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Baldorioty vs. Betances : La biografía de Roberto Ramos Perea sobre Román Baldorioty de Castro.

 

Marcos Reyes Dávila

 

Hace pocos meses (2024) Roberto Ramos Perea publicó un “tratado biográfico” sobre Román Baldorioty de Castro. Vaya por delante afirmar que se trata de una labor investigativa erudita y monumental, y que viene acompañada de otros tres volúmenes que recogen la obra escrita por Baldorioty, la publicada que conocíamos, y otros impresos inaccesibles hasta ahora, y, además, material inédito.

La presente nota no pretende ser una reseña de estas obras, sino tan sólo una expresión de desengaño sobre un aspecto solo. Tengo enfrente, para sosegarme en su contexto, la biografía de Ramón Emeterio Betances de Félix Ojeda Reyes, y el extraordinario libro póstumo que nos legó: La protesta armada, obra que sale casi a la par con la de Ramos Perea.

La crítica académica de las últimas décadas insiste, saludablemente, en la revisión y reevaluación de los juicios enunciados antaño sobre todos los temas a partir de los nuevos enfoques, descubrimientos, y métodos de análisis. Desde luego, ese examen permanente de lo que muchos califican como la narrativa repetitiva de un canon, es un factor medular en la comprensión de una realidad histórica en continuo desarrollo, plegada de alteridades, cauces efectivos y defectivos, posibilidades engarzadas y perdidas, lagunas y sombras. Pero eso no es lo mismo que el estudio que tiene como método argumentar para intentar demostrar premisas previamente adjudicadas. Así se hizo hace unas décadas con Hostos.

La publicación de obras como esta de Ramos Perea sobre Baldorioty de Castro es siempre una fortuna. Pero hubiese sido mejor si el autor no se hubiera valido, para enaltecer a Baldorioty de Castro, de reducir y descalificar parcialmente la obra de Ramón Emeterio Betances. Hacer un comentario breve al respecto de ella es el motivo de estas líneas.

Una de las columnas fundamentales en las que Ramos Perea se apoya es el uso de una argumentación dirigida a demostrar premisas prejuzgadas. En este caso, es la apología de la ruta, el método y el ideal primordial que siempre ha definido a Baldorioty, incluso por confesión propia: la aspiración a la autonomía de Puerto Rico, y el método de las reformas liberales, que históricamente se prolongó durante el siglo XX, principalmente por el Partido Popular, pero encallado y francamente senil en este primer cuarto de siglo. Las apologías impresas en el libro provienen de este sector.

Para exaltar a ese Baldorioty el autor se halló ante un escollo formidable: Ramón Emeterio Betances, y la ruta del “republicanismo democrático revolucionario” –como lo define Carlos Rojas Osorio– en la que persistió toda su vida. Otra de las cosas que lamento en esta obra es que se intente acudir a Eugenio María de Hostos para validar sus argumentos contra Betances. A mi juicio, el autor tiene un objetivo en la mira respecto a Betances, pero en lo que concierne a Hostos, no lo comprende.

Aunque por un corto tiempo (1874) se viera Baldorioty acorralado y, por eso, dispuesto a participar en las conspiraciones armadas que organizaba Betances, Baldorioty, –– “como ‘súbdito’ de España (así puede leerse en el tratado, Ramos Perea, 5.) se negó a proponer las armas como vehículo de esa liberación”. No empece, cree el autor, con el tiempo, se ha considerado a Baldorioty y a Betances, igualándolos, “padres”, “ambos”, de la Patria Puertorriqueña. (7) Quizás sea así para los amigos del autor, pero no para los que conozco y reconozco. Pues, ¿cómo se retrata a Betances en este “tratado” biográfico?

Ramos Perea insiste, e insiste, en retratar a Betances de los siguientes modos: su lucha armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades; Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante (98); de una arrogante desconfianza; la arrogancia del llamado Pater de Patria (294); testarudo; irracional (142, 284); el comentario fratricida de una soberbia asombrosa (163) que mostró una espiral de odio sin límites; que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato (296); que abandona el barco de “su” revolución (151), cuando ve amenazado su liderato (280), o en peligro de hundirse (297); que lo que pensaba de sus compatriotas y de la propia posible revolución de su país se reducía a su único interés por el poder; que al verse amenazado por la integridad y el entusiasmo de Hostos, se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación (276); que se plantó en su eterno resentimiento contra el autonomismo, “proclive a la alienación y a lo que más tarde Lenin –en 1920– llamaría ‘infantilismo de izquierda’”. (151)(¡!)

Ese es, a su juicio, parte fundamental de la práctica de Betances. Añade que, tras la muerte de Baldorioty, “hubo de esperarse tres años para que Betances tuviera la honradez intelectual de admitir las cualidades de Baldorioty”.

Dudo –y lo comento porque para mí importa– que Paul Estrade, o Félix Ojeda Reyes, hubieran, ni remotamente, rubricado tales juicios. Pienso que Félix no estará en paz en su sepulcro.

Según el autor, “la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible” en virtud de la inferioridad numérica, geográfica y militar de Puerto Rico. Baldorioty, dice, se muestra, además, incapaz de comprender la atención puesta, la solidaridad y la cooperación con la libertad de Cuba, Haití, la República Dominicana.

Betances, ciertamente, vio, en un momento, en el reformismo autonomista de Baldorioty, a un “autonomista vacilante”, un “reformista transigente y abolicionista vacilante”. Para solo citar autores recientes, Paul Estrade, Félix Ojeda Reyes, Carlos Rojas Osorio, entre otros muchísimos estudiosos de su obra, algunos de los cuales Ramos Perea tiene la honradez de mencionar, entienden las cosas de otro modo. Para ellos –quiero incluirme– no cabe encasillar exclusivamente a Betances en la estrategia de la revolución armada. Siguió varias estrategias, tomando nota de las circunstancias. En un principio, antes e incluso inmediatamente después de Lares, sostuvo la ilusión de que fuera posible negociar los diez mandamientos de los hombres libres con un gobierno español republicano en cuyo seno se oían voces protagónicas que creían en crear una federación con las dos Antillas y simpatizaban con una república democrática federal que incluyera en igualdad de condiciones a las Antillas. Hostos oyó, cara a cara, en discusiones francas y abiertas, y en textos publicados, a muchos futuros líderes del gobierno español que simpatizaban con una federación, y una república, que incluyera las Antillas, e incluso con el socialismo proudhoniano, y que se comprometían. Pero Betances vio pronto, Hostos muy poco después, que en la misma metrópoli las reformas democráticas que pedía para sí el pueblo español, y las aspiraciones autonómicas que necesitaban los pueblos de España, se esfumaban una y otra vez. ¿Cómo esperar entonces de ella que satisficiera los deseos de reformas y de autonomía que le manifestasen las lejanas provincias antillanas? La conclusión obvia era que como expresara, Betances, y como él Hostos: “¡España no puede dar lo que no tiene!”. Sabían ambos, además, que si durante el corto gobierno republicano fue un espejismo breve, y muy pronto, un imposible entendimiento, en la monarquía que se reinstaló muy pronto, lo era menos. O, más claramente, absolutamente imposible.

Estrade define varias estrategias que siguió Betances: la de la revolución en España; un posible entendimiento con el gobierno revolucionario republicano que tomó el poder en 1868; la vía indirecta de la consolidación de una república dominicana próspera y democrática; la vía de la obtención simultánea de la independencia de Cuba y Puerto Rico por el triunfo del ejercito mambí, tanto en la guerra del decenio, como en la guerra iniciada por el partido revolucionario cubano-puertorriqueño. Hostos coincidió con ellas, y formuló otras más. Para Estrade y Ojeda Reyes la praxis de la revolución armada de Betances no respondía a su terquedad, como se dice, sino a la terquedad del gobierno colonialista español, de facto, históricamente inamovible.

Hostos abogó incesantemente ante el gobierno español por reformas para las Antillas, pero dentro del contexto de una federación previa fundada entre las Antillas y España, es decir, fuera de toda pretensión de “asimilación” a España, como aspiraban muchos autonomistas (185), y que, por el contrario, preparase y condujese eventualmente a las Antillas hacia la soberanía plena conforme al modelo canadiense otorgado allá por Inglaterra. Su extenso artículo sobre este tema específico es de 1867. Para principios de 1869 Hostos ya había rechazado a esa ruta en términos definitivos para no regresar a ella jamás, como sí lo hizo Baldorioty. Lejos estaba Hostos, antes, entonces y después, de que esa aspiración suya a la soberanía hubiese sido solo una de inspiración romántica y juvenil, y es falso eso de “que no estaba dispuesto a sacrificarse para que otro se llevara la gloria”. ¡Cuántas veces estuvo no solo dispuesto, sino que deseó e intentó combatir lo mismo en la manigua cubana que en las vegas de Puerto Rico!

Hostos había aconsejado el 31 de diciembre de 1868 el retraimiento en las elecciones a Cortes convocadas por el gobierno provisional español, si estas no se celebraban en condiciones “absolutamente liberales”, y bajo “el imperio del sable”. Mas, en el caso de que en Puerto Rico se impusiera tal elección, aconsejó a varios candidatos, empezando con Baldorioty y terminando con Betances, “el primero en sacrificios por su patria”. En su lista aconsejada, incluyó también a Alonso, Tapia, Acosta, Tió, Vizcarrondo y Ramos. Las elecciones se celebraron del 15 al 18 de enero del 1869, pasado ya el famoso discurso del advertido rompimiento con España pronunciado por Hostos en el Ateneo madrileño el 31 de diciembre pasado.

Véase que las fechas de estos eventos se yuxtaponen. Los ponceños le solicitaron a Hostos, con fecha del 24 de diciembre de 1868, que presentara en su nombre al gobierno provisional una serie de peticiones. En cumplimiento con su petición, Hostos pide y celebra entrevistas con el general Serrano, jefe de Gobierno, que se celebraron entre el 19 y el 22 de enero, justo cuando acababan de celebrarse en Puerto Rico las elecciones a diputados para las Cortes. Hostos les informó el 23 de enero a los ponceños que, en resumidas cuentas, “Puerto Rico no debe esperar nada de una metrópoli que la desdeña (… y) le niega los derechos y libertades que podrían haberse planteado en ella”. Diría en una de sus constantes recapitulaciones y examen de sus acciones, que “los diputados que el capricho y la arbitrariedad eligieron en Puerto Rico, llegaban a Madrid para servir de juguete, como sirven, al interés de un ministerio o de un ministro”.

A la diatriba sobre si la obstinación de Betances con la revolución armada fue una sin reflexión, sin preparación y sin posibilidades, y que Betances era un hombre de una impetuosidad arrogante, testarudo; irracional, “hasta los límites de la vesania”, de un odio sin límites que acostumbraba a quemar sus naves por su ansia de mantener su liderato; se reducía a su único interés por el poder, se rinde a lo más bajo que puede hacer un revolucionario, intrigar y traicionar a los suyos y poner su propio interés por encima de los intereses de la nación, su apoyo a la independencia y confederación de las Antillas, sin aparente conciencia de lo limitado de las fuerzas militares insurrectas. Entre lo primero que se afirma, justo en la introducción, en este libro como aseveración ante la idea de desarrollar una lucha armada en la colonia, está lo siguiente:

“¿A qué martirizarse por ella? Esta conciencia clara de inferioridad numérica, geográfica y militar la vivieron en carne propia Román Baldorioty de Castro, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, José Julián Acosta y Segundo Ruiz Belvis, no importa lo bravío que fueron sus discursos liberadores, no empece a lo patriótico y exaltado de sus discursos, la libertad por las armas siempre fue –y será– imposible, aunque no por ello menos ansiada…” (4)

Ante este conocido disentimiento, Paul Estrade, por ejemplo, responde que “Córcega tuvo un Paoli, Margarita un Arizmendi, Mariño 50 hombres en Trinidad, Luperón 14 en Capotillo, para iniciar la guerra de liberación que concluyeron victoriosamente”. (309) Cita, además, la proclama de Betances del 27 de agosto de 1871, que añadía que los “indios” boricuas podían haber hasta 15 mil, que Céspedes lanzó solo 50 hombres contra España, y pregunta ¿con cuántos contó Bolívar en muchas batallas? Lo cierto es que tanto en Cuba como en Puerto Rico llovieron las insurrecciones a lo largo del siglo; las armas se contaron por miles en muchas ocasiones, y los comités secretos que se fraguaban dentro y fuera de las islas se esforzaban por afianzar la organización y las estrategias. Generales militares veteranos y de alta distinción estuvieron prestos a combatir, en primera línea. Todo el tiempo procuraban, tan secretamente, una “organización bien entendida”, que a la llegada de Hostos a Nueva York lo mantuvieron ajeno a ellas. Continuamente enviaban delegados a Puerto Rico a explorar el apoyo, y a comprometer, y a estudiar las condiciones para los alzamientos. Con apenas 80 hombres se inició en 1956 la guerra que culminó en Cuba a fines de 1958 con la derrota de Batista y el triunfo de la revolución. Hostos propuso constantemente estrategias revolucionarias, compromisos en Nueva York y en las Antillas todas, en Colombia, Perú, Chile, Argentina y Venezuela, y formulaba desde 1876 programas concretos para construir países libres tras la independencia.

Sobre el carácter antillano de la lucha por la liberación, todos los grandes protagonistas de las diferentes Antillas, tanto los de Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico, todos, concurrieron e intercambiaron programas, estrategias, recursos, armas, dinero y combatientes, e incluso banderas, y además, varios países de Nuestra América, desde Venezuela, Perú, Chile, Ecuador. Porque para todos ellos la revolución no podía poner miras y gríngolas en revoluciones aisladas unas de las otras. Sabían, tanto Betances como Hostos y otros, incluido después Martí, que las Antillas habrían de salvarse juntas o morir. El problema era entonces cómo y por dónde quebrar el poder español en las Antillas. El problema nuestro era, y es, cómo y por dónde quebrarle el espinazo al poder.

Si mucho puede verse en la obra de Betances, Hostos y otros protagonistas de la complejidad y las dificultades muchas veces insalvables o casi insalvables que tuvo iniciar una insurrección, no puede verse sino una parte pequeña de ella, porque ella impuso guardar innumerables secretos. Ojeda Reyes cuenta, como Hostos y Betances, mucho o bastante de lo que fueron esas dificultades y complejidades en la época que visita, pero no deja de admitir que quedan en lo oscuro muchos secretos. Otro tanto apunta Ojeda Reyes sobre los secretos que mantiene en su registro sobre la “protesta armada” que se fraguó en las décadas de sesenta y del setenta del siglo pasado.

En el prólogo a otro libro de Ojeda Reyes, Peregrinos de la libertad (1992), Ramón Arbona observó que José Martí calificó de “arrogantes” a los más notables representantes de las luchas por la liberación de las Antillas. Con ese calificativo, explica Ramón Arbona, Martí intentaba aludir a un atributo que cubría a estos peregrinos de la libertad, como con una aureola. Esa aureola, de arrogancia, no era sino la manifestación de una impresión sensible producida en los demás por el reconocimiento en ellos de una gallardía, valentía, desenfado y buen aire, que les permitía caminar sin desfallecer, construir donde se pudiera construir, conspirar donde hubiera que conspirar, hacer acopio de fuerzas que no parecen desfallecer, y “mendigar recursos, predicar, suplicar, debatir, combatir y, si derrotados, empezar de nuevo por dónde se pudiera empezar, cómo se pudiera empezar, en un peregrinaje que solo podía tener fin el día que los alcanzara la muerte, en el triunfo o en la derrota”, y a pesar del mareo, los zapatos gastados, el hambre y la pobreza, “pero siempre en brazos de la patria agradecida” (9).

¿Ciegos por la ira? Es cierto que Hostos no buscó en 1898 contar con los partidos políticos existentes en Puerto Rico porque, a su juicio, eran partidos coloniales. Incluye, desde luego, los autonomistas. Pero aceptó ser miembro de la Comisión que a nombre de Puerto Rico presentó peticiones al presidente McKinley, y fue acompañado de dos anexionistas: Henna y Zeno Gandía. Al culminar sus gestiones en Puerto Rico a fines de 1899, consideró oportuno recomendar a Luis Muñoz Rivera para continuar, a nombre de una comisión, las gestiones en Washington. Betances siempre supo que dos cercanos colaboradores suyos eran anexionistas: Henna y Basora. En su momento consideró que podía contar con liberales autonomistas, como también Hostos, que pensó que una vez insertos en el fuego fraguaría en ellos el patriota. ¿No pronunció aquella hermosa parábola de las hormigas cuyo esfuerzo para arrastrar una presa crece hasta lograr moverla? Con Estados Unidos, Hostos sí intentó negociar, pero nunca una “dependencia negociada” y “medianamente nacional”, lo como intentó Baldorioty con España. (508)

Para mí no cabe duda de que la gesta de Lares, Betances mismo, Hostos, Albizu, Mari Brás y otros gigantes forjadores en Puerto Rico de la lucha armada por la independencia, lejos de convenir en calificarlas de “pírricas ilusiones” (6), robustecieron y aún fortalecen nuestra identidad de pueblo, que es garantía imprescindible de nuestra soberanía e independencia latentes. Pero los autonomistas no lo son en la misma medida ahora, como tampoco lo fueron entonces. Pantanos inamovibles de mañana, como afirmó Betances, y, a fin de cuentas, sostenes del colonialismo. Por fortuna, “el tiempo del pueblo nunca acaba”, como nos recordó Juan Antonio Corretjer.

Me conmueve pensar que para el autor del, no obstante, impresionante tratado biográfico que comentamos, su publicación en este momento cuenta con la fortuna de haber salido a la luz cuando ya Félix Ojeda Reyes no estaba con vida. Pero nos dejó sus cocteles molotov en su palabra postrera, y una “patria agradecida”.

agosto 2024

 

Poesía de Eddie S. Ortiz-González

 

 

Apago las luces del auto

 

Apago las luces del auto
mientras transito
por un punto específico
del trayecto
hacia mi lugar de trabajo

La carretera
es de dos carriles.
Por mi derecha, la isla
hace borde con el mar

Durante unos segundos
voy como los dioses
que en su huída nos dejan
en un desamparo absoluto.

Cada vez más lejos
cruzo espacio y tiempo
en medio de la noche.

 

 

Arquímedes de Siracusa. c. 212, AC

Arquímedes
interrumpe al soldado:
no iré donde Marcellus.

Mi labor
aún no termina.

El soldado
desenvaina la espada.

No dañes mis círculos.
Sobre la mesa las esferas,
los planos
con anotaciones matemáticas
al margen,
los implementos de medición.

Todos regados
con la sangre
de Arquímedes.

 

 

 

De fábulas de conejo y cazador

 

 

Del bosque le llegan nuevas: anuncios del cambio en hoja y luz que trae la estación de la espera.

En la quebrada ocurre la huida callada: un zarcillo errante baja por la orilla y el animal se aferra a él por un instante antes de escabullirse entre las piedras. Ha escuchado una ocelote en celo y el crujir de cortezas. El agua se apura por lo bajo en estos días de caída suave; el aire ha soltado ancla y el frío se adueña del hierro.

Conejo roe una drupa hallada al azar. Siente en su pelaje el recuerdo del umbral traspasado en la víspera, el umbral dado en ofrenda, el que volverá a cruzar llevada de la mano de Cazador.

En el sentir, el anuncio. Ella recuerda y anticipa el romper de ola que apenas acaba de conocer, el que aún no entiende, del que no podrá regresar.

Anoche, este oleaje le arrebató el sentido, le arrancó el equilibrio que su cuerpo siempre había tenido con el entorno de hierba y cal. Anoche la orden sonó absoluta, y al instante una ola veloz la ensabanó en su promesa truquera de bálsamo. Pero ahí, cuando creía perderse en la miel, la ola la ciñó, rabiosa, y su apriete impío pulsó sobre cada punto de la carne.

El aire salió en fuga y se llenaron las cuencas: el contraer repetido y en aumento.

Cada capilar rogó en vano. Derramó, irradiando enorme y rehilante.

–De Fábulas de Conejo y Cazador

 

 

Los desafíos inspiradores de Gena Rowlands

Especial para En Rojo

“You know I think that movies are a conspiracy […] They set you up to believe in ideals and strength and good guys and romance and, of course, love. […] There’s no Charles Boyer in my life, Florence. […] I never met Clark Gable. I never met Humphrey Bogart. […] And no matter how bright you are, you believe it.”

 

Minnie Moore (Gena Rowlands), Minnie and Moskowitz

Un profesor de cine que tuve en el Graduate Center del City University of New York nos dijo con sonrisita sarcástica que los cinéfilos se deslumbran con directores mientras que el resto de la gente se enfoca en los actores. Lo entiendo hasta un punto. Vemos los actores habitando mundos inventados, pensamos que ellos son en realidad como los personajes que actúan y son la referencia que usan los estudios para vender una película. Pero el director, el escritor y una gran comunidad de artistas y técnicos bordan ese mundo al que apuntan las cámaras. Su toque se tiende a perder en la experiencia, especialmente si la película se ve tan solo una vez. Aunque generaliza con su comentario, el profesor argumenta que gran parte de la audiencia no se fija en los que construyen la experiencia visual. Sin embargo, ¿recordaría el profesor la gloria de una Bette Davis como Margo Channing borracha con una copa en mano mientras escucha con expresión melancólica a un amigo tocando el piano en All About Eve (dir. Joseph L. Mankiewicz, EE. UU., 1950)? Es un momento tan poderoso como los ojos sufridos de Maria Falconetti en La passion de Jeanne d’Arc (dir. Carl Theodor Dreyer, Francia, 1928) o el hastío con el que Glenn Close se quita el maquillaje al final de Dangerous Liaisons (dir. Stephen Frears, Reino Unido y EE. UU., 1989). Estas actrices dejan una huella a través de sus construcciones. El director y el cinematógrafo las retratarán, pero ellas pueblan nuestros sueños. Uno de mis directores favoritos, John Cassavetes, demuestra un desenfreno poderoso en su toque como director. Sus actores, entre los que cuentan Peter Falk, Ben Gazzara y Seymour Cassel, entre otros, improvisan bajo la dirección de Cassavetes una masculinidad ruda que esconde una vulnerabilidad profunda dentro de una modernidad compleja. Ellos andan con el fronte de Humphrey Bogart o Clark Gable, pero su hombría refleja su impotencia y falta de control. Y entra a escena Gena Rowlands.

Cuando la poderosa Rowlands irrumpe en pantalla, su ansiedad refleja la resistencia ante el rol de mujer que se le impone a sus personajes. Su lenguaje corporal, por momentos cómico y por otros tan agresivo como el de los hombres que la rodean, devela su dignidad monumental mientras experimenta una serie de situaciones traumáticas. Su Minnie Moore en Minnie and Moskowitz (dir. John Cassavetes, EE. UU., 1972) rechaza los conceptos habituales románticos que nos impone el cine clásico de Hollywood. Minnie, una mujer culta que trabaja en un museo, se lanza a una relación altamente conflictiva con Seymour Moskowitz (Seymour Cassel), un hombre sin ambiciones que trabaja en un estacionamiento. Así, Cassavetes redefine el cine romántico con una protagonista que se aísla de la realidad decepcionante detrás de sus inmensas gafas negras y que descubre la sensibilidad de un hombre rudo que la ama. Los personajes de Rowlands en el cine de Cassavetes defienden su individualidad reconociendo el precio que pagarán por ser diferentes. Las mujeres de Rowland le dan sentido y filo al cine de Cassavetes. De esta manera, la fuerza del personaje de Myrtle Gordon se hace evidente en su angustia de envejecer como actriz de teatro en Opening Night (dir. John Cassavetes, EE. UU., 1978). O en el sacrificio de Gloria al sacrificar su propia vida para proteger de la mafia a un niño puertorriqueño cuya familia ha sido asesinada en Gloria (dir. John Cassavetes, EE. UU., 1980). Rowlands colaboró con su esposo, John Cassavetes, en diez películas. No obstante, el comportamiento delirante de su Mabel Longhetti en A Woman Under the Influence (dir. John Cassavetes, EE. UU., 1974) es de mis experiencias favoritas en el cine.

En A Woman Under the Influence, Mabel es un ama de casa que usa el alcohol para encontrar algún tipo de disfrute y de belleza en su vida rutinaria. Ella tiene tres hijos pequeños con su esposo, Nick Longhetti (Peter Falk), un hombre que la quiere pero que no la entiende. Los problemas mentales causados por su masculinidad tóxica y su falta de empatía ante lo que atraviesa Mabel, producen en Nick una frustración que lo deshacen como persona y lo confunden como hombre. El Nick de Peter Falk va de una sonrisa amistosa y carismática a unos arranques de ira destructivos. Este arremete contra Mabel, sus hijos, sus familiares y amigos. Como director, Cassavetes confiaba en sus actores lo suficiente como para permitirles construir sus personajes con el uso de la improvisación. Falk manifiesta en Nick el trauma de un mundo problemático que tilda a Mabel de enferma. Aunque Cassavetes no idealiza el alcoholismo de Mabel, Rowlands demuestra el gozo de la vida que siente el personaje al beber. Su sensibilidad refrescante y su energía caótica se desbordan al bailar una pieza de El lago de los cisnes de Tchaikovsky al frente de sus hijos y amiguitos. El frenesí de la borrachera de Mabel se repite en el glorioso final de la fascinante Another Round (dir. Thomas Vinterberg; Dinamarca, Suecia y Países Bajos; 2020), donde Martin (Mads Mikkelsen) y su grupo de amigos deciden beber hasta la saciedad para vivir más intensamente. El alcoholismo tiene sus consecuencias, pero para Mabel en A Woman Under the Influence y para Martin en el filme más reciente, este es el antídoto al choque traumático de la rutina. Rowlands usa un lenguaje corporal teatral con destellos sublimes que se resiste a la sobriedad de los que la rodean y que contrasta los movimientos burdos de Nick.

Aunque John Cassavetes es el director, Rowlands asalta con sus personajes las prisiones sociales que limitan a todos aquellos que habitan sus márgenes. Desafortunadamente, Gena Rowlands murió el pasado 14 de agosto a sus 94 años. Se ha ido una de mis actrices favoritas de todos los tiempos y tan solo puedo repetir las palabras de Fito Páez en su canción, “Circo Beat”, “yo me muero con Gena Rowlands.” Los invito a degustar del trabajo de Rowlands, que pueden ver en HBO Max. Aunque Minnie and Moskowitz es difícil de encontrar en streaming, hay una copia de la edición de Criterion Collection en YouTube. Corran a verla antes de que la quiten.

 

Surviving a lo bori: las crónicas de Rafael Pabón Ortega

Portada libro Surviving

 

 

En Rojo

Tengo suerte. Comencé a leer a Rafael Pabón Ortega desde que publicaba sus primeros textos en las redes. A través de Facebook, poco a poco se creo una red de lectores que disfrutábamos las crónicas de Pabón diariamente. Era un modo divertido, inteligente de anécdotas de la vida diaria y espejo de la picaresca popular. Sí, FB y otras plataformas de redes sociales tienden a reproducir muchos de los problemas que se encuentran en el mundo cotidiano.

Con los años, muchos insistimos en que aquellos escritos constituían uno o varios libros. Y resulta que hace algunos meses se publicó el primer libro de Rafa. Surviving a lo Bori (Secta de los Perros, San Juan, 2024) es una colección de poco más de doscientas crónicas escritas desde 2017.Si bien son relatos de la vida del emigrante -Pabón reside hace siete años en Nueva York- hay toda una reflexión sobre cultura popular, historia, arte, música, que satisface al lector de muchas maneras.

Digo “crónicas” porque me parece un concepto que engloba mejor estas narraciones. La crónica es un género literario que combina el relato de hechos reales con elementos de la narrativa de ficción, como el estilo, el tono y la subjetividad del autor. Como en la historiografía. Rafael Pabón relata eventos históricos, sociales o culturales de una manera que va más allá de la simple presentación de datos, incorporando el contexto, las emociones y las impresiones personales.

Rafael Pabón

Quizás es una librería Surviving a lo Bori se encuentre en el área de no-ficción. Sin embargo, mientras que la no-ficción puede abarcar una variedad de formatos, como ensayos, reportajes o biografías, la crónica se enfoca en contar una historia específica, a menudo de forma más literaria y creativa. Pero eso no es tan importante como el placer de la lectura

Surviving a lo Bori se divide en diez partes, incluyendo sus misas sueltas. Si el libro fuese una fonda, aquei los, las, les lectores van a encontrar un suculento menú. Aprovechando esas mismas redes sociales que mencionamos al principio, y dado que la semana próxima el libro se presentará en su primer tour, realizamos una breve entrevista con el autor.

ER Este es tu primer libro. ¿Cuándo comenzaste a pensar que lo que escribías en las redes -luego en En Rojo– podría ser un libro?

RPO- Al principio comencé a escribir para desahogarme -por más clichoso que suene-, combatir el aburrimiento colonial, para comentar mi interpretación de lo cotidiano, o describir a mis compatriotas caribeños con todos sus contradicciones, sandungueria, colores y sabores. También para compartir mi desencanto con el sistema, para compartir mis alegrías y mis penas, para canalizar un humor y sarcasmo de toda la vida que llevo a flor de piel y de paso, para sacarme una rabia contenciosa e insurreccional de muchos años.

La buena acogida y la reacción de mis lectores me decía que no lo estaba haciendo tan mal. Personas que respeto del campo de la escritura y literatura se sumaban a esas voces. Luego, llegó la censura y las ganas de desquitarme, una calvicie incipiente, más barriga, una chochera en aumento y las noticias de más muertes repentinas de amigos contemporáneos, e  inclusive más jóvenes que yo. Eso está relacionado entonces con las ganas de dejar un legado y de trascender las redes sociales y adentrarme al mundo real de la literatura isleña con todo lo que conlleva y sobre todo, por que pienso que lo hago mejor que muchos que se atrevieron antes que yo.

ER- ¿Alguna vez pensaste en el género literario? Es decir ¿te planteaste el asunto de «estos son cuentos o son crónicas»?

RPO- Nunca me detuve a pensar o definir mi estilo. Contaba y punto. Lo importante para mi era decir lo que quería sin dar mucha vuelta. La brevedad de un relato escrito de esa forma sin ninguna intención  y alevosia es lo que le da fuerza al texto. Un proceso totalmente orgánico, usando el término que esta de moda en estos días.

Para mi todo es un cuento que se relata en forma de crónica o una crónica que se relata en forma de cuento. ¡Qué sé yo! En mi caso soy como un eyaculador prematuro literario, sin el efecto secundario de la insatisfacción. Cuento lo que me sale sin mucho forplay. Me aburro con facilidad. Me pasa cuando leo. Si el autor me tiene leyendo varias páginas para decirme lo que se puede decir en uno o dos párrafos me pierde. Sobretodo si es una crónica o un cuento. En la poesía es distinto. Esa primera oración es clave.

No soporto la cusilería literaria y menos para empezar un relato. Uno se da cuenta cuando un texto está estirado a propósito y no por que la historia lo amerite. Prefiero el escritor que te cuenta lo que pasó con las palabras necesarias y el resto te lo deja a la imaginación.  Además, me interesa que me lean los jóvenes. Esos que se dejan, se aman, se pelean, se desahogan, sueñan  y viven por mensaje de texto. Quiero que mi texto los atrape y se imaginen los personajes que menciono y describo,  que interpreten, cada cuál utilizando su filtro y su historia. Que mi escrito sea visual, que tenga ritmo, que se escuche. Como una canción de esas que censuran en la radio. Eso lo hace más interesante.

ER- ¿Escribir te ha causado problemas?

RPO- Si. Escribir me costó un despido. Me censuraron. Trabajaba de supervisor del Centro de Mediación del Tribunal de San Juan. Alguien informó a las autoridades del tribunal de mis publicaciones en las redes sociales. Las describieron como muy crudas y vulgares. Me radicaron un caso y lo perdí. Me botaron. Tuve que recoger mis cosas y dejar la oficina en plena faena laboral. Los alguaciles se negaron a escoltarme. Me querían y me respetaban mucho. El despido incluía una prohibición de trabajar en el gobierno por siete años. Me fui del país.

Estuve un tiempo con mucho temor a escribir de la forma que siempre lo hacía. La censura dejó sus huellas. Con el tiempo lo superé y pude recobrar mi voz, aunque un poco maltrecha. Luego, me enfrento a la censura de las redes. Había que escribir lo políticamente correcto, sin ofender a ningún grupo marginado, estigmatizado o discriminado. Mis escritos eran irreverentes y viscerales. Tomé conciencia. Dejé de llamar las cosas por su nombre y comencé a utilizar términos más apropiados y lights. Hay censura por todos lados. De parte del gobierno y de algunos supuestos aliados.

Escribir hoy un día es casi como un acto de malabarismo. Uno aprende y madura en el proceso, se es más cuidadoso y sensible.  Es cuestión de decidir si escribes para satisfacerte a ti o para satisfacer a otros y asumir las consecuencias.

Ahora, con más años y cicatrices, escribo sin miedo.  Soy menos tolerante a los regaños moralistas o políticamente correctos, vengan de donde vengan. A estas alturas de mi vida escribo lo que siento y lo que quiero sin permiso.

¿Qué más me puede pasar ?

ER- Yo leo tu libro como una gran novela en la que un personaje nos narra una vida, desde los mocos hasta la pandemia. Lo que los alemanes llaman bildungsroman, tú sabes,a novel dealing with one person’s formative years or spiritual education. Lo digo en inglés porque no sé alemán.  ¿Te parece bien?

Me parece bien que me quieran leer como una novela o de cualquier otra forma. El texto tiene autonomía. Yo narro eventos que sucedieron en un momento dado. Comienzo con una especie de biografía donde pongo en contexto histórico a mis lectores. Lo acompaño con relatos y eventos que sucedieron en esa época. Algunos los relato en forma de crónicas. Sucesos que le ocurrieron a otros pero que yo los viví en un tiempo y espacio determinado.

Esta historia puede ser común para muchos contemporáneos y puede transformarse en una historia colectiva. La elección de Kennedy en los 60, la Fania, y el culo de Iris Chacón, por ejemplo. Esa introducción al texto la escribí al final y luego le intercale las crónicas de esa época. Eso es reflejo de quien soy. A veces hago las cosas al revés. No sé qué técnica literaria es esa, pero me funcionó. Fue un trabajo muy artesanal y rudimentario, de eso estoy seguro y que lo disfruté mucho también.

ER -¿Cómo te ayudaron tus oficios en la escritura? Me refiero a experiencias que se hicieron relatos.

RPO- Mis oficios fueron fundamentales en mi escritura. Siempre he trabajado con gente necesitada y jodida. Personas con VIH y sin hogar, vecinos que se pelean, parejas que se odian, estudiantes que van a la escuela armados, inmigrantes con más traumas que esperanza, comunidades empobrecidas, y personas que hablan con el viento y empujan un carrito de compras invisible. En fin, con una población que tiene mucho que contar y pocas oportunidades de hacerlo. Nadie los escucha.

Mi sueño de ser el bartender de una barra a la orilla de una playa caribeña se fue al carajo hace tiempo. Aproveché esas oportunidades y me convertí en un receptor de historias. Me nutrí de ellas. Recreé y reconstruí un poco los pedazos de una historia excluida y olvidada de un sector marginado, pero cada vez más grande, del país. Como quien arma un rompecabezas de tragedias utilizando sus crónicas y cuentos como piezas.

Le agradezco a Rafael Pabón por dedicarle tiempo a las preguntas. Sin embargo, lo más que agradezco es que se haya dedicado a la escritura. Que haya escogido la crónica -o que la crónica lo haya escogido a él- es significativo. Para mí Surviving a lo Bori nos provee lentes para una rica percepción de eventos históricos. ¿Por qué? Digamos que entre el relajo, el humor, la ironía y el sarcasmo, hay contextualización. Es decir, se ofrece un trasfondo -o varios- y detalles sobre el entorno social, político y cultural. Eso es una crónica, una ayuda a los lectores a entender mejor las circunstancias que rodean un evento histórico. Bueno, no solo eso.

No solo eso porque también la inclusión de la voz del cronista y sus impresiones subjetivas permiten que los lectores se conecten emocionalmente con los hechos narrados, y en eso Rafa es un experto. Además, la habilidad de contar historias de manera atractiva y accesible puede hacer que eventos complejos sean más fáciles de comprender y recordar. Ya quisieran escritores académicos fomentar una mayor empatía y reflexión sobre el pasado.

Pabón logra destacar voces que pueden haber sido ignoradas en relatos históricos más tradicionales. De este modo se contribuye a la construcción de una memoria colectiva al documentar experiencias y testimonios de la gente común, lo que puede enriquecer la comprensión del pasado y el presente desde múltiples ángulos. Surviving a lo Bori no solo informa sobre hechos históricos y actos cotidianos -que serán historia-, sino que también moldea la forma en que estos son recordados y comprendidos. Casi nada. Yo estaría pendiente a las presentaciones de la semana próxima.