis y la prolepsis en la diégesis. Me gustó tanto que se la asigné a mis alumnos en las clases de literatura.

El otoño pasado, Pedro me regaló Hotel Riverside que también tiene como foco ambiental el pueblo de Utuado. En esta biografía novelada, la historia parte de una anécdota en la que el autor escucha una conversación sobre este icónico hotel. Uno de los que hablaban era Don Heriberto Román que se crió en ese lugar porque su padre lo había comprado. El edificio era una clínica de un grupo de presbiterianos que, a principios del siglo XX, se dedicaron a estudiar la anemia y la bilharzia en Utuado. Un dato histórico muy interesante. En el libro un adolescente se encargará de narrar sus vivencias en este interesante hotel. A través de su óptica damos un viaje por la Ciudad del Viví con detalles históricos que se combinan de forma asertiva con la ficción. El narrador con entusiasmo cuenta: “El hotel se convirtió en nuestra residencia y mi padre lo denominó con un nombre en inglés para supuestamente atraer a clientes del norte y diferenciarse de los hostales o casas que alquilaban habitaciones en la zona… Le llamó Hotel Riverside, que en verdad quedaba a la vera del río que atravesaba el pueblo desde las montañas de barrios colindantes con los pueblos de Adjuntas y Jayuya que en el pasado también formaron parte del gran hato del Otoao” (9-10).

Cuenta con trece capítulos y personalmente me encantó el que está dedicado a la llegada de los gitanos esos individuos que culturalmente van de un lugar a otro. Ellos arribaron al Hotel Riverside en verano con todas sus extravagancias: “Sobre el capote de ambos carros, baúles, bolsos de colores y cajas de madera. Como si fuera un circo, los cuales ya conocía, empezaron a descender las personas y a descargar su equipaje con mucho cuidado, que más que valijas de viaje parecía un desahucio o una mudanza” (p. 22-23). Me fascinó la descripción que hace el joven narrador de estos personajes exóticos para un pueblo inmerso en la montaña. Cuando leí el capítulo dedicado a las fiestas patronales me transporté a mis años mozos en Peñuelas, porque las fiestas dedicadas al Santo Cristo de la Salud, eran todo un evento esperado durante un largo año. Considero que esta obra literaria debe asignarse como texto obligatorio en las escuelas de Utuado para que las nuevas generaciones conozcan la historia de su pueblo. Quiero destacar que leyendo Hotel Riverside recordé Felices días Tío Sergio de Magali García Ramis y sentí la misma emoción.

En el Festival Literario de la Montaña, celebrado en Utuado, compré Los Huesos de Bosque Seco que a juicio del autor puede ser considerada una novela negra escenificada en los pueblos de Utuado, Adjuntas y Jayuya en el 2097. Siguiendo la línea del daño que se le ha hecho al ambiente, a juicio del escritor, su libro presenta un escenario distópico, cuasi apocalíptico, dónde hay que descubrir los misterios que guarda el Bosque Seco. En la contraportada nos dice que el texto puede ser considerado como novela negra o policiaca. Este género es uno de mis favoritos desde adolescente cuando conocí a Auguste Dupin, el detective de Edgar Allan Poe, que hace su primera aparición en Los crímenes de la calle Morgue. Después disfruté de las investigaciones de Sherlock Holmes, personaje creado en 1887, por Sir Arthur Conan Doyle y, de los libros de la incomparable Agatha Christie. Hace alrededor de quince años retomé las lecturas policiacas europeas. Por mis manos han pasado los libros de los suecos Henning Mankell y Camilla Läckberg; los del español Manuel Vázquez Montalbán, protagonizados por Pepe Carvalho. A estos se unen las publicaciones de la española Carmen Mola que son fascinantes. Cabe mencionar que ese es el seudónimo que utilizaron Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero, al publicar la trilogía La novia gitana.

En mi biblioteca tengo una excelente colección que incluye obras policiacas europeas, latinoamericanas y puertorriqueñas. Como crítica literaria, después de leer Los huesos de Bosque Seco me atrevo a afirmar que el texto responde más a la literatura de espionaje. En el mundo creado por Pedro L. Cartagena, la INTERPOL se une a las fuerzas militares para descubrir junto al agente Tulio, el misterio que se cierne sobre el Bosque Seco. El autor mezcla diversos temas geopolíticos que redundan en la difícil sobrevivencia de unos personajes que tratan de subsistir en un lugar desolado. Recomiendo la lectura de las tres novelas de Cartagena y culmino mi escrito con el mantra que inició: La montaña también existe y solo hay que salir a descubrirla a través de sus escritores.

 

 

 

 

 

Tercera carta al doctor Alonso

Especial para En Rojo

 

Estimado Doctor Alonso:

Sé que este bien pudiera ser ya, oficialmente, un ejercicio de fe pues entiendo que usted no les ha respondido a mis compañeras. No importa. Puedo imaginarme lo ocupado que debe estar, y entiendo también que su prioridad no ha de ser las consultas epistolares, mucho menos las de correo regular. Pero imagino muy posible que, en algún momento, usted se apreste a sentarse para responderles con detenimiento, como estas consultas y el género mismo lo ameritan. Para eso necesitará tiempo. Tiempo e incentivos.

Sé que mis compañeras no han sido demasiado generosas propinándole lo segundo. Es lo que les digo, “el Doctor Alonso no les va a responder si se ponen con sus cosas”. Sé que le han dicho bastante, doctor, de cerdo para abajo, pero tampoco es para que se ofenda. O -más bien- tiene que ver cómo y por qué se va a ofender, si es que decide hacerlo. Porque, por ejemplo, llamarle cerdo puede parecer un insulto pero no siempre lo es. Si usted me preguntara a mí, le diría que el insulto va más por la vía del cuestionamiento de sus tarifas por el servicio médico. Entiendo que han sido severas con usted en ese aspecto. Como si usted no actuara en el ámbito de una sociedad entera donde el acceso a la salud mental se ha transformado intencionada y sistemáticamente en un bien exclusivo, casi de lujo. ¿Qué se supone que usted haga? Definitivamente no es usted el doctor Betances, andando a caballo los barrios mayagüezanos en el siglo XIX para tratar el cólera. Usted es un psiquiatra lidiando con los desajustes sistémicos y las patologías exorbitantes del siglo XXI en la colonia más antigua del mundo.

Pero en fin, cuando usted recibe correspondencia de estas mujeres, tiene que analizar bien lo que le dicen, leer entrelíneas. Pero como no sé si usted se va a tomar la molestia de buscar ciertas referencias en google, le cuento que yo creía que Epicúreo era un dios muy goloso. Pero no, Doctor. Busque en google “cerdo epicúreo” y descubrirá una estupenda identidad potencial, tal vez incluso novedosa. Sobre la otra compañera, ya ahí lo de “cerdito capitalista» fue más directo y no creo que tenga que darle explicaciones de ningún tipo. Sólo le recordaré que no debe juzgar a sus pacientes, mucho menos por ejercer sus libertades de expresar sus ideologías y visiones del mundo.

Pero nada, que me desvío. Les he dicho a mis compañeras y me reafirmo: “Yo sé que el doctor Alonso va a responder. No sé cuándo, pero va a responder”.

Así, me animé yo también a escribirle porque coincido en que el costo de su consulta en estos momentos es un tanto inaccesible para mí. Pero estoy segura de que eventualmente podré tener el placer de visitarlo en su despacho.

Nunca he sido de consultar con psiquiatras pero, bueno, siempre hay una primera vez. Entiendo que mi salud mental ha sido común y corriente. He tenido mis momentos, por supuesto. Lo normal. Algunos desafíos me han puesto a prueba, pero mirándolo a esta distancia, creo que he resultado victoriosa de todos. O de la mayoría, vamos, no quiero decir que sea perfecta porque no. El punto es que nunca he visto un psiquiatra. No de manera clínica, digamos.

Ahora, no se lo voy a negar: muchas veces me pregunté si debía hacerlo. No por nada, nada realmente de peso. Pero me lo preguntaba. ¿Por qué no voy un día donde el Dr. Alonso? No lo digo exactamente por las estelas, Doctor: el punto de sangre en los pellejos de las uñas, el ardor; el mechón de pelo entre los dedos que no quiero descartar por no percatarme de su aparatosa dimensión flotando sobre el zafaconcito del baño; las horas despierta consumidas en la lectura obsesiva de noticias criminológicas. El líquido fino, siempre inclinado, escurridizo. La claustrofobia, el impulso de abrir las puertas en los aviones.

Lo digo por lo más complicado: cómo mantener la imagen de la cordura cuando se tiene una serie de enfermedades raras extendiéndose inevitable, indefectiblemente, por el torrente sanguíneo. No es fácil diagnosticarlas por esa fragmentación tan estricta de la medicina moderna. ¿Qué médico va a diagnosticarte todo lo que tienes, si cada uno se dedica a una mínima parte de tu sistema y no le interesa observar más allá? Al cardiólogo le hablas de algún asunto estomacal y te mira como si le estuvieras preguntando sobre las señales del universo cuántico o sus partículas subatómicas.

Hoy día es casi imposible hablar de enfermedades raras, incluso con tu propio médico de cabecera, sin que se sospeche de tu situación emocional. Termina una angustiada, ya no sólo por la enfermedad sino por lo que te adjudican de inmediato: “Esta es hipocondríaca”, es lo primero que se dicen con la mirada, se les ve a legua. ¿Por qué en un mundo cuya enfermedad generalizada nadie cuestiona, es tan estigmatizante atender la enfermedad propia? Ambas situaciones, tanto el manejo de las enfermedades raras como el juicio de la gente, requieren de la mejor psiquiatría moderna. Por eso recurro a usted con tanta fe.

Llevo años navegando sobre decenas de síntomas  y muchas veces he tenido que callar para no ser acusada de la patología hipocondría: pupilas dilatadas, venas brotadas, vértigos extremos en las lunas menguantes, euforia natural en luna llena. Fiebrecillas nocturnas, dolores musculares que laten al ritmo de un zumbido auricular constante (es insoportable). Sudoraciones insólitamente excesivas, falta de oxígeno, corrientes linfáticas y, tal vez, el peor de todos… Bueno, Doctor, el peor de estos síntomas se lo diré en persona porque no encuentro cómo ponerlo por escrito.

Dicen que de médicos, poetas y locos, todos tenemos un poco. Le soy sincera, no he hablado de esto con nadie. Le estoy confiando mi espantosa y solitaria situación porque sé que usted es todo un profesional. Ante todo, quisiera poder respirar sin esta angustia. No tener que pensar en esta incapacidad de expandir mis bronquios, en la sensación aterciopelada de cuando se contraen.

Espero su respuesta.

 

 

 

 

Intempestiva sobre la carencia y la caricia

 

  1. Hace algún tiempo anoté en mi cuaderno el siguiente verso:

una caricia

se da con temor

a la despedida.

El drama de amor es uno de caricia y carencia. La carencia lleva a la caricia, y la caricia a su carencia. Un pestañeo. El visaje en el otro rostro. La mano abre, los dedos se extienden hacia la otra piel.

La caricia no es frotación, pero igual irisa.

  1. No hay colma de carencia en la caricia. No satisface. Es fallida. La carencia está ahí, insiste. A pesar de la caricia, por la caricia. Pero, ojo: porque es caricia, no hay sostén. En su ensayo sobre la caricia, Gaos subraya la total ausencia del apretón en la caricia. Es apenas un roce. Un leve presente (con amor) al otro en los dedos. Porque es breve, antecede al adiós. Su tiempo es del roce. Su duración, el del recuerdo de la caricia inscrita por vez primera en la otra piel. Aún hoy, eriza.
  2. La caricia es un estilo. Según Lezama, la casa es un estilo para combatir el tiempo. El estilo en la caricia, empero, no salvaguarda. No tiende puente. La caricia no edifica. Es un dar con (puro) ardor. La caricia es un presente absoluto. Es un caro presente. Caro presente carente. Sin condición y sin promesa. Ardor, ceguera. Zarza ardiente.
  3. No retiene. Nunca. El pestañeo en tu mirar. El amor dura el tiempo de la caricia. Con amor, la caricia deja ir.

 

 

 

Zoraida Santiago celebró su carrera con el concierto “Mi vida en canción”

 

Esta entrevista se hizo  con el motivo del concierto que celebró la cantaautora Zoraida Santiago y circuló en la edición digital de CLARIDAD/EN ROJO, sale ahora en nuestra página porque estuvimos bloqueados por más de 10 días. Pedimos excusas a Zoraida y a toda nuestra lectoría. ER

La exmiembro de Aires Bucaneros festeja sus 45 años como cantautora

 

En Rojo

 La carrera profesional de Zoraida Santiago Buitrago, como cantautora, comenzó de manera “informal” desde joven. Mientras estudiaba en la universidad, se familiarizó con la música de Roy Brown, Andrés Jiménez “El Jíbaro”, Antonio Cabán Vale“El Topo” y otros exponentes de la Nueva Canción. Unos años después, cuando se mudó a Nueva York, conoció a Roy Brown y, junto a Carl Royce y Pablo Nieves, formaron el grupo Aires Bucaneros en el año 1979.

Después de que su primera canción grabada- “Prisa loca”, del primer álbum del grupo- haya sido un éxito dentro del movimiento social-musical, Santiago decidió dedicarse de lleno a la composición de sus propias piezas. Desde entonces, van 45 años llenos de amistades y experiencias en una lucha que, el próximo 30 de septiembre, a las 8:30 p.m, se celebrará en el Moneró Café Teatro y Bar, en el Centro de Bellas Artes de Caguas.

“Yo era muy joven en ese momento y, para mí, se abrió un mundo. Un mundo de posibilidades. Nunca había estado en un estudio de grabación; recuerdo cuando Frank Ferrer nos llevó al estudio de Wapa.”, detalló la veterana cantautora de la Nueva Canción.

También, mencionó que el viaje de Aires Bucaneros al Festival de los Estudiantes, en Cuba, le permitió conectar con exponentes de la Nueva Trova cubana, como Quilapayún, Sonia Silvestre, Silvio Rodríguez, Noel Hernández y otros más. “Eso fue importante porque me abrió la perspectiva de que había un movimiento: la Nueva Canción, y era internacional. Países como Vietnam, Inglaterra, Francia; tantos lugares que estábamos allí juntos”, recordó la también doctora en Antropología.

La Nueva Canción en la Academia

Hace dos años- en 2021- Zoraida Santiago se jubiló del profesorado de la Universidad de Puerto Rico (UPR), recinto de Río Piedras. Durante su tiempo como docente, creó, junto a un grupo de colegas, un curso subgraduado para la Facultad de Estudios Generales de la IUPI, basado en estudios musicales. El curso forma parte de un programa de Estudios Musicales Interdisciplinarios, que estudia distintos géneros musicales- como salsa y rock- desde una perspectiva antropológica, cultural e histórica. La clase de Santiago Buitrago, titulada “La Nueva Canción: Propuesta estética y movimiento social”, aún se instruye en el primer centro docente del País.

“La Nueva Canción existió como un movimiento. Incluso, existían comités del movimiento a nivel internacional para organizar y enlazar los diferentes artistas de los distintos países envueltos en la Nueva Canción. El legado de ese movimiento ha sido legado y recogido por las generaciones que vinieron después, y están haciendo unas canciones maravillosas. Y no son los que están pega’os”, sostuvo la poeta. Por igual, celebró el aumento en la participación de mujeres en este tipo de música.

Los cambios en la música

“La música se mueve de acuerdo con las necesidades de la gente”, aseguró Santiago Buitrago. “Hoy en día, hay un grupo de músicos- sobretodo mujeres- que están haciendo un trabajo con un contenido lírico y musical bien interesante. La gente debe buscarlas porque los artistas necesitan saber que se les escucha”, instó la músico-activista.

Asimismo, describió que la música, como instrumento sonoro que construye el entorno, sigue latente en la cultura nacional, contrario al tiempo de la Nueva Canción. Para ese entonces, Santiago asegura que la Nueva Canción “rescató unas tradiciones que estaban relegadas a las Navidades o zonas rurales. Nosotros integramos los elementos de esas canciones- como la décima y el cuatro- para, no necesariamente replicar la cultura jíbara, pero para afirmar nuestra identidad como latinoamericanos”, narró la autora de “Mi poema saldrá” y “Canción desnuda”.

También, la artista experimentada confesó que nunca ha cantado para “pegarse”. “Este tipo de trabajo no cuenta con grandes presupuestos, pero requiere del apoyo de personas interesadas porque, al final, echa nuestra música y cultura adelante”, agregó.

Una celebración memorable

Roy Brown, a quien Santiago acompañó en su concierto-“La canción es una brújula” en agosto pasado, estará presente. Juntos, estrenarán el poema de Santiago “Cordura”, musicalizado por Brown. La canción trata sobre el asesinato de George Floyd en los Estados Unidos, que desencandenó protestas bajo el lema de “Black Lives Matter” (BLM).

Además de Brown, con quien Santiago “nunca ha dejado de trabajar”, estará presente Tony Asencio (bajo), Tato Santiago (director, hermano de Zoraida), Eloy Cruz (batería), José Flores (guitarra), Benitza Toro (voz) y Javier Hernández (percusión). Por igual, la nieta de Santiago, Aire, participará como invitada especial.

 

Acerca de la literatura puertorriqueña actual dirigida a la niñez

 

Especial para En Rojo

En un podcast de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que se trataba el tema de la controversia sobre Tere Marichal, escuché un comentario inquietante. El anfitrión afirmaba categóricamente que en Puerto Rico casi no se produce literatura para niños. Quedé atónita ante tal afirmación, pues una búsqueda breve en la internet lo hubiera sacado rápidamente de su error. Supongo que tampoco ha pasado ni de lejos por establecimientos como Leo Leo Libros, Aparicio Distributors o Books Around the Corner, por mencionar algunos. En nuestro país se publican textos dirigidos a los jóvenes lectores todo el tiempo desde hace mucho. Incluso se celebran certámenes literarios a menudo y se realizan presentaciones a lo largo de la isla. Las obras de autoras consagradas y premiadas como Georgina Lázaro, Tina Casanova y la propia Tere Marichal son muestra de ello. De hecho, el reciente libro Islas lectoras: biografía crítica de literatura infantil puertorriqueña (2000-2020), de Sujei Lugo, Jean Mary Lugo, Isa Abreu y Emily Rose Aguiló, ofrece un catálogo amplísimo de este acervo.

Este comentario errado me llevó a reflexionar acerca de la literatura dirigida a niños, como prefiero llamarla, debido a que considero que el término “infantil” puede resultar limitante, pues son lecturas que podemos disfrutar todos, aunque durante su composición se haya tenido a los niños en mente principalmente. Llegué a algunas conclusiones que me gustaría compartir aquí. Estas se basan no solo en mi experiencia como autora, editora y jurado en certámenes literarios, sino también como lectora entusiasta y madre de pequeños lectores. Lo primero que me llama la atención de la literatura dirigida a niños puertorriqueña actual es que se aferra mucho aún a temas que podríamos llamar tradicionales: los taínos, los Reyes Magos, el jíbaro, el coquí, el folclor o las vidas de boricuas ilustres. Por supuesto, no hay nada malo en ello (pues no puedo dejar de pensar en obras galardonadas como Imali, Dada y la calabaza, de Rafael Acevedo), pero no deja de parecerme significativo. Considero que esta selección tiene que ver con un intento, con tintes de nostalgia por parte de los autores, de preservar nuestra cultura e historia. También se me ocurre que haya cierta timidez a la hora de tratar algunos temas de actualidad que podrían resultar incómodos (más a los adultos que a los niños). De igual forma, el Puerto Rico de hoy, maltratado y en crisis, tal vez no espolee la inspiración de muchos tampoco. No es para menos. Por otro lado, en los últimos años, los niños puertorriqueños nacidos o criados en los Estados Unidos, producto del auge en la emigración, se han convertido en un público cada vez mayor entre los consumidores de estos textos. Por lo tanto, es posible que la insistencia en dichos temas se deba a un intento por incursionar en el mercado de la diáspora boricua, ávida de mantener lazos con la isla desde la distancia. Sin embargo, conviene tomar en cuenta que, en aras de mantener vivas nuestras tradiciones y nuestra cultura allende los mares, no caigamos en representar nuestra isla de forma idealizada e irreal.

Otro rasgo que he notado en este acervo es la propensión a darles a los textos dirigidos a niños un enfoque demasiado pedagógico. Hay una imperiosa ansiedad por enseñar algo. Tampoco tiene nada de malo, por supuesto, pero siempre he considerado que los propósitos principales de la literatura deben ser el entretenimiento y la reflexión. Enseñarles a los niños destrezas o datos históricos o científicos no es trabajo de la literatura. Esto no quiere decir que no pueda ocurrir naturalmente en el proceso de leer, pero no debe ser un fin primordial. Mucho menos debe imponerse a rajatabla. Estoy consciente de que a veces se trata menos de la intención de los autores que de algunas editoriales y su fijación con las conexiones curriculares. Los niños lo notan enseguida, créanme. No puedo dejar de mencionar textos como La jirafa que no cabía en su cuento, de Haydée Zayas, cuya divertida trama no tiene que justificar su existencia.

De igual forma, predomina en Puerto Rico el realismo en la literatura para niños. (Un realismo falto de humor, por cierto). Por lo tanto, he recibido con mucho agrado la publicación en los últimos años de textos de ciencia ficción y fantasía como El visitante de las estrellas, de Pabsi Livmar; Antrópolis, de Janette Becerra; y Las palabras perdidas, de Ernesto Guerra Frontera, entre otros. Es cierto que varios autores se han dedicado a tratar temas de actualidad que pueden resultar un tanto controversiales para los que aspiran a proteger a los niños en una especie de burbuja y mantenerlos ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Asuntos como el racismo, la homosexualidad, el ambientalismo, los roles de género y otros comienzan a afloran afortunadamente. Sin embargo, me parece que hay que evitar que el mensaje adquiera más relevancia que el texto mismo y lo convierta en una especie de panfleto. Eso tampoco es literatura. Además de entretener, esta debe invitar a cuestionar incluso los propios mensajes que se pretenden llevar a través de ella.

Para corregirle la plana al podcastero, la literatura dirigida a niños puertorriqueña actual está viva y vibrante, si no que lo diga Tina Casanova, cuyo querido Pepe Gorras, ya llegó al cine.